EL CRISTIANO Y LA LEY

Domingo Fernández Suárez

Notas al pie por Pablo Blanco

Temas

Presentación

1 - La Ley y la Gracia

2 - La Ley Fue Dada al Pueblo de Israel y Nunca a los Gentiles
3 - La Unidad de la Ley
4 - La Ley Abolida para el Cristiano Convertido
5 - Los Dos Pactos
6 - El Problema de los Gálatas
7 - Nuestra Ley
8 - El Sábado en el Antiguo Testamento
9 - El Sábado y el Domingo>
10 - Otras Consideraciones Sobre la Cuestión
Presentación

Cuando hace unos años me enteré de que la secta (culto, grupo) llamada Iglesia Adventista del Séptimo día había sido recibida como miembro de la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREDE), me propuse escribir una serie de artículos advirtiendo a muchos descuidados españoles del problema que se venía encima. Sobre todo por la peculiar doctrina de este grupo, y consciente de que el pragmatismo, cuando no la ocultación de datos, llevada a cabo por ciertos elementos fundadores del organismo español, podría traer de confusión y perversión en el futuro para el sustento claro del pilar básico de la fe cristiana. Fe que tanto ha costado sostener en la historia ante los ataques del enemigo de Dios y de su oferta de gracia.

Los fieles de las distintas denominaciones cristiano-evangélicas de España, olvidando la advertencia bíblica de Isaías 3:12, confiaron de buena fe en una serie de notables y líderes, que constituyeron este aparato sobre la base de presupuestos y objetivos totalmente indiferentes a la defensa del evangelio y al llamamiento de “contender por la fe”, que se les suponía.

Buscando bibliografía sobre el tema en la que fuera biblioteca de mi padre, encontré entre otros, este libro El cristiano y la ley, cuya primera lectura me produjo la sensación de que estaba escrito con una plenitud de sabiduría de lo alto. Yo no había leído nada en castellano sobre el tema que pudiese acercarse a la sencillez, claridad, lucidez y estilo con el que Domingo Fernández Suárez había escrito esta auténtica joya.

Ya no se trataba de rebatir solamente las herejías y desvaríos adventistas. Este libro ponía tal claridad sobre conceptos que muchos cristianos confunden y mezclan, y además escrito con un lenguaje pedagógico al alcance de las mentes más sencillas, que yo creo que no debiera faltar en la biblioteca de ningún creyente.

No solo los conceptos de la ley y la gracia deben ser bien conocidos en el contexto de la apología con adventistas, romanistas y asimilados, sino también para comprender la magnificencia del plan de Dios, la posición de Israel en la cuestión, y las condiciones que esto propone en la hermenéutica bíblica.

El ejemplar que yo pude leer, es un libro impreso presumiblemente en Cuba, allá por 1950. Carece de referencia editorial, por lo que de la edición electrónica de este libro, me hago personalmente responsable para ser distribuida gratuitamente por Internet.

Estoy seguro que el autor, Domingo Fernández Suárez, un cristiano fiel y comprometido, sería el primero en desear poner al alcance de todos el texto contenido en estas páginas y “dar de gracia”, lo que sin duda “de gracia” recibió.

En el texto que se ofrece en esta versión electrónica que he preparado, aparecen muchos textos coloreados, subrayados y resaltados, de cuya responsabilidad así como de las notas, es totalmente ajeno el autor, y deben ser considerados por el lector como unas notas del “editor” para facilitar, resaltar y ayudar a la lectura de los puntos y cuestiones básicas en que debe fijar su atención.

Lo mismo sucede con las notas al pié, que han sido añadidas por el editor con el propósito de ampliar algunos contextos, pero que no han podido ser autorizadas ni aprobadas por el autor, al estar este ya con el Señor, y no formar parte de la obra original.

Estimado lector, cuando hayas leído esta obra, difúndela con verdadero entusiasmo para que la verdad del evangelio que el Espíritu de Dios implantó en nuestros corazones sea también plenamente entendida por nuestro entendimiento.

En cuanto a las personas que pertenecen a grupos como la llamada Iglesia Adventista del Séptimo Día, ó sus “reformistas”, a otros asimilados a estos, entre los cuales se encuentra la misma Iglesia Católico Romana, debo decir que en sus miembros hay personas que aman y buscan a Dios con sinceridad de corazón, que presentan ante la sociedad un buen testimonio humano, obras, amor, dedicación al prójimo, y que difunden su mensaje con la mejor de las intenciones. El problema, pues, se plantea, no en el terreno de lo personal, respetable en todo caso, sino en el de la luz y las tinieblas. Ellos están buscando la salvación en un lugar situado entre el Sinaí y el Calvario, y se pierden a lo largo del recorrido olvidando que hay un Jordán de separación. Pero esta separación es tan trascendente como lo es la vida de la muerte. Como establecer la propia justicia ó recibir la que Dios ofrece por la fe. Como perdición ó salvación. Y, el mensaje es claro: Por las obras de la ley ninguno será justificado.

Otra esfera diferente en cuanto a responsabilidad la constituyen los líderes, maestros y pastores. Normalmente personas con mayor información y formación pero que actúan en una gran parte de los casos por lealtades ajenas a la verdad de Dios, cuando no presentando una resistencia activa.

En primer lugar la lealtad al grupo se revela en una defensa a ultranza del ideario y un espíritu de temor. Los esfuerzos y trabajos exegéticos que muchos de estos líderes han hecho son para intentar defender las doctrinas heredadas, y no despojándose de los prejuicios para que la luz resplandezca sobre las tinieblas sea cual sea el resultado.

En segundo lugar, lealtad al ego. ¿Cómo he podido estar yo equivocado? ¿Cómo pude predicar, enseñar y difundir el error por tantos años? ¿He sido cómplice activo para la perdición de almas?

Finalmente las cadenas del espíritu de temor. ¿Qué dirán de mí los que por tantos años me veían como un maestro? ¿Qué dirá mi familia?, incluso para algunos, la cuestión va más allá: ¿Qué va a ser de nuestro sustento?

Recuerdo que cuando leí el testimonio de Raymond Franz, el conocido ex-Testigo de Jehová, lloré pensando en el sentimiento de frustración que debían experimentar este hombre y su mujer al mirar hacia atrás y contemplar toda una vida dedicada a una causa falsa. Penalidades, trabajos, enfermedades, incomprensión... Otros ex - Testigos de Jehová, han tenido que sumar a ello la pérdida de seres queridos por las consecuencias de su obstinación en los principios de una falsa doctrina. Pero luego entendí que esa misma lucha y sentimiento fueron sentidos por muchos otros cristianos a lo largo y ancho del mundo y de la historia. Que Dios concede fortaleza y bendición abundante conforme a su promesa. Cualquiera que dejase casas, ó hermanos, ó hermanas, ó padre, ó madre, ó mujer, ó hijos, ó tierras por mi nombre, recibirá cien veces tanto y heredará la vida eterna. (Mt. 19:29). Y dí gracias a Dios por haber nacido en un hogar donde resplandecía la luz de su evangelio.

Pablo Blanco
Madrid (España) 2001.


Capítulo 1 - LA LEY Y LA GRACIA

Hay en el hombre la tendencia a confundir los principios de la ley con los de la gracia, de tal suerte, que ni la ley ni la gracia puedan ser bien comprendidas. La ley es despojada de su austera e inflexible majestad, y la gracia de sus divinos atractivos. Las santas exigencias de Dios permanecen sin respuesta, y el sistema anormal creado por los que así mezclan la ley y la gracia, ni llena ni satisface las profundas necesidades del pecador.

La ley es la expresión de lo que el hombre debiera de ser, y la gracia demuestra lo que Dios es. ¿Cómo, pues, pueden formar unidas un solo sistema? ¿Cómo podría salvarse el pecador en parte por la ley y en parte por la gracia? Imposible. Es necesario que sea salvado por la una ó por la otra.

“La ley por Moisés fue dada: más la gracia... por Jesucristo fue hecha”. En la ley no había gracia ni misericordia. “El que menospreciare la ley de Moisés... muere sin ninguna misericordia”. Hebreos 10:28. “Maldito el que no confirmase las palabras de esta ley para cumplirlas”. Deut. 27:26.

El lenguaje de la gracia no es en el monte Sinaí donde se debe buscar. Jehová se manifiesta allí rodeado de una majestad terrible, en medio de tempestad, truenos, relámpagos y fuego, advierte al pueblo que no se acerque, que se mantenga lejos, porque “cualquiera que tocare el monte de seguro morirá”. Aquellas circunstancias no son las que acompañan una dispensación de gracia y de misericordia. En cambio, encajaban perfectamente en una dispensación de verdad y de justicia. La ley no era otra cosa. En la ley Dios declara lo que el hombre debe hacer y lo maldice si no lo hace. ¿Cómo podría obtener la vida por la ley? La verdad es, como Pablo nos enseña, que “la ley entró para que el pecado creciese”. (1) (Romanos 5:20).

La ley era, en cierto sentido, como un espejo perfecto, enviado del cielo a la tierra para revelar al hombre cuanto se había desfigurado moralmente. Pero si tiro una plomada perfectamente justa a lo largo de un tronco tortuoso, el plomo me mostrará las desviaciones del árbol, pero no lo enderezará.

Cuando Dios proclamó la ley, el pacto de las obras desde lo alto de aquel Sinaí, envuelto en fuego, lo hizo en un idioma y dirigiéndose exclusivamente a un pueblo. Pero cuando Cristo resucitó de entre los muertos, envió sus mensajeros de salvación y les dijo: “Id por todo el mundo; predicad el evangelio a toda criatura”. El caudaloso río de la gracia de Dios, cuyo lecho había sido descubierto por la Sangre del Cordero, debía desbordarse por la energía del Espíritu Santo, mucho más allá del estrecho recinto del pueblo de Israel y derramarse en abundancia sobre un mundo manchado por el pecado. Cuando Dios le dio la ley a Moisés, y éste bajó del monte con las tablas, aquel día tres mil israelitas fueron muertos. ¡Que cuadro tan fiel de lo que era el ministerio de la ley tenemos en Éxodo 32, cuando Moisés desciende y arroja las tablas al suelo, ante la realidad del pecado del hombre, y las tablas se hacen pedazos, simbolizando la fragilidad de aquel pacto que el hombre no podría cumplir, y seguidamente la muere de los tres mil como bautismo de sangre de aquel ministerio de muerte y de condenación! En cambio, cuando descendió el Espíritu Santo en los días de Pentecostés, tres mil muertos en delitos y pecados fueron salvados.

La ley es como un acreedor que nos asfixia cada día con las cuentas, exigiéndonos que le paguemos hasta el último céntimo de una deuda que aumenta por momentos, mientras que nosotros estamos cada vez en peores condiciones económicas.

Ahora bien, la ley no tiene contemplaciones, ni rebaja la deuda, ni perdona un solo céntimo al deudor. Mientras el pecador no contemple así la ley, como a un cobrador de entraña de “piedra” y sin misericordia, está teniendo un concepto errado de la ley. Cristo, como autor de la gracia, es como un mediador entre dos, digamos deudor y acreedor, que dándose perfecta cuenta de lo implacable del acreedor y de la insolvencia del deudor, se presenta a pagar él la deuda, toda la deuda. ¿Por qué lo hace? Porque es misericordioso. Cuando la ley y la gracia no se ven así, es que no se ven como son.

Muchos, entre los que están los católicos romanos, los adventistas y otros, hacen una mezcla de gracia y ley, de Cristo y obras, que talmente parece que la ley perdona la mitad y el Señor paga la otra mitad. Como si el Señor me salvara un poco y yo tuviera que salvarme otro poco. Tal es la posición del adventismo. Cristo les salva si ellos cumplen la ley, o a lo menos, desde determinado momento.

Esto es despojar a Cristo de su hermosura y a la ley de su ira. La ley y la gracia nunca jamás estarán de acuerdo. Esta diferencia está bien marcada en Hechos 15:10-11: “Ahora pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos yugo (esto es la ley) que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido llevar?

Así que la ley era un yugo imposible de llevar, antes, ahora y siempre. ¿Cuál era, entonces, la esperanza de salvación de los apóstoles? “Antes por la gracia del Señor Jesús creemos que seremos salvos”.

El diccionario define la “ley” como: “Regla obligatoria”, y la “gracia” como: “Favor que hace uno sin estar obligado a ello”. Una corta definición de gracia pudiera ser: “el amor y favor de Dios para con los que no lo merecen”.

Hace días le dije a un profesor adventista: Dígame, ¿ustedes pueden saber antes de morirse si son salvos ó no? Me contestó que como quiera que la salvación era resultado del deber cumplido, él creía que si a la hora de la muerte uno podía mirar atrás y encontrarse satisfecho por haber cumplido con su obligación, ese sería un buen síntoma de que uno moriría siendo salvo.

El que me dijo esto es considerado, por ellos, como una lumbrera. Sin embargo, la respuesta que me dio es oscura, tétrica y altamente desconsoladora, porque si mi salvación depende, como él me quiso insinuar, de cumplir los mandamientos del decálogo, entonces a la hora de la muerte, lo único que veré es que no los he cumplido y que la ley me condena.

Parece increíble que elementos que se jactan de conocer la Biblia al derecho y al revés, no comprendan que la salvación no depende de que uno cumpla ó deje de cumplir, sino que la salvación depende única y exclusivamente de lo que Cristo cumplió e hizo por cada ser humano. De otra forma, Cristo salvó a los pecadores por su muerte de cruz y ahora ofrece la salvación al hombre gratuitamente; no le cuesta nada, nada tiene que hacer, sino reconocerse perdido, arrepentirse y creer, confiando de todo corazón en él como Salvador.

Cristo ofrece la salvación, la vida eterna y el hombre no tarda más en tenerla que lo que tarda en aceptarla por fe. En todo esto las obras del hombre no entran para nada. El hombre es salvo desde que cree ó si no, ¿qué dicen estos versículos de la Palabra de Dios?: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas pasó de muerte a vida”. (Juan 5:24) “El que oye y cree”, nada de obras. El que oye y cree, “tiene vida eterna”. ¿Cuándo tiene vida eterna? Desde el momento en que oye y cree.

El adventista afirma que la salvación depende de dos cosas: De que el hombre crea en Cristo y cumpla la ley. De esta manera, mientras viva no puedo estar salvado, porque a lo mejor lo está hoy y mañana no. Pero la enseñanza de Cristo es como sigue: “El que oye y cree tiene vida eterna”, la salvación de su alma para siempre. Dijo más Jesús: “Mis ovejas oyen mi voz... y yo les doy vida eterna; y no perecerán para siempre”. (Juan 10:28). El apóstol Juan hablando de esta seguridad dijo: “El que tiene al Hijo tiene la vida”. (1ª Juan 5:12). Pablo también discute ampliamente el problema de la salvación por gracia, sin obras. Dice: “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús”. (Romanos 3:24). La salvación del hombre descansa por entero en la redención que Cristo obró a nuestro favor y el hombre la recibe “gratuitamente”, porque la salvación es un don de Dios.


Pablo ilustra esto por medio de Abraham y David en Romanos, capítulo 4. “¿Qué dice la Escritura? Y creyó Abraham a Dios, y le fue atribuido a Justicia. Empero, al que obra no se le cuenta el salario por merced, sino por deuda. Mas al que no obra, pero cree en aquel que justifica al impío, la fe le es contada por justicia”. (Romanos 4:2-5).

En otras palabras, si para salvarme tengo que cumplir la ley, entonces Dios no me regala nada, puesto que si no la cumplo me condena. Si yo le hago un trabajo a un hombre, cuando voy a cobrar y él me paga, no le debo ninguna obligación. Yo trabajé y cobro mi trabajo; él me paga lo que yo merezco y no hizo otra cosa que cumplir con un deber. Si una persona cumple la ley, tiene derecho a ir al cielo sin agradecerle nada a nadie, porque al infierno van los que no la cumplen. De aquí la gran verdad de que la salvación se alcanza por gracia pura, humilla al hombre y ensalza a Dios. Por eso la salvación es para el que no hace obras, “pero cree en aquel que justifica al impío”. ¡¡Gloriosa doctrina!!

¿Qué es lo que hace la ley? Dice Pablo: “La ley obra ira”. (Romanos 4:15). Precisamente la gracia viene en auxilio del que es perseguido por la ira de la ley. Por eso es que la salvación “es por fe, para que sea por gracia”. (Romanos 4:16). ¿Para qué fue puesta la ley? ¿Para que el hombre fuese salvo por ella? No. “La ley empero entró para que el pecado creciese”. Y esto es lo único que hace la ley, aumentar el pecado; pero gracias a Dios que cuando el pecado creció, por el ministerio de la ley, “entonces, sobrepujó la gracia”. (Romanos 5:20). No quiere esto decir que la ley sea pecado ó que sea mala, nada de eso, el pecado donde está es en el hombre, siendo nosotros los malos, ya que la ley en sí es buena. Pero como nosotros no somos buenos, la ley nos condena y la ley no tiene misericordia ni se compadece de nadie. De aquí precisamente la suprema necesidad del antídoto de la ley, la gracia. El que se quiera salvar por cumplir la ley es porque “ignorando la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sujeta a la ley de Dios”. (Romanos 10:3).

Y voy a citar un versículo que dice algo, tanto como que establece la incompatibilidad y lo irreconciliable de que el pecador pueda ser salvo por gracia y por guardar la ley al mismo tiempo. Me refiero a Romanos 11:6: “Y si por gracia, luego no por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra”. Esto demuestra que la salvación no puede ser por gracia y por obras; tiene que ser gracia sola ó por obras solas. Y ¿a qué obras se refiere aquí? ¿Se refiere a la ley? Puede verse comparando el texto citado con Romanos 3:20, donde dice: “Porque por las obras de la ley ninguna carne se justificará delante de él”. Y escribiendo Pablo a los gálatas (2:16) les decía: “Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo”. En Efesios 2:8-10, dice: “Porque por gracia sois salvos por la fe”. Léelo bien lector y grítalo para que suene lejos: “Por gracia sois salvos por la fe; y esto no es de vosotros, pues es don de Dios”. Aun de la fe no se puede gloriar el hombre, porque también es don de Dios. “Por gracia sois salvos por la fe...”, y añade Pablo para que no haya lugar a dudas: “no por obras, para que nadie se gloríe”.

Y aunque ya he citado a Efesios 2:8-10, vuelvo a ese pasaje para hacer referencia a la pretendida contradicción entre Pablo y Santiago en cuanto a la justificación. Dice Pablo: “Creyó Abraham a Dios, y le fue atribuido a justicia... Porque decimos que a Abraham fue contada la fe por justicia”. Y “si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse”, lo cual es contrario a la palabra de Dios, porque ella dice: “Para que nadie se gloríe”. El lector puede leer Romanos, capítulo 4 y Gálatas 3:6-9. Ahora bien, ¿qué dice Santiago?: “Más ¿quieres saber, hombre vano que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por las obras Abraham, nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?” Fijémonos que Santiago escribió su epístola para los judíos convertidos, y una de las cosas que parece tuvo presente al escribirla fue combatir los “errores de los antinomianos”, quienes creían que el creyente en Cristo estaba libre para cometer a sabiendas toda clase de pecados.
Pablo en sus cartas afirma que el pecador es justificado y salvo por la fe, y añade, sin obras; y cita en apoyo de su tesis un pasaje de Génesis 15:1-6, donde dice que Dios le hizo ciertas promesas a Abraham y termina así el pasaje de Génesis: “Y creyó (Abraham) a Jehová, y contóselo por justicia”. Pablo afirma enfáticamente que la justificación es por fe, solamente por fe. Pero la fe que alcanza la justificación delante de Dios, es una fe viva, una fe que cree y obra en consecuencia; por eso dice Pablo: “Por gracia sois salvos por la fe... no por obras”.

Pero cuando el creyente ha sido salvo por gracia, mediante la fe y regenerado por el Espíritu Santo, Pablo afirma que el fruto de la justificación por la fe, la salvación por gracia, será una vida de obras abundantes que justifiquen. ¿A quién? ¿Al hombre? No, que justifiquen la fe, que salvó al hombre de fe. Por eso dice: “Porque somos hechura suya, criados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó para que anduviésemos en ellas”.

Esto fue lo que hizo Abraham. Creyó a Dios y fue justificado desde que creyó, según lo encontramos en Génesis 15. Pero 25 años, aproximadamente, después, Dios le dijo: “Ofréceme a tu hijo en holocausto, a tu Isaac, a quien amas”. Abraham, como que creía en Dios y le reconocía como Soberano, fue y le obedeció. De esta manera quedó demostrado que la fe de Abraham era una fe viva y no mera fe intelectual (Génesis 22). Pero en realidad, Abraham había sido salvo 25 años antes de ofrecer a Isaac. (2)

Santiago enseña que la fe que salva es una fe que después obra en consecuencia, y lo demuestra con un pasaje de la vida de Abraham, pero posterior al pasaje citado por Pablo. En una palabra, Pablo habla de la fe que justifica al impío y Santiago habla de las obras que justifican la fe y no al pecador, y dice que si alguno tiene fe en Dios, debe mostrarlo con hechos, porque si dice que tiene fe y vive en vicios y pecados, los hechos demuestran que tal fe es muerta. Esto mismo, desde otro punto de vista, es lo que dice Pablo en Efesios 2:8-10.

Dice Pablo escribiéndole a Tito: “La gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres se manifestó”. ¿Qué es lo que trajo la ley a los hombres? La palabra de Dios responde: “La ley entró para que el pecado creciese”. Luego, la ley a pesar de ser “santa, justa y buena”, vino a ser para el hombre, un “ministerio” de pecado, de “ira”, de “condenación” y de “muerte”, y estoy citando palabras textuales de Pablo en Romanos y segunda Corintios. ¡Pero la gracia de Dios trae a los hombres salvación! ¡¡Aleluya!!

Salvación, “no por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, mas por su misericordia nos salvó... para que justificados por su gracia, seamos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:4-7).”Así que concluimos ser el hombre justificado por la fe sin las obras de la ley”. (Romanos 3:28). Y el hombre justificado, por el único medio que puede serlo, por la gracia de Dios, ya “no está bajo la ley sino bajo la gracia” (Romanos 6:14). Esto está claro ó pocas cosas pueden estar claras en el mundo.

Pablo dice: Bajo la ley, no; bajo la gracia, sí. Los adventistas y aun otros más pretenden estar bajo la ley y bajo la gracia al mismo tiempo. ¿Sabes cual es su manera de explicar las cosas? Pues dicen que la gracia nos es concedida para poder cumplir los preceptos de la ley. Quizás esto suene bien a algunos, pero esto es contrario, diametralmente opuesto, a que “la gracia de Dios trae salvación a todos los hombres”. Una cosa es que Dios, por su gracia me salve, me libre de las duras exigencias de la ley, y otra cosa es que Dios me dé una especie de fusil y me deje bajo el dominio de un monstruo terrible, esto es, el pecado. Armado con un arma mortífera, la ley, y Dios me dice: ahí te dejo, defiéndete hasta la hora de tu muerte contra tus enemigos: Pecado y ley, pero nada más puedo hacer por ti.

Pero Dios no hizo las cosas así. Él salva al pecador por su gracia, y le salva del pecado y del dominio del pecado y lo libra de la tutela de la ley. Con razón escribió Juan Bunyan, autor famoso de “El Peregrino”, lo que sigue: “Actualmente el creyente se halla mediante la fe en el Señor Jesucristo, bajo cubierta de tan perfecta y bendita justicia que la ley fulminante del monte Sinaí no puede hallar la menor falta o cortedad en ella. Esta se llama la justicia de Dios sin la ley”.

El creyente, salvado por la gracia, no está ya bajo la ley de Moisés, sino que al ser “hecho participante de la naturaleza divina” (2ª Pedro 1:4) tiene “la mente de Cristo” (1ª Corintios 2:16) y es “guardado por la virtud de Dios, por fe” (1ª Pedro 1:5). De esta manera, viviendo Dios en nosotros, y haciéndonos partícipes de sus principios morales opuestos al mal, es como la ley no tiene nada que ver con nosotros, porque Dios ha derramado en nuestros corazones unos principios, no negativos, como los del Sinaí, sino positivos, que nos apartan del mal y nos impulsan al bien, no por preceptos eternos, sino por potencia interna. Pero entiéndase bien: No es que Dios anula la ley del Sinaí para el cristiano, borrándola de las piedras y grabándola en el corazón, esto sería la misma cosa, solamente cambiándola de lugar.

La ley que Dios graba en nuestros corazones es distinta, es más gloriosa, sublime y elevada que la ley de Moisés. Aquélla fue para antes que viniese la gracia, pero la ley de la gracia, es la ley de Cristo resumida en el amor; es la esencia moral de la Divinidad, como un principio activo, enérgico y poderoso actuando dentro del creyente y no afuera.

Vamos a tratar de ilustrar esto. Ciertos países tienen una ley que tiende a proteger la infancia contra el descuido y el abandono de los padres. Pero todos los países están llenos de madres dichosas que cuidan tiernamente de sus hijos, aunque ignoran la existencia de tal ley. Pero tienen la ley escrita en el corazón. ¿Cuál ley? ¿La que obliga a las madres a cuidar a sus hijos? No, la ley del amor que impulsa a la madre a dar hasta su propia vida en defensa de su hijo. De esta manera la madre obrando por amor hace inútil la ley, que la quiere obligar, y al mismo tiempo establece la ley no como elemento externo que la obliga, sino interno que la impulsa. Esto deja explicado y aclarado el versículo de Romanos 3:31.

El gran teólogo bautista Mullins, tiene en uno de sus libros unos pensamientos contrastando la gracia con la misericordia que voy a copiar aquí: “En el Nuevo Testamento el amor de Dios se llama gracia. La misericordia consiste en apartar el castigo, en perdonar al transgresor. La gracia llega más lejos y confiere todo el bien posible. La misericordia y la gracia son los aspectos negativos y positivos hacia el pecador. La misericordia quita la copa amarga del castigo y pena de la mano del culpable y la vacía fuera de él. En cambio, la gracia llena de bendiciones hasta el borde. La misericordia perdona al objeto; la gracia le reclama para sí misma. La misericordia rescata el peligro, la gracia imparte una nueva naturaleza y confiere un nuevo estado. La misericordia es amor de Dios que idea un modo de escapar. La gracia es el mismo amor ideando modos de transformar a su objeto a la semejanza divina y habilitándolo para participar de la bienaventuranza celestial”. De esta manera, la gracia como principio activo, que obra en el creyente, transformándolo a la semejanza de Dios, hace inútil la ley de Moisés. Por eso es que no estamos bajo la ley sino bajo la gracia. (Romanos 6:14).

Los adventistas toman unos textos de los Salmos, que a veces son Salmos proféticos, que se refieren a Cristo y otras veces, que David habla de la ley como el conjunto de la revelación de Dios, que en sus días era posiblemente “El Pentateuco” y dice: “Cuanto amo yo tu ley” y “tu ley es la verdad”. Pero no olvidemos que David no era más que Cristo, ni supo en sus días tanto como Pablo. Aunque David fue un hombre privilegiado en su tiempo, pero ¿cómo vamos a subordinar lo que dijo Cristo y Pablo, por ejemplo, a lo que escribió David? Imposible. Además, yo acuso a los adventistas de que tratando de volcar la Escritura a su favor, hacen decir a la Palabra de Dios lo que ella no dice, y voy a probarlo.

En Hebreos 10:26 dice: “Porque si pecaremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por el pecado”. En un tratado (adventista) que se titula “La norma del juicio” y que está garantizado por la “Asociación Occidental de los Adventistas del Séptimo día en Cuba”, citan el mismo versículo, pero falseado en la forma siguiente: “Si persistimos en el pecado voluntario, después de haber tenido conocimiento de la ley, ya no queda sacrificio por el pecado”. Según esto, nadie podría salvarse, porque a mí, por ejemplo, me enseñaron la ley desde que tenía uso de razón. No me enseñaron la gracia porque mis padres no sabían lo que era, ya que los sacerdotes católicos, en parte, como los adventistas, enseñan la ley. Pues bien, yo después de conocer la ley he pecado y estoy convencido de que los adventistas también han pecado, y según su tratadito, si uno peca voluntariamente después de conocer la ley, ya no hay salvación. Verdaderamente son dignos de lástima, por su ofuscación con la ley y en la ley.

Es de suma importancia entender bien los dos principios opuestos: La ley y la gracia. “La ley nos presenta a Dios como quien prohíbe y manda”. “La gracia le presenta como quien encarece y ofrece”. “La ley maldice, la gracia redime de maldición”. “La ley mata, la gracia da vida”. La ley establece una distancia entre Dios y el pecador. La gracia abre el camino hacia Dios. La ley dice: “ojo por ojo”, la gracia dice: “No resistáis al mal”. La ley dice: Aborrecerás a tu enemigo, y la gracia: “Amad a vuestros enemigos”.

Voy a dar fin a este capítulo, citando un cuadro vivo, conde la Palabra de Dios nos hace ver de una manera magistral, lo que es la ley de Moisés y la gracia de Cristo, y después decidme debajo de cual queréis estar. Un día estaba Cristo en el Templo de Jerusalén. Era por la mañana. Los escribas y fariseos vinieron a él trayéndole una mujer que había quebrantado la ley de Moisés. ¿Qué dice la ley en aquel caso? ¿Qué se la perdone? No. La ley dice que la mujer debe morir apedreada. ¿Qué dijo la gracia antes aquel hecho consumado? Yo no te condeno mujer: Vete y no peques más. ¿Quisieran ustedes que la gracia hubiese procedido de otro modo? Entonces dejaría de ser gracia.

Y ahora díganme: ¿Cómo puede ser posible hacer una mezcla de ley y de gracia? ¿Cómo puede el pecador ser salvo por los dos principios al mismo tiempo? Si es cuestión de tener que cumplir la ley, ella nos condena siempre. En tal caso, si hemos de ser salvos, ha de serlo por gracia, una gracia abundante que nos quite el yugo de la ley, que nos perdone los pecados cometidos bajo la ley aunque no sea la ley de Moisés, sino la ley natural o de la conciencia, y que transforme nuestros pensamientos y sentimientos, haciéndonos amar a Dios, no por obligación, sino por amor.

Los enemigos de la gracia son la ley, las obras y la suficiencia propia. Por tanto, la salvación “es por fe para que sea por gracia” (Romanos 4:16). Y para cerrar con broche de oro, copio aquí un párrafo que Bunyan pone labios de “Fiel” y “Cristiano”.

Fiel.- Ya había subido hasta la mitad del collado, cuando mirando atrás vi a uno que me seguía más ligero que el viento, y me alcanzó... y me dio tan fuerte golpe, que me arrojó al suelo dejándome por muerto.
Pregúntele la causa de este mal tratamiento y... me dio otro golpe mortal en el pecho que me hizo caer de espaldas, dejándome medio muerto a sus pies.
Cuando volví en mí pedíle misericordia; mas su contestación fue: YO NO SÉ MOSTRAR MISERICORDIA; y de nuevo me arrojó al suelo.

Cristiano.- El hombre que te alcanzó era Moisés; no perdona a nadie, ni sabe compadecerse de los que quebrantan la ley.

Fiel.- Lo sé, y seguramente hubiera acabado conmigo a no haber pasado por allí uno que tenía heridas sus manos y su costado, que le mandó detenerse. (El Peregrino, capítulo once).

(1) La idea es de tamaño, por lo tanto la palabra “abultase”, o “se hiciese más visible”, son más descriptivas hoy en nuestro vocabulario que la empleada en la traducción utilizada.

(2) Sólo unas breves líneas a propósito de esta mención respecto a la fe de Abram. La fe de Abram como la de todos nosotros tuvo un crecimiento progresivo, basado en su relación personal con Dios.

Abram se marchó de su tierra y familia cuando recibió el llamamiento de Dios, a los 75 años, y en su primer caminar tuvo tiempo para cultivar su fe en Dios a través de las relaciones que siguieron a tal decisión, cuando hubo hambre sobre la tierra, cuando fue defendido por Dios ante el faraón, cuando se separó de Lot y se fue a las tierras menos “productivas” a primera vista. Luego recibió una importante promesa de Dios para él y su descendencia, pero su fe todavía no había progresado y él pensó no “arreglárselas por sí mismo” para tener descendencia de Agar. Todavía necesitó conocer más al Dios Todopoderoso antes de descansar en sus promesas de darle descendencia a través de su anciana esposa que ya carecía de menstruación.
Esto es una simplificación de muchos años de comunión y conocimiento de Dios, y de ver su tremendo poder destruyendo a Sodoma y Gomorra, pero regalándole la liberación de Lot y sus hijas. Cuando la fe de Abrahám llegó a su madurez, él no creyó nunca que iba a sacrificar a Isaac, sino a presenciar un prodigio de parte de Dios. Nunca demanda Dios una fe ciega, fanática e irracional, sino que nos va proporcionando evidencias para creer.
Abrahám creyó plenamente en la promesa de que Dios le daría descendencia en Isaac, y por lo tanto él estaba seguro del poder de Dios para resucitarlo aun cuando lo hubiese ofrecido en el sacrificio. Esta es la revelación que sobre este asunto nos da Hebreos 11:18. Ni por un momento Abrahám pensó en resultar defraudado ahora, después de tantas pruebas de parte de Dios, para perder y regresar sin su hijo, porque ya había adquirido el conocimiento de la fidelidad, del poder, y del cumplimiento absoluto de las promesas de Dios, y sólo descansó en ellas.

No era, pues, un acto sublime, sino un acto natural de quien adquirió una fe firme, no quimérica, ni fantástica, en un Dios que es real. Una fe no puesta en hombres, ni en organizaciones humanas falibles y por cuya experiencia jamás confiaría. Pero en Aquel que es siempre FIEL, ni por un momento pensó en que después de tantas demostraciones de poder y certeza, le pudiera ahora fallar (Rom. 4:21). Tampoco tenía conciencia de cometer asesinato alguno, pues sabía que Isaac recobraría la vida para darle la descendencia comprometida por Dios.

Capítulo 2 -
LA LEY FUE DADA AL PUEBLO DE ISRAEL
Y NUNCA A LOS GENTILES


Apenas será necesario decir que la ley fue dada a Israel en el Sinaí, y a ningún otro pueblo de la tierra. En el libro de Levítico, capítulo 26 y verso 46, dice: “estos son los decretos, derechos y leyes que estableció Jehová entre sí y los hijos de Israel en el monte de Sinaí por mano de Moisés”. Y en 27:34 del mismo libro añade: “Estos son los mandamientos que ordenó Jehová a Moisés, para los hijos de Israel”. ¿A qué mandamientos se refiere aquí el escritor? Pues a todo lo que queda escrito atrás de Levítico 27. En Deuteronomio 5:2-3, dice así: “Jehová nuestro Dios hizo pacto con nosotros en Horeb. No con nuestros padres..., sino con nosotros, los que estamos aquí hoy”.

Pablo afirmó esto mismo cuando hablando de los grandes privilegios de los israelitas como nación, dijo que entre otros privilegios tenían el de que Dios les había dado a ellos la ley. (Romanos 9:4). Pablo mismo en el año 58 de nuestra era, escribiendo a una iglesia de cristianos, procedentes del judaísmo y del gentilismo, dijo estas palabras: “Porque los gentiles no tienen ley”. Quiere decir, ellos no tienen una ley escrita como la tienen los judíos. (Romanos 2:14). Y escribiendo a los corintios, (1ª Cor. 9:20,21) dijo: “Heme hecho a los judíos como judío...; a los que están sujetos a la ley como sujeto a la ley. A los que son sin ley, como si yo fuera sin ley”. Aquí Pablo de una manera clara y terminante, determina que solamente los judíos estaban sujetos a la ley, pero los gentiles “son sin ley”. Y ahora, ¿cuál era la situación de Pablo como judío convertido al cristianismo? Pues muy claramente, Pablo nos dice que él ya no está sujeto a la ley de los judíos, ó sea a la del Sinaí, sino a “la ley de Cristo”, al Nuevo Testamento.

Así, pues, según las Sagradas Escrituras, la ley fue dada única y exclusivamente a un pueblo, el pueblo hebreo y a ningún otro pueblo de la tierra. Yo reto a los adventistas para que muestren un versículo ó más en donde se ordene predicar la ley a los gentiles. La ley fue para un pueblo. El evangelio es para toda criatura. El Señor envió a sus discípulos a predicar el evangelio y no la ley. Cuando los apóstoles, en cumplimiento del mandato de Cristo, predicaron a los gentiles que no tenían ley, su mensaje fue éste: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”. (Hechos 10:43 y 16:31).

En los días en que mataron al diácono Esteban, sobrevino una persecución a los cristianos de Jerusalén y algunos llegaron hasta Antioquía de Siria, y se nos dice (Hechos 11:20) que “hablaron a los griegos (gentiles) anunciando el evangelio del Señor Jesús”. “Y la mano del Señor era con ellos: y creyendo, gran número se convirtió al Señor”. De la iglesia que se constituyó allí en Antioquia es que fue Pablo pastor varios años, y fue aquella la primera iglesia compuesta, al menos en gran parte, por gentiles.

Después de unos cuantos años, fueron algunos judíos cristiano de Jerusalén a Antioquía, y al ver que aquellos hermanos no guardaban la ley de Moisés, les empezaron a decir: “Si no os circuncidareis conforme al rito de Moisés no podéis ser salvos”. Pablo y Bernabé y otros obreros de aquella gran iglesia misionera, predicaban que el pecador era salvo por creer en Cristo, pero ahora vienen “algunos de Judea”, que dicen que eso no es así; que hay que creer en Cristo y someterse a le ley de Moisés. Esto alarmó a los cristianos de Antioquia, y suscitó una muy violenta discusión entre Pablo y Bernabé, de una parte, y los judíos procedentes de Jerusalén, de la otra. ¿Estarían Pablo y Bernabé equivocados en cuanto a las doctrinas que predicaban? Como es muy lógico, los miembros de aquella iglesia quisieron aclarar de manera definitiva el asunto, porque no estaban dispuestos a correr el riesgo de creerse salvos y estar perdidos; esperar ir al cielo, según les decían los pastores, pero al fin ir al infierno, según los judaizantes de Jerusalén.

En este difícil problema, la iglesia determinó que Pablo, Bernabé y una comisión de miembros en representación de toda la iglesia, fuesen a Jerusalén y allí en presencia de los Apóstoles, los Ancianos y todos los creyentes determinasen de una vez y para siempre, si los gentiles debían y tenían que someterse a la ley de Moisés ó no. La comisión llegó a Jerusalén y “fueron recibidos por la iglesia, los Apóstoles y Ancianos” y les contaron el motivo por el que venían. (Véase Hechos 15:1-20).

Después que la iglesia oyó el motivo que les traía, dice el verso 5, que “algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, (en Cristo) se levantaron, diciendo; Es menester circuncidarlos (¿a quién?, a los miembros de la iglesia de Antioquia y a todos los gentiles que se convirtieran) y mandarles que guarden la ley de Moisés”. Llamo la atención de mis lectores al hecho muy importante de que el término “la ley de Moisés”, comprende todo lo que Moisés dejó escrito, y no solamente a los diez mandamientos, como pretenderán decir los adventistas.

La primera parte de la reunión en Jerusalén fue tempestuosa, porque los fariseos pretendían que de todos modos los gentiles se sometieran a la ley de Moisés. Dice la Palabra: “Habiendo grande contienda, levantándose Pedro, les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio, y creyesen. Y Dios les dio el Espíritu Santo como a vosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones. Ahora pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos yugo, que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes por la gracia del Señor Jesús creemos que seremos salvos, como también ellos”.

Pedro puso las cosas en su lugar. Él dijo: Creemos que nosotros, judíos, y ellos, gentiles, todos somos salvos por la gracia del Señor Jesús, mediante la fe y no por llevar hasta la hora de la muerte un yugo pesadísimo e imposible. Y Pedro apeló a la experiencia del pasado. Dios había dado el don del Espíritu Santo, que en un sentido, comprendía todos los demás dones de Dios al hombre, como los sigue comprendiendo; porque desde la convicción de pecado hasta la santificación, todo es fruto del Espíritu Santo, y Dios había dado el Espíritu Santo sin hacer diferencia entre los que seguían la ley y los que no la seguían, dando así a entender que la salvación no dependía de la observación de la ley.

Después que Pedro terminó de hablar, hablaron Pablo y Bernabé para abundar en la misma opinión que Pedro. Finalmente Jacobo, muy posiblemente hermano carnal de Jesús, y presidente de aquella asamblea, hizo el resumen y entre otras cosas dijo: “Por lo cual yo juzgo, que los que de los gentiles se conviertan a Dios no han de ser inquietados. Entonces pareció bien a los apóstoles, a los ancianos, con toda la iglesia, elegir varones de ellos, y enviarlos a Antioquía, con Pablo y Bernabé. Y escribir por mano de ellos; y decirles: Por cuanto hemos oído que algunos que han salido de nosotros, os han inquietado con palabras, trastornando vuestras almas, mandando circuncidaros y guardar la ley, a los cuales no mandamos”.

El lector debe fijarse en la fuerza de estas palabras que acaba de leer y debe comprobarlas en su Biblia, en el capítulo 15 de los Hechos. Al fin, Pablo y Bernabé y los gentiles habían ganado la batalla, los fariseos judaizantes quedaron derrotados, desautorizados y calificados como “trastornadores de almas”. La importancia de aquella asamblea celebrada, más ó menos en el año 50 de nuestra era, jamás la podremos comprender bien. Cuándo la doble comisión de hermanos regresó a Antioquia, la iglesia se reunió y al enterarse de la decisión unánime de los Apóstoles sobre aquella embarazosa cuestión, ¿qué pasó?, que “fueron gozosos de la consolación” que recibieron al saber que para ir al cielo no había que someterse a la ley sino recibir a Cristo por fe en el corazón.

¿Qué hubiera sido del cristianismo si en aquella hora, cuando se estaban poniendo los fundamentos, no hubiera habido un Pablo que, como doctor de los gentiles, supiese poner las cosas en su lugar y defender la verdad a todo precio? La respuesta solo Dios la puede dar. En esta asamblea de Jerusalén quedó, de manera definitiva e inequívoca, aclarado para siempre que los gentiles nada tienen que ver con la ley de Moisés. Fue el momento preciso en que el asunto se puso a prueba, y los apóstoles bajo la dirección del Espíritu Santo y la inspiración, de Dios, a ellos otorgada, dejaron bien sentado que “los gentiles no han de ser inquietados”, mandándoles guardar la ley.

El lector que quiera estar sobre lo seguro, debe estudiar bien el mencionado capítulo 15. Los adventistas están haciendo el mismo triste y desdichado trabajo que aquellos judíos que fueron de Jerusalén a Antioquía, y allí sembraron la alarma y la confusión entre los hermanos.

En el capítulo 21 de los Hechos hay otro pasaje terminante y enfático. (Véanse los vers. 17-25) Pablo llega a Jerusalén. Jacobo y los hermanos, después de oírle, le advierten que los ánimos están allí muy excitados en contra suya. ¿Por qué? Porque los judíos de Jerusalén han oído que Pablo está enseñando “a apartarse de la ley de Moisés a todos los judíos”. Le recomiendan que haga una demostración de sometimiento a la ley para que la multitud vea que no es así. Pero ahora viene una salvedad en cuanto a los gentiles (verso 25) que dice así: “Empero en cuanto a los que de los gentiles han creído, nosotros hemos escrito haberse acordado que no guarden nada de esto”. ¿Puede pedirse una cosa más clara que ésta en demostración de que la ley fue dada a los judíos y nunca fue dada ni mandada a los gentiles?

Creo haber demostrado y aclarado este punto para todo el que quiera ver las cosas como son.

Capítulo 3 – LA UNIDAD DE LA LEY

Por la unidad de la ley entiendo y voy a demostrar, que la mayor parte de las veces que a través de toda la Biblia se habla del término “la ley de Moisés” o simplemente “La Ley”, se da a entender los cinco libros que escribió Moisés. Bajo la expresión “La Ley de Moisés”, se entiende tanto los mandamientos grabados en piedra, como aquellas ordenanzas, leyes y preceptos de todo orden que Dios dio al pueblo de Israel por medio de Moisés.

Claro que dentro del término general “La Ley”, se habla de: “La Ley del holocausto”; “La ley del presente”; “La ley de la expiación”; “La ley de la plaga”; “La ley del leproso”; “La ley de los celos”; “La ley del nazareno”. ¿Quiére esto decir que sean siete las leyes? No. En el terreno particular son siete leyes que tienen que ver con otros tantos asuntos. Pero estas siete leyes son parte integrante del término general “La ley”.

Los adventistas pretenden hacer una división de la ley en dos partes: “La ley moral” y “la ley ceremonial”. ¿Se encuentra tal división en las Escrituras? No. Los adventistas pretenden que la ley que ellos llaman ceremonial, fue abolida, pero que la ley moral está en pie, en todo su vigor. Pues yo no creo en tal división. ¿Cuáles son los argumentos que ellos aducen en apoyo de su teoría? Se basan especialmente en dos pasajes de las cartas de Pablo, que son: Efesios 2:15, “Dirimiendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos en orden a ritos”. Y Colosenses 2:14, “Rayendo la cédula de los ritos”.

La palabra del original griego en estos pasajes es, “DOGMA”, empleada solo cinco veces en todo el Nuevo Testamento. Las dos antes citadas y el Lucas 2:1, “Salió edicto de parte de Augusto”. Hechos 16:4, “Les daba que guardasen los decretos”. Hechos 17:7, “Hacen contra los decretos del César”. La versión de Felipe Scío de San Miguel tiene en ambos pasajes (Efesios y Colosenses) en vez de “rito”, “decretos”. La versión de Torres Amat tiene “ritos” en el primero y “decretos” en el segundo. La Versión Moderna tiene en Efesios 2:15, “habiendo abolido en su carne (crucificada) la ley de mandamientos en forma de decretos”. Y en Colosenses 2:14, “Borrando de en contra de nosotros, la cédula escrita en forma de decretos”. El Nuevo Pacto tiene la misma traducción que la Versión Moderna.

El famoso comentarista Dr. E. Lund, redactor que fue de “Revista Homilética”, comentando Colosenses 2:14, dice así: “La palabra cédula usada aquí, es voz que ocurre con frecuencia en las leyes romanas y significa billete o nota de promesa bajo la firma manuscrita. Los “ritos”, debe leerse “decretos”, y son los decretos de Dios en toda la ley escrita del Antiguo Testamento. Por eso dice el Apóstol aquí, no “contra vosotros” (gentiles), sino “contra nosotros” (judíos). En estos decretos hallamos nuestra propia firma, porque admitimos que la ley es buena y que nuestro deber es cumplirla, pero resulta un documento muy contrario a nosotros, cédula ó documento de cuentas que no hemos pagado, quedando a deber. Pero Dios al perdonar, cancela el documento, rompe la cédula y nos deja sin deuda. Y esto lo hace mediante Cristo Jesús, que “nos ha rescatado de la maldición de la ley”. Tengo a la vista el “Comentario a los Colosenses” por C. W. Branch, cuya opinión coincide con la de Lund. De todas maneras, el lector debe observar que la palabra “DOGMA”, del original, no podría ser traducida “ritos” en tres pasajes en que aparece, además de los dos a que nos estamos refiriendo, porque sería impropia traducir: “Salió rito de parte de Augusto Cesar”.

Los pasajes de Efesios 2:15 y Colosenses 2:14, encierran la misma idea que Gálatas 3:10-13, donde dice: “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritos en el libro de la ley”. Dice aquí el Dr. Lund, comentando este pasaje: “La ley y los profetas” es una expresión bíblica que denota todo el Antiguo Testamento. Cuando se dice “el libro de la ley”, equivale a la primera parte del Antiguo Testamento, que contiene todas las leyes religiosas, morales, administrativas y penales”. Una gran parte de las leyes dadas por Dios a Israel, no podrían catalogarse dentro del término ritual, porque no son ritos, son preceptos morales. El lector puede leer, por ejemplo, Éxodo 21 al 23, y allí encontrará varias leyes que no son de orden ritual, sino moral. Pero cuando dice Pablo: “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley para hacerlas”, ¿a qué parte de la ley se refiere? Sería ingenuo el hacer aquí distinción de ley, puesto que, si no permanecían en los preceptos de orden puramente ritual, caían bajo de maldición, y ¿cuánta más maldición les traería la violación de los preceptos morales?

¿Qué dijo el Señor en Mateo 9:13? “Andad pues y aprended qué cosa es: misericordia quiero y no sacrificio”. El sacrificio judío era un rito, la misericordia no. Ahora bien, la lógica y el sentido común nos dicen que le pasaje de Gálatas 3:10, se refiere a toda la ley y de toda esa ley que se vino a convertir en una maldición para el hombre, porque no podía cumplirla; de toda esa ley dada por Moisés, “Cristo nos redimió”. El no nos redimió de unos cuantos preceptos, para dejarnos sometidos al estricto cumplimiento de otros, porque en tal caso estaríamos aún bajo la maldición de una parte de la ley. Cristo nos redimió de la ley, de toda la ley que Dios dio al pueblo de Israel por medio de Moisés, o de cualquier otra forma de ley anterior a Cristo.

Los adventistas afirman que Cristo nos redimió de la ley que ellos llaman ritual. Ahora yo les pregunto: ¿Comer carne de puerco o dejarla de comer, pertenece a la ley moral o ritual? Ellos mismos confiesan que pertenecen a la ritual, y sin embargo, se someten como esclavos a una ley que dicen que no está en vigor, y lo hacen con verdadero fanatismo, pues un adventista recalcitrante en sus doctrinas, ni come carne de puerco, ni nada en que intervenga cualquier sustancia derivada del puerco. En esto son igual que los mahometanos. Cuando uno les presenta esto a ellos, alegan que si lo hacen es por higiene y no por la conciencia, pero en la práctica el adventista es un esclavo de la ley, de toda la ley.

Los cristianos de Galacia habían empezado por creer en Cristo para ser salvos, y después querían someterse a ciertos preceptos de la ley y no a otros, pero Pablo les advirtió que “maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley”, “y otra vez vuelvo a protestar a todo hombre que se circuncidare, que está obligado a hacer toda la ley”. (Gálatas 5:3). La referencia que Pablo hace a la ley está tomada de Deuteronomio, cap. 27, en donde casi se habla solamente de preceptos morales, y de ellos, de toda la ley nos libró Cristo. Pero el adventista está bajo la maldición de la ley; porque no la cumple toda y quiere cumplir una parte; por lo menos, se siente obligado en conciencia a cumplirla.

Cito a continuación una serie de pasajes donde el lector puede comprobar que para los israelitas la ley era una y no dos. “Estos son los decretos, derechos y leyes que estableció Jehová entre sí y los hijos de Israel en el monte Sinaí”. (Levítico 26:46). En este pasaje los “decretos”, “derechos” y “leyes”, componen en conjunto “la ley”. “Estos son los mandamientos que ordenó Jehová a Moisés”. (Lev. 27:34). “¿Qué gente hay que tenga estatutos y derechos justos como toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?” (Deut. 4:8). “Para guardar todas las palabras de aquesta ley y estos estatutos”. (Deut. 17:18,19). “Conforme a toda la ley que Moisés te mandó”. (Josué 24:26). La referencia es a todo cuanto había sido escrito hasta entonces por mandato de Dios, porque si fuese a las tablas solamente, Josué no escribiría sobre ellos otra cosa. “El libro perdido y hallado”. (2ª Reyes 22:8-13). “La ley de Jehová que Él prescribió a Israel”. (2ª Crón. 16:40). “Como está escrito en la ley de Moisés”. (2ª Crón. 23:18). “Las cosas que les he mandado, toda ley, estatutos y ordenanzas, por mano de Moisés”. (2ª Crón. 33:8).

En los Salmos está muchas veces la expresión “ley”, pero cualquier lector honrado sabe que se refiere a todo lo escrito hasta tal fecha. Lo mismo que cuando Isaías dice: “A la ley y al testimonio” (8:19), quiere decir a toda la revelación de Dios hasta el presente en que vivía el profeta. En Nehemías 8:1-3 se habla del “libro de la ley” que Esdras leyó “desde el alba hasta el mediodía”. Esto prueba que la ley era una y no dos; esto prueba que el libro de la ley era todo cuanto Moisés había escrito. Malaquías 4:4, dice: “Acordarte has de la ley de Moisés mi siervo... ordenanzas y leyes para todo Israel”. Las “ordenanzas y leyes” componían ¿qué?: “La Ley de Moisés”, expresión que lo encierra todo.

Si del Antiguo Testamento pasamos al Nuevo Testamento, encontramos lo mismo. La ley es una y no dos al hacer referencia a ella, a menos que el texto o el contexto indiquen otra cosa. Por lo menos 160 veces se emplea el término “ley” en el Nuevo Testamento, y siempre se refiere a la ley de Moisés como un todo y no a una parte. Solamente en Romanos hay 49 referencias a la ley, sin que haya una sola en donde se pueda apreciar que Pablo dividía la ley en dos. Vamos a dar algunos ejemplos: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas”. Este pasaje lo toman los adventistas para afirmar que la ley moral está vigente. Dice el gran exegeta Dr. Juan A. Broadus en su comentario acerca de este versículo, lo siguiente: “La ley y los profetas es frase que se emplea para denotar toda la Escritura del Antiguo Testamento, siendo la ley los cinco libros de Moisés (la Torah), y los profetas el resto del mencionado Antiguo Testamento. Véanse pasajes paralelos en: Mateo 11:13; 7:12; 22:40. Lucas 16:16. Juan 1:45. Hechos 13:15; 28:23. Romanos 3:21. En todos estos pasajes “la ley y los profetas” denota todo el Antiguo Testamento. No se puede barrenar el término “ley” para hacer dos, cuando toda la ley está comprendida como una unidad.
En Lucas 2:22-27 tenemos los términos “Ley de Moisés” y “ley del Señor”. Ambos términos comprenden lo mismo: los cinco libros de Moisés, conocidos como “la ley” propiamente dicha. En Lucas 24:44 dice: “Todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los profetas y en los Salmos”. Aquí tenemos otra división del Antiguo Testamento dada por el Señor. “La ley, los profetas y los Salmos”. Para Cristo la ley eran los cinco libros de Moisés. “La ley por Moisés fue dada”. (Juan 1:17). “En la ley Moisés nos mandó apedrear a las tales”. (Juan 8:5). “Nosotros tenemos ley, y según nuestra ley debe morir”. (Juan 19:7). En 1ª Corintios 9:8-9 tenemos: “La ley” y “la ley de Moisés”.

¿Cómo podemos saber nosotros que el término “ley” en estos pasajes no se refiere solamente al capítulo 20 de Éxodo? Pues muy fácil y sin lugar a dudas.

1. Lucas 2 se habla de “la ley” en conexión con la purificación de María y la redención del primogénito, cuya referencia es a una costumbre establecida en la ley, de la cual se habla en Éxodo 13:2 y Números 18:15.

2. En Juan 8:5 se habla de “la ley”, pero la referencia está tomada del libro de Levítico 20:10.

3. En Juan 19:7 dice: “Nosotros tenemos ley”, y la referencia está tomada de Levítico 24:16. De esta manera se ve que el término ley se emplea en sentido general y no limitado como pretenden los adventistas. Ellos tienen tal obsesión con esto, que en viendo la palabra “mandamiento” ó “ley”, ya están en Éxodo 20, y no es así, según vemos por la propia Palabra del Señor. (3)

Como bien observa Broadus, en su comentario acerca de Mateo, página 130, lejos de limitarse la expresión “ley” a Éxodo 20, en varios pasajes del Nuevo Testamento el término denota todo el Antiguo Testamento, como se ve por los pasajes siguientes: Juan 10:34: “No está escrito en nuestra ley?” ¿En qué parte estaba escrito? En el Salmo 82:6. En Juan 12:34 dice: “hemos oído de la ley”. La referencia es el Salmo 89:4 y otros varios pasajes de los profetas. En Juan 15:25, dice: “Está escrito en su ley”. La referencia está tomada del Salmo 35:19. En 1ª Corintios 14:21, dice: “En la ley está escrito”. Dice el comentarista A. B. Rudd: “es una cita de Isaías 28:11,12; así es que la palabra “ley” aquí, como en Romanos 3:19, quiere decir no sólo la ley de Moisés, sino el Antiguo Testamento entero”. Lo mismo puede verse en 14:34, “la ley dice”, y la referencia es Génesis 3:16.

Hay muchas personas que quizá de una manera poco inconsciente dividen la ley en ritual y moral. A aquellos que tengan a mano una concordancia, yo los invito para que estudien todos los pasajes en que se habla de la ley en el Nuevo Testamento, y después díganme qué apoyo bíblico tiene tal división. ¿Quiere esto decir que la ley no tiene preceptos morales y rituales? En ninguna manera. Yo estoy afirmando la unidad de la ley de Moisés y nada más.

Voy a terminar este capítulo con una cita del gran teólogo B. H. Carroll, tomada de su comentario de Gálatas, donde dice acerca del verso 21, del capítulo 4, lo que sigue: “¿Decidme, los que deseáis estar bajo la ley, o no oís la ley? Llamo la atención al hecho de que lo que dice la ley aquí, no se halla en Éxodo, Levítico, Números ó Deuteronomio, sino que se encuentra en el Génesis. El punto es este: Que el Nuevo Testamento así como el Antiguo, da a la historia del Pentateuco el nombre de ley, así como la misma legislación. La historia es el fondo de los estatutos, toda ella. La historia y la legislación son llamados la ley. Si entendemos esto claramente, nos guardará de las equivocaciones de los
críticos. Sea la historia del Génesis ó la legislación del Monte Sinaí, todo es llamado la ley”.

Y Juan C. Varetto, añade: “Los escritores del Nuevo Testamento no conocen esta división que han hecho algunos teólogos. El decálogo es la parte más importante de la ley, pero no es la ley. Basados en la teoría de las dos leyes, los adventistas pretenden que una fue abolida y la otra no, pero tal teoría no tiene apoyo bíblico y tiene la Biblia en contra.”

(3) Ellos se ven obligados a justificar la visión “celestial” de la Sra. White, pretendiéndola apoyarse a través de las Escrituras y presentar argumentos que puedan ser aceptados por mentes predispuestas para creer cualquier cosa que les facilite la lectura rápida y no reflexiva sobre la disparatada teología de su líder carismática.

Capítulo 4
LA LEY ABOLIDA PARA
EL CRISTIANO CONVERTIDO


Esto de “la ley abolida” suena muy sospechoso en los oídos aun de muchos que no son adventistas. Sin embargo, esto es el corazón de toda la discusión. Si la ley está en vigor, los adventistas están en lo cierto, y los que los combaten están equivocados, porque “la ley dice...”, y el adventista pretende ó procura hacer, mientras que si la ley dice y el evangélico no hace ó procura hacer nada, ¿cómo será justificado? Si no pudiera demostrar que la ley está abolida para mí, entonces voy a empezar a guardar el sábado y los demás detalles, porque en la ley está mandado que se guarden.

Yo sé que los principios morales de Dios no cambian, ni se abrogan, pero estos principios de la moral Divina, no fueron patrimonio exclusivo del pueblo judío. El privilegio del pueblo judío fue que Dios les dio una ley donde estos principios estaban escritos, pero el resto de los pueblos de la tierra tenían estos elementos de moral grabados en la conciencia, desde la creación. Los gentiles no tenían ley escrita en tablas ó en pergaminos, pero Pablo afirmó que la tenían escrita en sus corazones. (Véase Romanos 2:14,15).

El conocido comentador G. H. Lacy, está en lo cierto cuando dice: “La sustancia de la parte moral de la ley de Dios, ha estado en vigor desde la eternidad, y sus obligaciones siempre pesaban en la vida de los hombres aun cuando no tuviesen todavía la forma de esta ley dada en el Sinaí. El niño tiene obligaciones respecto a sus padres, aun antes de estar instruido en ellas. Así la ley moral dada en el Sinaí, fue instrucción dada a Israel en cuanto a sus obligaciones que siempre habían existido. La ley es susceptible de cambio, modificación ó abolición; pero sólo por el legislador, Dios”. Y más adelante, páginas 70 y 71, añade: “En la muerte de Cristo murió la letra de la ley, siendo cumplida y abolida. La sustancia (moral) de ella se expresó no en tablas de piedra que se podían romper, sino que espiritualmente queda escrita en los corazones de los de la fe. Estas nuevas tablas están para siempre seguras en poder de Cristo”.

“Entonces los que quieren estar debajo de la letra de la ley escrita en tablas de piedra, no están en Cristo, no pueden estarlo”. Esta es la opinión del Dr. Lacy acerca de la ley.

Dice Juan C. Varetto en su libro “Refutación del Adventismo”, página 90: “La ley moral es aquella que Dios ha escrito en el corazón de cada hombre, pero en esta ley no está escrito que se debe descansar la séptima parte del tiempo, ni mucho menos que esa parte tenga que ser necesariamente el sábado”.

“El salvaje que roba o mata siente que su conciencia le acusa de haber hecho mal, aunque nada sabe del Decálogo. ¿Por qué? Simplemente porque el Creador ha grabado en lo más íntimo de su ser los mandamientos que dicen: No matarás, no codiciarás. Son preceptos morales que los conoce por la luz de la conciencia sin que nadie se los haya enseñado. Pero jamás la paz de un salvaje ha sido perturbada por no guardar el sábado. Este asunto no ocasiona conflictos de conciencia sino entre judíos y sabatistas. De ahí se deduce que la ley sabática no es de carácter moral, sino religioso y ceremonial”.

En la página 47, dice Varetto: “Una larga experiencia ha venido a demostrarme que la abolición de la ley es el punto que más debemos conocer si queremos luchar eficazmente contra las especulaciones de los enemigos de la doctrina de la gracia. Este terreno no lo debemos abandonar bajo ningún concepto, pues el éxito final de la discusión estará siempre relacionado con la fuerza desplegada al exponer esta consoladora doctrina. Todo depende de este punto. Allí debe empezar y allí debe terminar. Salir a otro campo es sólo perder el tiempo. Si la ley está en vigencia, los adventistas tienen razón; en cambio, si como sostenemos, el decálogo no forma parte del Nuevo Pacto, los adventistas están vencidos en toda línea. Aparecen como enemigos de la cruz de Cristo y cae sobre ellos el anatema pronunciado sobre los que causan trastornos contra la sana doctrina”.

Estoy plenamente identificado con esta opinión de Varetto y considero que todo aquel que no lo esté, no puede ni debe combatir a los adventistas por el hecho de que guarden el sábado ó no quieran comer determinadas clases de carne. Ahora bien, si es una cuestión de vida ó muerte el sostenerse en el punto que Varetto señala, no menos importante es que para sostenernos allí, empleemos los mismos argumentos que Pablo empleó, en su tiempo, contra los judaizantes. La epístola a los Gálatas, desde el principio al fin, es el razonamiento encaminado a dilucidar y aclarar el principio, la finalidad y el alcance de la ley y su relación con la gracia. Después de Gálatas está Romanos, donde el asunto de la ley y la gracia son tratados ampliamente.

Vamos a entrar ahora en el corazón del argumento. Dios hizo un pacto con Abrahám y el pacto comprendía UNA promesa. ¿Cuál era ésta? Que en la simiente de Abrahám serían benditas (dichosas, felices) todas las naciones de la tierra. ¿Y cómo recibirían esa bendición, por la fe ó por las obras? La respuesta que da Pablo es que sería por la fe. ¿A qué simiente se refería la promesa de Dios?: A CRISTO (Gálatas 3:16) “Y a tu simiente la cual es Cristo”. El estudiante de la Palabra de Dios debe tener en cuenta que ésta era una promesa hecha por Dios, y basada en la soberanía de su infinita misericordia; no había mediador alguno aquí, porque la promesa no encerraba ninguna condición a la cual ambas partes debían sentirse obligados a cumplir. Aquí Dios promete y el hombre, miserable e indigno recibe. Dios le promete bendecirlo en Cristo, y es Dios quien lo promete y quien lo hará.

Pero ahora dice Pablo, y lo basa en el Antiguo Testamento, que 430 años después de esta promesa dada por Dios a Abrahám, Dios dio el pacto de la ley. (Gálatas 3:17). Pero este pacto no descansaba en la gracia soberana de Dios, sino que había aquí dos partes, y dos partes que estaban en desacuerdo, por lo cual fue necesario UN MEDIADOR (un árbitro), (Gálatas 3:19-29) que fue Moisés.

Este pacto estaba condicionado: Dios lo proponía con las bendiciones y maldiciones inherentes y el pueblo se comprometía a cumplirlo, como bien dice Carroll: “Cada día, cada semana, cada mes, cada año y así repetidas veces”. ¿Cuál fue el resultado? Que Dios cumplió con su parte, pero el pueblo no. El pueblo violó y traspasó el pacto de la ley porque no cumplió con su parte. De esta manera demuestra Pablo en su razonamiento lo frágil del pacto de la ley y lo indisoluble del pacto de la gracia, donde propiamente no había sino una parte, “que era Dios quien por gracia promete libremente”.




 


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