Por más de treinta días Álvaro permaneció atento --de un lado-- al reloj cuyas horas le parecían lentas y aburridas y --de otro lado-- del diagnóstico médico sobre el estado de salud de Nohelba, su esposa. “Daría lo que fuera por tenerla de nuevo en casa”, repetía con preocupación. Sin embargo, jamás podrá ser. Ella se encontraba muy grave, en la fase terminal de un cáncer que colonizó rápidamente su estómago. “No existen mayores esperanzas de vida para ella”, insistía el especialista.

¿Cuándo se conocieron? Hacía más de treinta años en Restrepo, un pintoresco y acogedor pueblecito de tradición cafetalera, en el suroccidente colombiano. En un comienzo no le despertó el más mínimo interés. Estaba tan curtido de recorrer el mundo, que había perdido toda capacidad de asombro ante una mujer atractiva. Pero el día llegó. No se explica si fue su amplia sonrisa, la generosidad o tal vez, su disposición a la tolerancia y la comprensión. Sencillamente se enamoró de ella.

“No podría explicar qué pasó. Simplemente decidimos, al poco tiempo, unir nuestras vidas”, me compartió Álvaro en uno de los interminables pasillos de aquél centro asistencial.

Hoy tiene setenta años. Su rostro revela mil batallas con la vida. Y ha salido airoso, menos ahora. Su esposa agonizaba. Pero infortunadamente fue en esos momentos de crisis en los que descubrió cuánto amaba realmente a su mujer.

“Pude ser mejor esposo” aseguraba con tristeza mientras revolvía el azúcar que se encontraba en el fondo de un vaso con café. En un momento de la conversación abrió una agenda. Allí, una fotografía. “Fue en un cumpleaños. La del centro, con blusa a cuadritos, es Nohelba. ¿La ve? Aquí están los hijos, y este pequeño, de camisa azul, es nuestro nieto”. Guardó la gráfica. Me miró con marcado desasosiego, y concluyó. “Pude ser mejor esposo...”.

¿Cuándo valoraremos a nuestra pareja?

Con frecuencia escuchamos que “Nunca se sabe el valor de lo que tenemos hasta que lo perdemos”. La ausencia dimensiona el vacío que deja quien parte. Lo más complejo de aceptar es la certeza de que aquél ser tan especial no regresará jamás.

Es la misma sensación que embarga a quienes pierden a su cónyuge. Es la experiencia que vivió Álvaro, como también un patriarca de la antigüedad: Abraham. La Biblia relata el conmovedor incidente: “Fue la vida de Sara ciento veintisiete años: tantos fueron los años de la vida de Sara. Y murió Sara en Quiriat-arba, que es Hebrón, en la tierra de Canaán; y vino Abraham a hacer duelo por Sara, y a llorarla.” (Génesis 23:1, 2).

Un momento dramático, sin duda. El período en el que debió recordar escenas agradables, como pareja. La convivencia. Los períodos de alegría pero también de tristezas. Como ocurre con todos los matrimonios. Porque no todo es color de rosa. Pero también instantes oscuros como aquellos en los que presentó a Sara no como su esposa sino como su hermana (Génesis 12:10-20; 20:1-18) por mera conveniencia personal.

Vivencias que asaltan nuestra mente cuando el ser querido pasa a la eternidad y no podemos acompañarle. Y eso fue lo que hizo Abraham al “hacer duelo por Sara, y ...llorarla.” (Génesis 23:2 b).

Una situación que enfrentaremos

Para quienes tenemos la oportunidad de compartir una vida matrimonial sólida, por gracia de Dios, es inevitable que un día perdamos a nuestro cónyuge. A menos que se trate de un accidente de tránsito o un hecho trágico, difícilmente los dos componentes de la pareja pierden la vida al mismo tiempo. Así es que, siempre, uno partirá antes que el otro...

Es un hecho que nos lleva a meditar en ¿Qué hacemos hoy por hacer feliz a nuestro esposo (a)? ¿Le he agredido física o verbalmente con frecuencia o alguna vez? ¿Valoro lo que ha hecho y hace por mi? ¿Tardo en arreglar las diferencias con mi pareja? ¿Siempre estoy a la espera de que me pida perdón o quizá soy yo quien toma la iniciativa?

La lista de preguntas puede ser interminable. Pero vale la pena que nos cuestionemos. Es fundamental. Nos ayudará a reorientar nuestra relación conyugal.

Un paso infalible

Humanamente el curso de nuestro matrimonio puede cambiar. Y sin duda nos irá bien. Pero sin embargo hay un elemento fundamental e ineludible cuando anhelamos una familia sólida. ¿En qué consiste? En involucrar al Señor Jesucristo en nuestro hogar. Él nos concederá la sabiduría necesaria para enfrentar y saber manejar adecuadamente las circunstancias que se presentan.

La presencia del Señor Jesús en nuestra cotidianidad familiar, sin duda marcará una enorme diferencia... las relaciones serán diferentes... ¡Tome hoy la decisión! Permita que Jesucristo reine en su unión conyugal...

Autor: Fernando Alexis Jiménez
Página en Internet http://www.heraldosdelapalabra.com y MEDITACIONES DIARIAS en http://www.adorador.com/meditaciones

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