El modelo del cristianismo, tradicionalmente, ha sido tener un “ministro” al frente que lo haga todo. La historia de la iglesia nos demuestra que este modelo ha sido nefasto, porque ha significado la in stauración de una casta sacerdotal, en desmedro de los demás hijos de Dios.

La palabra de Dios es muy clara al incluir a todos los creyentes como sacerdotes. Por tanto, todo hijo de Dios debe servir a su Señor y Dios de acuerdo a lo que Él dice que somos.

Este libro pretende ayudar a los hermanos para que encuentren su espacio para servir al Señor en la iglesia, y, desde la iglesia, a una humanidad doliente, que necesita y clama por ser aliviada de sus llagas.

1ª Edición. Temuco (Chile), Enero de 1999. ISBN: 956 - 288 - 139 - 3. Las citas bíblicas corresponden a la versión Reina - Valera, 1960.

PRESENTACIÓN

El presente libro tiene como propósito atender una necesidad de la obra de Dios entre las iglesias que están por la restauración del modelo de Dios. Esta necesidad puntual se refiere al espacio que ha de tener cada hermano y hermana para servir al Señor Jesucristo, el cual es la Cabeza “ del cuerpo que es la iglesia ”.

El modelo del cristianismo, tradicionalmente, ha sido tener un “ministro” al fre nte que lo haga todo. Sabemos cuán nefasto ha sido en el transcurso de los siglos de la historia de la iglesia el que sólo una casta sacerdotal pretenda servir a Dios. “Las obras de los

nicolaítas” en Efeso se transformaron en “ la doctrina de los nicolaíta s ” en Pérgamo. Estos fueron los comienzos de un servicio anormal. El

uso del vocablo laicos viene, precisamente, de una parte de esta

palabra (“nico - laos ”), que significa “pueblo”. Este término ha sido

usado por las corrientes del cristianismo en forma des pectiva, para referirse a aquellos cristianos que no tienen un servicio visible y que,

por lo tanto, no son parte de la cúpula ministerial. Es más, hay

quienes, en su doctrina, expresan que los laicos no son parte de la iglesia. ¡Qué horror! ¡Cuántos miemb ros del cuerpo de Cristo han sido atrofiados porque se les negó un espacio o porque no se les consideró!

Las Sagradas Escrituras son muy claras en incluir a todos los creyentes como sacerdotes, santos, ministros, diáconos, reyes,

mayordomos, siervos . A tod os se nos designa como “ participantes del llamamiento celestial ” (Heb. 3:1). En todos estos términos están incluidos todos los creyentes. Por lo tanto, todo hijo de Dios debe

servir a su Señor y Dios de acuerdo a lo que Él dice que somos. Es más, se le ped irá cuenta de los dones y/ o talentos con que fue

capacitado para servir, siendo amonestados con ayes los que descuidan su labor. El día del Tribunal de Cristo habrá mucho lloro y crujir de dientes cuando el Señor Jesucristo como Juez pida cuentas a

los may ordomos (Mat. 25:14 - 30). Y esto será así, porque muchos habrán pensado que era muy poco lo que tenían para servir. ¡Dios levante a los de espíritu apocado y vean que Dios nos ha considerado

a todos!

Creemos que esta Palabra impresa, la cual ha sido predica da entre nosotros oralmente por el autor, ha de ayudar en gran parte a

los hermanos para que encuentren su espacio para servir a su Señor en la iglesia y desde la iglesia, a una humanidad doliente, que

necesita y clama por ser aliviada de sus llagas. Usted y todos tenemos

la oportunidad de ser útiles (“Onésimos”): no le permita al enemigo subestimaciones. Crea lo que Dios dice acerca de Ud. Se sorprenderá

de lo bien que trata Dios a los suyos, porque los ve en Cristo y en Él

los ve perfectos.

El cristianism o ha caído históricamente, ya en la pasividad, ya en el activismo. Ambas cosas son anormalidades que han tenido muchos representantes y que han causado enorme daño en el pueblo

de Dios. Las enseñanzas que hay en estas páginas pueden ayudar a no caer en nin guna de las dos, sino a entrar y continuar en la senda

correcta, como son las obras de fe y los trabajos de amor . Quienes

hacen este tipo de obras son creyentes que han aprendido a servir al

Señor en el Espíritu y se caracterizan por no tener confianza en sí mismos.

Tal vez el problema de muchos creyentes que no se atreven a

servir es que temen hacerlo en la carne , o por temor a tomar una

iniciativa individualista ; si bien es cierto que ambos temores son

atendibles, el creyente ha de preguntarle al Señor “ ¿Qué quieres que haga?”. Sin duda que la respuesta no se tardará, y los consejos de

este libro –esperamos en oración – sirvan para despejar estos temores.

Hno. Roberto Sáez F.

Santiago de Chile, diciembre de 1998.

 

 

Uno

LOS PEQUEÑOS

Galilea de los gentiles

En los tiempos del Seño r Jesús había dos grandes provincias

judías, en las cuales él desarrolló su ministerio: Judea y Galilea.

Judea, ubicada al sur de Palestina, era la más importante, porque allí estaba Jerusalén y en Jerusalén estaba el templo. Toda la

actividad política y religiosa de los judíos se centraba en Jerusalén. En cuanto al territorio, correspondía a la herencia de las tribus de

Judá y Benjamín. Nosotros sabemos que éstas eran tribus principales

entre los judíos, especialmente Judá, de la que era David, y de la cu al vino el Señor en cuanto a la carne.

Galilea, en cambio, ubicada al norte, estaba asentada en el extremo de Palestina, en los territorios de dos tribus menores de Israel: Zabulón y Neftalí. De estas tribus no se dice mucho en las

Escrituras. Desde tiempo antiguo, Galilea no tuvo muy buena

reputación. Isaías dice de ella: “ Galilea de los gentiles ”, palabras que Mateo cita en 4:15. Los fariseos, hablando con Nicodemo, le decían

que de Galilea nunca se había levantado profeta. Galilea era considerada tierra de tinieblas y de sombra de muerte; sin embargo, Dios visitó esa provincia apartada enviando a su propio Hijo.

Aquí tenemos, pues, dos provincias: Judea, con toda la gloria de ser la cabeza de la nación; y Galilea, en los confines del territorio, donde Isr ael ya se mezclaba con los gentiles. En Judea estaba la gloria; en Galilea estaban las sombras de la muerte.

Lo más notable de esto es, sin embargo, que el Señor Jesús, siendo de la tribu de Judá, y teniendo, por tanto, todos los derechos de asociarse con la provincia de Judea, se asocia con Galilea, la despreciada. Por eso es llamado Jesús nazareno, es decir, de Nazaret, ciudad galilea. (Hch. 2:22). La opinión que de ella tenían los judíos no

era mejor que la que tenían de Galilea en general. “¿De Nazaret puede salir algo de bueno? ” – solían decir (Jn. 1:46).

Así pues, el Señor Jesús era galileo, y por esta causa fue muy despreciado en Jerusalén. Pero no sólo el Señor era galileo: también lo eran sus discípulos (Hch. 1:11).

Ahora bien, nosotros podemos div idir el evangelio de Mateo en dos grandes partes, si tomamos como criterio el lugar en donde el Señor desarrolló su ministerio: los primeros 18 capítulos contienen su

ministerio en Galilea, y la mayor parte de los restantes, su ministerio en Judea. En Gali lea enseñó, resucitó muertos, consoló a los pobres, sanó a los quebrantados de corazón, dio vista a los ciegos. Este fue un ministerio de enseñanza, de sanidad, de buenas nuevas. Allí predicó algunos de sus principales sermones: el sermón del Monte (caps. 5 al 7), el discurso a los doce (cap. 10), el de las parábolas (cap.

13). Allí se regocija el Señor en el Espíritu y dice: “Te alabo, Padre,

Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los

sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños” (11:25). Allí el Señor reveló sus misterios a los niños y los usó para predicar el

evangelio del reino con poder. En Judea, en cambio, su ministerio

estuvo relacionado con la cruz. Aquí se presenta la mayor oposición. Están los fariseos que busc an la ocasión para destruirle. Está el Getsemaní y el Gólgota. Vemos, pues, que hay una diferencia importante entre estas dos provincias en cuanto al ministerio del

Señor.

En el capítulo 19 encontramos al Señor saliendo de Galilea con destino a Judea. Lueg o de su penoso viaje hacia Jerusalén, de su muerte allí y de su resurrección, vuelve a Galilea, donde se manifiesta a sus discípulos (Mt. 28: 10).

Pero el último discurso del Señor a sus discípulos en Galilea,

antes de trasladarse a Judea, lo tenemos en e l capítulo 18 de Mateo.

En este capítulo, unos de los más hermosos de la Biblia, vamos a centrar ahora nuestra atención.

Los pequeños

El capítulo 18 de Mateo tiene un solo y gran tema: los pequeños.

Los pequeños son los mismos “niños” a los cuales Dios les revela a su Hijo, y que motivan el regocijo del Señor en Lucas 10:21: “ En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh

Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.

Vemos aquí, en esta versión Reina - Valera, 1960, varias secciones, encabezadas por subtítulos. Estos subtítulos nos van a

ayudar. Si miramos con atención, veremos que todas estas secciones están relacionadas con los pequeños. En la primera: “¿Quién es el mayor?” se habla de los niños; en la segunda: “Ocasiones de caer”, se habla de los tropiezos hechos a los pequeños; en la tercera: “Parábola

de la oveja perdida”, de los pequeños que se pier den; en la cuarta: “Cómo se debe perdonar al hermano”, de cómo y cuánto se debe

perdonar, fundamentalmente, al hermano pequeño; y en la quinta: “Los dos deudores” se habla acerca de cómo deben ser perdonadas las deudas que los hermanos más pequeños tienen con nosotros.

Así pues, podemos ver que todo este capítulo está enteramente referido a los pequeños.

Reiteramos que este es el último sermón del Señor en Galilea, la despreciada, antes de ir a Judea. El Señor pone aquí, en Galilea, todo el acento en los pe queños, para que nosotros atendamos a lo que Él nos quiere decir.

Revisemos las cinco secciones una a una.

“¿Quién es el mayor? ” (versículos 1 - 5). Aquí se dice que el volverse como un niño es una condición para el reino (3); que el

humillarse como un niño es condición para la grandeza en el reino (4); y que el recibir a los niños es recibir al Señor del reino.

De modo que si no nos volvemos como niños, si no nos humillamos como niños y si no recibimos a los niños, no tenemos parte en el reino, ni menos podr emos alcanzar en el reino alguna honra, porque estaremos rechazando al Señor del reino. Es una

buena lección que nosotros debemos recordar siempre. No importa el grado de conocimiento, ni las verdades espirituales que sepamos; no importa cuántos demonios h ayamos echado fuera ni cuánto hayamos predicado. El imperativo es volvernos como niños, humillarnos como

niños y recibir a los niños. Y aquí recibir a un niño es recibir a un pequeño en la fe, a uno que es débil.

“Ocasiones de caer” (versículos 6 - 10). Poca s veces el Señor es tan severo como en este pasaje. Los “¡ay!” que vemos aquí aparecen

pocas veces en el Nuevo Testamento. Los encontramos referidos a las ciudades impenitentes (Corazín, Betsaida, Capernaum), a los fariseos,

a Judas, a los ricos, a Babilon ia, y aquí, a aquellos que hacen tropezar a los pequeños. El Señor le imprime tanta fuerza a esta enseñanza, que llega a decir que es preferible cortarse la mano, o el

pie, o sacarse un ojo, y entrar con esa mutilación al reino, antes que

ser echado fuera por un tropiezo provocado a los pequeños. ¡Cuidado, pues, con menospreciarlos!

“Parábola de la oveja perdida” (versículos 11 - 14). La parábola de la oveja perdida está referida a los pequeños. La oveja que se va

por los montes dejando el rebaño, representa a los pequeños (vers.14). Hay noventa y nueve que están firmes y seguras, son

estables, oyen la voz del pastor y se sujetan a él; pero una, tal vez la más débil, o la más obstinada y rebelde, en su pequeñez espiritual, se

descarría. Entonces el pastor va tras ella y la trae, y se regocija más por ella que por las noventa y nueve que no se descarriaron.

¿Cuántos hermanos pequeños hay que, por diversas razones, se han apartado? Cualesquiera de esas razones es una demostración de su

pequeñez. No obstante, el pastor va tras ella, la trae y se regocija por ella.

“Cómo se debe perdonar al hermano” (versículos 15 - 22). La expresión “por tanto”, con que comienza esta sección, sirve para

conectarla con la sección anterior. En el versículo 14 se terminó hablando de lo s pequeños, así que aquí están ellos implícitos en el comienzo. ¿Quiénes suelen pecar muchas veces? Los pequeños. Sin embargo, aunque ellos pueden pecar setenta veces siete, aún así deben ser perdonados. Y esta cantidad no es, en realidad,

cuatrocientas no venta veces, sino “siempre”. Setenta veces siete es igual a siempre. Los pequeños tienen que ser perdonados siempre,

pero también tienen que ser reprendidos. ¿Cómo? Dice: “... estando tú y él solos ”. Esto es así para que no sea avergonzado ante los demás.

Después, si él no hace caso, hay que dar otros pasos, pero primero es “solos”. Los que más suelen incurrir en tal cantidad de faltas son los pequeños.

“Los dos deudores” (versículos 23 - 35). Esta sección comienza con el conectivo “Por lo cual”, que, al igua l que el “por tanto” del versículo 15, asocia la sección con la anterior.

Aquí aparecen un rey, un siervo y un consiervo. El siervo está endeudado con el rey, y el consiervo con el siervo. El rey es el Señor y los siervos somos nosotros. El siervo tiene u na deuda tan grande, que es literalmente impagable. Y como no puede pagarla, es perdonado; y como es perdonado de una deuda tan grande, tiene que estar

dispuesto a perdonar siempre al hermano endeudado con él.

El siervo debe diez mil talentos. Una cantidad considerable. Si traducimos esa cantidad de dinero a nuestra moneda actual,

podremos ver más claramente la magnitud de su deuda. Un talento equivale a seis mil dracmas. Una dracma es aproximadamente lo que

ganaba en los tiempos del Señor un obrero al día. En Chile, un obrero gana aproximadamente unos $2.500 al día. Si multiplicamos esta

cantidad por seis mil, tenemos quince millones de pesos. Ese es el equivalente a un talento. Si multiplicamos quince millones por diez

mil, tenemos la no despreciable suma de quince mil millones de pesos. Esa es la equivalencia en pesos chilenos de hoy de los diez mil

talentos. Quince mil millones de pesos * .

Para comprender mejor el monto de esta cantidad grafiquemos

un poco. Con quince mil millones de pesos podríamos compr ar mil quinientas casas de diez millones cada una, o tres mil vehículos de

cinco millones. Ahora bien, si tuviésemos que pagar esa deuda a plazos, con cuotas de doscientos mil pesos mensuales, tardaríamos

setenta y cinco mil meses en pagar, es decir, seis mil doscientos cincuenta años. Si pudiéramos pagar un poco más, unos quinientos

mil pesos mensuales, deberíamos pagar dos mil quinientos años. Si pudiéramos pagar aún un poco más, un millón de pesos al mes,

deberíamos estar pagando mil doscientos cincuenta años, es decir, unas diecisiete vidas. Y si alguien dijera: “Yo tengo mucho dinero, yo

quiero pagar esa deuda mensualmente de por vida”, (supongamos, setenta años), debería pagar la suma de diecisiete millones

ochocientos cincuenta y siete mil ciento cuar enta y dos pesos al mes.

Así, pues, de verdad el siervo no tenía con qué pagar. Por eso, el Señor ordena venderle a él y a sus hijos y todo lo que tenía para que se le pagase la deuda. Es decir, las vidas de toda su familia y sus

bienes. Y por eso, como er a del todo imposible, cuando el siervo se humilló, el Señor le perdonó la deuda.

Y eso es lo que el Señor nos ha perdonado a nosotros. Así tan grande era la deuda que nosotros teníamos con Él. Nuestros pecados

eran tantos y tan horrendos, y nuestra separac ión con Dios era tan abismante, que sólo la sangre del Señor Jesús pudo tender el puente

que nos llevó desde nuestra caída hasta la reconciliación con Dios.

¡Bendito es el Señor Jesucristo! ¡Preciosísima es su sangre! Porque si

a cada uno el Señor le perdo nó diez mil talentos, al sumar por cada uno de nosotros esa cantidad, tenemos una cantidad que no podemos concebir. No hay en todo el universo dinero ni riquezas suficientes para pagar el precio de nuestra salvación.

Pero, ¿cuánto debía el consiervo? Cien denarios. Un denario es aproximadamente lo mismo que una dracma, o sea, unos doscientos

cincuenta mil pesos chilenos de hoy, apenas una vigésima parte de un vehículo de cinco millones (¿una rueda tal vez?). Y es por esa

cantidad insignificante que el sierv o estrangulaba a su consiervo, y aún más, lo echó en la cárcel hasta que le pagase la deuda.

Parece claro que hay una gran diferencia entre ambos casos. Así que podemos concluir que siempre la deuda que un hermano tiene con nosotros es infinitamente menor que la que nosotros teníamos con el Señor. No importa el tamaño del pecado, no importa la ofensa que nuestro hermano nos haya infligido: todo lo que podamos imaginar, por grave que sea, es menor que lo que el Señor nos

perdonó, y de lo cual nos limpió con su preciosa sangre. Por tanto, si fuimos misericordiosamente perdonados, también debemos

misericordiosamente perdonar.

De este precioso capítulo también podemos inferir que normalmente son los hermanos más pequeños los que se endeudan con los hermanos más grandes; así como normalmente son los hermanos más grandes los que hacen tropezar a los más pequeños.

Que el Señor nos libre a unos y a otros para no obstruir su obra entre los hijos de Dios.

Pensamos que este capítulo 18 de Mateo difícilmente pudo haber s ido predicado en Judea. Es un capítulo que tenía que ser predicado en Galilea. Constituye una defensa del Señor a los débiles, a los

pequeños, a los menospreciados. Una defensa de los que – en palabras de Pablo – son “menos dignos” y “menos decorosos” en e l cuerpo (1ª Cor. 12:23).

“Mis hermanos más pequeños”

En el capítulo 25 de Mateo, versículos 31 al 46 encontramos el pasaje referido al juicio de las naciones, en el cual aparece el Señor en

el día del juicio, apartando las ovejas de los cabritos. A las ovejas dirá en aquel día: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado

para vosotros desde la fundación del mundo ”. ¿Cuál es la razón de tal bienaventuranza? Es porque cuando ellos hicieron misericordia a “ mis hermanos más pequeños, a mí lo hi cisteis” -- dice el Señor. Luego, en los versículos siguientes, dice a los cabritos: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles ”.

¿Cuál es la razón de tan terrible juicio? Es porque al no haber hecho

misericordia “a u no de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis ”.

Aquí, cuando el Señor habla de sus hermanos más pequeños no se refiere a los que son del mundo, sino a los hijos de Dios, a los renacidos, a los que tienen su mismo Espíritu, de los cuales El es el prim ogénito. El Señor puede ser considerado amigo de los pecadores (Mt. 11:19), pero no es hermano de ellos.

¿Vemos aquí el valor que tienen para el Señor los pequeños? Aquí se habla, no de los que tienen un lugar destacado en la iglesia, sino de los que no s e notan en ella.

Los pequeños en el cuerpo

En 1ª Corintios 12 dice que en el cuerpo que es la iglesia, nadie debe menospreciar a otro y decirle: “Yo no te necesito”. El ojo no puede decirle eso a la mano, como tampoco la cabeza a los pies. “Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios; y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos

decorosos, se tratan con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen

los unos por los otros” (22 - 25). Aquí están los débiles, los m enos dignos, los menos decorosos. A estos podemos asociar con los

pequeños de Mateo 18 y de Mateo 25. Aquí en Corintios hay miembros que parecen más débiles, pero son los más necesarios.

Están los que parecen menos dignos, pero que, no obstante, se visten más dignamente.

Alguien podría pensar, tal vez, que sería muy hermoso tener sólo hermanos crecidos, maduros y estables en la iglesia. Sin embargo, en los tiempos de Pablo también había hermanos débiles, y había

algunos que no eran tan decorosos, ni tan no bles, ni tan crecidos. De la misma manera ocurre hoy, y así será siempre en la iglesia. ¿Por

qué están esos hermanos entre nosotros? Sería motivo de mucha gloria si fuésemos todos muy maduros. Tendríamos motivos para

enorgullecernos ante todos quienes nos rodean. Pero la existencia de un solo hermano débil en la iglesia es motivo suficiente para que

todos seamos humildes delante del Señor.

El Señor permite que esté mi hermano con todas sus debilidades

y flaquezas, para que yo tenga la suficiente humildad y paciencia, como para estar con él, para asistirlo, para apoyarlo, para reír con su

risa y llorar con su llanto. Para que no nos envanezcamos. ¡Ay si perdemos la ternura hacia el pequeño! ¡Ay si nos volvemos orgullosos,

soberbios, altivos! Existe, pues, un a poderosa razón por la que están los hermanos más pequeños entre nosotros. Hay una lección que ellos

nos tienen que enseñar. ¡Qué cosa más noble es que el hermano más crecido en la iglesia pueda bajar hasta la estatura del más pequeño y

sentarse a su mesa , abrazarlo, llorar juntos, lavarle los pies y aun ser lavado por él! ¡Qué espectáculo maravilloso delante del Señor y delante de sus ángeles! Esto no puede ser hecho sino por el Espíritu Santo cuando caminamos en amor. Por eso el andar en amor es el compl emento perfecto del andar en la justicia.

Aquí en este pasaje de Corintios hay lo que podríamos denominar un principio de equidad, que consiste en darle más honra

al que tiene menos, para que no haya desavenencia en el cuerpo. Para que ninguno se gloríe y menosprecie a su hermano más pequeño.

Andar conforme al amor

Veamos Romanos capítulo 14. Tomaremos algunos versículos de este hermoso capítulo:

“Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones. Porque uno cree que se ha de comer de todo; otro, que es débil, come legumbres. El que come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido ... Pero tú, por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu

hermano? Porque todos co mpareceremos ante el tribunal de Cristo ... De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí. Así que,

ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano ... Pero si por causa de

la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor. No hagas que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió... No destruyas la obra de Dios por causa de la comida. Todas

las cosas a la verdad son limpias; pero es malo que el hom bre haga tropezar a otros con lo que come. Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni nada en que tu hermano tropiece, o se ofenda o se debilite ...”.

Este capítulo sigue la misma línea de Mateo 18. En Mateo 18

nosotros vemos que el mayor pone tropiezo al menor. Aquí el mayor menosprecia al menor. En Mateo 18 el menor está endeudado con el

hermano mayor, acá el menor juzga al mayor. Pero, tanto el mayor como el menor comparecerán ante el tribunal de Cristo.

Hay algunos profesores que, al momento de evaluar a sus alumnos, los sientan en dos filas: a los que tienen más dificultades

les hacen una prueba más fácil, y a los más avanzados, una más difícil. ¡Ay de los que están en la segunda fila! La prueba para ellos es

terrible. Algo así es lo que va a pasar cuan do comparezcamos ante el Señor. No todos vamos a ser medidos con la misma vara. A cada uno,

de acuerdo a lo que se le haya dado. Al mayor, con una vara más alta; al menor, con una más baja. Por tanto, el mayor no menosprecie al

menor, antes bien diga: “Señ or, ten misericordia de mí, porque habiendo recibido de Ti tanta luz, soy, en mi actuar, tan similar a mi

hermano que tiene menos.” La “prueba” que se le va a aplicar en aquel día, y para la cual tiene que prepararse, será mucho más difícil.

En Romanos 14 se habla principalmente de la comida como ocasión de tropiezo, aunque también se mencionan otras cosas, como el guardar los días. La comida es algo que puede causar tristeza, si es que el hermano es contristado por la comida que tú comes, y puede

ser, adem ás, motivo de tropiezo, de ofensa o de debilitamiento en la fe. Se habla también de la pérdida de uno por quien Cristo murió, y aun de la destrucción de la obra de Dios por causa de la comida. Esto

significa que, aunque hay cosas que pueden ser legítimas p ara nosotros, ellas pueden también causar daño a los hermanos más

pequeños.

El versículo 15 dice: “Si por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor.” Si sólo le causamos tristeza, ya no andamos conforme al amor. Este es un asunto delicado. En esto hemos de ser muy cuidadosos. Si por nuestro

actuar un hermano cayera en pecado, sería sin duda terrible. Si se apartara del Señor, sería también terrible. Pero acá se trata solamente

de la tristeza – algo aparentemente menor – pero aun así es terrible, porque es señal de que no andamos conforme al amor.

Hay aquí también una gradación que va de menor a mayor: se habla de contristar, de sufrir una pérdida, y de destruir la obra de

Dios por causa de la comida. Primero la tristeza, lueg o la pérdida y finalmente la destrucción de la obra de Dios por una cosa pequeña.

Esto es tremendo y muy solemne. Y puede no sólo ser provocado por la comida, sino también por muchas otras cosas.

El problema de la conciencia

La conciencia del hermano mayor es más firme; en cambio, la del menor es más débil. La tendencia del menor es juzgar al mayor

por lo que come, o hace. ¿Sobre qué base el menor juzga al mayor? Sobre la base de su propia conciencia, no de la del otro. De manera que el mayor es juzgado por la conciencia del menor. Ese es el parámetro. A nosotros nos gustaría ser siempre juzgados de acuerdo

a nuestra propia conciencia, pues, si tenemos una conciencia firme, sabemos que todo nos es lícito, y que si lo hacemos con fe y no dudamos, no somos con denados porque lo hacemos como para el Señor. El problema está con los hermanos que tienen un crecimiento menor, cuando somos juzgados por la conciencia de ellos.

En 1ª Corintios 10:29 dice: “La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro .” La concienci a mía me puede aprobar, pero, ¿qué de la conciencia del otro? Un hermano legítimamente puede decir: “¿Por qué se ha de juzgar mi libertad por la conciencia de otro? Y si yo con

agradecimiento participo, ¿por qué he de ser censurado por aquello de que doy g racias?” (10:29b - 30). En otras palabras, él puede decir: “Yo actúo de acuerdo a mi conciencia. Tienen que respetar mi derecho de

hacerlo”. Sin embargo, la demanda para el hermano mayor es que no

use de ese derecho, por causa de la conciencia de los pequeño s. “Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo

edifica ” – dice Pablo (10:23), y continúa más adelante: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.

No seáis tropiezo ni a judíos, ni a g entiles, ni a la iglesia de Dios; como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio

beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos .” (10:31 - 33). Aquí está el principio: “No procurando mi propio beneficio. No

agradándome a mí mi smo”. En 1ª Corintios 9, Pablo habla acerca de los varios derechos que como apóstol tiene, pero de los cuales no ha hecho uso. Un hermano crecido como él tiene muchos derechos, pero no hace uso de ellos, sino que se allana a todos para ganar a todos.

Pese a la libertad que tiene, él no usa de su derecho para actuar de acuerdo a su conciencia, sino que siempre considera a los demás: “Ninguno busque su propio bien, sino el del otro ”.

Hermanos, no seamos tropiezo ni a judíos ni a gentiles, ni a la iglesia de D ios. Es decir, ni fuera de la iglesia ni dentro de ella.

En el capítulo 15 de Romanos leemos: “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos

a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo

que es bueno, para edificación ”. Primero aparece en negativo (para nosotros): “ No agradarnos a nosotros mismos ”, y luego en positivo (para los demás): “ Cada uno agrade a su prójimo en lo que es bueno,

para edificación ”. Y añade: “Porque ni aún Cristo se agr adó a sí mismo”.

Vemos aquí cómo opera este principio, desde el mismo Señor hacia abajo. Cristo no se agradó a sí mismo. Pablo tampoco se agradó a sí mismo. ¿Qué diremos nosotros? ¿Diremos: “¡Señor, yo no quiero

agradarme a mí mismo!?” Esto está bien, pero es sólo el primer paso. Debemos poder llegar a decir: “Yo tampoco me agrado a mí mismo”.

“Andad en amor”

Este es el camino del amor. Esta es la conducta que se espera de

un hermano maduro. Pablo exhorta a los efesios, diciendo: “ Esto os digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles ...

vosotros no habéis aprendido así a Cristo (4:17,20 ) ... andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros ...” (5:2). Tenemos que dejar el menosprecio a los hermanos y vo lver a considerarnos unos a otros. Volver a estimar cada uno a los demás

como superiores a nosotros mismos. Tiremos nuestra presunción, nuestra liviandad, para que no caigan mañana sobre nosotros los

ayes que vendrán sobre los que ponen tropiezos. Volvámon os a la ternura de Cristo. La ternura de la cual Pablo nos habla en 1ª Tesalonicenses 2, donde dice que, cual nodriza, cuidó a los hermanos

en su pequeñez, deseando entregarles aún su propia vida. Alentémonos unos a otros a servir a los más pequeños en amo r, y también a ellos para que adquieran su propio desarrollo, de acuerdo a

su capacidad.

Cuando seamos más misericordiosos, cuando consideremos a los más débiles, a los menos honrosos, a los menos dignos, a los de

un solo talento, entonces ganaremos mucho como iglesia. Me temo que aún hay corazones heridos, porque alguna vez no fuimos lo

suficientemente tiernos con ellos. No fuimos delicados. Muchas ovejas se apartaron y nunca las fuimos a buscar. A otros, tal vez, los hicimos

tropezar con algún gesto, con alguna conducta nuestra, con alguna promesa no cumplida. Hay, en ocasiones, detalles tan pequeños que

pueden afectar tanto.

Es tiempo de que volvamos a valorar lo que tenemos en la casa de Dios. Es día de que valoremos a todos los miembros del cuerpo. Que el Señor nos llene de su amor, de su ternura. Que nos dé la capacidad para tocar los corazones heridos y sanarlos. Que nos dé la capacidad para considerarnos unos a otros con verdadero y profundo

amor. Porque el amor cubrirá multitud de pecados y sanará t odos los corazones que están heridos. Que el Señor nos socorra. Amén.

Dos

Primero:

TRES PRINCIPIOS PARA EL SERVICIO

ABUNDANCIA EN LA ESCASEZ

(Mt. 14:13 - 21; 15:32 - 38; 16:5 - 12; Lc. 12:1)

Al leer estos pasajes, tenemos un panorama más o menos completo del significado que tuvo la multiplicación de los panes y los peces. Nos damos cuenta de que en dos ocasiones el Señor hizo este milagro, y luego extrajo una enseñanza que se resume en el capítulo 16 de Mateo.

El propósito del Señor no era solamen te alimentar a la multitud que en ese momento tenía hambre, sino que, además, quería dejarnos

una enseñanza muy importante, la cual se asocia con la levadura de los fariseos. La enseñanza aquí tiene que ver con nuestra consagración y con nuestro servicio a l Señor.

Lo primero que salta a la vista al confrontar estos pasajes es que cuando había menos panes y peces, el Señor sació a una multitud más grande, y hubo más cestas con pedazos. Esto es algo importante

de destacar. Y cuando –por el contrario – había má s panes y peces, el Señor pudo multiplicar menos, ya que sólo fueron alimentados cuatro

mil y sobraron siete cestas. ¿Qué significa esto?

Esto significa que cuando hay poco, cuando nosotros tenemos

poco, entonces se da al Señor la oportunidad para que él h aga un milagro mayor. Esto se puede decir también de la siguiente manera:

El poder de Dios se perfecciona en la debilidad ” (2ª Cor. 12:9).

El ejemplo del Señor

Si miramos al Señor en los días de su carne, lo vemos rodeado de debilidad. El Señor no aprendió letras, para que nadie pudiera decir que la sabiduría que Él tenía la había aprendido de algún sabio.

No fue instruido – como Pablo – a los pies de un Gamaliel, o por alguno de los doctores de la ley, para que así pudiera resaltar en Él la sabidur ía de Dios. El Señor se asoció con Nazaret de Galilea, una ciudad despreciada, para que la gloria del Señor no procediera de la

alcurnia de una ciudad prestigiosa, y para que nadie pudiera decir:

“Este profeta viene de Jerusalén: tenemos que oírlo”. Su apa riencia era sin atractivo como para atraer a las multitudes (Is. 53:2), tuvo

hambre y sed, lloró, y seguramente también padeció frío en las

heladas noches a la intemperie; “ fue menospreciado, y no lo estimamos ” (Is. 53:3).

Por tanto, vemos que en la debili dad del hombre Jesús de Nazaret, el hijo de María, se encarnó el mismo Hijo de Dios, quien creó todas las cosas con la palabra de su poder. ¡Qué abundancia

hubo en la escasez, en la limitación y debilidad del hombre Jesús! Y

su gloria se manifestó en toda la limitación de un cuerpo semejante al nuestro.

El ejemplo de Pablo

El Señor le dijo a Pablo: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad ”. Pablo confirmaba eso mismo diciendo: “De buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo .” Y añadía: “ Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte ” (2ª Cor. 12:10).

Nuestra escasez y debilidad no son un obstáculo para el Señor, sino más bien son la ocasión que Él busca para mostrar su poder y

su glo ria. He aquí la oportunidad para los que somos débiles y limitados. Dios nos busca para poder expresar a través de nosotros

su abundante e inefable gloria. Por tanto, ninguno de nosotros, por

muy débil o pequeño que sea, está excluido de un servicio, si es que nos ponemos en las manos del Señor.

Al ver a un siervo que da mucho fruto quizá tú pienses que su fructificación se debe a que tiene muchos panes que ofrecer al Señor. Pero no es así. Si te acercas a él y le preguntas, seguramente te dirá: “Hermano, s oy el más débil y el más inútil de los hombres”. Como

Pablo, que decía que era menos que el más pequeño de todos los santos. ¿Es verdad eso referido a Pablo, el apóstol por excelencia, el

que recibió la revelación más grande, aquél ante quien Dios descubri ó el velo que ocultaba el misterio de Cristo y la iglesia? Sí, tiene que

haberlo sido. Dios conocía la debilidad y pequeñez de Pablo. A nosotros nos parece que es un grande, pero Dios le conocía de verdad.

De modo que no importa si tienes poco, lo que impo rta es si lo poco que tú le ofreces al Señor es tu todo. Si tu todo es poco, el Señor

recibirá mayor gloria cuando haya multiplicación.

La necesidad de ser partido

No obstante, sea que tengas cinco panes o tengas siete, hay una condición básica para la fru ctificación. Y esa condición es que seas partido. Nuestro ser interior debe ser quebrantado. Debe haber una

separación del alma y el espíritu. Nuestros afectos más íntimos deben ser puestos delante del Señor y ser negados para que haya una verdadera multip licación.

Los doscientos denarios que los discípulos suponían que se gastarían en alimentar a la multitud, no eran suficientes. El dinero no puede saciar ninguna necesidad verdadera, y nunca será suficiente.

Por eso el Señor no multiplicó denarios, sino p anes. La mayor necesidad en el pueblo de Dios hoy no es de dinero para saciar las

necesidades de la gente, sino de hombres y mujeres que estén dispuestos a ser partidos para que otros coman.

En Juan 6 aparece un relato de este mismo hecho, en que se mencio nan dos elementos nuevos: primero, que los panes son de cebada y no de trigo; y segundo, que los panes los trajo un niño. ¿Qué nos dice esto? La cebada vale la mitad que el trigo (2 R. 7:16), y a

veces sólo un tercio (Ap. 6:6); y un niño es muy poca cosa c uando hay muchos hombres reunidos. Entre cinco mil hombres, un niño no es

nada.

Así, pues, en la pequeñez y en la humildad de lo que se le ofrece, el Señor encuentra la ocasión para mostrar su gloria.

En ambos pasajes se dice, además, que el Señor tuvo com pasión de la gente. Las necesidades de ellos tocaban su corazón. El Señor

hoy día sigue teniendo compasión de la gente, y nos quiere usar a nosotros para darles de comer. El Señor dio los panes a los discípulos

y éstos a la multitud. La gente recibió el al imento de manos de los discípulos. También Él quiere hacer así hoy. Él quiere que pase a

través de nosotros la bendición para los muchos que tienen necesidad.

La levadura de los fariseos

Luego dice que el Señor les dijo estas cosas a sus discípulos para qu e se guardasen de la levadura de los fariseos y los saduceos. En Lucas 12:1 se señala que esta levadura es la hipocresía.

¿Por qué de este pasaje el Señor extrae una enseñanza relativa a la hipocresía?

La hipocresía consiste en hacerse ver, en aparentar externamente algo que no es real en lo interior. Es una fachada. El hipócrita no tiene intimidad con el Señor. No soporta que lo alumbre la luz de Dios en lo íntimo. Él quiere mostrar un brillo que no procede

del quebrantamiento. El ama la gloria de una resu rrección que no ha pasado por el Getsemaní, y que no conoce la cruz. La hipocresía hace

imposible la multiplicación, porque ésta requiere que el pan sea partido. La multiplicación no procede de una justicia exterior, de una apariencia; la hipocresía, por e l contrario, es un asunto que se ventila hacia afuera, es la justicia que se hace delante de los hombres. La

hipocresía es estéril, no es del Espíritu; en cambio, la multiplicación es un asunto que se decide en el interior del hombre, es un grano de trigo que cae en la tierra y muere, olvidado por los hombres, pero que luego da mucho fruto.

Quien quiera prestar un servicio delante de los hombres, tiene que primero ministrar delante del Señor. Nadie puede comenzar

realizando cosas externas, primero debe habe r una entrega del corazón, una aceptación de la cruz. Luego el Señor podrá usar a esa

persona para un ministerio público, para servir a los hermanos o a los que están afuera. Siendo la multiplicación un asunto que se

manifiesta en lo exterior; sin embargo, su suerte se decide en lo interior. La multiplicación que habrá mañana se decide hoy. El

servicio que tú prestarás mañana, se está decidiendo ahora. De la misma manera que el servicio que tú estás prestando hoy se decidió

ayer, cuando determinaste el grad o de tu entrega y de tu consagración.

La multiplicación se decide cuando uno se propone en lo secreto de su corazón ponerse en las manos de Dios para ser partido.

La máxima recompensa de un hipócrita es la alabanza de los

hombres. Eso es todo lo que busc a y en eso se complace. En cambio, la máxima recompensa de uno que se ha ofrecido delante del Señor es

que Él pueda utilizarle para suplir las necesidades de otros.

El Señor espera que nosotros hoy tomemos una decisión más radical que la que tomamos ayer, habiendo ya caminado un tramo, habiendo sido instruidos, habiendo sido socorridos por el Señor de

tantas maneras. Hoy día se requiere de nosotros una consagración un poco mayor.

“¿Cómo aún no entendéis?”

En este pasaje de Mateo 16 vemos que los discípulos se olvidaron de traer pan; entonces el Señor les advirtió acerca de la levadura de los fariseos. ¿Por qué el Señor les dijo eso? Sin duda que

había un problema con los discípulos. Si vamos al evangelio de Marcos (8:17 - 21), leemos que el Señor les dijo: “ ¿N o entendéis ni comprendéis? ¿Aun tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos

no veis y teniendo oídos no oís? ¿Y no recordáis? ”. Luego de recordarles la cantidad de gente que había sido alimentada y la

cantidad de cestas que habían recogido con pedaz os, el Señor concluye diciendo: “¿Cómo aún no entendéis?”

Los discípulos estaban incapacitados todavía para poder entender los principios que se derivan de estos milagros. Para el Señor era evidente que las cantidades de los panes y peces, de la gente alim entada y de las cestas con pedazos sobrantes, hablaban por sí solas. La lección de estos pasajes se obtiene relacionando ambos milagros, y obteniendo conclusiones a partir de las cantidades. Nuestro Dios es Dios que provee abundantemente en medio de la esc asez, y más abundancia otorga cuando hay más escasez. Ellos, sin embargo, aún tenían sus ojos velados.

Los discípulos tenían que ver, además, que ellos no podían presumir del milagro que el Señor había obrado recién. No podían conservar como trofeo los pa nes que el Señor había multiplicado. No podían exhibir un hecho que no procedía de un quebrantamiento

presente. Cada vez que se espera suplir la necesidad del pueblo de Dios, tenemos que ser partidos de nuevo. Cada vez que se bendice a una persona, es porq ue hubo una renuncia, una pérdida del yo, es porque la cruz tuvo efecto en el corazón de quien fue usado por el Señor. Ellos lamentaban no haber conservado algunos panes de los

que el Señor había multiplicado, pero Él les dice: “¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan?”. Ellos

tenían que ver que, al producirse la necesidad, ellos tendrían que ser partidos de nuevo, y entonces habría pan.

Cuando el Señor multiplicó para los cinco mil no guardó para los cuatro mil. Cada vez tuvo que obrarse un nuevo milagro. Cada vez tuvo que producirse un nuevo partimiento y siempre va a ser así. Por eso nuestra consagración, si bien se decide en un momento crucial,

se debe ir renovando día a día.

Lo verdaderamente peligroso para los siervo s de Dios es la hipocresía. Los que desean servir a Dios no deben temer por la

escasez de sus recursos, sino por la semilla de la hipocresía que

pueda albergarse en su corazón. Por eso el Señor dijo: “ Guardaos de la levadura de los fariseos ”, es decir, la doctrina de ellos, que se

resume en aquella lacónica expresión: “ Ellos dicen, y no hacen .” (Mt. 23:3b). Esto sí atenta contra el servicio de un hijo de Dios, e impide la

multiplicación.

Renovando nuestra consagración

En la Escritura se habla de que hay una puerta estrecha y un camino angosto. La puerta estrecha es ese acto de consagración único

y definitivo, cuando tú pones la oreja junto al poste para que sea

horadada, y así vienes a ser siervo para siempre (Ex. 21:5 - 6). El camino angosto es una sucesión i ninterrumpida de actos de consagración y de renunciamiento, cada día.

De manera que no podemos vivir de experiencias pasadas. Si bien ellas marcan hitos en nuestra historia de fe, y nos enseñan y nos

alientan, se requiere un nuevo acto de consagración hoy, si es que queremos que las necesidades de otros sean hoy suplidas a través de

nosotros.

¿Podemos decir que nuestra consagración hoy es más completa que ayer? Si la respuesta es positiva, preguntémonos ahora: ¿Hemos

mirado hacia adelante para ver cuánto el Señor espera que le consagremos a él? ¿Cuánta renuncia de nosotros mismos y de lo que

poseemos espera el Señor hoy?

Puede haber abundancia en la escasez. No pensemos que es muy poco lo que tenemos; más bien asegurémonos de que lo poco que

tenemos lo hemos puesto todo delante del Señor. En nuestra debilidad, en nuestra pequeñez, el Señor tiene la ocasión para mostrar lo poderoso que es, de modo que después puedan decir algo

así como lo que dijeron de El: “¿No es este el carpintero, hijo de María,

hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?” (Mr. 6:3). Entonces podrán decir de ti: “¿Quién es este hombre? ¿De dónde aprendió estas cosas? ¿No es

éste el que yo vi en otro tiempo lleno de problemas, esclavizad o de tantas cosas, frustrado, amargado, y cómo es que ahora está dando

este fruto?

Tienen que notarse en nosotros las huellas de la gracia de Dios y de su mano poderosa. Pablo dice que somos grato olor de Cristo en

los que se salvan. Ese grato olor es la h uella que deja el Espíritu Santo en un hombre cuando se ha consagrado enteramente al Señor.

Así que, la multiplicación mayor se produjo cuando hubo menos panes. Más gente fue saciada con los menos panes y más cestas con

pedazos sobraron entonces. Esto no s ignifica, sin embargo, que tenemos que ofrecerle poco al Señor para que en eso poco exprese su gloria. Más bien quiere decir que aunque nosotros tengamos poco,

aunque nuestro todo sea poco, eso es suficiente para el Señor.

Segundo:

DEJAR PA RA RECIBIR

“Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.” (Mateo 19:29.)

Para una mejor comprensión de lo que compartiremos a

continuación, vamos a resaltar algunas palabras de este versículo: “Y cualquiera que haya dejado ... recibirá .” Esto tiene que ver, pues, con el dejar y con el recibir.

Muchas veces nos parece que no podemos servir al Señor,

porque no tenemos qué poner del ante de los demás: nos vemos vacíos. Nuestro corazón y nuestras manos están vacíos ¿Qué compartiremos con otros? ¿Qué les diremos? Nos parece que ni

siquiera hemos recibido un talento con el cual poder servir al Señor.

Pero acá vemos un principio: “Quien h aya dejado, recibirá”. Esto parece ser una relación proporcional. Tanto dejas, tanto recibes.

Ahora bien, apliquemos este recibir no como buscando algo para nosotros. No vamos a dejar cosas para recibir nosotros, ni vamos a

negociar con el Señor para ganar nosotros. Tomémoslo en este otro sentido. Pensemos en que necesitamos recibir primero para tener qué

poner delante de otros cuando haya necesidad. Queremos tener el corazón lleno, las manos llenas y la boca llena de bendición, para entregar cuando haya ne cesidad. Es en este sentido que necesitamos recibir.

Mira por un momento tu corazón. ¿Qué afectos hay en él? ¿Qué preocupaciones? ¿Qué planes tiene para el futuro inmediato? ¿Qué ambiciones secretas? Mira tu corazón. Ve si estás dispuesto a dejar hoy algo de eso que llena tu corazón para que el Señor pueda poner en su lugar algo que puedas ofrecer a los demás, algo con que saciar la necesidad de los demás. Si lo haces, habrá entonces alguna gracia,

alguna virtud, alguna vislumbre de la gloria del Señor, alg ún destello de su amor que El te dará para bendición de otros.

Ahora, mira tus manos. Por un momento mira tus manos. ¿Qué cosas están aferrando tus manos? El Señor no puede poner nada en

ellas, porque están ocupadas. Si sueltas lo que tienes, Él podrá llen arlas de bendición. Y podremos cantar con verdad esa antigua canción: “Tengo mis manos llenas de bendiciones, y estas son para ti”. Necesitamos tener las manos llenas de bendiciones para que, al tocar al hermano, él sea bendecido.

Tal vez hay alguna cosa q ue el Señor te ha demandado desde hace mucho tiempo, y tú, una y otra vez has argumentado con Él. A veces te parece que has logrado convencerlo. Pero de pronto te das cuenta de que no lo has convencido. El Señor, tierna y firmemente, te

hace ver que la dem anda está en pie y que esa cosa –cualquiera sea – tiene que ser dejada o quitada de en medio, porque te está trayendo

peso y aflicción, y el Señor quiere verte libre. Así que tus muchos argumentos y tu esmerada persuasión no le han convencido.

¿Qué tienes h oy respecto de aquello? Tal vez este sea el día de dejarlo para que puedas recibir la abundancia del Señor. Si el Señor

sigue insistiendo todavía, entonces tienes que dejarlo. Cuando hay este tipo de controversias con el Señor, no sirve de mucho aumentar la oración, ni la lectura de la Biblia, ni el ayuno. El Señor bien podría decirte: “¿Por qué redoblas la oración y el ayuno, cuando tú sabes que no es eso lo que te estoy pidiendo? No veré el ayuno, ni oiré tu

oración.” Si ese punto no es solucionado, no va a quedar nunca claro en tu corazón que verdaderamente Él es el Señor y que tú eres su

siervo. Mientras ese punto no se solucione, habrá siempre un forcejeo. Tú podrás decirle: “Tú eres el Señor, y yo quiero hacer tu voluntad”, pero eso te va a sonar hueco y no te va a dejar tranquilo.

Así tú no puedes servir. Lo único que vale en una situación como esa es ceder a lo que el Señor te está demandando.

De los varios años que algunos de nosotros hemos caminado,

hemos aprendido que la capacidad de servicio que p odemos tener en un momento dado, nos viene cuando estamos dispuestos a dejar algo

de lo nuestro para recibir del Señor. Luego que hemos entendido una demanda podemos evadirla por mucho tiempo, pero llega a sernos tan

aguda que por fin tenemos que decir: “S eñor, quiero hablarte acerca de este asunto. Hoy quiero renunciar a esto de una vez y para

siempre. Nunca más lo mencionaré. Está absolutamente muerto y enterrado para mí.”

Desde ese día algo cambiará en tu relación y en tu servicio al Señor. Tal vez orar ás lo mismo, leerás lo mismo la Biblia: nada externo aparentemente habrá cambiado. Pero el aprovechamiento

será distinto. El Señor sabe que algo cambió. Y el Señor, que ve en lo

secreto, te recompensará en público por aquello que fuiste capaz de dejar por amor a Él. Entonces habrá multiplicación y habrá provisión suficiente para tener siempre algo qué poner delante de los hermanos en caso de necesidad.

Tercero:

SIRVIENDO SEGÚN LA UBICACIÓN Y LOS TALENTOS

Aceptando los talentos

(Mateo 2 5: 14 - 30)

De acuerdo a la parábola de los talentos, vemos que el Señor ha repartido sus recursos espirituales de manera desigual (a unos cinco, a otros dos y a otros uno), pero no arbitrariamente. No es porque Él

haya querido darle a unos más y a otros men os. Él lo hizo sobre la base de la capacidad de cada uno (versículo 15).

Cuando vemos de qué manera uno reacciona o ha reaccionado frente al Señor por los talentos que recibió, nos damos cuenta de que

no todos hemos quedado conformes. Ha habido quejas. Uno s creen haber recibido poco, y otros creen haber recibido demasiado. Los que

creen haber recibido poco se sienten menoscabados. Los otros, que creen haber recibido demasiado, (y quieren evadir la responsabilidad que eso implica), se sienten abrumados.

Es b ueno y necesario que veamos que el Señor nos ha dado a cada uno la cantidad apropiada.

El me ha dado a mí lo que yo puedo administrar bien, según mi capacidad. Ni demasiado para que no me sienta abrumado, ni tan

poco para que no me sienta menoscabado. Si y o fuera lo suficientemente sabio, y si hubiese estado en mi mano decidir

cuántos talentos yo debía recibir, seguramente me habría otorgado la misma cantidad que tengo. No más. Porque cuando hay más recursos

de los que se puede buenamente administrar, suele haber gran pérdida. Se pierde el siervo, se pierden los talentos y más encima se

provoca un escándalo. Esto se produce cuando se tiene más de lo que buenamente puede uno administrar.

Reconociendo la ubicación

“Mas ahora Dios ha colocado los miembros c ada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso.” (1ª Cor. 12:18.)

Además de los recursos espirituales que hemos recibido, hemos sido ubicados en el cuerpo en un determinado lugar y para desempeñar una determinada función.

Dios colocó los miembros en el cuer po como Él quiso. Es un asunto de sabiduría divina, no de decisión humana. Esto viene de

arriba, no es de la tierra. Y es señal de madurez el aceptar tanto el lugar que nos corresponde en el cuerpo, como la cantidad de recursos que el Señor nos ha dado.

Nu estro lugar en el cuerpo tiene que ver con la función que desempeñamos, en tanto que los talentos tiene que ver con la administración que nosotros hagamos de esos recursos. ¿Qué podemos decir hoy de estas cosas? Que estamos en el lugar adecuado y que tenem os la cantidad necesaria de talentos para servir bien. El Señor no se ha equivocado.

Mira a los hermanos que están junto a ti. El Señor los escogió a ellos para que sirvieran contigo, y a ti te escogió para que sirvieras con ellos. Hay una complementación de los unos con los otros. Tú te ves, a veces, muy pobre y necesitado, pero tu hermano tiene una riqueza que tú no tienes y que suple tu necesidad. Tu hermano

también piensa a veces que él es muy pobre y necesitado. Y resulta que el Señor te ha dado a ti l a riqueza que él necesita. Así que, aunque todos se vean faltos y débiles, lo poco que uno tiene suple

perfectamente la necesidad del otro, y el Señor es glorificado. Así, pues, tú estás en el lugar adecuado, y posees también la cantidad de recursos espiri tuales adecuada.

“Bien, buen siervo y fiel”

Tú no tienes nada menos que lo que el Señor te ha dado. Y no tienes nada más que lo que buenamente tú puedes administrar. No hay lugar para quejas. Todo está bien. Dios es sabio. Ahora tienes que servir lo más fructíferamente posible, según tu ubicación y tus recursos. Tenemos lo suficiente como para dar frutos suficientes, de

modo que se nos pueda decir en aquel día: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel; sobre mucho te pondré, entra en el goz o de tu Señor.” (Mt. 25:21).

Es de notar que tanto al de cinco talentos, como al de dos, el Señor le dijo: “Sobre poco has sido fiel.” ¿Qué nos sugiere esto? Nos sugiere que el hoy siempre es poco comparado con el reino. Nuestra

real capacidad no es puesta en ejercicio hoy, sino mañana en el reino. De manera que si tú piensas que has recibido poco, no estás tan equivocado. En realidad, todos hemos recibido proporcionalmente

poco, comparado con lo mucho que recibiremos en el reino – si somos fieles ahora. En esto poco tenemos que ser fieles hoy para que se nos

ponga mañana sobre lo mucho que el Señor quiere confiarnos. Porque, si crees tener capacidad para más talentos, pero ni aún trabajas los pocos que crees tener, ¿cómo podrás tener mañana los muchos que c rees merecer? Tenemos que ser hoy fieles en lo poco. Este es el día de las pequeñeces, aunque no es poca la gloria que tenemos entre manos. Porque tener uno es bastante, tener dos es

harto y tener cinco es mucho. Pese a que es mucha la gloria que

tenemos e ntre manos, es poca comparada con la que administraremos en aquel día, si somos fieles hoy. Aquí somos probados en lo poco. El Señor pone a prueba hoy nuestra consagración, nuestro servicio. Esto tienen que saberlo todos, desde los más nuevos. Desde el pri mer día ellos deben saber que siempre el Señor los estará probando. Antes de promovernos, el Señor nos probará.

El camino de la fe es como la enseñanza personalizada. Si apruebas una lección, pasas a la siguiente. En este aspecto, no importa el avance del compañero. Tú aprendes y progresas según tu propio ritmo de aprendizaje. En este aspecto, cuando hablamos de los talentos, esto es así. El Señor dio a cada uno una porción particular de su gracia y de acuerdo a eso se le pedirá cuenta. No sobre lo que se le haya dado a otro. Entonces, los que tienen dos, ¡cuidado!, se les va a pedir cuenta sobre esos dos y no sobre el un talento que tiene el compañero. Él tiene demandas menores, pero a ti se te va a pedir más.

En la iglesia siempre habrá oportunidad para qu e todos sirvan.

Siempre habrá lugar y oportunidad para que sirva el que es fiel, sobre todo el que es fiel. Sólo una anormalidad muy grande en la iglesia podría impedir que los hermanos sirvan. Cuando hay anormalidad,

entonces sólo unos pocos sirven. Estos son considerados “ungidos”, como si los demás no lo fueran. Unos pocos talentosos lo hacen todo, en desmedro de los que no lo son tanto. Eso es una anormalidad.

Nadie puede cerrarle el paso a otro para que no sirva, porque el Señor gobierna sobre su casa.

El hecho de que haya algunos que se destacan hoy por sobre otros hermanos de su misma capacidad, es señal de que han sido más fieles. Encontramos en la parábola que el que tenía cinco, rindió

otros cinco, y el que tenía dos rindió otros dos, pero también puede ocurrir que un hermano de dos rinda tres y otro de dos rinda uno.

Nada asegura que ambos rindan dos. De modo que hermanos con la misma capacidad pueden rendir diferente. Eso depende de la fidelidad

y la consagración, de cuánto aman al Señor, de cuánt o están dispuestos a dejar para que él ponga sus riquezas en sus manos.

Si algunos destacan sobre nosotros – hermanos de la misma capacidad – no nos sintamos envidiosos, sino más bien llenémonos de

un santo temor. El que va adelante, siga; que así nos da u n ejemplo para imitar. Él nos va abriendo una huella por la que nosotros

podremos caminar.

Así que, los que van más adelante ¡avancen!, que nosotros queremos seguirles. Temamos, porque cada uno de nosotros tendrá

que dar cuenta a Dios de sí, según la funci ón y los recursos que nos asignó. Si hoy somos siervos buenos y fieles, entraremos mañana en

el gozo de nuestro Señor. Que así sea.

Tres

SUMINISTRANDO VIDA

“De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro re cibe honra, todos los miembros con él se gozan. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno

en particular.” (1ª Cor. 12:26 - 27).

“... sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de qu ien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan

mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.” (Ef. 4:14 - 16).

El símil del cuerpo

Para describir lo qu e es la iglesia y para enseñarnos acerca de ella, el Espíritu Santo utiliza en la Escritura diversas figuras y tipos, así por ejemplo, utiliza personajes, especialmente mujeres del Antiguo Testamento, como Eva, Asenat, y Rut, entre otras. Sin embargo, la figura más acertada para expresar lo que es la iglesia funcionando

aquí abajo en este tiempo, es el cuerpo humano.

Aquí en el capítulo 12 de 1ª Corintios se habla acerca de cómo el cuerpo tiene muchos miembros, de que cada miembro tiene una función determin ada, y de que todos los miembros se ayudan mutuamente. Ninguno está de más, todos tienen que cumplir su rol,

dejando que los demás también cumplan el suyo. Todos los miembros funcionan en forma coordinada, siguiendo los dictados de la cabeza, que es el Señ or Jesucristo.

De lo mucho que se podría hablar sobre la iglesia, en este símil del cuerpo humano, vamos a rescatar algunos aspectos aquí.

Al leer especialmente los versículos 26 y 27 del capítulo 12 de 1ª Corintios, nos damos cuenta de que hay una íntima dependencia entre los miembros del cuerpo. Si un miembro padece, todos los

miembros se duelen con él; y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan. A cada miembro le afecta lo que pasa con

el otro miembro. Y lo que pasa con uno, le afe cta a todos. No sólo a la

persona que está al lado, que pudiera ser el esposo o la esposa, o los

hijos, o el miembro con el que tiene más contacto. Dice: “ Si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él ”. Hay una interdependencia absoluta entre u n miembro y todo el cuerpo.

Al decir que “ si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él ”, eso nos está sugiriendo una cosa íntima; el dolor normalmente es algo que se lleva en lo interior y que se sufre en la intimidad. En cambio, cuando habla de la honra que un miembro recibe y que produce gozo en todos los demás, eso nos sugiere algo

público, porque si un miembro es honrado, el gozo de esa honra recibida alcanza a todos los miembros. De manera, entonces, que

tanto en lo privado como en lo públ ico, hay una interdependencia y una influencia recíproca entre cada miembro y los demás miembros

del cuerpo.

De modo que, parte del dolor y del gozo que tú sientes como miembro, no depende de ti ni de tu relación con el Señor. Parte de ese gozo o de ese do lor es producto de lo que ocurre con los otros miembros del cuerpo. Así también, muchas de las cosas que te

suceden a ti en lo privado o en lo público, no solamente te afectan a ti, y te producen gozo o dolor, sino que también afecta a otros. Y esto no es algo consciente. No es algo que tú tengas que andar publicando: “Hermanos, estoy adolorido por esto”. Es algo espiritual, porque la iglesia es espiritual. De tal manera que lo digas o no, lo que pasa en

tu corazón, sea doloroso o sea feliz, va a afectar al resto del cuerpo.

Esto es una cosa muy profunda, porque la iglesia es un cuerpo muy sensible a los hechos y a los estímulos espirituales.

¿Qué pasa con nosotros, con nuestras palabras y con nuestra

conducta? Ellas traerán necesariamente, o bien dolor, o b ien gozo.

Hay dos alternativas: edificación (vida) o destrucción (muerte). Sea que ocurra en público, o sea que ocurra en lo íntimo. Por eso dice en

Efesios que la iglesia es un cuerpo “ bien concertado y unido entre sí ”. La unión o interdependencia de los miembros es absoluta para bien o para mal, para comunicar vida o para comunicar muerte.

La herida de un miembro trae dolor al cuerpo entero; la sanidad de un miembro (es decir, su restauración), trae bienestar y salud al

cuerpo entero. Si hay miembros her idos hoy, ellos tienen que ser sanados para que la vida del cuerpo no tenga obstrucción, para que la vida que está fluyendo por los miembros sanos no se encuentre con

un dique en ese miembro que está enfermo, o herido. Si hay muchos miembros debilitados, e ntonces la vida del cuerpo no fluye a través de

ellos. Llega hasta ellos, pero por causa de su debilidad o de su amargura, la vida es obstruida allí y no sigue su avance. Aunque ellos reciben la vida, son incapaces de comunicarla a otros. En la medida que ellos vayan siendo sanados, el cuerpo va a ir experimentando salud y fortaleza.

Muchos dolores y angustias que padecen los miembros más activos del cuerpo son producto de los miembros debilitados y de los

corazones heridos de otros miembros. Los hermanos activos, los que están sanos, pueden percibir dolores que no proceden de su propio

corazón, sino de una carga exterior que se ejerce sobre ellos. Hay a veces angustias, oraciones con gemidos, que no son ocasionados por

pecados propios, o por una carga prop ia. El Espíritu pone el dolor de otros miembros, la necesidad de otros miembros sobre ellos; aun la muerte que procede de otros miembros viene sobre los miembros

activos, para que cumplan en su carne “lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo , que es la iglesia”. (Col. 1:14). Los miembros más activos pueden percibir el estado de la iglesia, y pueden saber

cuánta muerte o cuánta vida está fluyendo a través de cada uno de los miembros.

Veamos, por ejemplo, lo que sucede en el cuerpo con un brazo enfermo. Un brazo anquilosado es aquel que se tiene que llevar colgando porque no tiene vida. Ese brazo no sirve para abrir una puerta o para coger un objeto; sin embargo, el cuerpo tiene que

cargar con él. El peso de ese miembro recae sobre el cuerpo, pe ro ese miembro no sirve al cuerpo, porque no fluye vida a través de él.

Lo público y lo privado

Lo público y lo privado son los dos ambientes en los cuales siempre nos estamos moviendo. De estas dos esferas, la que más nos interesa ver hoy es la de lo privado.

Normalmente, uno tiende a guardar las palabras y la conducta pública para no herir u ofender al hermano. Pero ¿qué pasa en lo secreto? Tenemos que ver que tanto las acciones piadosas realizadas

en secreto, como los pecados cometidos en secre to, afectan a todos los miembros del cuerpo, las unas para bien y los otros para mal. Nadie

puede pecar impunemente en la iglesia, aunque sea el pecado más secreto, y aunque sea un pecado menor. Así también, ninguna acción

justa deja de bendecir al cuerpo aunque se haga en la cámara más secreta, donde nadie ve y nadie sabe, ni siquiera la esposa o el esposo. Porque el esposo aprovechó el momento en que la esposa no estaba en la casa, ni los hijos, para impartir vida al cuerpo. Y la esposa, cuando estaba sol a, por causa de que ama al Señor y ama la iglesia, aprovechó ese tiempo para impartir vida al cuerpo.

¿Cuánto pecado secreto ha aplastado innumerables reuniones de la iglesia? ¿Cuántos pecados y faltas cometidas en estos días,

influirán para que el próxim o partimiento del pan no tenga la gloria que debiera tener? Ofensas y pecados no confesados, que no habrán

sido purificados por la preciosa sangre del Señor Jesús.

No importa la magnitud de los pecados. No es necesario llegar a cometer un pecado vergonzoso para impartir muerte al cuerpo. Puede ser simplemente un comentario, una murmuración, una crítica

amarga, una maledicencia, un juicio que no procede del amor, o bien, palabras deshonestas de nuestra boca. Todas estas cosas producen efectos de muerte en el cuerpo, aunque nadie las escuche. También toda palabra de bendición y toda acción de gracias, desatarán salud,

poder, libertad y gozo en el cuerpo, aunque se digan en secreto. Esa oración en tu cámara íntima, en que tú bendices al hermano aquél que tiene un problema, en que tú lo guardas y lo cubres en la sangre de Jesús, traerá bendición al hermano y vida al cuerpo.

Tenemos que entrar en una corriente de palabras de bendición, de perdón, de manera que sea como un tejido, un tramado de

bendiciones que van y vienen de uno a otro miembro, para liberación de vida en el cuerpo. Entonces, de cada miembro irá saliendo hacia otros – con nombres, si es que sabemos de la necesidad que hay entre

los hermanos, o sin ellos, para bendecir a todos – , la vida abundante. Así, el diablo no podrá penetrar y la muerte chocará con el poder glorioso de la vida de resurrección que fluirá de las palabras de tu

boca. Toda acción piadosa hecha delante de Dios genera una corriente de vida en el cuerpo.

En Mateo 6 tenemos tres accio nes que son realizadas en secreto delante de Dios, y que producen vida al cuerpo: la limosna, la oración

y el ayuno. Aquí se habla de la recompensa pública que se recibe por estas acciones. Este es un aspecto importante que el Señor enseñó

aquí. Pero si so mos un cuerpo – como lo somos – , y todos los miembros están unidos entre sí por coyunturas que se ayudan

mutuamente; si somos miembros los unos de los otros – como somos

– , entonces, inevitablemente, toda acción piadosa hecha en secreto, no sólo redundar á en que el Padre nos va a honrar públicamente, sino en que esa honra va a traer edificación y vida a todo el cuerpo.

Sea de hecho, sea de palabra, podemos suministrar vida al cuerpo. Y para esto no hay nadie que esté descalificado. No hay nadie que sea de masiado pequeño como para no poder aportar vida al cuerpo. Así como tampoco hay nadie, por grande que sea, que no esté expuesto a introducir muerte al cuerpo, si es que sus palabras o sus obras son pecaminosas. De tal manera que esto es un aliento para los pequeños, y es también una advertencia para los mayores.

Uno de los actos de mayor bendición y vida para el cuerpo es aquel en que un miembro, en lo íntimo de su corazón, en lo secreto de su aposento, hace un acto de renunciación de sí mismo o de algo su yo por causa del Señor. También puede ser un acto de obediencia que trae consigo el quebrantamiento del alma. Tales cosas implican una aceptación de la cruz de Cristo sobre el yo, y son actos de los

más nobles y vivificantes que puede realizar un miembro. No sólo para su propio beneficio espiritual, o para la gloria de Dios, sino que

además redundará en la edificación de la iglesia, y en bendición para todos los miembros.

Todas las cosas que llegan a ser públicas en un momento, han

tenido su comienzo en el corazón. De tal manera que, por ejemplo, un pecado, primero fue concebido como un deseo concupiscente y luego, cuando se dio a luz y se llevó a cabo, produjo el pecado, y su consecuencia es la muerte. De manera que la vida exterior de la iglesia, la gloria de la iglesia (que se puede ver, por ejemplo, cuando las reuniones son llenas de testimonio, de alabanza y adoración), es

una consecuencia de la vida íntima de cada uno de los miembros del

cuerpo. Lo que pasa con las reuniones es una consecuencia de lo vivido por cada miembro, principalmente en lo privado. Si una reunión no está todo lo gloriosa que debiera estar, nosotros no tenemos que buscar soluciones a la reunión, (“faltó alabanza”, “faltó

oración”), porque cualquier explicación que tú sugieras no es lo suficientemente profunda como para descubrir el problema de fondo,

que es la vida íntima de cada miembro del cuerpo.

Suele haber un doble estándar en nuestra vida: una conducta pública y una conducta privada. Aunque los hermanos no oigan ni sepan las ma las palabras proferidas en secreto, el Señor las oye. Aunque los hermanos no vean ni sepan las malas acciones cometidas en secreto, el Señor las ve. Respecto de esto, veremos un pasaje muy ilustrativo en el libro de Ezequiel.

Las abominaciones de Israel

En Ezequiel capítulo 8 aparecen por lo menos tres tipos de abominaciones que el pueblo de Israel cometía en secreto. Aquí aparecen tres tipos de personas de Israel: Los ancianos, las mujeres y los varones. Cada uno estaba cometiendo un tipo distinto de abom inación. Los ancianos, que eran los encargados de administrar las cosas espirituales, estaban ofreciendo incienso a ídolos abominables; las mujeres, lloraban a Tamuz, un ídolo babilónico; y

los varones estaban postrados ante el sol. Todos ellos pensaban qu e Dios no los veía: “ No nos ve Jehová; Jehová ha abandonado la tierra ” – decían (vers.12). Eran pecados secretos.

Así también hoy día hay abominaciones que alejan muchas veces al Señor de su santuario. Hay pecados ocultos que traen muerte al cuerpo.

Las abominaciones del siglo XX

La Escritura dice que tenemos que redimir el tiempo, porque los días son malos. ¿Qué hacemos con nuestro tiempo libre? Hay tiempo que legítimamente podemos dedicar a descansar. Pero ¿cuánto tiempo

vacío hay, en que, por de cirlo así, ofrecemos incienso a los ídolos de hoy? ¿Podremos decir: “el Señor no nos ve”, o “Los ancianos no nos ven”, o “Nadie me ve”, o “Dios no me ve”?

Veamos algunas de las abominaciones del siglo XX.

Hay muchas imágenes que entran por nuestros ojos y que están afectando tremendamente no sólo nuestra alma y nuestro espíritu – que tienen que ser santificados – sino también, y lo que es más grave,

la vida de la iglesia. Me refiero a las películas, y a la televisión, principalmente la que es suministrada por cable.

Hace años atrás, por ahí por el 75, leímos “ La Visión ” de David Wilkerson, en que él anunciaba que en años venideros cualquier

persona iba a poder tener un aparato de cine, instalarlo en su casa y

ver películas (de acuerdo a la censura de los EE .UU.) doble X o triple X, es decir, para mayores. En su propia casa y como si estuviera en el

cine. En ese tiempo no imaginábamos que una cosa así podía llegar a suceder tan pronto, ni cómo sería este invento tan prodigioso. Sin

embargo, no han pasado much os años y ya es una realidad.

Cualquier persona puede tener un equipo de vídeo en su casa, y puede ver la película que quiera, y si se conecta al cable podrá ver películas de trasnoche, para mayores.

Últimamente ha habido incluso controversias públicas, p or lo subido de tono que son esas películas. Y eso es algo que está al

alcance de todos hoy en día. Para el mundo es normal y legítimo, y ya forma parte de sus hábitos de vida. El problema es si para nosotros resulta normal.

Los estudiosos de la comunicaci ón identifican un cierto tipo de experiencias producidas por los medios, que son las “experiencias vicarias”. Estas experiencias son las que uno vive, no directamente de

la realidad, sino a través de los medios, pero con tal realismo, que es como si uno de verdad las estuviera viviendo *. Lo que allí se muestra es como si nosotros mismos lo estuviéramos viviendo, sea un film, un

documental, una carrera, etc. Viéndolas, participamos y sentimos lo

que ahí sienten, sea alegría u horror. De tal manera que el adu lterio

que aparece en un film, de alguna manera, también lo vivimos, y el asesinato que, dentro de la trama de la película aparece como justo, también lo aprobamos. Hay películas, cuyos directores son tan

hábiles, que pueden llevarnos a tomar partido a fav or del asesino, del adúltero, del corrupto, y del degenerado. Este asunto no es tan banal como uno pudiera pensar en una primera instancia, porque en ello

está involucrada el alma, y trae un caudal de muerte para nuestro espíritu y para la vida de la igles ia. Es tan letal que afecta el gozo, la vida y el crecimiento de la iglesia.

A través de esas películas nos introducimos en burdeles, y en antros de corrupción. ¿No son las películas sobre temas homosexuales las que están hoy más en boga? Es como entrar a Sodoma, ver lo que hay ahí y consentir con ello. ¿No se vindica la homosexualidad en ellas? Por otro lado, el hombre que ve cómo se le hace violencia a una mujer, ¿no se identifica, de alguna manera, con

el violador? ¡Qué terrible es dar lugar a la carne! Eso es proveer para los deseos de la carne. Ahora vemos con espanto las propagandas que

anuncian las nuevas teleseries: hay ahí escenas cada vez más atrevidas. Todo en aras del ‘rating’. Nosotros, los hijos de Dios, ¿nos

sumaremos a los miles y millones de telespectadores de este país seducidos por las concupiscencias de la carne? No apoyaremos ni participaremos en estas abominaciones.

Ahora bien, ¿llegaremos a prohibirlas entre nosotros?

¿Llegaremos a establecer leyes como: “No hagas, no toques, no veas”? Creemos que ninguna prohibición da fruto permanente. Esas son cosas que se destruyen con el uso. Si pusiéramos un decálogo: “No hagas esto, no hagas esto otro”, lo único que haríamos es avivar el

deseo de cometer ese tipo de cosas. La solución para esto, hermanos, es que nosotros tengamos revelación y tengamos luz para ver delante

del Señor – por amor al Señor y por amor a los hermanos – qué conviene y qué no conviene. No porque haya una ley externa que se

me impone, sino porque aquí adentro hay un Espírit u que es santo, y que no puede participar en espectáculos en que se hiere la santidad

del Señor y mi dignidad como hijo de Dios. No es un asunto de restricción externa, sino de aceptar la amonestación del Espíritu por amor al Señor y a los hermanos.

Estas son algunas de las abominaciones del siglo XX. Están rodeadas de un manto de legitimidad: todos lo hacen, por tanto, son

normales. Se ha cauterizado la conciencia. Se ha borrado el límite –o al menos está muy difuso – entre lo que es santo y lo que es profa no, entre lo que edifica y lo que no edifica, entre lo que conviene y lo que

no conviene. Pidámosle al Espíritu Santo que nos aclare esos límites. Que nos muestre lo que sí podemos y lo que no; lo que conviene y lo que no conviene. No vamos a tomar los tel evisores y venderlos. Pero tiene que haber una administración responsable de este asunto y de

todos aquellos que tienen que ver con nuestra vida. Hasta las lecturas. Las revistas, incluso los diarios. En el día de hoy, hermano, prácticamente tú no puedes l eer cualquier diario. También tienes que seleccionar qué diario vas a leer. No en función de una tendencia

política o de una corriente de opinión, sino para escapar de toda la inmundicia que ahí suele aparecer. Asimismo, hay revistas que no pueden caer en manos de nuestros hijos. Nosotros no podemos proveer alimento para ese tipo de sexualidad, de consejos corruptos, de modelos y hábitos, de formas de ser y de actuar de personas que con toda seguridad están llenos de demonios de lascivia y de perversidad. N o nos haremos partícipes con los demonios.

Al tocar estos asuntos podemos caer en el legalismo, por eso lo hacemos con temor. No es bueno que el esposo le prohíba a la esposa, y le diga qué puede ver y qué no. No es bueno que la esposa le diga al esposo qu é puede ver y qué no. Cada uno tiene que saber. Sobre los

hijos sí – sobre todo si no son convertidos – tenemos que velar nosotros, y poner una restricción. En lo posible, no con una forma de ley externa, sino más bien como encauzando las inquietudes y

ene rgías de los hijos hacia otro lado. “En vez de ver esta película, hijo, te propongo esto otro”. Y tal vez convenga, en ese caso, participar con ellos de otra actividad, de tal manera que, con sabiduría, los

apartemos de las cosas que no les convienen. Es b ueno proveerles de otras actividades que ellos puedan hacer y que les traigan edificación

o que, al menos, no les contaminen.

¡Cuántas horas en una semana desperdiciamos! Sumemos los minutos, las medias horas, en una semana, en un mes, en un año.

¿Cuánto h ace que no leemos un libro de la Biblia completo? No hay tiempo. Si nos programáramos un poco, tal vez en un año, o en dos, aprovechando esos retazos de tiempo inútiles, podríamos leer la Biblia completa.

Todo esto se refiere, principalmente, a lo que hace mos en secreto, privadamente.

La vida que fluye de la muerte

Veamos ahora en 2ª Cor. 4:12: “De manera que la muerte actúa en nosotros y en vosotros la vida ”.

En general, la 2ª epístola a los Corintios tiene la particularidad de que, gracias a ella, nos otros conocemos acerca de la vida interior de Pablo. Aquí él abre su corazón y nos muestra sus experiencias como hombre de Dios. Muchas de ellas se refieren a lo íntimo. Es como el trasfondo, el lado oculto de un hombre. Y nos muestra

también cómo es que u n hombre como él llegó a tener un ministerio tan fecundo. Aquí encontramos la clave de esa fructificación.

Encontramos que él permanentemente tuvo que experimentar la muerte sobre sí mismo para que hacia otros fluyera la vida. Ese es un principio aplicabl e a Pablo y a todos los creyentes que desean servir al Señor. También a nosotros. En esta carta se habla de las tribulaciones de Pablo, de sus necesidades, de sus angustias secretas,

de su paciencia, etc. En esta epístola se habla de no vivir para sí, sino vivir para Aquel que murió y resucitó por nosotros. Aquí se habla de las debilidades, de las humillaciones que un hombre de Dios puede vivir, todas las cuales, aceptadas, vividas por amor al Señor y a los

hermanos, por amor a las iglesias a las que él sir ve, producen un grato olor de Cristo.

Este grato olor es de lo cual hemos venido hablando. Es esa bendición, esa liberación, ese gozo que fluye en la iglesia, es Cristo manifestado en el corazón de cada uno de los miembros del cuerpo, y que suministra vid a. En la iglesia, a veces, es posible percibir este grato olor de Cristo en forma muy potente, tanto que nos parece que casi podemos tocar al Señor. Es real, es envolvente. Su presencia nos

inunda, y los ríos de Dios fluyen con fuerza irresistible. ¡Qué gl oriosos son esos momentos, ellos alientan nuestra fe! Pero, ¿qué es eso sino

la vida que fluye de la muerte? Hay miembros del cuerpo que están aceptando la acción de la cruz sobre su yo, y que están aceptando morir a sí mismos para que otros puedan ser viv ificados.

Oh, hermanos, que veamos que nuestra conducta íntima, que nuestra renunciación, que nuestra consagración privada es determinante, y que puede liberar un caudal de vida en el cuerpo.

¿Cómo podemos servir los que somos débiles, los que somos flacos , los que somos pequeños? Aquí hay un camino para suministrar vida

al cuerpo. Tal vez tú nunca te has atrevido a ponerte en pie y hacer

una confesión pública del Señor, o dar un testimonio. Pero ¿sabes?

esta forma de suministrar vida tú la puedes ejercitar todos los días, en cada momento, en lo íntimo de tu corazón, en lo secreto de tu

morada. Y no te quepa la menor duda de que encontrarás allí una forma de servicio que traerá vida al cuerpo y que será aprobada por el

Señor. El Señor te hará sentir el gozo de saber que por tu corazón está fluyendo una vida que no se estanca ahí, sino que bendice a otros. ¿Cómo hemos de colaborar para que la iglesia sea restaurada?

¿Cómo hemos de aportar vida al cuerpo? He aquí el camino. Cuidar

nuestra conducta, nuestras pal abras, de modo que el Señor se agrade de nuestra intimidad y Él pueda expresar su santidad y su gloria a toda la iglesia.

Nuestra mayor deficiencia puede estar en lo que hacemos en secreto. Cuando esto sea mejorado habrá mucha vida fluyendo en el cuerpo. Q ue el Señor nos ayude.

Cuatro

LA JUSTICIA DE DIOS Y NUESTRA JUSTICIA

Dos tipos de justicia

“Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los

escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.” (Mat. 5:20).

“Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.” (Mat. 6:1).

“Antes , (los escribas y fariseos) hacen todas sus obras para ser vistos por los hom bres.” (Mat. 23:5a).

En las Escrituras hallamos dos tipos de justicia que son aprobados por Dios.

La primera de ellas es la que menciona Pablo en Romanos 1:17: “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas e l justo por la fe vivirá .” Aquí se habla de la justicia de Dios, revelada por fe y para fe. No es por obras, para que

nadie se gloríe. Nosotros hemos recibido la justicia de Dios por la fe en el Señor Jesucristo.

La segunda es la justicia del creyente, del cristiano, basada en obras justas, por las que se presentará ante el tribunal de Cristo: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho

mientras estaba en el cuerpo, sea b ueno o sea malo” (2ª Cor. 5:10). De esta justicia, “nuestra justicia” se habla en Mateo 5:20 y 6:1. Hay, por

tanto, una justicia que es nuestra y que no es reprobada por Dios.

Aun más, aquí se nos alienta en cuanto a ella y se nos instruye acerca de cómo o btenerla.

Ambos tipos de justicia son, pues, aprobadas por Dios.

Rechazamos de plano, en cambio, la justicia que es por las obras de la ley, por las cuales nadie se justifica delante de Dios.

Reprobamos esta justicia – que Dios también reprueba –, con la c ual el hombre pretende alcanzar salvación. La Escritura descalifica

absolutamente todo esfuerzo del corazón no regenerado, que intenta

presentarse a Dios por sus propios méritos, por su propia justicia, por

medio de sus obras de muerte. No obstante, damos gracias a Dios porque hay una justicia que es nuestra, basada en nuestras obras

justas, las cuales son tenidas en cuenta delante de Dios.

Si nosotros sólo atendemos a la justicia de Dios, que es por la fe,

y descuidamos la nuestra, que se expresa en obras procedentes de un corazón regenerado, tendremos una gran pérdida en el tribunal de Cristo. Esto nos puede llevar a descuidar el hecho de que hay una

justicia que tendremos que exhibir cuando comparezcamos ante el Señor, una justicia que es nuestra, y que n o es imputada por Dios.

Por eso hoy vamos a hablar de la justicia del creyente.

La justicia del creyente

Tenemos que dejar en claro que esta justicia sólo la puede alcanzar quien haya recibido primero la justicia de Dios; esto es, quien haya sido justifica do gratuitamente por la fe en Cristo Jesús. Nadie puede caminar por el camino angosto si primero no ha entrado por la puerta estrecha. De la misma manera, nadie puede ir acopiando una justicia para presentarse ante Cristo en aquel día, sin

haber sido prime ro declarado justo por Dios mediante la fe, limpio de sus pecados, regenerado y sellado por el Espíritu Santo de la promesa.

Esta justicia de que hablamos aquí es producto de obras justas,

las cuales han sido purificadas por la fe. Esta es “la obra de vues tra fe ”, de la cual Pablo habla a los hermanos de Tesalónica (1ª Tes. 1:3).

Esta justicia se obtiene mediante las buenas obras que “Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

En Efesios 2:8 - 10 dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo

Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para

que anduviésemos en ellas .” Si nosotros unimos el ve rsículo 9 en que dice “no por obras ”, con el versículo 10 en que dice “ para buenas obras”, tenemos: “ No por obras (pero) para buenas obras ”. ¿Es una contradicción? No, no lo es. Las obras del versículo 9 están antes de

la justificación por la fe y, por lo tanto, no sirven de nada. Ellas proceden de un corazón impuro. Mas, al lado acá de la justificación

por la fe ¿qué hay?, hay buenas obras, las cuales Dios preparó de

antemano para que anduviésemos en ellas. No somos salvos por

obras, aunque sí lo somos para buenas obras.

Mayor que la de los escribas y fariseos

“Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no

entraréis en el reino de los cielos ”. ¿En qué nuestra justicia tiene que ser mayor que la de los escribas y fariseos?

La just icia de los fariseos estaba viciada en tres aspectos: Lo primero, en su procedencia. Ella procedía de un corazón no purificado por la fe, no regenerado y, además, jactancioso. Lo segundo, en cuanto a su expresión. Era una justicia externa, que buscaba ser vista y reconocida por los hombres. Y lo tercero, en cuanto a su fin, porque tenía como objetivo justificarse delante de Dios.

¿Qué vemos, en cambio, en el creyente? ¿Cuál es su justicia? La

justicia del creyente tiene un origen puro y noble, porque proced e de un corazón regenerado por el Espíritu Santo, purificado por la sangre

de Jesús y que ha probado su impotencia para agradar a Dios. Sin embargo, y pese a eso, el creyente ha de andar con temor, y no con

presunción. ¿Cómo podría un creyente sino temer, luego de haber visto que sus antiguas obras de justicia no le sirvieron para

presentarse como justo ante Dios? Por eso, ahora desconfía incluso de las obras de su propia justicia y de sí mismo como realizador de

ellas. Sabe que su corazón debe ser purifica do permanentemente de toda motivación impura, por lo cual se acoge a la sangre de Jesús, para ser limpio, no sólo de toda obra impura, sino aun de las

motivaciones con que son hechas sus obras.

En cuanto a su expresión, es una justicia que tiene una forma interna. Hace todas las cosas delante de Dios y no para ser visto por los hombres.

Y en cuanto a su fin, este no es otro que el de agradar a Aquel que se ofreció a sí mismo en su rescate y que deleita su corazón. Aquel que lo cautivó y a quien ha ofrecido su oreja para que la horade a perpetuidad (Ex. 21:2 - 6). El fin de estas obras es agradar a Dios y colaborar para el establecimiento del reino del Señor Jesucristo sobre

la tierra.

En Mateo 6 se mencionan tres acciones de justicia como ejemplo: las limosnas , la oración y el ayuno. Notemos que estas tres cosas unen lo espiritual con lo material. No hay disociación, en un creyente, entre las cosas espirituales y las cosas materiales.

Los fariseos eran muy diligentes en esto: daban limosna y ayunaban, hacían l argas oraciones, visitaban a las viudas y a los huérfanos y diezmaban de todo. Todas estas cosas son buenas, pero

al Señor le interesa también el origen, la expresión y el propósito que ellas persiguen.

Los escribas y fariseos, en su corazón no regenerado , eran jactanciosos y soberbios. Ellos confiaban en sí mismos como justos y

menospreciaban a los otros. El fariseo de la parábola decía: “ Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos,

adúlteros, ni aun como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy diezmos de todo lo que gano ” (Lc. 18:11 - 12). El problema de este fariseo no estaba en lo que hacía, sino en la actitud con que lo hacía.

La actitud contaminaba y viciaba sus obras.

La justicia de los escribas y fariseos era muy sofisticada. Tenía muchas gradaciones; estaba reglamentada y era muy exigente. Los

obligaba a ellos a hacer un ejercicio permanente y severo. Mirada externamente, estaba basada en obras de alta calidad, pero tanto su

origen, como su expresión y su fin estaban viciados. Nosotros sabemos que a Dios no le basta la justicia exterior de las acciones que

podamos hacer, sino que le interesa sobremanera cuál es su punto de partida, cuáles son los medios con que se realiza, y cuáles son los fines que persigue. E l Señor no aceptó el sacrificio de Saúl en Gilgal, no porque no aceptara los sacrificios, sino porque a Él le interesa más la motivación de los sacrificios que los sacrificios mismos.

No sé si has experimentado la vergüenza que se siente ante Dios cuando É l nos permite ver, en su luz, lo impuro de una cierta motivación o de una cierta acción emprendida por nosotros. No importa lo que externamente hayamos dicho. No importa lo que los demás crean ver. El Señor va a lo profundo, y es allí en lo profundo donde nosotros sentimos, a veces, la reprensión del Espíritu respecto de las motivaciones y de las acciones que realizamos.

¿En qué más tiene que ser mayor nuestra justicia que la de los escribas y fariseos? ¿En la cantidad? Si los fariseos ayunaban dos veces a la semana ¿ayunaremos cuatro? Si ellos daban el diez por ciento de sus ingresos, ¿daremos el veinte? ¿Oraremos el doble?

¿Haremos más y más limosnas? El gran problema de los fariseos y de sus seguidores es que sus obras procedían de un corazón incrédulo. Todo lo que no procede de fe es pecado. Un corazón incrédulo no es capaz de creer que Dios puede recompensar un acto de justicia hecho

en secreto, y por eso lo publica. Así puede recibir, al menos, la

recompensa de los hombres, que consiste en la alabanza d e ellos. Al obrar así está diciendo tácitamente: “Dios no ve. Dios no oye. Dios no

está.” Sin embargo, el creyente sabe que Dios “ es galardonador de los que le buscan ” (Heb. 11:6). Por eso el creyente lo hace con fe, sabiendo que aquello que los hombres no ven, Dios lo ve. Y lo hace, no por la recompensa, sino para agradar a Aquel que lo limpió de sus

pecados y que lo salvó de tan grande condenación.

La hipocresía

La hipocresía es hacer las cosas para ser visto por los hombres, para ser alabado y bien conc eptuado por ellos. La hipocresía es una forma de incredulidad, porque no cree que Dios está mirando y está oyendo. La hipocresía puede comenzar con un solo acto de incredulidad, pero luego puede transformarse en toda una doctrina.

La doctrina de los farise os, que es la hipocresía, es como la levadura que leuda toda la masa. Así contamina la vida del hombre, sus propósitos y sus acciones. Por eso es necesario que los que quieren

servir al Señor estén atentos a este peligro, a esta desviación que es pretender alcanzar una justicia delante de los hombres y no delante de Dios.

Mientras el fariseo publica su justicia, el creyente la esconde. El creyente no quiere recibir la aprobación de los hombres, sino la

aprobación que viene de Dios. Sin embargo, hemos de ten er cuidado, no sea que por esconder nuestra justicia, caigamos en no procurarla.

Es fácil confundir las cosas y llegar a una inactividad y a una falta de voluntad para servir a Dios. Se puede llegar a decir una cosa tan

impía como esta: “Yo no quiero servi r, porque no quiero ser hallado buscando el reconocimiento de los demás.” Este extremo, aunque

más sutil, es mucho peor que el otro. ¡Cuidado!, porque Dios no puede ser burlado. El conoce las intenciones más íntimas del corazón.

Así pues, los que hemos rec ibido la justicia de Dios gratuitamente por la fe, tenemos que esforzarnos para que nuestra

justicia sea mayor que la de los escribas y fariseos.

Dos clases de vestido

“Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos.” (Ap. 19:7 - 8.)

En las Escrituras encontramos que para los cristianos hay dos clases de vestido, los que se relacionan, a su vez, con los dos tipos de justicia de que estamos hablando.

El primer vestido es el mismo Señor Jesucristo. Cuando venimos a Dios, el Señor se convierte en nuestro vestido, es decir, en nuestra justicia, con la cual no s presentamos ante Dios. Dios nos dio este vestido al darnos a Cristo, para que así no estemos desnudos, y podamos comparecer delante de Dios. Este vestido lo tienen todos los salvos, porque lo recibimos cuando fuimos justificados gratuitamente

por la fe, y no depende de nuestro caminar. Al ser salvos, ya somos vestidos del Señor Jesucristo.

El segundo tipo de vestido es este de lino. Cuando seamos presentados a Cristo, llevaremos este vestido de lino. Este es las

acciones justas de los santos y se va confe ccionando desde el día en que nosotros fuimos salvos. Este vestido nos es dado por el Señor

Jesucristo a través del Espíritu Santo.

Estas mismas dos clases de vestido se mencionan en el Salmo

45: “Toda gloriosa es la hija del rey en su morada; de brocado d e oro es su vestido. Con vestidos bordados será llevada al rey; vírgenes irán

en pos de ella, compañeras suyas serán traídas a ti. ” (13 - 14).

Aquí en el versículo 13 se habla de un vestido de brocado de oro,

y en el 14, de vestidos bordados con los cuales l a hija del rey es llevada al rey.

Así que tenemos el vestido de oro y el vestido bordado. Sabemos que el oro es el Señor Jesús, porque el oro proviene de Dios. El vestido de oro es el que usa la hija del rey en su morada y es el que

todos los hijos de Dio s llevamos siempre. Luego está el segundo, que es bordado, y con el cual ella es llevada al rey. Este sirve para presentarse ante el rey. Este vestido se está bordando desde el día que fuimos salvos y son las acciones justas de los santos.

Un bordado se e fectúa sobre una tela vacía. Así, el hilo entrelazado con la tela viene a formar una sola cosa con ella. Cuando en nuestro caminar Dios va permitiendo que pasemos por dificultades

y pruebas, entonces el Espíritu Santo va diseñando en nosotros un

bordado, y ese bordado es la figura de Cristo. De manera que Cristo se va perfilando en nosotros paso a paso, y se va manifestando en nuestro andar.

¿Cuánto de nosotros es expresión de Cristo? O, dicho de otro

modo, ¿Cuánto de Cristo ven los demás en nosotros? ¿Cuán to ha podido el Espíritu Santo perfilar o dibujar de Cristo en nosotros?

Nosotros sabemos que el propósito de Dios es que todos lleguemos “ a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. ” (Ef. 4:13b), que todo lleguemos a ser un hombre perfecto. Pablo decía: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo ”. Siempre el modelo original es Cristo y todos nosotros estamos siendo transformados

para ser semejantes a Cristo. Cuando nos presentemos ante El, no

vamos a ser medidos por la cantidad de demonios que e chamos fuera, o de milagros que hicimos en su Nombre, porque estas cosas, ustedes

saben, son muy relativas. El Señor dirá a muchos que presumen de

esto: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad. ” (Mt. 7:23). De modo que, en ese momento, no ser virá como carta de presentación el haber hecho estas cosas, sino cuánto el Espíritu pudo

formar de Cristo en nosotros.

La obra más preciosa que el Espíritu Santo realiza en nuestros días, delante de nuestros propios ojos, es plasmar a Cristo en nosotros. Esta obra no sirve de tropiezo a nadie y nunca escandaliza a nadie. En cambio, el echar fuera demonios y el hacer milagros hace que muchas de las personas que poseen estos dones se llenen de

vanagloria y empiecen a adquirir una relevancia por sobre el Seño r, de modo que luego caen en el descrédito, en lazo del diablo y vienen a

ser motivo de tropiezo para todos. Cuando Cristo, por el Espíritu Santo, es formado en nuestras vidas, entonces Él no hace mal. Cristo

no sirve de tropiezo a nadie. Cristo expresa to da la gloria de Dios, cuando es mostrado en su preciosa Persona, en su mansedumbre, en

su poder y en su perfecto equilibrio.

Esto es lo que el Señor quiere hacer en estos días a través de la iglesia, y en particular, a través de cada creyente. Por eso, es necesario que permitamos al Espíritu Santo que él borde en nosotros esta imagen preciosa.

Este bordado no se hace de una sola vez, sino que es un trabajo que se realiza cada día hasta que Dios diga: “Ya está terminado. Ahora ya se ve Cristo.” ¡Qué precios o será ese día! ¿Cuándo llegará para ti y para mí? Pablo llegó al final de su carrera y sin duda que en

él se cumplió esto. En algunos se cumple antes que en otros. Que el Señor nos ayude para someternos dócilmente a este trabajo del Espíritu Santo, y así Cristo sea formado en nosotros.

El vestido de lino fino

En Apocalipsis 19:8 dice que el vestido es de lino, y que el lino es las acciones justas de los santos.

¿Cuáles son estas acciones justas? En Mateo 6 se mencionan

algunas para ser hechas en secreto. Pero hay otras que son públicas, como predicar el evangelio, por ejemplo. Hay cosas que, aunque

nosotros no queramos que se vean, se van a ver. En la Escritura encontramos que hubo mujeres que servían al Señor de sus bienes.

Entre nosotros, muchas necesida des de los santos tienen que ser suplidas. Estas son las acciones justas de los santos.

Cada expresión de amor al Señor, realizada en el poder del Espíritu Santo, viene a ser uno de los miles de puntos en este gran bordado que está realizando el Espíritu S anto.

Este vestido es de lino fino, limpio y resplandeciente. Nosotros sabemos que este vestido es blanco porque está purificado por la sangre de Jesús (Ap. 7:9,14), pero cuando dice que es limpio y

resplandeciente, se refiere a que el vestido del creyente es hecho brillar por el fuego de la prueba, por las aflicciones y tribulaciones.

Así como el oro se prueba en el crisol, así también el vestido viene a ser limpio y resplandeciente por medio de la prueba. Pudiera ser que

alguno de nosotros tenga su vestid o blanco, pero que no esté limpio ni resplandeciente. El resplandor es propio del corazón que se ha

doblegado al Señor, que ha aceptado la obra de la cruz, y que está dispuesto al sufrimiento por amor al Señor. Así pues, pudiera suceder

que nuestro vestido esté blanco, pero opaco, como desvaído en su color. Cuantas más pruebas y dificultades soportemos por amor al

Señor, más brillo tendrá nuestro vestido.

Este vestido es de lino y no de lana, porque el lino es una fibra natural y, por tanto, no está asoci ada, como la lana, con la muerte de un animal. El lino es una planta que no se puede relacionar ni con la

sangre ni con la salvación. Aquí no está en juego la salvación. Este vestido tiene más bien que ver con presentarse para Cristo y para el reino. Los q ue tengan este segundo vestido van a participar de las bodas del Cordero y también del reino de Cristo.

Dice en 19:8 que “ a ella se le ha concedido ”. Este es un don, una gracia, es un privilegio para nosotros como creyentes poder

presentarnos delante del S eñor con este vestido bordado, de lino fino,

limpio y resplandeciente, y que tiene bordada la figura del Señor Jesucristo.

Y su esposa se ha preparado ...” ¿Estamos preparados? O mejor dicho, ¿Nos estamos preparando? Porque preparados sólo vamos a estar cu ando llegue aquel día. Permítanos el Señor entrar en una

senda de renunciamiento y de servicio, para que no permanezcamos ociosos. No podemos estar sin fruto, no podemos perder el tiempo, porque los días son malos.

Uno suele perder el tiempo cuando no sabe qué es lo que Dios quiere que uno haga, cuál es el don que Dios le ha dado, cuál es su

función en el cuerpo, y cuáles son las obras que Dios preparó para uno. Tal vez algunos de ustedes digan: “Yo no quiero estar ocioso, yo

no quiero perder el tiempo, per o, ¿qué puedo hacer? ¿qué debo hacer?”

En estos estudios hemos estado tratando de responder a esas preguntas, y hemos ido mostrando, a la luz de las Escrituras, varios principios y alternativas de servicio.

Todos deben servir

Esto es algo muy perso nal, y que tiene que ser aclarado por el Señor a cada uno en particular. Cada uno tiene que preguntarle al Señor con insistencia y con la certeza de que él le va a aclarar, cuáles

son las obras que él preparó de antemano para que anduviese en ellas. Sabien do cuál es el lugar que nos corresponde en el cuerpo, y cuáles son nuestros dones, entonces podremos poner todo nuestro esfuerzo, nuestro tiempo y energías al servicio del Señor, para que

tales obras sean cumplidas. Porque si nosotros no las hacemos, tal vez nadie las hará. Y podría suceder que esas obras que están preparadas de antemano para nosotros, se queden sin hacer, y así después nosotros tengamos mucha vergüenza delante del Señor cuando Él nos pida cuenta de ellas.

Nosotros hemos recalcado esto: en la restauración de la iglesia todos los miembros deben servir. Todos tienen que encontrar su

función y funcionar de acuerdo a ella, desarrollarse, aportar vida al cuerpo y hacer las obras que Dios preparó para cada uno.

Esta no es una cosa sólo de los her manos maduros. Este es un asunto de todos los hermanos, incluso de los más pequeños –los que tienen sólo un talento –. El Señor les ha dado una tremenda

posibilidad de servicio y de enriquecer la vida del cuerpo, aun con lo poco que pudieran aparentemente t ener.

Es tan alta la invitación que se nos hace, es tan alto el camino que se nos muestra – de servir al Señor, de colaborar con Él en su obra –, que todos nosotros, en el lugar donde estamos, debemos

apreciarlo y considerarlo delante del Señor, y ver que los días que vienen para la iglesia son realmente gloriosos. Las cosas que pasen

hoy día por tu corazón, las decisiones que tú tomes ahora, van a determinar si hemos de ver la gloria de Dios o no, si la iglesia va a ser

restaurada plenamente entre nosotros o no. Es ahora que está en juego todo aquello.

Estas cosas no dependen de Dios, porque la voluntad perfecta de Dios es reunir todas las cosas en Cristo, y hacer que Cristo tenga la preeminencia en todas las cosas. Como sabemos que la voluntad de Dios no ha cambiado en este respecto, no tenemos para qué preguntarle cuál es su voluntad. El punto importante es si nosotros nos rendimos ahora para que Cristo pueda tener la preeminencia entre nosotros.

Estamos llenos de expectación. Estamos llenos de esperanza . Es tan alto el llamamiento que tiene la iglesia, es tan alta su posición y

tales los dones que ella ha recibido, que no puede ocurrir menos que una gloriosa restauración en la consumación de esta era, y en ello

tomaremos parte nosotros, si es que estamos dispuestos hoy a dar pasos de fe y a correr la carrera con diligencia, persuadidos de que El

es galardonador de los que le buscan. Que el Señor nos ayude. Amén.

Cinco

EL LIBRO DE MEMORIA

Las obras muertas

¿Rechaza Dios todas las obras d el hombre, o hay obras que Él acepta? Si es que acepta ciertas obras, ¿sólo las acepta o también las

demanda?

Vamos a ver, si el Señor lo permite, estos asuntos, y también la diferencia que hay entre las obras muertas y las buenas obras.

Las obras muertas son aquellas que hicimos cuando nuestro corazón no tenía fe. Aunque estábamos muertos en delitos y pecados, nosotros teníamos una vana esperanza, una secreta ambición:

pensábamos que nuestras obras nos podían justificar delante de Dios. Ahora bien: esas ob ras eran obras muertas, porque quienes las hacíamos, estábamos muertos (Ef. 2:1).

En Hebreos 9:14 dice: “ ¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras mu ertas para que sirváis al Dios vivo? ”. Aquí tenemos la sangre más preciosa, la sangre de Cristo que se ofreció sin mancha a Dios para limpiar nuestra conciencia de obras muertas. No se hubiera derramado esa sangre si no hubiese

sido necesario limpiarnos de esas obras. Mas son un estigma y un peso para el corazón que quiere servir a Dios. Esas obras que hicimos

antes de ser salvos, hechas para justificarnos, son obras muertas. De éstas tenemos que ser limpiados para poder servir al Dios vivo. Porque, ¿qué pr oducen esas obras? Producen una vana sensación de seguridad y una justicia propia.

El primero de los fundamentos de la fe mencionados en Hebreos 6:1 - 2 es el “arrepentimiento de obras muertas”. Esto nos sugiere que

es la primera enseñanza que se debe impart ir a un convertido. No sólo tenemos que ser limpiados de las obras muertas, sino que,

previamente, tenemos que arrepentirnos de ellas.

De estas obras dice la Escritura: “ No por obras, para que nadie se gloríe. ” (Ef.2:9).

Bienaventurado el hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras ” (Rom. 4:6). “ No por obras, sino por el que llama. ” (Rom. 9:11).

El hombre no es justificado por las obras de la ley. ” (Gál. 2:16).

No conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo. ” (2ª Tim.1:9).

Por contrap osición a estas obras muertas, la Escritura pone la fe. Se reafirma el valor de la fe, de tal manera que las obras muertas y

la fe no se avienen, ni se pueden hermanar. “En el evangelio, la justicia de Dios se revela por fe y para fe. ” (Rom. 1:17). Las obr as muertas no proceden de la fe y son incompatibles con ella. Las

buenas obras, en cambio, proceden de la fe y van hermanadas con la fe.

Las buenas obras

Para alcanzar la justicia de Dios vale la fe sola, sin las obras;

pero para que el creyente alcance l a justicia que Dios le demanda, la fe no vale sin las obras. Veamos la Escritura:

Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los

cielos ” (Mt. 6:16) ¿Qué van a ver los demá s? “ Vuestras buenas obras ”. Ya no son obras muertas, sino buenas obras. Dice, además, “ para que vean ...” esto es visible, no secreto.

Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus

ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus o bras ” (Mt.16:27). Dice “conforme a sus obras”.

Había entonces en Jope una discípula llamada Tabita, que traducido quiere decir, Dorcas. Esta abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía. ” (Hch. 9:36). Dorcas era una discípula, no una incrédula; por ta nto, sus obras son buenas obras. Ella era muy conocida por todos. En el versículo 39 dice que al morir Dorcas, las viudas le mostraban a Pedro las túnicas y los vestidos que hacía cuando estaba

con ellas. Ellas llevaron pruebas concretas de sus buenas obra s. ¿Se fijan que no era fe? Porque la fe no produce vestidos ni túnicas. Las obras, sí.

“... El cual pagará a cada uno conforme a sus obras. ” (Rom. 2:6). Luego, toda la extensa argumentación que va desde el versículo 7 al

10 es una explicación del versícul o 6.

Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente,

abundéis para toda buena obra. ” (2ª Cor. 9:8). Aquí las obras son una consecuencia de la gracia. Si nos quedamos e n la gracia, nos quedamos a mitad de camino.

“... No por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de

antemano para que anduviésemos en ellas. ” (Ef. 2:9 - 10). Las obras del versículo 9 son obras muertas; las del versículo 10 son buenas obras.

Y el mismo Jesucristo Señor nuestro, y Dios nuestro Padre ... conforte

vuestros corazones, y os confirme en toda buena palabra y obra. ” (2ª Tes. 2:16 - 17). Aquí está la palabra y están las obras.

Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos ...” (1ª Tim. 6:18). ¿En qué tienen que ser ricos nuestros hermanos ricos? En buenas obras.

Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que l os que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres... Y aprendan también los nuestros a ocuparse en buenas obras para los casos de necesidad,

para que no sean sin fruto. ” (Tit. 2:8,14). En el mismo capítul o aparece dos veces este asunto.

“ ... Os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo ...” (Heb. 13:21). La voluntad de Dios para el hombre se compone de buenas obras, d e un conjunto de obras. Aquí vemos también que la procedencia de las buenas obras es la potencia de Él

actuando en nosotros.

Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad

del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias

para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras,

es muerta en sí misma. ” (Stgo. 2:15 - 17). Aquí están asociadas las obras con respecto al socorro que es neces ario dar a los hermanos que pasan por necesidad. Cuando hay necesidad, de nada vale un

buen discurso como el que aparece en el versículo 16: “ Id en paz,

calentaos y saciaos .” Tiene que ir acompañado con buenas obras, para que el que tiene frío sea abrigado y el que tiene hambre sea saciado.

Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación. ” (1ª Ped. 1:17). Hemos de tener temor, porque tendremos que dar c uenta.

“... Manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen

a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras ” (1ª Ped. 2:12). Al ver los gentiles nuestra manera de vivir, tendrán que

reconocer que somos de Dios y glorificarán a Dios al ver nuestras buenas obras.

Yo conozco tus obras ” (Ap. 2:2,9,13,19; 3:1,8,15). El Señor encabeza

su mensaje a cada una de las siete iglesias, con la frase: “ Yo conozc o tus obras ”; luego entra a juzgar en particular a cada una. Cuando llega el momento del juicio, la fe es medida por las obras que ha sido capaz de producir. Lo que se juzga son las obras. La fe está implícita

en ellas.

Oí una voz que desde el cielo me de cía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos

siguen. ” (Ap. 14:13).

He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a ca da uno según sea su obra. ” (Ap. 22:12).

Hemos hecho un pequeño recorrido por el Nuevo Testamento para darnos cuenta de que las buenas obras tienen valor delante de Dios. Estas constituyen nuestra justicia, nuestra virtud, con las cuales nos vamos a present ar para ser juzgados y por las cuales vamos a ser recompensados.

El mejor ejemplo de buenas obras

En el mismo Señor Jesús tenemos un gran ejemplo, el mejor ejemplo. El Señor vino a realizar una obra, la obra que el Padre le encomendó. Así también, nosotros tenemos una obra que hacer.

Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan; porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado. ” (Jn. 5:36). Las obras que Él hacía daban testimonio de que el Padre le había enviado.

Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el

día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. ” (Jn. 9:4). El tiempo es limitado, tenemos que hacer las obras ahora que todaví a alentamos vida, ahora que tenemos fuerzas y ánimo. Hay muchos que

ya no tienen ninguna de estas cosas.

Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y

creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre ” (Jn. 10:37 - 38). El Señor se remite enteramente a sus obras, como prueba de que es el

enviado de Dios.

Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que

hiciese. ” (Jn. 17:4). ¡Qué satisfacción interior de bió tener el Señor al decir estas palabras! Para eso había sido enviado, y la obra estaba concluida.

El libro de memoria

Vamos a ver ahora uno de los capítulos más hermosos del Antiguo Testamento. Al leerlo, se ve la atención que el Señor presta a todas las cosas que nosotros hacemos por amor de su Nombre. El Señor dice que ni un vaso de agua dado a uno de sus discípulos, por pequeño que sea, quedará sin recompensa. Hay recompensa de justo

a quien recibe a un justo y hay recompensa de profeta a qui en recibe a un profeta (Mt. 10:41 - 42). Estas distinciones, tan sutiles a nuestro

entender, nos indican que todo lo que el Señor hace es perfecto, y que todo está consignado a cabalidad. Nadie podrá decir en aquel día:

“Señor, a ése le estás dando más recom pensa de lo que merece”, o “A mí me estás dando menos de lo que merezco.” El Señor tendrá el

detalle de todas las cosas que hicimos por amor de su Nombre.

Y es que hay un libro en los cielos donde se registra todo esto.

En Malaquías 3:16 dice: “ Entonces l os que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro

de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre .” Evidentemente, este no es un libro para condenar. Dice que es p ara los que temen al Señor y para los que piensan en su nombre. Este es un libro de recompensas. Malaquías vivió en días de profunda crisis, en los cuales el pueblo se había apartado de Dios. Sin embargo, aun en esas circunstancias, Dios está

atento a lo q ue hace su remanente fiel, para tomar nota de su fidelidad. Igual ocurre hoy en día.

Veamos Nehemías capítulo 3, donde tenemos una muestra de lo que es aquel libro de memoria que está en los cielos.

Sabemos que Nehemías tuvo carga por Jerusalén cuando gran parte de la ciudad todavía estaba en ruinas. El Señor permitió que el rey al cual servía le diera permiso y aún le proveyera de los recursos para ir a Jerusalén. Cuando llegó, Nehemías propuso lo que traía en

su corazón a los que allí vivían, y, pese a la oposición de muchos, ellos iniciaron la obra de la reconstrucción del muro y de sus puertas.

En este capítulo se deja constancia de las personas y de los grupos de personas que tomaron parte en esa reconstrucción.

Algunos reedificaron tramos del muro. Otr os reedificaron puertas. Y aun otros reedificaron tramos de muro y puertas.

En este capítulo quedó todo registrado con acuciosidad. Si estaba enfrente de la puerta, si estaba cerca o si estaba más allá. Si

era esta torre o era la otra, si era esta puerta o la otra; si participó éste o aquél, si participaron éstos o aquéllos.

El sello de la aprobación de Dios

Vamos a destacar ahora algunas cosas. Hay algo asombroso aquí. En este capítulo aparecen exactamente cuarenta nombres de

personas. Esto es tremendamen te significativo. Nosotros sabemos que el cuarenta no es un número cualquiera en la Escritura.

El diluvio duró cuarenta días y cuarenta noches. Cuarenta días estuvo Israel en el desierto. Cuarenta días estuvo Moisés en el monte

Sinaí (dos veces). Jonás anu nció destrucción sobre Nínive en cuarenta días. Cuarenta días ayunó el Señor en el desierto. Después

de su resurrección, el Señor se apareció cuarenta días a sus discípulos, etc.

¿Será fortuito que aquí aparezcan cuarenta nombres involucrados en la obra de reconstrucción? No es fortuito. Esto es una señal de que Dios quiere decirnos aquí algo importante. Es que hay un libro de memoria delante de Dios que habla acerca de los que toman parte en su obra.

Aparte de los cuarenta, aparecen aquí diez grupos de per sonas.

Esto también es muy significativo. Están los sacerdotes hermanos de Eliasib (3:1), los sacerdotes de la llanura (3:22) y los sacerdotes (3:28), los levitas (3:17), los sirvientes del templo (3:26), los plateros

(3:32), los comerciantes (3:32), los v arones de Jericó (3:2), los tecoítas (3:5) y los moradores de Zanoa (3:13). En total, diez grupos.

La Escritura, inspirada por el Espíritu Santo, es perfecta en todas las cosas. Nosotros sabemos que entre la Pascua de los judíos y Pentecostés hay cincuenta días. Luego que el Señor Jesús resucitó, se apareció por cuarenta días a sus discípulos y les dijo que se quedaran en Jerusalén hasta la venida del Espíritu Santo. Cuando llegó Pentecostés, se produjo su derramamiento. ¿Cuántos días transcurrieron entre l a ascensión del Señor y Pentecostés? Diez días. Si sumamos cuarenta más diez, tenemos cincuenta.

El diez es el número de la perfección del hombre, en tanto que el cinco (o el cincuenta) es el número de la responsabilidad del hombre ante Dios. Así que las o bras son la responsabilidad del hombre delante de Dios.

Un registro acucioso

En Nehemías 3:3 vemos que la tarea de los hijos de Senaa era

reedificar la puerta del Pescado: “ Los hijos de Senaa edificaron la puerta del Pescado; ellos la enmaderaron, y levan taron sus puertas, con sus cerraduras y cerrojos .” Noten ustedes que la obra de ellos terminó con los cerrojos, no antes. He aquí todo el proceso: la enmaderaron, la levantaron, pusieron sus cerraduras, y finalmente

sus cerrojos. La reconstrucción de la pu erta no quedó hasta las cerraduras, ellos también pusieron los cerrojos. Ellos hicieron una obra perfecta. Así tienen que ser hechas las cosas para Dios.

En el versículo 3 dice, además, que toda una familia –los hijos de Senaa – edificaron la puerta del Pes cado. Seguramente el padre (Senaa) estaba muerto, y por eso los hijos edificaron en su nombre la

puerta, de lo contrario diría: “Senaa y sus hijos”. Noten, en cambio,

que la puerta Vieja fue restaurada sólo por dos personas: “ Por Joiada hijo de Paseah y Me sulam hijo de Besodías ” (3:6). Así que en el versículo 3 tenemos a una familia completa reedificando una puerta,

y en el versículo 6 tenemos a dos personas reedificando otra puerta.

E inmediato a ellos restauraron los tecoítas; pero sus grandes no

se pres taron para ayudar a la obra de su Señor ” (3:5). Aquí vemos que los tecoítas hicieron su parte y, por el versículo 27, sabemos que,

además, hicieron otro tramo: “ Después de ellos restauraron los

tecoítas otro tramo, enfrente de la gran torre que sobresale, hasta el muro de Ofel .” Los tecoítas son los únicos que aparecen haciendo voluntariamente un doble trabajo. ¡Qué gloria la de los tecoítas! De

ningún otro grupo se dice eso.

Noten también que los tecoítas trabajaron sin sus líderes: éstos no se prestaron p ara la obra del Señor. ¿Por qué el Espíritu Santo dice eso? ¿Por qué no dice simplemente “los tecoítas reedificaron esto

y después reedificaron más allá otro tramo”? Dice: “ Pero sus grandes

no se prestaron para ayudar ”. Menciona a los que trabajaron y a lo s que se negaron a trabajar. El Señor también toma nota de los

remisos.

En el versículo 32 dice que el tramo comprendido entre la sala de la esquina y la puerta de las Ovejas fue restaurado por los plateros

y los comerciantes. Y en el versículo 8 dice que uno de los plateros,

Uziel, restauró un tramo. Es decir, Uziel, como platero, junto a los de su oficio, restauró un tramo; y luego él, por sí solo, restauró otro.

Aquí Uziel es mencionado aparte, y tiene una gloria y una recompensa que los demás plateros n o tuvieron.

¿Qué nos puede enseñar esto? Que en la obra de Dios hay lugar para la disposición y entrega personal. Tú puedes participar con tu grupo, por ejemplo, los diáconos, pero tú tienes libertad para servir

más allá de eso. Así ocurre en la Escritura con Esteban y con Felipe.

Ellos estaban entre los siete diáconos de la iglesia en Jerusalén, pero ambos realizaron una obra que excedió su ministerio de diaconado.

Esteban hizo grandes prodigios y señales entre el pueblo, dando

testimonio de la fe; fue, a demás, el primer mártir. Felipe, en tanto, predicó el evangelio en Azoto, en Samaria, y luego en Cesarea, donde la Escritura lo presenta como evangelista (Hch. 21:8). ¿Era diácono

solamente o también evangelista? Era también evangelista. De manera que en l a obra de Dios, hay la posibilidad de extender nuestro servicio según la consagración y disposición de cada uno.

En el versículo 12 dice: “ Junto a ellos restauró Salum hijo de Haloes, gobernador de la mitad de la región de Jerusalén, él con sus

hijas .” Sal um restauró con sus hijas. En Israel, quien no tenía hijos varones se sentía deshonrado. Salum sólo tenía hijas. Ellas también tomaron parte en la obra. Se piensa que en el Antiguo Testamento las

mujeres están relegadas, pero aquí las hijas de Salum tienen una recompensa segura delante de Dios por su obra.

En el versículo 13 dice que Hanún, con los moradores de Zanoa, restauraron una puerta y mil codos del muro (unos 450 metros). Es decir, no sólo restauró una puerta, como otros hicieron. El restauró, ademá s, un tramo del muro. Tiene una doble honra.

En el versículo 20 vemos que Baruc restauró “ con todo fervor ” el tramo desde la esquina hasta la puerta de la casa de Eliasib sumo

sacerdote. Notemos que edificó frente a la casa de Eliasib, el sumo sacerdote (l a máxima autoridad religiosa en Israel). ¿Motivaba eso, acaso, su fervor? ¿Tenía él una convicción muy fuerte de estar sirviendo a Dios? ¡Cómo habrá sido el trabajo de Baruc que el Espíritu Santo dejó constancia de su fervor! Baruc no lo hizo de cualquier forma, porque ésta es la única persona de quien se dice con qué ánimo lo hizo. No importa sólo lo que hagamos, sino también cómo lo hagamos.

En el versículo 1 dice: “ Entonces se levantó el sumo sacerdote Eliasib con sus hermanos los sacerdotes, y edificaro n la puerta de las Ovejas .” La parte del trabajo de Eliasib fue reedificar la puerta de las Ovejas. Esto nos hace recordar al Señor, quien es la Puerta de las

ovejas (Juan 10:7). Eliasib era sumo sacerdote, el que presentaba las

ofrendas delante de Dios. E l, como sumo sacerdote, reedificó la puerta de las Ovejas, y otros –Baruc y Meremot – edificaron el muro frente a su casa (3:20 - 21). ¿No es este un ejemplo claro de servicio mutuo? Eliasib, por su alta investidura, ofrenda delante del Señor, y

otros sirven al sumo sacerdote, ayudándole en la obra que él descuida por servir al Señor.

En el versículo 23 dice que Benjamín y Hasub restauraron

frente a su casa ”; y que Azarías restauró “ cerca de su casa ”. He aquí dos adverbios de lugar. Parece ser un detalle tan pequeño, pero también es consignado por el Espíritu Santo.

El versículo 28 dice: “ Desde la puerta de los Caballos restauraron los sacerdotes, cada uno enfrente de su casa .” En 3:1 veíamos que el sumo sacerdote no reedificó enfrente de su casa, en cambio lo s sacerdotes sí. Ellos trabajaron sólo enfrente de sus propias casas. El

sumo sacerdote tenía una encomienda especial, pero ellos no. Ellos no hicieron como hizo el sumo sacerdote, sino como Dios les indicó que hiciesen.

En el versículo 30 dice que uno de los reedificadores fue Hanún, “hijo sexto de Salaf ”. Si se menciona el hijo sexto de un hombre, ¿por qué no se menciona ninguno de los otros cinco? Ellos no hicieron

nada, de lo contrario habrían quedado registrados. ¿Por qué no dice

simplemente “los hijos de Salaf”? Porque importaba el sexto: Hanún. Hermano, si tu familia no sirve al Señor, tú tienes que hacerlo de todas maneras. El Señor no te va a dar a ti un pago conforme a la injusticia de tu familia, como tampoco le va a dar a tu familia el pago por t u justicia.

Al final del versículo 30 se dice que Mesulam restauró “ enfrente de su cámara ”. Esto nos sugiere una obra pequeña; sin embargo,

Mesulam es uno de los cuarenta. En el versículo 31 vemos la obra

que hizo Melquías, una obra mucho mayor. Tanto Melq uías como Mesulam están consignados.

Sea pequeña o sea grande su obra, todos quedan consignados en este libro de memoria delante de Dios. Ellos y sus obras, y aun la

forma cómo la hicieron. ¿Por qué razón? Porque “ cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor ” (1ª Cor. 3:8b).

A la luz de Malaquías 3:16, ¿qué es Nehemías 3, sino un libro de memoria delante de Dios, respecto de los hombres y de las mujeres que tomaron parte en la reconstrucción del muro y de las puertas de

Jerusalén? No era una obra de hombres, era la obra del Señor. No era solamente la reconstrucción de los muros de Jerusalén: era la obra de

su Señor.

Así pues, el Señor lleva un libro de memoria exacto, perfecto y completo de toda la obra de amor que los hijos de Dios hacen por causa d e su Nombre.

Que el Señor nos ayude para ser diligentes en su obra. Amén.

Seis

LOS TIPOS DE SERVICIO EN LA IGLESIA

Dos cargos en la iglesia

En Filipenses 1:1 dice: “ Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a

todos los santos en Cristo Je sús que están en Filipos, con los obispos y diáconos .” Aquí se habla de tres tipos de personas: los santos, que

son los hermanos, los obispos, y los diáconos. Los obispos y los diáconos son los únicos cargos que tiene la iglesia local.

Los obispos, pastor es o ancianos

Es interesante notar que los obispos son también llamados ancianos, y pastores (Ver Hch. 20:17,28; Heb. 13:7,17). Hay tres nombres para denominar un mismo cargo, pero estos tres nombres

nos indican algún aspecto diferente de su trabajo. Reuni dos los tres podemos tener claridad acerca de qué es exactamente lo que hace el

obispo o el anciano o el pastor.

Aquí en Filipenses tenemos la palabra “ obispo ”, que significa “sobreveedor”. El obispo es una persona que tiene que mirar en medio

de la casa d e Dios para que haya orden y para que todos sirvan. Su trabajo consiste en supervisar, alentar y enseñar a otros a servir.

Pero el obispo también es un pastor. Y el pastor es uno que cuida del rebaño para que las ovejas estén bien alimentadas y abrevadas, y para defenderlas del peligro que pueda venir sobre ellas.

Y los obispos son también ancianos. “Anciano” es un término tomado del Antiguo Pacto. Entre los judíos, los ancianos eran las personas de

respeto. Eran los que tenían que juzgar entre los demás. E n la iglesia, son las personas de confianza, aquellos que tienen sabiduría de parte

de Dios para decidir asuntos en medio de los hermanos, y determinar cuál es la voluntad de Dios cuando surge alguna dificultad.

Damos gracias a Dios por los obispos, que t ambién son los pastores y ancianos. Ellos son los que gobiernan. Ellos son los que

dirigen, los que dan instrucciones en medio de la casa de Dios.

La palabra “obispo” suele ser usada en el día de hoy en otro

sentido, por lo que es preferible utilizar las p alabras “anciano” o “pastor” para denominar este cargo. Pero en la Biblia se refieren a un

mismo tipo de personas.

Los ancianos no necesariamente son los ministros de la Palabra, porque su función primordial es gobernar. No obstante, ellos tienen que tener un requisito fundamental: han de ser personas con entendimiento en las cosas espirituales, y que posean una trayectoria de fe y de vida. Ellos han sido probados, ellos han estado en las dificultades y han sido aprobados por Dios. Ellos tienen que ser espi ritualmente aptos y, además, tienen que estar en condiciones de conocer la condición espiritual de los demás.

Tienen que ser hombres maduros, no orgullosos, no emocionales. No engreídos, no vanidosos, confiables, estables. Y es deseable que tengan también algún sentido y habilidad práctica, para así desempeñar mejor su trabajo.

Los diáconos

Los diáconos no tienen una labor de gobierno dentro de la iglesia. Ellos son los que sirven, los que ministran. Ellos no tienen

ninguna otra responsabilidad mayor que la de servir. Reciben instrucción de los ancianos y luego ven cómo esas instrucciones

pueden llevarse a la práctica. Ellos tienen que estar preocupados de las necesidades materiales que hay en la iglesia. Por eso, los diáconos tienen que ser personas diligen tes, con habilidad para hacer cosas y para trabajar con sus propias manos. Ellos no van a estar a cargo de

la Palabra, o de la oración, pero sí tienen que estar con sus ojos abiertos y con sus oídos muy atentos para detectar dónde hay necesidad. No importa cuán pequeña o grande sea la iglesia: tienen que haber diáconos suficientes para que las necesidades del pueblo

de Dios sean suplidas.

No puede haber hermanos en la iglesia que no tengan qué llevarse a la boca, o que no tengan con qué cubrirse. Sería una vergüenza si esto sucediera sólo porque no hay diáconos establecidos, o porque los diáconos que hay no están cumpliendo con su ministerio. La casa de Dios es un alero que tiene que poder cobijar a

todos los hombres que buscan a Dios. La casa de Dios tiene que ser un ambiente tan grato, que todos se sientan cobijados, resguardados,

suplidos. Los pobres también tienen un lugar en ella. Por cuanto menos tienen, requieren mayor honra.

Si bien el área específica del servicio de los diáconos son las cosas prácti cas, también ellos tienen que tener entendimiento espiritual. En Hechos 6:3 dice que los diáconos que había en Jerusalén tenían buen testimonio, estaban llenos del Espíritu Santo y

de sabiduría. En 1ª Timoteo 3:8 - 13 se destacan también algunos requisitos e spirituales que los diáconos tienen que cumplir. Ellos

también han de tener peso espiritual.

Los diáconos tienen que ser estables, confiables. Y para que esto sea así, tienen que ser también espirituales. Ellos no pueden

introducir en la casa de Dios los métodos o formas de servicio que el mundo tiene. En la casa de Dios se sirve de acuerdo a los principios

de Dios, de acuerdo a la sabiduría de Dios, y de acuerdo a la gracia que Dios da.

Ahora bien, el asunto de la esfera de su servicio no es algo rígido, porque nosotros vemos a dos diáconos en la Biblia, Esteban y Felipe, que, más allá de servir a las mesas, desempeñaban el ministerio de la Palabra. No hay impedimento para que un hombre que ha entregado su vida al Señor, y que ha comenzado desarrollando u n determinado servicio, pueda, por su fidelidad, recibir del Señor otros trabajos.

Tanto los ancianos como los diáconos son dignos de ser muy considerados, y todos los hermanos harán bien en obedecer sus instrucciones.

Dos áreas de servicio en la iglesia

Vamos a hablar ahora acerca de dos áreas de servicio que hay en la iglesia, para todos los hermanos. Está el servicio sacerdotal y está el servicio levítico. Tal como hay dos cargos en la iglesia, hay

también dos áreas de servicio que están vinculadas con esos cargos. Todo el trabajo que se hace en medio de la iglesia local tiene que ver,

o bien con lo espiritual, o bien con lo práctico, y ahí está la relación, ya sea con los ancianos, ya con los diáconos. Esto no significa, sin embargo, que ambos sean excl uyentes el uno del otro, ni tampoco significa que los diáconos trabajen con autonomía respecto de los

ancianos. Estas áreas de servicio son complementarias, y están ambas bajo la responsabilidad final de los ancianos.

Las expresiones “servicio sacerdotal” y “servicio levítico” están tomadas del Antiguo Testamento, y por analogía nos sirven a nosotros para aclarar cuáles son los tipos de servicio que se dan en una iglesia local.

El servicio sacerdotal

Tenemos que decir, primeramente, que en el Nuevo Pacto, todos los creyentes somos sacerdotes. Todos tenemos entrada al Lugar

Santísimo. Todos podemos presentarnos delante de Dios a favor de los hombres. Todos podemos ayudar para que las personas tengan un encuentro con Dios. Por tanto, somos todos sacerdotes.

Nosotros no vemos que haya en el Nuevo Pacto una casta sacerdotal. No hay profesionales del sacerdocio aquí. No hay los llamados ungidos, o pastores o sacerdotes como diferentes de los demás. Todos nosotros somos sacerdotes. Y todos tenemos que desarrollar en la casa de Dios un servicio espiritual. Los sacerdotes eran los que ministraban en el Lugar Santo, y uno de ellos, el Sumo Sacerdote, en el Lugar Santísimo. Ellos tenían que ver con las cosas

santas de Dios. Nosotros también, como aquellos Sumo Sacerdot es, hemos entrado en el Lugar Santísimo. Y aún más, somos sacerdotes - reyes, real sacerdocio. Todos los hermanos pueden servir en este

ámbito del servicio espiritual.

La oración intercesora

El trabajo del sacerdote comienza cuando, a semejanza del Señor Je sucristo, se acerca al trono de Dios para interceder por otros (Heb.7:23 - 25). Allí pedimos por los que no tienen voz para invocar al Señor, por los que no tienen ojos para verle, ni tienen fe para acercarse a Él. Como sacerdotes, comenzamos nuestro trabajo intercediendo en la oración. Sea en privado, sea participando en grupos por las casas, o sea en la asamblea, nosotros tenemos que ejercer este sacerdocio.

Nosotros podemos tener un listado de personas por las cuales

orar permanentemente. Esto pueden hace rlo todos, mayormente los que no pueden desarrollar otro servicio, ya sean los más jóvenes, por

su inexperiencia, o los ancianos, por sus avanzada edad. ¡Qué útil sería que cada uno tuviese una lista de nombres, de conocidos, de

amigos, y poder sostener un a oración a favor de ellos todos los días, hasta que uno a uno vayan llegando al Señor!

Un hermano en China, desde joven, acostumbraba a hacer esto. En su época de Colegio, anotó setenta amigos, y al cabo de algunos

meses se convirtieron casi todos, luego de compartirles del Señor. Era una cantidad considerable, pero ellos se convirtieron al Señor, porque

él sostuvo una oración insistente a favor de ellos. Este no es un trabajo pequeño. ¿O es poco que una persona llegue a Cristo? ¿Que sea salva de la conden ación eterna? Oh, jóvenes, oh hermanas. Si tú te has sentido inútil, si tú no sabes en qué ámbito puedes servir, mira, he aquí un trabajo de gran importancia. Propónte en tu corazón orar por las personas que te rodean, nómbralas delante del Señor.

Que sus nombres se escuchen en el cielo, y que sean amarradas al trono de Dios para que sean salvas.

Haciendo obra de evangelista

Está el trabajo de la evangelización, que también pueden realizarlo todos los hermanos. Los hermanos nuevos pueden hacerlo compartiend o el evangelio a su compañero de trabajo, a su vecino, a su amigo. O bien, invitándolos a las reuniones de evangelización de la iglesia.

Pero no es sólo para los nuevos. Es necesario que todos en la iglesia hagan obra de evangelista. Es cierto que hay poco s evangelistas. Pero, tal como Pablo le dijo a Timoteo, nosotros tenemos

que decirle a cada hermano: “ Haz obra de evangelista ” (2ª Tim. 4:5).

No todos pueden predicar el evangelio, pero sí todos pueden ocuparse

del evangelio, todos pueden conducir las pers onas a Cristo. Y luego que ellos han aceptado al Señor, los hermanos han de cuidar que

asistan a las reuniones, que se bauticen, y que reciban la instrucción bíblica, para que ellos vayan creciendo y se vayan desarrollando normalmente.

La evangelización e s una de las más altas encomiendas dadas a la iglesia. Nosotros podemos ser inducidos a pensar que sólo unos pocos pueden hacerlo, los siervos especialmente dotados, que pueden

reunir multitudes y predicar con denuedo. Pero es necesario ver que todos los h ermanos pueden hacerlo. No importa lo pequeños que sean, porque los hermanos nuevos, los que están con el primer amor, llenos de gozo, son las personas más indicadas para atraer a otros a Cristo. Ellos han experimentado recientemente un cambio, su vida ha sido transformada, ellos pueden decirle a otros: “Mira lo que Dios ha hecho conmigo, es glorioso. Yo te invito para que tú también vengas.” Así que, hermanos, no esperemos a recibir una designación especial.

No esperemos a alcanzar el dominio de la oratori a y de ciertas habilidades para hablar en público. Todos podemos hacer obra de

evangelista.

El trabajo de los ministros de la Palabra

Hay también otro trabajo sacerdotal en medio de la casa de Dios.

Cuando una persona se convierte al Señor tiene que ser i nstruida en la sana doctrina. No podemos nosotros dejar a los nuevos abandonados al azar, por si reciben alguna enseñanza; o por si son

alcanzados por algún tópico de la fe. Hay que desarrollar un trabajo

sistemático de enseñanza. Tiene que haber abundanci a de Palabra.

Todas las verdades bíblicas deben ser expuestas con claridad y en un tiempo no muy prolongado. Pablo, hablándoles a los ancianos de Éfeso, les decía que no había rehusado anunciarles todo el consejo de Dios.

¿Cómo se hará esto al interior de cada iglesia? Eso es asunto de la administración de cada localidad. Pero es necesario cuidar de los

nuevos, e introducirlos más y más en la fe. Que haya una reunión semanal en que, de acuerdo a la cantidad de hermanos nuevos, y de

acuerdo al número de los hermanos de la iglesia, se pueda ir adoctrinando y enseñando las verdades de las Escrituras.

Nosotros no vamos a tener cristianos maduros, posesionados de la herencia que tienen, a menos que la Palabra de Dios les descubra

esa herencia. ¿Cómo podrán saber lo que son, si no han sido enseñados en la Escritura? Que el Señor levante maestros sabios en

la Palabra, que sean capaces de reproducir las enseñanzas con fidelidad y con gracia a los hermanos que van llegando, para que ellos

se posesionen de toda su here ncia. Siendo herederos de todas las cosas, y teniendo la esperanza de reinar con Cristo en el día de mañana, no podemos ignorar lo que tenemos. No podemos conocer

sólo una parte. Tenemos que conocerlo todo.

Es muy importante el ministerio de la Palabra. La Escritura nos muestra que en la iglesia en Jerusalén, los apóstoles se dedicaron

enteramente a la oración y al ministerio de la Palabra. Por Efesios 4:11 sabemos que los ministros de la palabra son los apóstoles, los

profetas, los evangelistas, los pastor es y los maestros. Nosotros encontramos en Hechos 13:1 - 2, que en la iglesia en Antioquía ministraban al Señor profetas y maestros. Todos ellos eran ministros

de la Palabra. ¿Cuál es su ámbito de trabajo? Ellos son los

encargados de evangelizar , y también d e edificar . Lo primero significa introducir a los hombres en la fe, y lo segundo tiene que ver con el

incremento de esa fe y del conocimiento del Hijo de Dios. Este es un doble trabajo, y corresponde a los ministros de la Palabra.

Por eso tenemos que reco nocer a los ministros de la Palabra que el Señor ha constituido. Y luego, tenemos que ayudarles, de acuerdo a

la gracia que el Señor nos ha dado, para que ellos estén en las mejores condiciones de hacer su trabajo.

Los ancianos no pueden hacerlo todo. Los obreros no pueden hacerlo todo. En la casa de Dios hay lugar también para los profetas, para los evangelistas y para los maestros. Ellos tienen que servir en la

casa de Dios para que la Palabra de Dios “corra y sea glorificada” *. Los ministros de la palabr a son útiles tanto en las funciones de la iglesia, como también en las tareas de la obra, más allá de la iglesia

local *.

Cuando el Espíritu Santo envió a Pablo y a Bernabé como apóstoles, ellos estaban ministrando al Señor como profetas y maestros. De tal manera que nosotros podremos esperar que los futuros obreros surgirán de aquí, de este semillero de predicadores que tendremos en las iglesias. El Señor siempre se busca personas que han tenido algún ejercicio y que han sido probados. ¿Y cómo se prueban, cómo se adquiere esa capacidad de ministrar, de tener la Palabra en los labios y de proclamarla? Es por el ejercicio del ministerio de la palabra en medio de la casa de Dios. Así que abramos

espacios para que ellos puedan servir. Que no siempre los anciano s tengan la predicación. En la Biblia se habla también de profetas,

evangelistas y maestros. Que el Señor nos socorra y nos ayude para que estas cosas puedan ser hechas entre nosotros.

El ministerio levítico

En los primeros capítulos de Números encontramos que, en el desierto, había una tremenda cantidad de personas que cumplían los

distintos trabajos relacionados con el tabernáculo. Cuando se hizo el primer censo, había veintidós mil trescientas personas en la tribu de

Leví – la tribu encargada de este ser vicio. Todos ellos tenían que ver con el trabajo práctico que se hacía especialmente en el atrio, donde

estaba el altar sobre el que se presentaban las ofrendas, y donde eran inmolados y desollados los animales. Todo ese trabajo físico, rudo, para el cual se necesitaban hombres fornidos y diligentes, era realizado por los levitas.

De los 22.300, solamente los que tenían entre 30 y 50 años podían servir. En total eran 8.580. Y de esos, había tres grandes

grupos. Estaban los descendientes de Coat (2.750), qu e estaban encargados de los muebles santos y los utensilios dentro del

tabernáculo. Luego estaban los descendientes de Gerson (2.630), encargados de las cortinas y las cubiertas del tabernáculo. Y también

estaban los descendientes de Merari (3.200), encarg ados de las tablas del tabernáculo, con sus barras y columnas.

Los varones de Israel eran 603.550, y de ellos 22.300 eran levitas. De éstos, 8.580 prestaban servicio en el momento en que se

hizo el censo, es decir, un 1,42%. Como cantidad, 8.580 impresiona ,

¡imagínense ustedes lo que significa que haya esa cantidad de personas sirviendo!, pero como porcentaje es bajísimo. ¿Será así entre nosotros? ¿Es la voluntad de Dios que sólo unos pocos (un 1,42%)

sirvan, y los demás sean meros espectadores? Ahora bien, ¿Como hacían ellos para poner a servir a 8.580 personas en el tabernáculo?

En eso nos enseñan a nosotros, porque todo lo tenían perfectamente ordenado según un sistema de turnos. Nada debía tropezar con otra cosa.

Hermanos, nosotros estamos en el Nuevo P acto. Somos los sacerdotes y los levitas de Dios en este tiempo. Nosotros estamos en

el santuario presente de Dios, que es la iglesia, disfrutamos de la gracia, tenemos acceso directo al trono de Dios. ¿Podemos valorar lo

que significa trabajar en medio de la casa de Dios? Me temo que no lo hemos valorado suficientemente. Los levitas entre nosotros ¿están trabajando? ¿Están ordenados de cierta manera para que se cumplan

los diversos trabajos levíticos en la casa de Dios? ¡Hay muchas cosas en qué servir al S eñor!

Los levitas entre nosotros son todos los hermanos que sirven. Los estables entre los hermanos que sirven son los diáconos. Pero no solamente los diáconos sirven. Hemos enfatizado que todos somos

llamados a servir, que entre nosotros no hay ningún inú til. Todos somos Onésimos, y sabemos que “Onésimo” significa “útil” o “provechoso”. Todos podemos ministrar como sacerdotes y todos

podemos ministrar como levitas. Todos podemos servir en lo

espiritual, y todos podemos servir en lo práctico. Hermanos, si e llos tenían tal cantidad de hombres sirviendo y con tal orden, ¿cuánto

más nosotros que tenemos una posición mayor que la de ellos, y que somos menos en número que ellos? Por lo tanto, podemos servir todos, ordenadamente.

Trabajos del ministerio levítico

¿Cuáles son algunos de los servicios levíticos en la casa de Dios hoy? De verdad son muchos, y pueden variar de una iglesia a otra, según sean las necesidades propias de cada una. He aquí algunos de ellos.

Hay que hacer el trabajo de la limpieza en los loc ales de reunión.

No hay necesidad de pagar a alguien para que lo haga, salvo, tal vez, cuando hay locales demasiado grandes. Hay que arreglar el local, puede haber una tabla suelta que hay que cambiar, o hacer alguna

ampliación. Hay el trabajo de acomodar las sillas y los distintos implementos dentro del local. Es necesario que haya levitas encargados de administrar el partimiento del pan y los bautismos.

Hay elementos que son utilizados en el partimiento del pan, y cuando

se hacen bautismos, ¿tendrán que e star los ancianos o los obreros preocupados de eso? No. Tiene que haber levitas que lo hagan, pero que lo hagan con devoción, con amor, sabiendo que, aunque sea que

laven un paño, lo están haciendo para el Señor.

Hay que cuidar también de los pobres. En l a iglesia que vemos en la Biblia había necesidades de tipo material, y también viudas a

las cuales era necesario sustentar. En Hechos 6:1 dice que algunas viudas fueron desatendidas en la distribución diaria, por eso Pablo

después instruye a Timoteo (1ª, 5 :9) para que se haga una lista de aquéllas que tenían necesidad de ser atendidas. Tenía que haber un orden, y entre nosotros también tiene que haberlo.

Hechos 2:45 dice: “ Y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno ”, y Hechos 4:34a: “Así que no había entre ellos ningún necesitado ”, y 4:35b: “ Y se repartía a cada uno según su necesidad ”. En todos estos pasajes se

habla de lo mismo, de cómo las necesidades de los hermanos eran

atendidas, de modo que nada les faltase. Todos los recursos que tenía la iglesia, producto de la venta de las propiedades y de los bienes que

se donaban, se repartía según la necesidad de cada uno, de modo que no había entre ellos ningún necesitado.

También está la contabilidad, el manej o de los dineros de la iglesia. Está el servicio de la cocina, donde muchos hermanos y

hermanas puedan servir a las mesas cuando se requiera. Está el trabajo en la oficina del servicio, cuando la hay. En todo tiene que

haber orden y cuidado, y mucha dilige ncia para atender las distintas necesidades.

Conforme las iglesias vayan creciendo, tendrá que haber un ambiente donde se pueda disponer de todo, con oficinas, con registros, con hermanos que entran y salen para atender las diversas

necesidades de los herm anos. Allí también se puede habilitar una pequeña biblioteca, donde los hermanos que deseen aprender y prepararse para un ministerio puedan tener acceso a libros que les

ayuden en el estudio bíblico. Un ambiente donde se puedan reunir los

ancianos y los di áconos, una oficina con teléfono y fax para la atención permanente de consultas, y para la detección de necesidades; un lugar de encuentro, donde los ancianos y los

diáconos puedan estar entrando y saliendo.

La iglesia tiene que bullir de actividad. Tiene que ser un ambiente donde el afligido pueda ir y encontrar socorro. Muchas veces los hermanos no saben dónde acudir, porque los obreros

salieron, los ancianos están trabajando, y los diáconos están también

en sus trabajos. Pero hay hermanos y hermanas que tienen tiempo disponible como para dedicar una tarde o un día a la semana y

atender la oficina, y recibir las necesidades, y aún para orar por los que se acercan a pedir ayuda. Esto tiene que ser hecho entre

nosotros. Esperamos, hermanos, que las cosas de l Señor sean muy tomadas en cuenta por nosotros, y que sean ordenadas todas ellas.

Tiene que haber control, tienen que haber listas para un mayor orden. Tanto para los diáconos, para consignar las necesidades del

pueblo y poder atenderlas, como también par a los ancianos, para saber el estado espiritual de los hermanos y las necesidades que tienen que ser atendidas.

También el transporte es parte del servicio levítico. Los vehículos dedicados a la obra pueden ser atendidos por hermanos que trabajan en el ram o. Si son fieles en ese trabajo, es suficiente. El Señor no les va a pedir cuentas sobre otra cosa, sino sobre aquello que tienen a la mano.

Ayudar a los hermanos pobres, a las ancianas y a los enfermos

en sus tareas domésticas es otro trabajo levítico. H ay hermanas pobres, a veces viudas, que tienen niños pequeños y que necesitan

ayuda. Siempre en las iglesias hay hermanas con tiempo y disposición. Ellas perfectamente podrían invertir un par de horas de

la semana, e ir a esa casa humilde y cooperar con el lavado, el aseo, y así ayudar a la hermana que tiene necesidad.

Qué hermoso sería que en la oficina de los diáconos, hubiera listados de hermanos y hermanas que ofrecen horas, o medios días a

la semana, o al mes, para ir a prestar un servicio a la casa de los hermanos necesitados. Que hubiera verdaderas compañías de

hermanos que colaboren en instalar una cocina, un cálefont, clavar una tabla, arreglar un techo o mejorar una pared, o pintar una pieza

en las casas de los santos más necesitados. ¡Oh, qué gl oria nosotros podríamos ver! Oh, cómo el Señor se agradaría de esto, porque ello

significaría que el pueblo de Dios tiene un corazón amoroso y compasivo. Es el amor práctico el que vale, no el teórico. El mundo lo vería y glorificaría a Dios.

Los diáconos están llamados no sólo a servir ellos a las mesas, sino a involucrar a muchos hermanos en el servicio levítico, para que todos sirvan. Hermano, hermana, no esperes a que los ancianos o los diáconos te digan: “Hermano, ¿tu puedes hacer esto?”, sino acércate

tú mismo y diles: “Yo quiero ayudar, yo quiero servir. Hermano, yo dedico este tiempo, o este talento, para servir a mis hermanos, tómalo en cuenta, anótalo. Tal día a tal hora, yo estoy disponible.”

El trabajo de las hermanas

Cuando en una iglesia hay he rmanas que tienen algún don de Dios para la enseñanza, y tienen carga por servir al Señor, hay que ver la forma de que lo puedan hacer. Hay que hacer los arreglos

necesarios para que las hermanas se reúnan cada cierto tiempo (una vez al mes o cada dos mese s), según se requiera.

Si en una localidad hay inquietud por parte de las hermanas por estar juntas y abrir su corazón entre ellas, para tratar de asuntos domésticos, o de la crianza de los niños u otras cosas prácticas, y ven

que no hay entre ellas herman as con suficiente sabiduría como para que enseñen a las demás, perfectamente podrían llamar a los obreros

y pedir que vengan algunas hermanas de otra localidad que puedan hacerlo. No es en ninguna manera algo ilegítimo, al contrario. Si hay una necesidad, debe ser atendida. Si hay hermanas con la capacidad espiritual y con gracia para impartirles enseñanza, pues bien, que lo hagan. Así las hermanas podrán abrir su corazón como nunca antes

lo pudieron hacer – porque a las hermanas puede resultarles difícil a brir su corazón ante un anciano. Habiendo hermanas crecidas, maduras, ellas podrán hacerlo y ser así sanadas de situaciones tan íntimas que a veces les agobian y que han marcado su corazón.

Hay también situaciones relacionadas con las hermanas que los varo nes no pueden atender. Sería inadecuado para un varón entrar en una casa donde vive una hermana sola, o que está enferma; sin embargo, las hermanas pueden entrar libremente, y pueden suplir esa necesidad.

Nosotros encontramos en la Biblia a una mujer llama da Dorcas, que servía a las viudas. Ella hacía túnicas y vestidos. Ella tenía un

tremendo testimonio en el lugar donde vivía, de tal manera que cuando murió hubo una gran conmoción. Entonces mandaron a

buscar a Pedro, el cual, en el nombre del Señor, la re sucitó. (Hch.9:36 - 42).

¡Qué bendición era para todas aquellas mujeres necesitadas una mujer como Dorcas! Es un ejemplo para las hermanas, ya que les muestra un ámbito de servicio en las cosas prácticas que ellas pueden atender.

También está el trabajo con los niños. Es conveniente que los niños de la iglesia sean atendidos con frecuencia, y que las hermanas

que tienen gracia y que tienen el don de la enseñanza, estén con ellos y les enseñen las verdades de la Escritura. Esas sencillas y hermosas verdades d e la Palabra se anidarán en sus corazones tiernos y darán fruto cuando sean mayores. Hay aquí otra esfera de servicio para las hermanas. Algunas de ellas pueden, incluso, viajar a otras localidades

de tiempo en tiempo, para hacer una labor de enseñanza bíb lica entre los niños, y de capacitación entre las hermanas.

Trabajo para los jóvenes

Hay jóvenes que también tienen el don de la Palabra y de servicio, y que tienen una carga por servir al Señor. Damos gracias al

Señor por ello. Donde hay jóvenes así, y que también tienen los dones, (porque no es suficiente con tener carga), perfectamente

pueden reunirse y estimularse al amor y a las buenas obras. Ellos pueden hacer un trabajo de evangelización. Y juntamente con eso,

deben ser edificados y ser libr ados de la corriente del mundo. Ellos pueden y deben ser una segunda generación de creyentes que vayan reemplazando paulatinamente a las generaciones mayores. Nosotros

no podemos esperar solamente en los hermanos que tienen cuarenta

o más años y que ya est án sirviendo al Señor. Tenemos que pensar que tiene que haber una renovación. Si el Señor no viene todavía, entonces nosotros tenemos que formar a los jóvenes, brindándoles oportunidades para que se ejerciten en el estudio y en la predicación

de la Palabra . Qué gloria es, qué bendición trae cuando vemos a los jóvenes imbuidos del amor del Señor, y con deseos de servirle.

Que el Señor permita que muchos hermanos y hermanas que hasta ayer se consideraban inútiles, desde hoy sepan lo que significa llamarse Oné simo.

Que el Señor nos ayude para que estas cosas sean hechas de acuerdo a su voluntad. Amén.

Siete

APACENTANDO EL REBAÑO 1

¿LAS OVEJAS TRAS EL PASTOR, O EL PASTOR TRAS LAS

OVEJAS?

(Jn. 10:1 - 5; Mt. 18:11 - 14; Sal. 23.)

Hay dos principios que puede n regir el trabajo de los pastores: uno toma como base las palabras del Señor en Juan 10, según el cual

el pastor va delante de las ovejas y las ovejas le siguen. El otro se basa en la parábola de la oveja perdida, según la cual el pastor va por los montes tras la oveja descarriada.

Según el primer principio, el pastor habla y las ovejas le siguen. La responsabilidad aquí recae enteramente en las ovejas. El que no oigan, o se alejen, depende de ellas. Su alejamiento puede motivar, incluso, la reprensión, po rque es deber de las ovejas estar atentas a la voz del pastor, y seguirle.

Según el segundo principio, el pastor va tras las ovejas. Aquí el pastor no habla, sino actúa. Va tras la que se descarría, la halla y se

regocija por ella. Es misericordioso con la débil y aun con la rebelde.

La responsabilidad recae aquí, en gran parte, en el pastor, que debe estar atento a su rebaño, para recoger la que se extravía.

¿Diremos que uno de estos principios es correcto y el otro incorrecto? ¿Tomaremos uno y dejaremos e l otro? Ciertamente que no. No son contradictorios, sino complementarios.

El primer principio marca la normalidad. El segundo muestra el cauce de acción en la anormalidad. El primero muestra las cosas

como deben ser (notemos que aquí el pastor es el Señor Jesús); en cambio, el segundo muestra las cosas como suelen ser (aquí el pastor

es “un hombre”). El primero funciona con el ministerio de la palabra (“conocen su voz”); el segundo, con la acción (“va por los montes”). La palabra y la acción tienen que herm anarse en un pastor.

En Juan 10, las ovejas parecen sanas y vigorosas, porque siguen al pastor sin necesidad de ayuda. Todas parecen tener un grado de madurez, lo que les permite seguir al pastor sin manifestar

distracción ni rebeldía. El pastor va delante , guiando al rebaño por los

mejores pastos y las más saludables aguas. Las ovejas le siguen. Esto es lo perfecto, es lo deseable.

Pero está el segundo caso, donde hay ovejas pequeñas que se descarrían. Ellas reclaman la atención del pastor. Por una sola de estas ovejas, el pastor es capaz de dejar las noventa y nueve en el redil, aunque esto implique, eventualmente, un retroceso en el avance del rebaño, o, a veces, una pérdida. Sin embargo, el pastor aquí está dispuesto a sufrir esa pérdida.

Miremos al Past or de los pastores caminando por los caminos de Galilea. Muchos le siguen admirados. Algunos quieren hacerle rey. Su marcha parece imperturbable; sin embargo, alguien alza su voz hacia Él. Es un ciego junto al camino. Las gentes tratan de acallarlo. ¿Para qué molesta al Maestro? Sin embargo, Él escucha, se detiene y, lleno de compasión, le sana. El Señor detuvo su marcha cada vez que alguien le requirió. Así ha de hacer todo pastor.

Aún hay otra razón para detenerse. El lobo amenaza al rebaño, y el pastor l o defiende, aun a riesgo de su propia vida. En esto se diferencia el pastor del asalariado. En el momento de dificultad, se reafirma lo verdadero y queda en evidencia lo falso.

De manera que lo normal y deseable en la vida del rebaño es que el pastor vaya delante y que las ovejas lo sigan. Lo normal es que el pastor tenga una palabra que atraiga a las ovejas. El pastor ha de tener la Palabra de Dios.

Pero lo no deseable forma parte también de la vida del rebaño.

Aquí están las ovejas que se descarrían, y el lobo que amenaza. Ojalá no hubiera nunca ovejas que se descarrían y un lobo que amenaza.

Pero lo indeseable es también parte de la vida del rebaño, y de ello tiene que hacerse cargo el pastor. Estas cosas detienen aparentemente el avance del rebaño, porqu e implica su descuido momentáneo. Pero más importante que el avance del rebaño son

ahora aquellas ovejas que están en serio peligro. Es importante avanzar, pero también lo es que ninguna oveja se pierda. El Señor nos

libre de seguir un caminar imperturbabl e, esperando que las ovejas nos sigan, cuando hay tantos motivos para detenernos un poco y

atender a las necesidades de ellas.

2

LAS NECESIDADES DE LOS PEQUEÑOS

(Mateo 25:31 - 46)

En el pasaje de Mateo 25:31 - 46 se mencionan seis necesidades de los hermanos más pequeños, que deben ser atendidas, como si fuera un servicio al Señor mismo *. Estas necesidades pueden ser materiales y también espirituales. Sin descuidar el hecho de que muchas veces pueden ser materiales – en cuyo caso hay que procurar diligentemen te atenderlas –, en este lugar haremos una exposición atendiendo a lo que espiritualmente significan estas seis necesidades.

  1. Del que tiene hambre . La primera y más grande necesidad de los

    hijos de Dios es de la Palabra –el Verbo – es decir, Cristo mismo, quien viene a saciar el hambre. El raquitismo espiritual y el desvarío se

    originan en el hambre no saciada.

    En Mateo 24:45 - 51 se habla de dos siervos: uno fiel y prudente; el otro, malo. El primero se caracteriza por dar el alimento a tiempo a los de la c asa de Dios; el otro, por apalear a sus consiervos, en vista de la tardanza del Señor. Los pastores son llamados a proveer de

    alimento a los hijos de Dios. Ellos deben imponerse como un deber

    delante de Dios el acopiar alimento para que haya abundancia en la casa de Dios. Esto es así, porque los pequeños no saben todavía

    procurarse alimento por sí mismos.

    El hecho de que la recolección del maná en el desierto era la primera tarea que realizaba el pueblo de Dios cada mañana, nos

    indica su importancia. Lo pri mero era asegurar el alimento. Por eso los pastores han de atender, en primer lugar, a la necesidad de

    alimento en la casa de Dios. De esa manera, cuando los pastores tomen la palabra de Dios, podrán alimentar al rebaño, y no caerán en la tentación del sie rvo malo, que apalea a las ovejas. Cuando hay una motivación de amor, cuando se es un siervo fiel y prudente, entonces hay alimento abundante en la casa de Dios.

  2. Del que tiene sed . La sed es saciada con el Espíritu Santo: “ El que tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura,

    de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él .” (Jn. 7:37 - 38; ver también Jn. 4:13 - 14).

    La sed de los hermanos es saciada, por lo menos, de dos maneras específicas:

    • recibiendo la palabra “rhema” de parte de Dios, que es espíritu y vida.

    • siendo guiados por los hermanos mayores para recibir la llenura del Espíritu Santo. Hay que propiciar instancias de oración en

      que se dé libertad al Espíritu de Dios para así ser llenos de Él.

  3. Del que es forastero . ¿Cuántos hermanos entre nosotros están como forasteros, a los cuales no hemos recogido? Hermanos a los que no hemos dado carta de ciudadanía. Ellos miran desde lejos, esperan ser acogidos, pero n o hemos ido a buscarles para decirles: “Esta es tu ciudad, tú eres hijo de Dios; yo también lo soy, así que somos conciudadanos”. O bien para decirles: “Tú has nacido de Dios, entonces perteneces a la ciudad que tiene fundamentos, cuyo

    arquitecto y constru ctor es Dios. Tú perteneces a esta ciudad, no porque hayas comprado tu ciudadanía, sino por nacimiento.”

    Tal vez haya hermanos que esperan que les recojamos, que no sólo les digamos que tienen en Jerusalén una ciudad permanente,

    sino que se lo hagamos sent ir con nuestros hechos. Si no lo hacemos, tal vez varios de ellos terminarán buscando otra ciudad, donde sí

    sean recibidos.

  4. Del que está desnudo. En Génesis 9:18 - 27 se nos muestra a Noé en su debilidad. Él se embriaga y yace desnudo en medio de su tiend a. Frente a este bochornoso cuadro, sus hijos reaccionan de

    manera distinta. Mientras Cam se burla y ventila el hecho ante sus hermanos, Sem y Jafet cubren a su padre, cuidando de no ver su desnudez. Aquí tenemos la diferencia entre un espíritu vil y un es píritu noble. Cam no vio la dignidad de su padre. Sem y Jafet tuvieron la suficiente sensibilidad como para percibir lo grave de la situación y cubrieron su desnudez. Sem y Jafet no pretendían ni podían haber ocultado el pecado de su padre (era demasiado evidente), pero lo que sí podían hacer era cubrir su desnudez y resguardar su dignidad.

    Nuestros hermanos tienen debilidades, así como también nosotros. Las de ellos pueden ser mayores que las nuestras y tal vez

    más vergonzosas. Pero aún así hemos de guarda r su dignidad. El Espíritu noble que nos habita nos llevará a ser delicados incluso en

    los más pequeños asuntos. Deshonrar al hermano, burlarnos de sus debilidades, usar de malicia ante él, buscar intenciones y malos

    propósitos donde no los hay, es rebajar la dignidad de un miembro de

    nuestra propia familia: la familia de Dios. También significa rebajar nuestra propia dignidad, porque es nuestro hermano. Debemos cubrir la desnudez del hermano y no publicarla.

    Luego, estando solos con él, le aconsejaremos qu e compre del Señor vestiduras blancas para que se vista, y así no se descubra otra

    vez la vergüenza de su desnudez (Ap. 3:18). Le diremos que mientras él no compre vestiduras blancas, se expondrá de nuevo a la desnudez o a vivir tomando siempre vestiduras prestadas.

  5. Del que está enfermo. Los signos más notorios del enfermo son su debilidad y su aflicción. La visita al enfermo tiene en sí misma una cualidad curativa. En tal momento, una palabra delicada será para él

    cura, ungüento y venda. No como los ami gos de Job, que iban a censurarle. El hermano va al hermano enfermo a fortalecerlo en su

    debilidad, y a aliviarlo en su aflicción. Apegará su corazón al de él, y el amor que fluya hacia su corazón suavizará la herida más profunda.

    Recordemos la enseñanza d el Maestro. “ Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos .” Él iba a los enfermos y perdonaba sus pecados, para que fueran libres de sus enfermedades.

    Ante un médico amoroso, el enfermo confesará espontáneamente su enfermedad, e incluso las c ausas de ella. Entonces confesará su pecado y será perdonado.

    El Señor dijo que Él había sido enviado a sanar a los quebrantados de corazón. Tal vez la enfermedad más común hoy en el pueblo de Dios sea ésta. ¡Cuánta tristeza suele haber en el corazón de los creyentes! ¡Cuántas heridas causadas a veces por los hermanos mayores! Muchas de las modernas depresiones son, simplemente, el fruto de un corazón herido. ¡Permítanos el Señor tener lengua de

    sabios para saber hablar palabras al debilitado, al afligido, al enfermo!

  6. Del que está en la cárcel. El que está en la cárcel no puede venir a nosotros, por eso dice “ y vinisteis a mí ”. Él está encerrado en prisiones, en fortalezas de muy difícil acceso. Ni la sicología ni la

psiquiatría lo pueden salvar. Sólo lo salvará Aquél que dijo: “ El Espíritu del Señor me ha enviado a pregonar libertad a los cautivos …

a poner en libertad a los oprimidos …” (Lc. 4:18); y “ Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres ” (Jn. 8:36). ¡Somos pregoneros de libertad! Es verd ad que no somos libertadores (como si tuviésemos

nosotros poder para libertar), pero sí somos pregoneros de libertad. Nosotros anunciamos libertad en Cristo, y así podemos, por el poder de su Nombre, poner en libertad a los oprimidos.

Finalmente, notemos q ue en este pasaje, los hermanos más pequeños, por causa de su necesidad, no realizan acciones, sino que las reciben. Toda esta multiplicidad de acciones las realizan los

hermanos mayores en favor de ellos.

En el salmo 23, lo mismo que en Juan 10, el Pastor es el Señor.

De la misma manera que nosotros estamos llamados a imitar al Pastor de Juan 10, lo estamos para imitar al Pastor del salmo 23. Aquí el Pastor guía a las ovejas a delicados pastos, a aguas de reposo, conduce al rebaño por sendas de justicia, l es infunde aliento en las dificultades. Las ovejas se sienten atendidas, ungidas, plenas, y con

la mejor esperanza para lo futuro. Esa es también nuestra misión.

Hemos de esforzarnos para que esto se cumpla en nuestros amados

hermanos, como consecuencia de nuestro pastoreo. Normalmente leemos este salmo desde la perspectiva de las ovejas, pero nos hace

bien leerlo también desde el punto de vista del pastor, porque – como pastores – es nuestro modelo de conducta.

3

SIENDO EJEMPLOS

“… no como te niendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey.” (1ª Ped. 5:3)

“Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido su conducta, e imitad su fe.” (Heb. 13:7).

Ser ejemplos de l a grey implica la más alta demanda para los pastores. Esto los constriñe a ser irreprensibles, porque de ellos tomarán ejemplo los hermanos, sea para bien o sea para mal. Cada pastor deja una huella en el rebaño. Los hermanos copiarán, consciente y a veces inconscientemente las virtudes y defectos de sus pastores.

Los pastores son ejemplos, no señores de la grey.

“Considerar” (Heb. 13:7) significa “meditar con atención y cuidado”, y también significa “juzgar”. Aquí el Espíritu Santo invita a los hermanos a meditar acerca de la conducta de sus pastores. En una palabra, los invita a juzgarlos. Las ovejas pueden hacerlo, y de hecho lo hacen, aunque no sean estimuladas a ello. ¿Qué juzgan? Los efectos, el fin y los frutos de su conducta. Porque la conducta es lo que se ve. Las intenciones no se ven.

Rubén era una tribu de Israel. En Jueces 5:15 - 16 se dice que Rubén tenía grandes resoluciones del corazón y muy altos propósitos,

pero que esos propósitos no se traducían en acciones. Ellos no salían a la guerra con l as demás tribus. Ellos se quedaban en el plano de las buenas intenciones, y por ello son reprendidos.

Los hermanos consideran primero la conducta, y luego imitan la fe. La conducta es puesta en la balanza, entonces la fe es imitada. Conforme sea la conduct a, así ocurrirá con lo demás. La conducta es juzgada, en tanto la fe es imitada. Los pastores están siempre expuestos a este juicio de su conducta y no han de resistirse a ello. Más bien, han de procurar tener tal conducta que sea digna de ser imitada.

Pa blo, Silvano y Timoteo en Tesalónica dejaron mucho ejemplo de conducta santa, justa e irreprensible para ser imitada (1ª Tes.

2:10). E, incluso, instan a los hermanos para que les imiten (4:1).

El buen ejemplo despierta el deseo de imitarlo. El mal ejemplo sirve de tropiezo. El mal ejemplo surge muchas veces en asuntos de esta vida, especialmente en el ámbito del trabajo, en los negocios, o en la vida familiar. Los pastores han de cuidar de ser irreprensibles

en el trato con los hermanos en cuanto a los asu ntos de esta vida. Y han de cuidar igualmente su trato con los de afuera en los asuntos de

esta vida. Estas cosas hablan más fuerte que las más hermosas palabras, y pueden ser tropiezo para los más pequeños y acarrear mucho vituperio al Nombre del Señor.

¡Qué dolor tienen los hermanos cuando un pastor lleva un defecto que ellos no pueden corregir y que él no ve o no está dispuesto a enmendar! Porque los hermanos nunca se atreverán a tocar un

asunto así, por respeto a los siervos de Dios. Tal cosa es motivo de pérdida en cuanto a la autoridad y en cuanto al servicio de los

pastores. Por eso, ellos han de pedir permanentemente al Señor el ser alumbrados respecto de sí, sea que el Señor mismo, o bien sus

consiervos en el ministerio, les iluminen. En tal caso, u na actitud humilde, una disposición a aprender y a ser perfeccionado, son de

invaluable estima delante de Dios y de los hermanos.

4

PROCURANDO QUE TODOS SIRVAN

Hasta aquí hemos hablado acerca del pastoreo a las ovejas – en especial de las oveja s más pequeñas – y también acerca de la conducta de los pastores.

Ahora tocaremos el asunto del servicio. Porque, aunque los hermanos sean pequeños en cuanto a la fe y a su desarrollo en el

Señor, ellos también deben servir. Si ellos están siendo pastoread os, si están sanos, si han sido recibidos, abrevados, alimentados y

consolados, entonces ellos han de prestar un servicio en el cuerpo, conforme a la gracia que han recibido, y de acuerdo a la capacidad de cada cual. Si ellos están en condiciones saludable s, nada les exime de servir al Señor.

Entre los hermanos que tienen un solo pastor, hay muchos hoy en día que piensan que él es el único que está obligado a servir,

porque es su trabajo, y porque recibe salario. Otros – que tienen presbiterio – piensan que los varios pastores y los diáconos deben

servir, porque ellos fueron ungidos para servir.

Sin embargo, si miramos en 1ª Corintios 12, Efesios 4 y Romanos 12, vemos que todos están llamados a servir. Tanto los del

servicio espiritual como los del servicio práctico; tanto los sacerdotes como los levitas, todos sirven.

En la iglesia todos sirven, cada uno en el lugar que Dios le ha señalado y de acuerdo a la gracia que ha recibido. Si alguien no está

sirviendo, se sentirá inútil, y su corazón se inclinará al desánimo, a la frustración y aún a la crítica.

Según Mateo 25:14 - 30, en la iglesia están los hermanos de cinco talentos, los de dos talentos y los de un talento. El mayor problema lo presentan los de un talento. No porque tengan poco, sino porque entierran su talento y no lo trabajan. Al mirar las iglesias parece evidente que son muy escasos los de cinco talentos, que son pocos los

de dos, pero que son muchos, en cambio, los de un talento.

Normalmente, los de cinco y los de dos talentos ya tienen un servici o en la iglesia. Pero no pasa lo mismo con los de uno. Estos son los

pequeños, los débiles, y también están entre ellos los llamados “carnales”. Pero ¡cuidado! no los menospreciemos. Dos de un talento

equivalen a uno de dos, y cinco de un talento, equivale n a uno de cinco. Si sumamos todos los hermanos de un talento, veremos que

constituyen un capital mucho mayor que el de los cinco, y que el de los dos, juntos. De modo que la verdadera riqueza de la iglesia está en los hermanos de un talento, aunque aparen temente sean de menor estima y figuración en el cuerpo.

Aunque estos son, ciertamente, más difíciles de enseñar y de guiar, con todo, ellos deben ser ayudados y estimulados para que sirvan. Si se equivocan tres veces, hay que intentar con ellos una cuarta vez. Si se desalientan, hay que ir tras ellos, y alentarlos de nuevo. Y así será todas las veces que sea necesario hasta que hagan trabajar su talento.

Como ellos no siempre atinan a servir espontáneamente, los pastores han de asignarles tareas y estimular los a que las cumplan.

Va a haber un gran desarrollo de las iglesias cuanto estos hermanos sirvan. Por eso los pastores tendrán que sentarse a buscar, en oración delante del Señor, las tareas adecuadas para cada hermano de un talento, y luego encomendársel as.

Hay una gran variedad de servicios que los hermanos de un talento pueden desarrollar. Los ancianos de cada iglesia han de ver quiénes y qué servicios pueden desarrollar los hermanos. Esto traerá

mucha bendición a cada uno en particular y también a toda la iglesia.

¡Que el Señor nos socorra en esta y en todas las cosas, para llevar con dignidad el título de pastores, título tan alto, cuanto que nuestro amado Señor es el Príncipe de los pastores!

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Otros títulos del autor: Conforme al modelo

Consagrac ión y Servicio

“¿A qué compararé esta generación?”

El hombre de Dios en tiempos peligrosos

Juan el Bautista: Perfil y Obra de un restaurador

La iglesia como viuda Matrimonio y Familia.

Eliseo Apablaza Fuentealba

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