El Vaticano y la Iglesia Luterana ponen fin a una disputa Doctrinal de casi cinco siglos.


Parece ser que luteranos y católicos-romanos han llegado a un acuerdo respecto a una de las cuestiones más peliagudas en sus planteamientos doctrinales. Se trata de la “doctrina de la justificación” (el papel de la fe, las obras y la gracia de Dios en la salvación del individuo) una polémica doctrinal, básica en el origen de la Reforma de Lutero y que ha enfrentado a católicos y protestantes durante casi cinco siglos.
El 31 de Octubre de 1517, Martín Lutero clavó sus famosas 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittemberg como hecho fundacional de la Reforma protestante y posteriormente esta fecha fue elegida como la fiesta de Reforma. Trece años más tarde, en 1530 y en la ciudad de Ausburgo fue sometida la llamada Confesión de Ausburgo al emperador Carlos V. Este documento es aun hoy le nexo o vinculo que agrupa a todas las iglesias luteranas en el mundo entero. Allí, Lutero fue conminado a abjurar de aquella Confesión i su replica fue que “protestaba” (reafirmaba) cuanto había dicho y escrito. Ahora, 482 años después de que Lutero clavase sus 95 tesis en Wittenberg y también en un 31 de Octubre el cardenal Edward Cassidy, representante del Vaticano i el obispo luterano de Braunschweig, Christian Krause participaron en primer lugar en una ceremonia en la catedral y luego efectuaron una procesión hasta una iglesia evangélica, donde rubricaron el citado documento que pone fin a la disputa, sobre la justificación.

La doctrina de la justificación dividía a luteranos y católicos porque los primeros decían que solo la fe i la gracia de Dios salvan al pecador y los segundos concedían importancia a las buenas obras como condición para obtener la gracia de Dios. El documento aprobado pretende conciliar ambas posturas. Los luteranos aceptan que con la gracia de Dios “el creyente es plenamente justo”. Los católicos admiten que el aporte humano a la salvación es un “fruto” de la gracia divina.

Como cristianos, independientemente de cual sea la denominación a que pertenezcamos, nos tiene que doler que aquellos que se llaman seguidores de aquel gigante de la historia humana que, inspirado por la lectura del Nuevo Testamento y en especial la Carta de Pablo a la primitiva iglesia de Roma, fue capaz de enfrentar en aras de la verdad evangélica a los dos poderes que dominaban al mundo, al poder político personalizado por Carlos V y al poder religioso personalizado por el Vaticano.

El obispo luterano que ha sido capaz de aceptar que hay un aporte humano a la salvación -sea a no “fruto” de la gracia divina- contradice el principio de la “sola fide” de Lutero y del Apóstol Pablo. Se está afirmando que hay una aportación humana en la salvación. Consecuentemente esta aportación se convierte en un mérito i por lo tanto se convierte en un derecho. Precisamente Pablo rechaza esto cuando se refiere a los judíos. Ellos tenían unos méritos, los de pertenecer al pueblo escogido, el ser descendientes de los patriarcas, herederos de las promesas que Dios dio a Abraham, etc. y si tenían estos méritos también tenían unos derechos. Estos pretendidos derechos se convirtieron en la “piedra de tropiezo” que les hizo caer llegando a ser las ramas desgajadas del árbol que simboliza al Pueblo de Dios. ¿Por qué? Pues porque no necesitaban la misericordia de Dios manifestada en la persona de Cristo Jesús.

Claro que los católicos argumentan que la fe también viene a ser un mérito delante de Dios i que ésta se convierte en una “obra” que genera el cristiano. Pero ésta no es la fe de que nos hablan Pablo y Lutero. El cristiano no confía en su fe para la salvación, en lo que confía es en el “don de Dios” Y el don de Dios es Jesucristo. Dicho en otras palabras. No tiene fe en su fe. Sino en Cristo y sus promesas que refrendó en su muerte vicaria.

Ahora bien, se ha dicho que el pensamiento de Pablo es distinto de lo que dicen y enseñan los evangelios -últimamente han aparecido corrientes de opinión que así lo afirman- por lo que nos interesa saber si esto es o no así. Veamos lo que dijo el mismo Señor Jesús al respecto. En Mateo 16:24 leemos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”. Y en Lucas 17:10: “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos”.

Ambas afirmaciones se entrelazan entre sí y nos muestran el mismo pensamiento que esgrimieron Pablo y Lutero, porque ¿qué es negarse a uno mismo? Todo hombre cree tener unos derechos fundamentados en algún que otro mérito y a esto Cristo replica que cualquier mérito en que podamos ampararnos no ha sido otra cosa que el cumplir una obligación y esto jamás puede compensar aquello que hemos dejado de cumplir. No hay justo ni aun uno, dice la Escritura. No, nuestra realidad son unas manos vacías. No tenemos ningún mérito que esgrimir delante de la justicia de Dios. Seguir a Cristo es cargar con la cruz de nuestra propia realidad. Pero cuidado aquí hay algo que nos puede llevar a engaño, porque la cruz actualmente ha llegado a ser el símbolo de la fe cristiana, pero cuando Jesús pronunció estas palabras la cruz era el símbolo de la muerte bajo la maldición de la ley (Deut. 21:23) Así, que, es lo mismo que decir. Esta cruz simboliza la realidad de los méritos que he adquirido a lo largo de mi vida i solamente Cristo tiene la capacidad y voluntad de tomar mi cruz y hacerla suya. Esta es la Redención, el don gratuito de Dios en Cristo Jesús.

Es triste y lamentable que los luteranos hayan aceptado algo que es diametralmente opuesto al pensamiento de Lutero y también al de Pablo. Es admitir que hay un aporte humano a la salvación, aunque se añada que sea un “fruto” de la gracia divina. El único fruto que conocemos de la gracia divina es Jesucristo y su obra. Solamente en Cristo hay salvación y vida eterna.

Bendiciones en la sola gracia de Dios.

Tobi

(Publicado en Forocristiano.com)

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