La humildad y la perseverancia, claves para un milagro

A la mujer le recomendaron muchos curanderos pero ninguno resultó eficaz. Iba de un lado a otro en procura de la sanidad para su hija que, sorpresivamente, caía al suelo, perdía todo color y se revolvía de un lado a otro en medio de gritos desgarradores.
La ciencia de la época no encontró una respuesta, pese a que los facultativos revisaron una y otra vez los rollos en los que consignaban prescripciones de remedios. Sencillamente no había explicación.

--Para serle sincero, señora, este caso es muy diferente de todos cuantos haya visto—le explicó el galeno en la última visita. Ella regresó con su hija para soportar el calor propio de la costa del Mar Mediterráneo, sin resignarse al drama que experimentaba a diario.

Por esa razón, cuando le informaron que Jesús iba de paso, no lo pensó dos veces y fue en su búsqueda. Sabía que en El encontraría una respuesta a los tormentos de su pequeña, duramente azotada por lo que conocían en la ciudad como un “espíritu inmundo”. “...luego que oyó de él, vino y se postró a sus pies. La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba que echase fuera de su hija al demonio.” (Marcos 7:25, 26).

La humildad, fundamental cuando pedimos un milagro

Un milagro escapa a toda lógica. No tiene explicación científica. Rompe todas las leyes. Es ajena a la voluntad humana y por tanto, sólo atribuible a un poder divino. ¿Cómo lograr un milagro? En la vida de la mujer sirofénica que observamos en el relato del evangelio de Marcos, una primera característica que apreciamos es la humildad.

Ella reconoció que había llegado al límite de sus fuerzas. Todo estaba acabado. Era tanto como correr para encontrarse, al final del camino, que no iba a ninguna parte. Nadie le daba una voz de aliento, por el contrario, las recomendaciones que escuchó en todas partes fue: ”Hay que resignarse”. Fue la humildad la actitud que le llevó a postrarse a los pies del maestro.

Quien persevera, alcanza

Hay quienes desean que, una vez elevan una oración a Dios, se produzca la respuesta de inmediato. Igual que cuando ocurre una emergencia y llamamos a la línea de los bomberos. Llegan en cuestión de minutos. Sin embargo en algunas circunstancias, las reglas de juego no operan así. No al menos cuando estamos clamando un milagro ante el Supremo Hacedor.

Lo primero que enfrentó la mujer, fue un reto a su fe. ”Pero Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos. “(Marcos 7:27, 28).

Cualquier en su lugar, bien pudo dar media vuelta y salir. Pero ella perseveró. Un secreto que jamás debemos olvidar. Hay que insistir. Orar y orar, sin desmayar tal como lo enseñó el Señor Jesús (Lucas 18:1).

Obrar en fe, una actitud de quien recibe milagros

Si hay algo a lo que nos condicionó la sociedad desde la niñez, es a creer sólo cuando podemos apreciar y tocas las cosas. Cuando son tangibles. De ahí que se necesitara fe para regresar a casa, sin angustia y creyendo, cuando el Señor Jesús le anunció que su hija estaba sana.

“Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija. Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había salido, y a la hija acostada en la cama.” (Marcos 7:29, 30).

Es natural que ella deseara la compañía del maestro hasta su vivienda para corroborar, con sus propios ojos, que se iba a operar la sanidad. En cambio, le dijo: “Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija”. ¿Resignación? No creo, pero si regresó es prueba irrefutable que había aceptado que, tal como le decía Jesús, así era. No puso en tela de juicio su afirmación. Obró en fe, y vio el milagro.

Lo esencial

Tres elementos fundamentales cuando estamos en procura de un milagro, se conjugan en el texto: humildad, perseverancia y obrar en fe. Unidos, abren las puertas al mover de Dios.

Quizá su vida está atravesando por un momento difícil. Requiere la manifestación gloriosa del Creador, bien en su vida, en sus finanzas o quizá en su salud. Todos le han dicho que es imposible. Pero usted persiste. Cree que hay una salida. Y está en lo cierto: esa salida es Jesucristo.

¿Qué hacer? Volver su mirada a Jesucristo con humildad, reconociendo que para El nada es imposible. Es necesario pedir ese milagro y no desistir hasta ver el poder divino transformando las circunstancias que enfrenta. No olvide que para Dios no hay nada imposible.

Autor: Fernando Alexis Jiménez

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