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LA CRUZ EN LA VIDA CRISTIANA NORMAL

Watchman Nee

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LA SANGRE Y LA CRUZ

En el libro “La Vida Cristiana Normal” hemos notado que el Apóstol Pablo nos da su propia definición de la vida cristiana en la carta a los Gálatas, cap. 2, verso 20: “... no ya yo, mas... Cristo...”. El apóstol no declara aquí algo especial o singular, un nivel más elevado del Cristianismo. Creemos que esta presentando la norma de Dios para un cristiano, lo que puede resumirse en las palabras: Ya no vivo yo, mas Cristo vive Su vida en mi. Dios lo aclara bien en Su Palabra, la que tiene una sola respuesta a toda necesidad humana: Su Hijo Jesucristo. Nos ayudara muchísimo y os librara de gran confusión el mantener constantemente delante de nosotros el hecho de que Dios contestara a todas nuestras preguntas de la misma manera, vale decir, revelándonos cada vez mejor a Su Hijo.

Lo primordial es que tenemos un conocimiento básico del hecho de la muerte del Señor Jesús como nuestro sustituto sobre la Cruz, y una clara comprensión de la eficacia de su Sangre en lo que hace relación a nuestros pecados, porque sin estas premisas no podemos pretender iniciar nuestro camino. Solamente en la medida en que el Espíritu Santo me haga conocer a mí el valor que para Dios tiene la Sangre de Cristo, podré yo entrar en sus beneficios y descubrir cuan preciosa es, de veras, aquella Sangre para mí.

Hay vida en la Sangre, y esa Sangre tiene que ser vertida por mí, por mis pecados. Es Dios quien pide que sea así. Es Él quien pide que esa Sangre sea presentada a fin de satisfacer Su propia justicia, y El mismo quien dice: “Cuando vea la sangre pasare de vosotros”. La Sangre de Cristo da plena satisfacción a Dios. El Espíritu Santo me hace conocer ahora el valor que Dios le da a la Sangre de Cristo de la cual soy beneficiario, y así descubro cuan preciosa es la Sangre para mí.

Como es aquí donde a menudo hallamos dificultades, quiero decir al respecto algunas palabras a mis jóvenes hermanos en el Señor. Cuando incrédulos probablemente nunca habíamos sido inquietados por nuestra conciencia hasta el día en que la Palabra de Dios empezó a despertarnos. Nuestra conciencia hasta entonces había estado muerta. Y los que tienen conciencia muerta no son por cierto de utilidad alguna a Dios. Pero más tarde, cuando creímos, nuestra conciencia al despertar pudo haberse tornado sumamente sensible, lo que también puede por su parte, constituir un grave problema para nosotros. Es cuando el sentido del pecado y de la culpa llega a ser tan terrible que puede hacernos perder de vista la verdadera eficacia de la Sangre. Cuando nos parece que nuestros pecados son tan reales –y quizá algún pecado especial nos llega a molestar en grado tal- que concluimos por ocuparnos mas de nuestros pecados que de la sangre de Cristo.

Ahora bien, la dificultad de todo ello reside en nuestro intento por palparlo: tratamos de conocer en forma subjetiva lo que la Sangre es para nosotros y de sentir su valor. Pero no podemos hacerlo; ella no obra en esa forma. La Sangre es en primera instancia, para ser apreciada de Dios. Después lo que resta a nosotros es aceptar la estima con que Dios la valora. Al hacerlo así, hallaremos nuestra propia valoración de la Sangre. Si lo intentamos por vía de nuestros sentimientos, no arribaremos a nada, quedaremos a oscuras. De modo que no es así, sino que se trata de fe en la Palabra de Dios. Tenemos que creer que la Sangre es preciosa para Dios, porque Él lo dice: (1 P. 1:18,19). Si Dios puede aceptar la Sangre como pago por nuestros pecados y como el precio de nuestra redención, luego podemos estar seguros de que la deuda ha sido saldada. Si Dios esta satisfecho con la Sangre, entonces la Sangre tiene que ser aceptable. Nuestra valoración depende de la suya – ni más ni menos. No puede ser mayor, ni debe ser menor. Recordemos que Él es santo y justo, y que un Dios santo y justo, tiene derecho de decir que la Sangre es aceptable a Sus ojos y que le ha satisfecho plenamente.

Pero ocurre en la practica que nosotros aceptamos muy fácilmente la acusación de Satanás. La razón de ello esta en que aun nos aferramos a la esperanza de tener alguna justicia propia en nosotros mismos. La base de esta esperanza esta errada. Satanás a logrado desviar nuestra vista. Con ello a ganado ventaja, haciéndonos ineficaces. Pero si nosotros hemos aprendido a no poner confianza alguna en la carne, no nos sorprenderemos al pecar porque la naturaleza misma de la carne es hacer pecado. ¿Entiendes lo que quiero decir? Es a causa de no haber llegado a comprender nuestra verdadera naturaleza, y de ver cuan inútiles somos, que aun sustentamos cierta desconfianza en nosotros mismos, lo que da como resultado que cuando Satanás viene y nos acusa sucumbimos.

Dios es harto poderoso para tratar con nuestros pecados; pero no puede hacerlo con un hombre que acepta la acusación de Satanás porque el tal no esta confiando en la Sangre. La Sangre habla en su favor, pero el esta mas bien escuchando a Satanás. Cristo es nuestro abogado, pero nosotros, los acusados, tomamos parte por el acusador. No hemos llegado a admitir que merecemos únicamente la muerte; y que, como veremos enseguida, servimos solo para ser crucificados. No hemos llegado a reconocer que solo Dios puede contestar al acusador y que Él lo ha hecho ya en la Sangre preciosa.


La Cruz de Cristo


Así vemos que, en forma objetiva, la Sangre trata con nuestros pecados. El Señor Jesús los ha cargado, llevándolos en la Cruz por nosotros, como Sustituto nuestro, habiendo logrado así, para nosotros, el perdón, la justificación y la reconciliación. Pero debemos avanzar un paso mas en el plan de Dios para entender como procede Él con el principio del pecado en nosotros. La Sangre puede lavar mis pecados, pero no puede lavar mi “viejo hombre” Se hace necesaria la Cruz para que yo sea crucificado.

Nosotros estamos siempre dispuestos a creer que efectivamente lo que hemos hecho es muy malo, pero que nosotros mismos no lo somos tanto. Dios, por su parte, se empeña en mostrarnos que nosotros mismos somos malos, radicalmente malos. La raíz del problema es el pecador mismo; por tanto, hay que proceder con él. La sangre procede con nuestros pecados, pero la Cruz debe tratar con el pecador. La sangre procura el perdón por lo que hemos hecho; La Cruz procura nuestra liberación de lo que somos.

En los primeros cuatro capítulos del libro de Romanos apenas ocurre la palabra “pecador”. Ello se debe a que allí no se tiene en vista al pecador mismo sino a los pecados cometidos. La palabra “pecador” recién se destaca en el capitulo 5, y es importante observar como se introduce allí al pecador. Notemos que en ese capitulo, un pecador es llamado así porque nace pecador, no porque haya cometido pecados. La distinción es importante. Aunque bien es cierto que cuando un predicador quiere convencer a un hombre cualesquiera de que es pecador, se sirve a menudo del verso favorito que se halla en romanos 3:23 donde dice que “todos pecaron”; es cierto también que tal aplicación de ese versículo no esta estrictamente justificado por las Escrituras. Los que así lo usan caen en el peligro de argumentar al revés, porque la enseñanza del libro de Romanos no es de que somos pecadores porque pecamos, sino de que pecamos porque somos pecadores. Somos pecadores por constitución mas bien que por acción. Como se expresa en Romanos 9:19: “Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores”.

¿Cómo fuimos constituidos pecadores? Por la desobediencia de Adán. No nos convertimos en pecadores por lo que hemos hecho, sino por causa de lo que Adán hizo y llego a ser. Yo hablo ingles, pero no por eso soy ingles. Yo de hecho soy chino.

Cierta vez pregunte a una clase de niños: “¿Qué es un pecador?, y su respuesta inmediata fue: ‘uno que peca’. Sí, es verdad el que peca es un pecador; pero el hecho de que peque no es la causa sino solo la evidencia de que ya es pecador. Uno que peca es pecador, pero si uno pudiera vivir sin pecar igualmente seria pecador, puesto que tiene en si mismo la naturaleza caída de Adán y necesita la redención. ¿Me entiendes? Hay pecadores malos y pecadores buenos, hay pecadores morales y hay pecadores corruptos, pero todos son igualmente pecadores. A veces pensamos que, con tal de no haber incurrido en ciertas cosas, todo esta bien; pero el problema reside más hondo que en aquello que hacemos; radica en lo que somos. Lo que cuenta es lo que somos por nacimiento. Así, pues, yo soy pecador porque nací en Adán. No es asunto de mi conducta, sino de mi herencia, de mi origen. No soy pecador porque peco sino que peco porque desciendo de una mala estirpe. Peco porque soy pecador. Además, no puedo hacer nada para cambiar esto. Nada por mejorar mi comportamiento; no puedo dejar de ser Adán y, por lo tanto, pecador.

En la china hablé una vez en este tenor y observé: Todos hemos pecado en Adán. Como alguien dijo que no comprendía, trate de explicarlo de este modo: Todos los chinos remontan su ascendencia a Huang-ti. Hace mas de cuatro mil años él sostuvo una guerra con Si-iu. Su enemigo era muy poderoso; no obstante, Huang-ti lo venció y lo mato. Después de esto Huang-ti fundo la nación china. Por tanto, hace cuatro mil años nuestra nación fue fundada por Huang-ti. Y bien, ¿qué habría sucedido si Huang-ti no hubiera matado a su enemigo, sino que él mismo hubiera perecido? ¿Dónde estaría usted ahora?

No habría nada de mí, el hombre contestó. Oh, no, Huang-ti puede morir su muerte y tu puedes vivir tu vida.

Imposible, gritó él: Si Huang-ti hubiera muerto, entonces yo nunca podría haber vivido, porque mi vida procedió de él.

En Romanos 5:12-21 no solo se nos dice algo al respecto de Adán, sino algo también tocante al Señor Jesús: “Así como por desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos fueron constituidos justos.” En este notable pasaje la gracia contrasta con el pecado y la obediencia de cristo se contrapone a la desobediencia de Adán. En Adán recibimos todo lo que es de Adán; En cristo recibimos todo lo que es de Cristo. Luego se nos ofrece una nueva posibilidad. En Adán todo se perdió. Por la desobediencia de un hombre fuimos todos constituidos pecadores. Por él entro el pecado y por el pecado la muerte; desde ese día en adelante y a través de toda la raza, el pecado ha reinado para muerte. Pero ahora un rayo de luz se hace sobre la escena. Por medio de la obediencia de Otro, nosotros podemos ahora ser constituidos justos. Donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia, y así como el pecado reino para muerte, así también puede reinar la gracia por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo nuestro Señor (Ro. 5:19-21). Nuestra desesperación esta en Adán; nuestra esperanza en Cristo.
2

EN CRISTO


Cuando el Señor Jesús murió en la Cruz, Él derramó su Sangre, dando así Su vida impecable para expiar nuestro pecado y para satisfacer la justicia y la santidad de Dios. Hacerlo era prerrogativa exclusiva del Hijo de Dios. Ningún hombre pudo tener parte en ello. Las escrituras nunca dicen algo así como que nosotros derramamos nuestra sangre juntamente con la de Cristo. En la obra expiatoria delante de Dios, Él actuó solo; Ningún otro pudo tomar parte. Pero el Señor Jesús murió no solo para derramar Su Sangre; murió para hacer que nosotros pudiéramos morir. Murió como nuestro Representante. En Su muerte, Él nos incluyó a ti y a mí.
Nosotros solemos usar los términos ‘sustitución’ e ‘identificación’ para describir estos dos aspectos de la muerte de Cristo. Muchas veces el uso de la palabra ‘identificación’ es adecuado; pero la identificación podría indicar que el proceso se inicia desde nuestro lado, que soy yo quien procuro identificarme con el Señor. Bien. Estoy de acuerdo en que la palabra es cierta, pero debemos dejar su uso para mas adelante. Por ahora es mejor empezar con el hecho de que el Señor Jesús me incluyó a mí en Su muerte. Es la muerte ‘inclusiva’ del Señor lo que me coloca en una posición para identificarme, no es que yo me identifico para luego ser incluido. Lo que cuenta es mi inclusión en Cristo de parte de Dios. Es algo que Dios ha hecho. De allí que aquellas dos palabras del Nuevo Testamento, ‘En Cristo’, me sean siempre tan preciosas.

NUESTRA MUERTE CON CRISTO UN HECHO HISTORICO

¿Crees tú en la muerte de Cristo? Por supuesto que sí. Bien, la misma Escritura que dice que Él murió por nosotros, dice que también que nosotros morimos con Él. “Cristo murió por nosotros” (Ro.5:8) es la primera declaración y es suficientemente clara. Pero ¿son estas otras, acaso, menos claras?: “Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él”, y “Morimos con Cristo” (Ro.6:6, 8).

¿Cuándo somos crucificados con Él? ¿Cuál es la fecha de crucifixión de nuestro viejo hombre? ¿Es mañana, ayer, u hoy? “Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él”, es decir, al mismo tiempo. Algunos de vosotros vinisteis aquí juntos. Podríais decir: Mi amigo vino aquí conmigo, Si uno hubiera venido hace tres días, y el otro recién hoy, no podríais decir así: pero, bien, como hecho histórico, podemos decir con reverencia pero con certeza: Yo fui crucificado cuando Cristo fue crucificado –por cuanto no se trata de dos acontecimientos, sino de uno solo. Mi crucifixión fue “con Él” ¿Ha sido crucificado Cristo? Luego ¿Cómo podría no haberlo sido yo? Si Él fue crucificado hace dos mil años, y yo con Él ¿cómo podría decirse que mi crucifixión tendrá lugar mañana? ¿Puede ser pretérita la crucifixión del Señor, y la mía presente o futura? ¡Alabado sea el Señor! Cuando Él murió en la Cruz, yo morí con Él. No solamente murió en mi lugar, sino que me llevó a mí consigo a la Cruz y yo también morí. Si creo en la muerte del Señor Jesús entonces puedo creer en mi propia muerte con tanta seguridad como creo en la de Él.

En Romanos 6:5, escribiendo a los que “fueron bautizados” (vers. 3), Pablo dice, que somos “unidos con Él en la semejanza de Su muerte” porque por el bautismo reconocemos en figura que Dios ha obrado una unión intima entre nosotros y Cristo en este asunto de muerte y resurrección. Cierto día trataba de recalcar esta verdad a un hermano en Cristo. Estábamos tomando el té, así que tome un terrón de azúcar y lo disolví en mi taza. Unos minutos mas tarde, le pregunté: ¿Puede decirme donde esta el azúcar ahora y donde esta el té? No, me dijo: Usted los ha juntado y se perdió el uno con el otro; ya no se pueden separar. Era una ilustración sencilla pero le ayudo a comprender el carácter intimo y decisivo de nuestra unión con Cristo en Su muerte. Es Dios quien nos ha puesto allí y los actos de Dios son irreversibles.

¿Qué implica, en realidad, esta unión? El verdadero significado que yace tras el bautismo es que en la Cruz “fuimos bautizados” en la muerte histórica de Cristo, de modo que Su muerte se hizo la nuestra. Nuestra muerte y la suya quedaron entonces tan estrechamente identificadas que es imposible separarlas. A este bautismo histórico, a esta unión con Cristo que Dios ha obrado consentimos nosotros cuando descendemos a las aguas. Nuestro testimonio publico por medio del bautismo pone en evidencia nuestro reconocimiento de que la muerte de Cristo ocurrida dos mil años ha fue una muerte potente e inclusiva, lo suficientemente poderosa e inclusiva como para quitar y poner fin por medio de ella a todo lo que en nosotros no sea Dios.

Infelizmente algunos han aprendido a considerar el entierro como un medio de muerte: procuran alcanzar muerte enterrándose. Permítaseme decir que ha menos que nuestros ojos hayan sido iluminados por Dios para comprender que hemos muerto en Cristo y hemos sido enterrados con Él, no tenemos derecho a bautizarnos. La razón porque descendemos a las aguas es que hemos reconocido esto: Que ha la vista de Dios ya hemos muerto. A esto damos testimonio. La pregunta de Dios es clara y sencilla: ‘Cristo ha muerto y yo te he incluido allí. Ahora bien, ¿qué dices tu? ¿Cuál es mi respuesta? ‘Señor creo que Tu me has crucificado. Reconozco la muerte y el entierro a que me has destinado’. Sí Él me ha entregado a la muerte y la tumba; y mediante mi pedido de bautismo yo doy asentimiento en publico a ese hecho.

En Gálatas 6:14, dice el Apóstol Pablo: “...en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo,... el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”, es la misma figura que el apóstol Pedro desarrolla cuando escribe de las ocho almas que fueron “salvadas por agua” (1 P.3:20). Al entrar en el arca, Noé y su familia salieron por fe del viejo mundo corrompido para entrar en otro nuevo. No se trata tanto del hecho de que ellos personalmente no perecieron ahogados sino que salieron de aquel sistema corrupto. Esto es salvación.

Luego continua diciendo Pedro: “El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva” (3:21). En otras palabras, es mediante ese aspecto de la Cruz que el bautismo implica, que somos librados de este presente siglo malo y, por el bautismo en agua, esto se confirma. Es el bautismo, “en Su muerte”, que pone fin a una creación, pero es también bautismo “en Cristo Jesús”, que tiene en vista la nueva creación (Ro.6:3). Te sumerges en el agua y, en figura, tu mundo desciende contigo. Tú resurges en Cristo, mas tu mundo perece ahogado.

“Cree en el señor Jesucristo y serás salvo”, dijo Pablo en Filipo, y hablo la palabra del Señor al carcelero y a su familia, “y enseguida se bautizo con todos los suyos” (Hch.16:31-34). Al hacer esto, el carcelero y los que con él estaban, testificaron ante Dios, su pueblo y las potestades espirituales que de veras habían sido salvadas de un mundo bajo juicio. Como consecuencia, leemos que se regocijaron en gran manera por haber creído en Dios.

Antes de ser salvo por Jesucristo, quizás, procuraste salvarte a ti mismo. Leías la Biblia, orabas, ibas a las reuniones de la iglesia, hacías limosnas. Luego un día tus ojos fueron abiertos y viste que una salvación plena había sido ya provista para todos en la Cruz. Aceptaste eso y agradeciste Dios. Entonces la paz y el gozo llenaron tu corazón. Pues bien, la salvación y la santificación tienen exactamente la misma base. Se recibe la liberación del pecado del mismo con que se recibe el perdón de los pecados.

El camino de liberación hecho por Dios, es pues diferente del camino del hombre. El procedimiento humano es el de, tratar de suprimir el pecado, esforzándose por vencerlo, en tanto que el divino es de quitar de en medio el pecador. Muchos cristianos lamentan su debilidad, creyendo que, si tan solo fueran algo más fuertes, todo andaría bien. La idea de que el fracaso en mantener una vida santa se debe a nuestra impotencia y de que como consecuencia se nos demanda algo mas, conduce inevitablemente a ese falso concepto del camino de liberación. Si estamos preocupados por el poder del pecado y por nuestra incapacidad de enfrentarlo, llegaremos a creer que para ganar la victoria sobre el pecado necesitamos tener más poder. Si tan solo fuera algo mas fuerte, decimos, yo podría vencer mis violentos accesos de mal humor –y de allí que rogamos al Señor nos dé fuerzas para ejercer mayor autodominio.

Pero esto es del todo errado; la vida cristiana no es esto. El procedimiento que Dios sigue para librarnos del pecado, no es el de hacernos cada vez más fuertes, sino por el contrario el de hacernos cada vez más débiles. Tu dirás con razón que este es un camino algo singular hacia la victoria, pero es el camino de Dios. Dios nos libra del dominio del pecado, no fortaleciendo a nuestro viejo hombre, sino crucificándolo; no ayudándole a hacer algo, sino quitándolo del todo del escenario.

Durante años quizás tú has tratado en vano de ejercer control sobre ti mismo, y quizás aun hoy te esfuerzas en ello, pero, el día en que tus ojos sean abiertos te darás cuenta de que eres impotente para hacer cosa alguna y que al dejarte de lado, Dios lo ha hecho todo. Revelación tal pone fin a todo esfuerzo humano.

Continua... Sabiendo esto.

Enviado por HGO a: ForoCristiano.com.








15 Comentarios


hermano gracias por que su fidelidad en Dios y su amor a su palabra me han edificado este dia, en este conocimiento, mire yo recibi el entendimiento de la salvacion desde hace varios años, pero me gustaria mas saber que pasa con mi vida en Cristo cuando pecas aun creyendo que su misericordia es nueva cada mañana, mi nombre es claudia, tengo 31 años y no me quiero morir sin haber sembrado mas de lo que debi quiero anelo y se que debo hacer, necesito conocimiento y estudio secularmente y trabajo y no me quiero olvidar de mi SEñor porque el nunca se ha olvidadode mi..
[1] Enviado por cclau_ el 05/06/2006 a las 14:06:25


Esta enseñanza del hermano Nee es vital en la vida de todo creyente ...
Jesús vive en nosotros, y para nosotros es Jesús esperanza de Gloria...
Maravilloso libro...
Maravilloso Señor...

Si uno se entrega 100 % a Dios, Él se da a conocer en dimensiones maravillosas e inmarcesibles...
Anhelar a Cristo en nosotros es también obra del Espiritu Santo...
Ellos son Todo en nosotros...
[2] Enviado por xaviera el 06/04/2008 a las 14:04:18


Hermano gracias x este tema de lo k somos para dios la vdd estoy de akuerdo kontigo x k es de gran bendicion te lo agradezco de todo korazon te digo algo: DIos t bENdiga y k tu vida sea de gran bendicion para el señor y k conozcas otras personas komo tu parak les hables de la palabra de dios es un gran honor conocer gente kmo tu nos vemos

dtb a ti y a tu familia
[3] Enviado por FiEL A DIoS el 24/06/2008 a las 21:06:28


gracias hermano por su contrivucion de verdad que EL SEÑOR LO VENDIGA EN GRAN MANERA,pues lo que usted hace muy pocos tienen el interes de hacerlo ademas el material del maestro watchman nee es muy vueno siempre es muy interesante leerlo por la simplesidad de sus repuestas es uno de los iconos por asi decirlo del cristianismo en china ademas de ser un martir por el evangelio de jesucrito,sus escritos revolucionaron las creencias cristianas dde muchas personas para vien y que lastima que en algunas iglecias cristianas lo prohivan leer pues lo tienen por hereje,pero garcias a usted y QUE DIOS LO VENDIGA
[4] Enviado por carlosblm el 25/04/2009 a las 21:04:29


DIOS LOS GUARDE ESTA MUY BUENA LA ENSEÑANZA Y ME GUSTARIA QUE HABLARAN SOBRE EL AGUIJON EN LA CARNE QUE ESTA EN 2CORINTIOS 12:1
[5] Enviado por CRISTIANITA el 06/09/2009 a las 01:09:36


“Sabiendo esto…”

¿Cómo sabes que tus pecados son perdonados? ¿Porque tu pastor te lo dijo? No, pero lo sabes. Si te pregunto como lo sabes, tu única respuesta seria: `Yo lo se’, Este conocimiento viene por revelación divina. Viene del Señor mismo. Por supuesto el hecho del perdón de los pecados esta en la Biblia, pero para que la palabra escrita de Dios llegue a ser una Palabra viva de Dios para ti, El tuvo que darte “un espíritu de sabiduría y revelación en el conocimiento de El” (Ef.1:17). Lo que necesitabas era conocer a Cristo en esa forma y siempre será asi. De modo que llega el momento en que cualquier nuevo conocimiento de Cristo, cuando lo aprehendes en tu propio corazón, lo `ves´ en tu espíritu. Una luz a brillado en tu ser interior y estas plenamente persuadido del hecho. Lo que es verdad en lo tocante al perdón de tus pecados, lo es igualmente en cuanto a tu liberación de él. La luz de Dios se hace en tu corazón, te ves a ti mismo en Cristo. Ahora ya no porque alguien te lo haya dicho, ni simplemente porque el pasaje de romanos 6 lo dice. Se trata de algo más. Lo sabes porque Dios mismo te lo ha revelado por su Espíritu. Quizás no lo entiendas ni lo sientas, pero lo sabes porque lo has visto. Una ves que te hayas visto en Cristo ya nada puede sacudir tu seguridad de ese bendito hecho: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con El, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos mas al pecado” (Ro.6:6).
Asi que nuestro primer paso es el de buscar de Dios un conocimiento que viene por revelación – una revelación, lo que equivale a decir que no es de nosotros mismos, sino que emana de la obra consumada del Señor Jesucristo en la Cruz. Cuando Hudson Taylor, fundador de la Misión al interior de la China, entro en la vida cristiana normal fue asi como lo hizo. Cuenta el de su viejo problema, de cómo podía vivir en “Cristo”, y de cómo podía sacar la sabia de la Vid, para si mismo. Hudson Taylor sabia que el necesitaba que la vida de Cristo fluyera por él y sentía que no la tenia. Vio claramente que su necesidad tenia que abrevarse en Cristo. Escribiendo a su hermana, decía: Sabía que si tan solo fuera capaz de permanecer en Cristo, todo estaría bien, pero no pude. Cuando mas se esforzaba, tanto más se descaminaba, hasta que un día la luz amaneció. Llegó la revelación y Hudson Taylor vio.
“En esto, creo, está el secreto; no en preguntar cómo sacar sabia de la Vid para mi mismo, sino recordar que Jesús es la Vid, raíz, tallo, pámpanos, ramas, flores y fruto, cabe decir, todo.”
En otra ocasión en las palabras de un amigo que le había ayudado: “No tengo que ir convirtiéndome a mi mismo en pámpano. El señor Jesús me dice que soy un pámpano. Que soy parte de El y simplemente tengo que creerlo y actuar conforme a ello. Durante mucho tiempo he visto esta verdad en la Biblia, pero ahora lo creo como una viva realidad.”
Era como si algo, a pesar de haber sido siempre verdad, recién entonces, de repente, hubiera cobrado una nueva realidad para él; Y escribe otra ves a su hermana:
“No se hasta que punto podré expresarme en forma inteligible acerca de ello, porque no hay nada nuevo, extraño y maravilloso y, sin embargo, ¡todo es nuevo! En una palabra “habiendo sido ciego ahora veo”… Estoy muerto y sepultado con Cristo, sí, y resucitado y ascendido también. Dios me considera así y dice que yo también me considere mí mismo en esa forma. El conoce mejor… ¡Oh, el gozo de comprender esta verdad! Ruego que los ojos de tu entendimiento sean iluminados y que puedas conocer y disfrutar de las riquezas que nos son dadas libremente en Cristo.”
¿Oh cuán grande es ver que estamos en Cristo! ¡Imaginad la confusión de tratar de entrar en una pieza donde ya se está! ¡Imaginad lo absurdo de pedir que se nos haga entrar! Si nos damos cuenta de que estamos adentro, no haremos ningún esfuerzo para entrar. Si tuviéramos más revelación, tendríamos menos oraciones y más alabanzas. Muchas de nuestras oraciones a favor de nosotros mismos se deben a que estamos ciegos a lo que Dios ha hecho.
Recuerdo un día en Shangai cuando, conversando con un hermano muy inquietado respecto de su estado espiritual, éste me dijo: Tantos viven una vida hermosa y santa. Me avergüenzo de mi mismo; yo me llamo cristiano, y sin embargo comparado con otros siento que no lo soy. ¡Quiero conocer esta vida crucificada, esta vida resucitada, pero no la conozco y no veo como alcanzarla!
Otro hermano estaba conmigo y los dos, estuvimos conversando por más de dos horas, procurando sin éxito explicar al hombre que él no podía recibir nada fuera de Cristo. Dijo nuestro hombre: Lo mejor que uno puede hacer es orar.
Pero si dios ya te ha dado todo, ¿qué tienes que pedir? Preguntamos. No me ha dado todo, contesto él, porque aun cedo al malhumor, porque constantemente caigo; así que debo orar más.
Bien, le dijimos, ¿consigues lo que pides? Lamento decir que no recibo nada, contestó.
Procuramos hacerle notar que, así como él no había hecho nada por su justificación, tampoco necesitaba hacer cosa alguna por su santificación. Fue en ese momento que un tercer hermano, muy utilizado por el Señor, entró en el grupo. Había sobre la meza un termo, y este hermano lo tomó, preguntando, ¿Qué es esto? Un termo, contestó el otro.
Bien, imagina por un momento que este termo sabe orar y que empieza a orar así: Señor tengo muchos deseos de ser un termo. ¿Quieres convertirme en un termo? Señor, dame gracia para llegar a ser un termo. Dispón que así sea. – Y bien, ¿que dirías tú a esto?
No creo que ni aun un termo fuera tan tonto, replico nuestro amigo. Seria absurdo orar así; el ya es un termo.
Luego le explicamos: Tú estas haciendo lo mismo. Dios en tiempos pasados ya te incluyo en Cristo. Cuando El murió tu también moriste; cuando El vivió, tu también viviste. Hoy no puedes decir: yo quiero morir; yo quiero ser crucificado; yo quiero tener la vida de resurrección. El Señor simplemente te mira y dice: Estas muerto. Tienes nueva vida. Esas tus oraciones son tan absurdas como las del termo. No necesitas pedir al Señor; solo necesitas abrir tus ojos para ver que El lo ha hecho todo.
En esto reside el secreto. No necesitamos esforzarnos para morir, ni esperar para morir. Estamos ya muertos. Solo necesitamos reconocer lo que el Señor ya ha hecho, y alabarle por ello. La luz se hizo en ese hombre. Con lágrimas en sus ojos dijo: Señor, te alabo que ya me has incluido en Cristo. ¡Todo lo tuyo es mío! ¡La revelación había llegado y la fe ya tenia en que aferrarse; y si hubieras encontrado a ese hermano tiempo mas tarde, que cambio habrías visto!
La obra consumada de Cristo a llegado realmente a la raíz de nuestro problema y lo ha tratado. No hay términos medios para con Dios. “Sabiendo esto”, dice Pablo, “que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con El, para que el cuerpo del pecado sea destruido a fin de que no sirvamos más al pecado” (Ro.6:6). “Sabiendo esto…” Si, pero ¿lo sabéis? “O no sabéis…” (Ro.6:3). Quiera el Señor en su gracia abrir nuestros ojos.

Firmes en la fe

La revelación conduce espontáneamente al reconocimiento. No debemos perder de vista el hecho de que se nos presenta un mandato: “Consideraos muertos…” (Ro.6:11). Hay que adoptar una actitud definida. ¿Por qué? Porque estamos ante un hecho. Cuando el Señor Jesús pendía sobre la cruz, yo estaba allí en El. Por tanto lo considero verídico: reconozco que morí el El. Pablo dijo: “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios” ¿Cómo es posible esto? “En Cristo Jesús.” Nunca olvides que será siempre, y solamente así: en Cristo. Si te miras a ti mismo, creerás que la muerte no esta allí; pero se trata de fe, no en ti mismo, sino en El. Mira al Señor y conoce lo que El ha hecho.
Los primeros cuatro capítulos y medio de Romanos hablan de la fe, e insistentemente de la fe. Somos justificados en El por la fe (Ro.3:28, 5:1). La justicia, el perdón de nuestros pecados y la paz con Dios, todo ello es nuestro por la fe y, sin fe en la obra consumada de Cristo Jesús, nadie puede poseerlos. Pero en la segunda sección de Romanos no encintramos la misma insistencia en la fe, y al principio podría parecer que el énfasis allí es distinto. No tal, sino que en ves de las palabras `fe` y `creer´ tenemos aqui la palabra considerarse´ . En esta porción las palabras considerarse y creer son casi equivalentes. ¿Qué es la fe? La fe es mi aceptación del hecho de Dios. Siempre tiene sus fundamentos en el pasado. Lo que se relaciona con el futuro es esperanza mas bien que fe, aunque la fe a menudo puede tener su objetivo o meta en el futuro, como dice en Hebreos 11. Quizás por esta razón la palabra elegida aquí es “consideraos”. Esta es la especie descriptiva en Marcos 11:24. aclarada en la Versión Moderna: “Todo cuando pidieres en la oración, creed que la recibisteis ya, y lo tendréis”. La declaración aquí es esta: que si crees que ya has recibido tus peticiones (esto es, por supuesto, en Cristo) entonces lo tendrás. Creer que puedes recibir algo, o que recibirás algo, no es la fe en el sentido en que aquí se menciona. La fe es esto: creer que ya lo recibiste. En este sentido, solo lo que se relaciona con el pasado es fe. Los que dicen Dios puede, Dios debe, o Dios lo hará, no necesariamente creen. La fe siempre dice: Dios lo ha hecho.
¿Cuándo, pues, tengo fe en cuanto a mi crucifixión? No cuando digo que Dios puede, o tiene que crucificarme, sino cuando con gozo digo: Alabado sea Dios, en Cristo estoy crucificado.
En Romanos 3 vemos al Señor llevando nuestros pecados y muriendo como nuestro sustituto a fin de que nosotros fuéramos perdonados. En Romanos 6 nos vemos a nosotros mismos encerrados en la muerte por la cual El logro nuestra liberación. Cuando se nos revelo el primer hecho, creímos en El para nuestra justificación. Dios nos manda aceptar el segundo hecho para nuestra liberación. De modo que, para propósitos prácticos, la palabra ´consideraos´ en la segunda sección de Romanos toma el lugar de la palabra ´fe´ de la primera sección. No hay mayor diferencia. La vida cristiana normal se vive progresivamente, tal como se iniciara: por fe en el hecho divino, en Cristo y su Cruz.

Permaneciendo en El

Aunque nos hemos ocupado ya largamente sobre este tema, queda aun algo que podría hacerlo más claro. Las Escrituras declaran que somos, de veras, muertos; pero en ninguna parte dicen que somos muertos en nosotros.
En vano buscaremos la muerte adentro; allí es justamente donde no se lo encuentra. Si somos muertos pues, no es en nosotros mismos, sino en Cristo. Fuimos crucificados con El, porque estábamos en El.
Conocemos bien las palabras del Señor Jesús: “Permaneced en Mí, y yo en vosotros” (Jn.15:4). Consideremos éstas por un momento. Primero nos recuerdan una ves mas que no tenemos que luchar para entrar en Cristo. No nos dicen de entrar, por cuanto ya estamos adentro; nos exhortan a permanecer donde hemos sido colocados. Fue Dios mismo quien nos colocó en Cristo, y nosotros tenemos que permanecer en El.
Aún más. Este versículo declara un principio divino: que Dios ha hecho la obra en Cristo y no en nosotros como individuos. La muerte inclusiva y la resurrección inclusiva del Hijo de Dios fueron consumadas, en primer lugar, cabal y enteramente aparte de nosotros. Es la historia de Cristo la que llega a ser la experiencia del cristiano, y no tenemos experiencia espiritual aparte de El. Las Escrituras nos dicen que fuimos crucificados “juntamente con El”, que fuimos vivificados, resucitados y sentados por Dios en los lugares celestiales “en El”, y que somos completos “en El” (Ro.6:6; Ef.2.5:6; Col.2:10). No es simplemente algo que todavía tiene que efectuarse en nosotros (si bien implica eso), sino algo que ha sido efectuado ya, en asociación con El.
En las Escrituras encontramos que no existe ninguna experiencia cristiana como tal. Lo que Dios ha hecho en su propósito benigno, es incluirnos en Cristo. Al tratar con Cristo, Dios a tratado con el cristiano; al tratar con la cabeza, ha tratado con todos los miembros. Es completamente erróneo pensar que podemos experimentar algo de la vida espiritual meramente en nosotros mismos, aparte de Cristo. Dios no quiere que obtengamos algo exclusivamente personal en nuestra experiencia, y no está dispuesto a hacer nada de eso por nosotros. Toda la experiencia espiritual del cristiano ya esta cumplida en Cristo; todo ha sido experimentado ya por Cristo. Lo que solemos llamar ´nuestra´ experiencia, es tan solo nuestra participación en su historia y en su experiencia.
Sería extraño si un sarmiento de la vid intentara producir uvas rojizas, y otro intentara producir uvas verdosas, y un tercero uvas de color púrpura oscuro; que cada sarmiento tratara de producir algo propio sin referencia a la vid. Es imposible, e inconcebible. Los sarmientos están determinados por la vid. Sin embargo, algunos cristianos buscan experiencias para sí. Piensan de la crucifixión como una cosa, de la resurrección como otra, de la ascensión como más distinta, sin detenerse a pensar que todo es relativo a una persona. Luego sólo en la medida en que el Señor abre nuestros ojos para ver aquella Persona, tendremos una verdadera experiencia. Toda verdadera experiencia espiritual significa que hemos descubierto algún hecho en Cristo y nos lo hemos apropiado; todo lo que no sea recibido de El en esta forma será una experiencia que muy pronto se evaporará. ´He descubierto esto en Cristo; entonces, alabado sea el Señor, es mío. Lo poseo, Señor, porque está en Ti´. ¡Cuán maravilloso es conocer los hechos de Cristo con el fundamento de nuestra experiencia!
Así, pues, el propósito de Dios al conducirnos por nuevas experiencias no es el de darnos algo que podremos llamar ´nuestra experiencia´. Tampoco significa que El efectuara algo dentro de nosotros de modo que estaremos capacitados para decir: Morí con Cristo en marzo pasado, o; fui levantado de los muerto en enero, o aún; El miércoles pasado pedí esta experiencia, y ahora la tengo
Algunos preguntaran ahora: ¿Y qué de las experiencias cumbre que tantos hemos vivido? Admitido, algunos en verdad han pasado crisis muy reales en sus vidas. Por ejemplo, Jorge Müller pudo decir, postrándose en tierra: Hubo un día en que Jorge Müller murió. ¿Qué decir a esto? Bien, no dudo un momento de la realidad de las experiencias espirituales por las cuales pasamos, ni de la importancia de las crisis a las cuales Dios nos lleva en nuestro andar con El; a decir verdad, he recalcado ya la necesidad de ser bien definidos en cuanto a tales crisis en nuestra propia vida. Pero un hecho queda asentado: que Dios no da experiencias individuales a las personas – lo que éstas hacen es simplemente entrar en lo que Dios ha cumplido; es decir, reconocer dentro del tiempo, cosas intemporales, eternas. La historia de Cristo se convierte así en nuestra experiencia y en nuestra historia espiritual; no tenemos historia separada de la suya. Toda la obra realizada a favor nuestro, no esta hecha en nosotros aquí, sino en Cristo. Aún la vida eterna no se nos da como a individuos: la vida está en el Hijo, y “el que tiene al Hijo tiene la vida”. Dios lo ha hecho todo en su Hijo, y nos ha incluido en El, nosotros somos incorporados a Cristo.
Ahora bien, la importancia de todo esto estriba en que hay un valor práctico muy real en la posición de fe que declara: Dios me ha puesto en Cristo y por tanto todo lo que es verdad en El lo es en mi. Permaneceré en El. Satanás siempre trata de alejarnos, de mantenernos alejados, de convencernos de que estamos alejados y, mediante tentaciones, fracasos, sufrimientos y pruebas, hacernos sentir intensamente que no estamos en Cristo. Nuestro primer pensamiento es que, si en efecto estuviéramos en Cristo, no estaríamos reducidos a ese estado y, por tanto, al juzgar por nuestros sentimientos del momento, creemos que estamos alejados de El; entonces empezamos a rogar: Señor, colócame en Cristo. ¡No! No es así. La amonestación de Dios es que permanezcamos en Cristo, y ésta es la vía de liberación. ¿Por qué es así? Pues porque esto abre el camino para que Dios obre en nuestras vidas, y para que cumpla lo que El está deseando hacer. Da lugar a la operación de su potencia superior – la potencia de la resurrección (Ro.6:4,9,10) – de modo que los hechos de Cristo se van convirtiendo progresivamente en los hechos de nuestra experiencia cotidiana y, allí donde antes reinaba el pecado (Ro.5:21). Hacemos el feliz descubrimiento de que verdaderamente ya no servimos más al pecado (Ro.6:6).
Al plantarnos con firmeza en lo que Cristo es, hallamos que todo lo que es verdad tocante a El llega a ser, en nuestra experiencia, cumplido en nosotros. Si por el contrario, nos basamos en lo que nosotros mismos somos, descubrimos que todo lo que es propio de la vieja naturaleza, permanece en toda su verdad en nosotros. Si en fe nos llegamos allí a Cristo, lo tenemos todo; si volvemos atrás aquí, a nosotros mismos, no encontramos nada.
Muy a menudo, queriendo hallar la muerte del `yo´, la buscamos donde no está. Porque la muerte del `yo´ está en Cristo. Nos vasta mirar dentro de nosotros para constatar que estamos muy vivos al pecado: pero, cuando miramos más allá al Señor, Dios logra que no solo la muerte obre aquí en nosotros, sino que la “novedad de vida” sea nuestra también. Somos entonces “vivos para Dios” (Ro.6:4,11).
“Permaneced en Mi y Yo en vosotros”. Es una frase doble: un mandato unido a una promesa. Es decir en cuanto al proceder de Dios, hay un lado objetivo y otro subjetivo, y este segundo depende del primero; el “Yo en vosotros” es el resultado de nuestra permanencia en El. Tenemos que cuidarnos de la excesiva ansiedad con respecto del lado subjetivo de las cosa, porque entraña el peligro de que nos quedemos mirándonos a nosotros mismos. Necesitamos plantarnos firmemente en el lado objetivo – “Permaneced en Mi” – y permitir que Dios se encargue del lado subjetivo. Y El se ha comprometido hacerlo.
La luz eléctrica puede servirnos de ilustración. Tú estás por ejemplo, en una habitación y está oscureciendo. Desearías encender la luz para poder leer. Sobre la mesa a tu lado, hay una lámpara. ¿Qué haces entonces? ¿La contemplas atentamente para ver si enciende la luz? ¿Intentas con un paño, limpiar la lamparilla? Por supuesto que no, sino que te levantas y vas al otro lado de la habitación donde esta el interruptor y enciendes. Diriges tu atención a la fuente de energía y, cuando hayas realizado la acción necesaria allí, la luz se hace aquí.
Así es nuestro andar con el Señor. Nuestra atención tiene que concentrarse en Cristo. “Permaneced en Mi y Yo en vosotros” es la orden divina. La fe en las verdades de Cristo, las hace verdaderas en nuestra experiencia. Como se expresa el apóstol Pablo: “Nosotros todos, mirando… la gloria del señor, somos transformados… en la misma imagen” (2 Co.3:18). El mismo principio se aplica en cuanto al producir fruto: “El que permanece en Mi”, y Yo en él, éste lleva mucho fruto” (Jn.15:5). No nos esforzamos en producir el fruto, ni concentremos nuestra atención en el fruto producido. Nuestra tares en mirar a Cristo y, cuando lo hacemos, El se compromete a cumplir su Palabra en nosotros.
¿Cómo permanecemos en Cristo? “De Dios sois vosotros en Cristo Jesús.” Era obra que tocaba a Dios el colocarnos allí, y lo ha hecho. Ahora, quédate pues allí. No vuelvas a apoyarte en lo que eres en ti mismo. Jamás te contemples como si no estuvieras en Cristo. Mira a Cristo, y mírate a ti mismo en El. Permanece en El. Descansa en el hecho de que Dios te ha colocado en su Hijo, y vive en la expectativa de que El completará su obra en ti. A El corresponde el hacer efectiva la promesa gloriosa de que “el pecado no se enseñoreara de vosotros” (Ro.6:14)
[6] Enviado por hgo1939 el 17/05/2010 a las 09:05:16


3
EL ESPÍRITU SANTO

Entramos ahora a considerar algo que hace la medula misma de toda nuestra experiencia como poder vivificador de la vida y el servicio eficaces. Me refiero a la presencia personal y al ministerio del Espíritu Santo de Dios.
Permítanme tomar aquí también como punto de partida, dos versículos de Romanos, uno de la primera sección y otro de la segunda. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” Y “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de El” Ro.5:5; 8:9).
Dios no da dones al azar, ni los regala en forma arbitraria. Se conceden libremente a todos, pero sobre una base determinada. A la verdad, Dios nos ha bendecido “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Ef.1:3; pero, si esas bendiciones que son nuestras en Cristo lo van a ser en la experiencia, debemos saber sobre que bases podemos nosotros apropiárnosla.
Al considerar el don del Espíritu Santo, es conveniente pensar en sus dos aspectos: como Espíritu derramado y como Espíritu morador; y nuestro propósito ahora es entender sobre que base este doble facético don del Espíritu Santo se hace nuestro. Estoy seguro de que tenemos razón al distinguir entre la manifestación exterior e interior de su operación, y que a medida que prosigamos en el estudio, la distinción nos será útil. Además, cuando las comparamos, llegamos a la conclusión de que la actividad interior del Espíritu Santo es la más preciosa. Al decir esto, no queremos decir, en ningún momento, que su actividad exterior no lo sea también, porque Dios solo da buenas dadivas a sus hijos. Por desgracia, estamos propensos a estimar livianamente nuestros privilegios, a causa de su grande abundancia. Los santos del Antiguo Testamento, no tan favorecidos como nosotros, podían apreciar mejor que nosotros el valor precioso de este don del Espíritu derramado. En aquellos días fue un don concedido solo a unos pocos, especialmente a sacerdotes, jueces, reyes y profetas, mientras que hoy es la porción de cada hijo de Dios. ¡Pensad! Nosotros, que somos unos no nada podemos tener, permaneciendo sobre nosotros, el mismo Espíritu que descansaba sobre Moisés el amigo de Dios, sobre David el rey amado, y sobre Elías el poderoso profeta. Al recibir el don del Espíritu Santo derramado, nos unimos a las huestes de los escogidos siervos de Dios en la dispensación del Antiguo Testamento. En el momento mismo en que apreciamos el valor de este don de Dios y nos damos cuenta de nuestra profunda necesidad de él, nos debemos preguntar inmediatamente: ¿Cómo puedo recibir el Espíritu Santo de este modo, para equiparme con dones espirituales y capacitarme para servir? ¿Sobre qué bases ha sido dado el Espíritu?

El Espíritu derramado

Leamos primeramente hechos capitulo 2, versículos32 al 36:
“(32) A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. (33) Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. (34) Porque David no subió a los cielos, pero el mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, (35) hasta que ponga a todos tus enemigos por estrado de tus pies. (36) Sepa, pues, certísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios ha hecho Señor y Cristo”.

Por el momento dejemos de lado los versículos 34 y 35 para considerar juntos los versículos 33y 36. Aquéllos son una cita del salmo 110, y realmente forman un paréntesis, así que entenderemos mejor la fuerza del argumento de Pedro si, por ahora los olvidamos. En le versículo 33, Pedro declara que el señor Jesús fue exaltado por la diestra de Dios.
¿Cuál fue el resultado? El recibió “del Padre la promesa del Espíritu Santo”. ¿Y que siguió a eso? Pentecostés: el resultado de su exaltación fue “esto que vosotros veis y oís”.
¿Cuál era, pues la base sobre la cual el Espíritu fue dado en el principio al Señor Jesús para ser derramado sobre su pueblo? Era su exaltación hasta el cielo. Este pasaje aclara perfectamente que el Espíritu Santo se derramo porque Jesús fue exaltado. El derramamiento del Espíritu no tiene ninguna relación con tus meritos, ni con los míos, sino únicamente con los meritos del Señor Jesús. La cuestión de lo que nosotros somos no entra aquí en consideración alguna, sino solamente lo que El es. El ha sido glorificado; por lo tanto, el Espíritu Santo se derrama.
Es porque el señor Jesús murió en la Cruz, que yo recibí el perdón de los pecados; es porque el Señor Jesús resucitó de los muertos, que yo he recibido vida nueva; es porque el señor Jesús ha sido exaltado a la diestra del Padre, que yo he recibido el Espíritu derramado. Todo es por lo que El ha hecho; nada por lo que yo soy. La remisión de los pecados no se basa en los méritos humanos, sino en la crucifixión del señor; la regeneración no se basa en los méritos humanos, sino en la resurrección del Señor; y la investidura del espíritu Santo tampoco se basa en los méritos humanos, sino en la exaltación del señor. El Espíritu santo no ha sido derramado sobre ti y sobre mí para demostrar cuán grandes somos nosotros, sino para confirmar la grandeza del Hijo de Dios.
Ahora miremos el versículo 36. Hay una palabra aquí que demanda nuestra cuidadosa atención: la palabra”pues”. ¿Cómo se emplea generalmente esta palabra? No para introducir una declaración sino para seguir alguna que ya ha sido hecha. Su uso implica que algo se ha mencionado previamente. Ahora bien, ¿qué ha precedido en este caso a la palabra “pues”? ¿Con que se relaciona? Razonablemente no puede ser ni con el versículo 34 ni con el 35, pero evidentemente se refiere al versículo 33. Pedro acaba de referirse al derramamiento del Espíritu Santo sobre los discípulos. “lo que veis y oís”, y dice: “Sepa, pues, certísimamente toda la casa de Israel, que este Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo”. Pedro dice en efecto a su auditorio: “Este derramamiento del Espíritu Santo, que habéis presenciado con vuestros propios ojos y que habéis oído, comprueba que Jesús de Nazaret, a quien crucificasteis, es ahora Señor y Cristo”. El Espíritu santo fue derramado aquí para comprobar lo que había sucedido en el cielo – la exaltación de Jesús de Nazaret a la diestra de Dios. El propósito de Pentecostés es confirmar el señorío de Cristo.
La Biblia relata de un joven llamado José, muy querido por su padre. Un día llegó al padre la noticia de la muerte de su hijo, y durante largos años Jacob lloró la muerte de su hijo. Pero José no estaba en la tumba: estaba en una posición de poder y gloria. Después de haber llorado durante años la muerte de ese hijo, le llegó de repente la noticia de que José estaba vivo y en alta posición en Egipto. Al principio Jacob no pudo creerlo. Era demasiado hermoso para ser verdad. Pero, por fin, le convencieron de que la historia de la exaltación de José era cierta. ¿Cómo llegó Jacob a creerlo? Salió y vio las carrozas que José había enviado desde Egipto.

Y bien, ¿qué representan aquí las carrozas? De seguro prefiguran aquí el Espíritu Santo enviado para ser tanto l evidencia de que el Hijo de Dios está en la gloria como el vehículo para llevarnos allá. ¿Cómo podemos saber que Jesús de Nazaret, crucificado por hombres malvados casi dos mil años ha, no murió simplemente la muerte de un mártir, sino que está a la diestra del Padre en la gloria? ¿Cómo podremos saber a ciencia cierta que El es Señor de señores y Rey de reyes? Lo podemos saber certisimamente porque El ha derramado su Espíritu sobre nosotros. ¡Aleluya, Jesús es el Señor; Jesús es el Cristo; Jesús de Nazaret es Señor y Cristo!
La base sobre la cual el Espíritu ha sido dado es pues la exaltación del Señor Jesús. ¿Es posible, entonces, que el Señor haya sido glorificado, y que tú no hayas recibi do el Espíritu? ¿Cómo recibiste el perdón de los pecados? ¿Fue porque orabas con mucho fervor, o porque leías la Biblia de tapa a tapa, o porque asistías a la iglesia? ¿Se debió acaso a tus méritos? No, mil veces no. ¿En base a qué fueron perdonados tus pecados? “Sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He. 9:22). La única base del perdón es el derramamiento de sangre; y, pues que la Sangre preciosa ha sido vertida, tus pecados han sido perdonados.
Ahora bien, el principio en base al cual recibimos la investidura del Espíritu Santo es exactamente el mismo sobre el cual recibimos el perdón de pecados. El Señor ha sido crucificado, por tanto nuestros pecados han sido perdonados; el Señor ha sido glorificado, por tanto el Espíritu Santo nos ha sido derramado. ¿Es posible que el Hijo de Dios haya derramado su Sangre y que tus pecados, querido hijo de Dios, no hayan sido perdonados? Imposible! Luego, ¿es posible que el Hijo de Dios haya sido glorificado y que tú no hayas recibido al Espíritu Santo? ¡Imposible!
Algunos quizás dirán: Estoy de acuerdo con todo eso, pero no tengo ninguna experiencia de ello. ¿Tengo que sentarme cómodamente y pretender tenerlo todo, cuando sé perfectamente que no tengo nada?
No, jamás debemos conformarnos únicamente con los hechos objetivos. Necesitamos también la experiencia subjetiva; pero dicha experiencia vendrá cuando descansemos sobre los hechos divinos. Los hechos de Dios constituyen la base de nuestra experiencia.
Volvamos al asunto de nuestra justificación. ¿Cómo fuiste justificado? No por haber hecho algo valedero, sino por aceptar que el Señor lo había hecho todo. La investidura con el Espíritu Santo se hará tuya exactamente del mismo modo que la justificación, no por hacer algo tú mismo, sino porque depositas fe en lo que el Señor ha hecho ya. Si carecemos de esta experiencia, pidamos a Dios una revelación del hecho eterno del bautismo del Espíritu Santo, como el don que el Señor exaltado ha dado a su iglesia. Una vez visto esto, el esfuerzo cesará, y la oración cederá lugar a la alabanza. Fue la revelación de lo que el Señor había hecho en favor del mundo, lo que puso fin a nuestros esfuerzos por procurar el perdón de los pecados; y es la revelación de lo que el Señor ha hecho por su Iglesia, lo que pondrá fin a nuestros esfuerzos por asegurarnos el bautismo del Espíritu Santo. Luchamos a causa de no haber visto la obra del Señor Jesús. Pero una vez que esto suceda la fe nacerá en nuestros corazones y, al creer, seguirá la experiencia.
Tiempo atrás cierto joven, convertido hacía cinco se manas y que anteriormente había sido muy contrario al Evangelio, asistió a una serie de conferencias que yo es taba dando. Al fin de una de ellas en que yo había habla do como antecede, el joven volvió a su casa y empezó a orar con fervor: Señor, yo quiero el poder del Espíritu Santo. Ya q has sido glorificado, ¿no querrás derramar tu Espíritu sobre mí? Luego se corrigió diciendo: ¡Oh! no Señor, estoy muy equivocado. Y comenzó a orar de nuevo: Señor Jesús, estamos unidos para siempre. Tú y yo, y el Padre nos ha prometido dos cosas: gloria para Ti y el Espíritu para mí. Tú, Señor, has recibido la gloria, por tanto es imposible que yo no haya recibido el Espíritu. Señor, te alabo; Tú has recibido ya la gloria y yo he recibido ya el Espíritu — Desde ese día el poder del Espíritu estaba de modo consciente sobre él.
LA FE ES NUEVAMENTE LA CLAVE
Al igual que en el caso del perdón, la venida del Espíritu Santo sobre nosotros, es meramente una cuestión de fe. Tan pronto como vemos al Señor sobre la Cruz, sabemos que nuestros pecados son perdonados; tan pronto como vemos al Señor sobre el Trono, sabemos que el Espíritu ha sido derramado sobre nosotros. La base sobre la cual recibimos la investidura del Espíritu, no la constituyen ni nuestras oraciones, ni nuestros ayunos y vigilias, sino la exaltación de Cristo. Los que dan importancia a las vigilias y reuniones con ayuno sólo sir ven para descaminarnos, por cuanto el don no es para unos pocos privilegiados, mas para todos; porque no se concede atención a lo que somos, sino en base a lo que Cristo es. El Espíritu ha sido derramado para probar la bondad y grandeza de Cristo, no la nuestra. Cristo ha sido crucificado y por lo tanto hemos sido perdona dos; Cristo ha sido glorificado y por tanto hemos sido in vestidos con poder de lo alto. Es todo por causa de EL Suponte que un pecador exprese el deseo de salvar su alma, y que tú le expliques el camino de la salvación y ores con él. Suponte también que él ore así: ‘Señor Jesús, creo que has muerto por mí y que puedes borrar todos mis pecados. Creo firmemente que me perdonarás’. Bien, ¿tienes la plena confianza de que aquel hombre es salvo? ¿En qué momento estarás seguro de que, de veras, ha nacido de nuevo? No cuando dice: Señor, creo que perdonaron mis pecados, sino cuando ora diciendo: Señor, te alabo porque has perdonado mis pecados; has muerto por mí, por tanto mis pecados son perdonados. Se está seguro de que una persona es salva, cuando la oración se torna en alabanza, cuando esa persona deja de pedir al Señor que le perdone, y le alaba porque ya le ha perdonado por causa de la Sangre derramada del Cordero.
Del mismo modo, podrás orar y esperar durante años sin experimentar jamás el poder del Espíritu; pero cuan do dejes de rogar al Señor que derrame su Espíritu sobre ti, y cuando con plena confianza le alabes, porque el Espíritu ha sido derramado por cuanto el Señor Jesús ha sido glorificado, tu problema estará resuelto. ¡Alabado sea Dios! ningún hijo suyo necesita agonizar, ni siquiera esperar para que el Espíritu sea dado. - Jesús no va a ser hecho Señor en el futuro; ya es Señor. Por tanto no voy t recibir el Espíritu; ya lo he recibido. Es en todo una cuestión de fe, que viene por revelación. Cuando nuestros ojos se abren para ver que el Espíritu ha sido derramado ya, por cuanto Jesús ha sido glorificado, entonces en nuestro corazón la plegaria da lugar a la alabanza.
Todas las bendiciones espirituales se conceden sobre una base determinada. Los dones de Dios se ofrecen gratuitamente, pero se requiere de nosotros que cumplamos ciertas condiciones antes de poder recibirlos. Hay un pasaje en la Palabra de Dios que aclara bien las condiciones para recibir el Espíritu derramado: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuan tos el Señor nuestro Dios llamare” (Hch. 2:38, 39).
Hay cuatro cosas que se mencionan en este pasaje: Arrepentimiento, bautismo, perdón y Espíritu Santo. Las primeras dos son condiciones, las otras, dones. ¿Cuáles son las condiciones a cumplir si deseamos recibir el perdón de los pecados? Según la Palabra son dos: el arrepentimiento y el bautismo.
La primera condición es el arrepentimiento, que quiere decir un cambio de criterio. Anteriormente creía que el pecado era una cosa placentera, pero ahora he cambiado mi criterio con respecto a él; anteriormente creía que el mundo era un lugar atrayente, pero ahora lo conozco mejor; antes consideraba negocio desgraciado el ser cristiano, pero ahora no pienso así. Alguna vez creí que ciertas cosas eran deleitosas, ahora las considero viles; antes desestimaba algunas cosas como sin valor, ahora las estimo como las más preciosas. Esto es cambio de punto de vista; esto es arrepentimiento. Ninguna vida puede ser verdaderamente transformada sin tal cambio de punto de vista.
La segunda condición es el bautismo. El bautismo es una expresión de una fe interior. Cuando en mi corazón creo realmente que yo he muerto con Cristo, que he sido sepultado y resucitado con El, entonces pido ser bautizado. Así declaro públicamente lo que creo en mi corazón. El bautismo es la fe en acción.
Hay aquí, pues, establecido por Dios, dos condiciones del perdón: el arrepentimiento y la fe públicamente ex presada. ¿Te has arrepentido? ¿Has testificado pública mente de tu unión con tu Señor? y luego, ¿has recibido la remisión de los pecados y el don del Espíritu Santo? Dices que has recibido únicamente el primer don y no el segundo. Pero, amigo mío, Dios te ofreció dos cosas si cumplías las condiciones. ¿Por qué tomaste una sola? ¿Qué haces con respecto a la segunda?
Suponte que voy a una librería, elijo un libro en dos tomos, que cuesta cien pesos y, habiéndolo pagado, salgo del negocio dejando por descuido un tomo sobre el mostrador. Cuando llego a casa y descubro el olvido, ¿qué crees que haría yo? Volvería en seguida al comercio para buscar el tomo olvidado, pero no se me ocurriría pagar algo más por él. Explicaría sencillamente al librero que ambos tomos han sido debidamente pagados y le pediría que tuviera a bien entregarme el tomo olvidado; y, sin otro pago, saldría contento con el libro adquirido bajo mi brazo. ¿No harías tú lo mismo?
Pero tú estás en las mismas circunstancias. Si has llenado las condiciones, te corresponden los dos regalos no uno solo. Ya te has apropiado de uno: ¿por qué no venir por el otro ahora? Dí al Señor: Señor, he cumplido con las condiciones para obtener la remisión de pecados y el don del Espíritu Santo, pero neciamente, me he apropiado únicamente del primero. Ahora vengo a apropiarme del don del Espíritu Santo y te alabo porque me lo has dado ya.
[7] Enviado por hgo1939 el 17/05/2010 a las 09:05:09


LA DIVERSIDAD DE LAS EXPERIENCIAS
Pero preguntas: ¿Cómo sabré que el Espíritu Santo ha venido sobre mí? Yo no sé decirte cómo lo sabrás, pero sí, que lo sabrás. Cuando el Espíritu Santo se derrama sobre el pueblo de Dios, las experiencias pueden diferir mucho. Algunos reciben una nueva visión; otros llegan al conocimiento de una nueva libertad en ganar almas, unos proclaman la Palabra de Dios con poder, otros se llenan de gozo celestial o rebosan de alabanza. Alabemos al Señor por cada experiencia nueva relacionada con la exaltación de Cristo. Dios no trata con sus hijos siempre de la misma manera. Por tanto no debemos, con nuestros prejuicios e ideas preconcebidas, demandar que su Espíritu obre de una manera determinada, ni en nuestra propia vida ni en la de otros. Esto se aplica tanto a los que requieren alguna manifestación particular como evidencia objetiva de que el Espíritu ha descendido sobre ellos, como a los que niegan del todo la necesidad de manifestación exterior alguna. Dejemos a Dios en libertad de obrar como El quiera y para dar la evidencia que le plazca de la obra que hace. El es el Señor, y no nos toca a nosotros dictarle leyes.
Regocijémonos de que Jesús está en el trono, y alabémosle porque desde que El ha sido glorificado, el Espíritu se ha derramado sobre todos nosotros.

EL ESPIRITU QUE MORA
Pasemos ahora al segundo aspecto del don del Espíritu Santo, que, como veremos en el capítulo siguiente, es el tema especial de Romanos 8. Es lo que hemos llamado la morada del Espíritu. “Si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros... Si el Espíritu de Aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros.. .“ (Ro.8:9,11).
Tanto con la permanencia del Espíritu como con el Espíritu derramado, si es que hemos de conocer por experiencia lo que de hecho es nuestro, nuestra primera necesidad será la revelación divina. Cuando veamos a Cristo como el Señor objetivamente —es decir, como exaltado al trono en el cielo— entonces experimentaremos el poder del Espíritu sobre nosotros. Cuando veamos a Cristo como Señor subjetivamente -es decir, como Conductor eficaz dentro de nuestras vidas- entonces conoceremos el poder del Espíritu en nosotros.
Una revelación del Espíritu morador fue el remedio que Pablo ofreció a los cristianos de Corinto para su falta de espiritualidad. Es importante observar que los cristianos de Corinto se habían preocupado con las señales visibles del derramamiento del Espíritu Santo y daban mucha importancia al don de lenguas y al don de milagros, mientras que por otro lado, sus vidas estaban llenas de contradicciones y eran un vituperio al nombre del Señor. Evidentemente habían recibido el Espíritu Santo y, no obstante, permanecían espiritualmente raquíticos. El remedio que Dios les ofreció para su estado es el remedio que El ofrece a su Iglesia hoy frente al mismo mal.
Escribiendo a ellos, Pablo preguntaba: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Co. 3:16). Para otros el apóstol pidió la iluminación del entendimiento “...para que sepáis” (Ef. 1:18). Los cristianos de entonces necesitaban tener conocimiento de los hechos divinos, y la necesidad de los creyentes hoy en día es la misma. Necesitamos que “se nos abran los ojos de nuestro entendimiento” para que sepamos que Dios mismo por el Espíritu Santo ha hecho su morada en nuestro corazón. Dios está presente en la persona del Espíritu, y Cristo a su vez también lo está. Así pues, si el Espíritu Santo se aposenta en nuestro corazón, tenemos también al Padre y al Hijo morando allí Esta no es una mera teoría o doctrina, mas una bendita realidad. Quizás nos hemos dado cuenta de que el Espíritu está de veras en nuestro corazón, pero ¿hemos reconocido igualmente que El es una persona? ¿Hemos comprendido cabalmente que tener al Espíritu dentro de nos. otros mismos es tener al Dios vivo?
Muchos cristianos hay para quienes el Espíritu Santo no es una realidad. Lo consideran una simple inf1uencia -una influencia para bien, sin duda, pero nada más que influencia. En su modo de pensar, identifican la con ciencia y el Espíritu como ‘algo’ dentro de ellos que les reprende cuando se conducen mal y que procura enseñarles cómo llegar a ser mejores. El problema de lo cristianos de Corinto no era que les faltaba el Espíritu sino que no se daban cuenta de su presencia. No se habían dado cuenta de la grandeza de Aquel que había venido para hacer su morada en el corazón de ellos; por esto Pablo les escribía: “¿No sabéis que sois templo d Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” Sí ése era el remedio para su falta de espiritualidad -simplemente conocer quién era Aquel que moraba dentro de ellos.

EL TESORO EN EL VASO DE BARRO
¿Sabéis, amigos, que el Espíritu dentro de vosotros Dios mismo? ¡Oh, que nuestros ojos se abran para ver la grandeza del don de Dios! ¡Que podamos descubrir la vastedad de los recursos escondidos en nuestro propio corazón! Yo podría gritar de júbilo al pensar que el Espíritu que mora en mí no es una mera influencia sino una Persona viva; ¡que es mismísimo Dios! ¡El Dios in finito dentro de mi corazón! No sé cómo comunicarles la dicha de este descubrimiento, de que el Espíritu Santo que mora en mi corazón es una Persona. Sólo puedo repetir: Es una Persona; y nuevamente: Es una Persona; y otra vez más: Es una persona. Oh, amigos me gustaría repetíroslo cien veces: ¡El Espíritu de Dios dentro de mí es una Persona! Yo soy sólo un vaso de barro, pero dentro de este vaso de barro llevo un tesoro de valor inefable, el mismo Señor de gloria.
Todo el afán y la preocupación de los hijos de Dios cesarían si sus ojos se abrieran para ver la grandeza del tesoro escondido en su corazón. ¿Sabes tú que. hay recursos suficientes dentro de tu corazón para enfrentar la demanda de toda circunstancia en que te podrías encontrar? ¿Sabes que hay poder suficiente allí para hacer temblar el universo? Permíteme decírtelo otra vez -y lo digo con la mayor reverencia- tú que has nacido de nuevo, del Espíritu de Dios, ¡tú llevas a Dios en tu corazón!
Toda la liviandad de los hijos de Dios acabaría también, si repararan en la grandeza del tesoro depositado en ellos. Si tú tienes sólo cien pesos en el bolsillo, puedes andar contento por la calle, conversando libremente en el camino, sin cuidar mayormente tu manera de andar. Importa poco si pierdes tu dinero, porque hay poco en juego. Pero si llevas un millón de pesos, muy otra sería la situación y muy otra toda tu manera de conducirte. Habría gran alegría en tu corazón, pero no caminarías descuidadamente; y, de vez en cuando, irías más lenta mente para poner la mano en el bolsillo, palpar de nuevo tu tesoro y proseguir pues tu marcha con gozosa seriedad.
En los días del Antiguo Testamento, había centenares de carpas en el campamento de Israel, pero había una muy distinta de todas las demás. En las carpas comunes, podía uno hacer lo que quería: comer, o ayunar, trabajar o descansar, estar gozoso o sobrio, ruidoso o silencioso. Pero aquella otra carpa imponía reverencia y respeto. Uno podía entrar y salir de las demás carpas conversan do en voz alta y riendo libremente pero, al acercarse a aquella carpa especial, instintivamente se caminaba con más seriedad y, al encontrarse frente a ella, el israelita inclinaba la cabeza en solemne silencio. Nadie podía tocar a aquella impunemente. Si cualquier hombre o bestia se atreviera tocarla, la muerte era su pena segura. ¿Qué ocurría con aquella carpa? Era el templo del Dios Vivo. En cuanto a la carpa en sí no tenía nada de particular, pues exteriormente era de material común, pero el Grande Dios la había elegido para hacerla su morada.
¿Te das cuenta ahora de lo que sucedió en tu con versión? Dios entró en tu corazón y lo hizo su templo. En los días antiguos, Dios moraba en un templo hecho de piedras; hoy El mora en un templo compuesto de creyentes vivos. Cuando de veras entendamos que Dios ha hecho de nuestros corazones su morada, ¡qué profunda reverencia inundará nuestras vidas! Toda liviandad, toda frivolidad, y aun todo deseo de agradarnos a nosotros mismos, cesará al saber que nosotros somos el templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora dentro de nosotros. ¿Te has dado cuenta cabal de que, dondequiera vayas, llevas contigo al Espíritu Santo de Dios? No llevas simplemente tu Biblia contigo, ni siquiera buenas enseñanzas acerca de Dios, sino a Dios mismo.
La razón porque muchos cristianos no experimentan el poder del Espíritu, aunque El more verdaderamente en su corazón, es la falta de reverencia: y les falta la reverencia porque sus ojos no se abierto al hecho de aquella presencia. Es un hecho real, pero no lo han visto. ¿Por qué algunos cristianos viven vidas victoriosas mientras que otros viven en constante derrota? La diferencia no se explica por la presencia o ausencia del Espíritu (porque El mora en el corazón de cada hijo de Dios) sino en esto: en que algunos se han dado cuenta de su presencia y Otros no. La verdadera revelación de la presencia del Espíritu revolucionará la vida de cualquier cristiano.

EL SEÑORÍO ABSOLUTO DE CRISTO
“¿Oh ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados 0I precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Co. 6:19, 20). Estos versículos nos llevan un paso más adelante, porque una vez hecho el descubrimiento de que somos morada de Dios, debe seguir a ello la plena rendición de nuestro ser a Dios. Al ver que somos el templo de Dios, nos daremos cuenta de inmediato que no somos nuestros. La consagración seguirá a la revelación. La diferencia entre cristianos victoriosos y cristianos derrotados no radica en que algunos tienen al Espíritu y Otros no, sino que algunos reconocen su presencia y otros no; y que por lo tanto algunos reconocen el señorío divino de sus vidas mientras otros todavía son sus propios dueños.
La revelación es el primer paso hacia la santidad, la consagración el segundo. En nuestras vidas tiene que llegar el día, tan definido como el de nuestra conversión cuando renunciemos a todo derecho a nosotros mismos, y nos sometamos al señorío absoluto de Jesucristo. Puede haber algún problema práctico que Dios utilice para probar la realidad de nuestra consagración, pero de todos modos tiene que haber un día en que, sin reservas, rindamos todo a El: nuestro propio ser, nuestra familia, nuestros bienes, nuestro negocio y nuestro tiempo. Todo lo que somos y todo lo que tenemos se hace suyo para ser desde entonces guardado a su entera disposición. Desde ese día ya no somos nuestros propios dueños, sino mayordomos. Sólo cuando el señorío de Jesucristo se establezca en nuestro corazón, podrá el Espíritu operar con real eficacia en nosotros. El no puede dirigir nuestra vida con éxito hasta que no le sea entregado el control sobre ella. Si no le damos absoluta autoridad “en nuestras tras vidas, El puede estar presente, pero no con poder. El poder del Espíritu queda estorbado.
¿Vives tú para el Señor, o para ti mismo? Quizás ésta sea una pregunta demasiado general, de modo que voy a concretar: ¿Hay algo que Dios pide de ti, y que tu le rehusas? ¿Hay algún punto de discusión entre tú y Él? Sólo cuando toda controversia sea dirimida y se le dé pleno control al Espíritu Santo, podrá El reproducir la vida de Cristo en el corazón del creyente.
Un amigo mío, ahora con el Señor y a quien llamaremos Pablo, abrigaba siempre la esperanza de que algún día lo llamarían ‘doctor’. Desde su infancia soñaba con el día en que recibiría el título, y todo el mundo lo celebraría como ‘Dr. Pablo’.
Un día se convirtió al Señor, sintió luego el llamado al pastorado y llegó a ponerse al frente de una congregación numerosa. Ya por entonces era profesor, pero le faltaba el doctorado. Este hombre era un cristiano, Pero no experimentaba la victoria del Espíritu Santo en su vida.
Sentía íntimamente que no practicaba lo que predicaba a otros, cuando exhortaba a los miembros de la iglesia a una vida consagrada. Clamaba al Señor que le concediera conocer el poder del Espíritu, pero sin respuesta alguna. Comenzó a ayunar y a pedir al Señor que le
revelara qué era el estorbo en su vida espiritual, y la respuesta ya no tardó, y fue así: Deseo que conozcas el poder de mi Espíritu, pero tu corazón está fijo en algo que no es de mi agrado. Me has entregado todo menos una cosa, y esa cosa la estás reteniendo para ti -tu título de doctor.
Para Pablo era su vida. Había soñado con él durante muchos años, y ahora estaba a su alcance. Argumentó con el Señor de la siguiente manera: ¿Qué mal hay en ser doctor en filosofía? ¿No traería mayor gloria a tu nombre tener a un predicador que sea doctor?
Pero la palabra del Señor era firme y no había argumentos ni componendas que valieran. Un sábado llegó la crisis. Mientras preparaba su sermón para el día siguiente, sintió Pablo que tenía que elegir entre el título de doctor y el poder del Espíritu en su vida. Esa noche, de rodillas, se entregó diciendo: Señor, estoy dispuesto a quedar siempre sin el título con tal de tener el poder del Espíritu Santo en mi vida.
Se puso de pie y escribió una carta a la mesa examina dora pidiendo que le disculparan por no rendir el examen el día lunes, y expuso sus razones. Quedó satisfecho y muy feliz, pero sin sentir ninguna experiencia extraordinaria. A la mañana siguiente contó a su grey que, por primera vez en seis años, no tenía ningún sermón que predicar, y explicó cómo había ocurrido. El Señor bendijo ése su testimonio más abundantemente que todos sus bien preparados sermones, y desde entonces Dios se sirvió de él de una manera totalmente nueva. De aquel día en adelante, conoció qué era la auténtica separación del mundo, no ya como cosa externa, sino como una profunda realidad interior, y en su experiencia diaria sintió la presencia y el poder del Espíritu.
Dios espera el ajuste de todas nuestras controversias pendientes con El. Con Pablo, el problema estribaba en su amor al título, con nosotros puede ser otra cosa. Nuestra entrega absoluta al Señor se condiciona generalmente a alguna cosa particular, y Dios va tras ella. Debe obtenerla porque El debe tener nuestro todo. Me impresionó profundamente lo que un gran líder nacional escribió en su autobiografía: No quiero nada para mí; lo quiero todo para mi patria. Si un hombre puede estar dispuesto a que su patria lo tenga todo. y él nada, ¿por qué no podemos nosotros decir a nuestro Dios: Señor, no quiero nada para mí; lo quiero todo para Ti; quiero lo que Tú quieras, y nada quiero fuera de tu voluntad? Sólo cuando tomamos el lugar del siervo, puede El tomar su lugar como Señor. No nos llama a dedicamos a su causa; nos pide que nos entreguemos a su voluntad. ¿Estás dispuesto a todo que El disponga?
Otro amigo mío, como el amigo Pablo, tuvo una controversia con el Señor. Antes de convertirse se había enamorado y tan pronto que se convirtió, trató de ganar su novia para el Señor; pero ella no quería saber nada de cosas espirituales. El Señor reveló a este hijo suyo que debía romper con su novia, pero él la quería entrañablemente, y esquivó el asunto. Siguió sirviendo al Señor ganando almas para El, pero cada vez era más consciente de su necesidad de santificación y esa necesidad le deparó días oscuros. Pedía al Señor la plenitud del Espíritu para poder llevar una vida santa, pero aparentemente el Señor ignoraba su clamor.
Una mañana tuvo que predicar en otra ciudad y habló del Salmo 73:25: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti? Y fuera de Ti nada deseo en la tierra”. Al regresar asistió a una reunión de oración donde una hermana en la fe leyó el mismo versículo, sin saber que él acababa predicar sobre él y agregó la pregunta: ¿Podemos decir de veras: ‘No hay nadie sobre la tierra que deseo sino a Ti? Había poder en esas palabras. Llegaron a su corazón y tuvo que confesar que sinceramente, no podía decir que no deseaba a nadie ni en el cielo ni en la tierra aparte de su Señor. En ese mismo instante se dio cuenta que para él todo dependía de su disposición de renunciar la joven que amaba.
Para algunos eso no habría significado tanto quizá, pero para él era todo. Así que empezó a argüir con el Señor, iré al Tibet para trabajar por Ti allí, con tal que pueda casarme con ella. Pero a todas luces, el Señor daba más importancia a la relación de él con su novia que a su viaje al Tibet, y ningún razonamiento pudo hacer variar el énfasis del Señor sobre ese particular. La controversia duró varios meses y cuando de nuevo el joven clamó por la plenitud del Espíritu, el Señor volvió a señalarle el mismo punto. Pero un día el Señor triunfó, y ese joven le miró para decirle: Señor, ahora puedo decir en verdad: ¿A quién tengo en los cielos sino a Ti? y no hay nadie sobre la tierra que deseo fuera de Ti. Y éste fue el comienzo de una nueva vida para él.
Un pecador perdonado es muy distinto de un pecador común, y un cristiano consagrado es muy distinto de un cristiano común. Que el Señor nos conduzca a una posición definitiva en cuanto a su señorío. Si nos entregamos enteramente a El y reclamamos el poder del Espíritu morador, no necesitamos sentimientos especiales ni manifestaciones sobrenaturales, sino que podremos mirarle y alabarle porque algo ha sucedido. Podremos agradecerle con confianza que la gloria de Dios ha llenado ya su templo. “ ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios?”
[8] Enviado por hgo1939 el 17/05/2010 a las 09:05:43


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DOS LEYES
Muchos han sentido que Romanos 7 es casi supérfluo. Lo sería quizá si los cristianos vieran en verdad que la Cruz de Cristo ha desplazado la vieja creación, y que por su resurrección ha sido introducida una creación entera mente nueva. Otros han pensado que este capítulo está mal colocado. Lo habrían puesto entre los capítulos 5 y 6. Después del capítulo 6 ¡todo es tan perfecto, tan recto! y luego viene el derrumbe y el clamor: “ miserable hombre de mí!” No se puede imaginar un contraste más chocante. Por esto algunos han opinado que Pablo se refiere aquí a su experiencia antes de convertirse. Bien, hay que admitir que algo de lo que describe aquí no es la experiencia cristiana, sin embargo, muchos cristianos lo experimentan.
LA CARNE Y EL FRACASO DEL HOMBRE
Romanos 7 tiene una nueva lección que enseñarnos. Se trata del descubrimiento de que estoy “en la carne”, que “soy carnal” y que “en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien” (Ro. 7:5, 14, 18). Esto va más allá de la cuestión del pecado porque se relaciona también con la idea de agradar a Dios. Estamos tratando aquí no con el pecado en sus distintas formas, sino con el hombre en su estado carnal. Esto incluye a aquello, pero nos lleva un paso más allá, porque nos lleva al descubrimiento de que en este terreno también somos completamente impotentes, y que “los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Ro. 8:8). ¿Cómo se hace este descubrimiento? Con la ayuda de la ley.
Primeramente tengamos bien en cuenta que la muerte con Cristo, descripta en Romanos 6, es del todo suficiente para cubrir toda nuestra necesidad. Pero la explicación de esa muerte, con todo lo que ella implica, es incompleta en el capítulo 6. Estamos aún en ignorancia de la verdad que se nos expone en el capítulo 7. Romanos 7 nos es dado para explicar y hacer valedera la declaración de Romanos 6:14, que “el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia”.
Por naturaleza yo soy un hombre “vendido al pecado” (Ro.7:14). El pecado tiene dominio sobre mí; pero, en cuanto me dejan solo, parezco ser un hombre bastante bueno. Mi pecaminosidad sale a luz cuando se me pide que haga algo.
Si tuvieras a un siervo muy torpe, con que se siente tranquilo sin hacer nada, no te darás cuenta de su torpeza. Si no hace nada todo el día, será de poca utilidad, es cierto, pero por lo menos tampoco hará daño. Pero si le dices: Vamos, no seas ocioso; levántate y haz algo - entonces van a comenzar las dificultades. Choca contra la silla al levantarse, tropieza luego con un banquito, y más tarde hace añicos un plato valioso en cuanto lo toma en sus manos. Si no se le exige nada, su torpeza pasa desapercibida; pero en cuanto le pides que haga algo, su desmaña salta a la vista. Las exigencias estaban bien, pero el hombre era incapaz. Era tan torpe cuando estaba sentado que cuando trabajaba, pero fueron tus de mandas las que hicieron patente su torpeza, torpeza que estaba en él aun cuando no hacía nada.
Todos somos pecadores por naturaleza. Si Dios no nos pide nada, aparentemente todo va bien, pero tan pronto El nos demanda algo, desencadena un gran despliegue de nuestra pecaminosidad. La ley hace manifiesta nuestra debilidad. Mientras se me deja estar quieto, parezco estar bien; pero apenas se me pida que haga algo, lo voy a echar a perder y, si se me confía alguna otra cosa la echaré a perder también. Cuando se aplica una ley santa a un hombre pecador, entonces su pecaminosidad se manifiesta plenamente.
Cuanto más procuramos guardar la ley, tanto más se manifiesta nuestra debilidad y entramos más profunda mente en la experiencia de Romanos 7, hasta que se nos demuestra claramente que somos del todo impotentes. Dios lo sabía, pero nosotros no; y por esto El tuvo que llevarnos por experiencias dolorosas a un reconocimiento del hecho. Necesitamos que se nos compruebe nuestra debilidad más allá de todo argumento. Y a ese fin Dios nos dio la ley. Esta no nos fue dada en la expectativa de que la observáramos. Mediaba el pleno conocimiento de que la quebrantaríamos; y cuando la hemos violado de modo tan completo que estamos convencidos ya de nuestra necesidad, entonces la ley ha cumplido su propósito. Ha sido nuestro ayo para llevarnos a Cristo para que El cumpla la ley en nosotros (Gá. 3:24).
CRISTO NOS LIBRA DE LA LEY
Se nos muestra el camino de liberación de la ley en el símil de dos maridos y una esposa. La relación entre el pecado y el pecador es la de amo y esclavo; la relación entre la ley el pecador es la de marido y esposa.
Obsérvese primero que en el cuadro de Romanos 7:1-4, con el que Pablo ilustra nuestra liberación de la Ley, hay una sola mujer mientras que hay dos maridos. La mujer está en una posición muy difícil porque sólo puede ser la esposa de uno de los dos, y por desgracia está casada con el menos deseable. No nos equivoquemos; el hombre con quien está casada es un hombre bueno; pero el problema está en que el marido y la mujer no congenian en absoluto. Es un hombre meticuloso en grado sumo; ella, por el contrario, es bastante indulgente. Con él todo es preciso y determinado; con ella todo es vago y al azar. El quiere que todo se arregle bien, mientras ella toma las cosas como vengan. ¿Cómo puede haber felicidad en un hogar así?
Además, ¡él es tan exigente! Siempre está pidiendo algo a su esposa. Sin embargo, uno no lo puede ver mal por que, como marido, tiene derechos y más siendo que todas sus demandas son perfectamente legítimas. No hay nada mal ni en él ni en sus demandas; el problema consiste en que no tiene la mujer adecuada para cumplirlas. Los dos no pueden andar juntos; sus naturalezas son del todo incompatibles. Así que la pobre mujer está muy atribulada. Es bien consciente de que a menudo comete errores, pero al vivir con semejante marido parece que todo cuanto haga está siempre mal. ¿Qué esperanzas hay para ella? Si estuviera desposada con el otro hombre, todo marcharía bien. No es que le exija menos que su marido, pero también le ayuda mucho. Ella desearía casarse con él, pero su marido vive aún. ¿Qué puede hacer, entonces? Está “sujeta por ley al marido” y a menos que éste muera, ella no puede legítimamente casarse con el otro.
Este cuadro no es mío sino del apóstol Pablo. El primer marido es la Ley; el segundo es Cristo; y tú eres la mujer. La Ley requiere mucho, pero no ofrece ninguna ayuda para poder cumplir sus exigencias. El Señor Jesús requiere aun más (Mt. 5:21-48), pero lo que El requiere de nosotros, El mismo procede a efectuarlo en nosotros. La Ley hace demandas y nos deja sin ayuda alguna para cumplirlas; Cristo hace demandas pero El mismo las cumple en nosotros. No debe sorprendernos pues que la mujer desee librarse del primer marido para poder desposarse con aquel otro Hombre. Pero su única esperanza de liberación reside en la muerte del primer marido, y éste se aferra tenazmente a la vida. Francamente no hay la menor perspectiva de que se vaya. “Hasta que pasen cielo y la tierra, ni una jota ni un tilde pasará de la Ley hasta que todo se haya cumplido” (Mt. 5:18).
La Ley va a seguir por toda la eternidad. Si la Ley nunca dejará de ser, ¿cómo entonces podré unirme algún día con Cristo? ¿Cómo puedo casarme en segundas nupcias, si mi primer marido no quiere morir? Hay una única salida. Si él no quiere morir, yo puedo morir; y si muero, la relación matrimonial está disuelta. Y ésa es justamente la forma en que Dios nos libra de la Ley. El punto más importante de notar en esta sección de Romanos 7 es la transición del versículo 3 al 4. Los versículo 1 a 3 demuestran que el marido debe morir, pero en verso 4 vemos que de hecho, es la mujer la que muere. La Ley no se va, pero yo sí, y mediante la muerte me libro de la Ley. Es necesario que entendamos bien que la Ley nunca pasará. Las demandas justas de Dios permanecen para siempre y, si yo vivo, debo responder a dichas demandas; pero, si muero, la Ley ha perdido sus derechos sobre mí. No me puede perseguir más allá de la muerte.
En nuestra liberación de la Ley opera exactamente el mismo principio que en nuestra liberación del pecado. Al morir yo, mi viejo amo, el Pecado, sigue no obstante viviendo, pero su poder sobre su esclavo llega hasta tumba y de allí no pasa. En vida, me podía exigir mil y una cosas, pero una vez muerto, es en vano que me llame. Estoy libre para siempre de su tiranía. Así es también con respecto a la Ley. Mientras la mujer vive, esta sujeta a su marido, pero con su muerte el lazo matrimonial está disuelto y ella está “libre de la ley del marido”. La Ley puede seguir con sus demandas, pero su poder para hacerlas valer ha terminado.
Ahora surge la pregunta vital: ¿Cómo voy a morir yo? Y aquí se ve justamente la riqueza de la obra de nuestro Señor: “Así vosotros habéis muerto a la ley mediante cuerpo de Cristo” (Ro. 7:4). Cuando Cristo murió, su cuerpo fue quebrantado y, pues que Dios me colocó en El, yo he sido quebrantado juntamente con El. Cuando El fue crucificado, yo también fui crucificado con El.
Una ilustración del Antiguo Testamento puede aclarar este punto. El velo del testimonio separaba en el Templo el Lugar Santo del Lugar Santísimo, y sobre este velo había querubines bordados (Ex. 26:31, 2 Gr. 3:14). ¿Qué ocurrió con los querubines cuando el velo se rompió? Dios rasgó únicamente el velo, es verdad, pero los querubines estaban en el velo y eran una cosa con él, puesto que estaban bordados en él. Fue imposible rasgar el velo y preservarlos a ellos intactos. Cuando el velo se rompió, los querubines también se rompieron. Al igual delante de Dios, cuando el Señor Jesús murió, toda la creación viviente murió juntamente en El.
“Así también vosotros, hermanos - míos, habéis muerto a la Ley mediante el cuerpo de Cristo”. El marido de la mujer de nuestra anterior ilustración puede estar sano y robusto, pero, si muere ella, él podrá hacer las demandas que quiera, pero a ella no le afectará en lo mínimo. La muerte la ha librado de todas las exigencias del marido. Nosotros estuvimos en el Señor Jesús cuando El murió, y esa su muerte inclusiva nos ha librado para siempre de la Ley. Pero nuestro Señor no permaneció en la tumba. El resucitó al tercer día; y, pues que estamos todavía en El, hemos resucitado también nosotros. El cuerpo del Señor Jesús no sólo habla de su muerte sino de su resurrección, porque su resurrección fue corporal. Así que “mediante el cuerpo de Cristo” no sólo somos muertos a la Ley, sino vivos para Dios.
El propósito de Dios al unirnos a Cristo no fue solamente negativo, fue gloriosamente positivo - “para que seáis de otro” (Ro.7:4). La muerte ha disuelto la anterior relación matrimonial, de modo que la mujer, desesperada por las constantes demandas de su primer marido que jamás levantó un dedo para ayudarla a cumplirlas, se ve libre ahora para desposarse con el otro Hombre que, con cada demanda que hace, le provee del poder para cumplirla.
Por otra parte, ¿cuál es el resultado de esta nueva unión “Que llevemos fruto para Dios” (Ro. 7:4). Mediante el cuerpo de Cristo aquella mujer insensata y pecaminosa ha muerto pero, siendo unida a El en la muerte, está unida a El también en la resurrección, y el poder de la vida de resurrección produce fruto para Dios. La vida resucitada del Señor Jesús en ella, le permite cumplir todas las demandas que la santidad de Dios le hace. La Ley de Dios no está pues anulada; está perfectamente cumplida porque el Cristo resucitado ahora vive su vida en ella, y la vida de Cristo siempre agrada al Padre.
¿Qué ocurre cuando una mujer se casa? Lleva el nombre de su marido; y comparte no sólo su nombre sino también sus bienes. Así es cuando nos unimos con Cristo. Cuando le pertenecemos a El, todo lo suyo se hace nuestro; y con sus recursos infinitos a nuestra disposición, bien podemos enfrentar todas sus demandas.
LA LEY DEL ESPÍRITU DE VIDA
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Ro. 8:1,2).
Es en este capítulo donde Pablo nos presenta detalladamente el lado positivo de la vida en el Espíritu. Pero, ¿qué había detrás de mi sentir de condenación? ¿No era la experiencia de derrota y parejo con eso mi impotencia para librarme de ella? Antes de ver yo que Cristo era mi vida, luché con constante conciencia de desventaja; la limitación me seguía a cada paso y me sentía del todo impotente. Solía exclamar: Yo no puedo hacer esto; yo no puedo hacer aquello. A pesar de todos mis esfuerzos, descubrí que no podía agradar a Dios (Ro. 8:8). Pero en Cristo, no se puede decir: No puedo. Ahora se dice: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13).
¿Cómo puede el apóstol Pablo ser tan audaz? ¿Sobre qué base declara que ahora está libre de toda limitación y que puede hacerlo todo? He aquí su respuesta: “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Ro. 8:2). ¿Por qué no hay más condenación “Pues : hay una razón para ello; hay algo concreto que lo explica. La razón es que hay una ley llamada “la ley del Espíritu de vida” que se ha mostrado más fuerte que la otra ley llamada “la ley del pecado y de la muerte”. ¿Qué son estas leyes? ¿Cómo operan? y ¿cuál es la diferencia entre el pecado y la ley del pecado, entre la muerte y la ley de la muerte?
Primero hagamos la pregunta: ¿Qué es una ley? Bien, en términos estrictos, una ley es una generalización analizada hasta que se comprueba que no tiene excepciones. Podemos definirla más sencillamente como algo que ocurre vez tras vez, y siempre de la misma manera. Se puede ilustrar esto tanto por la ley estatutaria como por la ley natural. Por ejemplo, en algunos países, si se conduce un coche por la mano izquierda de la calle, la policía de tránsito detiene al conductor. ¿Por qué? Porque está en contra de las ordenanzas del país. Sí tú lo intentas, también te detendrán a ti. ¿Por qué? Por la misma causa, porque hay contravención, y la ley no conoce excepciones. Podemos tomar otro ejemplo. Todos sabemos lo que es la ley de gravedad. Si dejo caer mi pañuelo en Buenos Aires, caerá al suelo. Es el efecto de la gravedad. Pero lo mismo sucederá si lo dejo caer en Nueva York o en Hong Kong. No importa en qué lugar de la tierra se dé, la gravedad obrará y siempre con los mismos resultados. Siempre que prevalezcan las mismas condiciones, se verán los mismos efectos. Hay, pues, una ‘ley’ de gravedad.
Ahora bien, ¿cuál es la ley del pecado y de la muerte? Si alguien hace un comentario desfavorable de mí, enseguida brota en mí un resentimiento. Hasta aquí no hay ley, sino pecado. Mas cuando varias personas hacen comentarios desfavorables de mí, y me siento resentido con unos y con otros, entonces veo que hay una ley adentro - una ley de pecado. Como la ley de gravedad es algo constante. Siempre obra de la misma manera. Así también sucede con la ley de la muerte. La muerte, hemos dicho, es la debilidad llevada a su límite. La debilidad dice: No puedo. Si al tratar de agradar a Dios en alguna forma particular, descubro que no puedo, y si tratando de agradarle en otra forma, descubro nuevamente que no puedo, entonces caigo en la cuenta que hay una ley que está operando. No sólo está en mí el pecado, sino la ley del pecado; no sólo está en mí la muerte, sino la ley de la muerte.
Además, la gravedad no sólo es ley porque es constante y no admite excepciones, sino porque opuestamente a la ley del tránsito, es una ley ‘natural’. No es resultado de discusiones y decisiones, sino del descubrimiento. La ley está allí, y el pañuelo cae ‘naturalmente’ de por sí, sin ninguna ayuda mía; y la ‘ley’ descubierta por el hombre en Romanos 7:23 es exactamente igual. Es una ley del pecado y de la muerte, opuesta a lo que es bueno, y que tuerce la voluntad del hombre de hacer lo bueno. Peca ‘naturalmente’ según la ley del pecado en sus miembros. Quiere ser diferente, pero esa ley en él es implacable y ninguna voluntad humana puede resistirla. Esto me lleva al interrogante, ¿cómo puedo librarme de la ley del pecado y de la muerte? Yo necesito ser librado de la ley del pecado y de la muerte. ¿Cómo puedo librarme de la repetición constante del fracaso y de la debilidad? A fin de contestar esta pregunta prosigamos un poco más nuestras dos ilustraciones.
Una de nuestras grandes cargas impositivas en la China solía ser el impuesto likin, una ley de la que nadie podía escapar, que se originó en la dinastía Chin y regía hasta nuestros días. Era un impuesto interior sobre el tránsito de mercaderías. Aplicable en todo el país, había numerosos centros para su recaudación, con funcionarios que disfrutaban de muy amplios poderes. El resultado era que los impuestos sobre las mercaderías que pasaban por varias provincias, llegaban a ser muy pesados. Pero hace pocos años entró en vigor una segunda ley que dejó sin efecto la ley likin. ¡Imagínense el alivio que sintieron los que habían sufrido bajo la antigua ley! No era cuestión de pensar, esperar o rogar; la nueva ley estaba allí en toda su vigencia y nos había librado de la antigua. Ya no era necesario pensar de antemano en lo que habría que decir si uno se encontraba con un funcionario de la ley likin.
Así, como con la ley del país, es también con la ley natural. ¿Cómo puede anularse la ley de la gravedad? Con respecto al ejemplo de mi pañuelo, esta ley obra claramente, llevándolo hacia abajo, pero sólo tengo que poner mi mano bajo el pañuelo para que no caiga. ¿Por qué? En cuanto a la ley, siempre está presente. Yo no hago nada con la ley de gravedad; de hecho nada puedo hacer con la ley de gravedad. Entonces, ¿por qué ahora mi pañuelo no cae como antes? Porque hay un poder que no lo deja caer. La ley de gravedad está allí, pero hay otra ley superior que opera para vencerla, es decir, la ley de la vida. La gravedad puede hacer lo que quiere, pero el pañuelo no caerá, porque otra ley está operando contra la ley de gravedad para sostenerlo en alto. Todos alguna vez hemos visto el árbol que anteriormente era una pequeña semilla que cayó entre las piedras del pavimento y que luego creció hasta poder levantar grandes bloques de piedra por la fuerza de la vida inmanente. Esto es lo que queremos significar al hablar del triunfo de una ley sobre otra.
De igual modo Dios nos libra de una ley al introducir otra. La ley del pecado y de la muerte está allí todo el tiempo, pero Dios ha puesto otra ley en operación -la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús- y esta ley es lo suficientemente fuerte para librarnos de la ley del pecado y de la muerte. Es una ley de vida en Cristo Jesús, la vida de resurrección que en El ha enfrentado la muerte en todas sus formas y ha triunfado sobre ella (Ef. 1:19, 20). El Señor Jesús mora en nuestros corazones en la persona del Espíritu Santo y, si le permitimos operar y nos encomendamos a El, descubriremos que El nos librará de la antigua ley Sabremos lo que significa ser guardados, no por nuestro propio poder, sino “por el poder de Dios” (I P. 1:5).
[9] Enviado por hgo1939 el 17/05/2010 a las 09:05:05


LA MANIFESTACIÓN DE LA LEY DE LA VIDA
Procuremos hacerlo práctico. Mencionamos ya el asunto de nuestra voluntad en relación con las cosas de Dios. Hay aún cristianos veteranos que no parecen darse cuenta de la gran importancia que tiene en sus vidas el poder de la voluntad. Este era parte del problema de Pablo, según Romanos 7. Su voluntad era buena, pero todas sus acciones lo desmentían y, pese a sus esfuerzos por agradar a Dios, se sentía llevado a tinieblas cada vez más densas. “Quiero hacer el bien” pero “soy carnal, vendido al pecado”. Ahí está la clave. Como un coche sin combustible, que es necesario empujar y que se detiene en cuanto lo dejan solo, muchos cristianos se esfuerzan, empujándose por un esfuerzo de la voluntad, y luego concluyen pensando que la vida cristiana es agotadora y amarga. Algunos hasta se esfuerzan para gritar Aleluya porque otros lo hacen, mientras confiesan que para ellos no tiene significado alguno. Se esfuerzan para ser lo que no son, y esto es peor que intentar hacer que el agua corra cuesta arriba. Porque después de todo, a lo más que puede alcanzar la voluntad es el de hallarse dispuesta (Mt. 26:41).
Si sostener la vida cristiana nos demanda tanto esfuerzo, quiere decir que realmente no somos lo que aparentamos ser. Nosotros no necesitamos gran esfuerzo para hablar nuestra lengua materna. De hecho sólo tenemos que ejercer fuerza de voluntad para hacer cosas que no nos son naturales.
Alguien preguntará quizá por qué utilizan los hombres la fuerza de voluntad para tratar de agradar a Dios. Bien, pueden darse dos razones: que nunca han experimentado el nuevo nacimiento, y en cuyo caso no pueden valerse de la nueva vida; o que, aunque nacidos de nuevo y con la vida presente allí, no han aprendido a confiar en ella. Es esta falta de comprensión lo que lleva al continuo sucumbir y pecar, produciendo el dejar de creer en la posibilidad de una vida mejor.
Pero el hecho de que no hayamos creído plenamente no significa que la endeble vida que experimentamos esporádicamente es todo lo que Dios nos ha dado. Romanos 6:23 declara que “la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” y en Romanos 8:2 leemos que “la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús” ha venido a socorrernos. Romanos 8:2 habla, no de una nueva dádiva, sino de la vida ya mencionada en Romanos 6:23. En otras palabras, es una nueva revelación de lo que ya tenemos. Creo que no puedo exagerar recalcando esto. No se trata de algo más que recibimos de la mano de Dios, sino de una nueva revelación de lo que El ya ha dado. Es un nuevo descubrimiento de una obra ya efectuada en Cristo puesto que las palabras “me ha librado” (Ro.8:2) están en el tiempo perfecto. Si de veras comprendo esto y confío en El, no es necesario que Romanos 7 se repita en mí, ni la experiencia, ni la conducta, menos aún el despliegue tremendo de la fuerza de voluntad.
Si descansamos, confiando en El y dejando de ejercer fuerza de voluntad no caeremos al suelo deshechos, sino que descubriremos que otra ley nos sostiene, la ley del espíritu de vida. Porque Dios nos ha dado no sólo la vida sino una ley de la vida. Pues como la ley de gravedad es una ley natural y no el resultado de legislación humana alguna, así es también la ley de la vida, una ley “natural” semejante en principio a la ley que dirige el latido del corazón o que controla los movimientos de los párpados. No hace falta que estemos siempre pensando en nuestros ojos o que decidamos cuántas veces hay que parpadear para mantenerlos limpios; mucho menos aún depende de nuestra fuerza de voluntad mantener la actividad del corazón. Si lo hiciéramos, probablemente sería más bien perjudicial. No pues, mientras tiene vida, funciona espontáneamente. Nuestra voluntad sólo perturba la ley de la vida.
Por ejemplo, ¿no debemos leer la Biblia? Por supuesto que sí, de otro modo nuestra vida espiritual sufrirá. Pero no por eso debemos forzarnos a leer. Hay una nueva ley en nosotros que nos da apetito para leer la Biblia. Entonces media hora puede ser más provechosa que cinco horas de lectura forzada. Y es lo mismo con respecto al diezmo, la predicación y el testimonio.
Si nos abandonamos a la vida en el espíritu de la nueva ley, seremos menos conscientes de la vieja vida. La vieja vida está siempre, pero ya no gobierna, ni domina. Por esto dice el Señor en Mateo 6: “Mirad las aves... Considerad los lirios...”. Si pudiéramos preguntar a los pájaros si tienen temor de la ley de la gravedad, dirían: No sabemos de qué ley se trata: nosotros volamos porque ésa es la ley de nuestra vida. Hay en las aves una vida que tiene el poder del vuelo, que los capacita a vencer espontánea y constantemente la ley de la gravedad. Esto no obstante, la gravedad existe. Si tú te levantas muy temprano una mañana de intenso frío, y ves a un gorrión que ha caído muerto en el patio cubierto de nieve, eso te servirá de recuerdo gráfico de la persistencia de dicha ley. Pero mientras las avecillas tengan vida, ellas vencen la ley y la vida que tienen dentro de ellas es lo que las gobierna.
Dios se ha mostrado de veras bondadoso con nosotros. Nos ha dado esta nueva ley del Espíritu, y ahora para nosotros el ‘volar’ ya no es cuestión que depende de un esfuerzo de nuestra voluntad, sino de la vida de El. ¿Has observado cuánto cuesta cambiar a un cristiano impaciente en un cristiano paciente? Exigirle la paciencia es suficiente para hacerle enfermar de depresión. Pero Dios jamás nos ha dicho que nos esforcemos en ser lo que no somos naturalmente: sería intentar, mediante nuestro afán, añadir algo a nuestra estatura espiritual. El afligirse puede hacer que la altura de un hombre disminuya, pero no puede, en rigor de verdad, agregar nada a ella. “No os afanéis” son las palabras del Señor, “Considerad los lirios.., cómo crecen”. El dirige nuestra atención a la nueva ley de vida dentro de nosotros. ¡Oh, que tengamos mayor aprecio por la vida que es nuestra en Cristo!
¡Qué descubrimiento más valioso! Nos puede hacer hombres completamente nuevos, porque opera en las cosas más pequeñas, tanto como en las mayores. Nos refrena, por ejemplo, cuando extendemos la mano para mirar un libro en una habitación ajena, recordándonos que, por no haber pedido permiso, no tenemos derecho de hacerlo. En mil detalles, el Espíritu puede mostrarnos cómo actuar, y así producir en nosotros una verdadera cultura.
Tómese, por ejemplo, el caso de la locuacidad. ¿Eres tú una persona de muchas palabras? Cuando estás con la gente, ¿te dices quizá a ti mismo: Soy cristiano, pero si voy a glorificar el nombre del Señor, tengo que callarme; así que hoy voy a cuidar mucho en refrenar mi lengua? Y, por una hora o dos, tienes éxito hasta que en un momento dado pierdes el control y, antes de que lo adviertas, ya te encuentras nuevamente en apuros por tu lengua tan voluble. Sí, tengamos la seguridad de que en este caso la voluntad es inútil. Pero, como cristianos, descubrimos una nueva ley en nosotros, la ley del Espíritu de vida, que trasciende a todo lo demás y que ya nos ha librado de la ‘ley’ de nuestra locuacidad. Si al creer la Palabra del Señor, nos entregamos a esa ley, ella nos indicará cuándo debemos dejar de hablar -y aun cuándo ni siquiera debemos empezar- y nos capacitará para dominarnos. Sobre esta base, puedes ir a la casa de un amigo por dos o tres horas, o quedarte por dos o tres días, sin experimentar ninguna dificultad. A tu regreso darás gracias a Dios por su nueva ley de vida.
Esta vida espontánea es la vida cristiana verdadera. Se manifiesta en amor hacia los indeseables: hacia el hermano que, por razones naturales, no nos agrada y que de ningún modo podríamos amar. Esta vida espontánea obra en base a lo que el Señor ve como posible en dicho hermano: Señor, Tú ves que se le puede amar, y tú mismo le amas; ámale pues, ahora, a través de mí. Se manifiesta, también, en la realidad de la vida; en una verdadera autenticidad de carácter cristiano. Hay demasiada hipocresía en la vida de los cristianos, mucha teatralidad. Nada detrae tanto de la eficacia del testimonio cristiano como la pretensión de algo que realmente no existe, por que a la larga los demás nos desenmascaran y descubren lo que somos. Sí, la pretensión cede a la realidad cuando confiamos en la ley de la vida.
ANDEMOS CONFORME AL ESPIRITU
“Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Ro. 8:3,4).
El lector diligente de estos dos versículos se dará cuenta de que aquí se presentan dos cosas. Son: primero, lo que el Señor Jesús ha hecho para nosotros; y, segundo, lo que el Espíritu hará en nosotros. La carne es “débil”; y, por consiguiente, la justicia de la ley no puede cumplirse en nosotros “conforme a la carne” - recuerda que aquí no se trata de la salvación, sino de cómo agradar a Dios.
Ahora bien, a causa de nuestra incapacidad Dios tomó dos medidas. En primer lugar, El intervino para tratar con la raíz de nuestro problema. Envió a su Hijo en la carne, quien murió por el pecado y, al hacerlo, “condenó al pecado en la carne”. Es decir, llevó a muerte en forma representativa todo lo que perteneció a la vieja creación en nosotros, así le llamemos “nuestro viejo hombre”, “la carne” o el ‘yo’ carnal. Dios hirió la raíz misma de nuestro problema al quitar la base fundamental de nuestra debilidad. Este fue el primer paso.
Pero aún había que cumplir en nosotros “la justicia de la ley”. ¿Cómo podía esto hacerse? Era necesario, también, que Dios proveyera el Espíritu Santo para que morara en nosotros. El ha sido enviado para atender al aspecto interior de este asunto, y se nos dice que El puede hacerlo en cuanto “andemos conforme al Espíritu”. En la China hemos aprendido que al conducir un alma a Cristo, tenemos que aclararle bien lo que ha sucedido, porque no sabemos cuándo esa persona podrá recibir ayuda de algún cristiano. Siempre tratamos de explicar a un nuevo creyente que, una vez que ha pedido al Señor que le perdone sus pecados y una vez que Cristo ha entrado en su vida, su corazón ha llegado a ser la morada de una Persona viva; que el Espíritu Santo de Dios está ahora dentro de él, para iluminarle las Escrituras para que vea a Cristo allí, para dirigir sus oraciones, para gobernar su vida, y para reproducir en él el carácter de su Señor.
A fines de cierto verano fui para tomar un descanso prolongado a un lugar de veraneo en las sierras, donde era difícil hallar alojamiento. Mientras estuve allí tuve que dormir en una casa y comer en otra; la segunda casa era la de un mecánico. Durante las primeras dos semanas de mi visita no dije nada del evangelio a él ni a su esposa, me reduje a dar gracias a la hora de comer; y luego un día se me presentó la oportunidad de decirles algo del Señor Jesús. Estaban dispuestos a escuchar y a venir a Cristo con fe sencilla en busca del perdón de pecados. Nacieron de nuevo; y una nueva luz y gozo entraron en sus vidas, puesto que su conversión era genuina. Les expliqué bien lo que había pasado, y luego, cuando el tiempo se tomó más frío, tuve que dejarles y regresar a casa.
Durante los meses fríos del invierno, el hombre había tenido la costumbre de beber vino en las comidas y, a veces, tomaba en exceso. El primer día después de mi partida, y con el retomo del frío, el vino volvió a aparecer sobre la mesa, y ese día, tal como acababa de aprender, el esposo inclinó la cabeza para dar gracias por la comida. Pero las palabras no brotaron. Después de varios intentos vanos, el hombre se dirigió a su esposa, preguntándole: ¿Qué pasa? ¿Por qué no podemos orar hoy? Busca la Biblia a ver qué dice tocante a bebidas alcohólicas.
Yo les había dejado un ejemplar de las Escrituras pero, aunque la esposa sabía leer, era ignorante de la Palabra y dio vuelta a las páginas en vano buscando alguna luz sobre el tema. No sabían cómo usar el Libro de Dios, y era imposible consultarme porque yo estaba muy lejos y quizá pasarían varios meses antes de poder vernos. Toma tu vino, dijo la mujer. Consultaremos al hermano Nee en la primera oportunidad. Pero aun así el hombre no sentía libertad para dar gracias al Señor por ese vino. Por fin dijo: Retíralo; y, cuando lo hubo sacado, pidieron juntos la bendición sobre la comida.
Cuando más tarde el hombre pudo llegar a Shanghai, me contó la historia. Al emplear una expresión familiar en chino, dijo: Hermano Nee, el Patrón que mora en mí no me permitió tomar esa bebida. Muy bien, hermano, le dije. Siempre escuche al Patrón que mora en usted. Muchos sabemos que Cristo es nuestra vida. Creemos que el Espíritu de Dios está con nosotros como ‘Patrón’ y Señor, pero este hecho poco afecta nuestro comportamiento. La pregunta es: ¿Le conocemos como a una Persona viva; le conocemos como el ‘Patrón que mora en nosotros?
[10] Enviado por hgo1939 el 17/05/2010 a las 09:05:03


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