El desafío: Ser un ciudadano cristiano

Es indudable que en nuestra actual realidad económico-social resulta un verdadero desafío el ser “ciudadanos cristianos”. No es una mera etiqueta que debemos ponernos para que el resto de la población se entere de nuestra condición; es una actitud de compromiso ante Dios para que nuestra fe se vea a través de nuestras obras como está expresado en Santiago 2.14-18.
Lo primero que debemos tener en cuenta es que los cristianos prestamos obediencia a los mandatarios y leyes por causa de la conciencia (Romanos 13:1-8; Tito 3:1). Por lo tanto, es nuestra obligación el cumplir con las leyes y el estar al día con los impuestos y cuentas, sin deber nada a nadie. Esta actitud de obediencia es fundamental para estar a cuenta en nuestra condición de ciudadanos en Cristo.

Ahora bien, sabiendo de nuestro deber de ser obedientes y respetuosos con nuestras autoridades, esto no implica que debamos ser cómplices del gobernante corrupto e insensato. Esto tampoco nos habilita para difamar ni a levantar falso testimonio contra ninguna autoridad, tampoco a tomar actitudes de rebeldía ni violencia contra el gobernante corrompido. Es bueno recordar que nuestra lucha no es contra carne ni sangre y que por lo tanto en ocasiones de enfrentamiento contra injusticias debemos vestirnos de “toda la armadura de Dios”, ceñidos con la verdad, vestidos con la justicia y calzados con el evangelio de la paz (Efesios 6:10-20)

Solo con el Espíritu Santo y la palabra de Dios podemos enfrentar victoriosos a las múltiples iniquidades del mundo de hoy, sabiendo que nuestra victoria no es nuestra por nosotros sino por el poder de Dios. Pero definitivamente enfrentar las injusticias, pues el silencio y la pasividad es transformarnos en cómplices del pecado. Acaso podemos mantenernos pasivos y callados frente al hambre de muchos miles de personas, frente a la desnutrición, desprecio y desatención?

Históricamente está demostrado que ninguna revolución en armas amparadas por cualquier ideología del hombre, ha dejado otro rédito mayor que el un sinnúmero de muertes, y que en tanto jamás han cambiado para solución total un sistema político-social-económico. Al igual que las guerras, estas revoluciones, además de miles de muertes han traído cambios beneficiosos para algunos, y perjuicios para otros. Si estas revoluciones hubieran sido realmente justas, estaría el mundo como está?

Por citar solo algunos ejemplos: la Revolución Francesa destituyó a la monarquía con un alto costo de vidas humanas, pero no solucionó la debacle social y económica de la Francia del siglo XVIII. La Revolución Bolchevique fue proclamada como la gran solución política para el siglo XX y sin embargo no llegó a la centuria de vigencia carcomida por la decadencia y la corrupción. El proclamado triunfo del capitalismo y liberalismo no libró a sus países de los altos índices de indigencia y desigualdades sociales. Por último, la Revolución cubana, que trajo consigo una notable práctica del sentido de la igualdad social y económica, llevó a un país entero a la pobreza generalizada y a generar el tristemente célebre “turismo sexual” con índices alarmantes de prostitución, en muchísimos casos infantil, por necesidad económica de sus habitantes.

Permítame unas preguntas:

1 ¿Conoce entonces algún programa ideológico-político-económico polma ideola: ¿ Conoce entonces algunristemente clibrros. por el poder de Dios.onas, frente a la desnutricioo contra injuscreado por el hombre que sea el paradigma de las naciones justas?

2 ¿Qué será de nosotros si confiamos que nuestra nación se salves por medio de la ayuda del Fondo Monetario Internacional, el Banco mundial, La Comunidad Económica Europea, etc.?

Hay una sola respuesta, y es contundente: “Solo Dios nos salvará ahora y por siempre” (Judíos 1:25)

Mientras tanto, ¿bastará solo con encerrarnos a orar para afrontar los frutos de las injusticias de hoy?, ¿y qué de nuestras obras?

Si bien, no voy a poner en duda el poder de la oración (lejos estoy de ello, por el contrario puedo testimoniar acerca de ese poder) vale destacar que el amor del cristiano de amor en acción, y la acción del cristiano es a través del amor. Simplificando, nuestra fe sin amor no es nada (1 Corintios 13)

Hermanos, hay mucho por hacer: Chicos que mueren de hambre (no solo en Tucumán o en donde los medios de comunicación quieren solo que veamos), hombres y mujeres con sus necesidades elementales insatisfechas. ¡Por el Amor de Dios! Se puede entender el hambre en el país de las vacas y el trigo? Hay un sistema educativo deficitario, lo mismo en el área salud y un sistema político viciado de corrupción. Hay mucho terreno para comprometernos en el nombre de nuestro Señor Jesús.

Hacen falta profesionales cristianos en lugares estratégicos del país. Políticos, jueces, abogados, médicos, docentes y obreros en cada área de nuestra vida cotidiana que sirva de testimonio vivo de la justicia de Dios como único camino a la salvación. Es hora de comprometernos, desde nuestro lugar de trabajo, desde nuestros hogares, desde el núcleo familiar, vecinal y social.

Dios quiere una nación justa, con gobernantes justos, y estos saldrán de un pueblo justo (Deuteronomio 4:5). El llamado de nuestro Señor está hecho, no miremos para otro lado, es a nosotros a quienes nos llama, y espera nuestra respuesta.

El Señor nos compromete a ser ciudadanos cristianos y por lo tanto, testimonio vivo de la gloria y el poder de Dios. Como expresa La Biblia en Mateo 5:14-16, “vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se la ponen dentro de un cajón, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

Por Germán Aguirre




 


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