Una Mosca en la Nariz

Ahora ya no es una novedad, es una referencia. Un punto de referencia obligado. Porque si bien son dos unidades diferentes y separadas, este trabajo es la necesaria introducción para el segundo libro. Es polémico, confrontativo y denunciante.

Sin pretensiones de llamarlo “Un libro”…

 

 

 

El Ministerio de Enseñanza Bíblica Radial

TIEMPO DE VICTORIA

Presenta:

 

 

Una Mosca

En la

Nariz…

 

 

 

Autor: Espíritu Santo.

Colaboradores: Instrumentos humanos utilizados por el Autor

Escrito por: Néstor Martínez – Rosario – República Argentina

                           (Uno de esos instrumentos)

 

 

A MANERA DE INTRODUCCIÓN

 

Ese es el título: “Una Mosca en la Nariz”…

Perdón: ¿Está seguro hermano?

Sí; ¿Por qué no habría de estarlo?

Es que… Darle ese título a un libro cristiano… en fin…

¿Qué tiene mi título de “anti-cristiano”?

No… Es que es demasiado… chabacano…

¿Ah, sí? ¿Y usted sabe lo que significa tener una mosca en la nariz?

Bueno… Yo no recuerdo haber padecido alguna, pero supongo que debe ser algo fastidioso, molesto, irritante y hasta pasible de producir reacciones feroces.

Exactamente. Usted ha dicho la más precisa de las verdades.

Eso es lo que se experimenta con una mosca en la nariz: fastidio, molestia, irritabilidad y reacciones feroces.

Eso es lo que humildemente he visto a mi alrededor desde que Dios me sacó del cristianismo nominal y me introdujo en el genuino remanente.

De allí que lo que sigue no es un “bet-seller”; ni siquiera es apto para una editorial de prestigio dentro del ambiente cristiano. Es, sencillamente, un detalle de la mayoría de los “vuelos” fastidiosos, molestos e irritantes de una simple mosca, cuyo mayor delito fue el de posarse alguna vez en narices prestigiosas…

 

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1

 

Como Soldado Obediente…

 

…Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo…

 

(2 Timoteo 2: 3)

 

Una noche, orando, Dios me mostró que ahora debía escribir algunas cosas en forma de libro. Pero de un libro a la manera de un creyente genuino. Y que pusiera en él todas mis experiencias y vivencias con Él, pero no para darme vanidosa importancia, sino para que muchos otros que todavía suponen que Dios solamente hace cosas espectaculares, sepan que por esperarlas, pueden estar perdiéndose lo divino.

Con el aditamento que aún mencionando hechos y lugares, no debía hacer alusión alguna a nombres ni organizaciones. ¿Por qué, Señor?, quise saber. En su infinito amor Él me hizo ver que, aquellos hombres y organizaciones que hoy, desde este trabajo, produjeran vergüenza ajena por sus procederes, mañana, podían ser restaurados y aptos para el Reino, y que cuando así fuera, el avergonzado podría ser yo mismo. Amén. Comprendido.

Por momentos, y salvando las distancias obvias, me sentí en la misma “onda” que Juan en Patmos, porque lejos de sentarme en mi ordenador y escribir lo que se me ocurra, tenía que aguardar que el correo del cielo tocara el timbre de la puerta de mi casa, y me trajera el libreto del día; lo que debía poner. ¿Alguna vez has esperado en Dios? ¿Sí? ¿Has visto lo que cuesta? ¡¡Ahhh!!

Construir los estudios que tú lees en cualquier sitio de nuestra página lleva su trabajo, eso es notorio. Pero convengamos que, si bien lleva su tiempo el prepararlos, tipearlos y subirlos a la Web, lo mismo que la construcción permanente de la Palabra del Día o la atención del Blog, esos tiempos son más o menos manejables y ordenables en conjunción con cualquier clase de trabajo secular.

Y yo he cumplido sesenta años, por lo que todavía me quedaban cinco para ponerme a pensar en una jubilación que me permitiera dedicarle más tiempo a todo esto. (En Argentina la jubilación masculina se produce a los 65 años de edad).

De allí que cuando Dios me dijo lo del libro, yo le respondí que sí, que estaba dispuesto si él me daba letra, como siempre antes lo había hecho, pero que mientras tuviera que trabajar secularmente afuera, no iba a tener tiempo material para dedicarle, ya que la atención de todas mis actividades y de la página, me cubría todos los tiempos libres.

El compromiso ya era mío, pero darle solución concreta era suyo. Después de todo somos socios, no es así? Siempre me pregunté por qué causa nos resistimos tanto a interpretar debidamente el significado de ser “colaboradores” de Dios y co-herederos de Cristo. ¡Religiosos!

Entonces Dios puso en el corazón del Gobernador de la Provincia de Santa Fe de mi país,  para la cual yo trabajaba en un área de servicio a la gente, la idea de establecer un régimen de jubilaciones anticipadas con el fin de ahorrar fondos de sus cajas principales y como parte de una llamada “Ley de Emergencia Provincial”.

Como consecuencia de esa ley de Gobierno, me obligaron, - conjuntamente con muchos otros -, a hacer todos los trámites y, finalmente, me jubilaron a los 60 años, cinco antes de lo que me correspondía.

Y sin perder un centavo, ya que una caja compensatoria me abona durante estos cinco años la diferencia entre el haber jubilatorio, que es porcentual al sueldo de activo y el sueldo que los que están en actividad perciben hoy.

No soy rico, no hallé el oro de Egipto, - eso es más que obvio -, pero tengo todo mi tiempo para mi Padre celestial y eso, para mí, es más que oro. Eso me hizo recordar lo dicho en cierta ocasión por un predicador: “Sí tú extiendes el reino, el Padre corre con los gastos”. Otra vez: Amén.

En ese orden, Él cubre todas nuestras necesidades. Yo busco primeramente su reino y su justicia. Es un principio elemental. ¡¡Funciona, hermano!! ¿Valdrá la pena que te aclare que, cuando Él dice necesidades, se trata exactamente de eso y no de deseos o caprichos personales?

Ahora muy bien; ¿Y para que debería yo escribir un libro? Razones, en el mundo, hay por lo menos una decena. Y como la iglesia está copiándole casi todo al mundo, se supone que esas razones, aquí, no deberían ser muy diferentes. Pero ya sabes que no es ese mi caso.

Veamos: Se escribe un libro para venderlo y ganar dinero con ello. No es este el caso porque dudo que alguna vez esto pase por una impresión en tinta y papel, como no sea porque a Dios así le place y pone en el corazón de alguien el deseo de respaldarlo.

En lo concerniente a nuestras organizaciones tradicionales, luego que leas todo el contenido, descubrirás que no habría pastor que firmara como aval para su publicación este asunto,  sin suicidar su prestigio y su futuro ministerial.

El dinero que hoy anda por mis bolsillos, (Cuando anda), es el que me corresponde por esa jubilación comentada. Lo que Dios pone en el corazón de ciertos hermanos y estos lo transforman en ofrenda material, es para cubrir los gastos del ministerio. Pero ellos se mueven cuando Dios los mueve. Yo jamás pedí ni pediré nada. Esa es la orden del Señor para mi vida.

Convengamos que esos gastos no son altísimos, al igual que la ofrenda. Pero Dios es justo y sustenta todo lo que proviene de Él. La miseria no forma parte de un ministerio de Dios. Sí la escasez, en todo caso, pero no la miseria. Si es de Dios, Dios paga todas las deudas.

Ah, y las paga sin que ninguno de nosotros tenga que elaborar un discurso de hora y media para convencer a los hermanitos a que metan las manos en sus bolsillos, hasta que ellos, llorando de quebranto y congoja, lo hacen. Eso no es “ofrenda”, eso es manipulación.

Y en cualquier idioma, manipulación de voluntades ajenas, tiene un nombre específico, se llama Hechicería. No interesa si se lleva a cabo mediante métodos relacionados con el ocultismo o con la dialéctica religiosa. Igual es Hechicería.

También se escribe un libro por niveles sociales de vida. Lo más natural del mundo es que un hombre que ha pasado cierto límite de edad y ha gozado durante toda su vida de sólido prestigio y reconocido status dentro de lo que sea, escribirá un libro de memorias porque el simple hecho de llevar su firma, ya convierte a esas memorias en algo interesante o conveniente, según como se mire.

Tampoco este es el caso. En primer término, porque no he gozado jamás de sólido prestigio ni tampoco reconocimiento del ambiente cristiano por mi trabajo. En segundo término, porque para escribir un libro de memorias, hay que tenerla. Bien lo dijo alguien alguna vez: “La hora de escribir nuestras memorias nos llega exactamente en el tiempo donde la memoria comienza a fallarnos”.

 Y en tercer lugar, porque no he tenido una vida aventurera digna de convertirse en un bet-seller a la hora de plasmarla en letras. ¿Entonces? ¿Por qué debo escribirlo? Vuelvo al principio: porque Dios me ordenó hacerlo. ¿Y para qué? ¡Ah, no lo sé! Ese es asunto de mi Padre, no mío. Él quizás me permita ver los resultados algún día…

La pregunta, entonces sería: ¿Qué debería decir en ese libro; de qué cosas debería hablar? Porque los denominados “autores cristianos” tienen una variada gama de posibilidades, conforme a los usos y costumbres.

Algunos gustan de escribir ficción, pero si me permites, no entiendo la llamada “ficción cristiana”, porque si bien tiene una saludable intención, de antemano te tengo que aclarar que lo que te voy a decir, es mentira. Bien intencionada y hasta con resultados positivos si tú quieres, pero mentira.

 Porque ficción significa eso: hacer pasar por realidad algo que no lo es, y que por consiguiente, aunque nos cueste entenderlo, es una mentira. Basada en hechos reales, pero no reales en lo concreto. Así que ficción no podía ser. Respeto a quienes lo hagan porque no soy quien para establecer normas o doctrinas al respecto, pero disiento y jamás lo haría.

 Tengo serias dudas si Dios realmente le pediría a un hijo suyo que invente algo entretenido con el fin de difundir su Palabra. Más bien, creo que le diría a uno de esos tantos hijos suyos que tienen tremendos testimonios de vida y hasta de muerte, que se siente, los escriba y los cuente. ¿O Dios necesitará novelas para convencer al mundo impío, incrédulo y pecador que lo es?

Otro aspecto muy bienvenido son las biografías, pero de ninguna manera tendría que ver eso con esto. Porque a pesar de que verás algunos pormenores que lo hacen parecerse a una auto-biografía, no lo es por una simple razón:

 Una biografía se escribe para que el lector conozca a un personaje célebre, y aquí el único personaje célebre que habrá es el Señor, fuente genuina de cualquier cosa que haya significado algún trabajo humano en tu vida, representado por el nombre con el cual me agrada mucho definirlo y presentarlo: Espíritu Santo

 Y el Espíritu Santo porque, tal como lo digo en la introducción, es el único autor de todo esto. Y no nombro a Jesucristo porque no es necesario: Él es el dueño de mi vida y lo tiene tan claro que no necesita que yo te convenza a ti para creerlo...

Entonces me queda una especie de entremezclado entre sucesos concretos y cierta enseñanza no clásica destinada a hacerlo de alimento y bendición a cualquier lector. No sé, llámalo como a ti te parezca mejor, la catalogación, en verdad, no me preocupa demasiado.

 Lo que Dios me ordenó (Y espero que me haya salido lo suficientemente cercano a lo que Él quiere), es plasmar en letras tres o cuatro principios básicos del llamado “cristianismo”, y hacerlo con la total y absoluta libertad de estar en Cristo Jesús.

 Sin ningún parámetro asfixiante, dictado por alguna doctrina denominacional estricta y cerrada, y con la libertad de no pertenecer a ningún grupo o sub-grupo puesto en tierra para captar adeptos.

 Porque ese ha sido uno de los errores más graves del cristianismo en los últimos años: puesto en el planeta para llevar el mensaje de salvación, ha cambiado a este por una opción más de las tantas que el mundo secular le ofrece a la gente.

Estoy absolutamente convencido en estos tiempos, que la vieja y tradicional Iglesia Católica Apostólica Romana, en algún momento, fue fiel a una parte de lo que Dios deseaba hacer en la tierra, y así también, luego, sus propios hombres, que no son otra cosa que servidores, aunque ahora se hagan llamar “dignatarios”, comenzaron a incorporarle cosas con la intención – Quiero creer que apuntada al mejor de los objetivos -, de “convencer” a aquellos romanos que desconfiaban de todo ese nuevo mover espiritual.

El resultado de esas incorporaciones, tú ya lo conoces demasiado bien. Fabricaron un enorme y gelatinoso pastiche mezcla de algunas cosas santas y una enorme cantidad de profanas. Inventaron un servicio religioso singular para reemplazar las iniciativas espontáneas porque según dicen, a Dios le gusta mucho el “orden”, y a ese servicio religioso lo dedicaron a un sacrificio cotidiano y repetitivo.

 Se olvidaron que sacrificio ya hubo uno y que jamás nadie más de nosotros tendría necesidad de hacer otro, salvo el de la alabanza. Por eso es que todavía no pueden evitar ser contemplativos y no críticos de los viajes a lugares “santos” y cumplimiento de “promesas” raras.

 ¿Qué fue lo que produjo eso? Simple: el distanciamiento de Dios, suponiendo que haya estado presente en el principio entre esas estructuras romanas. Si no entendemos que sólo lo que nace en Dios y viene de Dios es aceptado luego por Dios, corremos este riesgo:

 Fabricar cosas nuevas para agradar y supuestamente servir mejor a Dios y Él resuelve no sólo no darse por enterado sino, lo que es mucho peor, sacarle su presencia a todo lo que de allí en más nosotros haremos “en su nombre”.

Conclusión: La iglesia romana, hoy, pese a contener en su seno a millones de participantes en sus servicios, no tiene absolutamente nada que ver con el propósito y la voluntad de Dios para este planeta. Eso, al margen de los tantos y tantos católicos sinceros que verdaderamente tienen al Hijo en sus corazones, lo cual los hace propietarios de lo que la Biblia llama La vida.

  Una de las cosas que el Señor me mostró para liberarme de todo legalismo, fue que, - Salvo que Él me lo muestre por alguna razón específica -, jamás estaré capacitado yo para saber quien es salvo y quien no. Sólo Él conoce y ve en el corazón de los hombres. Todo lo demás es manifestación externa y, como tal, no siempre cierta.

Más allá de todo lo histórico que seguramente tú conoces muy bien y por allí mejor que yo, el nacimiento del protestantismo y sus consecuencias, arrancan desde alguna visión que Dios ha puesto en el corazón de algunos hombres sin demasiados carteles.

Hombres que, de improviso, sienten ese valor tan especial que llega desde adentro y que los impulsa a enfrentarse y a confrontar con toda una enorme y monolítica estructura porque tienen la certeza inexplicable que es eso exactamente lo que Dios les ha ordenado que hagan.

 Y así nace – o quizás debería decir “re-nace” -, un cristianismo puro, despojado de toda la parafernalia ritual elaborada en las cocinas del Vaticano sin otras bases que sus propias razones intelectuales que pretenden otorgarle diferentes interpretaciones a una Escritura que jamás fue inspirada para eso.

 A ese cristianismo puro, se lo llamaría en primera instancia protestantismo y luego de varios vericuetos aterrizaría en lo que tú y yo conocemos muy bien: la Iglesia Evangélica mundial. Independientemente de sus denominaciones, de sus culturas, de sus costumbres y de sus interpretaciones estudiadas en seminarios bajo el dictado de la hermenéutica, la Iglesia Evangélica se propuso con muy loable intención, en sus inicios, llevarle a la humanidad la auténtica Palabra de Dios.

Una Palabra conforme a lo que el Espíritu Santo quiso decir realmente cuando instó a tantos hombres y mujeres en los diferentes tiempos a escribir ese compendio que hoy llamamos “santa Biblia”, sin detenernos a pensar que lo que es santo no es la Biblia como libro de tinta y papel, sino el autor principal de lo que allí está escrito: Dios mismo.

Cuando la gente comenzó a aceptar a Jesucristo conforme a las formas y metodologías que cada uno de nosotros conoce muy bien y que forman parte de las rutinas de iniciación de nuestras iglesias evangélicas, lo primero que debió experimentar (Quizás como ataque diabólico intentando evitar esa decisión), fue el clásico temor o sensación de culpa por abandonar lo que hasta ese momento alguien le había hecho creer era la única iglesia donde Dios realmente estaba presente.

Yo estaba convencido de eso y, el día de mi conversión, cuando entendí que Dios no era Católico Apostólico Romano como yo suponía, lo primero que sentí fue indignación por el engaño al cual había estado sometido, lo segundo una enorme alegría por haberlo podido ver y, finalmente, cuando le permití al enemigo influirme, miedo de lo que podía pasarme por haber abandonado mi religión hereditaria y generacional.

Y entré por la puerta de servicio de la Iglesia Evangélica, - en este caso argentina -, que al poco tiempo me demostró con la Biblia en la mano, que Dios realmente era Evangélico, y no cualquier otra cosa. Allí fue donde me sentí orgulloso de que esa iglesia me hubiera admitido.

Mucho me temo mi amado hermano o amigo, que hoy, en pleno siglo veintiuno, ya me di cuenta desde hace un buen rato que Dios tampoco es Evangélico. La luz del entendimiento finalmente tocó mi desvencijado cerebro y me dejó ver con toda nitidez que Dios es Dios, y que no cabe ni puede caber en ninguna de las cajas religiosas que los hombres se han empecinado en meterlo.

Y mucho me temo, también, y es una verdadera pena por tantos y tantos hermanos y siervos sinceros, fieles y esforzados trabajadores, que la iglesia Evangélica ha cometido, con el correr de los años, el mismo error que antes cometió el catolicismo romano, aunque en diferentes áreas.

Porque en este caso no se trató de rituales o vestiduras, pero sí de cierto intento de manejo de los poderes terrenales en base al dinero, agregando, además, a la Palabra divina, una serie de reglas, estatutos, normas y ordenanzas internas que se incorporan como Palabra divina.

,Y todo eso, más que formar un buen cristiano, lo que ha producido mayoritariamente, ha sido una pléyade de tremendos hipócritas disfrazados de siervos fieles, adornados de manera permanente con una sonrisa bondadosa e hileras de blancos dientes cepillados de simulación de santidad.

Esa es mi óptica presente. Y tengo la total convicción que, - Salvo aquellos que ya sea por amistades, cargos, funciones, posiciones, salarios o algunas otras causas comprensibles más, viven de esas iglesias mencionadas -, los creyentes genuinos y no meramente nominales, han visto esto mismo y con la misma intensidad que lo he visto yo.

No soy un súper dotado espiritualmente hablando, y sé perfectamente que cuando digo este tipo de cosas, a muchos fieles hermanos se les caen las lágrimas porque, pese a la dureza de lo que se está diciendo, sienten en su interior que alguien está diciendo en voz alta lo que ellos tenían en sus corazones desde hace mucho tiempo y no podían o no se atrevían a sacar para afuera.

Que sería una cosa si estuviera contado crudamente, con ensañamiento y hasta cierta malignidad, con la intención destructiva de crear enojos y oposiciones, y otra muy diferente como creo que me ha salido: con toda prudencia, mesura, respeto por los errores ajenos que hasta no hace mucho tiempo fueron los propios.

Si no lo hubiera logrado, y por allí se deslizara algo que por discernimiento te huela a resentimiento, rencor o alguna clase de amargura, lo mejor que podrás hacer es orar para que mi Dios me lo haga ver, ya que si hubiera cometido ese pecado, lo habré hecho en la más absoluta y total de las ignorancias.

Pero, esencialmente, esto ha sido hecho con ese amor que solamente Dios puede proveer a quienes tienen el mandato de poner ciertas cosas en sus lugares específicos, sacándolas de los sitios adonde algunos hombres las colocaron porque así les convenía a ellos.

De este modo, las cuatro facetas que te mencionaba al principio, tienen directa relación con lo que Dios ha dicho que es su iglesia y con lo que Dios ha dejado en evidencia que son sus hombres. Con algo que, puesto en el marco global de la Escritura, nos deja a la vista a la otra “iglesia”.

A la iglesia falsa, a la cual yo, (Y no soy el único), llamo Babilonia, luego que el Espíritu Santo me dejara ver que ese nombre estaba muy lejos de representar a aquella vieja ciudad de los jardines colgantes que la historia de la cultura ha rescatado como una de las siete maravillas del mundo.

 La Babilonia del Apocalipsis no es un folleto turístico ni una reseña histórica; es una advertencia directa al pueblo genuino de Dios para evitarle errores y posteriores sofocones. En directa relación con ella, se encuentran los falsos ministros, aquellos que quizás todavía muchos domingos ocupan los púlpitos de muchas de nuestras congregaciones.

Se las ingenian para aparecer en esos sitios, para difundir un discurso cargado de lógica almática o anímica, y humanismo carnal, que termina por fabricar cristianos que en el fondo de sus corazones no creen en Jesucristo y su obra de redención, aunque sí parezcan creer en la iglesia y su tarea cotidiana.

 Obviamente, a continuación de ello, encontrarás a la verdadera iglesia y a los verdaderos hombres de Dios, a partir de lo que Él mismo nos ha dejado escrito, como para que nadie pueda cometer más equivocaciones.

 Pero te lo repito una vez más: es una verdad tan visible, tan observada claramente y hasta tan expresada a gritos por una hermandad a veces indignada, que casi no termina siendo impactante. Cualquiera pensó, alguna vez, esto que ahora estás leyendo con asombro. Tú mismo, tal vez. Solo faltaba la fastidiosa mosca que fuera a posarse en la nariz del fariseo…

Pero no te preocupes: las cosas de Dios no deben ser necesariamente impactantes aunque incluya ese sentimiento; las cosas de Dios son verdaderas, aunque cientos, miles o millones de hombres considerados “importantes” escriban millones de libros diciendo lo contrario.

No te va a costar ningún esfuerzo intelectual leer este trabajo, porque no está sobrecargado de conceptos rebuscados como los tantos que hallamos en cierta literatura considerada “profunda”. A mí no me interesa en lo más mínimo trascender como un autor que no soy.

 Sin embargo, si en algún momento es profundo, será porque Dios lo ha sido antes y nosotros no tenemos otro camino que reiterar su Palabra y sus palabras. Dios no creó el “facilismo” con que media humanidad trata, hoy, de “pasarlo bien”. Y a diferencia de los otros trabajos que puedes encontrar en nuestra página Web, sobre éste sí aceptaré que me escribas y me digas tu opinión.

Porque ella, - Aunque sea en oposición -, me estará delineando con claridad si me has entendido y, lo que es mucho más importante: si has entendido lo que debía comunicarte. Porque esa es la clave de la comunicación, que si quieres, puedes traducir como comunión.

 El agregado de aspectos domésticos, por su parte, ha sido incluido con la intención que conozcas un poco más de mí, pero no para que me admires, ya que habrás de ver que no hay motivos,  sino para que de ese modo puedas acompañarme a darle toda la gloria a Dios.

Porque doy por sentado que, al leerlo, te quedará claramente en evidencia que, de mi parte, hay muy poco en todo esto, aunque precisamente esto, por rara paradoja, pueda haber cambiado, revolucionado y bendecido enormemente tu vida. Y esa es la clave: Sólo cambia una vida lo que emana de Dios; nunca con lo que produzca el hombre desde sí mismo. 

 

 

 

2

 

La Gran Ramera

 

Vino entonces uno de los siete ángeles que tenían las siete copas; y habló conmigo diciéndome: Ven acá, y te mostraré la sentencia contra la gran ramera, la que está sentada sobre muchas aguas…

 

(Apocalipsis 17:1)

 

Pese a haber vivido de lo que escribía durante muchos años en el periodismo gráfico, debo reconocer que no tengo conocimiento en absoluto de las técnicas ortodoxas para escribir un libro. Por lo tanto, no sé con certeza cuales son los parámetros correspondientes para determinar qué se coloca en un primer capítulo, qué va a continuación y con qué se cierra.

Tampoco puedo decirte con certeza si creo que esto a ti te interesa mucho, poco o nada. Lo que sí puedo decirte, - ortodoxias legítimas al margen -, es que de no existir Babilonia, La Gran Ramera, este libro supongo que jamás hubiera sido escrito. Por lo tanto, a ella – y no por buena, precisamente -, debo otorgarle el privilegio de ser quien rompa el fuego conceptual de este trabajo.

La mayoría de los cristianos no demasiado informados (Y recuerda que también se autodenominan como tales muchos que jamás han leído la Biblia) tiene, como toda información sobre Babilonia, la de ser una antigua ciudad portadora de una de las siete maravillas del mundo: los jardines colgantes.

 La franja mejor informada, -en cambio -, que es la que al menos ha tomado contacto con las escrituras alguna vez, sabe que hay dos capítulos en el libro del Apocalipsis que hacen referencia a su degradación y caída.

 La interpretación posterior que se le ha dado a estos textos, ya pasa a ser una simple cuestión de hermenéutica, de conocimiento teológico, de revelación del Espíritu Santo o de enconos sectoriales.

 No le hace. Yo quiero dedicarle este capítulo a La Gan Ramera a partir de lo que de ella dice el Espíritu a través del libro del Apocalipsis, dudosamente llamado “de las Revelaciones”, si es que tenemos en cuenta que no se trata de “revelaciones futuras” de Jesucristo, sino de la revelación, así en singular, de su persona. Si lo dudas, fíjate en la segunda palabra del primer verso. Salvo que en tu Biblia esté en plural…

Curioso destino el de este libro que Juan escribió en su exilio solitario en la deshabitada isla de Patmos, mientras trataba de convencer a sus hermanos de la iglesia que no estaba perdido ni se había ido de nuevo “al mundo” por el simple hecho de no congregarse con ellos.

Trataba que ellos entendieran que lo que Dios le había ordenado era poner en un libro todas las cosas que Él le estaba mostrando. Y que el simple acto de leer este libro, más adelante, y más allá de si se lo entendía o no, ya era motivo suficiente de bendición.

 Juan no sabía que luego la iglesia profesional decidiría que no, que no debería leerse hasta no obtener un doctorado o un master en Teología. Iglesia profesional…en cortarles la bendición a sus hermanos. Recuerda: ¿Nunca te dijo nadie que mejor no leyeras eso, “todavía”?

Este trabajo intentará que tú entiendas el por qué de muchas cosas a las cuales no les hallas un por qué coherente ni razonable. No busques más; no es un asunto intelectual, es un gravísimo problema espiritual. Partiendo desde el verso que sirve de base al capítulo.

(Apocalipsis 17: 1)= Vino entonces uno de los siete ángeles que tenían las siete copas, y habló conmigo diciéndome: Ven acá, y te mostraré la sentencia contra la gran ramera, la que está sentada sobre muchas aguas; (2) con la cual han fornicado los reyes de la tierra, y los moradores de la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación.

¿Qué será lo que representa Babilonia, y cual es el principio de Babilonia? ¿Por qué castiga Dios a Babilonia, y por qué es necesario esperar hasta que Babilonia sea juzgada para que pueda aparecer la esposa del Cordero? ¿Por qué su comportamiento ofende tanto a Dios?

Estas son todas preguntas en apariencia de resolución histórica o teológica. Sin embargo es más que evidente que, si no eres parte activa y a sueldo de ella, tú has visto tanto como yo como para tener todas las respuestas.

El verso 1 habla que Dios mostrará la sentencia contra esa Gran Ramera. Esta sentencia, quiero aclararte, tiene que ver con lo que está escrito en el capítulo 16 del mismo libro del Apocalipsis, entre los versos 17 y 21.

 Allí hay una breve mención a uno de sus fundamentos más singulares. Dice en el verso 19 que la gran ciudad fue dividida en tres partes…, y si no eres achispado para leer, esto se te escapa.

El verso 2 dice que han fornicado con ella los reyes. Y esa palabra, FORNICADO, es la palabra PORNEUO, y podemos compararla con nuestra más conocida “pornográfico” y “pornografía”. Cuando dice “ha fornicado”, está hablando literalmente de tener coito sexual ilícito, de ser infiel, de prostituirse uno a sí mismo.

La palabra, aquí, se emplea metafóricamente, para describir fornicación espiritual, que es como decir abierta y sencillamente: Idolatría. No ocurre solamente con esto. En muchas otras cosas Dios habla de términos que para nosotros significan algo diferente. Por ejemplo: muerte.

Pero si sabes el significado de la palabra que es mandato para todos: Escudriñar, no se te escapará. Y allí sabrás que esas tres partes en las que fue dividida esta ciudad, que es Babilonia, La Gran Ramera, se compone de los tres elementos básicos para cualquier sociedad secular medianamente organizada: Política, Economía y Religión.

 La conclusión es obvia: si estas tres cosas operan dentro de la sociedad incrédula, se sufre pero no hay modo de combatirlas si es que no caes en la propuesta violenta. El problema es muy grave si operan dentro de lo que se pretenda llamar “iglesia”, ya que allí es donde más daño producen. Hay un problema: Babilonia se hace llamar “iglesia”…

(Verso 3)= Y me llevó en el Espíritu al desierto; y vi a una mujer sentada sobre una bestia escarlata llena de nombres de blasfemia, que tenía siete cabezas y diez cuernos.

(4) Y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas, y tenía en la mano un cáliz de oro lleno de abominaciones y de la inmundicia de su fornicación; (5) y en su frente un nombre escrito, un misterio: BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA.

(6) Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús; y cuando la vi, quedé asombrado con gran asombro.

Vamos a empezar a entender de qué estamos hablando. El nombre de “Babilonia” proviene de la palabra “Babel”. El principio encerrado en la historia de la Torre de Babel consiste en tratar de edificar algo que desde la tierra alcance el cielo.

 Dicho de otro modo: Un esfuerzo por parte del hombre por acercarse o llegar a Dios. Dicho en una sola palabra: religión. Lo cual, voy a aceptar, no sería tan malo si no se le hubiese adosado cierto extremismo. La religión forma parte del hombre; la religiosidad, lo degrada.

Cuando los hombres edificaron aquella torre, utilizaron como material fundamental, ladrillos. ¿Tú sabes lo que es un ladrillo? ¿Sabes cual es su conformación? En principio, hay que destacar que existe una enorme diferencia entre el ladrillo y la piedra natural.

 Porque a las piedras, que tú encuentras en cualquier llanura árida de cualquier punto del planeta, las ha hecho Dios. Mientras que a los ladrillos, por mejor ensamblados y construidos que estén, los ha hecho el hombre.

 Leve diferencia en apariencia, pero tremenda y enorme en lo espiritual. Las piedras son una creación de Dios; los ladrillos, un invento del hombre. Y un invento que, curiosa y “casualmente”, se fabrica a partir de la mezcla de paja (Que bíblicamente es algo descartable, basura) y barro cocido, que no es otra cosa que polvo de la tierra mojado, (Bíblicamente la carne del hombre) Tenlo en cuenta en lo sucesivo, por favor.

De esto, solamente, ya tenemos una conclusión más que evidente: Babilonia significa que el hombre intenta a su propia manera edificar una torre que llegue hasta el cielo. Babilonia representa la capacidad humana; representa un falso cristianismo, un cristianismo que no permite al Espíritu Santo ejercer señorío en medio de él. Todo está hecho de ladrillos que los hombres han amasado en barro y paja y luego cocido en hornos.

Es decir que todo depende de la acción del hombre. ¡Pero hermano! – Me dirá un fogoso hombre espiritual -, ¡Cualquiera sabe que sin participación del Espíritu Santo la vida espiritual no existe y es sólo activismo religioso!

 Sí señor; cualquiera lo sabe. Anda y díselo a miles y miles de congregaciones ortodoxas, intelectuales, y otras tantas menos ortodoxas pero emocionales y fíjate como reaccionan. ¡Gloria a Dios si te oyen! ¡Gloria a Dios si no te lapidan!

Estos hombres, obviamente, no conocen sus limitaciones, sino que tratan de hacer la obra de Dios con sus propias capacidades naturales. No adoptan la actitud que realmente poder decirle al Señor: “¡Señor, si tú no nos concedes tu gracia, nosotros no podemos hacer nada!”

 En lugar de eso, ellos creen que para las cosas espirituales son suficientes las capacidades del hombre. Decía un conocido autor en uno de sus libros y a modo de absurdo, que “hay iglesias tan bien organizadas, que si un día Dios se muere, no se dan cuenta…”

 Todos nosotros, en mayor o menor medida, hemos nacido en Babilonia. Sólo que algunos hemos logrado salir de ella y otros siguen viviendo allí. Yo nací en Babilonia. Pero Daniel también recaló en Babilonia con un ingrediente: comía alimento divino.

 En los principios congregacionales reglamentarios de la denominación a la cual pertenecía nuestra última congregación, había varios episodios de expulsiones de personas por la única causa de dedicarse a enseñar sin autorización “superior” y por demasiado tiempo sobre el Espíritu Santo…

Cuando un hombre tiene algún talento y cree que después de estudiar un poco de teología ya puede ponerse a predicar, ¿Qué vendría a ser esto? ¡Ladrillos! Otro que es muy inteligente, recibe un poco de ayuda, adquiere algunos conocimientos, y se hace obrero cristiano. De nuevo te pregunto: ¿Qué crees que es esto? ¡Sí señor! ¡¡Ladrillos!!

Otro puede ser designado y enviado a este o a aquel cargo de importancia eclesiástica, ¿Qué es? ¡¡Ladrillos!! Porque todas estas cosas no son sino el tibio intento por parte del hombre de construir algo en la tierra que llegue hasta el cielo, y esto con las capacidades humanas, con ladrillos.

En el fondo es innata incredulidad. De otro modo, ¿Cómo se entiende que ellos estén convencidos que Dios se agrada de algo que nace, crece y se desarrolla en la carne? Dios – entiéndelo por favor -, jamás aceptará algo que venga de la carne por excelso que parezca ser…

Ya sé lo que estarás pensando y no puedo cambiarlo. ¿Para qué, entonces, seguir construyendo seminarios, institutos y hasta universidades teológicas si para el concepto íntimo del ámbito espiritual todo eso no es más que carne, carne y carne?

Esto es así, no hay vuelta que darle; ¡Hay tanta cosa que no tiene nada que ver con Dios que anda mencionándolo a cada rato! Hay tantas organizaciones esotéricas y metafísicas que lo mencionan. Escucha y entiende: en la iglesia no hay cabida para el hombre.

Entiende bien de lo que estoy hablando. Lo que quiero decirte es que las cosas celestiales sólo pueden venir del cielo; las cosas de esta tierra jamás pueden llegar al cielo. La dificultad del hombre consiste en que no ve que él es simple polvo y barro. Los hombres pueden edificar muy alto, pero con todo, el cielo es mucho más alto que lo más alto del hombre.

Por muy alto que los hombres puedan edificar su torre, no les bastará para poder tocar el cielo. El cielo siempre estuvo y seguirá estando infinitamente por encima del hombre. Y no estoy hablando de geografía…

La lección clave que nos deja lo ocurrido en Babel con aquella torre, es que Dios le habrá mostrado al hombre, una vez más, que en las cosas espirituales y por sí mismo, es decididamente un inútil. Lo peor de todo esto radica en que ese hombre no se ve a sí mismo de ese modo.

Muy por el contrario, - y aquí es donde se presenta la influencia satánica y ahora verás por qué -, el hombre se cree capaz de hacer las mismas cosas que hace Dios sin necesitarlo a Él y, si lo dejan, hasta superarlo. Ya hubo alguien que pensó así en el comienzo de toda esta historia, ¿Recuerdas? No te digo su nombre para no promocionar derrotados…

En el Antiguo Testamento hay un episodio que de alguna manera demuestra y confirma todo esto que estamos diciendo de un modo casi excelente. Cuando el pueblo de Dios entró en la tierra de Canaán, la primera persona de la cual se registra un pecado, se llamaba Acán.

¿Recuerdas a Acán? Ahora bien: ¿Cuál fue el pecado que cometió Acán? ¿Fornicó? ¿Adulteró? Porque parecería ser que para nosotros, solamente esos son “señores” pecados. Mira: tranquilamente puede haber hecho cualquiera de estas cosas también, pero no es de eso de lo que tiene registro la propia Biblia, observa:

(Josué 7: 20)= Y Acán respondió a Josué diciendo: Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel, y así y así he hecho.

(21) Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello.

Ahora te pregunto de nuevo qué cosa es la que el propio Acán consideró como pecado, ¿Lo estás viendo? Exactamente. Un vestido babilónico fue lo que indujo a Acán a cometer el pecado. Aquí es donde tú te preguntas qué es lo que significa “un manto babilónico muy bueno”, ¿Verdad?

Entiende: un buen vestido se lleva puesto, ¿Para que?, Para tener buen aspecto, ¿No es así? Cuando alguien viste un bonito vestido, significa que se adorna para mejorar algo en su apariencia, para darse un aire de distinción.

Cuando Acán codició aquel manto babilónico esto significa que él quiso mejorar alguna cosa, él quiso tener mejor aspecto. Se trata de otorgarle prioridad a la estética externa por encima de la belleza interna.

Este fue el pecado que Acán cometió. Desde allí y hasta aquí, además de haber corrido mucha agua debajo de los puentes, también varias personas han cometido el mismo pecado aunque con diferente aspecto.

¿Tú te crees que ese pecado de Acán quedó allá, en esta historia bíblica del Antiguo Testamento? ¿Realmente te has creído eso? Entonces no has recorrido congregaciones evangélicas – al menos por lo que en persona conozco -, latinoamericanas.

 Ni puedes imaginarte cuantas tienen sobre sí verdaderos y muy poco simbólicos mantos babilónicos con una vista externa realmente preciosa, pero que cuando rascas en su interior comienzas a percibir primero y a ver directamente, después, basura tras basura, corrupción tras corrupción.

 Y hueles, sin necesidad de esforzarte, el fétido aroma de la putrefacción y, lo que es peor, todo en el nombre de un Dios que ni siquiera otorga presencia en esos lugares. Acán no es historia. Acán es presencia activa a lo largo y ancho de todo el planeta pretendiendo representar al Rey de Reyes y Señor de Señores. Babilonia.

Luego, ya en el Nuevo Testamento, ¿Recuerdas quienes fueron los primeros que pecaron apenas comenzó la iglesia? La Biblia nos dice que fueron Ananías y Safira. ¿Cuál es el pecado que ellos cometieron? Ellos mintieron al Espíritu Santo de Dios. No amaban demasiado al Señor, sólo querían ser considerados como quienes le aman mucho. Fingían.

 No estaban dispuestos a darlo todo a Dios de buena gana, pero ante los hombres hacían como si lo hubieran dado todo. Esto es el manto babilónico. Con la máxima honestidad que tengas y venciendo el profundo desagrado íntimo que esto te pueda producir: ¿Crees, de verdad, que no existen modernos Ananías y Safira en lo que hoy llamamos “iglesia”?

El principio básico, desde lo espiritual, de Babilonia es, por tanto, la hipocresía. Se maneja una realidad que no es esa de ninguna manera, pero delante de la gente los hombres hacen como si lo fuera para ser honrados por los hombres.

 No importa si resulta creíble o increíble; así se hace y así se enseña que hay que tomarlo. Las máximas jerarquías eclesiásticas se venden en un cartucho de santidad e infalibilidad que hace poco menos que imposible desmentirlos o confrontarlos.

 Quien no obedece los dictados de la religión, se queda fuera de ella. Y quienes se quedan fuera de las organizaciones religiosas, para todos los demás (Incluidos muchos sinceros y fieles), están perdidos irremediablemente.

Además, está la duda ya escrita por otros: ¿Quién me casará? ¿Quién hablará en mi velatorio? ¿Quién presentará mi niño? ¿Con quienes podré dialogar en un día de campo de un fin de semana? Iglesia = círculo social. No confundir con Koinonía.

Aquí nos encontramos, de paso, con un verdadero y letal peligro para los hijos de Dios: el aparentar ser espirituales. No tienes idea mi amado hermano la cantidad de falsa espiritualidad, que no es verdadera, nacida de falsas apreciaciones que existe dentro de nuestras organizaciones.

Todo es una mera capa de barniz, tal como si fuera una lámina, una chapa forrada. Largas, larguísimas, extensísimas oraciones que no son sino puro disimulo y formas de llenar tiempos y espacios en púlpitos, plataformas, micrófonos radiales y escenas televisivas.

En muchas de esas oraciones podemos observar con tremenda tristeza, que el tono es total y absolutamente artificial. La realidad no es así, pero deja la impresión de que sí lo fuera. Esto es el principio básico de Babilonia.

 Siempre que nos ponemos un manto que no corresponde con el estado real, nos encontramos dentro del principio de Babilonia... Tú no lo harías, pero si estás viendo que lo hacen tus “superiores”… ¿Cómo vas a reaccionar? ¿Los vas a confrontar o harás “prudente” silencio?

Ya lo he dicho en algunos estudios, pero bien vale la pena reiterarlo: fíjate en las oraciones que se hacen para bendecir los alimentos antes de un almuerzo o la cena. Alguien genuino que tiene una vida de oración consecuente con su vida, dirá algo así como: “Gracias Señor por estos alimentos, bendícelos, santifícalos y amén”. No mucho más; no es necesario mucho más.

 Sin embargo, tú como yo, hemos participado de almuerzos o cenas donde la comida se ha enfriado porque aquel a quien invitaron a orar por los alimentos, comenzó a recorrer misiones en distintas partes del planeta orando por cada uno de los misioneros allí destacados y pudimos comer recién una hora después.

 Esto también es hipocresía. Quien ora largo en público, generalmente, en privado ora muy corto o directamente no ora…Además, si has orado esta mañana, si has orado en el mediodía y durante la tarde has estado en comunión con tu Señor, ¿Qué tendrás de nuevo para decirle por tanto tiempo antes de la cena?

Hay muchos, quizás demasiados, hijos de Dios que no saben en absoluto de cuanta falsedad se han vestido para recibir honra de los hombres. ¿Y Dios? Se supone que no existe, porque de pensar que sí existe, toda esta gente que se dice creyente no podría estar viviendo en la mentira en que vive.

 ¿Estarán endemoniados? No necesariamente. Es obvio que Satanás y sus demonios aprovechan todo esto para hacer de las suyas, pero todo esto parte desde la única base humana que no se puede reprender ni liberar: la carnalidad y todos sus intereses particulares.

 Quiero que entiendas, - aunque no dudo que ya lo sabes -, que todo lo que se hace por medio de la falsedad, queda inexorablemente bajo el principio de  la ramera, no bajo el principio de la desposada. Si los hijos de Dios pudieran librarse de querer aparentar algo delante de los hombres, esto sería una cosa formidable.

El principio de Babilonia, en suma, consiste en representar algo para recibir honra de los hombres. Si ponemos nuestros ojos en la honra humana y la posición humana que podamos obtener en la iglesia, nos encontramos en el pecado del manto babilónico, y en el pecado que cometieron Ananías y Safira.

 Toda devoción falsa, - entiende por favor -, es pecado, y toda espiritualidad falsa (Esto es: artificial, declamada), es también pecado. La verdadera adoración se efectúa en espíritu y en verdad. ¿Nunca te has puesto a pensar que si Él debió aclarar que deseaba adoración en espíritu y verdad, era porque ya había visto una imitación en la carne y simulada?

(Apocalipsis 18: 1)= Después de esto vi a otro ángel descender del cielo con gran poder, y la tierra fue alumbrada con su gloria.

(2) Y clamó con voz potente, diciendo: ha caído, ha caído la gran Babilonia, y se ha hecho habitación de demonios y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda y aborrecible.

(3) Porque todas las naciones han bebido del vino del furor de su fornicación; y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido de la potencia de sus deleites.

(4) Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas; (5) porque sus pecados han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades.

(6) Dadle a ella como ella os ha dado, y pagadle doble según sus obras; en el cáliz en que ella preparó bebida, preparadle a ella el doble.

(7) Cuanto ella se ha glorificado y ha vivido en deleites, tanto dadle de tormento y llanto; porque dice en su corazón: Yo estoy sentada como reina, y no soy viuda, y no veré llanto; (8) por lo cual en un solo día vendrán sus plagas; muerte, llanto y hambre, y será quemada con fuego; porque poderoso es Dios el señor, que la juzga.

Nota que en el verso 7 dice: Yo estoy sentada como reina y no soy viuda… ¿Te das cuenta lo que estás leyendo? ¡¡Está sentada como una reina!! Esto significa que ha perdido todos los rasgos que caracterizan a una viuda.

 ¿Entiendes cual es la enorme diferencia? Sigue dando órdenes y decretos como una reina, pero no guarda ni el menor sentimiento ya en cuanto a que Jesús murió y fue crucificado en el madero.

 En lugar de esto, dice: …Yo estoy sentada como una reina…A todas luces vemos que ha perdido la fidelidad; ha errado su propia meta; ha errado el blanco. Esto se traduce AMARTIAS Y esto se traduce como pecado. Esto es el principio de Babilonia, y esto, asimismo, es lo que tenemos que llamar sin falsas vergüenzas, cristianismo corrompido.

Este mismo capítulo nos está mostrando varias otras cosas además de la que hemos mencionado. Nos está mostrando respecto a Babilonia, por ejemplo, cierta vida de lujo que ella tiene tendencia y predilección por llevar.

Atención con esto porque cualquier exageración de esta verdad, automáticamente se transforma en extremismo. Y una verdad no es mala cosa, al contrario, pero una verdad sobreexagerada, sí que lo es. Porque eso ya es tergiversación y el autor de todas las tergiversaciones ya sabemos muy bien quien es.

 Está sentada como una reina. He oído a importantes hombres de Dios decir que es lógico que un hijo de Dios que va a predicar a una nación se hospede en un hotel de cinco estrellas, porque es lo mejor lo que le corresponde a un hijo de Dios.

Perfecto. Total y absolutamente de acuerdo. Pero eso no significa que cuando me inviten de cierto lugar yo ponga como condición ser alojado en un hotel de cinco estrellas. Dios abre esas puertas, no un “cachet profesional”. ¿Se entiende lo que intento decir?

Entiende esto: yo soy un hijo de Dios y debo vivir como tal. Pero eso será posible a partir de lo que Dios mismo provea para tal efecto. De ninguna manera ese principio válido se podrá invalidar con el uso y el abuso de lo que se les saque a otros hijos de Dios como yo por medio de métodos de dudosa santidad…

Con la ciencia, por ejemplo, sucede un hecho muy concreto que en otros tiempos estuvo tergiversado a la inversa. Todo lo que provenía de ella era automáticamente rechazado por la iglesia. Era como una especie de “fobia santa”.

Así sufrieron denostaciones diabólicas entre otras cosas, por ejemplo, los aparatos de radio, que hoy son algunos de los excelentes vehículos que la palabra de Dios ha utilizado para llegar a los últimos confines de la tierra.

También la televisión que todos los días hace grandes méritos como para marginarla, aunque por otras causas que tienen que ver con el buen gusto y el talento, y la última es Internet, la cual todavía es mal mirada en muchos círculos evangélicos.

 Nosotros, - entiéndase -, podemos dar crédito a una parte de los inventos de la ciencia. Hay muchas cosas que nosotros podemos y debemos usar si tenemos necesidad de ellas. De la misma manera que el apóstol Pablo habló de disfrutar (Literalmente, servirse), de este mundo, también es nuestra intención servirnos sencillamente de ellas.

Pero disfrutar de lujo innecesario desde el punto de vista práctico y elemental, es algo completamente diferente. Es el delgado filo de una navaja. Te caes para un lado y eres un retrógrado; te caes para el otro y entras en confusión.

Hay cristianos que por lo general rechazan todo lujo que contribuye al bienestar de la carne. Lo que estoy diciendo aquí no es que no queramos servirnos en absoluto de ciertas cosas, sino que cualquier clase de exceso en esas cosas significa lujo y todo lujo lleva inexorablemente a la vanidad y de ninguna manera representa al Dios en el cual hemos creído.

 Criticamos por ello muy duramente al Vaticano, sede de la Iglesia Católica Apostólica Romana y creo que con justicia, pero no mencionamos ni una palabra de otra clase de lujos, pomposidades y exhibicionismos que a diario podemos observar en nuestras congregaciones.

Inclusive en lo que se nos muestra como evangélico en los planos mundiales, o en ciertos ministerios internacionales y televisivos, por ejemplo. En la ropa, por ejemplo, se ve mucho de todo esto. Vestirse con lo mejor que tenemos para el Señor, es casi mandato. Hacerlo con las mejores marcas aunque ello nos cueste un tremendo esfuerzo, pasa por otro lado.

No estoy hablando de ropa buena, estoy hablando de ropa cara, de marca, innecesaria en los púlpitos a menos que quien las usa pretenda que se lo mire con mayor atención por ello y no por lo que porta en su interior.

Es suficiente con traer inmediatamente a nuestra memoria, las condiciones del ministerio pionero. ¿Quién recuerda que Jesús se haya parado sobre la piedra más alta para que todos lo vieran? Jesús se sentaba, porque a Él le interesaba que lo oyeran, no que lo vieran.

(1 Corintios 7: 31)= …y los que disfrutan de este mundo, como si no lo disfrutasen; porque la apariencia de este mundo se pasa.

Entiende por favor, y no me tomes por un fundamentalista demente que pretende vivir al estilo menonita como si jamás nos hubiéramos ido del siglo dieciocho: la Biblia es la que nos muestra que si vivimos la vida según nuestros propios gustos nos encontraremos bajo el principio de Babilonia.

Y si bien eso nadie puede asegurarte que te mande al infierno, sí se te puede asegurar ya mismo, que Dios no podrá bendecirte como quisiera y como ha prometido. Sencillamente porque, tal cual ya lo has leído, has decidido vestirte un manto babilónico.

 ¿Alguien pondría en duda la sinceridad fiel de esos menonitas? Absolutamente nadie. Pero eso no significa que estén en lo cierto; se puede estar sincera, fiel y hasta honestamente equivocado. Por eso es que Satanás ha conseguido disgregarnos en tantas religiones, credos, denominaciones y doctrinas. Es diablo, es inmundo, es maligno y es corrupto, pero no es tonto.

El principio de Babilonia es mezclar las cosas humanas con la Palabra de Dios, mezclar las cosas de la carne con las del Espíritu. Se pretende hacer pasar algo que viene del hombre como si procediera de Dios.

 ¿De verdad nunca has visto algo así donde quiera que tú te congregues? ¿Solamente a mí me ha sucedido? ¡Que mala suerte la mía! ¿No? Esto significa recibir honra de los hombres sencilla, pura y exclusivamente para satisfacer los deseos de los hombres. Por eso Babilonia es el cristianismo amalgamado y corrompido.

Aquí es donde tú te enloqueces, te desesperas, ves como imposible el poder moverte un milímetro de donde has estado durante años y años y me preguntas: “Está bien, hermano…le entiendo y me identifico totalmente, pero… ¿Qué actitud debo adoptar frente a esto que usted llama Babilonia? Ya hemos leído Apocalipsis 18:4-5, pero si debo reiterarlo, lo reitero.

(Apocalipsis 18: 4)= Y oí otra voz del cielo que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados ni recibáis parte de sus plagas; (5) porque sus pecados han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades.

Te escucho: “¡Está bien, hermano! ¡Yo le entiendo, pero usted mismo ha enseñado que no podemos movernos en base a un solo versículo, que de ninguna manera podemos transformarlo en un ariete que nos haga tomar decisiones.

 Por hacer eso se han pervertido muchas doctrinas santas convirtiéndolas en paganas. Es verdad. Eso mismo es lo que he enseñado y lo que seguiré enseñando. De allí que puedes leer lo que sigue, si quieres, a manera de confirmación paulina.

(2 Corintios 6: 16)= ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.

(17) Por lo cual, salid en medio de ellos, y apartaos, dice el señor. Y no toquéis lo inmundo, y yo os recibiré.

(18) Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.

Esto te está diciendo muy claramente que la Palabra de Dios establece que sus hijos no pueden tomar parte en nada que en sí posea las características de Babilonia. Dios nos dice que debemos salir de toda situación en donde se mezcle el poder del hombre con el poder de Dios; donde se mezclan las capacidades humanas con la obra de Dios; donde se confunden las capacidades del hombre con la obra de Dios.

No podemos tomar parte que contenga rasgos de Babilonia. Hemos de salir de allí. Los hijos de Dios tienen que aprender desde lo profundo de su espíritu a separarse de Babilonia y juzgar todos sus actos. Si ellos hacen esto no serán juzgados (Y condenados) junto con Babilonia.

Muy bien: llevo algunos años cumpliendo con esto. No es ofensivo, ni despreciativo ni resentido llamar a mi última congregación: Babilonia. No tengo nada, ni lo tendré, con su pastor ni con el resto de sus ayudantes.

 Es más: no me caben dudas que en muchos terrenos son buena gente y bien intencionada. Pero son Babilonia, sin dudas, y es mi deber salir de allí como lo hice a fines del año 2000 con esta palabra que hemos leído en Apocalipsis: Salid de ella…

No me opongo a que la gente que concurre a nuestras iglesias se haga “sanidad interior” o como la llaman en otros lugares: “sanidad del alma”. Es una necesidad visible que causa verdaderos estragos en las personas y no las deja vivir un cristianismo real, puro y en paz.

 Pero convengamos algo: eso sucede porque el Espíritu Santo no ha tomado el mando en esas vidas, lo que equivale a decir que todavía están bajo la esclavitud de sus almas o – lo peor – sus cuerpos, porque se sobreentiende que si estamos conjuntamente crucificados, muertos, sepultados y resucitados con Cristo, nuestras almas están en esa condición.

 Y un alma crucificada y muerta jamás necesitaría sanidad. En todo caso necesitaría un sepelio. Y si a eso le sumamos que esa sanidad interior, - se enseña -, es conveniente que sea efectuada por “profesionales expertos” (Psicólogos o Psiquiatras que concurren a una iglesia), creo que el panorama babilónico de la mezcla está completo y cerrado.

Hoy, mayoritariamente, mi trabajo consiste en cumplimentar la otra directiva de Dios: juzgar a Babilonia y mostrarla descarnadamente. Eso, todavía, en el gran ambiente evangélico, se confunde con herejía, con blasfemia, con resentimientos u otras cosas similares.

 Mucha gente está convencida de verdad y sinceramente, que soy un fulano que se volvió loco y empezó a criticar la iglesia, seguramente, porque estoy endemoniado. Esperan con certeza ver como nos apagamos y desaparecemos, y no entenderán jamás que desde que salimos de allí, hemos crecido.

 O tal vez creerán que quise “moverle el piso” al pastor y me echaron y entonces estoy resentido y quiero vengarme. No hay nada para hacer: el que está adentro de Babilonia, está en una especie de estado de estupor y le resulta imposible verla como se la ve desde afuera, ni bien uno se aparta de ella.

No los juzgo, me pasó a mí mucho tiempo antes. No los juzgo, pero es mi deber decirles que, si no la pueden ver a La Gran Ramera tal cual es y no se deciden a salir de ella, cuando ella caiga y sea juzgada y sentenciada, recibirán su parte en el juicio. No es una decisión mía, está escrito desde siempre.

(Apocalipsis 19: 1)= Después de esto oí una gran voz de gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro; (2) porque sus juicios son verdaderos y justos; pues ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos en la mano de ella.

(3) Otra vez dijeron: ¡Aleluya! Y el humo de ella sube por los siglos de los siglos.

(4) Y a los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron en tierra y adoraron a Dios, que estaba sentado en el trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya!

Babilonia tuvo su comienzo con la edificación de la Torre de Babel, y cada día se está haciendo más y más grande. En lo concerniente al mundo evangélico, Babilonia crece, de eso no hay ninguna duda. Pero crece en forma numérica.

Las congregaciones babilónicas, a favor de estupendas técnicas de captación mediáticas, suman miembros a diario y parecerían ser realmente bendecidas por Dios en ese terreno. Sus líderes, en el marco de sus reuniones compartidas, muestran “la bendición de Dios a sus ministerios”, precisamente a partir de ese crecimiento numérico.

 Pero estudia la Biblia con atención: ¿Adonde encuentras que Dios dice que su deseo y su propósito es tener a mucha gente que lo sirva? ¿No dice más bien que lo que desea es tener a gente fuerte, madura, adulta, capaz de extender su reino?

Observa Babilonia. Deja de lado sus cantidades humanas, fíjate en la madurez espiritual de esas masas. ¿La tienen? ¿No? Entonces los ministerios han fracasado, porque cada ministerio ha sido dado para madurar a los santos. Pregunto: ¿Han fracasado o sencillamente no pertenecen a Dios?

Cuando Dios juzgue a la ramera y destruya todas sus obras; (Las de beneficencia inclusive, pese a que gozan socialmente de muy buen predicamento); cuando Él eche fuera todo lo que ella es y el principio espiritual que representa, entonces resonará la voz del cielo diciendo: ¡Aleluya!

 ¿Tú puedes llegar a imaginarte siquiera, sin caer en la tentación de dudar sobre tu propia estatura espiritual, que Dios o sus ángeles puedan exclamar ¡Aleluya! Cuando se caiga una congregación de esas gigantescas, vendedoras de un discurso cotidiano que ha hecho creer a muchos que Dios no sólo está contento con ella sino que incluso ha decidido quedarse a vivir allí y dejar de visitar a las demás?

Fíjate que en todo el ámbito de lo que llamamos el Nuevo Testamento (Y digo que “llamamos” porque el Nuevo Testamento, que es Nuevo Pacto, comienza con la sangre derramada en la cruz, y a esa sangre solo la hallamos en los últimos capítulos de los evangelios, a los que consideramos como parte integrante en su totalidad del Nuevo Testamento), sólo encontramos unos pocos “aleluyas” y ellos precisamente aparecen en este capítulo. Por qué?

 Porque Babilonia, que falsifica, (Lo que equivale a decir que desfigura) la palabra de Cristo, ha sido juzgada. ¿Te das cuenta hasta donde llegan nuestro miedos, y cuanta razón tiene la Palabra cuando te dice que el miedo no es de Dios sino del que tiene el imperio de la muerte y el miedo, y que solamente el amor Ágape es el que puede echar de nosotros todo temor?

Vuelve a leer el pasaje de Apocalipsis 18:2-8 y podrás observar y además comprobar el motivo de la caída y del juicio de Babilonia. Se citan puntillosamente los actos pecaminosos de Babilonia y su juicio queda de manifiesto.

 Todos los que tienen la misma mente de Dios tendrán que decir: ¡Aleluya, pues Dios ha juzgado a Babilonia! Salvo, claro está, los que están dentro de ella o, lo que es mucho más grave aún, trabajan a sueldo para ella…

Y si bien todavía el juicio queda en el futuro, el juicio espiritual tendrá que verificarse hoy mismo. El verdadero juicio será ejecutado por Dios en un día de un tiempo futuro, de acuerdo, pero el juicio espiritual tenemos que practicarlo nosotros hoy. Si hoy los hijos de Dios introducen en la iglesia muchas cosas que no son espirituales, ¿Qué sentimientos se experimentarán allí?

 No son pocos los que habiendo obedecido la voz de Dios han dejado a Babilonia, que aún son atormentados por espíritus de culpa que jamás podrían salir de la mente de Dios. No te preocupes.

 Un ex Católico Romano te asegura que a eso ya lo experimentó antes, y que al igual que ahora, es una influencia diabólica que pretende hacerte cambiar de idea. Y cuidado: en algunos casos lo ha logrado…

Y con un agregado que seguramente va a hacerte pensar muy seriamente. ¿Cómo se comporta el catolicismo romano con aquellos que emigran hacia la iglesia evangélica? Los llama herejes, traidores, mugre. ¿Y como crees tú que se comporta la iglesia evangélica cuando alguien se aleja de ella?

Debemos ser concretos y específicos. ¿Me quieres decir que porque somos todos hijos de Dios y nos amamos los unos a los otros, tanto los que estamos fuera de Babilonia como aquellos que aún permanecen adentro, no vamos a poder decir ¡Aleluya! al juicio de Dios?

 Mira mi amado hermano; vas a tener que reconocer como yo mismo deberé hacerlo, que todo esto no es un asunto de amor, sino de – nada menos -, la gloria de Dios. Recuerda que el principio básico de Babilonia es el de la confusión y la impureza, de allí que se le haya llamado “La Ramera”. Los pocos pero concretos versículos que Dios utiliza para describir a Babilonia nos muestran el terrible aborrecimiento que siente hacia ella.

Entonces, ¿Cómo es la cosa? ¿Yo voy a conmoverme y a amar como quiera que se comporte a una Babilonia disfrazada de iglesia, mientras que mi Dios y Padre la aborrece? No te pido que compartas este trabajo “hormiga” que vengo desarrollando hace años y años, te pido al menos que lo comprendas y no te transformes en opositor de ignorancias. Mira lo que Dios ha dicho…

(Apocalipsis 11: 18)= Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra.

(Apocalipsis 19: 2)= …porque sus juicios son verdaderos y justos, pues ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella.

Queda más que claro que Dios aborrece el principio de Babilonia más que a ninguna otra cosa. Estando en Su presencia tenemos que fijarnos muy bien en esto: Todo lo que sólo es a medias y no es absoluto, se llama Babilonia. No importa con qué nombre los hombres intenten sumarlo o incorporarlo.

 Ni siquiera en el nombre de una democracia que, como sistema de gobierno humano sigue siendo muy respetado, pero que adentro de la iglesia no tiene absolutamente nada que hacer. Porque la democracia sigue sustentándose nada más que en la virtud de los hombres, y los hombres puestos a competir por cargos, funciones y jerarquías, suelen perder su virtud corrompiéndose.

Y conjuntamente con ellos, se corrompe el sistema y todo lo que el sistema toque. ¿Lo entiendes? Por eso, decir que ciertos sistemas religiosos están corruptos, no es ser agresivo, irrespetuoso, blasfemo o innecesariamente cruel; es ser transparente. Y además, es decir una enorme verdad que todos pueden ver aunque callen.

En una ocasión, en un “ataque de furia evangelística”, me puse a discutir bondades y maldades con un Católico Romano practicante acérrimo. Mientras estábamos en el “tsunami” de discusiones por misas, cultos, rosarios, diezmos, estampitas y todo lo que puede aportar una discusión de ese calibre, él de improviso se cansó de mi prédica bien intencionada pero ciento por ciento evangélica, y ¿Sabes lo que me dijo?

Me dijo: “Mira…yo te conozco y sé que eres un buen hombre…pero voy a pedirte un favor: déjame salpicarme con la corrupción Católica a la que conozco desde hace muchos años…no me invites a formar parte de la corrupción Evangélica porque esa es nueva para mí…” Me impactó. Te aseguro que me impactó. Le di un abrazo, le dije “Dios te bendiga”, vi como asomaban lágrimas en sus ojos y me fui. Lección práctica número..?

Necesitamos que Dios nos ilumine. Y no es una frase hecha de circunstancias como tantas veces la hemos oído. Estoy hablando de luz; estoy hablando de revelación. Necesitamos que Dios nos ilumine para que en su luz podamos juzgar todo lo que no es absoluto para con Él. Sólo cuando nos juzguemos de esta manera podremos también decir que aborrecemos el principio de Babilonia.

 ¡Que Dios por su gracia se digne impedir que busquemos cualquier clase de honra o aprobación fuera de Cristo! Lo que el Señor pide de nosotros es que nos gocemos con, y aspiremos a esto: ser una persona absoluta, (Estoy queriendo decir una persona íntegra), y no alguien que vive según el principio de Babilonia.

(Apocalipsis 19: 5)= Y salió del trono una voz que decía: alabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis, así pequeños como grandes.

La palabra SIERVOS que se utiliza aquí es la palabra griega DOULOS. Viene de DEO, que es ATAR. Esto significa que la palabra se refiere a alguien sometido a servidumbre o sujeto a otro; usualmente se le traduce por “esclavo” o “siervo”.

 A menudo, el servicio de que se habla es voluntario, a través del cual una persona ofrece de buena gana obediencia, devoción y lealtad a otra persona, y subordina a ella su voluntad. Se usa para referirse a la institución de la servidumbre y, metafóricamente, para describir a los siervos de Cristo, del pecado, de la corrupción y del mal.

Una de las particularidades tremendas del libro del Apocalipsis son los testimonios desde el cielo. Aquí podemos leer cosas como: …Una gran voz del cielo… y …Salió del trono una voz que decía… Esto son manifestaciones del cielo y dan a entender el tiempo en que Dios habla, el lugar desde donde Dios habla, y aquello sobre lo cual hace su énfasis. Hay motivos fundados para que esta manifestación de Apocalipsis 19:5 tenga un contenido que debemos conocer.

 Por una parte sucede porque la gran ramera ha sido juzgada, y por otra parte porque la mirada está puesta en lo que viene más adelante: las bodas del Cordero. Por este motivo sobreviene una proclamación desde el cielo a fin de que sea ofrecida alabanza a nuestro Dios. Dios ha estado obrando desde la eternidad y ha dedicado mucha energía a su obra con el fin de recibir alabanza.

(Efesios 1: 18)= …alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cual es la esperanza a que él os ha llamado, y cuales las riquezas de la gloria de su herencia en los santos.

Nosotros hemos leído cientos de veces este texto. Se nos ha enseñado en otras tantas y quizás se nos haya predicado el doble. ¿Nunca se te ocurrió preguntarte (Y luego preguntarle a alguien) qué es eso de que el entendimiento tenga ojos? ¿O que es eso de la herencia de Dios en los santos? Somos tan religiosos que hasta creemos entender lo que no entendemos sólo porque está escrito en términos que nos parecen teológicos.

 Escudriñar no es hacer tu “devocional” diario. Y le puse comillas a “devocional” ex profeso. Esa palabra no sólo no es bíblica sino que ni siquiera tiene que ver con nuestra doctrina única y verdadera. Es un invento de hombres para justificarse. Nadie te está diciendo que lo dejes de hacer. Si no haces otra cosa, más vale que sigas con tu devocional. Pero no estamos hablando de eso.

 Escudriñar es repasar una y mil veces lo que no entendemos. De ninguna manera es esperar que venga un predicador conocido a explicarnos su visión de la cosa. Porque en el mejor de los casos, puede en efecto tener una visión, pero será la que Dios le ha dado a él y no necesariamente a cada uno de nosotros. El mandamiento de escudriñar no es para maestros, pastores y predicadores, es para todos los creyentes.

(Apocalipsis 19: 7)= Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado.

¿Qué es lo que se está diciendo aquí? Que las bodas del Cordero han llegado, y que su esposa se ha preparado. Es indefectible y está escrito desde siempre: cuando llegan las bodas del Cordero, la mujer se encuentra preparada. Por favor, ahora mira tu pequeña o gran congregación. Tú la conoces mucho mejor que yo pero mucho menos que Cristo.

 Ahora ponte una mano en el corazón como señal de sinceridad y dime: ¿Tú crees, verdaderamente, que tu congregación es una esposa preparada para las bodas con Jesucristo hoy mismo? Mira; cuando miramos atentamente nos parece imposible que llegue un día en que Cristo pueda presentarse una iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga.

De todos modos, cuando esto sea una realidad, (Y lo va a ser, porque el fracaso del hombre jamás anulará el plan de Dios), no podremos dejar de gritar ¡Aleluya! En tiempo, y no fuera de tiempo y de tono como lo estamos gritando a veces, sólo por cumplir con lo que nos demandan los directores de alabanza, que en los últimos tiempos han tenido que convertirse en verdaderos “porristas cristianos” en procura de avivar el gozo o el júbilo de los hermanos.

 No importa cuanta debilidad haya habido tanto ayer como hoy; lo que Dios resolvió poseer, también lo va a lograr en aquel día. ¡No te olvides de esto! En aquel día la esposa tiene que estar preparada. Por eso nosotros tenemos que darle gloria a él y tenemos que decir ¡Aleluya!. Claro; se está hablando de la futura esposa del Cordero, no de la actual.

Babilonia, hoy, está sumamente confiada. Cree que sus músicas, sus estandartes, sus danzas, sus congresos, sus predicadores, su cada vez más proliferante suma de apóstoles, sus luces y su enorme y multitudinaria asistencia es una garantía perfecta para que Dios acepte finalmente sus ofrendas. Dios sigue diciendo que va a caer. Dios jamás ha hablado de multitudes, Dios ha hablado de remanente santo.

 Dios ha dicho que cuando la cizaña deje de producir sombras de oscuridad, entonces allí recién los justos podrán resplandecer. Dios ha dicho, una vez más, que todo lo que proceda de la carne del hombre, está en permanente enemistad para con Él. El objetivo de Babilonia es – en el mejor de los casos -, loable y hasta muy bien intencionado, pero no es el objetivo de Dios. Y si ella está errando el blanco, ella es AMARTIAS, lo que equivale a decir que ella es: PECADO.

Una acotación final: yo estuve en una. Todos nacimos en alguna. Muchos todavía están allí aunque ya han visto todo esto porque Dios todavía no les ha dado la orden de salir. Otros lo hemos hecho porque así nos fue dicho.

 Y por la Gloria, la Gracia y la Misericordia de Dios no salí ni lastimado ni herido por una sencilla razón que no es la más abundante: entendí que la lucha, en efecto, no es contra carne y sangre…

 

 

3

 

En Silencio, en Humildad y en Orden…

 

…Poneos en orden contra Babilonia alrededor, todos los que entesáis arco; tirad contra ella, no escatiméis las saetas, porque pecó contra Jehová…

 

(Jeremías 50:14)

El último domingo del año 2000, fue el último día en que con mi familia, formamos parte de “la membresía” (Así se le llamaba al grupo de miembros inscriptos) de una congregación evangélica organizada, estructural, denominacional y babilónica.

Curiosamente, no nos retiramos enemistados ni peleados con nadie. Tenía, en lo personal, una notoria resistencia por parte del cuerpo ministerial mayor de la congregación por causa del efecto ingobernable que había significado mi trabajo de maestro en la, en aquellos tiempos, muy valorada Escuela Bíblica Dominical.

Así fue, muy a mi pesar porque jamás lo busqué ni lo construí, en los últimos tres años de los casi doce que ejercí el ministerio magisterial en esa iglesia local, el prestigio de aquellas clases había superado, - en algunos ambientes -, al de los servicios regulares.

Y no digo lo que me parece o lo que pueda haber halagado a mis oídos; digo lo que marcan los números, aunque normalmente, debo reconocerte que no pueda disimular mi antipatía visceral para con ellos.

Entiendo perfectamente el drama íntimo pastoral cuando un domingo por la mañana, por ejemplo, en nuestro salón se habían reunido ciento treinta y dos personas y luego, a continuación, en el culto matinal, en el templo, no había más de ochenta.

Esto significa lisa y llanamente que nada menos que cincuenta y tantas personas habían viajado de remotos puntos de la ciudad no ya para pasar una mañana espiritual con escuela y culto, sino solamente para asistir a nuestras clases y luego regresar a sus casas sin pasar por el templo central, estimando que lo más valioso ya había sido recibido. ¡Gloria a Dios en las alturas! Pero paz a los hombres…hmmm…

Siempre me sentí incómodo por esa predilección incomprensible para mí desde el punto de vista natural, pero con la mayor de las ingenuidades, pensando todavía que verdaderamente todos tirábamos del mismo carro hacia el mismo objetivo, esperaba una conversación con el pastor donde pudiera explicarle desde lo espiritual por qué creía yo que sucedía eso.

Algunos mal intencionados que nunca faltan, deseosos de ser observadores privilegiados de algún escandalete interno, solían decir a viva voz que había “una iglesia adentro de otra iglesia”, aludiendo de ese modo la vida espiritual de nuestra sala en comparación con la del templo.

 Supongo que esto fue minando la paciencia del pastor principal que, pese a ello, jamás me enfrentó ni me confrontó en ninguna faceta de mi trabajo, pese a que de manera indirecta se encargó de hacerme saber que no era persona de sus simpatías efusivas precisamente.

No entiendo estas faltas de transparencia, pero ¿Me crees si te digo que hay seminarios que preparan para actuar así a los futuros pastores? He dialogado con algunos de ellos que me han confesado haber estudiado alguna “materia” preparada para “desarticular” opositores…

Debo aclarar que mientras pertenecí a esa mencionada “membresía” cumplí con el rito de confuso y pretendido contenido bíblico de la sujeción. Jamás hice nada por mi cuenta y no cometí ningún exceso tendiente a socavar su autoridad para elevar la mía. Yo sabía perfectamente que lo que se movía en nuestras clases era el Espíritu Santo y Él jamás te guiaría a un éxito personal.

¿Y qué sucedía en esas clases matinales y domingueras? En realidad, nada fuera de lo común, nada espectacular si lo quieres llamar así. Sólo que había Palabra genuina y no discurso mecanizado por doctrina denominacional.

Jamás me lo pudieron censurar porque, por ser una iglesia que se preciaba de estudiar la Biblia con meticulosidad, ellos sabían muy bien que no estaba apartándome de la palabra de Dios aunque por momentos caminara por la cornisa con relación a la doctrina denominacional. Y mira que me enviaron espías de todos los colores, eh?

Había revelación, una palabra desconocida en ese púlpito. Revelación de Dios que dejaba a mucha gente (maestros incluídos) perplejos y con enormes deseos de seguir y seguir metiéndonos en la Biblia, cosa que no hacíamos porque teníamos un horario prefijado para terminar las clases.

 Yo sabía muy bien la opinión pastoral sobre la revelación: “una peligrosa fantasía que, mal manejada, puede causar enormes daños”. No pongo en duda el concepto, pero disiento totalmente con el principio esgrimido.

Comenzábamos con suma puntualidad a las 09.30 AM y debíamos concluir minutos antes de las 11.00 AM, para que la gente pudiera descender de ese segundo piso hasta la planta baja donde estaba el templo con el fin de participar del culto que debía comenzar a las 11.00 AM.

La historia medianamente comprobada dice que este horario de servicios matutinos vienen desde la época de Lutero; que fue él quien lo implantó. Y las malas lenguas – que no son escasas – aseguran que esa decisión Lutero la tomó por causa de que, como buen alemán, gustaba de tomar cerveza los sábados por la noche y, levantarse antes de modo de poder comenzar en otro horario más temprano, le resultaba etílicamente imposible los domingos.

Demás está decirte que nos costó muchísimo trabajo concluir cada domingo dentro del horario establecido. Lo exprimíamos al máximo porque siempre había tanto hambre que saciar que nos veíamos impotentes para decir “bueno, se terminó, deben ahora ir al templo”.

Asimismo, era la época de la década del noventa, en que Argentina fue sacudida por un par de ministerios que también sacudieron mi vida como luego habré de relatarte. Era época de unción, de movimiento del Espíritu dentro y fuera de los templos y de presencia de Dios sin permisos oficiales.

No era extraño, entonces, que además de gozarnos hasta la ovación con revelaciones de la palabra que jamás se nos hubieran podido ocurrir, también fuéramos protagonistas conscientes o inconscientes de sacudidas virtuales y materiales dentro de nuestra sala.

En más de una mañana y en el marco de la explicación de algún texto o la pausada lectura de otro todavía oscuro en cuanto a luz reveladora, nos poníamos a orar y de improviso: ¡Paf! Alguien se iba al suelo sin causa material alguna y comenzaba; o bien a llorar, o a reírse o simplemente a temblar y hablar en lenguas, aún en contra de las enseñanzas denominacionales.

Porque en esa congregación se enseñaba, formalmente, que el don de lenguas era un don de Dios, en efecto, pero se sostenía que también la Palabra decía que “si no había quien interpretara, mejor callar en la iglesia”.

Entonces no se incentivaba a orar en lenguas. Un día se me ocurrió preguntar como, si no permitíamos hablar en lenguas, podríamos saber si había alguien capaz de interpretarlas. Toda la respuesta que tuve fue un silencio malhumorado, acompañado de cejas muy juntas y miradas amenazantes.

Ya sé que a muchos no le estoy relatando nada que no hayan visto o conocido, pero resulta ser que en esa iglesia, esas cosas no ocurrían. Las veíamos por la pantalla gigante que reflejaba videos de Benny Hinn, Claudio Freidzon u otros.

 Pero no era algo que sucediera en ese templo. Era como que para ver señales y milagros, lo primero que debíamos hacer, era obtener un pasaporte que nos permitiera viajar al exterior. Ciertas cosas en un video resultaban muy lógicas, pero a la hora de vivirlas en el templo…

Y que todo eso estuviera ocurriendo en un modesto salón de la Escuela Bíblica y sin presencia ni permiso del pastor, era algo inconcebible desde el punto de vista “gerencial” de manejo eclesiástico. La idea general de los más altos rangos, era que yo estaba demostrando a la gente que tenía más poder que el pastor…

¡Ilusos! ¡Jamás podría explicárseles que el poder era del Espíritu Santo y, que tanto el pastor como yo, por nosotros mismos, no teníamos siquiera el poder de ser mejores un día sobre el otro. ¿O habría gente que realmente creía que el poder de Dios solamente podía derramarse sobre quienes tuviera  una credencial de pastor para mostrar?

¿Cómo haría para explicarles que yo no estaba haciendo absolutamente nada y que no tenía otra responsabilidad que orar para que ocurrieran cosas que en la planta baja no sucedían aunque oraran a coro? ¿Qué culpa tenía yo si la gente parecía haberse puesto de acuerdo para arrojarse al piso sólo en mi sala?

De todos modos, no hubo explicación válida ni convincente. Esos hechos fueron muy mal vistos y – supongo, porque nadie vino a decírmelo rostro a rostro -, el concepto de mi como ministro debe haber sufrido una enorme declinación.

Nunca había sido uno de los invitados a la mesa del pastor, pero ahora era indudable que ya podía descartarlo para siempre. Solíamos sugerir, - a la manera de Jesús -, que callaran lo visto y que solamente dieran gracias a Dios. Pero una cosa es la sobriedad y otra algunos cristianos…

Poco a poco pude observar como se iban armando “cursillos”, “comisiones” u otros estudios “especiales” con el único fin de ir sacando gente de nuestra clase. No interesaba con qué motivos ni fundamentos, pero había que disminuir nuestra asistencia, al menos, a una cantidad similar a la que concurriera al templo. No creo que haya sido idea pastoral; pero siempre hay obsecuentes dispuestos a echarle gasolina al pequeño fuego.

Jamás me preocupó eso. Mi tarea asignada era enseñar mucho de lo que hoy tú hallas en nuestra página y así lo hice. Hubiera doscientas personas, cien, cincuenta, diez o tres. No me interesaba la “claque” de un público numeroso, me preocupaba mucho más que los que estaban, entendieran, les fueran abiertos sus ojos.

 Y que más adelante lo pusieran por obra, claro… Lo primero parecería haberse conseguido; lo segundo ya en menor cantidad y lo tercero, los dedos de una sola mano me alcanzan para contabilizarlos. ¿Fracaso o Remanente?

No hay duda; cuando tú accedes a este tipo de mensaje, cualquier otra cosa que se te entregue después, parece nada. Una vez que has tomado contacto con la Palabra genuina del evangelio sin adulteraciones denominacionales, los mejores sermones son apenas discursos baratos. Me ocurrió a mí en primera instancia, les sucedió a muchos posteriormente. Fui sorprendido e impactado receptor primero, me tocó ser mensajero después. Hoy te toca a ti…

La gente, mayoritariamente, llegaba a duras penas a la hora de comienzo del culto matutino, pero no los maestros. Éramos casi perseguidos por decenas de hermanos con diferentes necesidades que se empecinaban en dejar de lado la consejería pastoral o la organizada por el Ministerio de Aconsejamiento de la iglesia y nos obligaban a quedarnos después del cierre para tratar con ellos.

Esto, obviamente, también nos granjeó la antipatía de los que trabajaban en estos ministerios. ¿Cómo podía ser que si para ser consejero había que asistir un año a un curso de formación donde abundaban los conceptos de Psicología, para recién ser designado para atender algún caso sin mayores inconvenientes, mientras que un anónimo maestrito sin experiencia ni formación alguna parecía dar solución a los problemas en quince o veinte minutos? Primero: Información sobredimensionada y exagerada. Segundo:  De la existencia del Espíritu Santo, ni enterados…

Creo que tenían toda la razón del mundo desde el ángulo de lo organizacional. Sin proponérmelo, obviamente, estaba pateando un tablero en el cual jugaba demasiada gente y tenía otro tipo de intereses creados, otro tanto.

 Pese a ello, yo seguía sin ser culpable de simplemente dejarme llevar en los brazos del Espíritu Santo. No era culpable, pero era protagonista. Espiritualmente no había delito, pero organizacionalmente sí lo había. ¡Que contradicción!

El caso es que por espacio de tres años, las cosas siguieron sin cambios. Sabía que detrás de bambalinas había movimientos tendientes a socavar lo que estábamos haciendo, pero frontalmente todas eran sonrisas y abrazos. Bien evangélico…

Pasado ese lapso, pese a no decaer en riqueza con relación a la enseñanza y a la Palabra enseñada, comenzó a decaer misteriosamente la asistencia a nuestra sala. Finalmente se habían abierto innumerables cursos para capacitar gente para innumerables tareas que, dicho sea de paso, en su mayoría, nunca llegaron a efectivizarse. Y esos hermanos venían a  explicarnos que tenían que dejar de venir porque deseaban servir y entonces elegían capacitarse. Perfecto.

En esa misma época, en el templo el pastor había implementado la innovación (¡Toda una novedad denominacional!) de llamar a la gente al frente para orar por sus necesidades. Para esa labor contaba con la asistencia de un determinado grupo de hermanos que compartían el ministerio pastoral, a los que semanalmente y de manera espontánea les agregaba otros sin cargos o funciones definidas.

En una ocasión y en el marco de la visita de un predicador itinerante, a la hora de pasar la gente al frente, el pastor me convocó a mí por primera vez. Nunca lo había hecho antes y no sé por qué razón lo hizo esa noche. Lo que sí sé es que la gente formaba largas filas para recibir oración de la visita y del pastor principal, mientras que nosotros teníamos dos o tres personas cada uno, a lo sumo.

Quedé frente a frente con un matrimonio mayor. Me miraron de manera impersonal y cerraron ordenadamente sus ojos esperando mi oración. Pero resulta ser que en lugar de orar, a mí se me ocurrió (¿?) comenzar a hablar de la vida de la mujer, tal como si estuviera dando palabra de conocimiento, y la mujer comenzó a llorar porque, dijo, todo lo que yo le decía era exactamente así y nadie lo sabía sólo ella.

Cuando la vi llorar, me conmoví. El esposo la abrazó y lloró con ella. En realidad llorábamos los tres. Entonces, sentí compasión por ellos y la tremenda necesidad de hacer lo posible para que Dios les diera más de sí mismo, y allí comencé a orar e hice lo que nunca antes había hecho porque sólo lo había visto por videos: impuse mis manos sobre sus cabezas. En cinco segundos los dos estaban tirados en el suelo cuan largos eran. Toda una novedad para las paredes ortodoxas de ese ortodoxo templo de esa no menos ortodoxa denominación.

Allí aprendí que así como existe el “cholulismo” secular (No sé como le llamas tú a esa manía de la gente de pedir autógrafos a los famosos o caminar detrás de los que tienen un poquitín más de fama que tú), también existía el “cholulismo” cristiano, porque el simple hecho de irse al piso de ese matrimonio, hizo que de manera inmediata las dos largas filas de personas que esperaban recibir oración del visitante y el pastor se disgregara y aparecieran sumados frente a mí. (…)

Me invadió un miedo atroz. Presta atención a lo que te digo: no hablo de temor santo ni reverencial por estar ocupando el frente de tamaña congregación, hablo de miedo, de julepe o como quiera que se llame a esa horrible sensación en tu tierra. No obstante, entendí que se acostumbrara o no, yo tenía que seguir orando por la gente con total y amplia libertad.

Mira; salvo un par de excepciones de esas que siempre hay, así como la fila se iba deteniendo frente a mí, a la segunda palabra de mi oración se desplomaba. Eso era una novedad. Debería haber sido motivo de glorificación a Dios, pero no lo fue.

 Para mi trabajo de “orador”, fue una especie de debut y despedida. Nunca más fui invitado a pasar al frente, y sólo dos años después, comenzó a caerse gente por la oración de otros hermanos. Odioso pionero…Fastidiosa mosca…

Un día, recibí una palabra sumamente clara del Señor respecto a dejar la clase. Nos pusimos a orar con mi esposa y allí descubrimos con sorpresa que lo que el Señor nos estaba señalando no era solamente dejar la clase, sino también dejar la congregación. Curiosamente, se sumaron tres factores fortuitos que determinaron la factibilidad de obedecer a Dios sin problemas.

Te confieso que no resultó sencillo. Eran quince años de congregación y doce de estar trabajando en la enseñanza. Aún sabiendo que no resultaba simpático ni amado al ministerio pastoral, eso no obstaculizaba mi trabajo y podía ejercerlo sin odios, rencores ni resentimientos. Doy gloria a Dios por ello porque fue el elemento que impidió que recibiera alguna de esas horribles marcas que mucha gente hoy día todavía evidencia luego de su paso por una iglesia.

La pregunta que rondaba mi cabeza, era: ¿Cómo haría para irme? ¿Qué diría? Mis dudas fueron muy rápidamente develadas a partir de la certeza post-oración. Debía decir la verdad, la creyera quien la creyera. Debía decir que el Señor me ordenaba abandonar la clase, diciéndome que todo lo que yo tenía que decir allí, en ese lugar, ya lo había dicho y el que había tenido oídos lo había oído y el que no…

Dos domingos antes, decidí comunicárselo al pastor, pero “casualmente” me fue imposible encontrarlo por causa de sus compromisos. Entonces se lo comuniqué a uno de sus pastores ayudantes.

 Recuerdo que ni se desmayó de la impresión ni se quebrantó en llanto por la tristeza; sólo me miró impersonalmente y me dijo algo así como que bueno, que él se encargaría de avisarle al pastor que yo dejaba de ser maestro. No sé si me pareció o realmente fue así, pero imaginé cierta sonrisa de triunfo detrás de su gesto sobrio. Supongo que debían haber hecho hasta ayunos para que eso ocurriera…

Dos domingos antes, se lo dije a toda la clase. Por esa época trabajábamos en conjunto con otro hermano y se dio por sentado que él seguiría adelante y que yo terminaría mi trabajo. Mentiría si te digo que fue una despedida tremenda, clamorosa, angustiante o cosa parecida.

Sencillamente, el último domingo del año 2000 enseñé durante la misma cantidad de tiempo que lo venía haciendo, oramos en el final para afirmar lo brindado y sencillamente, nunca más regresé. Ah, como te dije,  me regalaron un librito firmado por todos los que estaban ese día. ¡Gloria a Dios! Todavía lo tengo. No me acuerdo, hoy, si lo leí o no, pero un recuerdo es un recuerdo…

El Señor me había ordenado, (Esto sí, concreta y específicamente), que nuestra ida de la congregación debería ser en silencio, en humildad y en orden. Silencio en el sentido de no hacer ninguna alharaca tal como “¡Me voy porque aquí no se puede enseñar la verdad! Y otras cuestiones por el estilo que, seguramente, hubieran producido cierto escándalo, ya que muy a mi pesar, la gente me estimaba y consideraba como un líder de cierto reconocimiento por mi trabajo radial.

En humildad, porque no tenía que ponerme en ninguna posición de víctima ni buscar que la gente se las tomara con el pastor y su gente del mismo modo que si me hubieran echado, cosa que, obviamente, no era así.

Y en orden, porque lo último que debería hacer era tratar de arrastrar gente detrás de mí, cosa que se hubiera producido sin dudas si me hubiera puesto a criticar a todo el mundo como muchas veces les vi hacer a otros.

Ese hubiese sido un tremendo error, porque tengo que confesarte que cuando nos fuimos, durante mucho tiempo estuvimos orando para que el Señor nos mostrara adonde debíamos ir, pero el silencio fue toda la respuesta exactamente hasta el día en que recibimos una versión muy diferente a la que estábamos esperando. Fue cuando Dios nos hizo saber que no nos quería debajo de ningún cartel denominacional.

El último domingo del 2000, además de constituirse en el último de una clase bíblica que dejó fundamentos básicos en mucha gente, fue también como te dije en el inicio, nuestro último día en esa congregación. La poca duda que nos quedaba se develó de improviso cuando, en el marco de una oración pidiendo dirección, el Señor nos llevó al texto que dice “¡¡Huid de Babilonia, pueblo mío!!” A esto, naturalmente y de este modo, jamás se lo comentamos a nadie.

A partir de allí comenzó la otra lucha interior. Por un lado, sabíamos que debíamos respetar la orden de Dios que nos había dicho que teníamos que retirarnos en silencio. Por el otro lado, la costumbre y la tradición eclesiástica determinaban que era nuestra obligación pedir una entrevista con el pastor y comunicarle nuestro retiro de la iglesia. ¿Qué debíamos hacer? ¿Cumplir con lo que era un reglamento de honor en la congregación o sencillamente hacerlo como Dios había dicho?

Además, pese a lo mucho que había para cuestionarle en sus formas de conducción, el pastor había sido mi amigo en otros tiempos. Tiempos en que lo único que hacíamos era calentar un banco cada domingo y pedir oración cuando estábamos en problemas sin preocuparnos por buscar nada más. Así que, además de la falta al reglamento evangélico de ir a ver al pastor para comunicarle nuestro retiro, además se sumaba una especie de sentimiento de traición al antiguo amigo.

No interesaba demasiado que esa amistad hubiera quedado en la más absoluta de las nadas a partir del momento mismo en que la Biblia comenzó a tomar sentido para nosotros sin necesidad de intermediarios humanos que nos la interpretara según doctrina denominacional correspondiente.

 Desde el momento mismo en que dejé de decir que sí a todo por el simple hecho que lo había dispuesto el pastor. Desde el momento mismo, supongo, en que dejé de ser útil para convertirme en molesto.

El caso es que no sabíamos que hacer y, conforme a lo poco aprendido, decidimos orar para ver qué idea tenía el Señor del asunto. De última, Él era quien nos había ordenado irnos, así que lo más lógico es que fuera Él también quien nos aclarara como cumplir con sus mandatos sin sentirnos culpables de traición, herejía, blasfemia y vaya uno a saber cuantos adicionales más.

La respuesta de Dios vino, como le ha sucedido y aún le ocurre a tantos hermanos fieles, en forma de Palabra escrita, en forma de texto bíblico. Pero atención: no en forma de UN versículo, error que tanta gente ha cometido y lo ha arrastrado a gruesos errores, sino en forma de un texto del cual hay que extraer el principio espiritual en el marco de su contexto. Abrí mi Biblia y leí…

(Mateo 18: 10)= Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.

(11) Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido.

(12) ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y se descarría una de ellas, ¿No deja las noventa y nueve y va por los montes a buscar a la que se había descarriado?

(13) Y si acontece que la encuentra, de cierto os digo que se regocija más por aquella, que por las noventa y nueve que no se descarriaron.

(14) Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños.

Si bien jamás concurrí a seminario alguno a estudiar la Biblia de modo conexo y sistemático, no por eso dejaba de lado los fundamentos esenciales de cada enseñanza. Y esta parábola de la oveja perdida, a mí me decía muchas cosas, entre las cuales, debía darle prioridad en primera instancia a lo conceptual y clásico.

Por ejemplo, que no debemos menospreciar de ninguna manera a los creyentes que son como niños, como pequeñas criaturas, porque ellos reciben honor en los cielos. Sus ángeles son como ángeles guardianes del más alto rango; ellos, - dice -, “ven siempre el rostro de mi Padre”.

 El término “pequeños”usado aquí, está también ligado a “perdido” y a “descarriado”, insertos en los versos 11 y 12, gracias a la conjunción “porque”, con que comienza el verso 11, y llama a preocuparse por los miembros de la comunidad que se han alejado de ella. ¿Cómo? Lo que oíste. Sigo…

El cuidado y la preocupación de un pastor, no sólo ilustra el amor de Dios, sino que sirve de ejemplo para el mutuo cuidado y edificación que debemos practicar unos con otros. La crítica de los fariseos sobre la abierta asociación de Jesús con reconocidos pecadores y gente socialmente repudiada dio lugar a tres parábolas, que ilustran el amor y la preocupación de Dios. Su actitud se opone totalmente a los que se creían justos. Los fariseos corresponden, aquí, a las noventa y nueve ovejas. Los publicanos y pecadores, corresponden a la oveja perdida.

Dios se preocupa por el que se ha perdido y se goza con su recuperación. Aquellos que de una forma legalista se consideran justos no tienen conciencia de sus necesidades. Las ovejas perdidas, recuerda, suelen quedar inermes y rehúsan moverse. Cuando Jesús comparte con los pecadores, se celebra con gozo, igual que cuando un pastor comparte con sus amigos la alegría de reencontrar a una oveja perdida.

¡Cuanta enseñanza! ¡Cuanta sabiduría! Yo conocía algunas de estas cosas y otras las incorporé desde alguna Biblia de estudio, a partir de ricas acotaciones realizadas por prestigiosos comentaristas. Sin embargo, en ninguna de esas enseñanzas, pude encontrar un texto que avalara que, a la hora de decidir retirarse de su rebaño, la oveja acudiera a contárselo a su pastor.

 Muy por el contrario, en muchos sitios me encontré con la acción totalmente a la inversa: el pastor saliendo más que urgente a buscar la que se le ha ido, ya sea para perderse porque está equivocada o con motivos justificados.

Eso me tranquilizó. En la congregación donde habíamos estado por espacio de quince años, no había un solo pastor, había un verdadero equipo que se había conformado, - siempre se nos recordaba esto -, porque Dios deseaba que fueran atendidas convenientemente todas las necesidades de todos los miembros de la iglesia.

Así que nos miramos con mi esposa y nos dijimos: muy bien…si Dios dice que debemos irnos en silencio, pues hagamos lo que Dios ha dicho y esperemos. Seguramente cuando pase algún tiempo y noten que no estamos, alguien del equipo pastoral va a venir a visitarnos, o por lo menos nos va a llamar por teléfono para saber qué ocurre. Allí será el momento de relatar todo lo que hemos vivido en nuestra íntima comunión con nuestro Señor en este tiempo.

Estoy escribiendo este trabajo a partir de la mitad del año 2005 para publicarlo, - estimo – en los inicios del 2006. Todavía estamos aguardando que esos pastores desesperados por la oveja que se les ha perdido, vengan a buscarla al lugar donde saben que se encuentra…

Esa actitud no fue factor de resentimientos ni rencores. Sí de cierto halo de tristeza, a eso lo reconozco. Porque el hombre, por mejor plantado que se encuentre sobre sus plantas espirituales, siempre mantiene algún resquicio almático. Y es en ese sitio donde ese halo de tristeza puede haberse manifestado con claridad.

Que podría ser la misma clase de tristeza, - a esto tendré que decirlo -, que debería también haber invadido el corazón de mi antiguo amigo pastor, ya que quiero suponer que él tiene que haber esperado también infructuosamente, que nosotros cumpliéramos con el legendario ritual de ir a avisarle que nos íbamos de la iglesia. Lo siento mucho, amigo. Mi comportamiento pertenece a un libreto que saqué de un libro que usted conoce tan bien como yo: la Biblia…

Y después la gente, los hermanos. Más de doscientos teníamos en nuestro registro de la Escuela. Nunca venían todos juntos, de hecho, sino que se alternaban en un promedio que daba más o menos la mitad. Eso determinó que, durante esos doce años de trabajo magisterial, debiéramos cambiar tres veces de sala, ya que cada una de las que ocupábamos, a los pocos meses nos quedaba pequeña.

 Si se hubieran puesto de acuerdo esos doscientos y tantos, tampoco el último nos hubiera alcanzado. Si partíamos de la base que la congregación oscilaba en los setecientos, era muy buena cantidad la que compartía semanalmente con nosotros la maravillosa aventura de escudriñar las escrituras.

No hubo despedidas lacrimógenas con ninguno de ellos porque, obedeciendo el mandato del Señor, no les dijimos que dejábamos la congregación, sino que sólo dejábamos la Escuela. Me regalaron un libro que todavía conservo, firmado por cada uno de los que estaban presentes ese último día y nada más.

 Y creo que así tenía que ser, ya que eso era, exactamente, lo que les había enseñado mayoritaria y fundamentalmente durante esos doce años: que no crearan dependencia al hombre, sino a Cristo. Aprendieron. Cinco años después de aquella despedida, no más de diez me habrán llamado alguna vez por teléfono para saber como andaba…

Si no estás bien afirmado en las bases realmente sólidas del evangelio, esas cosas también pueden “bajonear” tu ánimo. Pero si lo estás como se debe, no caerás en angustias inconsistentes ni depresiones satánicas por una sencilla razón: nuestro Señor, entre otras terribles barbaridades, humillaciones y agresiones, pasó también por una muy similar, cuando a la hora de salvarle literalmente la vida en lo natural, esa gente a la que Él le dedicó tres años de su vida a full, gritó con toda la fuerza de sus pulmones: ¡¡¡Danos a Barrabás!!!

Cuando no hacemos de nuestros ministerios un verdadero servicio al reino de los cielos, totalmente apartado de cualquier connotación personalista, es cuando podemos sentir tamaño grado de frustración que nos puede despeñar quien sabe en qué terribles abismos de soledad, de incomprensión y de toda la película que Satanás te proyecta en la pantalla de tu imaginación con la simple finalidad de quitarte la paz primero, sumirte en el desencanto y la decepción seguidamente, y finalmente, desbarrancarte en decisiones tales como: ¡Que se joroben! ¡No vuelvo a hacer el más mínimo esfuerzo por nadie!

 Que parecerá lógico visto el hecho concreto, pero que como todos sabemos, no tiene absolutamente nada que ver ni con la paciencia, ni con la misericordia ni con el amor de Dios. Más bien es una reacción a pura carne que, por genuina que parezca, jamás va a agradar a Dios por un simple motivo: proviene de la carne.

Soy consciente de haber tomado la decisión de obedecer al Señor, aún a riesgos de ser marginado de los sitios de prestigio dentro de la congregación, e, incluso, dentro de la denominación. Pude haber modificado mi conducta; pude haber decidido desobedecer la voz de Dios en mi vida y optar por seguir las rutinas internas que, seguramente, me hubieran proporcionado cargos, honores y, quien te dice si por allí, también, alguna tarea rentada como las tantas que se distribuyeran en esa Babilonia entre la gente “fiel” a la comandancia humana, más allá de si eso significaba o no fidelidad a Cristo.

Hice lo que en ese momento creí que tenía que hacer y no me arrepiento ni me arrepentiré jamás de ello, a menos que alguien me muestre con mayor claridad que como lo hizo el Señor, que exageré o cometí errores de interpretación. Me acompañaron en cada ocasión los tres ingredientes necesarios para considerar  algo como proveniente de Dios: Palabra, Paz y Circunstancias.

Desde las oficinas celestiales se cursaron todas las planillas que, ingresadas en mi archivo personal computado, determinaron que existiera Palabra clara y concreta que respaldara el silencio con el cual partí de la que fuera nuestra última congregación estructural y organizada eclesiásticamente a la manera evangélica.

También recibí la Paz adecuada para mantenerme en humildad, algo que no es poca cosa si tenemos en cuenta la enorme carga egocéntrica que cualquier ministerio te proporciona. Y, finalmente, todas las Circunstancias se dieron para que ese retiro en Orden no significara nada traumático para ese grupo y para los hombres que estaban a su comando.

Sólo un pequeño detalle: hoy, a nada más que cinco años de esa salida, en muchas ocasiones, nos miramos con mi esposa y nos decimos casi al unísono: ¿Cómo pudimos haber soportado quince años en ese lugar?

 Y cuidado, eh? No es el peor de esta ciudad ni mucho menos. Casi te diría, en lo comparativo, dentro de los regímenes babilónicos existentes, es uno de los de menor gravedad. Y eso no es poca cosa.

Pero es suficiente para que, cuando vemos que la nube se mueve, aunque estemos en un lugar donde “la onda” es quedarse quieto, nosotros tomemos la decisión contra viento, marea y corrientes agitadas, de seguir la nube que tiene agua, en lugar de apoyarnos en las humanidades seculares de nubes sin agua que jamás proporcionarán una lluvia, ni temprana ni tardía…

 

 

4

 

El Día del Vellón…

 

…He aquí que yo pondré un vellón de lana en la era; y si el rocío estuviere en el vellón solamente, quedando seca toda la otra tierra, entonces entenderé que salvarás a Israel por mi mano, como lo has dicho.

 

(Jueces 6:37)

 

Podría, tranquilamente, para relatarte este punto tan importante en mi vida, elaborar toda una historia dramática, espectacular, brillante y digna de las más engalanadas plataformas de señales, milagros y prodigios armadas durante todos los tiempos en las diferentes campañas organizadas por las iglesias evangélicas, pero no lo haré.

Sólo me limitaré a contarte que el Señor me introdujo en el ministerio del maestro casi por “pura casualidad”. Como ya aprendí que dentro del reino de los cielos las casualidades no existen, entonces puedo decirte con total certeza, - eso sí – que Dios siempre estuvo en control de todo y que todas esas “casualidades”, evidentemente no fueron tales y todo fue cumplido conforme a su voluntad.

Soy periodista. Esencialmente periodista gráfico, aunque también me fue muy bien en radio y me defendí bastante en televisión mientras me duró un rostro apto para ser mostrado. Desde los quince años de edad escribo artículos en distintos diarios y revistas de mi país y eso me dio, en primer término, un ejercicio interpretativo de la realidad, y en segundo lugar, alguna experiencia de vida que por allí siempre le resulta interesante a aquellos que no tuvieron mis mismas posibilidades.

En eso, exactamente, fue en lo que pensó una psicóloga cristiana, miembro de la que fuera nuestra última congregación, cuando la designaron para dar, cada domingo por la mañana y antes del culto matutino que comenzaba a las 11.00 AM, una clase que, recuerdo, habían titulado: “El Cristiano y las Crisis”.

Y digo “psicóloga cristiana” porque así se la denominaba y así se conducía. En primer término sus conocimientos técnicos y académicos (No es la única, de hecho), y luego su fe o su doctrina. En el juego de unciones aptas para ayudar a la gente, primero corría la unción de Freud y luego – si alguien se atrevía a darle espacio -, la del Espíritu Santo.

 No creo decir ninguna novedad que no sea conocida, por lo menos, por un noventa por ciento de los cristianos congregados. Aunque deberemos ser justos y consignar que todas las demás profesiones, también son antepuestas al rótulo de cristianos. Y a veces, el comportamiento también.

Ella, que iba a tener a su cargo el fundamento principal de la clase, ya que se supone que la gente asistiría para tratar de encontrarle solución a sus crisis internas y externas, pensó que con la psicología sola no iba a bastar.

 Entonces incorporó a una hermana de varios años en el evangelio con el fin que en algún momento participara y sumara, a los conceptos psicológicos de esas crisis, alguna palabra extraída de la Biblia.

También había pensado, que cada tanto, podía invitar a otros profesionales, tales como médicos, abogados, sexólogos y cuanta cosa pudiera ser de aporte para cada una de las crisis que pudieran manifestar los asistentes.

Aquí es donde ella pensó en mí, ya que por ser periodista, - me dijo – podía muy bien en cada ocasión que hubiera una visita, elaborar una especie de discurso adecuado para presentarlo, además de compartir alguna experiencia de mi quehacer profesional que resultara interesante.

Así comenzamos. Entrábamos cada domingo a esa sala unas treinta personas. Los primeros dos o tres, fueron clases introductorias y todo parecía marchar sobre rieles. Yo casi no tuve trabajo porque todo lo hacían entre las dos damas, ya que todavía no había venido ningún invitado. Lo que sí aparecieron muy rápidamente, fueron las diferentes crisis por las que la gente estaba pasando.

Algunas de ellas, te confieso, me hicieron pensar hasta que se trataba de gente que no se había convertido, pero me guardaba muy bien de decirlo, ya que la jefa era la que manejaba todo. Totalmente, si todo no se podía manejar allí, siempre quedaría el recurso extremo de derivarlo a su consultorio…

Si tengo que decirte la verdad, el discurso psicológico y la tibieza espiritual ambiente, producía en esa clase un halo muy singular. Cada domingo ingresábamos a la sala con alegría, dispuestos a comernos al mundo y a entregarle a la iglesia, por lo menos, unos cuatro o cinco hermanos con sus asuntos íntimos solucionados.

 En lugar de suceder eso, lo más frecuente era que marcháramos al templo en medio de una depresión insoportable. Las luchas desparejas, estériles y sin armas claras, producen impotencia. Y la impotencia apenas es la antesala de la depresión. Detrás de toda esa escena, Satanás y sus demonios se ríen a carcajadas de nuestra religiosidad.

Yo era muy nuevo dentro de lo que son los trabajos organizados en las iglesias, por lo tanto ni siquiera me atrevía abrir mi boca. Mucho menos si estaba trabajando como el más pequeño en todos los sentidos junto a: una reconocida profesional de la psicología que gustaba decir que ella podía agregarle Biblia a lo que psicológicamente no parecía tener solución y a una hermana también reconocida y con sólida experiencia en la iglesia por sus años de membresía.

Es decir que, si yo veía (Y te aseguro que lo veía), que no arrancábamos para ninguna parte en ninguna de las dos áreas, inmediatamente me convencía a mí mismo que el problema era yo, que no tenía ni la formación intelectual ni la estatura espiritual para entender las formas de trabajo y que, indudablemente, en algún sector de la cosa que yo no alcanzaba a divisar, seguramente se estaba obteniendo una gran victoria.

En esos tiempos de somnolencia espiritual, yo todavía no había entendido que no existen ni pueden existir los “psicólogos cristianos”, porque el mismo orden en que se los presenta y reconoce, nos están dando las respuestas.

 Sí podría haber, en cambio, cristianos dedicados a la psicología, pero en este caso y en este orden, sus resultados deberían ser muy diferentes. Deberé decirte que no llegue a conocer muchos de estos últimos, pero sí millares de los anteriores.

Las clases de las Crisis duraban una hora milimétrica por reloj. De esa hora, los primeros cuarenta y cinco minutos, eran de análisis, evaluaciones y recursos según la “unción” de Freud, para reservar los últimos quince minutos a una mini-clase bíblica que, generalmente, tenía su punto de partida en un versículo que mostrara una palabra de las que la psicóloga había utilizado en todo lo anterior.

A mí me parecía sumamente correcto esto. Era lo que siempre había oído y no me molestaba en absoluto. Digamos la verdad: tampoco me dejaba gran cosa espiritualmente, pero aquí también procuraba convencerme que era yo el que andaba a las patadas y no alguna deficiencia en lo que se nos entregaba como supuesto “alimento”.

 De última, el recurso de traer un bosquejo con lo que uno quería decirle a la gente (interno, externo o social), y luego buscar con la concordancia algunos versículos que pudieran ser usados para ese fin, era también el que se utilizaba en el púlpito mayor, así que no tenía nada de malo, obviamente, que lo hiciera también una miembro de la iglesia.

En eso andábamos, (Yo apenas y muy cada tanto metiendo algún bocadillo humorístico, tanto como para aflojar un ambiente climático espiritual que era re-pesado, aunque a mí me faltaban toda clase de elementos para asegurar que efectivamente era así), cuando un domingo, casi sin aviso, la hermana que tenía los últimos minutos, faltó. (Luego avisaría que por algún tiempo no iba a poder concurrir por inconvenientes familiares)

Y la psicóloga tomó la dirección total de la clase. Con la mejor de las voluntades intentaba cerrar las mismas de un modo parecido al que se oía en los cultos, pero con total honestidad deberé decirte que no le salía para nada…

No es que no tenía conocimiento bíblico. Era una mujer que había nacido prácticamente en la iglesia. Pero amaba la psicología y estaba total y absolutamente convencida que para salir de un problema era lo único viable y posible. Que la Biblia era un libro que en la iglesia casi era una obligación citar y leer, pero que en el fondo, no tenía nada para aportarle a toda esta gente necesitada de cosas mucho más prácticas y científicas.

 Por esa razón es que, pese a intentarlo con todas sus fuerzas y con la mejor de sus predisposiciones, no le salía bien y no quedaba nada en claro. Es más: a veces quedaba algún gramo de confusión. Cuando la Biblia se abre a los ojos de la unción, bendice. Cuando se abre a los ojos del intelecto, confunde.

Yo era creyente desde hacía unos años, pero como mi inicio había sido en un pequeño grupo bastante cerrado en sus propias doctrinas domésticas, no era el estudio de la Biblia precisamente mi fuerte.

Es más: te diría que ni siquiera podía memorizar Juan 3:16, cuestión que podía ser factor de humillación hasta con los más pequeños de la congregación, que con tal de ganarse los premios que las maestritas les daban si memorizaban versículos, eran capaces de recitarse de memoria el Salmo 119.

A mí las clases bíblicas, en realidad, me aburrían soberanamente. En nuestra primera congregación, (Que era comandada por este mismo pastor ahora trasladado, pero mucho más pequeña y ortodoxa) recuerdo haber ido algunos domingos a la Escuela Dominical.

Pero iba porque a mi esposa le encantaba la historia y esas clases, digámoslo con honestidad y sinceridad, eran un canto y una apología a la historia del pueblo de Israel, a la historia del cristianismo y a la historia de la denominación en la cual estábamos. Eso era, para mí, una clase bíblica. Me pregunto si no lo seguirá siendo para mucha de la gente que hoy lee esto...

Eso sí; si deseabas conocer las particularidades geográficas, sociales, políticas y antropológicas entre las cuales se habían movido los antiguos profetas, el más contemporáneo Jesús y el ultra-moderno Pablo, esas clases eran el exacto sitio en el que debías estar.

 Pero a mí, que había llegado a Cristo porque ya se me estaba cortando la respiración por no poder sacar la cara contra el piso y me estaba muriendo ahogado aplastado por un mundo que se me venía encima y me sepultaba, no sólo me aburrían irreverentemente sino que, incluso, me despertaban algunos enojos porque, - pensaba y creía estar chiflado por ello -, no era “eso” lo que yo necesitaba para fortalecerme en fe y madurar espiritualmente.

Entonces lo que yo podía aportarle a mi jefa psicóloga devenida ahora en maestra bíblica también, eran muy pequeñas cosas. Apenas bocadillos que, por mi experiencia en comunicación social, trataba de hacerlos bien interesantes cosa que la gente se enganchara, al menos, con alguna cosa que pudiera darle alguna ayuda en el resto de la semana.

Yo estaba muy lejos de saber que eso era el pequeño peso, todavía, de una gracia especial que Dios estaba colocando sobre mi vida, todavía demasiado virgen en la materia Teología y virgen total de la de Religión.

Un día, tanto como para quedar como un buen evangélico y por las dudas que se asomara el pastor a la sala, se me ocurrió que podía darle a esos bocadillos, algún versículo que “pegara” y se “adaptara” al tema. Es decir: más de lo mismo que había visto hacer abajo, en el templo principal, y aquí atrás, en este pequeño salón de las crisis.

 Se lo comenté a mi jefa psicóloga y me contestó que estaba bien, que si encajaba bien con el tema, eso iba a ser de gran ayuda para ella. Claro, la pobre no sabía como hacer para sacarse la Biblia de encima. Y justo aparezco yo ofreciéndome, como un regalo del cielo…

Sin embargo, había un problema. Pese a que esta dama adelantaba un domingo de qué cosa íbamos a hablar el próximo, es más que obvio que no podía adelantarlo de una manera específica. Así que la busca de versículos que encajaran con el tema durante la semana previa, siempre terminaban en una frustración total, porque a la hora de tener que compartirlos, cualquiera (hasta un musulmán, mira lo que te digo), se daba cuenta que no tenían absolutamente nada que ver.

 Fracasé una y otra vez y llegué a sentirme tan mal que casi renuncio. Yo, porque nadie más parecía darse cuenta de las inconexiones que te menciono. Pregunto: ¿Estarían tan acostumbrados a no recibir nada que no recibir nada, otra vez, era el común denominador y a todos les parecía espectacular?

Entonces recurrí a una solución que jamás antes se me había presentado como posibilidad. Para ese tiempo, la psicóloga ya me había dejado los quince minutos finales, de cierre, todo para mí. Y a mí me desesperaba que, - pensaba yo -, habiendo recibido “tanto” en lo psicológico durante los primeros cuarenta y cinco minutos, no fuera capaz yo de dejarles algo en esos últimos quince. Esto es Corazón de Maestro, pero yo aún no lo sabía y lo confundía con amor propio de periodista…

¿Sabes cual fue la salida que creí encontrar en uno de esos domingos de confusiones? Orar. Sí, como lo estás leyendo: orar. Ya sé lo que estás pensando. ¿Cómo no se me ocurrió antes? Es más: ¿Cómo no era la oración parte esencial de esa clase?

 Simple. Estábamos en una iglesia donde se oraba al principio, casi como introducción verbal de un preludio que también tenía expresión musical por parte de un viejo órgano, primero, y de un “moderno” piano de cola más adelante.

 Y a veces, antes de finalizar el sermón (Porque esto era lo que oíamos: sermones. Me cuesta mucho identificarlos como Predicación y mucho más como Mensajes. Decir Palabra de Dios ya sería, directamente, exagerar al máximo), también alguien oraba por un determinado motivo que, generalmente, tenía que ver con el país, con la iglesia o con la denominación. Pero no se oraba de modo individual y circunstancial como – oh paradoja -, es el modo más abundante de oración dentro de las iglesias.

Así que, mientras mi jefa psicóloga desarrollaba sus tesis ante los ojos de no entender gran cosa de la mayoría de nuestra audiencia, yo oraba – recuerdo – más o menos así: “Señor…por favor…muéstrame qué es lo que debo leerle a estos hermanos y qué debo decirles…No quiero inventar nada yo ni aprovechar las palabras que queden pendientes…Quiero que seas tú quien les hables…”

Tú lees esto que te cuento y seguramente piensas: ¡Qué espectacular este hermano! ¡Qué oración perfecta y ungida! Mira; eres dueño de pensar como quieras y lo que quieras, pero yo oraba así no por perfección, por tremenda fe ni por unción preciosa.

La verdad, yo creo que fue Dios mismo quien me guió a orar así, porque esa oración que yo tenía en esa sala, cada domingo por la mañana, la verdad sea dicha, no se parecía en nada al resto de mis oraciones cotidianas.

 De todos modos, a mi modo de ver, yo oraba porque sabía (No me preguntes como) que si no lo hacía fracasaba. Y si quieres que te haga una confesión muy íntima, todavía no estaba todo lo maduro que se necesita como para comerme un fracaso sin deprimirme.

Me di cuenta que la oración no era – como había supuesto -, una instancia dialéctica programada en las iglesias para ocupar un espacio durante el culto, un domingo de esos. Hice lo que te he relatado y, cuando me tocó participar, abrí mi Biblia, comencé a hojearla y me detuve en un sitio que – Tampoco sé por qué -, me pareció adecuado. El texto no tenía absolutamente nada que ver con lo que había hablado mi jefa psicóloga. Te digo más: no tenía que ver absolutamente con nada – en apariencia – de lo que esa gente necesitaba.

 Sólo sé que leí ese pasaje y dije no sé cuantas ni qué cosas, no lo recuerdo. Es más: es como si jamás esas palabras hubieran pasado por mi mente. Lo que sí puedo decirte es que, cuando di por finalizada la clase, había gente que lloraba en silencio, otra que había quedado mirándome con la boca abierta y la mayoría en un silencio sepulcral y sin la menor intención de ponerse de pie y abandonar la sala.

Al domingo siguiente, eso ya pasó a ser una constante de los cierres de clase. La psicóloga se limitaba a inclinar su rostro y no levantarlo hasta que nos íbamos. Yo a veces la miraba aguardando que me hiciera alguna seña o algo por el estilo pero no. Era como si todo se silenciara en esos instantes y lo único que se oyera era mi propia voz, como si fuera la de un extraño, citando advertencias, exhortaciones, admoniciones y hasta palabras proféticas.

Al finalizar, por primera vez, un hermano se me acercó (Nunca antes lo hacían conmigo, sino con la psicóloga), me puso su mano en mi hombro y me dijo: “he descubierto que estas clases valen la pena por estos últimos minutos…” Yo me la creí, pero también decidí pintarme con un grueso barniz de humildad. No sé si me salió bien porque fue a puro esfuerzo carnal, pero al menos no le robé protagonismo a mi jefa.

Cuando se iba terminando el ciclo “El Cristiano y las Crisis”, se estimó que no había incentivo para seguir con la línea, por lo tanto mi jefa psicóloga y yo volveríamos a nuestras actividades habituales en la iglesia: ella, participando en consejería y otras cosas relacionadas con su profesión; yo a la confección de un boletín de actividades por causa de mi profesionalismo gráfico y periodístico. Era un “house organ” eclesiástico y sólo podíamos escribir allí los éxitos notorios que la iglesia se podía anotar delante de su gente.

Con cuatro páginas sobraba…salvo que decidiéramos hacerle algún reportaje a un miembro de los más viejos, si es que estábamos dispuestos a oír relatos cargados de historia, de pintoresquismo e incredulidades varias. Siempre relataban la anécdota de aquel hermano que, deseando ayudar a la iglesia en un tiempo de escasez económica, propuso comprar un billete de lotería y orar para que saliera el número…

Para mi sorpresa, pocos días antes de finalizar nuestra tarea, fui llamado por la hermana que estaba como Jefa de todos los jefes de la Escuela Dominical. Ella me dijo sin más trámite que tenía información que le decía que yo manejaba muy bien los tiempos ( ? ) y que eso me hacía apto para ser maestro de alguna clase.

 Y que ella vería con mucho agrado que me pusiera al frente de la que tenía que ver con “Adultos jóvenes”, que pasado en limpio, tenía que ver con matrimonios en su gran mayoría, y gente “suelta” entre veinte y cuarenta años de edad.

Su argumento principal era que, por ser periodista, tenía conocimiento de la psicología de masas y, por lo tanto, sería capaz de manejar grupos con corrección y buena dinámica. Era un verdadero adefesio espiritual, pero yo todavía de eso no tenía ni la menor idea. De todos modos, me asustó un poco y decidí poner, - a la mejor manera de Gedeón -, un vellón de decisión.

Conocía al pastor principal, había sido casi amigo personal de él, y lo conocía lo suficiente como para saber que él no tenía nada que ver con esta invitación de la jefa del Ministerio de Educación Cristiana. El pastor era un hombre que amaba las labores profesionales.

 La mejor muestra de ello era cuando invitaba a alguien a orar – por ejemplo -, por el pan o por el vino durante la Mesa del Señor (Así le llamábamos allí a lo que en una gran mayoría de congregaciones se conoce como “Santa Cena”).

Si decidía que orara don Pepe, que era apenas el encargado de la limpieza, lo llamaba a orar así: “Don Pepe, ore por el pan…” Pero si la oración recaía sobre una médica pediatra que formaba parte de la congregación, la invitación era diferente: “Por favor…doctora Fulana…¿Quiere orar por el pan?”

Con esa filosofía de vida personal que de ninguna manera discuto, pero que sí hoy entiendo que no tenía absolutamente nada que ver con la vida espiritual de la iglesia, aunque sí con la social, yo estaba seguro que si pedía una entrevista con él y le solicitaba un consejo con respecto a ser maestro o no de la Escuela Bíblica, él me iba a responder conforme a su visión de las cosas. Me diría, seguramente, algo así como:

 “Mire Néstor…yo sé que usted es sincero y fiel, pero creo que debería esperar un par de años para hacer ese trabajo… Primero debería capacitarse en algún buen instituto o seminario y luego de rendir convenientemente, quizás sí esté en condiciones de enseñar la Palabra de Dios.

Te agrego algo: yo pensaba que si me decía eso, no se equivocaba en lo más mínimo, porque todavía veía a un maestro como lo ven en muchas iglesias: una persona intelectualmente capacitada para ejercer pedagogía teológica. A Efesios 4:11 jamás me lo habían leído, ni enseñado, ni predicado…

Así que entonces mi oración al Señor, fue: “Padre…si tú realmente deseas que yo sea maestro de tu Palabra, harás que el pastor no tenga en cuenta que yo jamás estudié ni un mísero versículo y me avale para que haga ese trabajo. Ese es mi vellón, Señor. No habré de pedirte otro.

Te obedeceré sin cuestionar nada si el pastor no me manda a capacitarme o a estudiar y me habilita para hacerme cargo de esas clases hoy mismo. Sólo así sabré que es cosa tuya, Señor” Amén. Y allí fui a la entrevista que, luego de un par de semanas de espera, el pastor me concedió en su oficina personal.

Estaba con gente el día que aparecí en su oficina. Es más: estaba con cierta gente a la cual no tenía ni el menor deseo de despedir por causa de mi presencia, así lo que hizo fue súper rápido y sencillo. Salió de su oficina y me atendió en el pasillo.

 Me preguntó el motivo de mi visita y me anticipó que, si se trataba de algo espiritual, iba a derivarme a otros hermanos capacitados para atenderme, lo mismo que si el asunto tenía que ver con mi alma.

Rápidamente lo puse al tanto del asunto y, casi sin pensarlo, me respondió: “Mire…más adelante veremos como se puede capacitar mejor, pero por ahora, teniendo en cuenta que su trabajo de periodista lo hace conocer un poco a la gente, agarre así como está. Estamos escasos de maestros…” ¡¡Púm!! El vellón había funcionado pero no del modo en que yo suponía…

Me pusieron a una hermana, esposa de otro pastor, como ayudante. Yo pensé que a corto o mediano plazo, el ayudante iba a ser yo, porque si estaba casada con un pastor, por la simple “unción del gorro de dormir” ya tenía más conocimiento que yo.

Todavía no conocía a mi Señor lo suficiente. Todavía creía, (Como tantos deben estar creyendo sinceramente hoy día), que Dios era un ser que se limitaba a ejecutar lo que al pastor se le ocurría pensar.

El primer domingo que me presenté a “mi clase”, y luego de saludar a mi flamante ayudante, pasé a hacer lo propio con “mis nuevos alumnos”. Que no eran tales, sino TAL. Una hermana; una sola hermana, mayor, sin el menor deseo de conocer la Palabra, concurrente por esa inercia semanal que movía a tantos y tantos durante años a ir a un sitio a nada, pero sin dejar de ir por nada…

Nuestra primera clase se limitó a tratar de convencer a esa mujer para que no asesinara a la bestia peluda y feroz de su marido. Porque ese era el motivo por el cual ella venía cada domingo a ese lugar: que alguien le dijera qué podía hacer para que su marido, no ya se convirtiera, ya que de eso ya se había desmoralizado y no pensaba más, sino como podía zafar de las ideas homicidas que le agarraban cada vez que él la sometía a alguna de las barbaridades clásicas de estos casos.

 De más está que te diga que no había entendido nada y pensaba, como muchos lamentablemente todavía piensan, que la iglesia era un lugar compuesto por gente fuera de serie capacitada para arreglar los festivales del pecado que sus concurrentes se permitían cuando no estaban en el templo.

Esa fue, si quieres verlo de este modo, mi primera alumna. Como puedes ver, no iba a exigirme demasiado, teológicamente hablando, en estos tiempos iniciales. Esta era una clase que no prometía arduos debates sobre si la salvación se podía perder o no; tampoco sobre las posiciones pre-milenaristas o post-milenaristas; mucho menos sobre la constitución de la Trinidad santa; ni pensar en los debate pro-milagros o anti-milagros; ni la concepción apostólica moderna ni la vigencia de los ministerios proféticos.

Con que impidiéramos que su esposo la violara o la sometiera a alguna otra cosa más deleznable nacida en su afiebrada mente alcohólica, era más que suficiente para que a su modo, esta mujer pudiera darle algo de gloria a Dios.

Más adelante estas clases comenzarían a vivir un llamativo cambio, una incomprensible metamorfosis, pero esa, seguramente, será historia para otro capítulo. En este, me he limitado a contarte como el Señor me dijo que debería ser su maestro. Y ya habré de contarte, también, cual fue mi santa y ungida reacción al saberlo…

Ahora es tiempo de hablarte de la iglesia genuina, de la que no tiene nada que ver con Babilonia aunque, - reconozcámoslo – nace mayoritariamente debajo de su sombra. La iglesia que Dios ve desde su sitial soberano. La iglesia que habrá de surgir luego que el Señor remueva y conmueva o que es removible, dejando seguir adelante sólo lo inconmovible. Está escrito…

5

 

Cuando Sientas que tu Piso se Mueve

 

 

...Los montes tiemblan delante de él, y los collados se derriten; la tierra se conmueve a su presencia, y el mundo, y todos los que en él habitan.

 

(Nahum 1:5)=

 

Decimos que buscando primeramente el Reino de Dios, todas las demás cosas nos serán añadidas. ¿Nunca se te ocurrió ponerte a pensar por qué Dios nos ha enseñado tal cosa? “¡Ah, no, hermano! ¡A mi no me interesa el por qué; yo obedezco y se terminó!

 Calma. Yo también obedezco. Pero además hago trabajar esta maravillosa mente que Dios me ha regalado. Y con eso también obedezco, porque Él me dijo – si mal no lo recuerdo -, que yo debía pensar con la mente de Él.

 Muy bien; si voy a pensar las cosas con la mente de Dios, lo primero que tengo que hacer, es saber qué es lo que Dios piensa. Entonces te hago una vez más la pregunta: ¿Por qué Dios nos habrá dicho que debemos buscar primeramente su Reino y que luego TODO lo demás nos vendrá por añadidura?

Simple. Porque el punto central, el pívot sobre el que el Reino de Dios puede operar fructífera y soberanamente, es el arrepentimiento. De allí que sea tan importante que cambiemos nuestra manera de pensar. Dios nos ha dado ingreso directo al trono de la Gracia, pero nosotros preferimos que sea otro quien entre en lugar nuestro. Nos hemos convencido que con intermediarios es mucho mejor.

Una gran mayoría de nosotros proviene del catolicismo romano. Por lo tanto, alguna vez hemos concurrido al confesionario esperando que el sacerdote, que obviamente y conforme a nuestros entendimientos humanoides, estaba mucho más cerca de Dios que nosotros, obtuviera nuestra absolución. ¡Ilusos!, dijimos cuando nos convertimos. ¿Cómo podíamos creer esa barbaridad? No sé. Pero ahora vamos a buscar a “ese pastor poderoso” para que nos ore…

Bajo el barniz de una sujeción que luego ha sido vilmente manipulada, le damos el control de nuestras vidas a otro hombre, tenga el cargo o la función que tenga. La Biblia jamás nos dijo eso. Entonces: ¿Por qué supones que lo hacemos?

 Más que sencillo: porque de ese modo las equivocaciones, tan frecuentes en la vida de un hombre imperfecto, duelen menos. Decimos que nos equivocamos por culpa del pastor y se acabó: tranquilidad de conciencia total. Imbecilidad total.

Cuando ingresamos a la vida en Cristo, es como si nuestra mente se abriera y tuviera un panorama de vida mucho más amplio y claro que cuando andábamos en pecado. Somos dependientes de Cristo y eso funciona.

Pero al tiempo, nos enseñan a depender del líder local y allí es como que esa misma mente se obnubila y deja de pensar por sí misma. ¡Y nos enojamos con el mundo incrédulo cuando se burla de nosotros diciendo que nos han lavado el cerebro! Jesucristo no lava ningún cerebro. La iglesia estructural, no estoy tan seguro…

Sin embargo, lo reconozcamos o no, lo enseñemos o no, lo prediquemos o no, hemos entendido, hasta hoy mismo, que el Reino es un estilo de pensamiento distinto, diferente. Si alguien nos pide que hagamos un resumen de esto, podríamos decirle que vivir en el Reino es operar con una filosofía distinta a la que el mundo tiene.

 Eso es lo que construye a un pueblo especial, a una nación santa, a un linaje escogido, a gente comprada a precio de sangre. Si tú todavía crees que una reforma en la iglesia se edifica a partir de las reuniones denominacionales, aún dispuestas a cambiar sus rutinas, sus rituales, sus costumbres y sus tradiciones, te equivocas largamente.

 Saca tus ojos de lo natural, por favor; estamos hablando de un Reino sobrenatural. Es en ese ámbito o no es nada. No puedes medir la actividad de un Reino basamentado en las regiones celestes conforme a la variación del dólar o el Euro en el mercado libre…

El arrepentimiento, cambia tu manera de pensar y apoya los principios de ese otro mundo, de ese otro ámbito, de esa otra dimensión. Ante tanto avance orientalista me preocupa un poco a veces tener que utilizar el término “dimensión”, pero discúlpame, no he hallado otro mejor.

 Y esos principios de ese otro mundo son manifestados aquí y ahora, y hete aquí que cuando son manifestados, descubrimos que tienen poder absoluto sobre toda la esfera natural. Yo comprendo que el mundo natural se impacte y asombre con un par de milagros. Lo que no comprendo es que también se impacte y asombre la iglesia…

 Reglas, leyes, pensamientos o filosofías, son los títulos que vemos puestos en el mundo, que aquí vamos a utilizar para comprender mejor este mensaje, aunque denominándolos “principios”, y no filosofías. El mundo está repleto y harto de filosofías. A la vuelta de cada esquina tiene una diferente para optar. Lo que el mundo no conoce son principios, pese a que en muchos lugares reciben bendición por instrumentarlos.

Hay países, regiones, familias y personas que no sólo no son creyentes, sino a veces ácidos detractores del cristianismo, que sin embargo parecerían estar más bendecidos en algunas áreas que el propio pueblo de Dios.

 Entonces los creyentes, que andan por la vida sufriendo terriblemente estos males, los miran y se preguntan por qué razón, gente que no va a ninguna iglesia, que no cree en nada, que no ora, que no ayuna, que no alaba y no adora a Dios, está más bendecida que ellos mismos.

La respuesta podrá parecer increíble, pero es más que real: Ellos reciben bendición porque, aún sin saberlo y sin proponérselo, desde luego, están viviendo sus vidas conforme a una enorme mayoría de principios del Reino de Dios.

 No lo saben, pero los ponen por obra. Y como Dios jamás ha transgredido sus propias leyes y Él dijo que quienes los vivieran serían bendecidos, no duda en bendecir hasta al más agrio ateo si es que este vive, por ejemplo, en integridad, honestidad, rectitud, transparencia y algunas otras cosas similares.

 No tienes que creerme, sólo tienes que observar a tu alrededor. Eso, obviamente, no tiene absolutamente nada que ver con salvación. Ese principio sigue intacto. Es por la fe en Jesucristo o no es nada. Buenas intenciones, conductas u obras al margen.

Lo que sucede es que una gran mayoría de nosotros es total y absolutamente incapaz de separar debidamente la salvación eterna de la bendición circunstancia. Es idéntico al principio de la utilización sobre el cual he enseñado bastante: no importa tanto que Dios te use, interesa que Dios te apruebe.

Dios siempre comienza con lo negativo. Y luego trae lo positivo. Estos dos también son términos que me cuesta usar porque Nueva Era ha hecho estragos con ellos, pero soy un hijo de Dios y no hay palabra del idioma español que me esté prohibida.

Si Satanás agarró dos palabras y las pervirtió, no me interesa; se las voy a pelear a muerte, no se las voy a dejar para que él haga con ellas lo que se le de la gana. Demasiado se ha apropiado de sitiales que nacieron en la iglesia y hoy la misma iglesia los considera pecaminosos.

Dios no llama al que está preparado, - ese es un gran error nuestro -, Dios prepara al que va a levantar. No es malo que tú te capacites. Lo que es malo es que tú te creas que porque te capacitas, Dios está obligado a levantarte. Porque Él comienza sus cosas de una manera a la cual nosotros consideraríamos como “al revés”.

Si tú miras a Génesis con la óptica del mundo en que vivimos, parecería como que Él comenzó la Creación al revés, ¿No es cierto? “…Fue la tarde y la mañana el primer día, fue la tarde y la mañana el segundo día…”

 No comenzó por la mañana, comenzó por la tarde. El Reino de Dios es al revés del reino natural. Si te lo digo mejor, te digo que el reino natural es el que está al revés, sólo que estamos tan acostumbrados por la prédica pagana que nos parece la inversa.

 Dios quita para establecer. Toma lo negativo, le quita lo que le tiene que quitar y luego establece los principios del Reino para posteriormente usarlos para su gloria. ¡Es que no lo entiendo! No le hace; tú no estás aquí para entender, estás aquí para creer y aceptar.

De esta manera ningún vaso puede gloriarse en ninguna otra cosa que no sea la cruz. Pregunto: ¿Quieres una reforma sustancial en la iglesia? Partirás desde esta base, preguntándote a ti mismo y a quien quiera que encuentres, si se está gloriando en la cruz del Calvario o en sus aptitudes ministeriales personales. No sé qué respuestas te darán, pero podrás ver algunos rostros que…

Y si no lo terminas de entender, te lo muestro en algo que todos conocemos. ¿Qué hizo Dios para establecer el Nuevo Testamento? Me puedes dar un montón de respuestas, pero la principal es: Quitó el Antiguo Testamento. Es decir que Él tuvo que quitar el Antiguo para establecer el Nuevo.

 Quitó la sangre de toros y machos cabríos para establecer la sangre de Cristo. No te olvides que no todos pudieron entender esto enseguida. La tarde en que Jesús estaba muriendo en la cruz y derramando su sangre redentora en la tierra, adentro del templo tradicional, el sacerdote regaba con la sangre del cordero inmolado la expiación acostumbrada. Lejos estaba de saber que eso ya no era necesario.

Dios quitó el templo físico para construir un templo espiritual. Sacó al hombre “viejo” para que podamos tener la nueva Creación. Él quita y establece. El Señor quita y establece. Así es que, si Dios te está quitando algo por este tiempo, no te enojes, no intentes patear ese aguijón, más bien pregúntale por si quisiera decírtelo, qué es lo que va a establecer en su lugar…

Recuerda que Él comenzó en la más total y absoluta oscuridad. Todos hablamos de la luz y pensamos inmediatamente en el sol y la luna, lumbreras mayor y menor creadas en el cuarto día. Pero no pensamos ni queremos tomarnos el trabajo de hacerlo, sobre qué luz es la que Él creó en el primer día, cuando por única vez pronunció una palabra creativa que lo identifica totalmente.

 Para crear esa luz, sencillamente dijo: Sea. Y ¿Sabes? “sea”, es un término derivado del verbo “ser”. Y si tú conjugas ese verbo, te encuentras con que en primera persona, salta un nombre muy conocido: Yo soy. Sí señor, Dios comenzó con la oscuridad y Él mismo fue la luz.

Él comienza cuando ya no quedan más esperanzas, cuando todo parece terminar, cuando todo está oscuro, cuando parece que el alba no va a llegar nunca. Allí es, entonces, cuando el Espíritu de Dios comienza a moverse. ¡Pero dice “sobre las aguas”! Aguas es gente. ¡Pero dice que estaba todo desordenado!

¿Cómo estaba tu vida cuando el mismo Espíritu comenzó a moverse sobre ella? ¿O vas a venirme con la fraseología religiosa esa que has llegado a Cristo “…en búsqueda de su Deidad y…” ¡Vamos! ¡Tú has llegado a los pies de Cristo tan inútil, inservible, mugriento y deleznable como llegué yo y tantos más! –

“No, hermano…yo nací en una familia cristiana…jamás estuve así…” - ¿Ah, sí? ¿Y de qué te has arrepentido, entonces? – “Pues…pues…” – Mira; si no te has arrepentido de nada, no has dado lugar al perdón. Y si no has sido perdonado, aún no has entrado donde creías haber entrado…

Dice también Romanos que …La noche está avanzada… Yo digo que la noche no nos va a tragar, porque la noche se está acabando y llega la luz del día, el alba, a través de la iglesia de Dios. Una vez más, recuérdalo: cuando el Espíritu aparece en la creación, comienza a moverse en medio de la tiniebla y es en medio de la tiniebla, en los últimos días, que el Espíritu de Dios va a comenzar a moverse otra vez y a traer luz.

El arrepentimiento quita las viejas formas de pensar que permiten que Dios pueda establecer en la mente y en el corazón del arrepentido, los principios de su Reino. Todo es al revés de lo que el mundo secular acostumbra en el Reino de Dios.

Para subir, tienes que bajar. En el mundo te llevas por delante al que se te cruza en tu camino si deseas subir, pero en el Reino es lo contrario; aquel que sirve es el que termina siendo el mayor. No tengo la culpa que se haya confundido el término “servir” con trabajar a sueldo…

¡¡Pero hermano!! ¡No me venga con eso! ¡Usted sabe muy bien que no es eso lo que sucede hoy por hoy en nuestras iglesias! ¡Que aquellos que quieren tener un cargo no vacilan hasta en levantar calumnias contra sus competidores! –

Perdón. Tú estás hablando de las congregaciones evangélicas locales, mientras que yo estoy hablando del Reino de Dios. Tú estás hablando de pastores y líderes, y yo hablo de serafines y querubines. Nos han enseñado que no existe ninguna diferencia, pero…

En el mundo secular, mientras más guardas y confías en cuentas bancarias, más tienes. Hoy día, muchas de esas cuentas entran en bancarrota porque hay recesión económica; ¿Cuántos sabrán que en la tierra de Gozén no existe eso?

 Cuando Dios sacuda el mundo financiero, si tu esperanza está en él, tú también serás sacudido. Es Dios quien está estremeciendo los reinos, incluyendo el reino financiero. Hace algunos años, en mi país, la República Argentina, el gobierno nacional a través de los bancos, efectuó una de las más grandes estafas de la historia.

 Inconcebible en cualquier punto del planeta, el Estado se apropió de los depósitos en dólares que mucha gente tenía en los bancos, los convirtió a la moneda argentina, mucho más devaluada y se quedó con la diferencia.

 Fuera de la barbaridad mayúscula por la que jamás nadie fue preso, debo decirte que entre los damnificados, hubo algunas grandes iglesias locales a las que agarró “el corralito” (Así le llamaron), con un importante montón de dólares en los plazos fijos. ¡¡Pobres hermanos!! ¿Pobres? ¿En quien habían confiado? Reflexiónalo…

Hay algo muy simple, muy concreto y contundente: un reino es un poder, un sistema; si tu apoyo está en el dinero de acuerdo a los sistemas financieros mundanos, entonces tú también vas a ser sacudido cuando ellos lo sean. Pero si tu apoyo está todo en dar para recibir, no importa lo que suceda en la recesión; Dios en la tierra de Gozén, traerá sustento. Funciona.

 ¡¡Pero hermano!! ¡En mi país es imposible eso!! Perdón mi amado hermano: Dios no tiene país ni se mueve conforme al país. Dios se mueve por fe, únicamente por fe. Y si tú la tienes, aunque vivas en la peor de las miserias ambientes, tú no pasas miseria. La pregunta es: ¿¿Lo crees??

(Hebreos 12: 25)= Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos.

La voz del cual conmovió entonces la tierra, pero ahora ha prometido diciendo: aún una vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo.

Quiero que entiendas algo para ver si por alguna casualidad me puedes entender a mí y no me imaginas una especie de científico chiflado que sueña con sucesos de ciencia-ficción. Dios te está diciendo a través de su Palabra, que va a conmover los cielos, la tierra y a todo lo que respire en ella. Y tú prefieres, - porque así te lo vociferan cada domingo -, que como “Dios es amor” lo va a hacer todo sin dolor, sin cosas espectaculares y de una manera relajada, serena, tranquila…

 Perdóname, yo también creo que Dios es amor, pero entre otras cosas. A nosotros nos enseñaron que Dios es SOLO amor nuestros predicadores. Como la mayoría de ellos eran pastores, (Otra gente casi no predica), en el mejor de los casos, un pastor es alguien con un corazón de amor, por lo tanto no puede ver a Dios de otro modo que no sea como Amor. Yo también puedo verlo así, pero fíjate que por una simple cuestión de Gracia y unción singular, lo suelo ver más como Sabiduría y Conocimiento.

Pero me cuido muy bien de no mostrarlo solamente en esas dos cosas. Si Dios dice que va a conmovernos a todos, pues entonces, lo mejor que podemos hacer, es agarrarnos de algo fuerte para no caernos con todos los demás. Fíjate que hemos dicho que la Biblia es un libro espiritual, que en este caso está hablando de estremecer o de conmover lo natural y lo espiritual. Aprende.

…Y esta frase; aún una vez, indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles.

Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, (Que es lo mismo que decir: Gracia o Favor) …y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; - Y la palabra “agradándole”, aquí, significa literalmente: “servirle sólo por medio de la gracia”, lo cual como podrás ver claramente, elimina al legalismo tan en boga entre el grueso del pueblo autodenominado “cristiano”.

 Esto quiere decir que, cuando uno trata de hacer obras para conseguir justificaciones, se maldice. Así de claro. Porque es blasfemia, ya que decreta que la obra de la cruz no es suficiente. Simple más simple: legalismo es maldición y hechicería.

Convengamos algo. Lo puedes ver con sólo perderte unos minutos observando a tu alrededor. Dios está conmoviendo lo espiritual, pero también está conmoviendo lo natural. A esto último, tienes la CNN para verlo diariamente en cualquier punto del planeta. A lo primero, lo tienes muy fresco en tu propia congregación, cualquiera esta sea y por más “exitosa” que parezca.

 Alguien me dijo no hace mucho tiempo que en este siglo veintiuno, “la iglesia no crece, se desplaza”. Y en parte es así. Los hombres y las mujeres en búsqueda de alimento espiritual genuino (No estoy hablando de los emocionalistas almáticos que sólo van de un lado al otro buscando los peces y los panes, satisfacer sus propias necesidades y buscando contenciones psíquicas) recorren una y otra iglesia buscando la solución y no la encuentran.

Entonces se convencen de la mentira más enorme predicada por el diablo desde los púlpitos: “…la Iglesia perfecta no existe, hermano…”. Perdón: lo que no existe es una congregación humana perfecta, pero la iglesia sí, la iglesia es perfecta porque la iglesia es del Señor, no nuestra. ¡Pero hermano! ¡Es que yo soy la iglesia! Sí, tú eres la iglesia…siempre y cuando seas de Cristo. Porque si eres de tu propio yo…

Mi consejo, si es que puedo arrogarme alguna clase de derecho fraterno a dártelo, es que dejes ya de caminar la vida buscando lugares donde alimentarte. Comienza a buscar a Dios mismo en el lugar en el que Él se encuentra, y Él te alimentará conforme a su propia voluntad.

Sin embargo, y a despecho de lo que casi siempre se nos ha enseñado (Algo así como: “Somos los mejores, los inconversos van derechito al juicio, hay que venir a la iglesia”) los creyentes que hemos aprendido que la Biblia es nuestro manual de ruta y no un libro religioso para guardar, adorar, colocar en almohadones rojos debajo de una campana de vidrio, sabemos perfectamente que el juicio comienza por la casa de Dios.

Y cuando decimos eso, no nos vemos afectados individualmente. Pero hoy, aquí y ahora, yo quiero establecer un principio de Dios, de cómo si Dios va a estremecer a la iglesia primero. ¿Qué significa esto para ti y donde tú vives? Significa mucho más de lo que supones: tú eres la iglesia; me lo terminas de recordar.

Cuando Él dice que va a conmover la iglesia, no tienes que preocuparte por las vigas, ni por la madera, tal cual lo he visto en algunos sitios. La mampostería de tu templo no se va a caer; el que sí se puede caer eres tú.

 Muchos piensan que es Satanás el que anda zarandeando la iglesia, pero ya ha sido dicho, repetido, enseñado, predicado, aprendido y hasta gastado: Las puertas del Hades no prevalecerán contra la iglesia…

Satanás no tiene dominio para zarandear a la iglesia. Por lo menos, no a la que está bien fundamentada. En cuanto a la que no lo está, conviene que vuelvas a releer el capítulo de La Gran Ramera. El que está zarandeando la iglesia, es Dios. ¿Lo puedes sentir?

Si el juicio comienza en la casa, tenemos que descubrir, entonces, cual es la casa de Dios. ¡Pero hermano! ¿Quién no sabe eso? La mayoría. ¿No se canta en tu congregación, cuando llega alguien nuevo o de visita, un pequeño corito lento que dice: “bienvenido a la casa de Dios”…? ¿Y me parece a mí o le estamos dando la bienvenida a alguien a un templo, diciéndole que ESO es la casa de Dios?

Hay mucho evangélico viviendo con retazos de doctrina católico-romana. La Palabra, en Hebreos 3:6, dice: …pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros… ¿Cuál es la casa? ¿Somos casa de quien? ¿Dios vive donde?

Gálatas 3:28-29, dice: Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.

Tú haz lo que quieras con esta palabra, pero si esto es cierto, Jerusalén es solamente un patrón y una simple sombra de lo verídico. No es la ciudad natural, no estamos hablando de ella aquí, no hay que buscar mapas ni incursionar por Internet para ver como anda el asunto palestino. Es una ciudad espiritual donde habita Dios porque ya ha dicho en otra parte que Él no habita en templos hechos por hombres.

¿Te imaginas si un literalista, de esos que aún toman a la Biblia al pie de la letra puntual de lo que dice sin aceptar símbolos ni revelaciones, toma esto tal cual está escrito? Va a salir a decir y enseñar que Dios habita en Israel, en la ciudad de Jerusalén.

¿Cuántos saben que de allí en más van a aparecer muchos de esos “hermanos” que viven llevando contingentes a “tierra santa” donde los hacen visitar la tumba de Jesús (Hay no menos de tres en los tours turísticos) y sólo falta que se pongan a buscar el trono de la Gracia?

(Romanos 3: 28-30)= Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.

¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles.

Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión.

Esto quiere decir que sólo la fe trae a Dios a ambos grupos, sea incircunciso, o no. Eso destruye doscientos años de teología. Abraham, de acuerdo con la escritura que leímos, salió buscando una promesa. Pese a que no somos linaje literal de Abraham, sabemos que por la fe sí somos simiente de Abraham.

Tendremos que entender, entonces, que por la misma fe somos herederos de la misma promesa. ¿Qué promesa? Lo más lógico del planeta es que, si yo me entero que soy flamante heredero de alguien, lo primero que tengo que hacer es averiguar a ver qué es lo que heredo. No sea cosa que por allí solamente herede deudas. ¡Qué cosa! ¿No? La iglesia fiel sirve a Dios durante toda una vida y no sabe qué es lo que está buscando.

¿Te imaginas esa escena? Abraham caminando a pocos kilómetros de Ur de Caldea. Dos amigos suyos lo ven pasar y le gritan: “¡Eh, Abraham! ¿Adonde vas?” - …A la tierra prometida… - “¿A la tierra prometida? ¿Y adonde se encuentra?” - ¡Qué se yo adonde se encuentra! ¡Yo voy hacia allá y listo! Fe.

Hebreos 11, versos 8 y 9 nos da un poco de entendimiento en cuanto a la promesa: …Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; Un momento.

¿A qué salió? ¡A recibir su herencia! Eso dice. - Y salió sin saber adonde iba. Por la fe habitó… - ¿Cuántos sabrán que el término “habitó”, aquí es consiguió?) …habitó como extranjero en la tierra prometida.

De manera que estaba EN la promesa; consiguió llegar a consumar su búsqueda. Llegó a la tierra prometida, la actual Jerusalén, allá en medio oriente. Llegó allí y habitó allí, pero dice que estando ahí se sintió extranjero. Como si fuera tierra ajena.

¿Por qué, si era la promesa? Era la herenciaMorando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; - Vemos que llega a la tierra pero se siente algo así como: “Esto no es lo que me dijo el Señor”. “Hay algo más, me siento extraño aquí”. ¿Reacción? ¿Sensación? ¿Discernimiento?

El verso 10 nos aclara el asunto: …porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios… No andaba buscando a Jerusalén, andaba buscando a la iglesia. “Pero no, hermano… ahí dice ciudad…” bueno; es que la iglesia es la casa de Dios o la ciudad de Dios. Él buscaba una ciudad espiritual.


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