Dios nos ayuda a construir el hogar que merecemos

El lugar donde reside Raúl no es propiamente halagador. Por el contrario, revela descuido y hacinamiento. El cuarto de pocos metros luce desordenado. Hay ropa por todas partes, libros, revistas, un vaso de agua que derramó el contenido, dos recibos por cancelar y un álbum viejo. Allí guarda las fotografías de lo que fue su familia.
--Yo los amo, de verdad—me dijo mientras revisábamos su vida matrimonial--, pero no soportaba tantos enfrentamientos. No entendía a mi esposa, y ella no me entiende tampoco. Se que la amo, pero no se cómo volver a comenzar—enfatizó.

En dos ocasiones intentaron regresar. Pero fue peor que antes. Terminaban en enfrentamientos que despertaban angustia entre los vecinos, que llevaban platos a volar por entre los cristales de las ventanas y que una vez concluyó con la imagen patética de Raúl en el umbral de la puerta mientras su cónyuge le arrojaba toda su ropa, desde dentro.

--Nunca más quiero saber de ti ¿Me escuchaste? Nunca más...—vociferaba la mujer al tiempo que cerraba con furia el portal, que vibró con el golpe.

Y allí estábamos los dos, conversando, tomando café tinto y revisando qué pudo ocurrir. No es el primer caso, y sin duda, tampoco será el último.

¿A quién recurría en sus conflictos?

La pregunta obvia:--Raúl, y en los conflictos ¿A quién recurrías?—

Me miró con la expresión de quien no sabe responder. –A nadie, yo resuelvo mis problemas solos. Y lo primero que hacía era tratar de resolver las diferencias momentos después de las discusiones, pero era peor--, dijo.

Muchas personas al igual que este fotógrafo de profesión, obran así. Confían en sus propias capacidades y terminan enredados en un laberinto sin salida. Como no tenía nada que perder, aceptó que revisáramos un Salmo de la Biblia. Es el 127.

--Hace tiempo que no leo la Biblia—confesó. De buena gana leyó conmigo los primeros dos versículos del texto: “Si el SEÑOR no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican; si el SEÑOR no guarda la ciudad, en vano vela la guardia. Es en vano que os levantéis de madrugada, que os acostéis tarde, que comáis el pan de afanosa labor, pues El da a su amado aun mientras duerme.”(versículos 1 y 2. La Biblia de Las Américas).

--¿Te das cuenta?—le pregunté. Leyó de nuevo el pasaje, sus ojos se abrieron como si acabara de descubrir un tesoro enterrado en mitad de una avenida poblada de gente.

--¡Claro! Eso es lo que me pasó. Jamás llevé a Dios mis problemas. Es más, nunca se los presenté en oración. Pensé que el Señor estaba muy ocupado para prestar atención a esas tonterías—razonó Raúl mientras releía el texto.

Coincidíamos en dos elementos de suma importancia: el primero, que a Dios sí le importa nuestro hogar y cualquier incidente --por mínimo que parezca-- debemos llevarlo a su presencia en oración. Nadie más que El nos puede otorgar la sabiduría necesaria para expresar las palabras apropiadas en el momento indicado.

El segundo aspecto, es que Jesucristo debe reinar en nuestro hogar. De lo contrario, serán nuestros propios sentimientos—la mayor parte de las veces equivocados o sujetos a variaciones de todo género—y no hallaremos una solución fácil cuando nos encontremos en medio del laberinto.

El hogar cuenta también por los hijos

Cuando se produce una ruptura al interior de la familia, los hijos son los quienes llevan la peor parte. Son un tesoro muy preciado para Dios quien inspiró al salmista para que escribiera: “He aquí, don del SEÑOR son los hijos; y recompensa es el fruto del vientre. Como flechas en la mano del guerrero, así son los hijos tenidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que de ellos tiene llena su aljaba; no serán avergonzados cuando hablen con sus enemigos en la puerta.”(versículos 3 y 4. La Biblia de Las Américas).

--¿Pensaste en tus hijos?—le pregunté, conociendo de antemano la respuesta. Ni usted ni yo lo hacemos cuando discutimos con el cónyuge. Es más, mantenemos disputas delante de ellos.

--No, sabes bien que no. No razonaba. Simplemente daba rienda suelta a mi ira—admitió Raúl. Acto seguido revisamos cada uno de los enfrentamientos en los que estuvieron presentes los chicos. También algo interesante: muchas discusiones pudieron evitarse si tan solo uno de los dos hubiera guardado silencio en el momento oportuno. –Realmente uno sigue y sigue y pareciera que nunca se detendrá—compartió al razonar que fue posible calmarse antes de hablar.

Después de esta y muchas otras conversaciones que mantuvimos, acordamos orar delante del Señor en procura del restablecimiento de ese hogar. No fue fácil. Habían bastantes heridas en los dos. Sin embargo, poco a poco lo están logrando. Lo entendí ayer cuando terminó el servicio religioso y evaluamos que, involucrando a Dios, sí es posible que las cosas funcionen.

Un hogar a nuestra manera, en nuestras fuerzas, está destinado al fracaso. Con la ayuda de Dios, saldrá adelante...

No olvide un principio de vida cristiana práctica: el Señor Jesucristo es quien debe reinar en su matrimonio... El nos concede la sabiduría necesaria para saber pensar y actuar... Revise su vida, es probable que usted mismo esté necesitando a Dios en su hogar... Nunca es tarde para empezar... Hoy puede ser el día...

Ps. Fernando Alexis Jiménez
Página en Internet http://www.heraldosdelapalabra.com y meditaciones diarias en http://www.adorador.com/meditaciones




 


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