Si tienes hijos mayores…

Mamita, papito, ya se han ido...

Piensas a lo mejor, que no son responsabilidad tuya...total ya han hechos sus vidas, tienen sus propios caminos...
Puede ser que sus caminos no sean los que tú hubieras querido, o a lo mejor sí, y están bien...

Incluso pueden estar bien casados, o a lo mejor ya están separados, con hijos o sin hijos, o solteros...

Puede ser que sólo quisieron marchar por otros rumbos, buscando quién sabe qué cosas...

Puede ser que sean todo lo que tú soñaste o a lo mejor es motivo de tristeza e inquietud la vida que llevan ahora...

A lo mejor han vuelto a casa, tras haber fracasado en lo que motivó su partida...

No importa, si viven aún contigo o si no viven contigo.

Son mayores, y tienen el sentido de independencia ya arraigado en sus personalidades.

No tiene mayor importancia en cuál es su situación, el hecho es que se han independizado.

La vida ha transcurrido casi sin darte cuenta y ya no son esos niños que llegaban del colegio llenos de risas y alegría, armando alboroto, poniendo la música a full, música moderna que de tanto oír te llega a agradar...casa llena de sol, juventud y llamadas telefónicas.

Ya no hay por qué alegar de las tremendas cuentas de teléfono, ni por tener todas las luces de la casa encendidas, ni tampoco de las interminables duchas, ni de las riesgosas pérdidas de tiempo, pues, podían llegar tarde al colegio o a cualquiera de sus actividades. Ya no hay que preocuparse de cuanta ropa prestan y que nunca vuelve a ocupar tus closets...ni de esas pasadas en grupo por el refrigerador...aún recuerdo las risas y alegre bulla que llegaba desde la cocina a mi dormitorio...

Miles de pensamientos cruzan mi mente; horas del té con olor a pan tostado con mantequilla, huevos revueltos y a veces jamón y palta...gran cantidad de amigos y amigas llegaban a la casa... a veces a almorzar, otras a tomar el té, o a dormir...

¡Qué rico es acordarme de tantas cosas vividas con ellos!

Esos cumpleaños de mi hijo con sus amigos en “hot dogs party” o las tiradas de huevos que hacía con sus amigos del barrio, todavía me acuerdo lo manchado que quedó el suelo, también, ¡cómo olvidar esas reuniones con guitarras, cantos y bailes a lo “Travolta”!, o esas reuniones en mi pieza, todos encima de la cama, conversando y riendo, y entre conversa y conversa, yo tratando de sonsacarles todas sus vivencias...las que querían contar, claro está.

La casa siempre estaba llena de personitas en uniforme... pero, era agradable, me gustaba ver alegres a mis hijos, y quería a esos amigos de ellos... es cálido recordar...

Gracias, Señor, por permitirme esas cosas gratas y evocadoras. No te conocía Señor, pero, me llenaste de bendiciones en mis hijos.

¿Malos ratos? ¡¡millones!!

En el momento pareciera que son sin solución.

¿Preocupaciones? Bastantes, pero, mirando para atrás me doy cuenta que no fueron mayores ni menores que las que tienen todas las mamás del mundo. Algunas más problemáticas y dolorosas en su momento, pero, otras, casi divertidas. Lo que sí sé, es que todo eso se diluye en el tiempo y las alegrías que vivimos.

Tuvimos los típicos problemas generacionales. Problemas por las salidas, los horarios, los temores de las malas compañías, los pololos y las pololas. Como se viven en cualquier casa. Con problemas, con mucho amor, con errores, con peleas, con alzadas de voz, con miradas de ira contenida por no dejarlos hacer lo que querían, con todo.

Hasta el día de hoy me echan en cara el que sus amigos y amigas tuviesen más libertad que ellos. Mi hija, que no la dejaba andar en moto con el pololo. Que a sus amigas las dejaban llegar más tarde...que eso la obligaba a irse a alojar a las contadas casas de amigas donde yo la dejaba, pues, conocía la forma de pensar de esos padres.

¿Te parece mamita, que es similar a lo que estás viviendo tú?

¿Cierto que todos los días hay que agradecerle a Dios por la vida de nuestros hijos?

Sigo.

Pasó cada uno su niñez, su adolescencia y su juventud...y ahora son adultos, maduros, disciplinados sin ser rígidos, (dado mi ejemplo de rigidez, que nunca fue tanta tampoco) serios y a la vez buenos para la chacota, siguen llenos de amigos, algunos aún de esa época...buenos padres, responsables y amorosos...son bendiciones del Señor...están en el Camino...son cristianos...ellos y sus familias... son de Cristo.

¿Y qué pasó con el propósito de vida que Dios me dio para cumplir en ellos? ¿Debe morir uno como mamá cuando se casan? y cuando se independizan, ¿el propósito de Dios en nosotros como madres se acaba?

Tanto te repiten que los hijos cuando se casan forman otro hogar, se van, ya no te puedes meter en sus cosas, no debes inmiscuirte en nada de lo que hacen, no se debe molestar, se debe ser prudente, ¡cuidado que ahí viene la suegra! dicen los chistes...

Además, si cerca tuyo has tenido ejemplos de suegras que son un poco intrusas, te espantas y dices “yo no voy a caer en el mismo error”.

Todas estas cosas quedan tan marcadas en tu espíritu, que empiezas a hacerte a un lado, tanto, que ya no los ves como quisieras, ya no los vives...Tienen sus propias vidas, tienen otro mundo...y es lo natural...y ahogas tus sentimientos de amor que tienes dentro de ti. Y como nosotras también tenemos nuestras propias vidas, tenemos nuestras propias obligaciones, nuestras propias reuniones, nuestros propios amigos y pasatiempos, se hace una brecha que cada día se hace más ancha e insalvable.

Te vas dando cuenta que todo va diluyéndose en el tiempo y en el olvido...

Y caes, casi sin darte cuenta, en un error más grande que el que querías evitar, te marginas de sus vidas.

Duele, empieza a doler cada día más, pareciera que ellos nunca fueron tuyos, tus hijos, tu alegría; ahora pareciera que no te necesitan...pareciera que ese amor que hubo entre nosotros, quedó paralizado en el ayer, como figuras congeladas con los brazos extendidos...inmóviles...estáticas...

Se detuvo el tiempo, se acabó el propósito de vida en nosotros para ellos...

Y tú vas haciendo tu vida sintiendo ese gran vacío...

Al principio no discernía qué era lo que había pasado, y qué era lo que estaba pasando...y aún peor, qué pasaría con ese vacío enorme que estaba sintiendo en mi interior...sabía que algo no estaba bien, pero, no sabía qué era lo que estaba ocurriendo en realidad...

¿Influía en mi propio alejamiento, un sentimiento de culpabilidad por el hecho de que, en momentos determinantes de nuestras vidas, había pensado más en mí, que en ellos y sus sentimientos?

Y clamé a mi Señor, y hasta los cielos llegó mi voz buscando el consejo de mi Dios...

¿Qué pasó Señor?

Si ellos se han alejado, por mi propia culpa, o por lo que sea, ¿cómo voy a ir yo a interrumpir ahora sus vidas?

¿Cómo acostumbrarme a no ser nadie en sus vidas? ¿Qué hago Señor con todo este amor que tengo para ellos? y el de ellos, ¿dónde quedó? Sé que me aman, y mucho. Siempre me han demostrado su amor, pero, ¿qué pasa Señor?

Siempre, aún con todos mis errores y egoísmos, los he amado, y ellos han conocido ese amor...

De momento, dado que los dos estaban casados, y yo trabajando, no nos veíamos tan a menudo, ni como tampoco hablábamos mucho por teléfono, se había enfriado nuestra relación de una manera tal que parecía que nunca habían sido parte de mí.

La inquietud de no vivirlos me estaba carcomiendo el corazón...no sabía de sus fracasos ni de sus victorias, no estaba interiorizada de sus tristezas, a lo mejor, en las noches lloraban solitarios en sus temores. ¡qué ganas de cubrirlos de besos en esos momentos, acunarlos como cuando eran niños, y decirles al oído, “no temas, yo estoy aquí, yo te protegeré de cualquier mal. ¡¡que se atrevan, no más!!

Nadie los va a tocar...nadie los dañará mientras yo viva...”

Desde el interior, mi Señor empezó a aclarar las cosas.

¡Qué distinta es la vida, mi Señor, cuando Tú ya estás dirigiéndonos!

Tú siempre estuviste a cargo de la situación, el que los protegía eras Tú, el que los amparaba eras Tú. Tú diste la vida por ellos, y nada ni nadie los iba a arrebatar del Amor de Dios.

La que tenía el problema era yo. Yo no me había perdonado aún el egoísmo de tiempos pasados. Jesucristo había borrado todos mis pecados, su Sangre me había limpiado íntegramente. En mis hijos no había recriminaciones, pero, en mí, sí. ¡Qué terrible es el peso de la culpa!

Tenía que hablar de esto con ellos.

Tenía que pedirles perdón por el mal que les había causado.

Me quedé tranquila, porque detrás de todas estas meditaciones estaba mi Señor.

No hay problemas que Tú, Victorioso Jesús no puedas solucionar.

El Espíritu Santo me fue sacando de las tinieblas y me fue llevando dulcemente hacia La Verdad, de acuerdo a las maravillosas promesas de Jesús, antes de subir al Padre.

“..y toda verdad os será dada..”

“..el Espíritu de Verdad, os guiará a la verdad completa, y os dirá lo que ha de venir.”

El me había elegido desde antes de la creación del mundo para que fuera la madre de estos hijos, y que aún siendo hoy mayores, seguirían siendo mis hijos. Con todas las bendiciones y responsabilidades que eso conlleva.

El me había dado un rol, un propósito de vida, ser su mamá.

Y Él me usaría siempre como instrumento de El para que yo les diera, en mi papel de madre, del amor de El.

Si en un principio les dí todo el amor natural de madre, y digo natural porque Jesús aún no vivía en mí, ahora, era infinitamente superior el amor que les daría. Era de ese amor incondicional de Jesús, libre, sin barreras. Y lo mejor de todo era que el propósito de Dios en mí, para ellos, nunca terminaría.

Amor, el amor siempre envuelve a los que aman a Jesús.

El lo tiene para todos los que creen en Su Nombre y lo aceptan en sus vidas como Salvador y Rey.

En su Palabra está escrito:

“Ya no soy yo quien vive, mas Cristo vive en mí.”

¡Era amor de El, en mí, para ellos!

Ese propósito de Jesús en mi vida se había cumplido en forma natural cuando nacieron, crecieron, se desarrollaron, se formaron y partieron.

Pero, ahora es distinto. Totalmente distinto. Amor puro, sin contaminación, amor sin sentimientos de culpa.

El Espíritu Santo me reveló que el hecho de de formar sus propios hogares no hace variar el plan de Dios en mi vida como madre....

¡Qué alivio y felicidad!

¡Qué libertad! ¡Poder abrir mis brazos nuevamente, amarlos sin temores de malas interpretaciones, sin sentimientos de culpa por errores pasados y perdonados, sin nada negativo que entorpezca esta entrega.

Él me hizo ver que el amarlos no se contrapone con el hecho de seguir siendo prudente en relación a que ellos son dueños de sus propias vidas.

Gracias a que el Espíritu de la Verdad me había aclarado este asunto que había llegado a ser tan doloroso para mí, ahora soy inmensamente feliz cumpliendo la voluntad de Dios en otra área de mi vida.

Otra verdad revelada es que ellos necesitan tanto de mi amor incondicional de madre como yo de dárselo...¡qué alegría sentí al saber que podía amarlos libremente!

Jesús en Su Amor nos dice:

“Yo he venido al mundo para que tengan vida, y la tengan en abundancia.”

“En el mundo habéis de tener tribulación, mas no temáis porque YO HE VENCIDO al mundo.”

De verdad que Jesucristo es Señor de nuestras vidas.

¡Como va arreglando, cambiando, transformando las vidas de los que creen en El !

¿Crees que me guardé este sentir dentro de mí? ¡Nada de eso! En la primera ocasión hablé con mi nuera y otro día con mi yerno de lo que Dios me había aclarado y de lo feliz que estaba. Les conté a mis hijos también de que se aprontaran porque ya no me iba a amarrar los brazos ni las manos, que los iba a aprovechar, que el propósito de Dios en mí como mamá de ellos no iba a terminar nunca. Que aunque tuvieran 80 años yo les iba a seguir demostrando el mismo amor que les demostraba cuando eran chiquitos. Con esa misma libertad y ternura.

Y les dije que necesitaba conversar con ellos. Estaban de lo más intrigados por saber qué era lo tan misterioso que les tenía que decir, a solas y sin nadie que nos molestara.

Y llegó el día...no sabía como empezar ni lo que iba a decir, pero, de lo que estaba segura era de que mi Jesús tenía toda la situación dominada.

Estábamos de lo más serios, ellos un poco extrañados de tanto secreto.

Cuando empezamos a conversar, mi hijo me dijo: Pero, ¡mamá, por Dios, si han pasado 18 años! Mi hija le dijo, sí, pero, es algo que aún tiene guardado dentro.

Se deshicieron en palabras de consuelo, yo no podía hablar, estaba absolutamente quebrantada.

Mi Jesús, me hizo ver que El los había protegido. Que yo había guardado este sentimiento de culpa, pero, que ellos estaban limpios. No había rencor ni recriminaciones de parte de ellos. Solo amor...todo lo malo que pudo haberlos marcado no existía salvo en mi imaginación. Me sentí tan liberada y feliz. Mis hijos quedaron tranquilos al ver que yo me había liberado de algo que ellos no habían ni sospechado que existiese en mí.

Mamita, ahora podía amarlos libremente y con todo mi corazón. Como cuando eran niños...con esa pureza interior...porque...

¿A quién le llama la atención el ver a una madre acariciando o abrazando o hablando con ternura a su hijo pequeño?

A nadie. Pues, así debe ser siempre...No bajar los brazos cuando se independizan o se casan, o cualquier cosa.

El ser prudente no debe nunca confundirse con el no demostrarles nuestro incondicional amor. El respetar su individualismo no debe confundirse con el dejarlos solos, y por ende también nosotros quedarnos solos.

El dejarlos vivir sus vidas matrimoniales, y de padres solucionando sus propios problemas no se debe confundir con no interesarse por sus vivencias.

Sus corazones tampoco se cierran al amor que siempre recibieron de su madre, ni se cierra tampoco al amor que sintieron, sólo por el hecho de haberse independizado.

Sigue dentro de ellos esa parte de niños que reclama en silencio, a veces, tu atención y amor.

Sus corazones...

Una parte de esos corazones una vez fue llenado por ese amor natural de madre, dado por Dios, pero, natural al fin.

Ahora con Jesús viviendo en mí, esa parte es llenada por la clase de Amor que Jesús da a los que son de El.

Amor que al darlo cumple uno de los propósitos de Dios en mi vida.

Nadie ni nada puede cambiar el propósito de Dios en nuestras vidas.

Dar del amor de Cristo a mis hijos, tengan la edad que tengan y hagan lo que hagan, amor incondicional...

Cristo siempre me usará como instrumento de Su Amor para ellos.

¡¡Gracias, Señor, Dios de nuestras vidas!!

¡¡Gracias, Espíritu Santo, por llevarme a Verdad tan Gloriosa!!

¡¡Amar!! ¡¡Qué maravilloso es Amar!!

Ruego a Dios, mamita, para que te revele Su Verdad.

Su propósito en ti, es que a tus hijos los ames con el amor de El.

Recíbelo en tu vida como Salvador y Rey y El hará morada en Tí.

Viviendo El en tí, podrás cumplir Su voluntad.

“Amaos los unos a los otros, como yo os he amado.”

Jesús te ama, siempre te ha amado y siempre te amará...

Señor Jesús
Gracias por amarme
te necesito
Gracias por morir en la cruz por mí
Perdona mi desobediencia y mi pecado
y dame la fuerza para dejarlo.
Hoy te recibo en mi vida
como mi Salvador y Rey
Lléname con tu Espíritu Santo
y produce un cambio en mí
Ahora te entrego toda mi vida
para que la dirijas y guíes.
Gracias, Señor, por escuchar mi oración...


Por: Xaviera Espejo Yoacham




 


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