El Señorío de Cristo en Su Iglesia

“Un nuevo precepto os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: Si tenéis caridad (amor) unos para con otros.”
Juan 13:34,35
“Este es mi precepto, que os améis los unos a los otros como Yo os he amado.” Juan 15:12

“Cuando hubieron comido, dijo Jesús a Simón Pedro:

Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

El le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te amo.

Díjole: Apacienta mis corderos.

Por segunda vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

Pedro le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo.

Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.

Por tercera vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntase: ¿me amas? Y le dijo: Señor, tú sabes todo, tú sabes que te amo.

Díjole Jesús: Apacienta mis ovejas.

En verdad, en verdad te digo: Cuando eras joven, tú te ceñías e ibas a donde querías; cuando envejezcas, extenderás tus manos, y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.

Esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios.

Después añadió: Sígueme.

Se volvió Pedro y vió que seguía detrás el discípulo a quien amaba Jesús, el que en la cena se había recostado en su pecho y le había preguntado:

¿Señor, ¿quién es el que te ha de entregar?

Viéndole, pues Pedro, dijo a Jesús. Señor, y éste, qué?

Jesús le dijo: Si yo quisiera que éste permaneciese hasta que yo venga, ¿a tí qué?

Tú sígueme. Juan 21: 15-22

¿Qué quería oír de Pedro, nuestro Señor, antes de darle la misión de apacentar a Sus ovejas?

¿Le pidió algún requisito especial, en relación con su carácter o personalidad? ¿Le pidió sabiduría, inteligencia o dominio propio?

¿Le hizo un examen para saber cuánto había aprendido durante el tiempo que estuvo con él?

¿Le preguntó algo relacionado con la doctrina, con los mandamientos, con los sacramentos, con todas las verdades que El mismo le enseñó?

¿Esperó o planeó un momento especial ante los ojos de los hombres para pedirle que apacentara sus corderos?

¿Le dio un título jerárquico al encargarle Su rebaño? ¿Le dio un nombre distinto?

¿Le hace un traspaso de autoridad, o de propiedad, quedándose nuestro Señor al margen de la obra que le está encomendando?

¿En algún momento le dice “tus” ovejas?

Cuando le dice “hijo de Juan” ¿No le está recordando su origen? ¿No le está recordando que Pedro es un hijo de hombre, y que Pedro y su misión siempre deberán estar sujetos a El, y que sólo El, es El Señor?

En su primera respuesta Pedro ya no salta impulsivamente como lo hacía antes, sino que le afirma que lo ama.

En su tercera respuesta Pedro se entristece, pues, cree ver en estas reiterativas preguntas un dejo de duda por parte de Jesús, de su amor por El.

Y apela a su Señor, reconociéndolo como Todopoderoso y Señor de todo, para decirle que El todo lo sabe, por lo tanto ya sabe que lo ama.

Y Jesús le hizo ver que de ahí en adelante ya no haría más lo que quisiera, sino que glorificaría a Dios con su muerte.

Jesús le hace ratificar delante de todos, y por tres veces, que lo ama.

Todo lo que tenía Pedro, era amor por Jesús...

Que no quedasen dudas, de qué fue lo que Jesús deseaba oír de Pedro, antes de nombrarlo pastor de Su rebaño.

Y después de toda esta declaración de amor,

Jesús le dice “Sígueme”.

Mientras iban caminando, Juan el discípulo amado por Jesús, iba caminando detrás de ellos.

Pedro se preocupa de él, y le pregunta a Jesús, que qué va a pasar con Juan, a lo que Jesús responde con un “¿a ti qué?”

¿Cuáles serían los pensamientos de Juan?

El tenía la certeza de que su Señor lo amaba...

En silencio, Juan los sigue de cerca...

¿Somos capaces de seguir a Cristo, “en silencio” como Juan, acatando en sumisión lo que El nos muestra hoy, a nosotros, para hacer dentro de Su iglesia, observando sin envidias, sin temores, es más, con alegría y esperanza, las misiones o funciones que El, como Cabeza de Su Iglesia, les da a otros para hacer? ¿ Confiamos en que el Espíritu Santo santifica la iglesia?

Jesucristo, es la Cabeza de Su Iglesia. Y El nos ama a todos por igual y a cada uno de nosotros nos tiene asignada una función que cumplir dentro de Su Cuerpo.

El es quien tiene la Autoridad, el Señorío, El da a través de Su Espíritu Santo a cada uno de nosotros un ministerio, una función, siendo todas importantes para el perfecto funcionamiento del cuerpo, para utilidad de todos, para el crecimiento y transformación de toda Su iglesia en el Cuerpo Glorioso de Cristo.

No era asunto de Pedro, la función o misión que Jesús le encomendaría a Juan...

A Pedro le debía bastar procurar el fiel cumplimiento de su propia misión.

La decisión, la autoridad, el señorío seguirían siendo de Jesús, aunque ya no estuviera físicamente con ellos.

Había promesas por parte de Jesús, que les enviaría el Espíritu Santo y que toda verdad les sería dada, y que El permanecería con ellos hasta la consumación del mundo...

Una cosa era dejarlo a él a cargo del rebaño, y otra quién es el dueño del rebaño...

Una cosa era darle las llaves del Reino de los cielos, para que iniciara la entrada al Reino a todos los que creyeran en Cristo, mediante la predicación del evangelio de salvación, y otra era, quién es el Rey y Autoridad del Reino.

Una cosa es ser parte de Su Cuerpo y otra es quién Es y de quién es El Cuerpo...

El Todopoderoso a cargo de todo. El Rey. El Dueño de la mies.

El Señor de Señores. El Gran Pastor de las ovejas. El Dador de Vida. El que nos rescató, por gracia, de la muerte para vivir eternamente con El y para El.

La devolución del Reino de los Cielos a Su Padre.

Jesucristo requirió de Pedro, amor por El...

¿No nos pide lo mismo a nosotros?

Amor por El, por sobre todo lo demás...

Fuimos comprados a un alto precio, Su muerte en la cruz.

¿Podemos amarlo a El y no amar Su Cuerpo?

Si tan solo nosotros tratásemos de cumplir con la parte que nos corresponde, de amarnos los unos a los otros como El nos amó, pidiéndole a El mismo de ese amor, por sobre todo nuestros intereses, por más puros que parezcan ser, y prejuicios, y reglas y ritos, y verdades, y primacías, y jerarquías...

La iglesia de Cristo, todos nosotros, como miembros inseparables, los unos con los otros, de Su Cuerpo, ya estaríamos demostrando obediencia al mandato que nos dejó Cristo.

Ya estaríamos demostrando al mundo que realmente lo amamos más que los otros. “Y me seréis testigos...”

Ya estaríamos como las cinco vírgenes prudentes, preparados para la llegada del Esposo.

Ya no viviríamos nosotros para nosotros mismos, sino que sería Cristo viviendo en nosotros para cumplir lo solicitado dentro de Su Iglesia..

Ya seríamos Uno con El.

El fundamento siempre ha sido el mismo...Cristo.

Nadie puede poner otro fundamento aparte de Cristo.

Ni aún con las mejores intenciones, pretendiendo tener el conocimiento pleno, la sabiduría, nadie tiene el derecho de poner SU verdad, como fundamento.

Al pensar que tenemos un derecho adquirido a algo, ya estamos pensando en nosotros mismos y nuestras verdades, y nos alejamos del fundamento.

Ponemos “el derecho y nuestra verdad”, sobre el fundamento.

El fundamento es...Cristo mismo. No hay más.

Todo lo que no sea de la doctrina de Cristo será pasado por fuego.

Cristo entregó Su Vida por Su Iglesia.

El fue el que murió en la cruz por nuestros pecados. Él hizo posible con su entrega nuestra paz con Dios Santo.

Y hoy en día el propósito de Cristo es presentarle a Su Padre una Iglesia Santa, Pura y sin arrugas.

¿Qué eres tú y qué soy yo dentro de este propósito?

¿Santificación para Dios? ¿o arruga?

Nosotros somos el cuerpo de Cristo, sus miembros, nosotros formando un todo, unidos unos con otros, debiéramos tener la armonía perfecta del cuerpo humano.

Cada célula, o miembro o parte de nuestro cuerpo, solicita atención, ayuda, coordinación, movimiento de parte de todo el resto para actuar, para crecer, para desarrollarse, para mantenerse con vida individualmente y así formar un solo, perfecto y armonioso cuerpo.

Ninguna parte de nuestro cuerpo puede actuar solo. Cada parte de nuestro cuerpo tiene que funcionar en armonía...

En cada movimiento entran a actuar millones de elementos, y si uno solo de ellos no lo hace en armonía con los demás, produce una reacción negativa, en cadena, una reacción que entorpece la función para la cual cada uno de estos elementos fue creado.

Es en esa armonía, es en esa fuerza vital, trabajando en conjunto, interactuando en completa perfección de respuesta a la necesidad de cada uno de los elementos que componen nuestro cuerpo, donde se ve la perfección de Dios en la creación del hombre.

Y ¿qué pasa con el Cuerpo de Cristo?

¿Con el Cuerpo que debemos conformar todos los que tenemos por fundamento a Cristo?

Pareciera que Cristo tiene un cuerpo deforme, un monstruo, un cuerpo que en sus diferentes partes, llámense brazos, piernas, dedos, codos, palmas, rodillas etc... o iglesias, o denominaciones, se ponen distintos ropajes para verse ante los demás, más bello, como el más poseedor de la verdad, el más auténtico, el más criterioso, el más sabio, el que más conoce a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo, el más antiguo, el de mayor importancia...cualquier cosa...

Cualquier cosa, y resulta un cuerpo disfrazado, distorsionado, desarticulado, dislocado, alejado de lo que Jesús mandó...

Cuando Cristo observa cómo estamos conformando

SU CUERPO...

¿qué ve?

Realmente, estamos entristeciendo Su Espíritu...

Lo tenemos disfrazado de tantos ropajes distintos que nos olvidamos que estamos conformando Su Cuerpo Glorioso.

Nos olvidamos que el Espíritu Santo debe reinar en nuestras vidas, por sobre nuestras creencias y divisiones.

La Santidad de Dios echando fuera el pecado de las doctrinas falsas y de nuestra separación de los unos con los otros...

A veces decimos...”hay que orar por los demás”, lo decimos con un tono suave de voz, pero, escondiendo un espíritu de suficiencia y superioridad...

Hacemos ver que como están tan alejados de nuestra verdad, tenemos que orar por ellos para que enmienden su caminar en el Señor.

Y nos olvidamos de la tremenda viga que tenemos en nuestros ojos, viga que nos impide ver que Satanás disfruta de todos nuestros sentimientos de superioridad, pues, mientras más nos creamos poseedores de toda la verdad, más en menos miraremos a los que no son como nosotros.

Aunque crean en Cristo, aunque hayan recibido a Cristo como su Salvador y Señor, aunque estén en Su Camino...

Aunque ya conozcan a Cristo en una relación personal. Aunque tengamos al mismo Dios, al Único. Aunque glorifiquemos sólo a Dios reconociéndolo como Señor, y Amado por sobre todas las personas y cosas.

Aunque todos obtengamos el poder del mismo Espíritu...

No importa...Seguimos fijando nuestros ojos y pensamientos en las diferencias y seguimos separados con gran regocijo de Satanás...”Divide y reinarás”...

Y nos olvidamos que...todos lo que creemos en El, somos salvos en Cristo...Hijos de Dios...y transformados a Su Imagen por el Espíritu Santo...

Oremos para que el Espíritu Santo nos transforme a todos. ¿O pensamos que a nosotros ya nos transformó y llegamos a la perfección?

Debiéramos respetar hasta la muerte a los demás miembros de Su Cuerpo. A nuestros hermanos en Cristo.

Aunque tengamos no pocos, sino, muchos pensamientos diferentes.

Parece que le damos más importancia a nuestras diferencias que a Cristo mismo.

Parece que la doctrina, la liturgia, los mandamientos, las obras, la jerarquía, todo es más importante que Cristo y nuestra unión en El...

Si Jesús viniera hoy, y nos preguntase...¿qué has hecho por la unión de mi cuerpo? ¿Has respetado y amado a los que creen en mí, aunque piensen distinto que tú?

¿Eres siervo fiel a Mí y

a Mis mandamientos y preceptos?

O, estás obedeciendo más a tradiciones de los hombres

o a doctrinas falsas y mandamientos

que no dejé escritos en Mi Palabra?

Que nos amásemos los unos a los otros como El nos amó...

Si pidiéramos a Jesús, gracia y revelación para darle la importancia que merece...

Si cumpliéramos lo que El mandó...y desechásemos lo que no es de El y Su Evangelio...

La levadura de los fariseos sigue actuando en nuestros días, introduciendo cosas no dichas ni por Dios en el Antiguo Testamento, ni por Jesucristo en el Nuevo Testamento, ni por los evangelistas. El hombre sigue siendo de un orgullo y ceguera tan tremendas como para pensar que el tiene que añadir algo más al Evangelio de Cristo, como si a El, que es la Verdad Misma, se le hubieran pasado de largo las cosas, o se hubiera olvidado decírnosla en Su Palabra.

Hay una orden que ratifica que todo lo enseñado por Jesús, es la Verdad Única y Completa, cuando da la orden que no se le quitará ni se le añadirá ni una j a lo que dicen Las Escrituras.

La base de su Evangelio es el Amor...

Si la iglesia de Cristo, nosotros, y cada uno de los que creemos en Cristo, nos amásemos desde lo más profundo de nuestro amor por Cristo...

El amor nos haría ver las diferencias que hay entre nosotros, con benignidad y no con un espíritu separatista que impide vernos los unos a otros como miembros inseparables de una Iglesia Pura y Santa e Incorruptible...



Nos decimos cristianos y le ponemos el apellido...

¿Cuál es el nuestro? El único apelativo que hay en la Biblia es “hermano”. Hermano en Cristo...Siempre Cristo en el centro. Cristianos, hermanos...

Cualquier apellido que agregamos al nombre de hermanos en Cristo hace perder el fundamento. Cristo. Y junto con el apellido que asumimos, nos hacemos dueños de inventos o tradiciones del hombre, que nos apartan de Su Verdad.

La Verdad no es una doctrina, la Verdad es una Persona, Dios manifestado en Cristo. Todo lo que se aparte de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo,

nos saca del centro.

Nos aparta de Cristo y de lo que nos mandó.

Cristo es el Yo Soy.

El que Es, el que era y el que ha de venir.

Pero, nosotros al salirnos del fundamento, los que decimos que amamos a Dios, los que decimos que creemos en el Espíritu Santo, nos excluimos, nos desechamos, nos peleamos entre nosotros...produciendo gangrena en el Cuerpo de Cristo...

Y entonces...

¿Cómo los que están en el mundo van a creer en La Verdad?

¿Cómo van a creer en Cristo y en la necesidad de pertenecer a Su Cuerpo, si los que lo conocemos, no hacemos lo que El mandó?

Que nos amásemos los unos a los otros como El nos amó.

Si no tenemos Amor entre los que creemos en El...

Si los que son del mundo, ven que los que somos de Cristo, no nos amamos...

¿Cómo van a creer que ESTAMOS en LA VERDAD?

¿Cómo van a creer en Cristo si no demostramos que tenemos el Amor de Cristo EN nosotros?

¿Cómo los del mundo van a creer en el amor de Cristo, si a Cristo que está en nosotros lo tenemos bloqueado con nuestro orgullo del saber?

¿Cómo van a creer que la Iglesia es UNA y la Cabeza es Cristo, si nosotros nos encargamos de demostrarles lo contrario, y dividimos a Cristo cada vez que decimos... “ellos...nosotros...”?

Si otros no tienen la doctrina pura de Cristo, en vez de criticar, ¿no deberíamos nosotros llevarlos mediante el Evangelio de Cristo a la Verdad a través de una personal confrontación Escritural, en Amor?

No nuestra experiencia, sino LA PALABRA.

¿Cómo los del mundo van a creer que Dios Padre es uno, el Único para todos, si nosotros que siempre oramos: “Padre NUESTRO que estás en los cielos...” lo dividimos, como si cada iglesia no formara un todo dentro del Cuerpo de Cristo? Dividimos al Padre y dividimos el Cuerpo...

Sacamos a Cristo como Rey, del Reino de los Cielos que El trajo a nosotros, y ponemos en su lugar, reinando en nuestras vidas, al “derecho de creer que sólo nosotros estamos en la Verdad”:

¿Quién es la Cabeza de TU iglesia?

¿Es de Jesús la frase “Tu” iglesia?

¿Acaso la iglesia no es de Cristo?

La iglesia es CRISTO formándose en nosotros.

La Cabeza es El.

¿Quién reina en tu vida? ¿El Rey de Reyes?

o ¿Tú y tus verdades? ¿Tus autoridades? ¿Tus creencias? ¿Tu conocimiento? ¿Tu confesor? ¿Tus tradiciones? ¿Tu círculo de creyentes? ¿Tus reuniones bíblicas?

¿Tu CELO por TU verdad?

Por muy loable que parezca, nada debe ser tuyo. Todo es de El. Todo para El... EL ES...

Cuando nos haga las preguntas...

“¿Qué hiciste con la parte que te correspondía hacer, de lo que te ordené, de “amaos los unos a los otros como yo os he amado y así sabrán que sois mis discípulos?

¿Desechaste lo mío?

¿Vieron en ti un discípulo obediente y amoroso o declaraste impuro lo que yo purifiqué?”

¿Podremos mirarlo a los ojos? O bajaremos la vista recordando las miles de veces que no amamos a los suyos...

Cuando hablamos el mensaje de salvación a un nuevo creyente en Cristo, ¿Le regamos la semilla de separación del Cuerpo de Cristo que ya trae puesta desde su formación? o peor aún,...

¿Se la plantamos nosotros?

¿Usas tu autoridad, esa autoridad dada por Dios, conocimientos, persuasión, para que el nuevo creyente tenga muy claro que el resto del Cuerpo es impuro y que los que están en otra parte del cuerpo están tan lejos de nuestra verdad?

No te olvides de que tu responsabilidad como líder o como guía es dar a conocer la Doctrina Pura enseñada por Dios, por Su Hijo Jesús y por las Escrituras. Todo lo que se aparte de esa enseñanza, no es Divina sino humana con la terrible consecuencia del juicio de Dios.

¿Qué le vas a responder a la pregunta de El, cuando te diga que porqué enseñaste cosas de hombres ?

Y te preguntará también que ¿qué orgullo te hizo pensar que Tú y los que hacen lo mismo eran más sabios que El y Sus enseñanzas?

Y si tú en vez de en amor no los confrontas a la Luz de las Escrituras para sacarlos de las tinieblas, los rechazas aduciendo cosas como tales...

¿Qué es mejor no mezclarse con “ellos” porque están “contaminados”?

¿Y te pueden poner ideas “distintas” en la cabeza?

Si Cristo nos escuchase hablar en esos momentos...¿nos miraría con agrado?

Somos elementos del cuerpo que producen gangrena.

Que Dios nos haga ver desde Su Santidad el daño que hacemos...Y nos de arrepentimiento...y nos perdone...Y nos de larga vida para enmendar lo malo e impuro de nuestra parte del Cuerpo de Cristo...

El Señor dijo:”Ay del que escandalice a uno de estos pequeños”...En amor llevémolos a través del Espíritu Santo y la Palabra, a la Verdad que Jesús nos dio.

¿Cómo se puede compatibilizar la gangrena con la VIDA de Cristo?

Oremos para que Su Sangre fluya libremente y recorra todo Su Cuerpo limpiándonos, y nutriéndonos y dándonos Su Vida a todos.

Que no seamos gangrena, que impida que Su Sangre llegue a otra parte a dar Su Vida.

¿Acaso creemos que siendo Jesús la cabeza, el Espíritu Santo de El...¿no es capaz de ir transformándonos a cada uno de nosotros, de gloria en gloria, a la semejanza del Hijo de Dios? A los de aquí, a los de allá y a todos los que El elige para llevar al Reino...

¿Creemos que desechando, menospreciando a los otros miembros del cuerpo de Cristo vamos a convencer a alguien del mundo a que nos siga?

¿Cómo pretendemos que nos siga alguno, si nosotros que creemos, y nos proclamamos a nosotros mismos como los únicos que estamos en lo correcto, hacemos lo que nunca hizo Jesús? Aborrecer al prójimo, y todavía hipócritamente, diciendo...”hay que orar por ellos”.

Hay que orar...sí...y mucho...Oremos para que el Espíritu Santo nos dé Su Luz y nos quite la viga de nuestros ojos. Nos ponga colirio y empecemos a buscar desde el fondo del Espíritu Santo que está en nosotros, Su forma de ver la iglesia.

Jesús la ama tanto que dio Su Vida por ella.

¿Somos capaces de darnos cuenta del daño que le hacemos diariamente al Cuerpo de Nuestro Señor, cuando hacemos prevalecer nuestras creencias pero en inoperancia, por sobre el amor que Cristo nos dijo que tuviéramos los unos por los otros?

¿Le damos motivo de regocijo en relación a la unión que nos pidió que tuviéramos los unos por los otros?

¿Amamos a nuestros hermanos cuando los dejamos seguir doctrinas falsas con la inocencia de un niño?

¿Tenemos derecho a callar el evangelio de Cristo?

El rogó al Padre para que fuésemos uno sólo.

¿Creemos acaso que Su Padre le dijo...NO?

Pareciera que creyésemos que le dijo que no, porque hacemos y decimos cosas que reafirman un NO por respuesta, en vez de ayudar, decir, actuar, pensar, orar, leer, amar, confrontar en Amor y poner nuestra voluntad, en beneficio de la unidad de Su Iglesia.

¿Qué sucedería si orando le pedimos al Espíritu Santo, que nos guíe, nos dirija, nos haga callar, nos haga amar, nos haga hablar, nos haga luchar, desde Su propia Santidad y unión con el Padre y con el Hijo, para y por la unidad de su iglesia?

¿Qué sucedería si El, que es Todopoderoso, ve en nosotros un sincero deseo de Unidad En El?

¿Creemos en Su Omnipotencia? ¿Tenemos fe en Cristo?

Tenemos que pensar que Cristo murió por Su Iglesia.

Que Su muerte en la cruz nos declaró justos ante Dios. Cada uno de nosotros, los que creemos en El.

Que Su Iglesia está justificada ante la Santidad de Dios. Morimos al pecado en la cruz con Jesús.

Y resucitamos en el nuevo nacimiento...con Jesús. Y en El, nos renovamos segundo a segundo individualmente y como Cuerpo de Cristo, por el Poder del Espíritu Santo.

Esa es la esperanza a la cual fuimos llamados...

Que Su Iglesia es de El. Y El reina en ella.

Y que El le entregará a Su Padre una iglesia pura y sin mancha ni arruga. Una Iglesia no contaminada con enseñanzas de hombres.

¿Quieres hacer tu parte en el cumplimiento del propósito de Cristo?

¿Quieres que nos ayudemos los unos a los otros, en el Espíritu Santo, a la obra que nos encomendó?

¿Queremos ser gangrena en el cuerpo de Cristo?

¿O que a través nuestro, la sangre de Cristo fluya libremente recorriendo y nutriendo TODO Su Cuerpo?

Que el Espíritu Santo nos ilumine con Su Luz. Que nos saque de estas tinieblas...que nos haga arrepentirnos y que olvide nuestros pecados.

Que ablande nuestro corazón de piedra y nos dé uno de carne para que su cuerpo sea UNO con El.

Que nos haga ver que las separaciones que existen entre las diferentes partes del cuerpo, no ayudan a construir el Cuerpo Glorioso de Cristo, sino que lo destruye e impide el crecimiento.

“Todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.”

El Espíritu Santo nos purificará de doctrinas falsas.

Que nadie ni nada nos quite el escudo de la fe.

Tenemos todo el Poder en el Espíritu Santo.

Su Espíritu Santo aborrece el mal. Pero, en Su Misericordia nos ama a nosotros.

Jesús dijo que permanecería con nosotros hasta la consumación del mundo y que las puertas del infierno no prevalecerían contra Su Iglesia. Su Iglesia y Su Evangelio. Su Iglesia somos todos los que aún estando en denominaciones diferentes, lo tenemos a El como Hijo del Dios Altísimo, Salvador y Redentor, Dios Todopoderoso Señor, Rey de Reyes, La Verdad y La Resurrección y la Vida. Y la Cabeza de Su Iglesia.

El Alfa y la Omega. El Principio y el Fin.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son UNO.

Y la Voluntad de Dios es que seamos Uno con El.

La devolución del Reino de los Cielos al Padre...

Toda la Gloria para El por los siglos de los siglos...

Por: Xaviera Espejo Yoacham




 


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