A Jairo González lo conozco desde cuando iniciamos el grupo de evangelización de la Alianza Cristiana y Misionera de Las Américas, en Santiago de Cali. Para ese entonces le decían “Speedy González”, epíteto con el que aludían, de un lado a su apellido, y de otro, a la velocidad al desplazarse, aunque obviamente no era así. Por el contrario, caminaba muy despacio.

El trasfondo era otro: Jairo ahora sí podía caminar. Meses antes no.

Llegó al centro de rehabilitación de farmacodependientes casi ciego, con una semiparálisis y en un estado general de salud muy deteriorado. Nadie daba un peso por su vida. Incluso, buena parte de los internos coincidían en asegurar que no terminaría el período de rehabilitación.

Durante una vigilia en el Estadio “Pascual Guerrero”, comenzó a caminar. Lo hizo cuando obedeció al llamado del predicador. Aunque le embargaba un leve temor de que nada ocurriera y tuviera que regresar derrotado a su lugar, avanzó ayudado con las muletas. El evangelista retó a los enfermos a hacer aquello que no podían antes. Jairo se despojó de sus ayudas mientras que sentía cómo en sus piernas se producían algunos cambios. Un estiramiento de los músculos, por ejemplo. Segundos después estaba corriendo por la gramilla. ¡Fue un milagro!.

Ayer lo vi después de compartir la Palabra en una iglesia. “Te veo cada día mejor” --le dije--. “Pero todavía falta mucho más—respondió con esa sonrisa optimista que le caracteriza—porque Dios sigue obrando milagros en mi vida”.

Los milagros han ocurrido desde siempre...

El Dios en el que hemos creído, es un Dios de milagros. Su presencia en medio del pueblo ha estado siempre allí, latente, haciéndose sentir.

Al meditar en este hecho recordaba un pasaje bíblico. Ocurrió cuando los apóstoles Pedro y Bernabé debieron huir a Listra después que se desató la persecución en Iconio, a donde habían ido a predicar inicialmente.

En aquella ciudad “...vivía un hombre lisiado de nacimiento, que no podía mover las piernas y nunca había caminado. Estaba sentado, escuchando a Pablo, quien al reparar en él y ver que tenía fe para ser sanado, le ordenó con voz fuerte:--¡Ponte en pie y enderézate!--. El hombre dio un salto y empezó a caminar.”(Hechos 14:8-10. Nueva Versión Internacional).

¿Qué ocurrió?

En la escena se presentaron tres elementos dignos de considerar, porque usted mismo necesita hoy que Dios obre un milagro en su existencia.

El primero, que el paralítico estaba atento a la Palabra. Sin duda le estimulaba la certeza de que aquél mensaje provenía de Dios y tenía claro que para Dios no hay absolutamente nada que tenga el rótulo de “Imposible”.

El segundo, el hombre atendió la voz del apóstol quien impartió una orden de fe, con autoridad. Los siervos de Dios se dejan utilizar como instrumentos del Creador para glorificarle a Él, no para exaltarse a si mismos. Quienes buscan la gloria personal, dejan de lado al Señor Jesucristo y buscan auto publicitar sus ministerios, en un hecho que no corresponde a un verdadero ministro de la Palabra.

Tercero, el paralítico obedeció. Le asistía una fe enorme, producto de la convicción que tenía del poder ilimitado de Dios y también—por supuesto—la ansiedad por caminar.

No dude que nuestro amado Señor, el Todopoderoso, puede transformar su vida con un milagro. Basta que clamemos a El en oración, sin desmayar. Persistir y creer. Creer y persistir. Ahí está el secreto. Tengo la certeza que Dios responderá.

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Ps. Fernando Alexis Jiménez
Página en Internet http://www.heraldosdelapalabra.com y meditaciones diarias en http://www.adorador.com/meditaciones

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