El Cristo Dios y el de Gibson

No he tenido mucho tiempo en los últimos días para participar en el foro, pero sin embargo he encontrado en mi ordenador un trabajo que había realizado hace casi 10 años, y del que me había olvidado, así que quiero compartir con todos vosotros.

Se trata de una armonización de todo lo que los diferentes evangelistas relataron sobre la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo de forma complementaria y desarrollando una secuencia temporal de los diferentes eventos y episodios. El trabajo está basado sobre la traducción Reina Valera de 1960 con sus mismas palabras.
En su momento para mi, puesto que el trabajo solo lo realicé para mí estudio personal, representó una satisfacción y una visión bastante diferente de la que tenía cuando leía los diferentes relatos de cada evangelista por separado con sus aportaciones particulares. Tal vez hoy, algún episodio podía merecer una revisión y ser sin duda mejorado, pero con todo, aun en su estado actual, creo que podrá ser de bendición para los lectores.

Como advertencia previa debo dejar claro que esta “armonización” de los testimonios, es falible y personal, porque aunque está construida sobre la base de lo que escribieron los diversos autores inspirados, la inspiración solo abarca lo que ellos escribieron y en el forma en la que lo hicieron, no como nosotros lo podemos armonizar. Con todo seguro que es mucho más fiable y real que las visiones de ninguna mística.

Ahí va.

Pablo Blanco



JESUS ORA EN GETSEMANI

Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní. Y cuando llegó a aquel lugar, dijo a sus discípulos:

Sentáos aquí, entre tanto que voy allí y oro.

Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo:

Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo y orad que no entréis en tentación.

Yendo un poco adelante, él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas se postró sobre su rostro, orando y diciendo:

Padre mío, si es posible y si quieres, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.

Así oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora. Y decía:

Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú.

Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.

Cuando se levantó de la oración, vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo a causa de la tristeza, y dijo a Pedro:

¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?. Y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.

Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo:

Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.

Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño, y no sabían que responderle. Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras. Entonces vino a sus discípulos y les dijo:

Basta. Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores.

Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos.

JUDAS TRAICIONA A JESUS

También Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos. Judas, pues, tomando una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allí con linternas y antorchas, y con armas. Jesús dijo a sus discípulos:

Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega.

Mientras todavía hablaba, se presentó una turba; y el que se llamaba Judas, uno de los doce, iba al frente de ellos, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes, y de los escribas y de los ancianos del pueblo. Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo:

Al que yo besare, ése es; prendedle y llevadle con seguridad.

Y enseguida, cuando vino, se acercó luego a él para besarle, y le dijo:

Salve Maestro.

Y le besó. Y Jesús le dijo:

Amigo, ¿a qué vienes?

Entonces Jesús le dijo:

Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?

Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo:

¿A quién buscáis?.

Le respondieron:

A Jesús nazareno.

Jesús les dijo:

Yo soy.

Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra. Volvió, pues, a preguntarles:

¿A quién buscáis?

Y ellos dijeron:

A Jesús nazareno.

Respondió Jesús:

Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos.

Para que se cumpliese aquello que había dicho: De los que me diste, no perdí ninguno. Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron.

PEDRO HIERE A MALCO

Viendo los que estaban con él lo que había de acontecer, le dijeron:

Señor, ¿heriremos a espada?

Y uno de los que estaban con Jesús, Simón Pedro, que tenía espada, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, que se llamaba Malco, y le quitó la oreja derecha.

Entonces Jesús le dijo:

Vuelve tu espada a su lugar, en la vaina; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber? ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?

Entonces Jesús, dijo:

Basta ya; dejad.

Y tocando su oreja, le sanó.

JESUS PRESO ES CONDUCIDO A CASA DE ANAS

Y Jesús dijo a los principales sacerdotes, a los jefes de la guardia del templo y a los ancianos, que habían venido contra él:

¿Cómo contra un ladrón habéis salido con espadas y palos para prenderme? Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, y me sentaba con vosotros enseñando en el templo y no me prendisteis, ni extendisteis las manos contra mí; pero es así y todo esto sucede para que se cumplan las Escrituras. Esta es vuestra hora, y la potestad de la tinieblas.

Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.

Y la compañía de soldados, el tribuno y los alguaciles de los judíos, prendieron a Jesús y le ataron, pero cierto joven le seguía, cubierto el cuerpo con una sábana; y le prendieron; mas él, dejando la sábana, huyó desnudo.

Y le llevaron primeramente a Anás; porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año. (Era Caifás el que había dado el consejo a los judíos, de que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo). Y el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le respondió:

Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho.

Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que estaba allí, le dio una bofetada, diciendo:

¿Así respondes al sumo sacerdote?

Jesús le respondió:

Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas? Y Anás entonces le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.

JESUS ANTE CAIFAS Y LA NEGACION DE PEDRO

Los que prendieron a Jesús le llevaron al sumo sacerdote Caifás, adonde estaban reunidos los escribas y los ancianos, y seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Y este discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró con Jesús al patio del sumo sacerdote.

Trajeron, pues, a Jesús al sumo sacerdote; y se reunieron todos los principales sacerdotes y los ancianos y los escribas. Mas Pedro le seguía de lejos y estaba fuera, a la puerta de la casa del sumo sacerdote. Salió, pues, el discípulo que era conocido del sumo sacerdote, y habló a la portera, e hizo entrar a Pedro dentro del patrio. Y entrando, habiendo ellos -los alguaciles- encendido fuego en medio del patio, se sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos, calentándose al fuego, para ver el fin.

Estando Pedro abajo, en el patio, vino una de las criadas, la portera, del sumo sacerdote; y cuando vio a Pedro que se calentaba, se le acercó mirándole, y le dijo:

Tú también estabas con Jesús el nazareno. ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre?

Mas él negó delante de todos, diciendo:

No lo soy, ni le conozco, ni sé lo que dices. Y salió a la entrada; y cantó el gallo.

Saliendo él a la puerta, le vio otra vez la criada sentado en el fuego, y se fijo en él y dijo a los que estaban allí:

También éste estaba con Jesús el nazareno. Este es de ellos.

Y le dijeron:

¿No eres tú de sus discípulos?

El negó, y dijo:

No lo soy. Así él negó otra vez. Y poco más tarde, como una hora, estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose. Y otro de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, afirmaba diciendo:

¿No te vi yo en el huerto con él? Verdaderamente también este estaba con él, porque es galileo.

Y los que estaban allí acercándose dijeron a Pedro:

Verdaderamente también tú eres de ellos; porque eres galileo, y tu manera de hablar es semejante a la de ellos. Y tu manera de hablar te descubre.

Entonces él lo negó y comenzó a maldecir, y a jurar, diciendo:

No lo conozco. No conozco a este hombre de quien habláis. No conozco a tal hombre.

Y en seguida, mientras él hablaba todavía, cantó el gallo por segunda vez. Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro. Y Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo dos veces, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, pensando en esto lloraba amargamente.

JESUS ANTE EL CONCILIO

Cuando era de día, venida la mañana, todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo y los escribas, le trajeron al concilio y entraron en consejo contra Jesús, para entregarle a muerte.

Y los principales sacerdotes y los ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte, y no lo hallaron, aunque muchos testigos falsos se presentaban contra él, mas sus testimonios no concordaban.

Pero al fin levantándose dos testigos falsos, dieron contra él falso testimonio y dijeron:

Nosotros le hemos oído decir: Yo derribaré este templo hecho a mano, y en tres días edificaré otro sin mano, y: Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo.

Pero ni aun así concordaban en el testimonio. Y levantándose en medio el sumo sacerdote, le dijo:

¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?

Mas Jesús callaba y nada respondía. Entonces el sumo sacerdote volvió a preguntar y le dijo:

Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios Bendito.

Y les dijo:

Si os lo dijere, no creeréis; y también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis. Pero tú lo has dicho; Yo soy y vosotros decís que lo soy. Además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.

Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:

¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece?

Y todos ellos le condenaron diciendo:

¿Qué más testimonio necesitamos? Porque nosotros mismos lo hemos oído de su boca. ¡Es reo de muerte!

Entonces algunos de ellos le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros vendándole los ojos, le abofeteaban el rostro, diciendo:

Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó.

Y los alguaciles que custodiaban a Jesús se burlaban de él y le daban bofetadas. Y decían otras muchas cosas injuriándole.

JESUS ANTE PILATO POR PRIMERA VEZ

Luego llevaron a Jesús atado de casa de Caifás al pretorio y lo entregaron a Pilato. Era de mañana, y ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse, y así poder comer la pascua. Entonces salió Pilato a ellos, y les dijo:

¿Qué acusación traéis contra este hombre?

Respondieron y le dijeron:

Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado.

Y comenzaron a acusarle, diciendo:

A éste hemos hallado que pervierte a la nación, y que prohibe dar tributo a Cesar, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey.

Y los principales sacerdotes le acusaban mucho. Y siendo acusado por los principales sacerdotes y por los ancianos, nada respondió.

Pilato entonces le dijo:

¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti?

Otra vez le preguntó Pilato, diciendo:

¿Nada respondes? Mira de cuántas cosas te acusan.

Mas Jesús ni aun con eso respondió ni una palabra; de modo que Pilato se maravillaba mucho.

Jesús, pues, estaba en pie delante del gobernador; y éste le preguntó, diciendo:

¿Eres tú el Rey de los judíos?

Y Jesús le dijo:

Tú lo dices.

Y Pilato dijo a los principales sacerdotes, y a la gente:

Ningún delito hallo en este hombre.

Pero ellos porfiaban, diciendo:

Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí.

Entonces les dijo Pilato:

Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra ley.

Y los judíos le dijeron:

A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie; (para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, dando a entender de qué muerte iba a morir).

Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo:

¿Eres tú el Rey de los judíos?

Jesús le respondió:

¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?

Pilato le respondió:

¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?

Respondió Jesús:

Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.

Le dijo entonces Pilato:

¿Luego, eres tú rey?

Respondió Jesús:

Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.

Le dijo Pilato:

¿Qué es la verdad?

Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos, y les dijo:

Yo no hallo en él ningún delito.

Entonces Pilato, oyendo decir, Galilea, preguntó si el hombre era galileo. Y al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que en aquellos días también estaba en Jerusalén.

JESUS ANTE HERODES

Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque hacía tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna señal. Y le hacía muchas preguntas, pero él nada le respondió. Y estaban los principales sacerdotes y los escribas acusándole con gran vehemencia.

Entonces Herodes con sus soldados le menospreció y escarneció, vistiéndole de una ropa espléndida; y volvió a enviarle a Pilato. Y se hicieron amigos Pilato y Herodes aquel día; porque antes estaban enemistados entre sí.

JESUS ANTE PILATO POR SEGUNDA VEZ

Entonces Pilato, convocando a los principales sacerdotes, a los gobernantes, y al pueblo, les dijo:

Me habéis presentado a éste como un hombre que perturba al pueblo; pero habiéndole interrogado yo delante de vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno de aquellos de que le acusáis. Y ni aun Herodes, porque os remití a él; y he aquí, nada digno de muerte ha hecho este hombre. Le soltaré, pues, después de castigarle.

Ahora bien, en el día de la fiesta acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, uno en cada fiesta. Y tenían entonces un preso famoso llamado Barrabás, preso con sus compañeros de motín que habían cometido homicidio en una revuelta. Este había sido pues echado en la cárcel por sedición en la ciudad, y por un homicidio.

JESUS Y BARRABAS

Y viniendo la multitud, comenzó a pedir que hiciese como siempre les había hecho. Reunidos, pues, ellos, les dijo Pilato:

Vosotros tenéis la costumbre de que os suelte uno en la pascua. ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo?. ¿Queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos?

Entonces todos dieron voces de nuevo, diciendo:

No a éste, sino a Barrabás.

Y Barrabás era ladrón. Y estando él, Pilato, sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir:

No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él.

Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron e incitaron para que diese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto.

Pero el gobernador, les dijo:

¿A cuál de los dos queréis que os suelte?

Y ellos dijeron:

A Barrabás.

Respondiendo Pilato, les dijo otra vez:

¿Qué, pues, queréis que haga del que llamáis Rey de los judíos?

Y ellos volvieron a dar voces:

¡Crucifícale!

Pilato les decía:

¿Pues qué mal ha hecho?

Pero ellos gritaban aun más:

¡Crucifícale!. ¡Que sea crucificado!.

Y los judíos le respondieron:

Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios.

Cuando Pilato oyó decir esto, tuvo más miedo. Y entró otra vez en el pretorio, y dijo a Jesús:

¿De dónde eres tú?

Mas Jesús no le dio respuesta. Entonces le dijo Pilato:

¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte?

Respondió Jesús:

Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene.

Desde entonces procuraba Pilato soltarle; pero los judíos daban voces, diciendo:

Si a éste sueltas, no eres amigo de Cesar; todo el que se hace rey, a Cesar se opone.

Entonces Pilato, oyendo esto, llevó fuera a Jesús, y se sentó en el tribunal en el lugar llamado el Enlosado, y en hebreo Gabata. Era la preparación de la pascua, y como la hora sexta. Entonces dijo a los judíos:

¡He aquí vuestro Rey!

Pero ellos gritaron:

¡Fuera, fuera, crucifícale!

Pilato les dijo:

¿A vuestro Rey he de crucificar?

Respondieron los principales sacerdotes:

No tenemos más rey que Cesar.

Les habló otra vez Pilato, queriendo soltar a Jesús; y Pilato les dijo:

¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?

Toda la multitud dio voces a una, diciendo:

¡Sea crucificado! ¡Fuera con este, y suéltanos a Barrabás!

JESUS ES AZOTADO

El les dijo por tercera vez:

¿Pues qué mal ha hecho éste? Ningún delito digno de muerte he hallado en él; le castigaré, pues, y le soltaré.

Así que, tomó Pilato a Jesús, y mando azotarle. Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio, y convocaron a toda la compañía. Y desnudándole, le echaron encima un manto de purpura, y los soldados entretejieron una corona de espinas, y la pusieron sobre su cabeza, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo:

¡Salve, Rey de los judíos!.

Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza, y puestos de rodillas le hacían reverencias.

Entonces Pilato salió otra vez, y les dijo:

Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en él.

Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo:

¡He aquí el hombre!

Cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, dieron grandes voces, pidiendo que fuese crucificado y diciendo:

¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

Y las voces de ellos y de los principales sacerdotes prevalecieron. Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo:

Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros. Tomadle pues vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo delito en él.

Y respondiendo todo el pueblo, dijo:

Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.

Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, sentenció lo que ellos pedían: les soltó a Barrabás aquel que había sido echado en la cárcel por sedición y homicidio, a quien habían pedido; y entonces entregó a Jesús a la voluntad de ellos para que fuese crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y le llevaron.

MUERTE DE JUDAS

Y Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata (el salario de su iniquidad) a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron:

¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!

Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó y cayendo de cabeza, se reventó por la mitad, y todas sus entrañas se derramaron.

Entonces los principales sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron:

No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre.

Y después de consultar, compraron con ellas el campo del alfarero, para sepultura de los extranjeros. Y fue notorio a todos los habitantes de Jerusalén, de tal manera que aquel campo se llama en su propia lengua, Acéldama, que quiere decir, Campo de sangre.

Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo:

Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel; y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor.

LA CRUCIFIXION DE JESUS

Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus propios vestidos, y le llevaron para crucificarle. Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota. Cuando salían, obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz. Y se la pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús. Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo:

Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?

Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos. Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda y Jesús en medio. Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los inicuos.

Era la hora tercera cuando le crucificaron. Escribió también Pilato el título de su causa, que puso sobre su cabeza en la cruz, el cual decía: ESTE ES JESUS NAZARENO, REY DE LOS JUDIOS. Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. Entonces dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos:

No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos.

Respondió Pilato:

Lo que he escrito, he escrito.

Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre sí:

No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será.

Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: “Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes”. Y así lo hicieron los soldados. Y sentados le guardaban allí.

Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, y diciendo:

Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz.

Y el pueblo estaba mirando. Los soldados también le escarnecían, acercándose y presentándole vinagre. De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, se burlaban de él, y decían:

A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. Si es el Cristo, el Rey de Israel, el escogido de Dios, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos en él. Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios.

Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él. Y Jesús decía:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

EL MALHECHOR ARREPENTIDO

Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo:

Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.

Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo:

¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo.

Y dijo a Jesús:

Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.

Entonces Jesús le dijo:

De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.

LOS INSTANTES FINALES

Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre:

Mujer, he ahí tu hijo.

Después dijo al discípulo:

He ahí tu madre.

Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa. Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.

Cerca de la hora novena (Marcos “a la hora novena”), Jesús clamó a gran voz, diciendo:

Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo:

A Elías llama éste.

Pero los otros decían:

Deja, veamos si viene Elías a librarle.

Y corrió uno, y empapando una esponja en vinagre mezclado con hiel (vino mezclado con mirra), y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo:

Dejad, veamos si viene Elías a bajarle.

Pero después de haberlo probado, no quiso beberlo.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese:

Tengo sed.

Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo:

Consumado es.

Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo:

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Y habiendo dicho esto e inclinando la cabeza, entregó el espíritu y expiró.

El sol entonces se oscureció. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos por la mitad y de arriba abajo. La tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.

El centurión que estaba frente a él, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron:

Verdaderamente éste era Hijo de Dios. Verdaderamente este hombre era justo.

Y toda la multitud de los que estaban presentes en este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían golpeándose el pecho.

LA SEPULTURA DE JESUS

Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí. Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él. Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

Pero todos sus conocidos y las mujeres que le habían seguido desde Galilea sirviéndole, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén, estaban allí mirando de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José (madre también de Jesús), la madre de los hijos de Zebedeo y Salomé.

Cuando llegó la noche, porque era la preparación, es decir, la víspera del día de reposo, José, un hombre rico de Arimatea, ciudad de Judea. Este era un varón bueno y justo que también esperaba el reino de Dios, y aunque miembro noble del concilio, no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos, porque era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, vino y entró osadamente a Pilato rogando que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús. Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. E informado por el centurión, dio el cuerpo a José, el cual compró una sábana, y quitándolo -de la cruz-, lo envolvió en la sábana limpia.

También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.

Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto que estaba cerca. Y en el huerto un sepulcro nuevo que estaba cavado en una peña, en el cual aún no había sido puesto ninguno. y lo puso en el sepulcro. Y las mujeres que habían venido con él desde Galilea, siguieron también, y vieron el sepulcro y como fue puesto su cuerpo. Y María Magdalena y María madre de José (y de Jesús) estaban allí sentadas delante del sepulcro, miraban dónde lo ponían. Y José de Arimatea hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue.

Era día de la preparación, y estaba para comenzar el día de reposo. Y vueltas (las mujeres), prepararon especias aromáticas y ungüentos; y descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento.

LA GUARDIA EN LA SEPULTURA

Al día siguiente, que es después de la preparación, se reunieron los principales sacerdotes y los fariseos ante Pilato, diciendo:

Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero.

Y Pilato les dijo:

Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis.

Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.

Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos.

LA RESURRECCION

Cuando pasó el día de reposo, el primer día de la semana, María Magdalena salió muy de mañana, siendo aún oscuro, para el sepulcro. Yendo ella, (vio que la tumba estaba vacía y) entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, que estaban tristes y llorando, y les dijo:

Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos donde le han puesto.

Levantándose Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos junto, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró.

Llegó luego Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. Y cuando miró dentro, vio los lienzos solos. Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó, y se fue a casa maravillándose de lo que había sucedido. Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos. Y volvieron los discípulos a los suyos.

Y María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle, y al amanecer vinieron a ver el sepulcro, trayendo las especies aromáticas que habían preparado, y algunas otras mujeres con ellas. Llegaron al sepulcro ya salido el sol. Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande.

Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les dijeron:

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día. E id pronto y decid a sus discípulos y a Pedro que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis como os dijo.

Y cuando entraron en el sepulcro, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús, pero vieron a un ángel (con apariencia de un hombre) joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron. Mas él les dijo:

No os asustéis; porque yo sé que buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí como dijo; Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.

JESUS SE APARECE A MARIA MAGDALENA

Pero María (que volvió al sepulcro) estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro, y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron:

Mujer, ¿por qué lloras?

Les dijo:

Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.

Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo:

Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?

Ella, pensando que era el hortelano, le dijo:

Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo:

¡María! Volviéndose ella, le dijo:

¡Raboni! (que quiere decir, Maestro).

Jesús le dijo:

No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.

Entonces Jesús dijo:

No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.

Fue entonces María Magdalena, de quien había echado siete demonios, para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas. Y eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, quienes dijeron éstas cosas a los apóstoles.

JESUS SE APARECE A LAS OTRAS MUJERES

Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo:

¡Salve!

Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron. Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo. Entonces ellas se acordaron de sus palabras, y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas a los once, y a todos los demás. Ellos, cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron. Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían.

LOS SACERDOTES QUIEREN OCULTAR LA RESURRECCION

Mientras ellas iban, he aquí unos de la guardia fueron a la ciudad, y dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido. Y reunidos con los ancianos, y habido consejo, dieron mucho dinero a los soldados, diciendo:

Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos. Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos, y os pondremos a salvo.

Y ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había instruido. Este dicho se ha divulgado entre los judíos hasta el día de hoy.

JESUS SE APARECE A DOS DISCIPULOS CAMINO DE EMAUS

Pero después apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino, yendo al campo: He aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén. E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido. Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos. Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen. Y les dijo:

¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes?

Respondiendo uno de ellos, que se llamaba Cleofas, le dijo:

¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no has sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días?

Entonces él les dijo:

¿Qué cosas?

Y ellos le dijeron:

De Jesús nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron. Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido. Aunque también nos han asombrado unas mujeres de entre nosotros, las que antes del día fueron al sepulcro; y como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto visión de ángeles, quienes dijeron que él vive. Y fueron algunos de los nuestros al sepulcro, y hallaron así como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.

Entonces él les dijo:

¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?

Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.

Llegaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que iba más lejos. Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo:

Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado.

Entró, pues, a quedarse con ellos. Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro:

¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?

Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos, que decían:

Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón.

Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo le habían reconocido al partir el pan. Pero ni aun a ellos creyeron.

JESUS APARECE A DIEZ DISCIPULOS EN EL APOSENTO ALTO

Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, en la noche de aquel mismo día, el primero de la semana. Estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, y estando ellos sentados a la mesa, vino Jesús y puesto en medio de ellos, les dijo:

Paz a vosotros.

Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. Pero él les dijo:

¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos?

Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado:

Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.

Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo:

¿Tenéis aquí algo de comer?

Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban.

INSTRUCCIONES APOSTOLICAS

Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo:

Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.

Entonces Jesús les dijo otra vez:

Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío.

Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo:

Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.

Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado. Y les dijo:

Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán. He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

SEGUNDA APARICION DE JESUS EN EL APOSENTO ALTO ESTANDO TOMAS

Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.

JESUS SE APARECE A ONCE DISCIPULOS EN GALILEA: LA PESCA MILAGROSA

Y los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado. Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos junto al mar de Tiberias; y se manifestó de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Dídimo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo. Fueron, y entraron en una barca; y aquella noche no pescaron nada.

Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús. Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No. El les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces. Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque se había despojado de ella), y se echó al mar.

Y los otros discípulos vinieron con la barca, arrastrando la red de peces, pues no distaban de tierra sino como doscientos codos.

Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan. Jesús les dijo: Traed de los peces que acabáis de pescar. Subió Simón Pedro, y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aun siendo tantos, la red no se rompió. Les dijo Jesús: Venid, comed. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres? sabiendo que era el Señor. Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado. Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos.

JESUS RESTITUYE A PEDRO

Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. (Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios). Y dicho esto, añadió: Sígueme.

Volviéndose Pedro, vio que les seguía el discípulo a quien amaba Jesús, el mismo que en la cena se había recostado al lado de él, y le había dicho: Señor, ¿quién es el que te ha de entregar? Cuando Pedro le vio, dijo a Jesús: Señor, ¿y qué de éste? Jesús le dijo: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú.

Este dicho se extendió entonces entre los hermanos, que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero.

ULTIMAS APARICIONES DE JESUS

Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.

Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mi. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días. Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

LA ASCENSION DE JESUS A LOS CIELOS

Y los sacó fuera hasta Betania. Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. Y habiendo dicho estas cosas, alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y viéndolo ello, y fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos, y fue llevado arriba al cielo. Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios.

Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.

Ellos, después de haberle adorado, volvieron a Jerusalén con gran gozo; desde el monte que se llama del Olivar, el cual está cerca de Jerusalén, camino de un día de reposo. Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hermano de Jacobo. Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos. Y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios. Amén.

Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén.

Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre. Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir. Amén.

Compilación bajo el criterio de Pablo Blanco (1994)

Fuente: ForoCristiano.com.




 


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