Tenía sueños, metas y esperanzas. Terminar de construir su vivienda, a las afueras de la ciudad, financiar los estudios universitarios de su hija de solo tres años, y de jubilarse relativamente joven. “La vida hay que disfrutarla a plenitud”, solía repetir.

Excelente amigo, buen conversador, bohemio y de compromiso cada viernes en la noche... No faltaba en su agenda, ni la fiesta, ni la conquista ni la intimidad con quien compartiera el mismo deseo que él...

Pero a Luis Eduardo la vida le jugó una mala pasada. Lo supo cuando recibió el diagnóstico médico. Era sida. Sintió que el mundo se hundía bajo sus pies. Revisó personalmente los resultados de la prueba. Por segundos razonó que ese “seropositivo” que figuraba allí, no era él. “Debe ser una equivocación” argumentó ante el especialista. Pero no lo era. Su pesadilla apenas comenzaba...

Incluía, confesárselo a su esposa... y por supuesto, a aquellas personas con las que en los últimos tiempos había tenido relaciones sexuales. A este hecho, de por si traumático desde la perspectiva que se le mirara, Luis Eduardo tuvo que sumar el que personas cercanas se enteraran. El señalamiento. Las críticas. Los recurrentes “¿Por qué no te cuidaste?” y el sinnúmero de consejos que, él bien lo sabía, de nada servían en momentos como ese.

Quedo solo. Con una enorme carga de conciencia: contagió a su esposa. Y todos le volvieron la espalda. Unos le miraban con desprecio, otros con compasión y la gran mayoría, preferían ni siquiera tratarle.

Fue en medio de esa crisis, en un peregrinar prolongado e incesante, en el que se confundían los días, en el que cada segundo valía oro porque era vida, en el que los días feriados parecían iguales a los de la jornada diaria, en el que una pieza vacía era lo único que le esperaba al caer la noche, que Luis Eduardo volvió su mirada a Jesucristo. Al menos El no le dio la espalda. Y fue quien le acompañó hasta último momento, hasta cuando la ciencia no pudo hacer nada por salvarse. Y terminó en un cementerio con el estigma de haber tomado una decisión errada, y de paso, tener sobre sí el peso de las vidas que contaminó con la enfermedad.

Cifras alarmantes

El caso de Luis Eduardo no es el único. Por el contrario, es uno más entre cientos y cientos de dramas que se viven a diario. El promedio crecimiento del sida en Latinoamérica es alarmante. Mientras que en la década de los noventa, el número de mujeres con contagio era del 5%, hoy es del 30%. Una imagen gráfica de la gravedad del problema se evidencia en el hecho de que hasta hace diez años, por cada quince hombres portadores de sida había una mujer infectada. Hoy la proporción es de una mujer portadora por cada tres hombres. Además, el segmento de población con la enfermedad es cada vez mayor entre personas menores de 25 años.

En criterio del sicólogo Diego Correa, funcionario de la Fundación de Lucha contra el Sida y del grupo de sida del Hospital Universitario del Valle del Cauca, en Colombia, cuando se mezclan alcohol o drogas con relaciones sexuales indiscriminadas, el riesgo de contagio es mayor. “Las personas pierden, en cierta medida, todo control y no se preocupan–por ejemplo—de si la pareja utiliza o no un preservativo”, explicó.

Otro hecho de significación es que los adolescentes, muchos de los cuales toman el ejercicio de su sexualidad a la ligera, representan un alto volumen de quienes resultan afectados.

Frente al tema del sida

En primera instancia, los cristianos no podemos asumir una actitud puritana frente al tema del sida y las enfermedades de transmisión sexual. Es necesario que desde los púlpitos y los diferentes escenarios en los que tenemos contacto con los creyentes, se abran espacios de discusión y análisis.

Segundo, desde temprana edad debemos educar a los hijos sobre todo lo que implica peligro, de manera que en su formación y desenvolvimiento social, estén preparados para enfrentar las tentaciones que genera una sociedad en la que la búsqueda de placer y del sexo abunda por todas partes.

Un tercer elemento es que, bajo ninguna circunstancia, la iglesia cristiana puede ni debe condenar, marginar o señalar a quienes están en situación de riesgo o son portadores del VIH-sida. No somos Dios para juzgar a nadie. Y la sangre del Señor Jesucristo fue derramada por ellos en la cruz, dándoles también la oportunidad de ser salvos si le aceptan como único y suficiente Salvador.

ios instituyó por una relación estable

Desde siempre Dios contempló la monogamia en el plan de vida para los seres humanos. “Dijo entonces... Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:23, 24).

Cuando el hombre o la mujer, se unen en relación sexual a alguien que no es su cónyuge, incurre en fornicación, y de estar ya casados, en adulterio. Además de atentar contra su propia vida y dignidad, un comportamiento así no está conforme a la voluntad de Dios: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera? De ningún modo. ¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos serán una sola carne.” (1 Corintios 6:15, 16).

El respeto a la dignidad

Valorar nuestra dignidad como ser humano, comienza con la decisión de respetarse y respetar a quienes nos rodean. No podemos ni debemos, utilizar y ser utilizados. Y estar inmersos en un mundo que genera condicionantes hacia la búsqueda del placer por el solo hecho de satisfacer los sentidos, sin tener en cuenta ni los sentimientos ni el valor de la otra persona, no puede arrastrarnos como un remolino.

La decisión de decir no, esta en nuestras manos. Nadie nos puede obligar, inducir o presionar. Es a esto que se refiere el apóstol Pablo cuando escribe: “Todas las cosas me son ilícitas mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna.” (1 Corintios 6:12).

Y también plantea: “Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca. ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”(1 Corintios 6:18, 19).

Si tiene una relación matrimonial, permanezca firme en su compromiso de fidelidad a su pareja. Si todavía no está casado, es tiempo que reflexione en su comportamiento. Asumiendo riesgos que no necesita, que le pueden frustrar su futuro. La decisión de esperar hasta el matrimonio, conforme a la voluntad de Dios, está en sus manos. Nadie le obliga. Yo no le obligo. Nadie le obliga. Jamás olvide que la decisión está únicamente en sus manos.


Ps. Fernando Alexis Jiménez
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