Revolución: Historia de la Iglesia Primitiva

IN MEMORIAM
Dedico este libro a
GLADYS EWARDS

Quien, una y otra vez de continuo, dio todo

su amor, toda su sustancia y vivió toda su

vida en esta tierra, por dos que la llamaban

“Mamá”.

Ella fue mi admiradora número uno

siempre y uno de los más caros tesoros que

Dios, en su misericordiosa providencia,

haya otorgado jamás a un hijo.

Nos veremos de nuevo, Mamá,

En ámbitos de resplandeciente luz,

Donde nadie puede hallarse,

A menos que sea hallado en Dios.

Prefacio

Dios envió una vez un hombre a Judea, el cual gritaba a todos: “Arrepiéntanse, prepárense, que el Señor está al venir.” Su nombre era Juan el Bautista. El mundo yacía en tinieblas; no estaba preparado para recibir a Jesucristo. ¡Pero Dios no estaba esperando que el mundo se preparara para Él! Dios tenía un ardiente deseo de que el hombre supiese cómo era Él en realidad, y estaba ansioso de tener a alguien en la tierra a quien Él pudiera señalar y decir: “Este es como Yo.”

     ¿Qué era lo que Dios quería?

Al leer el Nuevo Testamento, esto se evidencia. No era el Cristo en la carne, sino un Cristo más grande. Era ¡Cristo en su iglesia! Esta combinación trastornó al mundo.

Usted habrá oído muchas veces la verdad acerca de Cristo, pero en este libro descubrirá la verdad igualmente estimulante acerca de la iglesia de Él. ¡Alabado sea Dios!

¿Por qué Dios está dirigiendo nuestra atención retrospectivamente hacia aquellos días? Porque en nuestros días Dios está una vez más ansioso de tener algo aquí en la tierra que muestre cómo es Él realmente. Una vez más Él quiere decir: “Esta es mi imagen.” Exactamente como era Cristo y la iglesia en el primer siglo, así es Cristo y la iglesia en el siglo veinte --tan viviente, tan rica, tan gloriosa y tan práctica como siempre.

Los hombres del primer siglo no estaban preparados para encontrarse con Cristo. Sin duda, los del siglo veinte creen que se han encontrado con el Señor. Pero... ¿están preparados para la iglesia? Ahora, en estas páginas, nuestros hermanos de una era primitiva vienen para decir: “¡Mundo, arrepiéntete; y prepárate, porque el Dios vivo está empeñado en hacerlo de nuevo!

Al leer la historia de la iglesia primitiva, usted se emocionará, se ilustrará y se conmoverá. Pero casi como Jesucristo sabía emocionar a los hombres con su palabra y luego traspasarles el corazón con la totalidad de su llamamiento, usted también habrá de ser traspasado por las implicaciones prácticas de este libro. Porque esta obra arroja luz sobre la trágica condición en que nos encontramos hoy, al tiempo que señala una experiencia de la iglesia --una experiencia tan sublime y maravillosa que usted se pregunta si tal cosa pudo haber ocurrido jamás. Aliéntese usted, porque Dios no ilumina aquello que no se propone a convertir en experiencia.

En otras palabras, la iglesia de hoy puede obtener una experiencia que iguale la luz y la esperanza que proporciona la historia narrada en estas páginas.

El Padre no envió a su Hijo para condenar. Con todo, la situación en que el Señor llegó a estar, era ajena a Dios. Además el llamamiento del Señor era total y firme. Demandaba todo de los hombres, aun cuando la seguridad de ellos residiese en las mismísimas cosas contra las que Él estaba. ¿Cómo podía dejar de ser piedra de tropiezo? Tenía que serlo para aquellos que deseaban aferrarse a lo que tenían. De la misma manera, la misión de este libro no es ser piedra de tropiezo, y sin embargo, está dirigido a una situación ajena al deseo de Dios.

El Señor Jesucristo hizo un llamamiento a una vida más elevada, a una experiencia más sublime. De igual manera, la iglesia primitiva es un llamamiento a una vida más elevada, a una experiencia más sublime.

No existe nada comparable con un verdadero encuentro con Jesucristo. ¡Absolutamente nada! Conocerlo, constituye una experiencia que transforma la vida. Encontrarse con su iglesia, la cual es hay la expresión de Él en la tierra, no es menos emocionante y transformador de vida. La iglesia, respecto de la cual usted va a leer en estas páginas—denodada, estimulante, victoriosa y llena de vida— es aún hoy en día el deseo del corazón de Dios. Y todo aquel que quiera, puede venir... ¡Gloria sea a nuestro Señor!

Lance Thollander

Introducción

El propósito de este libro es crear un modelo en acción de toda la iglesia del primer siglo. Hasta donde podemos descubrir, esto no se ha hecho nunca. Se hace desesperadamente perentoria la necesidad de un modelo en acción de la iglesia del primer siglo. Sin él no se resolverán nunca los problemas que confrontamos en la iglesia de nuestros días.

Para presentar la necesidad crucial de que la iglesia de los tiempos modernos comience a funcionar con un modelo del primer siglo, he escrito un pequeño libro titulado In quest of the First Century Church (En busca de la iglesia del primer siglo). Usted puede recibir un ejemplar de este libro solicitándolo a la casa publicadora.

Gene Edwards

 

La línea de Jerusalén

los primeros diecisiete años

del 30 al 47 A. D.

Jerusalén

Judea

Antioquía

1

Dos meses antes

A

 fines de marzo y comienzos de abril del año 30 A. D., un número insólitamente grande de embarcaciones había empezado a llegar al puerto de Cesarea y a las otras ciudades marítimas de Judea. Venían repletas de pasajeros que, después de desembarcar, emprendían el viaje de más de cincuenta kilómetros tierra adentro, hacia la vieja ciudad de Jerusalén. Todos los caminos que llevaban a esa ciudad quedaron congestionados de viajeros. La gente avanzaba hacia la vetusta capital de Judea no sólo desde los puertos marítimos, sino por el sur desde del Africa, por el este desde Asiria y por el norte desde el Asia Menor y Europa.

Al principio la gente venía en grupitos aislados; luego, en grupos grandes y, por último, fluía a la Ciudad Santa como una gran inundación, desde todos los puntos de la rosa náutica. Los primeros en llegar abarrotaron las posadas. Luego, los que llegaban, fueron ocupando todas las casas y apartamentos. Unos días todos los sitios habitables quedaron totalmente repletos. Con todo, siguieron llegando más viajeros, hasta que la situación llegó a ser casi caótica. Los que fueron llegando de último empezaron a acampar en las calles, y al final, hasta las calles quedaron repletas de turistas religiosos.

Venían de todas partes del mundo conocido, aglomerándose en una ciudad que tenía menos de tres kilómetros cuadrados.

Cada año, alrededor de ese mismo tiempo, la ciudad de Jerusalén hacía de anfitriona a los visitantes judíos procedentes de todas partes de la tierra, que venían a celebrar una serie de fiestas antiguas. Era algo parecido a una feria mundial, una solemne peregrinación religiosa, una atracción turística internacional y una reunión familiar, todo ello envuelto en una. Todo el período de celebraciones duraba unos sesenta días, comenzando con la sementera o siembra. Más tarde venia la solemne Pascua, seguida inmediatamente por la observancia de los primeros frutos o primicias y, por último, siete semanas después, se celebraba una deliciosa festividad que llamaban la ‘Fiesta de las Semanas’ o ‘Pentecostés’.

Los judíos habían venido celebrando esa temporada cada año por mucho más de mil años. De hecho, el año 30 A.D.; estaba ya probablemente cerca de los mil quinientos años de celebración de esa temporada de fiestas.

El típico turista judío tenía una comprensión bastante clara del ritual de la Pascua como un recordatorio a Israel de una promesa muy importante.

La gran celebración siguiente, que venía enseguida después de la Pascua, era conocida como la de las Primicias. Su significado espiritual era mucho más oscuro que el de la celebración de la Pascua. La mayor parte del pueblo judío sabía tan sólo que la misma tenía que ver con la siembra anual de cereales.

Las primicias o primeros frutos era una celebración que se efectuaba durante el tiempo de siembra de los cultivos: así, si Dios les concedía una buena temporada de siembra, y después una buena siega, eso significaba un buen año para Israel. Pero una siega pobre podía significar un desastre o incluso una hambruna.

Esta celebración se representaba en un ritual que se efectuaba tres días después de la Pascua. Pero resultaba obvio que el rito de las primicias tenía al mismo tiempo algún significado más profundo y recóndito, que no era del conocimiento general.

Algunos turistas partían de Jerusalén en cuanto la celebración de las primicias terminaba, pero muchos se quedaban para la celebración de Pentecostés, observado exactamente siete semanas después. El verdadero significado espiritual de Pentecostés era mucho más oscuro que el de la Pascua o incluso el de las primicias. Nadie parecía comprender exactamente qué acontecimiento futuro predecía Pentecostés. (¡La mayoría de la gente del siglo presente tampoco lo sabe!)

Durante ese año en particular había otro acontecimiento importante, pero no programado, que también estaba teniendo lugar en la ciudad. Se estaba celebrando un juicio del cual todos hablaban: se juzgaba a un Nazareno, respecto al cual corrían toda clase de rumores y cuya vida estaba en juego. Entonces, en forma imprevista lo sentenciaron a muerte. Su ejecución fue apresurada precipitadamente en las cortes, a fin de evitar que interfiriera con la observancia de la parte principal de la Pascua.

Y sucedió así que, precisamente mientras el Nazareno estaba siendo interrogado en la corte, un grupo de sacerdotes estaba examinando cuidadosamente un cordero para cerciorarse de que no tuviera defecto alguno, prestándolo para la Pascua. Esos dos acontecimientos —la ejecución de ese hombre y el sacrificio del cordero para la Pascua— corrían parejas uno con el otro en forma tan igual, que justo cuando llevaban al hombre sentenciado a muerte a la colina de ejecución, aquel cordero era conducido al templo y preparado para el sacrificio.

El día siguiente, que era sábado todos observaron el descanso sabático. Estaba por comenzar el domingo, día en que había de tener lugar la celebración de la fiesta de las primicias.

Poco antes del amanecer del domingo, uno de los sacerdotes del templo salió del templo y se dirigió hacia un campo sembrado que estaba próximo a Jerusalén. Cuando el sacerdote llegó allí, observó cuidadosamente el suelo para ver si habían brotado de la tierra algunos tallitos (primicias) de la simiente sembrada.

Todavía estaba oscuro. Aún no había amanecido. No obstante, al menos una persona más, una mujer llamada María Magdalena, se encontraba levantada también. Era una de las seguidoras de Jesús y estaba yendo a inspeccionar la tumba donde Él había sido puesto antes de la fiesta.

A decir verdad, aquel sacerdote llegó al campo justo cuando rayaba el alba y la primera luz de la mañana alumbró la tierra que se extendía delante de él. Al inclinarse desde el borde del sembrado, pudo verlo. A sus pies se veían algunas plantitas que habían brotado de la tierra. ¡Unos menudos tallos, las primicias de la cosecha de ese año, habían brotado!

Así inclinado, el sacerdote extendió las manos y envolvió cuidadosamente un minúsculo tallo, al tiempo que comenzó a sacarlo del suelo. En ese preciso momento sintió que la tierra se sacudía debajo de sus pies. (Evidentemente se estaba produciendo un violento terremoto en algún lugar cercano.) En ese mismo momento también la aurora comenzó a aparecer en el horizonte.

Entonces el sacerdote sacó pronto el tallito del suelo y lo llevó de vuelta al templo. Allí efectuó el ritual de las primicias. Sostuvo la plantita en las palmas de las manos levantadas delante del altar; y estando parado allí, la meció hacia adelante y hacia atrás delante de Dios. Ofreció a Dios el grano germinado, siguiendo un antiguo ritual de acción de gracias porque la simiente había brotado de la tierra.

Mientras tanto, un absurdo rumor había comenzando a recorrer a Jerusalén. Parecía que se había originado con esa muchacha María Magdalena. Ella estaba declarando que cuando fue la tumba, la encontró vacía—y que Jesús se había levantado, saliendo de aquella tumba, ¡vivo!

Fue en este tono que la segunda gran celebración, la de las ‘primicias’, terminó.

Dentro de siete semanas... de exactamente cuarenta y nueve días... se observaría no, ¡¡se cumpliría la siguiente gran celebración!! Ese día el sacerdote regresaría al mismo campo en que antes había sacado la plantita germinada. Para entonces el grano ya habría madurado y él recogería una gavilla de trigo. Ese día, ese increíble día, sería el día de Pentecostés.

Como podemos ver, ocurrieron algunas cosas bastante increíbles durante la observancia de la Pascua y de las primicias en el año 30 A.D.

¡La fiesta de Pentecostés de ese año tampoco sería precisamente como de costumbre!

2

Domingo, de 5 a 8

de la mañana

E

s domingo 29 de mayo del año 30 A. D.. Son como las 5:00 de la mañana. El sol no ha salido aún. La ciudad de Jerusalén se encuentra todavía oscura.

La puerta del templo se abre ligeramente y un solitario sacerdote sale por ella, baja por la escalinata y se encamina por las calles de Jerusalén. Hasta donde puede ver en el crepúsculo matutino, las calles están repletas de peregrinos dormidos, tendidos por todas partes en el pavimento empedrado. El sacerdote pasa por entre ese laberinto de gente dormida, sale por la puerta de la ciudad y echa a andar a campo traviesa. Se dirige hacia un próximo campo sembrado, el mismo campo que él salió a inspeccionar hace exactamente cuarenta y nueve días.

El sacerdote no es el único que está activo tan temprano. Algunas personas más se han levantado también. Así, se puede ver a algunos de los discípulos del Señor que pasan cuidadosamente por entre la muchedumbre dormida, avanzan a lo largo de las estrechas callejuelas de la ciudad y suben por las escaleras de un edificio de dos plantas. (Ese edificio se halla bastante cerca del área del templo.)

Sabemos lo que ese sacerdote está haciendo este domingo por la mañana en particular, pero ¿por qué están levantados ya más de cien discípulos tan temprano? Podemos hallar la respuesta si nos remontamos hasta la Pascua y los acontecimientos de los cuarenta y nueve días subsiguientes.

Hace sólo un poco más de siete semanas que Jesucristo fue crucificado durante la Pascua. Prácticamente todos los que han venido reuniéndose en el aposento de los altos de ese edificio, son testigos de vista de su ejecución. Los días subsiguientes a la ejecución del Señor fueron los días más tenebrosos y tristes que esos hombres y mujeres vivieron jamás. Toda aquella experiencia fue abrumadora —humanamente casi insufrible. Pero hoy hace cuarenta y nueve días que toda esa insoportable tristeza se convirtió en un inexpresable gozo. ¿Por qué? Porque fue en esa madrugada que María Magdalena volvió de ir a ver la tumba de Jesús y declaró que la tumba estaba vacía. Además, ella insistía en que había vista al Señor... ¡vivo!

Durante las cinco semanas siguientes el Señor apareció repetidamente a toda esta gente. El cuadragésimo día después de su resurrección, Jesús tuvo una breve conversación con un pequeño grupo de ellos en la cumbre de una colina próxima a Jerusalén, llamada el monte de los Olivos, y les dio unas breves instrucciones.Enseguida y de modo específico apartó a doce de ellos, losmiró directamente a los ojos y les dijo: “Ustedes recibirán poder.” Entonces les dijo a todos los que estaban con Él, que volviesen a Jerusalén y esperasen allí la venida del Espíritu Santo. Cuando acabó de darles esas breves instrucciones, comenzó a levantarse de la tierra, ascendió y desapareció en el cielo.

Los discípulos quedaron allí, pasmados, por un largo momento. Ninguno de ellos sabía qué, o quién, era el Espíritu Santo, ni cuándo aquello, o Él, vendría. Pero con las pocas palabras de instrucción que habían recibido, todos ellos decidieron regresar a Jerusalén, alquilar un amplio aposento en que todos pudieran reunirse y, como el Señor les había dicho, esperar. En vista de que no sabían qué otra cosa habían de hacer, decidieron que lo mejor sería pasar el tiempo en ayuno y oración.

Aún estaba oscuro. Entonces alguien empezó a cantar suavemente un salmo; otros se unieron a él. ¡Fue así como comenzó la más trascendental reunión de oración de la historia humana!

El sacerdote que había salido del templo llegó al campo de trigo situado en las proximidades de la ciudad. Los primeros rayos de sol comenzaban a extenderse por el campo delante de él siete semanas antes, el día de las primicias, ese mismo sacerdote había venido para inspeccionar aquel mismo campo de siembra. Pero ese campo, a diferencia de cómo habían estado siete semanas antes, cuando sólo unos tallitos estaban brotando de la tierra, ahora estaba lleno de una abundante cosecha de grano bien maduro. La semilla sembrada durante la temporada de la Pascua había brotado y crecido, y era una mies alta y copiosa, lista para la siega. El sacerdote se metió entre la mies y empezó a cortar algunos tallos. Con gran esmero reunió dos manojos, dio la vuelta y partió de regreso a Jerusalén.

La penumbra de la madrugada cedió el paso al día. Jerusalén empezó a bullir bajo los primeros destellos brillantes de la luz de la mañana. Ya de nuevo en la ciudad, el sacerdote volvió al templo y entró. Estaba por comenzar el siguiente paso importante del ritual de Pentecostés.

El sacerdote fue hasta una mesa y allí empezó a batir las espigas que había recolectado, para sacarles el grano. A continuación, tomó una piedra lisa convexa y se puso a comprimir con ella cuidadosamente el grano, balanceándola a un lado y otro sobre el mismo. Siguió comprimiéndolo así, hasta que todo el trigo quedó completamente molido. Continuó aún la molienda, hasta que el grano era ya un montón de harina finamente molida.

Entonces el sacerdote amontonó aún más esa harina finamente molida. Con cuidado vertió un poco de agua en ella y la amasó, dándole consistencia. Luego formó una hogaza de pan de aquella masa. Entonces tomó la hogaza y la deslizó en lo profundo de un horno encendido. Dio unos pasos hacia atrás, y esperó.

El horno estaba muy caliente. Pronto aquella masa vendría a ser pan; en breve el sacerdote introduciría otra vez la paleta en lo profundo del calor, esta vez para sacar del horno la hogaza de pan ya cocido.

Dentro de sólo unos breves momentos el sacerdote abriría la puerta del horno y sacaría aquella hogaza de pan. Enseguida la llevaría al altar y la alzaría delante del Señor. Esa ofrenda sería el momento culminante de la fiesta de Pentecostés—y ese momento estaba ya al llegar.

Eran aproximadamente las 8:00 de la mañana.

Las oraciones en el aposento alto habían llegado a ser tremendamente reales, y muy denodadas. La presencia del Señor era también muy real. De repente se oyó un sonido muy fuerte. Parecía venir del cielo. Era un estruendo potente, ensordecedor, que se hacía más fuerte y más próximo.

Aquel aposento casi se bamboleó bajo la furia de ese soplo, algo increíble estaba sucediendo. ¿Qué era aquello? ¿Era la vida de que Cristo había hablado? ¿O el Espíritu Santo que había prometido? ¿El poder que había prometido dar? ¿El reino del cual Él había hablado? Una cosa era cierta: algo celestial estaba a punto de dar en la tierra.

Y entonces ocurrió, allí mismo delante de ellos El sonido de ese viento que venía del cielo entró en aquel aposento en la tierra. Los inundó aquella maravillosa sensación de la realidad, intimidad y presencia de Cristo, esa sensación que sólo habían experimentado cuando se encontraban en su real presencia mientras Él estuvo aquí sobre la tierra. Y ahora esa misma gloriosa presencia llenaba el aposento. Aún más, se percibía una tremenda sensación de su divina autoridad.

¡De repente todos lo supieron!

¡El Espíritu Santo había venido! El aliento divino estaba      allí—asentado sobre cada persona que estaba en el aposento. El recinto entero estaba lleno, absolutamente lleno, saturado y rebosante del Espíritu Santo. La presencia del Espíritu de Él los envolvía y los sumergía a todos.

¡Nunca había habido nada semejante a aquello, nunca jamás! Entonces alguien gritó. Subió un grito de indecible gozo. Luego otro. Y otro más... Eran expresiones de alabanza y de gloria al Señor por lo que Él había hecho en medio de ellos. Pero no había forma en que un ser humano pudiera dar expresión adecuada a semejante momento. No obstante, todos tenían que tratar. Contener la alabanza en un momento semejante habría sido tan inconcebible como imposible. En unos momentos el gozo de todos los creyentes reunidos allí se fundió en un grandioso y ascendente crescendo de alabanza.

El sacerdote sacó la hogaza de pan del horno. La llevó delante del altar y la levantó para el Señor. Había llegado el momento culminante de Pentecostés. La hogaza estaba completa.

¡La simiente divina había brotado! Antes, aquella vida divina había morado en un solo hombre; ¡ahora moraba en más de un hombre! Pero había mucho más que eso al respecto: Esos hombres que tenían vida divina, ahora eran todos uno —un cuerpo. Y había aún más: el Espíritu Santo había venido. Pero había más aún: ese Espíritu había envuelto y saturado a un grupo de hombres. Sí; pero había más todavía. ¿Es posible? ¿Podía haber más?

Pues ¡sí!

El sacerdote levantó la hogaza de pan delante del Señor. El día de Pentecostés había llegado. ¡No! El día de Pentecostés había más que llegado: ¡el día de Pentecostés se había cumplido! Había llegado finalmente el acontecimiento más titánico de toda la historia de la creación. Por fin había comenzado el propósito divino respecto de la existencia de este universo. Finalmente la idea suprema que Dios tuviera jamás era visible en la tierra.

¿Y qué era aquello? Ese día, en la ciudad de Jerusalén, el gobierno y el Reino que hasta entonces tan sólo el Cielo había conocido —al fin— invadieron la tierra. En ese día el Reino de los Cielos tocó la tierra. ¡Qué acontecimiento tan sobrecogedor! ¡Por fin el Reino de Dios se había ensanchado! Había pasado a la ofensiva. Había ocupado un nuevo territorio. Se había establecido una cabeza de playa para el Reino de los Cielos en este planeta. Podría parecer que fuera un humilde comienzo, pero estaba destinada a ensancharse.

¿Qué había sucedido?

El acontecimiento más tremendo de la historia humana. ¡Una semilla había llegado a ser una hogaza!

Había nacido la iglesia.

3

Domingo, 8 de la

mañana

P

edro salió por la puerta y miró la escena que tenía abajo, delante de sí. Hasta donde podía ver hacia el oeste, la angosta calle estaba repleta de gente. No lejos de él hacia el este se extendían los terrenos del templo, atestados de más de un cuarto de millón de personas. Sólo unos minutos antes, toda esa gente había estado avanzando lenta pero continuamente en dirección del templo. Pero ahora se habían detenido y habían dado la vuelta. Todos los ojos parecían mirar a Pedro. Cada rostro parecía estar pidiendo alguna explicación de lo que acababan de ver.

Pedro se apresuró a bajar por los escalones, y ya en la calle, se abrió paso por entre la muchedumbre. Estaba tratando de llegar a un sitio apropiado desde el cual pudiera ser visto y oído, tanto por la multitud de peregrinos que llenaban la calle, como por la enorme masa de adoradores que ya se hallaban en los terrenos del templo.

A medida que Pedro avanzaba por entre la multitud, el resto de los creyentes queestaban en el aposento alto también salió en procesión por la puerta y lo siguió bajando a la calle.

En un momento Pedro alcanzó el borde de los terrenos del templo. Allí dio la vuelta para enfrentar a la multitud. Instintivamente, los otros once hombres se abrieron paso por entre la muchedumbre y se pusieron junto a él.

Pedro levantó la mano. Toda la multitud guardó silencio. Pero ¿quién es este hombre llamado Pedro? ¿Quiénes son esos once hombres parados como un muro junto a él? ¿De dónde ha venido ese gigantesco auditorio? ¿Por qué de repente todos están tan interesados en escuchar a Pedro?

Son alrededor de las 8:30 de la mañana.

Es domingo, 29 de mayo del año 30 d. de C.

La gente son judíos. Han venido de todo el Imperio Romano. Han estado viajando durante semanas en embarcaciones, en caravanas y por caminos, atravesando mares y tierras para llegar aquí. Son turistas. Han viajado a la patria de sus antepasados con el fin de reunirse en una gran celebración anual en esta la ciudad capital. El número de extranjeros que hay en la ciudad ahora es desconcertante: unos 500.000. Se han aglomerado en cada palmo de los escasos tres kilómetros cuadrados que tiene Jerusalén. Bien temprano este domingo en la mañana todos ellos dejaron sus habitaciones, posadas o jergones en la calle y empezaron a fluir al área del templo para unirse a las festividades de Pentecostés.

Para muchos de estos peregrinos, ésta es realmente la primera vez que ven la Ciudad Santa. Resulta fácil distinguir a los visitantes, de los aproximadamente 100.000 residentes normales. La mayor aparte de ellos habla el hebreo con un fuerte acento. Su lengua nativa es el griego, el latín o una de alrededor de otras doce lenguas que se hablan en el Imperio Romano.

De hecho, era algo que tenía que ver con lenguas lo que había captado la atención de toda esa gente. Toda la mañana, desde el amanecer, los peregrinos habían estado pasando sin interrupción por esa calle, frente al aposento alto donde los discípulos estaban reunidos, y siguiendo hacia los terrenos del templo. Pero a eso de las 8:00 de la mañana aquella procesión se había detenido súbitamente. Habían oído un indistinto sonido sordo en el cielo. Mirando hacia arriba, escucharon y esperaron. Gradualmente ese sonido fue creciendo hasta convertirse en un potentísimo estruendo— como el sonido de un viento que sopla con la velocidad de un huracán. Al escuchar, se empezaron a dar cuenta de que ese sonido estaba descendiendo hacia la tierra. Al parecer, se dirigía hacia el edificio de dos plantas ubicado allí mismo en el borde de los terrenos del templo. ¡Entonces aquel ensordecedor estruendo entró realmente en el aposento de los altos!

Nadie sabía qué se podía esperar a continuación. Simplemente todos estaban allí parados esperando asombrados. ¿Era aquello el juicio de Dios? ¿Se derrumbaría la casa o tal vez estallaría en llamas? La respuesta llegó pronto.

De repente, empezaron a oírse profusamente, a través de las ventanas de aquel edificio, los más exuberantes gritos que nadie hubiese oído jamás. Aquello sonaba como si hubiese una multitud allá arriba. (En realidad eran 120 personas.)

Los ojos de todos estaban fijos en aquel aposento de la segunda planta.

En el momento siguiente se abrió la puerta y un hombre salió de aquel lugar. Todos hubieran creído que estaba loco, a no ser porque su rostro resplandecía. Estaba alabando a Dios a voz en cuello. Empezó a gritarle a la gente que se encontraba abajo en la calle, hablando en su dialecto galileo nativo. Entonces, para asombro de todos, comenzó a proclamar algo acera del Mesías... ¡en otro idioma! En ese momento otro galileo más salió por la puerta. Expresaba alabanzas a Dios con una gran profesión de palabras en un griego impecable. Enseguida salió otro hombre al parecer descabellado, hablando a gritos en un latín bien articulado. Luego salió otro, hablando en egipcio. Y otro, en lengua persa. ¡Más galileos, más lenguas! Todos alababan a Dios y exaltaban al Mesías. Todos anunciaban algo acerca de un tal Nazareno llamado Jesús —su muerte, su resurrección. Todos ellos decían que Dios había hecho a este Jesús ¡Señor y Cristo!

La gente aglomerada en al calle estaba atónita. Nadie había visto ni oído jamás nada semejante a eso. Y por algunos escépticos que había entre la multitud, aquello ya era demasiado. Así que alguien se puso a gritar: “¡Todos ellos están bebidos. Eso es todo: están bebidos!” La multitud se rió entre dientes y abiertamente, con alivio. Al menos ésta era una explicación lógica para todos esos acontecimientos extraños.

Pero bien pronto un aviso de esa acusación llegó arriba al aposento del piso alto y a oídos de Simón Pedro. De inmediato él decidió salir y hablarle a la gente. Les explicaría brevemente que aquello que estaban viendo, no era en absoluto un grupo de borrachos contentos.

Al salir de ese aposento, Pedro debe haber comprendido que aquellos últimos minutos recién transcurridos, habían sido algunos de los más espectaculares e importantes momentos de todos los anales de la humanidad. Minuto a minuto se estaba desarrollando allí un hecho histórico. Se estaba introduciendo a este planeta cosas nunca antes conocidas, ni oídas, ni soñadas. ¡Sólo unos minutos antes el propio Espíritu del Señor había descendido y había revestido al hombre! En aquella misma hora el Reino de Dios, un Reino que hasta ese momento había estado confiando al ámbito de los cielos, se había extendido a la tierra. ¡La tierra había sido anexada por el Reino de Dios! Pero el acontecimiento más importante de todos era éste: ¡había nacido la iglesia!

El planeta tierra no se repondría nunca de ese día. Se acababa de escribir la página uno de la historia de la iglesia.

Al bajar Pedro corriendo por las escaleras, otro acontecimiento importante más en los tratos de Dios con el hombre tenía lugar. En ese momento mismo nacía el oficio de apóstol. El apostolado u oficio de apóstol y la iglesia siempre van de la mano.

Puede que Pedro estuviese consciente de estas cosas al llegar a los atrios del templo. Pero no sabía que estaba a punto de predicar el mensaje más espectacular jamás presentado por un ser mortal. En realidad Pedro pensaba decir muy poco al volverse para encarar a la multitud, flanqueado por los otros once discípulos.(No, ya no eran ‘los doce discípulos’; en ese momento mismo llegaban a ser ‘los doce Apóstoles’.)

Pero antes de que Pedro empiece a hablar, será conveniente que sepamos algo más acerca de él. La iglesia tiene menos de una hora de existencia, y es Pedro el que va a salir primero a escena en la historia de la iglesia. Es con la entrada de Pedro que las cortinas se levantan en la historia de la iglesia primitiva.

En cuanto a su posición social, Simón Pedro era un pescador comercial. Tenía alrededor de treinta años de edad. Durante la mayor parte de su vida había tenido la reputación de ser un fanfarrón malhablado, burlón, trivial y gritón. Nunca había leído un libro en toda su vida. Era analfabeto. Se duda incluso de que pudiera firmar su propio nombre.

Algo más de cuatro años atrás, Simón Pedro fue uno de los curiosos que salieron al desierto para escuchar a Juan el Bautista. Hasta entonces él había sido tan sólo uno en la multitud, destinado a ser uno de los miles de millones de personas anónimas y desconocidas que pasan por los anales del tiempo completamente inadvertidas.

Cuando Pedro escuchó a Juan el Bautista, cayó bajo profunda convicción. Las palabras de Juan lo golpearon como un poderoso martillo y lo dejaron quebrantado. Entonces, sinceramente arrepentido, afligido y consciente de su condición de pecador, Simón Pedro se tornó al Dios vivo.

Unos meses después, Simón salió para escuchar y conocer a otro Profeta más —a Jesús el Nazareno. Luego, en forma esporádica siguió a Jesús en sus recorridos. Por último, fascinado por todo lo que había visto y oído, empezó a seguir al Señor por todas partes, día y noche. Llegó a ser uno de los varios cientos de personas que pasaban todo su tiempo siguiendo a Jesús.

Un día Jesús se volvió, encaró a Pedro y le dijo: “Sígueme.” La invitación de Jesús fue personal y seria. De inmediato Simón respondió al llamamiento; vendió todo lo que poseía en esta tierra excepto la ropa que tenía puesta, y siguió al Señor. De ese día en adelante, el Señor le permitió entrar en una comunión más íntima de un grupo de menos de veinte hombres.

Durante los siguientes tres años y medio o más, Simón Pedro nunca quedó fuera de la vista del Señor. Vivió y respiró, comió y durmió en la constante presencia de Jesucristo. Semejante experiencia alteró grandemente su vida. No obstante, Pedro resultó ser un discípulo más bien lerdo y cerrado. Es así que hasta el momento mismo en que el Señor fue arrestado, él se la pasaba ya sea queriendo hacer descender fuego del cielo sobre una ciudad, ya tratando de defender con una espada. La negación de Jesús, la cruz y los tres días que siguieron a la crucifixión del Señor, cambiaron todo eso. Por último, de allí en adelante, Pedro fue un hombre amansado. Después de la ascensión de Jesucristo, él y los otros pasaron diez días en constante oración y ayuno. Durante aquellos diez días, torrentes de confesión y de lágrimas manaron de su interior. Pedro vino a ser, después de esos días, un hombre permanentemente modesto, humilde y amansado. Finalmente Pedro llegó a ver cómo era él en realidad.

De modo que ésta era la clase de hombre que ahora se estaba abriendo paso por entre aquella multitud. Sus pensamientos estaban puestos enteramente en su Señor. Este día Simón era simplemente un grano triturado y criado, tan sólo una pequeña parte de una gran hogaza. ¡Pedro no era nada! Un hombre manso hablaría a la multitud.

Fue un apóstol suave y compasivo el que recorrió con la mirada aquella asombrada masa de humanidad. Pedro tenía el rostro sonrojado. Sus ojos estaban rojos y llenos de lágrimas. Ciertamente no sabía que estaba estableciendo una norma para todos los apóstoles que vendrían después de él. Pero Simón Pedro había sido preparado para ese momento: Juan el Bautista, arrepentimiento, el encuentro con Cristo, el seguirlo, venderlo todo y perderlo todo, el no tener nada, el ser llamado y escogido para ser apóstol, más de tres años de vivir continuamente en la presencia del Señor, sin ningún servicio, ningún trabajo, ningún ministerio, ningún ‘testificar’ significativo, simplemente unos años pasados con Cristo, luego la cruz. Después vinieron la oración, un sincero quebrantamiento y el Espíritu Santo. Finalmente, después de todo eso, hoy estaba siendo comisionado por el Señor. En ese momento mismo él venía a ser ‘un enviado, un apóstol’.

El propósito de un apóstol es edificar la iglesia, y Simón Pedro iba a entrar en el negocio de la edificación.

Estimado lector, conforme se va desenvolviendo la historia de la iglesia primitiva, recogeremos, por aquí y por allí, hilos que van serpenteando continuamente a lo largo de este drama. De modo que Simón Pedro nos proporciona el primer hilo con que nos encontramos. El oficio de apóstol nació en el mismo momento que nació la iglesia. Sin apóstoles la iglesia no habría pasado nunca de su estado de gestación.

La cristiandad de hoy en día se ha desviado muy lejos de lo que era la iglesia primitiva. Es necesaria una restauración. Sin duda alguna, la primera cosa que necesita ser restaurada en la iglesia es lo primero que el Señor le dio a la iglesia: apóstoles. Y es así que sin una plena restauración de este oficio, todo otro análisis, todas las demás esperanzas, todos los otros sueños y planes de ver a la iglesia otra vez como ella debe ser, carecen de sentido.

Por tanto, al observar a Pedro y a los once hombres que están junto a él tengamos en cuenta que estamos presenciando el génesis del oficio de apóstol, el primer secreto de la grandeza de la iglesia primitiva. La restauración de la iglesia de nuestros días requiere, ante todo, la restauración de este oficio: la restauración de los fundadores de iglesias.

Eran como las 8:45 de la mañana. Pedro comenzó lentamente:

—Varones y hermanos, todos éstos que ustedes ven aquí, no están ebrios, como algunos de ustedes dicen. Si no sonsiquiera las nueve de la mañana.

Con esto Pedro concluyó todo el mensaje que había planeado. Pero mientras hacía esta sencilla explicación, notó que toda la multitud estaba de pie, expectante y silenciosa, como queriendo oír algunas palabras más. En ese momento un pensamiento pasó como un relámpago por su mente. Él les había dicho que no era todo eso. ¡Por qué no decirles qué era todo aquello!

Y Pedro procedió. Empezó a explicarles qué era exactamente lo que había tenido lugar en el aposento alto, citando a Joel, el antiguo profeta. Paso a paso Pedro aclaró el aparente misterio de los acontecimientos de esa mañana.

Una vez más habría terminado, pero ahora estaba consciente de que la muchedumbre estaba pendiente de cada palabra suya. De pronto algo estalló dentro de Pedro. El mensaje de Cristo brotó de él como un torrente. Por largos momentos todos permanecieron arrobados. Sus palabras penetraban como dardos.

De repente alguien de entre la enorme multitud exclamó, medio gritando, medio llorando:

¿Qué debemos hacer para ser salvos?

El Espíritu Santo, tan nuevo en esa su obra sobre la tierra, se había movido por entre toda la multitud. No había nadie en ese gentío que hubiese tenido alguna vez una experiencia como ésa, la experiencia de ser convencidos de pecado por el Espíritu Santo. Pedro concluyó pronto su discurso. Su conclusión fue tan indeliberada como su comienzo, con una breve y atronadora frase que se oyó a lo largo y ancho de toda el área del templo, Pedro rugió la respuesta:

—¡Arrepiéntanse y bautícense en el nombre de Jesucristo!

—Eso fue todo.

De inmediato los otros once comprendieron que debían hacer algo más. Empezaron a moverse entre la gente exhortando, proclamando, explicando, declarando y contestando preguntas en todas las lenguas que esa gente hablaba. Después de todo, en una muchedumbre tan vasta como esa, las palabras de Pedro pudieran no haber sido comprendidas claramente por todos. Entonces cada uno de los once se situó en un lugar apropiado entre el gentío y comenzó a contestar preguntas y a proclamar a Cristo. Así fue como todos ellos, los doce, compartieron la experiencia de proclamar a Cristo a aquella ilimitada multitud.

Hasta ese momento había habido un solo tipo de seguidores de Cristo: había habido 120 creyentes en el aposento alto. Pero cuando los once se metieron entre el gentío, algo nuevo sucedió. Ahora doce de entre los 120 creyentes eran únicos. Ahora había 108 discípulos y doce Apóstoles. Se había manifestado plenamente el primer oficio en la iglesia y estaba operando a plenitud.

Conforme los doce Apóstoles proclamaban el evangelio de Jesucristo a los miles de personas que llenaban las calles, éstas se olvidaban de la festividad. La gente se volvía para escuchar al Apóstol que se hallaba más cerca. Todos quedaban profundamente conmovidos. Era evidente que Dios había investido de gran poder a doce hombres: centenares de personas recibían su salvación por medio del testimonio conjunto de ellos.

Para cuando caía la tarde, alrededor de tres mil personas habían salido juntas por las puertas de la ciudad, bajando hasta el arroyo Cedrón, y habían sido bautizadas.1

Fue un día maravilloso y glorioso, un día de alabanza y de gran gozo. Nunca había habido un día como ése en toda la historia de la humanidad. Ese día el Espíritu Santo descendió de los cielos, algo celestial vino a la tierra. La iglesia nació en 120 creyentes. Quedó establecido el oficio de apóstol. La iglesia creció, en ese su primer día, de 120 a unos 3120.

1. Es posible que ese sitio pudiera haber estado dentro de los límites de la Ciudad, en uno de los estanques... tal vez el estanque de Betesda.

4

Preparándose para

el lunes

H

a pasado el día de Pentecostés. Mañana será el primer día en que la iglesia se va a reunir. Dentro de unas horas se estarán congregando en los atrios del templo unos 3.000 creyentes recién convertidos. Será lunes: el verdadero comienzo de las prácticas de la iglesia. Los doce apóstoles irán y asistirán a esa reunión. Pero ¿qué será lo que van a decir? ¿Cuáles son sus planes?

Aun cuando no hay constancia de ello, sin duda alguna los doce tuvieron que haberse reunido para encontrar la respuesta a ese interrogante si realmente efectuaron esa reunión, los resultados de la misma deben haber sido bastante reveladores los problemas que afrontaban eran tan gigantescos, que casi desafiaban el entendimiento. El domingo tuvo su gloria; ¡el lunes iba a tener sus problemas!

Y ¿cuáles eran los problemas que encaraban los doce?

En primer lugar, obviamente estaban en la ciudad impropia.

Todos ellos eran galileos. Galilea es tierra de campesinos.

¡Pero mírenlos ahora! Están aquí en la grande y sofisticada ciudad capital de Jerusalén. Ellos no pertenecen a este lugar. Vinieron por la única razón de celebrar una reunión de oración. Hace sólo once días que llegaron. No tenían idea de quedarse.

Después de todo ¿por qué estar aquí? ¿Por qué no regresan a su lugar... ahora?

¡Se van a quedar! Se van a quedar porque hace once días que el Señor les dijo que se quedaran. Y él tuvo una razón muy deliberada para seleccionar a Jerusalén. Pero su disposición los puso en un aprieto. Aquí están, en Jerusalén, sin dinero, sin trabajo y sin lugar donde vivir. En Jerusalén no hay mar de Galilea para que estos pescadores desempleados echen sus redes en él. Además, entre todas las ciudades, ésta en particular no es amistosa con ellos. Hace menos de dos mesas que el gobierno local sentenció a muerte a su Señor. Para decir lo menos, no les caen bien.

Y tienen un segundo problema. ¿Dónde van a dormir? ¿Dónde van a comer? ¿De qué van a vivir? Probablemente la mayor parte de los 120 han estado ‘acampados’ en el aposento alto durante estos últimos once días. (Incluso es probable que el vivir “teniendo todas las cosas en común” comenzara allí mismo en el aposento alto.) ¿Cómo podían ellos comenzar una nueva obra de Dios en esta tierra, cuando se hallaban absolutamente sin dinero y en una situación tan ridícula?

Estos eran los problemas de los doce.

Eran ya problemas serios, pero nada comparables con los que confrontaba el resto de los 120. Consideremos sus problemas.

El resto de los 120 son también galileos. Ellos también habían seguido al Señor por todas partes durante más de tres años. Ellos tampoco poseen nada. (¡Habían obedecido el mandato del Señor de dejarlo todo y seguirlo a Él!) El hogar y el trabajo de cada una de ellos, si de hecho todavía tiene alguno, están en Galilea. Por cierto que no tiene nada en Jerusalén. Ni tampoco conocen a nadie en Jerusalén. El resto de los 120 también están desempleados, arrancados y en una ciudad hostil.

De modo que todos ellos, los 120 incluso los doce, tienen algunos problemas muy serios. Pero los problemas de los apóstoles y del resto de los 120 no son problemas en absoluto cuando los comparamos con los que tiene los 3.000.

¡Ellos sí que tienen problemas!

Usted ve, la mayor parte de esas 3.000 personas deberían estar recogiendo sus cosas y empezando ahora mismo. Deberían estar preparándose para partir de regreso a su lugar... en caravanas o en barcos. Los más de esos 3.000 creyentes no viven en Jerusalén ni en Galilea. Tampoco se encuentra en Judea su hogar. La inmensa mayoría de esos 3.000 viven a muchos cientos de kilómetros de distancia. Tienen que subir montañas, atravesar desiertos, pasar ríos o cruzar mares para regresar a su hogar. ¡En realidad esos 3.000 creyentes no tienen nada en Jerusalén!

No hay absolutamente ninguna razón para que ellos permanezcan aquí.

Esos 3.000 recién convertidos vinieron a Jerusalén en calidad de peregrinos —turistas— hace sólo unas semanas, con la idea de estar aquí por un tiempo muy corto. Para muchos de ellos esa peregrinación a Jerusalén era un acontecimiento que realizaban una vez en la vida. Como hacen muchos turistas, no habían traído más que el dinero suficiente para pasar las fiestas. Por consiguiente, hoy ya les queda muy poco en el bolsillo. Ciertamente no tienen trabajo. No tienen hogar aquí. Muchos no tienen siquiera un lugar donde dormir esta noche. Tienen muy poca ropa que ponerse, y cuando más, tienen comida suficiente para algunos días nada más. En pocas palabras, los 3.000 que fueron bautizados son extranjeros, están lejísimos de su hogar, se encuentran sin dinero, sin trabajo y sin hogar.

Ahora bien, ¡eso sí es un problema!

De modo que usted empieza a tener una idea del titánico enredo que los apóstoles confrontaban. Pero esto no es en manera alguna el fin de la lista.

¡Considere esto! Aquí está una iglesia con 3.120 creyentes, y no tienen un lugar donde reunirse. ¿Dónde se podría congregar a 3.000 personas en un lugar en una ciudad de 100.000 habitantes que viven, todos, en menos de tres kilómetros cuadrados?

Ahora podemos ver claramente por qué los doce apóstoles estaban en apuros. La mañana del lunes tenía todos los elementos de ser un desastre. Obviamente, no había más que una sola solución para todo ese problema: enviar a todos de regreso a su casa y olvidarse del asunto entero. Un problema tan grande como ése simplemente no tenía otra solución.

Los apóstoles habrían podido hacer esto muy fácilmente. Podrían haber mandado al resto de los 120 de regreso a Galilea, y podrían haberles dicho a los 3.000 que regresaran a su casa como tenían planeado. Eso habría sido razonable. Pero ese lunes simplemente no iba a ser un día razonable. ¡¡Ese lunes sería un día totalmente nuevo!! Ese lunes se harían cosas que nunca antes se habían hecho en toda la historia.

Véase ahora cómo los doce empiezan a resolver lo imposible.

La primera decisión que toman es simple: El Señor les dijo que comenzaran en Jerusalén, y están determinados a comenzar en Jerusalén.

Un problema vencido.

Ahora el problema siguiente era dónde se reunirían.

En una ciudad tan atestada, ¿dónde podrían hallar los apóstoles un lugar lo suficientemente grande como para dar cabida a 3.120 personas? Asombrosos, pero había una respuesta. Existía un sitio lo suficientemente grande... y estaba disponible. Había un lugar en el atrio del templo que estaba detrás del edificio del templo. Cuando se daba la vuelta detrás del templo, aparecía un amplio techo saledizo que se proyectaba de la pared trasera. Ese enorme cobertizo se encontraba más bien fuera de la vista —un sitio enteramente ideal para reunirse. Verdad que estaba ‘abierto’ por tres costados y todos tendrían que sentarse en el suelo, pero era un lugar para reunirse. (Ese enorme atrio techado tenía un nombre; se referían a él como el ‘pórtico de Salomón’.)1

¡Pero eso aún dejaba pendiente el mayor problema de todos! ¿Qué harían esas 3.000 personas?

1. No se conoce con certeza la forma y apariencia exactas del pórtico de Salomón. Puede haber sido un área techada en el sitio donde se juntaban dos de los muros del atrio formando un rincón. Como quiera que sea, parece que el mismo se encontraba en la parte de atrás del área del templo, y era un sitio poco frecuentado por el tráfico del templo.

Muy pronto la iglesia celebraría su primera reunión de toda la historia. ¿Les dirán los apóstoles a aquellas 3.000 personas que se queden en Jerusalén? ¿Se atreverán esos doce hombres a abordar el colosal problema de encargarse de unas 3.000 personas desplazadas, sin hogar, sin trabajo y sin dinero? Si hacen esos, si les dicen a esos 3.000 creyentes que se queden en Jerusalén, y si, entonces, en un momento de exaltación, los 3.000 aceptan el reto de los doce y se quedan... será la más sorprendente decisión. Tres mil personas cortarían, en ese día, todo nexo con su familia, su hogar, su trabajo, sus amigos, sus ambiciones, sus sueños... con todo. En un solo día pasarían de la seguridad económica a la pobreza; de ‘tener’, a la “pérdida de todas las cosas”. Sería realmente un tremendo día. ¿Tendrán los doce la audacia de pedir a 3.000 personas que hagan una cosa semejante? ¡Qué pauta a seguir, qué precedente sentarían para todos los siglos venideros si lo hacían! ¡Qué manera de comenzar!

Si los doce pidiesen una cosa tan disparatada, ¿estarían de acuerdo esos 3.000 creyentes? Es absurdo pensar que esas 3.000 personas dirían “sí” a semejante idea.

Para que usted pueda tener una idea de cuán forzada e inverosímil era esa idea, imagínesela de esta forma; digamos que el día de Pentecostés hubiese tenido lugar en nuestros días. Digamos que hubiese ocurrido ayer. Si doce hombres, a quienes usted no conoce ni ha visto nunca, le pidieran hoy que venda todo lo que posee en esta tierra y que tome parte en cierta organización nueva y modesta llamada iglesia, ¿lo haría usted? Tiene que admitir que, cuando menos, ésa sería: una idea bastante extraña. Pero una cosa es totalmente cierta: si esos doce hombres viviesen en nuestros días, estarían bastante locos si creyesen que en realidad pudiera haber muchos que llegaran a aceptar jamás entrar a formar parte de la ‘iglesia’.

Cómo quiera que sea, ¿con qué derecho se atreverían esosdoce hombres a pedirles a 3.000 personas —todos ellos extranjeros allí— a hacer algo tan obviamente insensato como vender sus casas, sus tierras, sus propiedades... todo lo que tuvieran... y convenir luego en vivir en humilde pobreza?

Pero, no se subestime a esos hombres. Son apóstoles.

A ellos también se les dijo una vez que lo vendiesen todo y siguiesen al Señor. Ellos obedecieron cumplidamente... si pestañear nunca. No se dé por sentado que no tratarán de hacer lo mismo con esos 3.000 creyentes. Sí; todavía tenían recuerdos muy vívidos de aquel primer comienzo y de todo lo que eso requirió.

Hay más evidencias que ésta, de que ellos sí podían atreverse a hacer semejante sugerencia.

Tampoco se pase por alto la influencia de los 120. Ellos ya se han despojado de todo. Además, ahora ya llevan cierto tiempo viviendo juntos, apiñados todos en el testimonio de los 120, que les recordaba a los demás creyentes cómo se suponía que debía ser un seguidor de Jesucristo. Eran testimonio de que la idea de dejarlo todo para seguir a Cristo, no era del todo insensata.

Desde luego, había un testimonio más de esto. ¡Jesucristo mismo había vivido de esa manera mientras estuvo en la tierra! Parte del entrenamiento de los doce fue el propio ejemplo del Señor, ejemplo de un total desinterés en las cosas externas.

¡Y hay algo más!

Sobre toda otra preparación por la que el Señor Jesucristo ha hecho pasar a esos doce hombres, Él también los ha equipado con el arma más poderosa de toda la historia. Y, por primera vez, están a punto de desencadenarla. Los apóstoles se hallan a punto de destapar ¡el Evangelio del Reino!

Está a punto de amanecer la mañana del lunes. Está a punto de comenzar formalmente la historia de la iglesia.

En breve los doce apóstoles estarán encaminándose hacia los terrenos del templo. Cuando lleguen allá, ese lugar estará llenándose de gente. Sin duda alguna, la primera asamblea convocada que celebrará la iglesia, habrá de ser una reunión gloriosa. En algún momento de esa asamblea, llegará indudablemente la oportunidad de que los doce den a conocer sus planes. Seguramente será Pedro el que dejará caer la bomba.

¡Agárrese de su asiento, porque allí viene eso!

5

¡Lunes! ¡Qué espectáculo!

L

a primera asamblea de la iglesia en toda la historia. Unas tres mil personas están fluyendo al pórtico de Salomón. ¡Tres mil rostros jubilosos y expectantes.

Sin duda alguna, fue en esta asamblea donde los Apóstoles dejaron caer su bomba. Habían decidido quedarse allí en Jerusalén. Asimismo, era su firme sentir que la totalidad de los 3.000 nuevos conversos debían quedarse allí también. ¡El Evangelio del Reino fue disparado a boca de jarro!

La respuesta fue inmediata, increíble, abrumadora y unánime ¡la totalidad de los 3.000 decidió quedarse!

Resolver los detalles sería desconcertante... si no absolutamente imposible; pero de momento, era una decisión sencilla, fantástica, insensata y gloriosa. En realidad, nunca ha habido nada como ese momento en toda la historia de la iglesia.

Sin tener allí ni hogar, ni cama, ni techo, ni trabajo, ni dinero, ni comida, unas 3.000 personas decidieron renunciar a todo, a fin de ganar las profundidades de las riquezas del conocimiento de Cristo. Cómo se las iban a arreglar para no morirse de hambre, nadie lo sabía... ni se preocupaban de ello. Habían tomado una determinación: conocerían al Señor.

Fue una hora gloriosísima.

Quedaba por resolver un solo problema muy sencillo. ¿Dónde dormirían todos esa noche, dónde comerían mañana de que manera conseguirían comida? En general, ¿cómo sobrevivirían?

Había disponible una modesta solución.

De hecho algunas de esas 3.000 personas vivían en la ciudad de Jerusalén. Esas pocas personas ofrecieron poner su hogar a la disposición del resto de los 3.000.

¡Fue allí donde todo comenzó!

(Puesto que en realidad no sabemos cuántos hogares había disponibles, imaginémonos que fueran unas cincuenta casas por todo... para compartirlas con unas 3.000 personas. Eso significaba ¡alrededor de sesenta personas por cada hogar!)

Desde luego, eso suponía que por algunos días una tremenda cantidad de personas dormirían en las calles, pero al menos todos estarían cerca de una cocina... en caso de que de alguna manera llegase a haber alimentos disponibles.

Esta situación era similar a aquella por la que pasaron los 120 cuando vinieron a Jerusalén, alquilaron un salón grande y se apiñaron todos juntos allí... Sólo que esta vez son unos 3.000.

Ahora imagínese usted a unos 3.000 creyentes que fluyen a aproximadamente cincuenta hogares, entrando algunos y quedándose alrededor de la casa otros. Entonces, sin duda alguna, alguien tiene la idea de sacar todos los muebles fuera de la casa, a fin de dejar el piso completamente libre para que quepan más personas. De modo que sacan los muebles.

Es probablemente en este punto donde algún estimado santo hace una sencilla pero revolucionaria sugerencia que desencadena una asombrosa serie de acontecimientos. (O tal vez se tomó esa medida como resultado de la dirección de los Apóstoles mismos. Ellos no eran tímidos en cuanto a usar su autoridad.) Probablemente alguien tuvo la idea de vender todos esos muebles ahora yasin uso, a fin de comprar alimentos. De inmediato esa práctica fue aceptada en todas las casas en que estaban. Y todos los que tenían su hogar en Jerusalén, empezaron luego a vender todas sus pertenencias.

En rápida sucesión (según parece), alguno que tenía su propia casa propuso la idea siguiente: “Mi casa está pagada. Puedo venderla y, con ese dinero, puedo alquilar tres casas y comprar alimentos.” En breve, todos los creyentes de Jerusalén estaban vendiendo no sólo los muebles, sino también su casa y sus propiedades. (Después de todo, Jesús había dicho claramente que sus seguidores dejarían casa y tierras y propiedades en el proceso de ganar su Reino.)

Si le resulta difícil creer que haya habido hombres que hicieran semejantes cosas, entonces usted nunca ha experimentado la plenitud de gozo de la vida de iglesia. Ya sea que fueran los Apóstoles los que sugirieran dicha idea o que la misma surgiera espontáneamente, era una expresión exterior de un gozo interno. Cosas tales como perderlo todo llegaron a ser tan fáciles de realizar, y tan normales y maravillosas, que ni siquiera parecían extraordinarias.

Ahora, vea usted dónde ese proceder dejó la compresión que el mundo tenía de Jesucristo. Vea donde eso dejó al mundo en su comprensión de la iglesia. Vea la imagen de la ‘iglesia’ a través de los ojos de un típico ciudadano incrédulo de Jerusalén. Para cualquiera de afuera que mirara adentro, ser un seguidor de Cristo significaba la pérdida de todas las cosas: incluso de la ropa que uno usaba. Jesús les había hecho una singular demanda a sus seguidores, que ningún otro hombre había hecho nunca, ahora la iglesia había nacido, y había nacido obedeciendo esa demanda. Y desde el día que Jesucristo hizo esa demanda, nunca la ha revocado. Esa demanda no ha cambiado, aun cuando la práctica de la misma sí ha cambiado.

¿Se da usted cuenta de lo que significa esto? Esto quiere decir que durante los primeros ocho años de historia de la iglesia se sabía que para estar ‘en la iglesia’, se tenía que ir y vender deliberadamente todo lo que se poseía en la tierra, e incluso quedarse sin dinero. ¡Esto era el privilegio (entiéndase bien, el privilegio) de estar ‘en la iglesia’!

Esa fue la imagen que la iglesia tuvo durante todo el primer siglo. Venir a ser creyente, estar en la iglesia, renunciar a todo y perderlo todo, era una misma cosa. Eso era lo que significaba estar en la iglesia en Jerusalén. Esto es lo que debe significar hoy estar en la iglesia. ¡Ya es hora de que la iglesia recupere su propia imagen!1

En medio de esa plenitud de gozo, los creyentes renunciaban a todo y lo dejaban todo por su sencillo e inmensurable amor a Cristo. ¡Y ese amor brotaba de la experiencia que habían tenido con Él! Ahora la totalidad de los 3.000 creyentes estaban tomando parte en esa experiencia de ‘venderlo todo’. Todos aquellos que de entre los 3.000 vivían en otras ciudades y otros países, empezaron a escribirles a los suyos pidiéndoles que vendieran sus casas, sus bienes y sus tierras.

Por medio de esa asombrosa renuncia a todas las cosas se le hizo una mella al problema de ‘casa y comida’. Comenzó a llegar suficiente dinero para comprar alimentos. Bien pronto empezó a haber bastante dinero para alquilar más casas. Por último se alquilaron suficientes casas para quitar a todos de las calles. Y durante ese mismo tiempo todos empezaron a buscar trabajo. Tomaban cualquier tipo de trabajo disponible. Primero uno, después otros, luego por docenas empezaron a encontrar trabajo.

Entonces dio comienzo algo más: algo nuevo. Los que trabajaban no se quedaban con su salario, sino que lo tomaban como dinero para comprar víveres para todos.

Pero eso fue algo provisional. Alguien tuvo la idea de que debían entregar todo su dinero y sus propiedades a los Apóstoles mismos, a fin de que ellos usaran el dinero en todo lo que fuera más necesario. En vez de ir cada una por su propia cuenta a alquilar casas y comprar comestibles, todos ponían todo en un fondo común. Tanto el dinero que procedió de los salarios, como el que venía de la venta de muebles, casas, tierras, etc., era todo puesto en un montón. Luego los Apóstoles compraban alimentos para satisfacer las necesidades básicas de todos.

Probablemente algunos de nosotros habríamos rehusado hacernos cristianos si en nuestros días las normas de vida de la iglesia fuesen tan elevadas como eran en Jerusalén en el año 30 A. D.

Obsérvese quién controlaba el dinero. Repárase igualmente en quién era el menos interesado en el dinero. (En los años siguientes, los hombres dirían, al relatar la historia de aquellos tiempos gloriosos y agitados: “Teníamos todas las cosas en común y las repartíamos según las necesidades; pero, de hecho, todo eso comenzó más o menos sin planificarlo, en forma espontánea y, por así decirlo, se extendió a partir de allí.

En este nuestro siglo presente algunos han dicho que esa forma de vivir: teniendo todas las cosas en común, es la forma en que se supone que la iglesia debía haber vivido siempre. ¡No es así! La iglesia de Jerusalén cayó en eso de ‘todas las cosas en común’ sin premeditación. Probablemente, años más tarde los creyentes de Jerusalén volvieron a un modo de vida más ‘normal’. Algunas iglesias que se fundaron más adelante, no ponían todos los bienes en común ni tampoco vivían de un fondo común. No obstante, algo muy importante sucedió en Jerusalén. Se puede decir mucho en favor de esa maravillosa experiencia de vivir juntos, en común.

En primer lugar, Dios usó aquellas extravagantes y ridículas circunstancias para acabar con los rituales, romper con las costumbres, destruir tabúes sociales y culturales, y —en general— producir una atmósfera gloriosa y totalmente nueva, en la cual dar a luz esa cosa revolucionaria llamada la iglesia. Puede decirse que allí se acabó con los valores de la clase media; las costumbres judías naufragaron; y la ‘forma de vida hebrea’ quedó demolida. La iglesia nació libre de toda costumbre nacional y de toda preferencia individual.

La iglesia nació en una total novedad. No se puede subestimar la importancia de esto. El vivir en común ayudó a introducir esa novedad. El comportamiento de la iglesia fue ‘chocante’. La iglesia obtuvo sus primeras experiencias obrando en forma radical. Comenzó siendo práctica, no convencional. El elemento conformista y acomodaticio en los hombres recibió un golpe mortal. ¡El nacimiento mismo de la iglesia hizo pedazos todo concepto pasado que el hombre tuviera jamás en cuanto a lo que es ‘religión’ en cualquier forma! ‘La iglesia’ tenía una expresión, y esa expresión no se parecía a nada que la religión hubiese visto nunca en toda la historia de este mundo. Cuando unas cincuenta a doscientas personas se aglomeran en una casa, todo lo que de ordinario se conoce de religión, como rituales, formas, normas, reverencia, etcétera, queda hecho pedazos. Luego añadamos a todo eso el gozo que Jesucristo nos da, animémonos, y entonces estaremos bien encaminados en la anticipación de experimentar realmente lo que es la iglesia.

En segundo lugar, este comienzo nuevo y radical —originado por vivir en común— estableció una elevadísima norma de lo que significaba ‘estar en la iglesia’. Un cierto sabor impregnaba a toda la iglesia del primer siglo, debido a lo que sucedió en Jerusalén durante aquellos primeros días. Aquel comienzo singular originó una iglesia no convencional, informal, bulliciosa, osada, elástica y gloriosa. También le costaba a uno un brazo y una pierna tener que ver algo con ella. No. ¡Le costaba todo!

En tercer lugar, Dios usó aquellas circunstancias jubilosas y extravagantes para producir algo llamado ‘vida de iglesia’.

Y ¿qué es, exactamente, vida de iglesia? Vida de iglesia es algo que todos los creyentes del primer siglo experimentaron. Es decir, experimentaron la vida de iglesia (en toda ciudad en que se estableció la iglesia.) Esa experiencia única, ese diario vivir de la iglesia, fue el secreto fundamental de esos creyentes. Aun cuando no todas las iglesias del primer siglo ‘tuvieron todas las cosas en común’, sí todas las iglesias de entonces experimentaron la indescriptible gloria de la vida de iglesia. Y esa experiencia única en su género, ese maravilloso nuevo estilo de vida, esa indescriptible ‘experiencia colectiva’, tuvo su comienzo allí mismo en Jerusalén. La vida de iglesia nació cuando un grupo de creyentes, medio trastornados de gozo, renunciaron a todo lo que poseían y se apiñaron en unas pocas casas y comenzaron a vivir juntos. De modo que esa experiencia de la iglesia, eso llamado ‘vida de iglesia’, nació en esas casas de Jerusalén.

Es difícil explicar la vida de iglesia. ¡Hay que experimentarla! Pero sepa esto, estimado lector; nunca fue el propósito de Dios que usted fuera su seguidor sin esa vida. Nunca fue su propósito que los creyentes experimentaran su vida solos. Fuimos destinados a conocer a Cristo en una situación corporativa. El ser seguidores de Cristo en una situación corporativa. El ser seguidores de Cristo simplemente no funciona sin la vida de iglesia. Nunca fue el propósito de Dios que fuéramos seguidores de Cristo a no ser en el contexto de la experiencia de la vida de iglesia. La vida del Señor ni siquiera funciona —ni tampoco es el propósito de Dios que funcione—excepto cuando se la experimenta en forma corporativa. (No es de extrañar que la ‘vida victoriosa’ no funciona. Ni la ‘vida victoriosa’, ni la ‘vida de fe’, ni la ‘vida de poder’, ni la ‘vida llena del Espíritu’, ni la ‘vida de reposo en la fe’, ni la ‘vida de luz interior’, ni la ‘vida de verdad posicional’ funcionan. Ninguna de éstas funciona. ¡Es que no pueden! ¡Jesucristo sólo empieza a tener sentido cuando lo conocemos y experimentamos en el encuentro vital y abrumador de la vida de iglesia!)

Finalmente, no es necesario que nadie nos señale que en todo esto no se encuentran torres, bancos, púlpitos, ventanas con vitrales a colores ni cosas semejantes. Tampoco hay propiedades, ni oficinas centrales, ni pastores, ni miembros del personal a sueldo. Además, ellos lo hacían pero que muy bien sin ninguna de estas cosas, gracias.

¡Mire alrededor! ¿Qué es lo que constituye la iglesia? Hay 1) doce Apóstoles, 2) tres mil creyentes, 3) un enorme cobertizo y 4) un montón de casas; y además abundante entrega personal y un gran cúmulo de gozo irreprimido. Esto era la iglesia. Y Cristo era real. Se estaba experimentando a Cristo.

Sépase esto: tales cosas son todavía posibles hoy... Casi 2.000 años después. Se supone que sean parte de nuestra herencia cuando nos encontramos con Cristo.

A continuación veamos algo más, igualmente tan espectaculary tan asombroso. Vayamos a visitar una asamblea. Veamos “un día en la vida de la iglesia” ...al estilo del primer siglo.

6

Un día en la vida de

la iglesia

L

os primeros rayos del sol caen sobre una de las casas en que los discípulos viven juntos. Está a punto de empezar ‘un día en la vida de la iglesia’.

Toda la casa, incluso la sala de estar, se halla repleta de santos de pared a pared. Al penetrar la temprana claridad en la habitación, uno de ellos comienza a despertar; se da la vuelta medio dormido, abre los ojos y ve, a sólo unos centímetros de su nariz, la soñolienta mueca de otro creyente. Por un momento los dos se guiñan uno al otro, y empiezan a percibir lo absurdo de toda la escena que los rodea. Sonríen uno al otro y el gozo del Señor empieza a brotar de su corazón. Entonces los dos sueltan una risita ahogada y susurran por lo bajo: “Alabado sea el Señor”, o “Bendito sea el Dios de Israel”. Bien pronto similares estribillos de alabanzas y risas resuenan desde todas partes de la habitación.

En unos minutos la casa entera está reanimada con las alabanzas de los discípulos de cara soñolienta pero sonrientes. Para cuando ya todos se encuentran levantados y las cobijas están guardadas, en todo el vecindario hay un bullicio creciente: se escuchan gritos, alabanzas, cánticos y expresiones de gozo.

Oraciones de toda variedad concebible van ascendiendo hacia el cielo.

Entonces,de una casa vecina llegan algunas hermanas (¡sí, así se las llamaba en aquellos días!) y ayudan a preparar la comida matutina. Otros de los santos se hallan ocupados en poner en orden la casa y en atender otras necesidades del momento. En breve desayunan, con el acompañamiento de cánticos, risas, gritos y alabanzas.

Aquellos que tienen trabajo salen para ir a su puesto pero reciben una regia despedida al encaminarse a la calle lo último que escuchan al alejarse caminando es la ferviente exhortación y animación de sus hermanos y hermanas. Los hermanos que no tienen trabajo pasarán una buena parte del día buscando uno o atendiendo alguna de las necesidades prácticas de los demás, o haciendo ambas cosas. (De hecho todos tienen alguna clase de trabajo o quehacer. Si no trabajan por paga, entonces simplemente en forma natural se responsabiliza de algo en la vida de la iglesia... y siguen buscando empleo. Ninguno de ellos utiliza la vida en común como pantalla para holgazanear.) Los que salen para buscar trabajo reciben la misma gloriosa despedida que se les da a los que parten hacia su trabajo. Aquellos que quedan en la casa, en breve terminan de limpiarla y ordenarla, y entonces se encaminan hacia el pórtico de Salomón.

Cuando salen de la casa y llegan uno tras otro a la calle, casi enseguida se topan con otros creyentes que van saliendo de otras casas con rumbo al mismo lugar. Entonces se van juntando, y en breve van en tropel, alabando al Señor.

Todos los creyentes pasaban todo el tiempo que podían sentados en el pórtico de Salomón, escuchando a los apóstoles. En aquellos tiempos, la vida aún no estaba sistematizada por el reloj registrador: no había turnos de trabajo de ocho horas, ni horarios de trabajo formalizados, ni tarjetas registradoras. Así pues, muchos que tenían trabajo de jornada completa, o parcial, podían interrumpir su trabajo a horas irregulares durante el día e ir al pórtico de Salomón para asistir a parte de una reunión.

Al avanzar por la angosta calle, los gozosos creyentes empiezan a cantar espontáneamente. A medida que se van acercando a los terrenos del templo, otros salen de otras casas a lo largo del camino para unirse a ellos. Bien pronto esos pequeños grupos que avanzan serpenteando, confluyen formando un río de emocionados y expectantes discípulos que gritan y cantan.

Al pasar la jubilosa multitud de creyentes, los demás habitantes de la ciudad se paran, y mirándolos, mueven la cabeza con asombro. En lo exterior algunos de los que los observan, se expresan desdeñosamente al ver semejante puerilidad, en tanto que por dentro muchos se maravillan de verlos y casi desean poder tener esa incontenible sensación de libertad y de gozo que ven en ellos.

Unámonos a esa feliz multitud y entremos con ellos al pórtico de Salomón. Veamos ‘un día en la vida de la iglesia’...al estilo del primer siglo.

Al unirnos a esos creyentes a fin de estar con ellos durante las dieciséis horas siguientes, estaremos en dos lugares de reunión, con dos propósitos muy diferentes. Las iglesias primitivas tenían una tendencia muy expresa de tener dos lugares de reunión completamente diferentes. (Tendencia es la palabra correcta. No había nada respecto a la iglesia primitiva que fuera dogmático. La iglesia desafiaba las elegantes categorías y reglas; tan sólo tenía tendencias.)

El primer lugar de reunión de la iglesia en el que estamos a punto de entrar, es el pórtico de Salomón. Aquí los apóstoles son los que dirigen. El segundo lugar donde la iglesia se reúne, está en... no... ¡espere! Mantenga los ojos abiertos y procure imaginarse dónde se encuentra el segundo lugar de reunión. ¡Esté atento: la reunión misma es tan informal, que puede que usted ni se dé cuenta de que está en ella!

Y ¿para qué dos lugares de reunión separados? Una atenta mirada nos dará la respuesta obvia.

En el primer lugar de reunión, que es el pórtico de Salomón, obviamente los apóstoles van a dirigir. Ese es el principal distintivo de esas reuniones en particular. Además las reuniones que se celebran en ese pórtico están siempre sobrecargadas y son gloriosas en todo sentido. El principal distintivo que notemos la segunda vez que nos reunamos hoy con la iglesia, es que la reunión, a diferencia de la del pórtico no está dirigida por nadie. Esa reunión será completamente informal, y será también gloriosa. Tendrá además otro distintivo: será una reunión mucho más pequeña. Esa asamblea pequeña e informal estará bajo el control directo de Jesucristo.

Entremos ahora al pórtico de Salomón.

El primer cuadro que aparece ante nuestros ojos al doblar la esquina, son 3.000 radiantes sonrisas en 3.000 caras felices. Todos están sentados alrededor en el suelo bajo aquel cobertizo.

Sólo podemos imaginar cómo deben haber sido esas reuniones.

En ocasiones, la asamblea entera debe de haber estado aterrada y maravillada, cuando escuchaban a los apóstoles hablar de las inescrutables riquezas que todos ellos habían heredado en Jesucristo. Aquellos nuevos seguidores nunca habían soñado siquiera que tuviesen un Señor tan rico y tan inmensurable. La herencia que tenían en Cristo era absolutamente pasmosa.

Otras veces, todo aquel lugar debe de haberse estremecido por las risas, cuando los apóstoles ilustraban alguna fragilidad humana bien conocida. A veces, según los nuevos creyentes empezaban a percibir la grandeza y los méritos de su Señor, deben de haber estallado en expresiones de gritos y de gozo que hacían temblar la tierra misma. Otras veces más deben de haber llorado. Y otras veces, deben de haber caído sobre su rostro y, pasmados y en temor reverente, adorando con todo su ser al Señor.

Luego, había veces cuando todos permanecían sentados atendiendo cautivados, considerando seriamente las demandas que su fe requería de ellos. Aún en otras ocasiones más, deben de haber reaccionado como niños alborozados cuando llegaban a comprender que ahora pertenecían a una nación, a un reino que nadie más podía ni siquiera ver. Todavía otras veces, aquel lugar debe de haber ondulado como un océano, con ondas de intensa oración. Y en otras ocasiones más, eran oraciones tan sosegadas, tan suaves y tan privadas que casi no se podían oír.

En otras palabras, había una variedad infinita en esas reuniones. No había dos asambleas que fuesen iguales, y todas ellas era gloriosas.

A veces hablaba un solo Apóstol, otras veces varios, y también había ocasiones en que todos ellos compartían las riquezas de Cristo. Con frecuencia el mensaje iba dirigido a la multitud entera. Otras veces probablemente se dividían en doce grupos y un Apóstol se reunía con cada grupo. Durante todo el día se repetía una y otra vez la misma escena en el pórtico de Salomón: santos que iban y venían. Aquellos que tenían trabajo, venían a la asamblea por un breve rato y retornaban a su trabajo; otros se quedaban todo el día.

Con toda probabilidad había interrupciones para comer, períodos de descanso y tiempos de oración. Prácticamente todos, no importan cual fuera su horario de trabajo, podían asistir a alguna parte de una asamblea celebrada en el pórtico.

Se sobrentiende que esas reuniones que ellos tenían en el pórtico de Salomón, no se parecían en nada a las asambleas a que estamos acostumbrados a asistir en este siglo veinte.

¿Podría usted imaginarse a esos creyentes que van llegando a esas reuniones, y al entrar reciben un boletín mimeografiado que trae impreso el ‘orden de adoración’? ¿Podría verlos cómo día tras día y semana tras semana siguen el ritual de los tres cánticos, una oración, otro himno (¡luego los platillos de recoger la ofrenda!), después alguna ‘música especial’ (quizás algún músico muy calificado que toca un arpa) y, finalmente, un breve mensaje de unos veinticinco minutos, predicado por el Muy Reverendo Apóstol Mateo?

Además, no había ningún programa preparado para las reuniones de cada semana (como, por ejemplo, culto de adoración el domingo por la mañana a las 11:00 a.m.; miércoles por la noche, reunión de oración, viernes por la noche estudio de los rollos escritúrales). ¿Preparar un programa para la iglesia la semana siguiente? ¡Imposible! ¿Saber de antemano qué iba a hacer la iglesia la semana siguiente? ¿Saber por anticipado cuándo, dónde y exactamente cómo se reunirían durante toda una semana? ¿Saber que cada miércoles habría reunión de oración? ¡Inconcebible! ¡Qué lastre! Nadie sabía qué iba a acontecer al día siguiente. A nadie se le ocurría siquiera una idea tan ridícula como la de planificar el programa de mañana. Esa era una de las razones de por qué iban a las reuniones: era la única manera de saber qué iba a ocurrir a continuación.

Cuando la iglesia es realmente la iglesia, está demasiado llena de vida y es demasiado elástica y progresiva como para seguir, semana tras semana, un programa cerrado. Semejantes cosas simplemente se retraen cuando la vida de la iglesia y nuestra propia vida diaria son idénticas.

Era estimulante estar en la iglesia. Estimulante e impronosticable.

Puede llegar a ser así otra vez en nuestros días.

Mientras estamos aquí, echemos una atenta mirada alrededor. Hay muchos en esta reunión con quienes nos volveremos a encontrar, según la historia se desenvuelve.

Por ejemplo, allí está sentado un hombre joven que se llama Esteban. Viene a todas las reuniones, se sienta y se queda casi absorto por lo que oye, sin perderse nunca ni una solo palabra. No muy lejos de él está sentado un hombre llamado José Bernabé, un nuevo converso que está determinado a equiparar todo lo que oye, con una total entrega a su Señor y una absoluta obediencia a su Palabra. (No sabemos la edad de estos dos hombres, pero digamos, para futuras referencias, que Esteban tiene veinticinco años y José Bernabé treinta.) Miremos alrededor, y por todos lados en ese pórtico podremos ver a muchos otros hombres jóvenes que están haciendo una entrega total de su vida a esa vacilante nueva empresa, la iglesia.

El corazón de todos los que se encuentran allí presentes, está desbordante de pasión por su Señor. Pero, igual que muchos de nosotros, cada uno de esos hombres está igualmente lleno de un confuso sentido de expectación y de frustración. Todos ellos han mirado su propia incapacidad, su debilidad y su vida de confusión. Cada cual se ha preguntado cómo era posible que él, un material tan pobre, haya podido jamás llegar a formar parte del reino de Cristo. Al mismo tiempo, cada uno recibía un vislumbre de la grandeza de su Señor, y entonces, una vez más creía contra todo parecer, que Jesucristo podía transformarlo a él también. Creían, contra su propio parecer, que la vida de Cristo era lo suficientemente poderosa como para que viviese en lugar de su propia vida.

Los nombres de algunos hombres jóvenes más que están en el pórtico de Salomón hoy, son: Felipe; Jacobo, el hermano de Jesucristo; Simón, con su esposa y sus dos hijos, Rufo y Alejandro; un joven converso de mucho celo llamado Silas; y un hombre joven muy esforzado llamado Agabo, al parecer un improbable candidato para el reino de Dios. En medio de la multitud se puede ver también a un joven muchacho que se llama Juan Marcos.

Sí, muy ciertamente, volveremos a oír hablar de estos hombres, pero habrá de pasar mucho tiempo. Repito: mucho tiempo. A pesar del hecho de que Pentecostés acaba de pasar, absolutamente nadie va a ir a ninguna parte. ¡Nadie irá a ninguna parte durante los ocho años siguientes! ¡Ni siquiera los apóstoles!

Absolutamente nadie se había lanzado a predicar el evangelio al mundo entero. (¡Considérese esto!) Muy al contrario de lo que dice la propaganda del siglo veinte, Pentecostés no fue el comienzo de una campaña para evangelizar el mundo.

A diferencia de cómo es en nuestra época, estos hombres no están pasando por ningún curso de orientación de seminario ni de verano para ser enviados a evangelizar el mundo. Pasarán aproximadamente diez años antes de que cualquiera de ellos tenga algún tipo de responsabilidad en la iglesia. Ahora mismo su responsabilidad es ésta: experimentar en forma simple y diaria la vida de Cristo con sus hermanos y hermanas. (Será muy interesante notar cuán poderosos en Dios llegarán a ser estos hombres, simplemente por experimentar a Cristo y a su iglesia.)

Cuando, pasados algunos años, nos encontremos de nuevo con ellos, ya no serán hombres jóvenes inseguros, sino gigantes muy grandes. Sin embargo, ahora son tan sólo unos nuevos conversos que se regocijan en su salvación, beben a grandes sorbos la vida de iglesia, se instruyen a los pies de los apóstoles (bajo quienes están aprendiendo el significado de la autoridad), y experimentan a Cristo.

A propósito, nunca, ni una sola vez en toda la historia de la iglesia del primer siglo, nadie recibió ninguna clase de ‘entrenamiento especial para el ministerio’, como se recibe hoy, por ejemplo, en seminarios teológicos. Los filósofos griegos lo recibían. Los sacerdotes judíos lo recibían. Pero el pueblo del Señor no. Entonces, ¿cómo Dios levantaba a ciertos hombres? Los hombres de Dios se preparaban tan sólo tomando parte en la vida de la iglesia. Había evidencias de que eso era todo lo que ellos necesitaban. Esos hombres recibían más entrenamiento y una mejor preparación en la iglesia, que nadie en el siglo veinte haya recibido jamás. Simplemente no se puede superar la vida de iglesia como preparación de los siervos de Dios. El Señor nunca tuvo en mente ninguna otra forma de hacerlo. La iglesia es su manera de levantar sus siervos.

Aquellos 3.000 creyentes aprendían mucho en esas reuniones. Al propio tiempo que recibían ayuda práctica, aprendían también una revelación de las más profundas verdades espirituales. Allí estaban al día tanto en lo práctico como en lo espiritual. Gradualmente, esos creyentes de la iglesia de Jerusalén estaban recibiendo preparación para vivir como un organismo corporativo y al mismo tiempo, para hallar su forma individual de expresar sus propias experiencias de Cristo.

¿Ha considerado usted alguna vez simplemente cuánto recibieron aquellos hombres jóvenes? En primer lugar, aprendieron a los pies, no de profesores de teología, sino de los apóstoles. (¡Son apóstoles, no profesores de seminario, a cuyos pies se supone que aprendan todos los jóvenes que reciben un llamamiento de Dios!) En segundo lugar, considérese el enorme volumen de ministerio que provino de aquellos doce apóstoles. Considérese tan sólo cuánto habían oído esos hombres jóvenes al cabo de aquellos ocho años.

Aquí tenemos ahora una pregunta fascinante: si usted hubiese estado sentado allí en el pórtico de Salomón con esos 3.000 creyentes, ¿qué habría oído de labios de esos doce hombres? O. démosle vuelta, si usted hubiese sido uno de los doce, ¿acerca de qué habría hablado?

Aférrese bien a su idea favorita a este respecto, porque la verdadera respuesta es bastante desconcertante. Las cosas de que hablaban los doce apóstoles en esas reuniones, hace trizas prácticamente todo ministerio de este siglo veinte a que usted haya estado expuesto jamás.

En primer lugar veamos de qué cosas no hablaban esos doce hombres.

No se levantaban para predicar sermoncitos suaves acerca de ser bondadosos con la gente, o acerca de no pecar, o de ser buenos. Esto es obvio.

Pero podemos estar completamente seguros también de que no se levantaban tampoco para enseñar credos. No hacían declaraciones doctrinales sobre cada tópico que había en los rollos de las Escrituras hebreas. En efecto, no se haría ningún serio esfuerzo en cuanto a sistematizar o clasificar las enseñanzas y doctrinas de esos hombres, hasta algo más de cien años después de Pentecostés. (Y la iglesia estaría mejor si eso no hubiese ocurrido nunca.) De modo que la iglesia del primer siglo tuvo que avanzar renqueando en una realidad muy fluida, muy viva y no en creencias sistematizadas.

Podemos estar segurostambién de que en el pórtico de Salomón nunca se escucharon los tópicos favoritos de la cristiandad de hoy: esto es, cómo orar, cómo testificar, cómo vivir una vida victoriosa sobre el pecado, cómo estudiar los rollos de las Escrituras, etcétera.

Por supuesto todos saben qué era lo que esos hombres hacían allí en el templo de Jerusalén. ¡Enseñaban las Escrituras! ¡Claro que hacían lo que todo hombre de Dios hace! Presentaban la Palabra de Dios a los hombres. Todo el mundo sabe eso.

Pues, ¡no señor!

Los apóstoles no enseñaban las Escrituras.

—¿Está usted bromeando?

¡No señor!

Además, es bastante improbable que en el primer siglo haya habido creyentes que se hayan sentado a estudiar las Escrituras.

Ciertamente no en la forma como se hace hoy.

(Indudablemente se puede encontrar por allí algún versículo para justificar que había quienes se paraban frente a un grupo de oyentes para enseñar las Escrituras. Pero en toda la historia de la iglesia del primer siglo no se verá nunca, ni una vez, que se haya practicado nada semejante a un ‘estudio bíblico’. Quizás algún versículo de la Biblia sacado del contexto y de su ambiente histórico justifique una práctica tal, pero toda la historia de la iglesia primitiva —si se la toma del principio al fin— simplemente se resiste a endosar semejante práctica.)

Aquí están los hechos. Aproximadamente el ochenta por ciento de la gente que vivía en el imperio romano no sabía leer ni escribir. De modo que por lo menos un ochenta por ciento de los creyentes del primer siglo no habrían podido estudiar las Escrituras. Añádase a esto el hecho de que la abrumadora mayoría de los creyentes era de entre la clase pobre, casi ninguno de los cuales sabía leer, y el porcentaje de analfabetos en la iglesia del primer siglo se eleva aún más.1

1. la idea de que el estudio bíblico es una necesidad absoluta para la vida cristiana, está tan arraigada en la mentalidad del creyente del siglo veinte, que ponerla en tela de juicio es casi una invitación a ser quemado vivo en la hoguera. No obstante, queda el hecho de que la iglesia primitiva se las arreglaba muy bien sin empeñarse nunca en el estudio bíblico ...al estilo siglo veinte. ¡Este hecho es irrefutable!

Hoy en día bastante más del 90% de los seguidores de Jesucristo sabe leer; con todo, sería razonable decir que el 99.999% de ese número de creyentes no tiene siquiera idea de cómo andar en una profunda experiencia de Cristo.

Además, se sabe que en el primer siglo no había imprentas. ¿Se da usted cuenta de lo que significa eso? Todas las copias de las Escrituras se hacían a mano, que era un proceso penosamente laborioso, increíblemente lento y terriblemente costoso. Una población o ciudad se consideraba afortunada si tenía una copia completa de las sagradas Escrituras hebreas. A más de eso, prácticamente el único sitio donde se disponía de las Escrituras era en las sinagogas –y esas sinagogas simplemente no estaban demasiado entusiasmadas en cuanto a poner sus rollos de Escrituras a la disposición de los seguidores de Jesucristo.

Es un hecho indiscutible que, virtualmente en todo lugar en que la iglesia primitiva se reunía, no tenía acceso a las Escrituras. NO, estimado lector, aquellos apóstoles no se estuvieron poniendo de pie allí, en el pórtico de Salomón durante esos ocho años para dar estudios bíblicos. (¡En realidad, algunos de ellos tampoco sabían leer!) Tampoco encontrará, luego durante el día, a esos 3.000 creyentes sentados alrededor en pequeñas clases de estudio bíblico.

Pero ninguno de estos hechos es la verdadera razón de por qué los apóstoles no dedicaban su tiempo a enseñar las Escrituras. Si no hubiese habido analfabetismo, si hubiese habido una abundancia de ejemplares de las Escrituras, si los apóstoles hubiesen sido todos hombres educados, aún así no habrían empleado su tiempo en enseñar las Escrituras.

Esperar que aquellos hombres que se levantaban en el pórtico de Salomón tomaran los rollos de las Escrituras hebreas para enseñarlas, sería como esperar que el primer hombre que hubiese descendido en el planeta Marte retornara a la tierra y, entonces en su primera conferencia de prensa hiciera una disertación sobre los combustibles utilizados en los cohetes.

¡Nunca se les ocurrió la idea de enseñar las Escrituras!

Sólo la mentalidad de este siglo veinte ha superpuesto una imagen semejante sobre aquellos hombres.

Ellos no colgaban ningún amplio cartel mural en la pared a fin de dar conferencias sobre el rollo o libro de Ezequiel o sobre historietas del rollo de Daniel. Es más, los santos reunidos en el pórtico de Salomón les habrían tirado semillas de aceitunas a los apóstoles, si ellos hubieran tratado de hacer eso. Los creyentes se habían congregado bajo ese cobertizo para oír una cosa, y una sola cosa. Y los apóstoles estaban interesados en hablar acerca de una cosa, y una solo cosa.

Y ¿qué era eso?

Usted mismo puede contestar esta pregunta. Si usted pudiese regresar a ese día y ser un nuevo converso, y si pudiese sentarse realmente a los pies de los doce apóstoles ¿qué querría oír?

O vamos a ponerlo de otra manera. Si usted hubiese acabado de pasar más de tres años, unas dieciocho horas por día, viviendo con Dios, ¿de qué hablaría?

¡Los doce apóstoles hablaban acerca de Jesucristo! De día y de noche. Eso era todo lo que se sacaba de ellos:

Jesucristo. De hecho, ellos originaron toda la idea del tópico de Jesucristo, y por consiguiente, los evangelios. Es que no habrían podido pensar en nada más de que hablar, aun cuando hubiesen tratado.

El lema del cristianismo contemporáneo es ‘conozca la Biblia’. Esta idea envuelve virtualmente el pensamiento de la época actual. Es el primer y principal concepto que se le inculca a todo nuevo converso. Esta idea todo dominante se ha mantenido en primer lugar durante los últimos 200 años         —tiempo éste más que suficiente para haber sido comprobada y para que haya producido el fruto que se supone que debiera haber producido.

Estimado lector, si alguna vez usted llega a conocer realmente al Señor en una experiencia profunda y permanente, vendrá a darse cuenta súbitamente de que el enseñar doctrinas ha sido algo inventado por hombres que, después de todo, no conocían tan bien el Señor. Aquellos que conocen a Cristo de veras, hablarán acerca de Cristo. Aquellos que no... pues enseñan toda suerte de cosas interesantes, de poca o ninguna importancia. Ojalá que usted sea una persona que a diario tenga encuentros y experiencias profundas e intensas con el Señor. Entonces usted también hablará acerca de las mismas cosas de que hablaban los apóstoles.

En el primer siglo el lema de la fe era conocer y experimentar a Cristo. Usted mismo puede discernir a cuál de estos dos Dios honra más.

Esto hace surgir una tercera y fascinante pregunta. ¿Cuál es el secretode la ‘vida victoriosa’? ¿Qué les decían los apóstoles a los 3.000 sobre esto?

La respuesta a esta pregunta es prácticamente desconocida hoy y ni viene a la mente entre el pueblo del Señor.

Sea suficiente decir, por el momento, que los apóstoles hablaban acerca de su experiencia de Jesucristo; y es en este tema solo donde reside el secreto de la ‘vida victoriosa’. Y aquellos 3.000 creyentes se conmovían por lo que escuchaban.

La revelación que los apóstoles habían tenido de su Señor y la ayuda práctica que prestaban en cuanto a cómo conocerlo, conmovía a todo aquel que escuchaba, y lo hacían estar en temor reverente por la maravillosa aventura que tenía delante de sí.

Cuando comienza a caer la tarde y la última asamblea termina, la muchedumbre empieza a disolverse y los santos empiezan a afluir a las calles para regresar a su casa.

Vayamos caminando con ellos, porque el gozo de este día aún no ha terminado.

Al salir del pórtico de Salomón e ir caminado por las calles, los discípulos alaban a Dios y cantan y charlan, apenas pudiendo contener todo el glorioso conocimiento acerca del Señor que han descubierto hoy.

Cuando finalmente llegan a sus casas, saludan gozosamente a aquellos con quienes viven. Ha sido tan sólo esa mañana que se despidieron uno del otro, y sin embargo todos se saludan ruidosamente. ¡Han sido cerca de once horas! ¡Es que hay han ocurrido tantas cosas! Todos comienzan a hablar casi al mismo tiempo. Intercambian testimonios, entremezclados con gritos y alabanzas. Todos tratan de relatarles a los demás lo que han oído, visto y sentido. Toda su gozosa charla se centra alrededor de una sola cosa: aquello que han experimentado hoy. Su comunicación es natural, franca y pura. Y ¿por qué no? Después de todo, aquellos con quienes están compartiendo, son la gente más preciosa de la tierra... son las personas con quienes conviven.

Luego preparan la cena con el acompañamiento de un bullicioso cantar, charlar y reírse. Cuando terminan de preparar la comida, cada cual se sienta en algún sitio en el suelo para comer y siguen compartiendo. El aire está lleno de estallidos de vida desbordante. Dan testimonios, alaban y cantan. Todas las experiencias de ese día, entremezcladas con el gozo del momento presente, llenan la casa. Todo el lugar se encuentra saturado de la presencia del Señor. Finalmente la comida termina. Entonces alguien, en forma espontánea, saca algo de pan y de vino. Parten el pan y pasan el vino. Una vez más comienzan a ascender alabanzas, regocijo y más cánticos.

Al avanzar la noche, sacan de nuevo la ropa de cama, y todos se van acostando y quedándose dormidos al son de risas y de gozosas alabanzas.

¿Se da usted cuenta de que acaba de asistir a una ‘reunión’ de la iglesia? Desde el momento en que esos creyentes regresaron a casa hasta que se acostaron, ¡la iglesia estuvo celebrando una asamblea! Sí, ése era el segundo lugar en que la iglesia se reunía. ¡El lugar principal en que la iglesia se reunía, era en las casas! Como hemos visto, la asamblea fue del todo informal. Como si doce hombres hubiesen estado sentados alrededor conversando con el Señor.

¡Observe y vea! La iglesia aprendió de los doce apóstoles cómo debía reunirse de la manera que los doce se habían estado ‘reuniendo’ cuando estaban con el Señor. Se reunían con Él, y no obstante, ni siquiera estaban conscientes de que aquello era una asamblea. Ahora todos conocían esa ‘vida corporativa’ embriónica que los doce apóstoles conocieron con Cristo. Aquellas ‘uniones’ (que realmente no eran reuniones en absoluto) que esos doce hombres tuvieron mientras vivieron con Cristo, habían llegado a ser ahora la forma en que la iglesia entera se reunía. Esas reuniones efectuadas en las casas eran para la iglesia lo que el sentarse alrededor con Cristo había sido para los doce.

Ténganse presente que aun cuando en esta noche que estamos considerando, había una sola iglesia en Jerusalén, la misma se reunía en las casas en toda la ciudad. Esos grupos que había en las casas no representaban diferentes facciones, ni grupos fraccionados. No eran tampoco grupos de favoritos ni de amigos que se reunían. Todos los creyentes de todas las casas, considerados juntos, constituían la iglesia. La iglesia unida, una, amante, inseparable y gloriosa.

El hecho de que la iglesia se reunía en las casas era uno de los secretos de la iglesia primitiva. El reunirse en las casas bajo el señorío de Cristo y en medio de un gozo desbordante era una de esas cosas que hacían que la iglesia fuera tan única tan maravillosa, tan creíble y tan magnética. (La iglesia debe volver allí a ese punto otra vez para ser lo que Dios quiso que fuera, y debe reunirse sin ninguna dirección humana en asambleas como aquéllas.) Así era como lucía la iglesia cuando se reunía durante el primer siglo. Esta era la forma en que los creyentes se reunían hace casi 2.000 años: ¡Se congregaban bajo un cobertizo! ¡Se reunían en las casas! (Es allí donde la iglesia debe volver... Abandonando totalmente y para siempre el féretro construido profesionalmente en que se reúne ahora.) Todo creyente tiene el derecho inherente a estar al menos en una reunión de la iglesia, tenida en la sala de estar de una casa en medio de un gozo desbordante, sin ningún ‘líder’ humano que supervise para arruinarlo todo. Esta es una experiencia para la cual es imposible hallar un sustituto.

Ese era el lugar en que la primera iglesia se reunía.

Ha terminado otro día normal en la vida de la iglesia de Jerusalén.

¡Y por la misericordia de Dios, los que tienen valor habrán de ver aún días como aquéllos!

7

Vida de iglesia en traje

moderno

I

maginémonos por un momento que Pentecostés tuviese lugar aquí en nuestro país, en pleno siglo veinte. Tomemos el relato que acabamos de leer en el capítulo anterior y pongámoslo dentro de un típico marco americano.

Para empezar, tengamos en mente una ciudad moderna, de tamaño mediano. Una ciudad típica desde casi todo punto de vista, con la sola distinción de que es un centro de convenciones bien conocido. Una vez al año hace de anfitrión a un famoso festival internacional, que atrae a gente de todas partes del mundo. Por lo demás, es una ciudad promedio que tiene centros comerciales, escuelas, ‘edificios de iglesia’, un área central o sector comercial, un barrio bajo, suburbios en las afueras que tienen una infinidad de finquitas con casas de la clase media (tres dormitorios y dos cuartos de baño, dos automóviles, dos televisores y un bote de motor), un buen número de edificios de modernos apartamentos, un sector de la clase acomodada, algunos edificios de casas múltiples y un colegio universitario. ¡Estilo americano!

Ahora imaginémonosesto: Usted ha venido aquí en calidad de turista para ver el festival anual de la ciudad. Usted es un extranjero. Sus padres nacieron y se criaron en este país, pero no usted, que nació y fue criado en el extranjero. Usted habla bien en inglés, pero con algo de acento.

Si bien usted no tiene conocimiento de ello, doce hombres a quienes pronto va a conocer, también han venido a la ciudad para una breve visita. Son de una provincia no lejana (entre paréntesis, una provincia de no muy buena reputación).

El primer día de la convención Dios envía su Espíritu Santo. ¡Envía el Pentecostés! Usted forma parte de la multitud de espectadores. Oye hablar a un hombre, un hombre llamado Pedro, que es uno de los doce que vinieron de aquella provincia. Y usted se convierte totalmente a la fe en Jesucristo... junto con otras 2.999 personas. Luego se bautiza. El día siguiente mismo tiene que tomar una decisión. ¿Irá a tomar un avión y volver a casa, o se quedará para zambullirse en la experiencia de conocer a Jesucristo junto con los demás 3.119 creyentes?

Entonces Pedro, un hombre de quien usted nunca había oído hablar siquiera hace 24 horas, deja caer una bomba. Ese Pedro no le pide nada. No; sino que hace una declaración: ¡Todos se van a quedar! (Los que son apóstoles siempre van por allí hablando de esta manera.) Y eso es justamente lo que usted desea en su corazón. De modo que decide abandonar todo lo que ha conocido antes, y ser un verdadero, efectivo y firme seguidor de Jesucristo. Los demás 2.999 excéntricos hacen lo mismo.

Ahora, con respecto a todos esos pequeños detalles de ¿dónde va a dormir? ¿dónde va a comer? en breve usted se entera de que alrededor de cincuenta vecinos de la ciudad que se han convertido, han puesto sus casas a disposición de los demás. Así, pares, como sesenta de ustedes van en tropel a cada una de esas típicas casas de tres dormitorios, para hacerse de un hogar. La casa a la que llega, está ya repleta y desbordante. Como usted tiene un saco de dormir enrollado, se ofrece voluntariamente a dormir en el traspatio debajo del tendedero. La comida para todos ustedes, unas sesenta personas, tendrá que ser preparada en esa única cocina familiar. Por usted no se preocupa; nadie se preocupa. Todos ustedes tienen al Señor.

No salen al campo. No hay granjas. El mundo a su alrededor no ha cambiado ni pizca. Usted se encuentra en medio de la civilización moderna, con su contaminación ambiental y todo.

La siguiente cosa de que usted se entera es que el hermano que es propietario de la casa en que usted está parando, decide venderla. De momento siente pánico. (¡Allá va el tendedero que tiene sobre la cabeza!) Pero en breve usted se regocija de veras al ver que él pone en venta no sólo su casa, sino también su bote de motor; después hace igual con sus televisores, incluso el de ‘consola’, de color; luego los muebles, y también los dos automóviles (no hacen muchos kilómetros por litro —es mejor cambiarlos por bicicletas con motor.)

Luego usted oye que otros creyentes, también vecinos de esa ciudad, están vendiendo igualmente todo: casa, autos, cabañas de veraneo, casas de remolque, casas rodantes, botes devela, equipos estereofónicos, todo. ¡Usted quiere hacer lo mismo! Envía un telegrama a su país y le dice a su familia que venda todo lo que usted posee en la tierra, y que tomen el siguiente avión de reacción y vengan.

Las cosas se están poniendo bastante descabelladas en este punto. Resulta inimaginable. Todos tienen una nueva perspectiva: “Necesito tan poco. Si vendo esto o esto, podré dar el dinero al fondo común —y se podrán satisfacer más necesidades de mis hermanos y hermanas. Comoquiera que sea, ya no voy a tener tiempo ni deseos de mirar la televisión. Y el juego de golf no era más que un tranquilizador para mis nervios desgastados —ciertamente ya no necesitaré más mis palos: ¡ahora tengo a Jesucristo!” En realidad, todos están vendiendo todo: sus tierras, casas, muebles, motocicletas, máquinas de coser.Todos los valores: fondos fiduciarios cuentas bancarias,ahorros, acciones, pólizas de seguros. Todo va. Es una nueva vida y un nuevo estilo de vida en Jesucristo.

Nunca, ninguno de ustedes volverá a tener nada de este mundo en que confiar. Todos ustedes han abandonado sus anteriores situaciones de esta vida. Toda esperanza, toda confianza en el futuro, todos los sueños de seguridad se han ido completamente. Ahora toda su confianza está puesta en el Señor y en su iglesia. Tiene que ser así; usted no tiene nada más. Será el Señor o el desastre. Será mejor que Cristo demuestre que es real y que es fiel, ¡o usted estará metido en un verdadero lío!

El gozo del Señor es incontenible. Nadie parece notar siquiera que de repente la vida ha pasado de (la apariencia de) la seguridad a la pobreza. Pero tener a Jesucristo lo vale todo —y mucho más.

A propósito, no pensemos que con la venta de todas esas posesiones habrán de entrar montones de dinero para satisfacer las necesidades perentorias del momento. ¿Y por qué? Porquetodos, siendo típicos seres humanos del siglo veinte, se encuentran endeudados hasta el cuello. Nadie, después de liquidar el saldo que debe, queda tan acomodado que digamos.

Bien pronto usted se encuentra buscando trabajo. Un trabajo cualquiera. De obrero de factoría, de pintor de casas, de maestro, de cocinero, cualquier cosa que ayude. Este es uno de los singulares aspectos del verdadero vivir en común: de ser posible todos consiguen trabajo de tiempo completo. Todos. Y esto quiere decir un empleo normal, rutinario, en la ciudad, no sencillos quehaceres en el campo.

Usted observa gozosamente cómo hombres y mujeres que antes eran ricos, ahora alaban al Señor por el privilegio de ser contratados como camareros, dependientes de tienda u operadores de computadoras. Los trabajos que consiguen son duros, más o menos típicos y de tiempo completo. (Nadie acepta un trabajo de limpiar zapatos tres horasal día, para poder salir del paso... o para poder pasar todo el tiempo orando o ‘sirviendo al Señor entiempo completo’. Nadie incuba ninguna organización de ventas de tipo ‘hágase rico pronto’, que proporcione trabajo a todos los hermanos desempleados. De hecho, algunos de los promotores y maquinadores natos se retuercen un poco al empezar a trabajar, por primera vez en la vida, como obreros manuales.)

Ahora que ninguno de ustedes posee una casa, ¿dónde van a vivir todos? Para resolver este dilema, usted tendrá que ver el estilo de vida del siglo veinte hecho añicos. La vida de iglesia siempre destruye las normas sociales. Las normas de vida tenidas por mucho tiempo —aun la herencia nacional y las costumbres antiguas y tan reverenciadas—- todas se disuelven ante una vida de iglesia que todo lo consume. De la noche a la mañana, todas las normas sociales de su vida desaparecen. Usted pierde su herencia nacional entera. Ahora va a estar relacionado con toda la civilización occidental en una forma totalmente nueva. Sí; la vida de iglesia es así de revolucionaria.

Puede que usted piense que todo esto pasa un poco de la raya. Si es así, entonces considere nada más que éste era el único modo de ver que los hombres tenían respecto de lo que significaba ser un seguidor de Jesucristo durante la primera década de la historia de la iglesia.

En nuestros días hay una terrible necesidad de que se restablezca esa imagen.

No existe justificación válida alguna para no retornar a una vida de total renuncia. El Señor nunca tuvo el propósito de que sus seguidores tuvieran ninguna otra imagen en tanto que estuviesen sobre esta tierra. Es un cristianismo decadente el que permite hacer circular el concepto actual, equivocado, de ‘ir a la iglesia el domingo por la mañana y eso es todo’, como la verdadera imagen del discipulado.

Instintivamente, todos ustedes desean vivir uno cerca del otro. Esto de estar desparramados por toda la ciudad, viviendo cada cual su propia vida programada a su gusto, a cortinas corridas, es para los inconversos. ¡Ni pensarlo! Cada cual quiere estar cerca de las demás únicas 3.119 personas que conocen a Jesucristo en el mundo entero. ¡Al viento con el convencionalismo!

Los apóstoles ‘peinan’ la ciudad. ¿Habrá un lugar donde todos puedan vivir? ¿Y si no un lugar, un conjunto de lugares? En efecto, cerca de los terrenos del colegio universitario encuentran una casa que han estado usando como club estudiantil y que ahora van a cerrar. Alrededor de cincuenta de ustedes se aglomeran en la misma. Luego los apóstoles toman posesión de un viejo hotel. Más tarde arriendan una de las mayores mansiones antiguas de la ciudad (¡tiene diez dormitorios!). A continuación alquilan un edificio de apartamentos nuevo pero no ocupado aún. Por último encuentran una calle sin salida como de una cuadra de largo, en una nueva área residencial. Hay ocho casas a los lados de la calle. Eso quiere decir, que una calle entera de casas de tres dormitorios será ocupada, y quedará desbordante de creyentes.

De pronto, una típica casa del siglo veinte, de tres dormitorios, ubicada junto a una linda y tranquila calle de una sola cuadra de largo, ya no es más una casa típica. Ahora en cada casa viven alrededor de veinte santos. Todo el vecindario resuena con alabanzas y gritos de gozo todo el día. Ahora en vez de ser una tranquila calle suburbana, cuyos residentes viven escondidos detrás de su paisaje privado, toda esa calle sin salida es una colmena de actividad. Todos comen en una o dos de las casas. Todos se congregan en otra casa. Toda esa calle se ha convertido en ‘hogar’.

Poco más o menos la misma escena tiene lugar allá en el hotel, en la ex casa club estudiantil, así como en el edificio de apartamentos. Todo vibra al son de las alabanzas de Dios.

¿Ha considerado usted alguna vez la típica casa de tres habitaciones, la literal piedra angular de nuestra civilización moderna? La inventaron paganos para paganos. Hoy en día se proyecta y se construye una zona residencial de 3.000 casas; luego vienen 10.000 personas para la gran inauguración, compran dichas casas y, casi como robots programados, se mudan en ellas con sus muebles que hacen juego, corren las cortinas encienden el televisor y se sientan en silencio delante de él durante los cuarenta años siguientes. De hecho, se puede pasar en automóvil por un moderno suburbio y pensar que es una ciudad fantasma: ¡casi nunca se ve un ser viviente! Ese es el hombre moderno (pagano). Esa no es la iglesia.1

¿Y qué más?

Todos los que tenían un automóvil, lo han cedido: algunos de ellos son vendidos; los restantes son puestos a disposición de todos. Cada mañana los santos que tienen trabajo se amontonan.

1. Era de la misma manera en Jerusalén. Esa ciudad no fue diseñada ni edificada para Dios ni para su pueblo. Fue diseñada para que fuese adecuada al modo de vida hebreo tradicional. Entonces apareció la iglesia y lo trastornó todo. La iglesia no usaba las casas conforme al uso a que habían sido diseñadas. La iglesia se relacionaba con la existencia en la tierra de una forma enteramente nueva. No se interesaba por cosas en que otros ponían su interés. El cuerpo de Cristo compelía a la arquitectura misma de la ciudad, la manera en que ésta era planeada, proyectada y edificada —todo el sistema de vida del hombre— a que se adaptara a una nueva forma de vida.

Dios no inventó las normas sociales de este mundo            —normas a las que los hombres se someten tan obedientemente generación tras generación. ¡Dios creó la iglesia! Y la iglesia gloriosa, sólo por ser lo que es, simplemente rasga en pedazos todas las normas sociales del hombre. ¡Todas ellas! en esos autos y acompañados de cánticos, oraciones y alabanzas, parten hacia su lugar de trabajo. Aquellos que se quedan en la casa, limpian la misma, cortan el césped, pintan; arreglan los automóviles, hacen reparaciones necesarias o eliminan una pared interior aquí y allí.

¿Y qué más?

Durante el día todos los que pueden, no dejan de bajar hasta el parque de la ciudad, ubicado detrás del centro de convenciones, para escuchar a los doce apóstoles. Después regresan a la antigua casa club, a la calle sin salida, al hotel o al edificio de apartamentos, para seguir alabando a Dios, compartiendo con los hermanos y regocijándose.

¡Y mañana por la mañana todo aquello empezará de nuevo!

Esto que usted acaba de leer es una versión del siglo veinte de una experiencia del primer siglo. Semejante aventura haría enteramente pedazos el normal y complaciente estilo de vida americano —o el británico, el australiano, el chino o cualquier otro estilo de vida. Nunca se ha visto ni experimentado nada semejante a lo que usted acaba de leer pero está allí, esperando que lo experimentemos. Está disponible para todos —excepto para aquellos que quieren seguridad.

Dios le proporcionó esa experiencia a su pueblo con el propósito especial de establecer normas en situaciones iniciales. Asimismo Dios se las proporcionó a la iglesia para que las usara en casas de crisis económicas. Además, fue propósito del Señor que la iglesia estuviese tan consagrada a Él, que nunca llegara a parecerle demasiado si Él le pedía que viviese en común, vendiéndolo todo, perdiéndolo todo y rompiendo con todas las costumbres sociales.

Es verdad que no todas las iglesias primitivas practicaban el vivir teniendo todos los bienes en común.1

(Las iglesias primitivas eran muy variadas, y siempre se resistían a las pequeñas categorías y a las clasificaciones esmeradas.) Pero es igualmente tan cierto que el vivir en común se practicaba en una escala mucho más amplia que la que mucha gente cree hoy.

El Señor anhela ver, igual que lo anhela nuestro propio espíritu, una restauración de aquella abrumadora experiencia. Dios comenzó con un sistema en que todos lo perdían todo. Él quisiera empezar de nuevo en la misma forma. Hoy todo creyente en Jesucristo debería tener el derecho a aquella experiencia.

Hay mucho que decir con respecto a eso de no poseer nada. Muy probablemente usted ha deseado, alguna que otra vez, experimentar realmente el fin de la mundanalidad en su vida. Bueno, si tiene un corazón firme, podría probar el método de Jerusalén. Es una cura segura. La técnica tipo Jerusalén lo ‘desmundanalizará’ tan rápido y tan efectivamente como sea posible.2

Usted nunca volverá a ser el mismo mientras viva. Y ésa será una delas experiencias más gloriosas y superespectaculares de su vida. Y esa experiencia le dará al Señor cabida en su vida, cabida quenada más puede darle.

1. En el año 160 A. D. (130 años después de Pentecostés) un encarnizado antagonista pagano llamado Luciano se refirió al pueblo al Señor, como “esos necios (que) desdeñan las cosas terrenas y (las) tienen como pertenecientes a todos en común.”

2. Alrededor del año 190 A. D. un cristiano llamado Tertuliano reveló: “Tenemos todas las cosas en común... con excepción de nuestra esposa.” Eso quiere decir que 160 años después de Pentecostés los creyentes aún practicaban —en todo el imperio romano— lo que había comenzado en Jerusalén. De modo que aquello no fue un asunto que ocurrió una sola vez, después de todo. El vivir en común no debe ser el hijastro que ha llegado a ser. Deberíamos tener la opción de poder probarlo —al estilo del primer siglo.

Volvamos ahora al primer siglo y a Jerusalén.

Algunos días después de Pentecostés, hubo una explosión de sanidades.De pronto los creyentes descubrieron que,cuando alguien de la iglesia se enfermaba, debía ir, entre toda la gente, ¡a un Apóstol! Ese descubrimiento añadió muchísimo al gozo y al entusiasmo que había.

Ese nuevo descubrimiento también preparó el escenario para la siguiente tanda de crecimiento de la iglesia.

La iglesia apenas ha comenzado, y aun cuando los santos ni siquiera se han recuperado todavía de los efectos de aquel maravilloso día de Pentecostés, Dios está a punto de proporcionarles otra experiencia, tan grande que casi va a igualar la del día de Pentecostés.

8

Los primeros cuatro

años

S

on exactamente las tres de la tarde. Todas las tiendas y talleres de la ciudad han cerrado sus puertas. Es la hora del sacrificio de la tarde, y miles de personas confluyen al templo. Pedro y Juan se hallan entre la multitud. Lentamente la gente sube por las amplias escalinatas. Al llegar a una de las puertas de entrada al templo, Pedro nota que unos hombres vienen trayendo a un mendigo cojo y lo dejan junto a la puerta. Al pasar frente al mendigo, de pronto Pedro se detiene. Está plenamente consciente de una profunda conmoción en su propio espíritu. Por un largo momento mira al mendigo.

Todos en Jerusalén, incluso Pedro, conocían a ese mendigo; él había pasado la mayor parte de su vida adulta (más de veinte años) sentándose allí, junto a esa misma puerta. Todos los que habían pasado por aquella puerta llamada “la Hermosa”, lo conocían de vista.

Pedro era un hombre que en una ocasión había caminado sobre el agua, había visto levantarse a los muertos, ¡había desayunado con el Cristo resucitado! Ahora sentía una gran conmoción en su espíritu. A Pedro no le resultaba difícil creer que aquel hombre imposibilitado podía ser sanado.

Al momento el mendigo levantó la vista hacia Pedro y viendo que él lo miraba, esperó recibir una dádiva. En cambio, Pedro le declaró: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy.”(EI estado financiero de un apóstol a lo largo de toda su vida debía ser éste: ¡completamente arrancado! Así era en el primer siglo.) Súbitamente Pedro extendió la mano, agarró al mendigo y le ordenó: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!” Así, en parte ayudado por Pedro y en parte por su propio esfuerzo, medio asustado y medio confiado, ¡el mendigo se levantó de un salto y se enderezó!

¡Estaba parado sobre sus pies!

El pobre hombre estuvo allí de pie por un momento, boqueando de incredulidad. Pero, si podía estar en pie, quizás también podía caminar. De modo que hizo la prueba. ¡Resultó! Entonces ya no perdió más tiempo. Subió y bajó caminando por la escalinata, exclamando, voceando, gritando a todos los que se encontraban lo suficientemente cerca para oírlo. (¡Pedro había sanado a un extrovertido!)

De modo bastante sorprendente para el siglo en que vivimos, Pedro y Juan no trataron de aprovecharse de ese acontecimiento espectacular. Los dos siguieron su camino y entraron en el templo. Otro tanto hizo el mendigo —sólo que con mucho más ruido, gritando y exclamando. (Breves minutos después de haber sanado a ese hombre, los dos apóstoles se escurrieron del templo y regresaron al pórtico de Salomón para continuar su ministerio allí. Habían aprendido la manera de sanar usada por el Señor: que la sanación debía hacerse en forma modesta y la misma no debía ser proclamada nunca por el que sanaba. Considérese esto a la luz de las prácticas de sanación de hoy día.)

Ahora bien, el mendigo estaba realizando un gran volumen de publicidad. ¡Después de todo, él había sido cojo desde su nacimiento! Ahora estaba poniendo a prueba su habilidad para correr —allí, en el templo. Sentía un gozo salvaje. Después de correr duranteun rato, se puso a dar brincos; luego trató de saltar.

En todo ese tiempo el mendigo estuvo divulgando la asombrosa noticia de su sanación. En unos minutos prácticamente todos en aquella vasta multitud de la tarde llegaron a verlo. Conforme la gente iba relatando una y otra vez el hecho a los demás, empezaron a salir del templo en tropel y a ir de la misma forma al pórtico de Salomón, para ver a esos dos hombres que habían realizado el milagro. (Es probable que ya para entonces el mendigo también se había encaminado hacia el pórtico.) Bien pronto todo el pórtico de Salomón quedó completamente atestado de espectadores. Pedro, más sabio ahora por su experiencia del día de Pentecostés, sin perder el tiempo empezó a proclamar a Jesucristo a esa curiosa multitud.

¡Allí mismo creyeron cientos de ellos!

Para entonces ya la noticia de aquella asombrosa sanidad se había filtrado hasta los dirigentes del templo, y había surgido un pequeño pánico entre ellos. Entonces, lo primero que hicieron fue llamar a los alguaciles del templo; enseguida los alguaciles rodearon a los sacerdotes y algunos saduceos, y corrieron todos juntos al pórtico de Salomón para arrestar a los apóstoles. Pero no llegaron bastante a tiempo como para evitar que un gran número de personas se convirtiera a Cristo. Cuántos fueron todos los que se convirtieron esa tarde nadie lo sabe. Con todo, alguien estimó que el número total de hombres en la iglesia llegó a alrededor de 5.000.1

Este fue el segundo gran momento de crecimiento en la iglesia primitiva.

Los dirigentes del templo no podían detener a los convertidos, pero sí pudieron arrestar a los apóstoles. En consecuencia, Pedro y Juan pasaron la noche en la cárcel. Es probable que los apóstoles tuviesen cierta sensación de inquietud en cuanto a que para los gobernantes de la ciudad, la iglesia no era realmente bienvenida allí. ¡Ese día hizo desvanecer toda duda!

A la mañana siguiente, Pedro y Juan fueron llevados a juicio. El tribunal les declaró, en términos muy claros, que desde ese día en adelante se consideraría ilegal que ellos proclamaran que Jesús era el Cristo. De hecho, esto les vino en la forma de una nueva ordenanza municipal, aprobada por el Sanedrín en esa misma fecha. Luego trataron de intimidar a los dos apóstoles, los amenazaron, y entonces los soltaron. Pero antes de irse, ellos le manifestaron abiertamente a todo el tribunal, que tenían plena intención de quebrantar esa ordenanza.

1. Pudiera ser que un total de 5.000 hombres se convirtiera ese mismo día. Los datos no están claros, pero resulta fácil estimar en forma conservadora que después de eso había ya cuando menos unos 10.000 creyentes en la iglesia.

(Los creyentes del primer siglo era la gente más observadora de la ley en el imperio romano, excepto en lo que concernía a las leyes que prohibían predicar el evangelio... ¡dondequiera! ¡Quebrantaban esas ordenanzas a diestra y siniestra!)

Pedro y Juan vinieron a los suyos y, de la manera más rápida que pudieron hacerlo, convocaron a la iglesia y contaron todo lo que les había sucedido. Entonces, en vez de responder con temor o tristeza, los reunidos estallaron en expresión de gozo. Después empezaron a orar en una forma tan tremenda que la tierra misma tembló bajo sus pies. El Espíritu Santo se derramó en medio de la congregación. Instantáneamente un nuevo denuedo para hablar y predicar en el nombre de Jesús se apoderó de todos los apóstoles. (Nótese que no fue la multitud sino los apóstoles los que fueron investidos de este nuevo denuedo. Las multitudes aún no iban a la vanguardia de la evangelización —y casi ni participaban en ella.)

Una nueva y poderosa ola de proclamación del evangelio surgió en Jerusalén.

Como resultado de ese nuevo denuedo, la iglesia fue inundada con una afluencia más de conversos —la tercera.

Había tantos nuevos conversos, que la iglesia se encontró de nuevo en aquella situación en que había estado justo después de Pentecostés. Una vez más surgió la gran necesidad de viviendas entre ellos; una vez más había una gran necesidad económica.

Era casi como volver a comenzar todo. La iglesia no tenía siquiera el lujo de un respiro. Con todo, nadie se quejaba: era un problema glorioso. Además, venía una solución en camino.

Uno de los recién convertidos, José Bernabé,1 era un hombre bien acomodado que tenía varias propiedades. Viendo la nueva necesidad que había surgido en la iglesia, Bernabé vendió todo lo que poseía y trajo el dinero a los apóstoles. (Lo más probable es que vendiera sus propiedades estando todavía allá en Chipre su tierra natal.)

1. Este había recibido el nombre de ‘Bernabé’, que quería decir, ‘hijo de consolación’, porque siempre estaba exhortando y consolando a los demás.

Ese acto digno de admiración desencadenó una verdadera reacción en cadena; en breve todos en la iglesia deseaban vender todo lo que tenían, por amor a Cristo, para satisfacer esa nueva necesidad. En esta ocasión los apóstoles ni siquiera tuvieron que hacer la sugerencia. A los creyentes literalmente no les interesaba poseer nada. Todos los que estaban en la iglesia y aún tenían algo de valor, vendían lo que tenían y traían el dinero a los apóstoles.

Esa fue la segunda vez que todos vendieron todo lo que tenían. Aquello era ya una locura. ¡Y colocaban todo a los pies de los apóstoles! ¡Eso era una insania! La suma involucrada era una vasta fortuna. (No haga nunca nada semejante hoy, en este siglo veinte. Con una fortuna como ésa en las manos de hombres hoy... con la mentalidad que hay actualmente de comprar mayores y mejores edificios, etcétera, no hay manera de predecir cómo, en fin de cuentas, se gastaría ese dinero.)

¿Cómo se podía confiar de esa manera en unos hombres? ¿Cómo podían ser tan confiables? Seguro que sí, eran apóstoles, pero así y todo, eso era algo tremendo como para confiarle a hombres. ¿Cómo podían saber los creyentes que esos hombres eran tan confiables? La respuesta es sencilla. Su pasión era Cristo. No tenían absolutamente ningún interés en esas riquezas. Ni tampoco salían para comprar propiedades con ese dinero. (La iglesia del primer siglo nunca tuvo propiedades.) Los apóstoles eran hombres entendidos. No eran de los que levantan imperios. Eso fue cierto en los días que el dinero estuvo a sus pies. Y sería cierto a lo largo de toda su vida. Eran los hombres más seguros en la tierra para administrar una fortuna semejante. Durante su vida entera nunca poseyeron nada... ni tampoco les interesó nunca poseer nada. Halle hombres como ésos hoy... si puede. ¡Ellos sí podrían ser confiables!

En ese punto, mientras todos estaban renunciando a toda posesión personal de propiedad, un hombre llamado Ananías dio con un lucrativo plan de éxito seguro. (Asimismo, estaba a punto de llegar a ser un gran ejemplo de cómo no se ha de obtener utilidades de la iglesia.)

Todos los que tenían trabajo ponían su salario completo en el fondo común. De esta manera se satisfacían las necesidades básicas de todos en la iglesia, al vivir todos en común del dinero entregado al fondo común. Todos tenían comida y un lugar donde dormir. Todas las demás necesidades se resolvían de acuerdo 1) a la necesidad más urgente y 2) a los fondos disponibles. El plan de Ananías era bien sencillo. Decidió entregar a los apóstoles tan sólo parte de su salario, diciéndoles que les estaba dando todo. Haciendo así, pensó que podría ahorrar quedándose con el resto de sus entradas mensuales, ¡al tiempo que la iglesia satisfacía todas sus necesidades! Al cabo de cierto tiempo podría tener ahorrado fácilmente una pequeña fortuna.

Ananías puso en práctica su plan.

Nunca sonó siquiera lo que sucedería cuando fuera a ver a Pedro para entregarle su donativo y hacer su declaración. El espíritu de Pedro se estremeció. Vio lo que había en el corazón de ese hombre. Entonces reveló el pecado Ananías y Ananías cayó muerto allí mismo. Unas horas más tarde la esposa de Ananías murió de la misma manera. La noticia de la muerte de Ananías y de Safira, su esposa, se esparció por toda la ciudad. La población entera quedó turbada. De ese día en adelante, todos los habitantes de la ciudad, creyentes y no creyentes, miraban a los apóstoles con un temor muy saludable y reverente. Al propio tiempo Dios también sentó unas normas de honestidad bien elevadas para los que se decidieran a vivir en común.

Esa última señal —dos personas que cayeron muertas porque le habían mentido al Espíritu Santo— dio inicio a una cuarta y grande ola de conversiones.

La iglesia había comenzado con 120 creyentes; luego aumentó a unos 3.120, después a más de 5.000 hombres, y para este tiempo, ¡quién sabía cuán grande era! (Hasta aquellos días el tamaño numérico de la iglesia había sido estimado como una ‘multitud’, pero con el reciente crecimiento, ya se usó una nueva medida de tamaño. Ahora se consideraba a la iglesia como ‘una gran multitud’. En otras palabras, ¡todos habían perdido la cuenta!) Ahora el pórtico de Salomón debía de estar ya desbordándose con todos esos nuevos creyentes.

(Aunque parezca extraño, después de lo ocurrido los inconversos no se aventuraban a acercarse al pórtico de Salomón. Al parecer temían a esa gente iconoclasta. No obstante, hasta los inconversos de la ciudad hablaban en general muy encarecidamente de esos seguidores de Jesús.)

Las cosas en Jerusalén habían llegado a un punto realmente febril. La ciudad entera estaba siendo sacudida por esa gente. Cada día se convertían más y más personas. Para rematar, comenzó una segunda ola de sanidades. Un gran número de personas recibía sanidad de diversas enfermedades. Centenares se sanaban a manos de los apóstoles.

Esa oleada de sanidades dio inicio a la quinta gran afluencia de conversiones.

Sucedió de la manera siguiente: la noticia de que en Jerusalén muchos estaban siendo sanados, llegó a oídos de todos los que vivían en las ciudades y poblaciones circunvecinas. En breve muchas personas procedentes de todas esas localidades comenzaron a afluir a la ciudad de Jerusalén, trayendo a sus enfermos para que fuesen sanados por los doce.

Tal vez los que vivían en aquellas poblaciones se estaban poniendo celosos. Tal vez se estaban diciendo: “bueno, si esos apóstoles van a estar tan sólo en una ciudad, no me voy a perder el gozo de conocer a Cristo. Sí la iglesia no va a venir a mí, yo voy a ir a ella.”

¡Cinco grandes olas de crecimiento, una tras otra! La iglesia estaba experimentando una atmósfera de gozo, de temor reverente y de expectación. ¡Era un lugar como para quedarse!

La vida de iglesia es siempre emocionante.

El cuerpo de creyentes crecía aún más, conforme a los que venían de otras poblaciones y lugares se sanaban y se convertían, y entonces decidían quedarse en Jerusalén para formar parte de la iglesia. Para entonces la iglesia era ya tan grande, que el término ‘multitud’, y hasta la frase ‘gran multitud’, llegaron a ser anticuados. Ahora la iglesia era considerada simplemente como ‘multitudes’. No solamente habían perdido la cuenta, sino que habían perdido también la percepción de su tamaño.

Esto hace surgir una pregunta fascinante: ¿como crecía la iglesia primitiva? ¿qué método usaba para crecer? ¿Cuál era su ‘programa evangelístico’?

¡No tenía ninguno!

La iglesia de Jerusalénalcanzó su gran magnitud porcuatro medios: 1) por acontecimientos increíbles, como Pentecostés; 2) por temporadas de sanaciones que, por lo común, seguían tales eventos; 3) por el ministerio diario de los apóstoles en el pórtico de Salomón; y finalmente 4) por las reuniones en las casas, que traían a muchos a Cristo.

Nótese bien que cosas tales como ‘ganar almas’ y ‘reuniones evangelísticas’ no fueron introducidas nunca en la historia de la iglesia primitiva. Estas cosas tuvieron su origen muchos años después (¡1.800 años después!). Todo ese tremendo crecimiento (en espiral) de la iglesia de Jerusalén tuvo un sabor a espontáneo y no planificado.

Ahora la iglesia tenía unos cuatro años de edad.

Obsérvese que, a estas alturas, todavía nadie en absoluto evangelizaba ni hacía nada en la iglesia, excepto los apóstoles. Nótese igualmente que la iglesia todavía no tenía creyentes dotados, ni tampoco oficios especiales, ni ninguna estructura, ni ninguna organización tampoco. ¡Solamente doce apóstoles y más de 10.000 creyentes!

Todo ha sido como un sueño en Jerusalén. El único problema real que la iglesia ha tenido hasta ahora, ha sido una pequeña desavenencia con los administradores locales. Esa ‘buena suerte’ está por terminar ahora. Serias dificultades esperan a la iglesia a la vuelta de la esquina.

Es alrededor del año 34 A. D.

9

La primera dificultad

L

os doce Apóstoles han sido arrestados. Están en la cárcel esperando el juicio. Hay una buena probabilidad de que todos sean ejecutados.

El caso va a ser visto por el Sanedrín. (El Sanedrín está a cargo únicamente de los asuntos religiosos de la ciudad, pero es lo más próximo a un gobierno judío en esta era de dominación extranjera.) Los setenta hombres que constituyen el Sanedrín han estado viendo cómo se estaba virando al revés su ciudad por causa de aquel hombre: Jesucristo. Finalmente, hoy se ven forzados a tener que tomar medidas para restaurar el orden religioso en Jerusalén. Probablemente tendrán que condenar a muerte a esos doce, como habían condenado a muerte al Señor cinco años atrás.

¿Y por qué debían imponer semejantes medidas extremas? ¿Por qué querrían eliminar a esos doce hombres? ¿Era en realidad por celo religioso? ¡No! Era por la forma en que las cosas estaban aconteciendo: si no paraban a los Apóstoles, era sumamente posible que un día toda la ciudad se tornara para seguir a Cristo. ¿Dónde dejaría eso al Sanedrín? Los dejaría sin autoridad y sin posición. Quedarían sin empleo, sin su puesto.

Era eso lo que los tenía preocupados.

El sistema religioso de aquellos días tenía muy buenas razones para sentirse amenazado por ese nuevo movimiento dirigido por aquellos doce hombres. Los doce habían quebrantado repetidas veces la ordenanza municipal que prohibía absolutamente la proclamación del evangelio del Cristo resucitado y, juntamente con éste, el irritante evangelio del Reino, que ellos proclamaban. La ordenanza no había servido para nada. Los doce se tornaron más denodados que nunca después de promulgarse la ordenanza. Además, esa nueva entidad llamada ‘la iglesia’ estaba creciendo a pasos agigantados. Incluso últimamente muchas personas procedentes de toda Judea habían empezado a afluir a Jerusalén, trayendo consigo a sus enfermos para que fuesen sanados. Jerusalén se hallaba repleta de todos esos que venían de otras poblaciones; algunos de ellos incluso se quedaban, para formar parte de la iglesia. Todo ese asunto se estaba volviendo incontenible. Había llegado ya el momento de ponerle coto a los doce y a la iglesia.

La situación que prevalecía en Jerusalén en esos días, era una historia tan vieja como el propio hombre caído. Había aparecido algo nuevo que constituía una amenaza a la existencia del establecimiento. Lo ‘nuevo’ tenía que ser impedido por lo ‘establecido’, y por causa de lo ‘establecido’.

Obsérvese al sistema religioso —cualquier sistema religioso—cuando se llega a este punto: algún tipo de persecución va a comenzar.

Los doce apóstoles fueron conducidos al Salón de los Sillares de Piedras para ser interrogados por el concilio. Por cierto que sus respuestas no llegaron a disipar nada los temores de sus interrogadores. Nunca ningún acusado se había expresado con tanto denuedo ni con tanta autoridad como estos hombres. El cargo contra ellos —proclamar que Jesús era el Mesías— podía invocar la sentencia de muerte, pero ellos no tenían ni un ápice de miedo. Esos doce hombres estaban de pie, allí mismo delante de sus jueces, y todos ellos declaraban de plano que no tenían ninguna intención de permanecer callados en lo que a Jesús el Cristo se refería.

Ese augusto concilio también tenía toda la razón para creer lo que se les decía.

¿Por qué? Algo había ocurrido el día anterior que probaba, más allá de toda duda, que esos hombres querían decir exactamente lo que decían. El Sanedrín había puesto en la cárcel a esos apóstoles; pero durante la noche ellos habían ‘escapado’ de la cárcel... ¡ayudados nada menos que por un ángel! Entonces ellos, en vez de huir de la ciudad como habría hecho cualquier persona que tuviese cordura, salieron de la cárcel, encaminándose calle arriba directamente de regreso al templo, y allí, por la mañana, ¡empezaron a proclamar otra vez el evangelio de Jesucristo!

Un poco después, los agentes locales de la ley le comunicaron al Sanedrín la fuga de la cárcel, y luego              —avergonzados— le dijeron dónde habían hallado esa mañana a los doce hombres. Y ahora aquí estaban ellos de pie, encarando una posible sentencia de muerte, y todavía declaraban que si llegaban a salir vivos, de seguro que regresarían directamente al templo y quebrantarían una vez más la ley.

Frente a semejante franco desafío de la ley y de una orden, el Sanedrín tenía casi la obligación de honor de pronunciar la sentencia de muerte. Y probablemente lo habrían hecho, de no ser por las palabras de un venerado y anciano dignatario que había entre ellos. Su nombre era Gamaliel, y cada vez que él hablaba, sus consejos eran siempre cuidadosamente considerados. Gamaliel pidió que el tribunal tomara un receso para una sesión privada. En esa sesión celebrada a puertas cerradas, Gamaliel señaló que había una buena probabilidad de que ese nuevo movimiento simplemente se desvaneciera... si se le daba tiempo.

Las palabras Gamaliel les salvaron la vida a los doce. En vez de sentenciarlos a morir, el Sanedrín decidió asignar a cada uno de esos hombres una brutal paliza... los temidos treinta y nueve azotes.

Así fue como cada apóstol experimentó su primer verdadero sufrimiento por Cristo. Después que todos ellos fueron arrastrados afuera y azotados, los doce fueron traídos de nuevo ante el Sanedrín. Pero ni siquiera esa horrible experiencia de los latigazos había vencido su denuedo. Estaban sangrientos, atontados y medio muertos, pero seguían siendo desafiantes. Entonces, viendo que no podían hacer nada más, los dirigentes religiosos amenazaron a los doce y los pusieron en libertad. A lo sumo el Sanedrín terminó quedando en tablas.

Esa fue la primera persecución seria que sufrieron los seguidores de Cristo. Y ¿cuál fue su reacción?

¿Abatimiento?

Esos doce hombres estaban absolutamente desbordantes de gozo al salir de la sala del tribunal. ¡Al fin habían sido tenidos por dignos de sufrir por su Señor!

Experimentaban un gran regocijo.

El arresto y encarcelación, la liberación y fuga de la cárcel, la sentencia de muerte con que los amenazaron, la paliza, la intimidación de que no hablasen más de Jesucristo, todo ello hizo que los doce fueran caminando derechito de regreso al Pórtico, y a las casas, y que hablaran y predicaran con más denuedo que nunca. Y una vez más (por sexta vez) el número de creyentes —y por tanto la iglesia— creció, esta vez bajo el fuego impelente de esos doce hombres que ardían.

Naturalmente, las reuniones que se efectuaban en el pórtico eran cada vez más grandes. El número de casas en que la iglesia se reunía,también aumentó. (Ya para entonces probablemente se estaban usando bastante más de 200 hogares de creyentes para las reuniones de la iglesia.) Eran días verdaderamente asombrosos.

La conjetura más conservadora en cuanto al número de creyentes que constituían la iglesia en aquellos días, lo pondría por encima de los 15.000. De hecho, decir 20.000 sería mucho más realista.

Mientras todas esas cosas estimulantes estaban aconteciendo, el tiempo pasaba. La iglesia tenía ya cinco años de edad.

 

El primer problema serio que la iglesia había tenido hasta entonces, quedaba atrás. La primera persecución había venido del exterior, esto es, del mundo religioso. Delante se perfilaba una segunda serie de problemas, pero esta vez vendría desde adentro de la iglesia misma.

Es alrededor del año 35 A. D.

10

Siete hombres

U

nas veinte mil personas. Piense en todos los problemas. Viviendo en común.

Piense en todos los detalles.

Tan sólo doce apóstoles para atender todo eso. 

Las cosas pequeñas siempre iban mal. 

Algo grande iba a salir mal algún día. 

¡Y así mismo fue!

¡Imagínese qué significaba el hecho de haber alrededor de 20.000 personas viviendo en común! Por ejemplo, había que hallar y comprar alimentos cada día. Luego había que distribuirlos de alguna manera para alimentar a 20.000 bocas. Todo esa compra y distribución era tarea de los apóstoles —así como también una miríada de otras responsabilidades. Por supuesto, el ministerio era primero. De modo que, todo lo que hacían para supervisar la vida en común, lo hacían en el tiempo que les quedaba libre. Para hacer otras cosas, había otros creyentes que ayudaban. Pero ‘la ayuda’ consistía en que alguien estuviese casualmente cerca cuando surgía el problema.

Los apóstoles nunca se ‘organizaron’. Todo lo relativo a la vida en común de la iglesia, así como todas las demás cosas, se atendían en una forma grandemente caótica. Toda ayuda era voluntaria y al azar. Ahora bien, la labor voluntaria en la viña del Señor es preciosa, ofrecida siempre con un corazón amoroso y un verdadero deseo de ayudar. No obstante, a veces la misma puede ser muy informal.

Pero eso estaba muy bien. Nadie se quejaba —al menos no en voz alta. Después de todo, hasta los apóstoles recordaban todavía muy claramente cuán chapuceros, informales y torpes habían sido ellos mismos... ¡y ni siquiera hacía tanto!

Así que la iglesia de Jerusalén era como debía ser: chapucera, caótica, desorganizada, sin estructura ni planificaciones, donde a cada nueva necesidad se le hacía frente mediante la labor voluntaria. Era toda disparatada e informal, pero todos la amaban así como era.

Por ejemplo, alguien se ofrecía voluntariamente para hacer un determinado trabajo. ¡Magnífico! Pero luego ese ‘ voluntario’ se topaba con algunos obstáculos y posponía ciertos detalles por algún tiempo. Unos meses después ya se olvidaba de todo lo relativo a ese trabajo, lo dejaba y no le decía a nadie que se iba. De pronto todo salía mal. Todos quedaban frustrados. Quizás hasta un poco disgustados. Luego todos empezaban a recoger de nuevo las piezas sueltas y todo el proceso comenzaba otra vez.

Entonces algún apreciado hermano, al observar toda esa confusión...provocada por ese otro hermano tan informal, pensaba que podía hacer mejor ese trabajo. De modo que se encargaba del mismo. Luego pasaban algunos meses más; y este segundo hermano también lo enredaba todo y a todos. En efecto, éste era exactamente tan informal como el anterior. Una vez más todo ese asunto resultaba un desastre. Una y otra vez, año tras año, era la misma historia. Todos quedaban expuestos; ninguno era tan grande, después de todo. Todos escarmentaban.

Todo el asunto de la vida de iglesia es siempre un semillero de humildad. Ahora la iglesia tiene ya unos siete años sin haberse organizado nunca... ni ha sido nunca estructurada.Toda ella está unida por amor y paciencia. Es unaconfusión; es como una gran masa de materia pegajosa que de cierto modo está rezumando.

Era de esperar que algo sucediera.

Finalmente, las cosas se tornaron incontrolables. Quizás fue el propio tamaño de toda ella. Tal vez fue porque habían pasado siete años. O quizás fue porque el Señor sabía que ya era hora de comenzar... sólo comenzar... a levantar algunos hombres de Dios más. Fuese como fuese, la iglesia experimentó su primer problema grande como a los siete años de su historia.

Sucedió de la manera siguiente:

Algunas de las viudas que no eran originalmente de Jerusalén, empezaron a mirar la cantidad de alimentos que recibían, y luego a mirar el tamaño de las raciones de alimentos de algunas de las viudas locales, y entonces empezaron a hacer algunas comparaciones. Y no les gustó lo que vieron.

Probablemente, en su excesivo celo, algún hermano joven y soltero, de Jerusalén, dejó —inconscientemente— que asomaran sus prejuicios locales al distribuir las raciones diarias.

Como quiera que fuese, las viudas de habla griega empezaron a murmurar. La murmuración se extendió y en poco tiempo infectó a toda la iglesia. Y así como sucedió con aquellos que seguían a Moisés en el desierto, una vez que empezó la murmuración, menguó la bendición de Dios que aumentaba en espiral... luego paró.

La murmuración es algo que siempre detiene el movimiento progresivo de Dios.

Lo asombroso del caso no es que había empezado la murmuración en la iglesia de Dios. ¡Lo asombroso es que en realidad la iglesia existió durante siete largos años antes de que sucediera semejante cosa! (Probablemente, ése es todavía el récord mundial de unidad intachable entre el pueblo de Dios.) Y es igualmente asombroso cómo la gente, tanto de entonces como de ahora, puede ser tan ingenua. Creen realmente que todas esas buenas y amables personas con quienes han quedado entremezclados, sencillamente nunca irán a comenzar una contienda de iglesia.

El hecho es que ocurrirá siempre.(¡¡No hay excepciones!!)

Alabado sea el Señor que cuando ocurrió ese primer problema interno en la historia de la iglesia, los apóstoles estaban allí para manejarlo. Y aquí una vez más se nos trae de vuelta a ese punto clave que es el oficio de apóstol (o apostolado, en este sentido). Son apóstoles los que levantan iglesias. Sin apóstoles no hay vida de iglesia. Sin ellos toda esta empresa que se llama ‘iglesia’ está destinada a la ruina aun antes de empezar.

Puede que usted crea que de veras le gustaría experimentar la vida de iglesia de la manera que los creyentes del primer siglo la experimentaban. Puede que crea que esto es lo que usted quiere y lo que necesita. Puede que usted crea que esto está en el centro del propósito de Dios. Puede que incluso crea que está preparado para dar su vida por una cosa semejante. Pero sus probabilidades de reunirse con un grupo de creyentes y luego llegar a tener una verdadera vida de iglesia, de hecho son escasas... a menos que comience con el oficio de apóstol.

Es en momentos como éstos —momentos en que surge una contienda— (momentos que tienen que venir), que se hace evidente la necesidad del oficio de apóstol. El apostolado precede a la vida de iglesia.

(Hoy en día hay un fuerte sentir entre muchos creyentes, en cuanto a que la práctica de la iglesia puede empezar espontáneamente, o sea, que un grupo de personas no necesita ninguna ayuda especial, que “Dios puede levantar una iglesia que tenga verdadera vida corporativa. Dios no necesita apóstoles que lo ayuden. Todo lo que tenemos que hacer es tener un grupo de personas que se amen unos a los otros, que se reúnan en los hogares, que obedezcan las Escrituras, etcétera, y pronto tendremos la iglesia como ella debe ser.”

(Sí, es cierto, un grupo así podría efectivamente comenzar en forma espontánea, y podría proseguir muy bien sin la ayuda de nadie... al principio. La confraternidad de ese grupo puede ser en efecto hermosa. Incluso puede tener un poco delverdadero saber de la vida de iglesia, pero usted puede estar completamente seguro de esto: ese pequeño grupo no puede sobrevivir por mucho tiempo. En primer lugar, Dios no permitirá nunca una así llamada iglesia ‘espontánea’. Ni siquiera cuando parece que tales grupos brotan dondequiera, en todas partes de la tierra... ¡espontáneamente! Por extraño que pueda parecer, la iglesia espontánea es contraria al modo ordenado de Dios. Cientos y cientos de ‘grupos de hogar’ brotan cada año            —mayormente entre jóvenes muy apreciados y muy consagrados. Tratan de tener ‘vida corporativa’, en ser una iglesia espontánea, pero invariablemente se desintegran. ¡Tales grupos han evidenciado una y otra vez que semejante cosa resulta simplemente imposible! Con todo, siempre hay otro grupo que viene a tomar el lugar del último. Este nuevo grupo se siente absolutamente seguro de que ellos sí lo lograrán; ellos serán la excepción donde todos los demás han fallado.

(Luego repare en esto: no hay constancia de que haya habido ninguna iglesia ‘espontánea’ en todo el primer siglo. ¡¡Siempre hubo ayuda externa!! Y añada esto: si no hubiese habido apóstoles en aquellos años formativos de suma importancia, usted puede estar seguro de que ¡hasta la iglesia de Jerusalén se habría venido abajo! Para sobrevivir de manera apropiada, se ha de tener ayuda externa de estatura apostólica. ¡Ahora, simplemente trate usted de encontrar esa clase de ayuda! Cuándo por último usted llega al punto de insistir en ese estándar —una ayuda de estatura apostólica— ¡entonces realmente encara un problema! Si se contenta con algo menos, acabará por desanimarse. Y ándese con cuidado si cree que ha encontrado esa ayuda. Hay muchos por allí alrededor muy deseosos de ayudarlo. Algunos hasta lucen bastante esmerados. ¡Dicen que “han visto la iglesia”! Pero no han tenido años de experimentar la iglesia.

(¿Qué probabilidades hay al presente de encontrar ayuda de la estatura que Dios tenía en el primer siglo? considérese esto. Durante todo el primer siglo hubo alrededor de veinte a veinticinco hombres que tenían el título de ‘Apóstol’. Hasta un número tan pequeño fue una cosecha superabundante comparada con cualquier siglo a partir de entonces. De modo que tratar de hallar hombres de una estatura apostólica para que ayuden a ese pequeño grupo suyo, puede resultar un problema bien grande, mucho más grande de lo que usted se figura. En el proceso de buscarlos, usted puede incluso descubrir por qué desde hace unos 1.700 años ¡prácticamente no existe esa verdadera vida de iglesia!)

Por último, la murmuración llegó a oídos de los apóstoles. Ellos se reunieron inmediatamente para resolver qué debían hacer con esa primera contienda en la iglesia. Al considerar la decisión que tomaron, adquirimos un verdadero conocimiento acera de esos doce hombres. Actuaron en una forma muy práctica. No hubo nada espiritual en su decisión. Ni nada legalista. (No evocaron una veintena de reglas para estregarlas en cada una a fin de que obedecieran. Las reglas siempre detienen la murmuración.)1

La decisión fue muy sencilla. Las multitudes eran demasiado grandes como para que los apóstoles solos manejaran el racionamiento de alimentos. Entonces la conclusión fue: ¡algunos otros debían hacerlo!

¡Esa fue la sencilla solución! Los doce forjaron los detalles de cómo hacer eso y luego convocaron a la iglesia.

(Nótese el alcance de la responsabilidad de los apóstoles en ese momento de la historia de la iglesia. Estaban enteramente a cargo de todo el ministerio y de toda la administración. De la única cosa de que no estaban encargados, eran esas reuniones que efectuaban en las casas. Si una iglesia es nueva, y hay presente algún apóstol, ese apóstol estará a cargo de casi todo. Pero podemos estar seguros también de que, si ése es un verdadero apóstol, llegará el día en que traspasará la administración de esa iglesia a otros. Más aún, con el tiempo él mismo se retirará en forma completa de esa iglesia, esto es, de hecho se irá de esa ciudad. Y las reuniones de hogar serán siempre del todo libres, esté el presente o no.)

El día que los doce convocaron a la iglesia y ésta se congregó para oír la decisión de los apóstoles, fue probablemente para experimentar la primera ‘reunión de negocios de la iglesia’ en la historia. Los apóstoles le pidieron a la iglesia que escogiera a siete hombres que se encargasen de la distribución de las raciones. Entonces los doce fijaron algunas pautas según las cuales la iglesia debía elegir a esos hombres.

1. Nótese que los apóstoles no resolvieron el problema con el método tradicional de atacar a los que estaban murmurando o a aquellos que estaban realizando la distribución injusta. ¡No! Y tampoco excomulgaron a un montón de personas. Simplemente resolvieron el problema.

Veamos a continuación esas pautas.

En primer lugar, esos siete hombres debían ser hombres que hubiesen estado con ellos por un tiempo bastante largo como para haber sido bien observados y probados. Esto es, ¿habían tenido un trabajo fijo? ¿Eran dignos de confianza y honrados? ¿No eran perezosos, ineficientes para seguir instrucciones? En otras palabras, esos siete hombres debían tener una buena reputación de parte de otros en la iglesia. Segundo, esos hombres debían estar llenos del Espíritu Santo. Y tercero, debían ser hombres sabios, juiciosos y prácticos. Era un trabajo que requería tener predisposición a lo práctico.

En cuanto los apóstoles terminaron de explicar todo esto, la multitud respondió con entusiasmo. Inmediatamente la iglesia se puso en acción para elegir a los siete hombres.

¿Cómo escogieron unas 20.000 personas a siete hombres? Eso no lo sabemos. (¡Ciertamente no por medio de comités!)

Lo efectuaron bien pronto. Entonces se convocó a otra reunión. Esta vez fueron los apóstoles los que estaban esperando la sorpresa. Uno por uno los siete hombres fueron presentados ante los apóstoles. (En los capítulos siguientes volveremos a encontrarnos con dos de los siete hombres que fueron presentados. Uno de esos dos se llamaba Esteban, y el otro, Felipe.)

Los apóstoles observaban. Debe haber sido una escena sumamente interesante. Cuando esos siete hombres estuvieron parados delante de ellos, nuevamente les tocó el turno a los apóstoles. Ese día los doce hicieron algo que no se había hecho nunca antes en toda la historia de la iglesia. (Desde luego, la historia de la iglesia ¡tenía tan sólo unos siete años!)

Los apóstoles les impusieron las manos a los siete.

El asunto este de imponer las manos tiene una multitud de significados. Ese día la imposición de manos probablemente significó que los apóstoles les pasaban a esos siete hombres algo de la responsabilidad que Dios les había asignado a ellos. Dicha imposición de manos era también una señal de que en ese día el cuerpo de Cristo les transmitía a esas siete partes específicas de dicho cuerpo, algunas funciones especiales que ellos debían desempeñar en beneficio de todo el cuerpo.

Y eso trae a colación una fascinante pregunta. ¿En realidad qué eran ‘los siete’?

—¿Eran diáconos?

—¡No!

—¿Eran ancianos?

—¡No!

—¿apóstoles, tal vez?

—¡No!

—Entonces ¿qué eran esos hombres?

La respuesta es tan sencilla: esos hombres eran los siete. Ni más, ni menos.

Si ese día usted hubiese estado allí y después de aquella reunión se hubiese acercado a uno de los apóstoles para preguntarle: “Pedro, ¿son ancianos estos hombres? o son diáconos?” De seguro que Pedro lo habría mirado desconcertado y le habría contestado: “¿Y qué es un anciano? ¿Qué entiendes por diácono?” Los apóstoles no habían soñado nunca con una idea semejante. No en aquel entonces.

O si alguien le hubiese preguntado a Pedro cuáles eran los deberes de un anciano, o cuáles eran los requisitos para serlo, él habría quedado igualmente tan confundido. Aun si le hubiese pedido una buena y clara definición de qué era un apóstol y cuales era sus deberes, él habría tenido que responder: “No tengo la menor idea... ¡todo lo que sé es que yo soy uno! ¡ Obsérvame y averígualo!”

La cuestión es ésta: aun cuando la iglesia tenía unos siete años ya, nadie había pensado nunca en ancianos. En esa nueva empresa llamada ‘iglesia’ nunca se había oído siquiera el concepto de ‘ancianos’.

Cabía decir lo mismo de ‘diáconos’. Tampoco se había oído hablar de un diácono como de algo especial. Todos los creyentes eran diáconos... puesto que este término significaba simplemente siervo... una palabra de uso muy común entonces. Todos los creyentes se consideraban a sí mismos como siervos de Jesucristo.

Puede que al principio resulte difícil comprender esto, pero los apóstoles nunca habían concebido siquiera la idea de que algún día habrían de existir oficios tales como ‘superintendente’ en la iglesia. Ellos nunca soñaron que algún día aparecerían hombres que demostrarían tener un don que haría que se los llamase ‘evangelistas’. Tampoco soñaron nunca que un día la iglesia tendría evangelistas; ni que habría hombres que tendrían un don que haría que se los designara ‘profetas’.

Sí; vendría ese día. La iglesia tendría hombres así. Pero ese día aún se encontraba muy lejos en el futuro. Ahora mismo, siete años después de Pentecostés, aún no había más que dos grupos en la iglesia: apóstoles y unos 20.000 creyentes (siete de esos 20.000 tenían la tarea de distribuir las raciones de alimentos). Todavía no se soñaba siquiera con ancianos, profetas, maestros, evangelistas, etcétera.

En este nuestro siglo se ha perdido completamente de vista este sencillo hecho. Los hombres de hoy revuelven la literatura del primer siglo tratando de averiguar, con su mejor esfuerzo: “¿Qué es un anciano? ¿Qué es lo que hace?” o “¿Qué es un profeta? ¿qué es lo que un profeta hace?”

Parar allí podría no ser tan peligroso. Pero seguir adelante y decir: “Aquí tenemos ahora los deberes de un anciano de la iglesia. Tome usted esta lista; apréndase de memoria todos los deberes de un anciano; entonces vaya y haga esas cosas.” Eso ya es bastante malo, pero los hombres no se detienen allí tampoco. Empiezan a inspeccionarse unos a otros. “¡Tal vez él es profeta!” “¡Si usted es evangelista, entonces se supone que haga esto y esto y esto!”

¡Dignos de compasión!

Pero ocurre una tragedia peor aún, cuando, por ejemplo, un grupo de creyentes de nuestros días empieza a celebrar reuniones a fin de tener una ‘iglesia del Nuevo Testamento’. Al principio se congregan en las casas y se reúnen con la esperanza y la expectativa de tener una verdadera vida de iglesia. Después surge invariablemente la idea de que el grupo necesita ancianos. (No los necesitan.) Asimismo, abrigan grandes esperanzas de que muy pronto, en una forma del todo espontánea, el Señor habrá de levantar evangelistas, profetas, etcétera, también —¡tal vez en unos meses nada más! (Él no lo hará.)

Eso es simplemente imposible.

Como veremos, se requirieron doce años para que semejante cosa ocurriera en Jerusalén... y sucedió sólo después que esos hombres pasaron por años de experiencias y de pruebas de fuego. Y además, tenían doce apóstoles que impulsaban el avance de las cosas. Hoy no tomará menos tiempo ver surgir verdaderos ancianos, de modo especial ahora que el nivel de vida de iglesia se halla tan lejos de toda experiencia del primer siglo. Tomará un tiempo muy largo antes de que algún hombre de hoy vea levantarse la iglesia y la vea producir orgánicamente cosas tales como ancianos, profetas etc. En la cristiandad de hoy las condiciones se hallan tan lejos y atrás, en lo referente a los ingredientes necesarios para producir verdaderos ancianos, etcétera, que nos encontramos enteramente tan en el punto de partida como lo estaba la iglesia de Jerusalén.

El asunto es éste: primero la vida de iglesia produce al hombre: el hombre crea el oficio, y no es el oficio el que crea al hombre. A medida que se desenvuelve la historia de la iglesia, veremos que es el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo solo, el que levanta hombres y les otorga funciones, oficios y dones. Sin embargo, al principio esos hombres realmente no sabían que tenían algún don u oficio que el Espíritu Santo les había dado. Sin saberlo, comenzaron a desempeñar sus dones y sus oficios. Al principio, las cosas que hacían y lo que eran, pasaban sin ser clasificadas, ni elogiadas, ni honradas, y casi ni advertidas. Luego, unos meses o años después que esos hombres iniciaron sus funciones, los apóstoles empezaron a rascarse la cabeza: ¡algo extraordinario estaba ocurriendo! Finalmente se dieron cuenta de que el Espíritu Santo había hecho algo nuevo. Él había otorgado dones —hombres dotados— a la iglesia. Había dado oficios a la iglesia. Los apóstoles comprendieron que Dios tenía planeado dar más oficios a la iglesia que tan sólo el de apóstoles. Probablemente quedaron maravillados por el descubrimiento.

¿Y cómo los apóstoles finalmente descubrieron esto? Ciertamente no leyendo un libro de texto.

Entonces ¿cómo?

¡Observando a los hombres que habían recibido esos oficios! ¡Viendo realmente los dones! Viendo cómo esos hombres ejercían dichos dones. Cayeron en la cuenta de ellos mirando a esos hombres que andaban delante de ellos.

Fue solamente entonces —después que esos hombres dotados de dones habían pasado años experimentando la vida de iglesia, muchodespués que el Espíritu Santo plantara el don en ellosy dejara que ese don creciera gradualmente hasta alcanzar plena estatura, y mucho después de que ese don estaba en plena operación— que los apóstoles cayeron en la cuenta de que Dios había dado dones y oficios de la iglesia. Cuando se llegó a ese punto, los apóstoles empezaron a tratar de hallar qué rótulo les pondrían a esos hombres. El rótulo —el nombre— estaba allí sólo como un medio que describía lo que esoshombres ya eran. Con dicho título se procuraba proclamar lo que ellos ya habían estado haciendo... en forma orgánica. El nombre con que los llamaron, sólo describía lo que el Espíritu Santo ya había hecho en ellos.

Ciertamente los apóstoles no prepararon una lista para dársela a esos hombres, diciéndoles: “Bueno, aquí está descrito qué es un anciano, cumplan esto. Aquí está lo que es un evangelista, de modo que hagan esto y esto.” No; sino que para descubrir qué era un anciano, observaron a esos hombres a quienes el Espíritu Santo había hecho ancianos. La lista procedió de observar a esos hombres mismos.

Una vez más: todo esto, como lo veremos, llevó doce años... con la ayuda de doce apóstoles... ¡no lo olvide!

¿Dónde nos deja esto? En el punto de partida. ¡Eso es!

¿Qué debemos hacer, aquí en nuestra propia época, para volver a estos primeros principios? ¡La respuesta es clara!

El primer paso es abandonar nuestra mentalidad inconstante. Para ver qué es un verdadero anciano o un verdadero evangelista, tenemos que ver primero una plena restauración de la verdadera vida de iglesia. Este debe ser el primer orden del día. No debemos precipitar la parte de los ‘dones’. De lo contrario, ¡nunca tendremos vida de iglesia! Tienen que pasar años. El Espíritu Santo debe tener tiempo para hacer su obra. Además, la iglesia debe pasar probablemente por varias tremendas crisis. Es entonces cuando el verdadero presbiterado u oficiode anciano empieza a quedar enfocado. Entonces el Espíritu Santo levantará ancianos, y evangelistas, etcétera, por medio de la iglesia. En ese punto todos pueden echarse atrás y decir: “¡Oh, de modo que eso es lo que un anciano es; así que eso es lo que es un evangelista!”

Cómo quiera que sea, ¿qué es un evangelista?

¿Quién sabe? Sólo viendo restaurada la vida de iglesia lo llegaremos a saber.

En otras palabras, el Espíritu Santo está exactamente tan capacitado hoy para levantar hombres como aquéllos, y oficios y funciones como aquéllos, como lo estaba en los días de la iglesia primitiva. Los ancianos, los profetas y los evangelistas están todos allí en Él, dentro del Espíritu Santo. Forma parte de la innata naturaleza del Espíritu Santo el levantar ancianos, profetas y evangelistas. Ellos son literalmente parte de su naturaleza. Pero el Espíritu Santo requiere dos cosas, las mismas dos cosas que requería en el primer siglo. Él requiere una verdadera experiencia de iglesia y requiere tiempo.

Los profetas, evangelistas y demás hombres dotados son productos de una vida de iglesia localizable —no de seminarios, no de talentos personales, no de preferencias individuales. Durante todo el primer siglo fue el Espíritu Santo, en la vida práctica de la iglesia, el que levantó a diversos hombres. Trágicamente, en nuestros días estamos desprovistos de semejante ‘incubadora’.

Entonces, ¿cuál es el verdadero significado de esos siete hombres que la iglesia acaba de escoger, si no son ancianos, ni diáconos, ni evangelistas, ni maestros? Esos hombres no son más que el primer pequeño indicio de que esos dones, esos oficios y esos hombres podrían existir allá, en el futuro distante, en alguna parte. ¡Funciones tales como la de ancianos y diáconos, aún estaban a años de distancia!

Como quiera que sea, la iglesia eligió a esos siete, los apóstoles les impusieron las manos, los siete fueron a trabajar en el problema de los alimentos y la murmuración terminó. Y de nuevo, la iglesia siguió su curso.

Y una vez más —apenas la murmuración terminó— ¡la iglesia experimentó una explosión demográfica! Una vez más, por séptima vez, para ser exactos, gran número de personas recibía su salvación. La iglesia crecía a pasos agigantados.

Podemos suponer con seguridad, que para entonces el número total de creyentes había alcanzado ya los 20.000.

Durante esa séptima gran oleada de crecimiento sucedió algo nuevo. Cómo siempre, muchas personas recibían su salvación, pero esta vez ¡se convertían hasta sacerdotes del templo! Eso marcó un punto decisivo en la iglesia —aquello no tenía precedentes. De hecho, la conversión de sacerdotes hizo un inmediato impacto en la historia de la iglesia.

¿Cuál fue ese impacto?

La nueva de que algunos sacerdotes se estaban convirtiendo a Cristo, inició un pánico en el sistema religioso de Jerusalén. El Sanedrín se enfureció.

El sistema religioso siempre puede habérselas con un nuevo movimiento, mientras el mismo alcanza únicamente al hombre de la calle. Pero cuando esa nueva obra comienza a llevarse a hombres de dentro de la estructura misma, entonces ya empiezan a suceder cosas. Un ataque viene en camino.

(En ese momento la iglesia se regocijaba al ver cómo religiosos profesionales se convertían a Cristo; pero muchos años a contar de entonces esos sacerdotes creyentes perjudicarían grandemente a la iglesia de Jerusalén. Pero ésa es otra historia.)

En cuanto llegó a oídos del Sanedrín que ahora también había sacerdotes que creían en Cristo, de inmediato comenzaron a urdir planes para destruir la iglesia.

A propósito, esto nos da una indicación más del ‘oficio’ de los siete: ¡su trabajo no duró mucho! Veremos que, como resultado de la persecución que estaba a punto de comenzar, esos siete hombres tuvieron su trabajo tan sólo por un período de tiempo muy corto. Uno de los siete será muerto en breve, los otros seis huirán de la ciudad. Es probable que su trabajo no durara más de un año. De modo que podemos ver conclusivamente que esos hombres no eran diáconos, como se supone con frecuencia. Eran simplemente ‘los siete’.

La iglesia se dirigía hacia un gigantesco cataclismo. Estaba a punto de caer una persecución de primera magnitud sobre la iglesia de Jerusalén. Aquélla habría de ser una de las horas más tenebrosas de toda la historia de la iglesia.

Veamos qué fue lo que desencadenó ese holocausto. Tiberio acababa de terminar su reinado de veintitrés años como Emperador del imperio romano. Gayo Calígula acababa de ser nombrado nuevo Emperador en su lugar. Y ahora usted está a punto de conocer a dos hombres jóvenes, a quienes se recuerda más que a esos dos emperadores juntos.

Corre el año 37 A. D.

11

Dos titanes

D

os de los hombres más destacados del primer siglo están a punto de chocar de frente. La furia de ese choque habrá de llevar a la iglesia muy cerca de la aniquilación.

Es necesario que les echemos un vistazo a esos dos creyentes, puesto que afectan en gran manera la historia de la iglesia de Jerusalén.

El primero de esos dos hombres jóvenes es Esteban —uno de los siete.

El segundo esun hombre joven llamado Saulo, un inconverso. Consideremos primero a Esteban.

Si Esteban tenía unos veinticinco años cuando se convirtió, entonces a la sazón tiene alrededor de treinta y tres. Sólo recientemente hemos oído hablar de él, ya que hasta ahora él venía pasando por sus ‘años perdidos’. Por último, apareció.

Resulta interesante notar aquí, que en la iglesia primitiva la mayor parte de los creyentes dotados sólo llegaron a ser verdaderos instrumentos enviados por Dios, después de los treinta y cinco a cuarenta y algo de años de edad. Todos los bien conocidos creyentes del primer siglo pasaron por un prolongado período de preparación, un tiempo en que no hicieron nada.

Esteban fue innegablemente uno de los personajes más grandes de la iglesia primitiva. Él fue el primer gran personaje que surgió después de los apóstoles. Fue un igual suyo en todos los aspectos. De hecho, hay pocos en toda la historia de la iglesia que hayan igualado a Esteban. No obstante, hasta él pasó por un largo período de total inactividad y de no ser nada.

¿Qué fue lo que realmente produjo a Esteban? Esta es una excitante pregunta.

En Jerusalén Esteban era un extranjero. Era judío, sí; pero, con todo, en la Ciudad Santa era un forastero. En su origen, él era de fuera de Judea y, a diferencia de los judíos de Judea, se crió en medio de la cultura romana y griega. Fue un viaje a Jerusalén lo que trajo a Esteban a Cristo... y a la iglesia. Sin duda alguna oyó hablar a Pedro el día de Pentecostés y se convirtió a Cristo. Aquel día Esteban no era más que un rostro en la multitud, pero quedó cautivado por su nuevo Señor. Ese amor inició la gran transformación que experimentó Esteban en el curso de los ocho años siguientes.

¿Cuáles fueron los ingredientes de su transformación?

El primer ingrediente se sumó el día que Esteban recibió su salvación. Fue bautizado... ¡junto con alrededor de otras tres mil personas! (Nótese que él no habló en lenguas, ni recibió poder de lo alto, ni salió a predicar el evangelio. Ninguno de los 3.000 lo hizo.)

En los días subsiguientes, Esteban tuvo su segunda gran experiencia. Decidió renunciar a todo —país, amigos, su familia, su hogar y su trabajo, para quedarse en Jerusalén. Lo vendió todo y lo dio todo: se quedó sin una blanca. Esa fue su entrada a un estado de total renuncia, y para él ésa fue una decisión de ‘para el resto de mi vida’. Él andaría en la tierra en la forma que su Señor lo había hecho: sin poseer absolutamente nada.

En tercer lugar, Esteban se entregó por completo a la vida y la confraternidad de la iglesia.

En pocas palabras, Esteban obedeció el evangelio del Reino. Comenzó sin tener nada en absoluto; dio todo su tiempo, su vida entera, para experimentar las profundidades de su Señor.

Todo eso tuvo lugar en los primeros dos días de su nueva vida.

La cuarta experiencia grande en la vida de Esteban ocurrió cuando, junto con docenas de otros creyentes, se mudó a una casa y la llamó ‘hogar’. ¡Todo lo que tenía allí era un espacio como de dos metros de largo por unos 90 centímetros de ancho, en el suelo de la sala de estar de alguien!

En su nuevo hogar, Esteban empezó la gloriosa aventura de algo llamado vida corporativa. (No hay nada igual a ella.) Fue un singular privilegio para él vivir esos días gloriosos, agitados, inolvidables y turbulentos de los comienzos de la iglesia. Bajo aquellas atestadas y siempre cambiantes condiciones, Esteban aprendió a experimentar a su Señor con otros. Aquello sirvió para mantenerlo humano en tanto aprendía a ser divino. De modo que añádase la vida corporativa como un ingrediente en la vida de Esteban. Dicho de otro modo, él tuvo la más nítida experiencia que Dios haya inventado jamás para exponer a los hombres por lo que realmente son —y con todo, hacerlos crecer en Cristo.

¿Qué vino después? Esteban iba a los predios del templo todos los días y se sentaba a los pies de los apóstoles. Junto con miles de otros creyentes escuchaba la enseñanza de los apóstoles y se emocionaba al descubrir sus propias riquezas en Cristo. Oyó hablar de las profundidades de Cristo. Fue iniciado en las formas prácticas de experimentar y conocer a Cristo. Le mostraron las profundidades de las riquezas de Cristo. Los apóstoles hacían muy real, muy práctico y muy asequible a Jesucristo.

Podríamos añadir una cosa más que Esteban aprendió de los apóstoles. Empezó a aprender algo acerca de la sumisión y la autoridad. Aprendió a someterse a sus superiores... y observó cómo los hombres que ejercían esa autoridad lo hacían con humildad y mansedumbre. Así que, añádase a la vida de Esteban la experiencia de estar bajo la autoridad y la enseñanza de un apóstol.

Saliendo del Pórtico cada tarde, seis días a la semana, Esteban regresaba a su atestado hogar y se reunía con sus hermanos y hermanas. Allí gustaba de nuevo esa experiencia colectiva de seguir a Cristo; allí bebía también del gozo de las reuniones de hogar. Poco a poco Esteban aprendía a experimentar a Cristo en forma individual y colectiva. Día a día se enriquecía en la experiencia de Cristo.

Esteban hizo también una cosa más en aquellos días: cometió un montón de errores.

A veces se desanimaba; quizás hasta tuviera algunos serios problemas de adaptación con algunos de sus compañeros de cuarto. Fue probablemente en las cosas diarias donde aprendió sus primeras lecciones en quedar expuesto; en quebrantamiento, confesión; perdonando, ajustándose, siendo perdonado; en sumisión, en mutua indulgencia y tal vez hasta en la turbación de ser sometido. Y cuando llegaban creyentes aún más nuevos que él para quedarse, aprendía a tener paciencia, ternura, amabilidad, compasión, comprensión y ánimo. Esteban aprendió a ser benigno y humilde.

Algunas veces Esteban, igual que cualquier nuevo creyente, simplemente creyó que nunca lo lograría. Pero siempre tuvo algo muy especial a su favor durante esos días oscuros: tenía a sus hermanos y hermanas que lo alentaban, lo sostenían y lo ayudaban a seguir adelante. Esa era parte de la hermosura de la iglesia primitiva y una de los mayores secretos de su existencia.

En la iglesia usted lo logra porque el empeño es colectivo.

Una cosa más. Esteban era un hombre joven y sin embargo no servía al Señor. Esa era una tremenda ventaja. ¿Por qué no salía nunca en ‘misiones de predicación’? ¿Por qué perdió esos preciosos años inmediatamente anteriores a sus treinta, como también los subsiguientes? ¿Por qué los apóstoles no lo pusieron a trabajar? Quizás fue porque los apóstoles recordaban que en los tres años y meses que vivieron con Jesús, pasaron sólo catorce días en servicio propiamente dicho.

Tal vez la mayor tragedia específica de la cristiandad de hoy día se encuentra aquí: el hábito de poner a hombres jóvenes celosos a trabajar por Cristo en un servicio de tiempo completo. Esto no tiene paralelo en el primer siglo. Hace naufragar la vida de los hombres. (¿Cómo podría alguien que tiene veinte y tantos años, haber venido posiblemente a conocer las profundidades de Jesucristo?) Andando el tiempo, en algún lugar, un día esto hace naufragar la vida de los hombres.

No hay excepciones.

Esteban tuvo que esperar sentado. Gracias sean dadas a Dios por ello.

De modo que aquí tenemos lo que Estaban, el joven converso, tenía a su favor: 1) las palabras de los apóstoles, así como la experiencia de vivir bajo autoridad; 2) las reuniones efectuadas en hogares; 3) su experiencia de Cristo adquirida en forma corporativa y su exposición entre sus hermanos y hermanas; y sobre todo, 4) su creciente habilidad de experimentar la presencia de Cristo todo el día... sin quedar naufragado por algo que llaman ‘servicio de tiempo completo en la obra del Señor’.

Poco a poco Esteban empezó a entender y a vivir mediante el Cristo que habitaba en él. Poco a poco Cristo crecía en él. Día tras día el Señor entretejía su divina naturaleza en ese hombre que una vez fuera común y corriente. Ese nuevo creyente estaba siendo transformado lentamente hasta alcanzar plena estatura. A medida que pasaban los años, Esteban conocía experiencias verdaderamente profundas con Jesucristo.

Usted podrá pensar que todo esto es muy lindo, pero ¿se da cuenta de que, según las normas del siglo veinte, Esteban era un tibio? Nunca testificaba, nunca obraba milagros, no “iba por todo el mundo a predicar el evangelio”—pero sin embargo él había testificado el día de Pentecostés. Esteban recibió la ‘experiencia de Pentecostés’ el día mismo que ocurrió.

Ahora todos saben que si uno tiene la experiencia de Pentecostés, está investido de poder de lo alto. Y después de eso, se supone que usted vaya y vire el mundo al revés. Pues bien, Esteban no hizo eso. Él estuvo allí el día que sucedió, pero durante los ocho años subsiguientes no hizo nada ni fue a ninguna parte. No consta que ni él ni los 3.000 ni ninguna otra persona, excepto los doce, ‘salvaran un alma’, ni obraran ningún milagro, ni predicaran mensaje alguno. Ni tan siquiera los apóstoles salieron fuera de los límites de la ciudad. De modo que, de acuerdo al concepto que hoy día tenemos de Pentecostés, ¡hasta los apóstoles fueron desobedientes!

La historia lo demuestra: ninguno de aquellos 3.000 convertidos que pasaron por Pentecostés hizo nada durante ocho años. Según el concepto que actualmente se tiene de Pentecostés, todos aquellos que realmente experimentaron Pentecostés, fueron discípulos tibios y desobedientes.

El concepto que hoy se tiene de la experiencia pentecostal va más lejos: “Después que usted haya recibido la experiencia de Pentecostés, estará investido de poder (de sanidad, evangelismo, etcétera), y tendrá la llave a una vida victoriosa y superará todos los problemas espirituales. Prosperará y será feliz. Usted será como aquellos 3.000 en el día de Pentecostés. Tome el atajo. Vire el mundo al revés. Tenga la experiencia de Pentecostés.”

¡Pero ésta no es la versión de Pentecostés que se tenía en el primer siglo! Solamente los doce fueron investidos de poder el día de Pentecostés. Ni siquiera el resto de los 120 participó de eso.

Los doce fueron investidos de poder tan sólo porque recibieron el Espíritu Santo y acababan de graduarse de más de tres años de preparación bajo la tutela de Jesucristo. A Dios

le pareció que sólo aquellos doce hombres eran vasos idóneos, vasos dignos de confianza, para manejar el poder. Ellos, y solamente ellos, se graduaron aquel día.

Dios no ha mostrado nunca ningún interés en investir de poder a nuevos conversos, ni en enviarlos a predicar, ni tampoco en otorgar su poder a hombres no preparados adecuadamente. Además, allí nadie salió a predicar el evangelio...ni siquiera los apóstoles. Pero, sobre todo —y este hecho hace añicos todo el concepto de estilo siglo veinte acerca del ‘poder de Pentecostés’ —¡absolutamente nadie, aparte de los doce, mostró durante los ocho años subsiguientes a Pentecostés, señal alguna de tener poder de Dios. Ni uno solo de los 3.108 creyentes que pasaron en realidad por la experiencia de Pentecostés, mostró siquiera una señal de estar de hecho ‘investido de poder’. ¡Ninguno! ¡Y esa situación duró ocho años después de Pentecostés! ¿Y cuántos de esos 3.108 mostraron señales de estar investidos de poder al cabo de esos ocho años... 3.000? ¿1.000? ¿120? ¡No! Ni siquiera doce. Entonces ¿cuántos? Uno...un solo hombre, y solamente uno.

En nuestros días se oye decir en todo el mundo que “¡lo que necesitamos es una experiencia de Pentecostés!” ¡Absolutamente correcto! Pero ¿cuál fue la experiencia de Pentecostés para esas 1.308 personas? ¿Fue salir a predicar? ¡No! ¿Fue la investidura de poder de lo alto? ¡No! ¿Fue una miríada de ministerios independientes que brotan de la noche a la mañana? ¡No! La verdadera experiencia de Pentecostés fue una experiencia de sentarse a escuchar, no una experiencia de salir a predicar. Los resultados de Pentecostés fueron éstos: unas 3.000 personas se sentaron a esperar durante ocho años y no hicieron nada; se sentaron a los pies de los apóstoles; fueron parte de una iglesia práctica, visible, a la que podían asistir. Este fue el verdadero resultado de Pentecostés.

Sí, necesitamos la experiencia de Pentecostés hoy... desesperadamente. Es necesario que los creyentes se sienten y tomen parte en la vida de iglesia, y no hagan nada durante unos ocho años. Esta fue la verdadera manifestación de Pentecostés... al estilo del primer siglo.

¿Inconcebible? ¿Le parece un largo tiempo ocho años? No lo fue en absoluto en aquellos días. De hecho, según las normas del primer siglo, Esteban marcó un récord de velocidad. Él fue uno de los poquísimos hombres en toda la historia de la iglesia primitiva cuyo período de preparación ¡fue de menos de diez años! De modo que todos estamos obligados a admitir que algo está fuera de lugar aquí, en alguna parte. Uno de los dos —o la iglesia estuvo bien descaminada, o el cristianismo de hoy lo está. ¿Cuál de los dos?

Observe y vea; la historia de la iglesia primitiva hará que la respuesta sea bien clara.

Como usted habrá notado, en la iglesia de Jerusalén siempre hubo tan sólo dos grupos de creyentes: los apóstoles y la multitud. Es probable que mucha gente se preguntara si algún día Dios levantaría a algunos, además de los apóstoles. Entonces, de repente Esteban surgió de las filas. Realizó milagros y proclamó el evangelio con poder. De la noche a la mañana ya no había sólo dos grupos en la iglesia (apóstoles y creyentes). Ahora ya había tres ‘grupos’: ¡apóstoles, las multitudes y Esteban!

Requirió casi una década, pero al fin sucedió. Cierto, era tan sólo un hombre —pero qué hombre. Y él había crecido en forma orgánica, natural. Esteban no fue producto de ninguna clase de adiestramiento formalizado. La obra interna del Espíritu Santo y la diaria experiencia de la vida en la iglesia produjeron ese vaso tremendo.

Cuándo ocurrió ese acontecimiento tan nuevo y espectacular, ¿cuál fue la reacción de todos? ¿Se sorprendieron de que fuera Esteban? ¿Creyeron realmente que él era genuino? ¿No lo habían visto a veces deprimido, llorando e incluso frustrado? ¿Y no lo habían visto en momentos de gran debilidad, incluso en derrota? ¿Cómo pudo él, el Esteban común y corriente, llegar a ser semejante hombre espiritual? Él había estado bajo un escrutinio increíblemente íntimo por cerca de una década. Toda falta de su carácter era de conocimiento común.

; la iglesia tenía confianza en Esteban, y era debido a que lo conocían tan bien, así como debido a las circunstancias por las cuales lo habían visto pasar. Lo habían visto crecer en Cristo. Al pasar todas sus pruebas lo habían visto tornarse una y otra vez al Señor. Luego de años de presión, pruebas y exposición, había surgido como un vaso probado. Su espíritu y su amor por Cristo habían sido probados por años de experiencias prácticas, diarias, fundamentales, todo lo cual había tenido lugar enteramente al descubierto —en la iglesia de Dios.

Así es como fueron las cosas en el curso de todo aquel siglo. Se confiaba en los siervos del Señor porque habían vivido expuestos, como libros abiertos, y quebrantados... a la vista de todos. En nuestros días, debido a que no hay verdadera vida de iglesia para vivir así, expuestos a la vista de todos, los creyentes no permiten que se los conozca. Desafortunadamente, en la actualidad todo el sistema religioso se halla establecido de un modo tal, que resguarda al creyente de la exposición y amortigua el quebrantamiento que el Señor desea producir a fin de preparar vasos. Hoy en día los creyentes simplemente no viven expuestos al resplandor directo de la iglesia. Por lo tanto, no han podido descubrir nunca la miseria de su propia alma.

Esta es una fuente de gran pérdida. Cuando Esteban proclamaba el evangelio, todos sabían que sus palabras eran sinceras, que su poder era real y su humildad un hecho. Además, él nunca habría podido salirse con la suya poniéndose una ‘aureola’ o pronunciando ‘oraciones adornadas con agujas de estilo gótico’. Él no se habría atrevido a hacer esas pretensiones delante de un grupo de personas que lo conocían como a un libro abierto. ¡En la iglesia todo el mundo nos conoce! No; Esteban no era ningún hábil y talentoso orador de fuera de la ciudad... armado con medio docena de sermones bien preparados que sacudían hasta los tuétanos... cuya vida espiritual, privada, era totalmente desconocida para la iglesia. La devoción que Esteban le profesaba a su Señor, era un hecho sólidamente establecido. Establecido delante de los ojos de miles de sushermanos y hermanas.

¡Una vida probada en el fuego de la vida de iglesia! Esta esla prueba que todo creyente que ministra el evangelio debería tener que experimentar.

De manera que ahora un hombre joven llamado Esteban, uno de los siete, un hombre lleno del Espíritu Santo y de poder, había surgido de entre las filas y estaba igualando el poder, la autoridad y la capacidad de los apóstoles.

Veamos qué significa esto.

Hasta ese momento sólo doce hombres de gran responsabilidad espiritual habían sido levantados. Habían sido establecidos bajo el tutelaje de Jesucristo mismo. Jesucristo fue la única persona que había podido levantar hombres de estatura apostólica. Hasta al Señor le llevó más de tres años levantar apóstoles, y a ese fin laboró alrededor de dieciocho horas diarias. ¡Y Él era Dios! Pero ahora algo nuevo y estimulante había sucedido. Desde luego, Jesucristo había ascendido; ya no se encontraba allí. No estaba en la tierra, físicamente, como lo había estado con los doce. No obstante, aun en ausencia del Señor, ¡se había producido un hombre de estatura apostólica!

Esto es histórico.

De modo que no fue el Cristo en la carne, el que recorría Galilea, quien levantó a Esteban: fue Cristo en la iglesia.

Aquello que una vez Cristo hizo, ahora lo hacía la iglesia.

Quizás alguien diga que Cristo que moraba en Esteban había realizado en ocho años, lo que el Cristo que vivió con doce hombres había hecho en menos de cuatro años. El Cristo en la carne, el Cristo que había levantado a los doce apóstoles, ya no se encontraba en la tierra; pero, alabado sea Dios, el Espíritu Santo que mora en los creyentes y la iglesia habían llegado a suplir la diferencia.

El Cristo en la carne, el Cristo que había levantado a los doce apóstoles, ya no estaba en la tierra; pero, bendito y alabado sea Dios, la iglesia había llegado.

Ahora escuche esto.

Restáurese la vida de iglesia, restáurese la verdadera, real y vital experiencia de la vida de iglesia; añádase a eso la experiencia de conocer al Cristo que mora en el creyente, de la manera que Esteban lo conocía; permítase que los hombres experimenten lo que Esteban experimentó y que pasen por lo que Esteban pasó, y entonces empezaremos a ver de nuevo hombres de la estatura de él en la tierra.

Como quiera que sea, Esteban fue el primer hombre después de los apóstoles, que mostró evidencia de estar investido de poder por el Espíritu Santo. Esto merece que repitamos: ocho años después de Pentecostés había trece hombres sobre esta tierra que mostraban evidencias de haber recibido poder del Espíritu Santo.

Esta es la historia de Esteban.

Ahora veamos al segundo hombre de este conmovedor drama. Él es también uno de los más grandes personajes del primer siglo. De muchas maneras este hombre es muy parecido a Esteban. Es extranjero, igual que Esteban. Vino a Jerusalén para estudiar, a fin de sentarse a los pies de los grandes teólogos de su siglo, especialmente de Gamaliel. Su ciudad natal es Tarso de Cilicia, un país distante unos 480 kilómetros al norte.

Cuando Saulo dejó a Tarso por primera vez y llegó a Jerusalén para hacerse estudiante de seminario, muy probablemente se hospedó en casa de Andrónico y Junias, dos parientes suyos. Ahora tiene, digamos, alrededor de veintinueve años. (No olvidemos esto.) Es un judío devoto, un religioso fanático sin igual entre los suyos.

Mientras estudiaba en el seminario del templo, Saulo observaba con indignación cómo la secta de Jesús (conocida como ‘el camino’) se hacía más y más grande —¡y esto en la Ciudad Santa, de entre todos los lugares! Analizaba esa abominación junto con sus compañeros de estudio y observaba a diario cómo los dirigentes religiosos de la nación se ponían más y más irritados.

La tolerancia que mostraban los dirigentes religiosos judíos hacia ‘el camino’, se deterioraba casi hora por hora. Saulo vio cómo algunos de sus propios compañeros de estudio se convirtieron a Cristo; observó cómo hasta varios sacerdotes del templo se hicieron creyentes. (Muy probablemente Esteban había sido el instrumento activo detrás de algunas de esas conversiones.) Las llamas de la ira de Saulo estaban ya casi fuera de control. ¡Sacerdotes del templo! ¡Siguiendo a Jesús! ¡Inconcebible! Y ahora, como remate, hasta Andrónico Y Junias, sus propios parientes, se tornaron a Cristo.

Tal vez fue este incidente lo que llevó a Saulo más allá de su punto de resistencia.

En aquellos mismos días los dirigentes religiosos del judaísmo llegaron también a su punto de resistencia. El hecho de que varios sacerdotes de entre sus propias filas se habían convertido, significaba que las cosas se habían puesto serias. ¡Asientos vacíos entre los devotos! Si los dirigentes judíos tuviesen aunque fuese una sola buena excusa, desencadenarían una purga sobre esos herejes. Incluso si alguien tuviera que inventar la excusa para lograrla.

Una cosa más podía darse por seguro: si el fuego llegara a caer sobre los seguidores de Cristo, Saulo estaría allí soplando el incendio.

Saulo y Esteban están a punto de encontrarse. Cuando suceda eso, el cielo, la tierra y el infierno temblarán. Su encontronazo tendrá repercusiones a lo largo de más de 1.900 años.

12

El debate

E

steban avanzaba por las calles de Jerusalén. Se dirigía a un debate. Ese debate se celebraría en un gran edificio de piedra hecho de mármol blanco, resplandeciente a la luz del sol.

Una vez que se entraba, de inmediato saltaba a la vista que el edificio era circular. Cerca del centro de ese recinto había un círculo de columnas de mármol que sostenían una galería. Esa galería estaba reservada para las mujeres y mayormente la usaban los sábados. En la planta baja había pequeños bancos de madera situados junto a la pared a todo alrededor, y otros sueltos en otras partes de ese enorme salón. Al frente del salón, que probablemente estaba al lado opuesto a la puerta de entrada, estaba una mesa de madera. Sobre aquella mesa había un arca también de madera, llena de los antiguos rollos hebreos, que eran copias de porciones de las Escrituras.

Esa era la renombrada Sinagoga de los Libertos. La habían construido con donaciones de un grupo de judíos extranjeros ricos. Durante la semana entera esa sinagoga servía como lugar de reunión para los judíos extranjeros que visitaban la ciudad. Los judíos helénicos podían celebrar allí reuniones sabáticas en su lengua nativa, que era el griego; de hecho, toda actividad que se efectuaba allí, durante toda la semana, se llevaba a cabo en lengua griega.

La Sinagoga de los Libertos era el lugar de reunión nacional de todos los judíos de habla griega. La usaban no sólo para celebrar las reuniones sabáticas, sino también para efectuar estudios y conferencias informales sobre las Escrituras. De cuando en cuando llegaba a ser, incluso, escenario de un debate. Por lo general esos debates se tenían entre dos hombres, sobre asuntos religiosos o sobre interpretaciones de las Escrituras.

En aquellos días, esos debates habían venido a ser la principal atracción de la ciudad a causa de Esteban.

¿Pero qué había provocado esos debates entre Esteban y sus compañeros judíos helénicos?

Todo eso comenzó cuando Esteban empezó a proclamar el evangelio y a sanar enfermos. Algunos de los judíos que lo oían, lo interrumpían refutando lo que decía. El resultado final de sus recusaciones fueron varios debates de altura, celebrados allí en la Sinagoga de los Libertos. En un tiempo relativamente breve, Esteban fue recusado por hombres de Cirene, deAlejandría, del Asía Menor y hasta de Cilicia, país nativode Saulo, y sostuvo debates con ellos.

Según parece, la gente venía en número creciente para escuchar esos debates. Y así, en forma natural y sencilla, Esteban convirtió la Sinagoga de los Libertos, de entre todos los lugares, en un tornavoz del evangelio. Puede ser que incluso algunos de sus recusadores se convirtieron a Cristo. Esteban derrotaba a todo hombre que se enfrentaba con él.

Para los judíos ortodoxos eso ya era demasiado. ¡Un seguidor de Jesús estaba superando a las más privilegiadas mentes de Jerusalén, y algunos contendientes incluso se convertían —allí mismo en la Sinagoga de los Libertos!

Había que parar a ese hombre. Permanentemente. Con métodos justos o injustos. El estima religioso había tolerado todo lo que les iba a tolerar a Esteban, a los apóstoles y al ‘camino’. El consejo de Gamaliel simplemente habría que dejarlo de lado. Esteban y su herejía tenían que terminar.

Algunos de los zelotes tramaron una conspiración contra la vidade Esteban. Ocurrió más o menos así: comenzarían propalando falsos rumores acerca de ese hereje; harían citas falsas de lo que había dicho, torciendo sus palabras para hacerlo sonar culpable de blasfemia. Si podían acusarlo de blasfemia, podría ser traído a juicio. Si le probaban la culpabilidad (y por medio de falsos testigos procurarían que así fuera), Esteban podría ser sentenciado a muerte.

El único asunto que quedaba por resolver era, cuándo seria el mejor momento para tender la trampa. Aparentemente decidieron que la mejor oportunidad sería en el curso de uno de los debates. Sencillamente, uno de ellos se levantaría durante el debate y declararía que había oído blasfemar a Esteban, y entonces podrían agarrarlo. El Sanedrín y toda la comunidad judía ortodoxa estaban ya en actividad por los rumores, de modo que el arresto y el juicio seguirían rápidamente. Si el complot funcionaba, la condena de Esteban era segura.

¿Quién discutió con Esteban ese nefasto día? Nadie lo sabe. Pero todo indica que fue Saulo.

Si fue así, la escena se desenvolvió de esta manera.

Saulo había estado allí y había visto cómo Esteban derrotaba a sus colegas una y otra vez. Finalmente, ya no pudo soportar más. Retó a Esteban a una batalla verbal. Se fijó una fecha para el encuentro de ellos.

Cuando Esteban llegó para el debate, seguramente la Sinagoga de los Libertos ya se encontraba llena de bote en bote. Todos sabían que aquel debate representaba lo mejor de dos mundos: el mundo de la teología frente al mundo del conocimiento de Cristo. Probablemente hasta la galería de las mujeres estaba repleta.

En la planta baja los ancianos se encontraban sentados junto a la pared detrás de la mesa; los bancos estaban todos llenos y no quedaba espacio libre en todo el piso. El salón entero vibraba con un aire de expectación.

Llegó el momento.

Saulo se puso de pie. Vestía una túnica de bordes azules. Llevaba puesto un turbante en la cabeza, y prendido al mismo estaba el amuleto. Ambas cosas eran distintivos de la orgullosa secta de los fariseos. (Saulo era un inconsciente instrumento en el complot contra la vida de Esteban.)

Esteban se puso de pie. Vestía las sencillas ropas de los pobres de Jerusalén.

Los dos hombres se volvieron y se miraron uno al otro; entonces avanzaron y quedaron de pie, directamente delante de los ancianos, o en el centro del enorme salón circular.

No sabemos cuál sería el tema específico de su debate, pero sí conocemos el formato general que seguían los debates en aquellos días. Uno de los dos comenzaba el debate haciendo simplemente una pregunta a su oponente. A veces la misma era una larga y complicada pregunta que revelaba el propio punto de vista de esa persona; otras veces era una breve pregunta que llevaba un propósito oculto. El otro hombre contestaba la pregunta y, a su vez, le hacía una pregunta a su oponente. Ese era un método que llamaban diatriba. Tradicionalmente, cuando el debate terminaba, todos los presentes en el salón tenían que desechar sus propios puntos de vista respecto del asunto y emitir un voto a favor del hombre que había presentado el caso más sólido.

El debate comenzó.

Sólo podemos imaginarnos ese drama que, durante las horas siguientes crecía en intensidad. Lo que esos dos hombres dijeron, sus replicas y contrarréplicas, todo ello se perdió para nosotros. Pero sí sabemos que, cuando el debate terminó, no cabía duda de quién había ganado.

Saulo tenía celo; Esteban tenía poder. Saulo tenía un descollante raciocinio, lógica e intelecto; Esteban tenía sabiduría. Saulo conocía las Escrituras; Esteban conocía a Jesucristo. Saulo estaba lleno de tradición y de legalismo; Esteban estaba llenode gracia y del Espíritu Santo. Saulo se encontraba lleno de muerte; Esteban se hallaba pletórico de la Vida de Dios.

Puede haber sido precisamente en aquellos momentos que los dos hombres estaban por terminar el debate, que alguien decidió que finalmente había llegado el momento perfecto para actuar.

Entonces, a una señal, un acusador se levantó de un salto y empezó a gritar a la desconcertada multitud: “¡Blasfemo! ¡Blasfemo! ¡Oí a este hombre blasfemar!”

Esa fue la señal.

Otros, que estaban esperando ese momento, se levantaron de un salto gritando y denunciando a Esteban, repitiendo la misma acusación. Entonces se pusieron de pie más hombres, seguidos de más todavía. Estalló el desorden. De repente le echaron mano a Esteban y lo arrastraron fuera. Los zelotes lo llevaron corriendo por las calles. Iban rumbo al Sanedrín. Esteban estaba a punto de ser acusado oficialmente de haber blasfemado contra Dios y contra Moisés.

El holocausto había comenzado.

13

Juicio de setenta y un hombres

L

as puertas del Salón de los Sillares de Piedras se abren de par en par.

Todos los asuntos religiosos serios se procesan aquí, en la sala del tribunal supremo de la nación. Esta es la ‘cámara del senado’ donde se reúne el Sanedrín. Hoy la sala entera bulle de actividad.

Esta cámara está ubicada en los terrenos del Templo. Ocho años atrás Jesús fue juzgado y sentenciado a muerte aquí. Pedro y Juan estuvieron una vez aquí. Ahora es Esteban; está a punto de ser juzgado y condenado a muerte. La acusación es: blasfemia contra Dios y contra Moisés.

Cuando, hace poco más o menos un año, los doce apóstoles fueron juzgados en esta sala del tribunal, poco faltó para que el Concilio los hiciera ejecutar, pero desistió. Aquel día los pusieron en libertad, gracias a Gamaliel. Pero hoy la actitud del Concilio es diferente. Esta vez encaran a un solo hombre relativamente desconocido (aunque saben que no permanecerá desconocido si no lo detienen).

Con un poco de imaginación podemos completar toda la escena de este juicio.

Llevan a Esteban al centro mismo de la sala y lo dejan allí solo, frente al Sanedrín. Entonces entra el que presido el Sanedrín. Es el Sumo Sacerdote, descendiente directo de Aarón. Hoy está vestido de pontifical: turbante, túnica, pectoral enjoyado y todo lo demás. Ocupa su lugar en el centro del enorme y largo banco que se extiende junto a la pared, siguiendo su curvatura, hasta la mitad de la sala. Sentados a un lado y otro de él están los setenta jueces que constituyen el Sanedrín. (Esos setenta hombres son el equivalente de tanto los senadores estadounidenses como los cardenales católico-romanos; su autoridad y poder es tanto religioso como político.) A cada extremo del banco se halla sentado un secretario de actas con su pluma de ave, tinta y papiro, que anota toda palabra dicha en el juicio.1

En el lado opuesto de ese salón circular hay otro banco similar a ese en que se hallan sentados los miembros del Sanedrín. Sentados en éste, de frente al Sanedrín, hay abogados, maestros, sirvientes de tribunal y futuros candidatos al Sanedrín. Uno de los hombres sentados allí es el joven y celoso fariseo llamado Saulo de Tarso. En el solitario centro del espacio que hay entre esos dos bancos, está de pie la silenciosa figura de Esteban.

Toda la sala del tribunal está electrizada de tensión.

Esteban está parado frente a frente al sistema religioso, igual que estuvo Jesucristo, igual que estuvieron los apóstoles, e igual que estuvieron algunos hombres antes de él y otros después de él. No importa qué religión sea, no importan qué nación ni qué época sean, el sistema religioso organizado y atrincherado hará todo lo que le parezca necesario hacer, para preservarse cuando se vea amenazado. Y Esteban, igual que lo habían sido el Señor Jesucristo y los apóstoles antes que él, era definidamente una amenaza para ese sistema religioso.

Esteban espera silenciosamente en el centro de la sala. Su porte mismo enerva a todo el que se atreve a echarle una mirada. Está completamente tranquilo; hay una sensación de serena calma que lo envuelve y que desafía toda descripción y toda comprensión. Su firme rostro luce apacible y hasta radiante.

Comienza el juicio. Se procede a leer las acusaciones acto seguido se presentan los ‘testigos’. Cada uno viene y testifica que los cargos presentados contra Esteban son ciertos.

1. Ese tribunal tenía jurisdicción sobre los judíos, en asuntos religiosos, en casi todo el área de Palestina. Pero tenía muy poco poder civil. El desempeño del gobierno civil estaba en manos de los romanos, específicamente en manos del procurador, que era un tipo de gobernador, enviado a Judea desde Roma. El Sanedrín no tenía poder legal de ajusticiar a un hombre.

¡Esteban ha predicado y enseñado claramente que Jesús de Nazaret es Dios el Señor! Por último, sus numerosos testimonios terminan.

Entonces, por una antiquísima costumbre, se permite al acusado responder personalmente a cualesquiera cargos o acusaciones que se hayan presentado contra él.

Así, el Sumo Sacerdote se dirige a Esteban directamente: y le dice:

—¿Son ciertas estas acusaciones?

Ahora todas las miradas en esa sala del tribunal se vuelven hacia Esteban y se fijan en él. ¡Qué extraño! Su rostro resplandece como el rostro de un ángel. Esteban espera sólo unos breves momentos antes de empezar a hablar. Va a ser un discurso ordenado por el Cielo. Lo que Esteban va a decir ahora, lo oirán esos mismos hombres que crucificaron al Señor hace ocho años. Sus palabras no serán tanto su propia defensa, como una defensa de su Señor. En efecto, Esteban actuará hay como un abogado defensor de su Señor, ocho años después del juicio de Él, en el cual ¡no hubo nadie que lo defendiera!

Esteban empieza a hablar.

Resulta obvio para todos que no le preocupa absolutamente nada su propia vida. No hace ningún esfuerzo por defenderse ni por obtener simpatías con respecto a sí mismo respondiendo a las acusaciones. Poco a poco se hace evidente que de alguna manera Esteban cambió los papeles: él está enjuiciando al Sanedrín... ante el Concilio celestial. Ninguno de los oyentes puede eludir el alcance de las palabras de este increíble hombre joven. Por dentro se maravillan de su calma, de su elocuencia, de su denuedo, de su comprensión de la historia de los tratos de Dios con el hombre, y de su contundente poder.

A medida que Esteban relata toda la epopeya del propósito y plan de Dios con respecto a esta tierra y al hombre, comienza a salir a luz un tema periódico: el deseo de Dios ha sido siempre tener un pueblo que llevara su imagen y tuviera su autoridad, de modo que vez tras vez a lo largo de la historia, Dios ha tenido que hallar un pueblo, separarlo del mundo y hacerlo su pueblo. Entonces Dios podía comenzar a obrar en medio de ese pueblo. Pero con el transcurso del tiempo, ese mismo pueblo, el vaso mismo que Dios había escogido, comenzaba a rechazarlo. Entonces Dios decidía moverse de nuevo. En ese punto, de hecho su obra anterior se levantaba para resistir su nueva obra. Una y otra vez, afirmó Esteban, aconteció de la misma manera. El anterior pueblo de Dios rechazaba no sólo su siguiente obra nueva, sino que rechazaba también a los hombres que Dios había enviado para que hicieran su obra.

Conforme Esteban continúa su declaración, todos empiezan a ver hacia dónde va.

Avanza inexorablemente hacia la historia presente, hacia el rechazo de Jesucristo por parte del Sanedrín. Los oyentes de Esteban se dan cuenta cabal de que ¡él los está acusando a ellos de oponerse a Dios! ¡Eso es un ultraje! Aun cuando es contra la costumbre de los judíos interrumpir a un hombre que está pronunciando la defensa de su vida, eso es exactamente lo que este auditorio desea hacer. Pero hay una forma de mostrarle a Esteban el desprecio que sienten por él: comienzan a crujir los dientes. Todos los que están en la sala siguen el ejemplo. Mientras Esteban prosigue, la sala del tribunal se llena del sonido apagado y desagradable del crujir y rechinar de dientes.

No obstante, Esteban prosigue con su objetivo. No presta la más mínima atención a la creciente expresión de resentimiento. Incluso sus palabras se tornan más osadas a medida que el ritmo de aquel crujir de dientes se intensifica. Tanto el mensaje de Esteban como la expresión de odio de los judíos empiezan a escalar hacia un inevitable clímax.

Ahora Esteban mira a los miembros del Sanedrín directamente a los ojos; su voz sube con un acento de autoridad sus palabras de juicio contra el sistema religioso caen como un trueno:

—No ha habido nunca un profeta que históricamente los antepasados de ustedes no hayan perseguido. Hasta mataron a varios de los propios mensajeros de Dios. Mataron a los hombres mismos que anunciaban la venida de su Siervo Justo.

Ahora todo el poder de la mirada de Esteban se torna al Sumo Sacerdote.

—¡Y ahora ustedes incluso lo han entregado y matado!

Entonces, con un poderoso y abarcativo movimiento del brazo, Esteban incluye a todo el Sanedrín, al alcanzar el crescendo de su declaración:

—Ustedes son los que recibieron la ley de Dios, la ley por disposición de ángeles. Con todo, ustedes no la han obedecido.

El acusado ha pasado a ser el acusador.

¡Esteban ha acusado de homicidio al Sanedrín —de la muerte del Escogido de Dios! Entonces el silencio estalló. Súbitamente todos en la sala se pusieron de pie. Podrían haber arremetido contra Esteban allí mismo, pero algo que lo rodeaba, los detuvo al instante. Esteban permanecía de pie en el medio del salón, mirando hacia el cielo raso con los ojos muy abiertos y con todo su ser traspasado. Su rostro resplandecía con la gloria de Dios.

Los creyentes de aquel primer siglo tenían un desconcertarte modo de salir un paso fuera de los confines del tiempo y del espacio. (Eso no es imposible, usted sabe.) Este fue uno de esos momentos santos.

Arrobado, Esteban permanecía allí inocentemente maravillado, desapercibido de todos los que estaban en la sala. De pronto exclamó en voz alta debido a lo que estaba contemplando.

—¡Miren!

—Veo el cielo; ¡¡está abierto!! Veo al Hijo del Hombre que está de pie a la diestra de Dios.

Eso llenó la copa; toda la sala del tribunal se violentó.

Sobrevino un desbarajuste; estalló una verdadera locura. La gente volteaba los bancos y las sillas. Todos los que estaban en la sala del tribunal se abalanzaron hacia Esteban, tapándose los oídos al ir corriendo, como señal de que no podían soportar oír ni una palabra más de blasfemia de su boca. Aquélla fue una verdadera escena de demencia total. Se desvaneció toda dignidad, forma y postura judiciales. Ya todo lo que quedaba en esa sala del tribunal era sólo una turba enloquecida que tenía un solo propósito: la muerte de Esteban.

Arremetieron a una contra él, lo agarraron y lo arrastraron hacia afuera, todo al mismo tiempo. Después de unos momentos de incertidumbre, aquella caótica masa humana empezó a moverse hacia una dirección, acelerando la marcha conforme iban. Todos los que estaban en la sala del tribunal sabían a dónde lo llevaban. Se derramaron afuera por la puerta, empujando, dando alaridos y gritando al avanzar como una oleada. Se volcaron hacia abajo por la escalinata y salieron a la carrera a la luz del sol, atravesando el anchuroso “Atrio de los Sacerdotes”, bajando enseguida unos escalones más, pasando furiosamente por un atrio después de otro, dando alaridos al pasar, como guerreros que se lanzan al ataque. Su número crecía a medida que muchos espectadores y visitantes corrían tras ellos, sin saber por qué, pero sí seguros de que había mucha excitación tras ese alboroto judicial.

Ya fuera del área del templo, la furiosa multitud avanzó a lo largo de las calles de Jerusalén.

Se abalanzaron a través de la puerta del norte y corrieron a toda velocidad hacia el ‘lugar de ejecución’. No aflojaron su paso ni siquiera cuando se encontraban ya a la vista de la pequeña arena de tipo de foso que llamaban la ‘Peña de Ejecución’. El brocal que rodeaba al foso fue lo que en definitiva los detuvo al apiñarse unos contra otros al llegar allí. Inmediatamente, Esteban fue echado por encima del muro dentro del foso de más de tres metros de profundidad.

Esa no era la manera en que se suponía que un hombre había de ser apedreado.

Se suponía que antes de ser echado dentro del foso, el hombre condenado debía ser atado de manos y pies, y entonces debía ser arrojado cabeza abajo dentro del foso. Allí, en tanto estaba inconsciente, debía ser apedreado por aquellos que habían atestiguado contra él.

Pero Estaban no había sido condenado por nada, y además esa turbamulta enloquecida no había tenido tiempo, ni la menteclara como para recordar ese ritual preliminar. Al no haber sido atado, Esteban cayó en el foso sobre los pies. Así parado se volvió y miró directamente a los ojos la turba ahora atolondrada. Debió de haber seguido un momento de cordura. Quizás un segundo de silencio recorrió a la multitud al recobrar los hombres su sentido y tratar de pensar qué harían a continuación. ¿Qué podían hacer en esa situación inusitada?

Pasó el momento de perplejidad.

Alguien le hizo señas a los testigos. Rápidamente ellos se abrieron paso a empujones hasta el brocal que rodeaba la arena. Era su incumbencia tirar las primeras piedras. Esas piedras eran grandes. Los testigos empezaron a despojarse de su capa y ropa exterior. Uno de los testigos miró alrededor en busca de alguien que guardase su capa mientras él procedía con su tarea. Reconoció a Saulo que estaba próximo a él,recordó la total dedicación de Saulo a la muerte de Esteban y, como símbolo de la anuencia de Saulo, le alcanzó sucapa. Los otros testigos comprendieron el significado de ese gesto y también pusieron sus ropas a los piesde Saulo.

Cuando aquellos testigos levantaron las pesadas piedras por encima de la cabeza y las arrojaron hacia abajo, adentro del foso, el primer mártir de la historia de la iglesia simplemente se desplomó sobre sus rodillas y en forma muy tranquila y pacífica durmió.

14

Elegía en lágrimas

L

a arena estaba vacía. El último hombre de aquella multitud airada se había ido. La única evidencia que quedaba del alboroto habido, era la figura exánime que yacía en el fondo del foso.

En breve un reducido grupo de hombres llegó cautelosamente hasta el borde de la arena. Desde allí miraron abajo y quedaron horrorizados a la vista de lo que había abajo, en el fondo del foso. Delante de ellos yacía algo que nunca antes se había vista —¡el cuerpo inerte de un creyente que había dado su vida por el Señor! Entonces esos hombres se descolgaron silenciosamente abajo al foso. Levantaron con ternura y hasta con reverencia aquel cuerpo sin vida, lo sacaron del foso y se lo llevaron. Al irse, todos ellos lloraban amargamente. Sus lágrimas eran lágrimas de dolor profundo y convulsivo. Después de todo, Esteban había sido la inspiración y la admiración de todos los creyentes que habían recibido su salvación ese glorioso día de Pentecostés.

¿Por qué eran amargas sus lágrimas, y su dolor tan grande? Porque Esteban había sido muy especial para ellos; para toda la iglesia de Jerusalén él había sido único. Había sido un creyente ‘reciente’, no como los apóstoles, que habían seguido a Cristo físicamente. Con todo Esteban había crecido ante los propios ojos de la iglesia hasta venir a ser un gigante. Gracias a él, todos tenían grandes expectativas para el futuro de la iglesia. Gracias a él, el futuro parecía tan prometedor como había sido el pasado. Todos los creyentes habían oído hablar a Esteban y lo habían visto realizar sanidades; por un breve momento les había parecido que Dios estaba levantando un ‘segundo grupo’ de hombres, un grupo de hombres que vendrían después de los apóstoles, que serían tan competentes como los apóstoles. Esteban parecía ser el primero de una nueva generación de hombres.

Y ahora, él estaba muerto.

Veamos el significado especial que Esteban había tenido para la iglesia. Para ver cuán especial había sido verdaderamente Esteban, hemos de volver atrás para ver cuán especiales habían sido los apóstoles. En aquellos días en que el Señor levantó a los apóstoles, ellos también eran una ‘nueva generación’ de hombres. De hecho, en todo el curso de la historia no había habido nunca un grupo de hombres como los doce. Fueron tan especiales por una sola razón: ¡Habían vivido en la real presencia del Señor durante más de tres años! Nadie más en toda la historia de la humanidad podía alegar haber tenido esa experiencia.

¿Cómo sería eso de vivir constantemente en la presencia de Cristo? Una cosa es cierta: esa vivencia transformó radicalmente a esos doce hombres. No había habido otros como ellos en la tierra. Ciertamente nadie más podía decir como ellos: “He pasado más de 20.000 horas viviendo, respirando y caminando en la presencia de Jesucristo.”

Piense en ello: ¡más de 20.000 horas pasadas en la presencia misma de Dios! ¡Ese solo hecho, y nada más que ése, fue lo que realmente hizo a los doce! Vivir cada una de esas horas en la presencia de Cristo, fue el primero de numerosos ingredientes que entraron en la vida de esos hombres para hacerlos apóstoles.

(Consideremos nuestros propios días. ¡Tenemos necesidad de ver la restauración del apostolado! Pero si hemos de tener otra vez verdaderos apóstoles en esta tierra, entonces una cosa tiene que venir primero: ¡un desconcertante, increíble número de horas pasadas en la presencia del Señor! No podemos aceptar absolutamente ningún substituto barato para el apostolado.)

Miremos tan sólo qué fue lo que 20.000 horas pasadas con Cristo les hicieron a esos doce hombres: esa experiencia les purificó sus motivaciones, sus obras y sus pensamientos. Es probable que nunca hayamos vista hombres tan puros de corazón ni tan depurados de motivaciones ocultas, como los doce. Durante todo el tiempo que pasaron con Jesucristo, un gran cúmulo de divinidad fue depositado en ellos. Eran hombres divinos.

Por lo tanto, ¿qué eran los doce? Eran hombres de motivaciones depuradas, que tenían un ser puro y un carácter divino. Eran hombres que vivían en la consciente presencia de Cristo. A más de eso, los apóstoles desarrollaron un ‘hábito’ durante los tres años y más que pasaron con Jesús —el hábito de estar siempre en la presencia del Señor— y conservaron ese hábito incluso después que Él ascendió. ¿Es imposible eso? No; no lo es. Ocho años después de Pentecostés los apóstoles todavía estaban experimentando la misma relación íntima con Cristo. Todavía vivían constantemente en su presencia.

(De hecho, su relación con Jesucristo era todavía más profunda, mucho más profunda que incluso vivir en la presencia del Señor; pero no es propósito de este libro explorar las profundidades que se hallan en conocer a Cristo.)

De modo que la iglesia del primer siglo tenía doce hombres que sabían vivir en la presencia de Cristo.

Aun así, la iglesia tenía todavía un problema. Era realmente hermoso tener a esos doce hombres alrededor, con toda aquella maravillosa e increíble experiencia suya con Cristo. Pero ¿y qué diremos respecto de los demás creyentes? El Señor se había ido. ¿Podían, los que habían venido después, participar igualmente de la profunda y rica experiencia espiritual de los doce apóstoles? ¿Podían ellos también ‘vivir’ con Cristo? ¿Podían conocerlo? Esta era una pregunta importante en el primer siglo.

(Hoy esta pregunta es aún más importante. En la actualidad, sin el Cristo natural, visible, sin los doce apóstoles y habiéndose perdido, prácticamente, la vida de iglesia y la profunda e íntima experiencia de Cristo, ¿aparecerá otra vez algo así como los doce? ¿Volverán a haber alguna vez hombres que vivan en una constante ininterrumpida comunión con Cristo? ¡¿Qué pregunta tan gloriosa!)

Esto nos hace volver a Esteban.

Esteban fue único en su género. Él fue el ‘sí’ a esta pregunta. Él fue la primera evidencia visible de que el Señor podía seguir levantando hombres de la estatura de los doce, que tuviesen una experiencia como la de ellos. Pero Esteban fue ‘único en su género’. Hubo doce hombres en aquel ‘primer’ grupo; sin embargo hubo un solo hombre en el ‘segundo grupo’. Pero, aunque el ‘segundo grupo’ tuvo un solo hombre, al menos fue un indicio de que tal vez, sólo tal vez, otros como él empezarían a aparecer. El hecho de que hubo un hombre como Esteban, daba esperanzas.

Esteban fue distinto de cualquier otro que haya existido en toda la historia de la humanidad. Nunca había conocido a Cristo, ni nunca lo había visto siquiera. Él no pudo alegar nunca, como los apóstoles podían, que hubiese vivido en la presencia física de Jesucristo por más de tres años. La historia de Esteban fue totalmente diferente. Él se convirtió a Jesucristo por conducto de los apóstoles. Se entregó en forma absoluta al Señor. Vivió cada día en la rica experiencia de la iglesia. Luego, poco a poco, él también aprendió a vivir en la presencia del Señor —del Espíritu del Señor. No; no fue un constante caminar en la consciente presencia del Señor; no al principio. Pero llegó a ser un constante andar en ella.

¿Cómo llegó Esteban a ese punto de su vida?

¿Tuvo él alguna ventaja sobre nosotros? ¡Seguro que la tuvo! Tuvo a los apóstoles. Ellos habían vivido en la presencia del Señor. Sabían cómo era vivir en la presencia del Señor, y le hablaban de ello. Pero Esteban no debiera tener esa ventaja sobre nosotros. Deberían haber hombres que viviesen hoy en día y que pudieran sentarse y hablar de su experiencia directa de vivir en la presencia de Cristo.

Así, poco a poco Esteban aprendió a vivir más y más en la presencia del Señor. Le dio más horas de su día al Señor. Luego, le dio más y más días enteros. Como los apóstoles Esteban llegó a ser rico en su conocimiento y experiencia de Cristo que moraba en él. ¡Esteban llegó a conocer bien a Dios!

¿Cómo, exactamente, aprendió Esteban de los apóstoles? De la manera siguiente: durante cuatro o cinco horas al día, seis días por semana, los apóstoles hablaban de Jesucristo, proclamaban a Jesucristo y enseñaban a la iglesia de Jerusalén acerca de Jesucristo. Y Esteban tuvo el privilegio de sentarse allí para escuchar lo que ellos decían, obedeciendo lo que mandaban. Probablemente el ministerio de los apóstoles duraba al menos cuatro horas diarias, seis días a la semana. Eso fue durante unos echo años. ¡Súmese todo eso! Hace un total de más de 9.000 horas de ministerio apostólico que Esteban recibió. ¡Más de 9.000 horas de revelación procedente de hombres que habían experimentando a Cristo personalmente! ¡Más de 9.000 horas escuchando a esos doce hombres, que hablaban principalmente acerca de ‘vivir en la presencia de Jesucristo’ o de cosas aún más profundas que eso.

¡Esa fue la ventaja que Esteban tuvo y que nosotros no hemos tenido nunca!

A más de eso, Esteban podía acercarse personalmente a esos hombres para hacerles preguntas. Eran personas reales y vivas, que estaban allí, físicamente, delante de él. Podía escuchar a doce seres humanos hablar de las propias frustraciones de ellos, de su propia torpeza, su lenta comprensión de las cosas espirituales, sus fracasos totales —y por último— de su gradual y creciente discernimiento de lo profundo del Señor.

En una palabra, Esteban aprendió por sí mismo a vivir en la presencia del Señor; aprendió a vivir mediante la vida divina; y lo aprendió de los apóstoles, que habían vivido ellos mismos en la presencia del Señor y que ahora vivían por medio de la vida de Él. En esto se encuentra tal vez el más importante elemento perdido, el inadvertido secreto de la iglesia primitiva. Hay muchas, muchísimas cosas, como usted está empezando a ver, que los creyentes de la iglesia primitiva hacían, que no hacemos hoy en día. (Y muchas cosas que hacemos que ellos nunca hacían.) Y todas aquellas maravillosas experiencias del primer siglo tienen que ser recuperadas.

Sin embargo de todas aquellas cosas que los creyentes de la iglesia primitiva conocían y experimentaban, nada es realmente tan importante para nosotros como ver recuperado el sencillo hecho de una profunda, constante y diaria experiencia de Cristo. Esta profunda comunión de su presencia era el sostén principal de la iglesia primitiva. Ser formado por la cruz, vivir mediante una vida no humana, vivir en conformidad con Dios; aquí es donde se debe cavar y buscar.

Todos nuestros actuales proyectos, programas, visiones, conocimiento, edificios, instituciones, comprensión bíblica percepciones y todo lo demás, son nada más que oropel —tan sólo un peso inútil, muerto— a la luz de la experiencia de conocer al Señor y andar en el sentido de su presencia.

Había otra cosa que Esteban tuvo a su favor, además del ministerio de los apóstoles, que los hombres no tienen hoy.

Esteban vivió rodeado de unos 20.000 creyentes que iban en pos de lo mismo que él iba. Adondequiera que iba, a quienesquiera que se encontraba, con quienesquiera que hablaba, todos los que conocía, todos aquellos con quienes pasaba algún tiempo, todos ellos ¿iban en pos de exactamente lo mismo que él iba: vivir una vida diaria práctica y normal, pero viviría en una constante comunión con Cristo. ¡Esa era vida de iglesia! Esa fue la segunda ventaja que Esteban tuvo sobre nosotros.

Ese fue el secreto de Esteban.

Esteban no tenía el concepto, como lo tenemos hoy en día, de ‘ir a la iglesia’. En el primer siglo no existía eso de ir a la iglesia. La iglesia no era un lugar, sino una forma de vida. Esteban se encontraba con creyentes temprano en la mañana, antes del amanecer. Luego por la tarde, cuando volvía de su trabajo llegaba a su caso, lo primero que encontraba era la casa llena de creyentes. Pasaba el resto de la tarde conversando y confraternizando con ellos y escuchando a los apóstoles en el Pórtico de Salomón. Por la noche antes de irse a dormir, las pasaba de la misma manera con otros creyentes. Y todo ese tiempo, tanto Esteban como todos los que estaban con él, iban en pos de lo mismo: una comunión ininterrumpida con Cristo.

La iglesia no era nunca algo a la cual esa gente iba. ¡Ellos eran la iglesia! El propósito de su vida vivida momento a momento era vivir juntos mediante Cristo. Todo lo que decían, todo lo que hacían estaba dirigido hacia la común meta de experimentar más a Jesucristo. Y así era donde Esteban había vivido. Esa era la clase de ambiente en que había crecido en el Señor. Había vivido en la iglesia. Había vivido día y noche rodeado de creyentes que deseaban apasionadamente conocer más y más a Jesucristo.

Eso fue lo que Esteban tuvo a su favor.

¡Y eso mismo es lo que el Señor quiere que tengamos a nuestro favor!

Júntese ahora estos dos factores: los apóstoles y la vida de iglesia, y se verá por qué Esteban fue Esteban. Ciertamente éstas son ventajas enormes cuando se trata de la tarea diaria de ser seguidores de Jesucristo. (Y el propósito de Dios es que las mismas sean ventajas normales para cada hijo suyo.) ¿Puede usted imaginarse cómo sería vivir todo el tiempo con personas que no tuvieran más que un solo deseo: conocer más a Jesucristo, conocerlo en una forma personal, conocerlo íntimamente y vivir en su presencia?

Ahora usted puede empezar a ver qué fue lo que hizo de Esteban el primero de una nueva generación de hombres; una generación muy parecida a los propios doce apóstoles... y sin embargo distintivamente diferente de ellos. Esteban nunca llegó a conocer a Cristo en la carne. Pero sin haberlo visto nunca, llegó a conocer realmente a Jesucristo en una forma tan íntima como los apóstoles lo conocían.

Esteban era una evidencia de que los doce no serían los últimos hombres de una verdadera estatura espiritual.

¡Pero ahora Esteban había muerto! Se habían hecho pedazos las esperanzas de la iglesia.

Ahora podemos entender por qué esos hermanos que llevaban el cuerpo de Esteban lloraban tan amargamente. Sí, lloraban porque lo habían amado con un gran afecto; pero más que eso, habían visto en él una futura esperanza para la iglesia. Habían visto en él la primera evidencia de uno que conocía bien a Cristo, aun cuando nunca en la vida lo había visto. Ahora esas esperanzas se habían desvanecido, y ellos lloraban amargamente. Lloraban porque el enemigo había robado su esperanza. Aquella era una aplastante derrota.

Poco se daban cuenta del poder de Dios. En ese momento mismo, aún mientras ellos enterraban el cuerpo de Esteban, el Señor estaba obrando para levantar más hombres. Ese segundo grupo, esa ‘nueva generación’, habría de nacer aún. Dios no sólo iba a levantar un nuevo grupo, sino que también los lanzaría afuera para hacer una nueva obra, una obra que igualaría y hasta superaría los hechos de los apóstoles.

Aquellos hermanos que sacaron el cuerpo de Esteban para enterrarlo, no se daban cuenta de que Dios tenía otros hombres de la estatura de Esteban en la iglesia de Jerusalén. Nadie sabía quiénes eran. Sin embargo estaban allí. Había un grupo de hombres en la iglesia que eran tan idóneos, y tan preparados, y tan listos para ir, como los apóstoles lo habían sido el día de Pentecostés. En breve esto se haría evidente.

Pero téngase presente esto: llevó echo años prepararlos. Si esto se pasa por alto, se pasa por alto la clave. Ocho años... ocho años en la vida de la iglesia.

Esta ha sido una mañana sangrienta. Comenzó con el juicio de Esteban y fue seguido de su ejecución por apedreamiento. Hombres devotos y entristecidos lo han enterrado. Pero el día está lejos de haber terminado. Esteban no era el único creyente que habría de derramar su sangre en este día negro.

Este día oscuro y sangriento sólo ha comenzado.

15

Holocausto

A

 un cuando Esteban había sido muerto hacía sólo cuestión de horas, el Salón de los Sillares de Piedras ya se estaba llenando otra vez. Para el Sanedrín no había tiempo que perder. Se proponían actuar en forma rápida —antes que la noticia de la muerte de Esteban pudiera extenderse por toda la ciudad. Planeaban resolver todo ese asunto en unos días, si de alguna manera eso les fuese posible. 

Su estrategia era muy simple; lanzarían de inmediato y por toda la ciudad, un allanamiento de moradas de puerta en puerta, para un registro y el arresto de todos los seguidores de Jesús. Acto seguido encarcelarían a todos ellos. La acusación sería la misma que le habían hecho a Esteban: blasfemia. Si un discípulo era hallado culpable de ese cargo, podía ser apedreado, azotado o encarcelado.

El Sanedrín sabía que el uso del apedreamiento quedaba casi descartado. A fin de apedrear a muerte legalmente a una persona, se necesitaba obtener un permiso escrito del gobierno romano. Era bastante difícil lograrlo, de modo especial si era por causa de asuntos religiosos. El Sanedrín sabía que los romanos podrían otorgar algunas de esas autorizaciones, pero no muchas. Para poder detener ‘el camino’, tendrían que contar principalmente con el factor sorpresa, el terror y la brutalidad.

Lo que el Sanedrín necesitaba más que nada, era un hombre que dirigiera esa purga: un hombre que fuese rápido y sistemático, que tomara desprevenidos a los discípulos, y después causara suficienteterror y esparciera suficiente miedo como para sumir a todos en un pánico. Esperaban ver una renunciación a Jesucristo en grande. El Sanedrín miró a su alrededor en busca del mejor hombre para esa sombría tarea. ¿Cuál fue su selección? ¡Saulo! Literalmente él respiraba odio contra ‘el camino’.

Hecha esa designación, bien pronto los guardias empezaron a recorrer rápidamente en ambas direcciones las calles de la ciudad, precipitándose sin previo aviso en centenares de casas. En breve, estaban sacando con rudeza de sus hogares a multitud de creyentes y metiéndolos a empujones en la cárcel. Muchos fueron golpeados y tratados cruelmente en el proceso.

Saulo no dejaba lugar a dilación alguna.

La noticia de lo que estaba sucediendo recorrió la ciudad de un lado al otro. Poco a poco los creyentes comprendieron lo que estaba pasando. Nunca antes habían enfrentado una crisis como ésa. Aquélla era la primera persecución del cuerpo de Cristo en la historia de la iglesia.

Todos fueron tomados completamente desprevenidos, el número de los que eran arrestados e iban a ser juzgados aumentaba por hora. Saulo incluso había empezado ya el juicio de los discípulos en el tribunal... ¡y lo peor no había pasado aún! Reinaba la violencia.

Para comprender cabalmente lo que sucedió después,1 tenemos que ver qué les estaba sucediendo a los discípulos que ya habían sido arrestados. Para ello, sigamos los pasos de un solo discípulo que fue arrestado, y veamos exactamente qué fue lo que le aconteció.

Tan pronto como los soldados entraron en una casa y arrestaron a un discípulo, el mismo fue llevado probablemente a la sinagoga de los Libertos, donde al parecer Saulo había establecido un tribunal.

Un poco aturdido, el discípulo está sentado silenciosamente esperando su turno para encarar a Saulo. Tal vez al principio se siente algo aprensivo, pero poco a poco su aprensión cede ante una profunda calma. Todas las experiencias espirituales que este hermano ha tenido con Cristo durante los ocho años transcurridos, lo han preparado para esta hora. Una sensación de paz y de valor comienza a fluir a su espíritu.

1. Este discípulo es imaginario, el proceso no lo es.

Al fin llega su turno. Lo escoltan hasta el centro del salón. A unos metros de él, sentados tras unas mesas de madera, se encuentran Saulo y los ancianos de la sinagoga. Entonces uno de ellos formula el cargo: ‘blasfemia contra Moisés y contra Dios’. ¿Cómo ha blasfemado? Declarando que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Los ancianos (o Saulo) probablemente le explicaron que ese cargo sería retirado inmediatamente si él demostraba que eso no era cierto. Casi seguro que también le explicaron exactamente cómo podía satisfacer al tribunal en cuanto a que dichos cargos eran falsos. Todo lo que tenía que hacer era declarar: “Jesús no es el Mesías.” (Quizás sus demandas fueron más severas; quizás le exigieron que declarase con su propia boca: “Jesús es maldito.” ¡Para los oídos de un discípulo, esa declaración era blasfemia!)

¿Negaría este discípulo que Jesucristo era el Hijo de Dios? ¿O maldeciría el nombre del Señor?

Si negaba a su Señor, el discípulo quedaría libre. Si persistía en su confesión, encaraba la certeza de una brutal flagelación, la probabilidad de encarcelamiento, y la posibilidad de muerte por apedreamiento. (No cabe duda de que algunos discípulos deben haberse desmoronado bajo semejante presión.)

El discípulo está parado delante de ellos en silencio —así como su Señor estuvo una vez de pie en un juicio similar en esta misma ciudad hace unos ocho años. Los ancianos pueden romper ese silencio ‘conjurando’ al discípulo a que responda. En tal caso el discípulo fiel sólo puede responder de una manera: “No negaré a mi Señor.”

Pero ha llegado a este punto, había algo más que el discípulo podía hacer, justo antes de que el tribunal comunicara su decisión de culpabilidad. Podía hacer esta simple declaración a la corte: “Tengo algo que decir en mi defensa.” Esta era una frase muy breve y muy sencilla, pero que había venido siendo honrada desde hacía mucho tiempo en la historia hebrea. Para el tribunal era una obligación de honor dejar hablar al discípulo.

El Señor apercibió una vez a sus seguidores de que vendrían días en que serían arrastrados a las sinagogas por causa de su nombre. Les dijo que no se preocuparan, que Él les daría palabras que habrían de hablar. Ahora ese momento ha llegado para este discípulo.

Así que el discípulo traga en seco y tomando por fe la palabra de su Señor, abre la boca y deja que su lengua hable. Bien pronto se escucha a sí mismo haciendo una sorprendente y poderosa declaración de su fe, respaldada con pruebas infalibles de la deidad de su Señor.

Saulo tuvo que permanecer allí sentado y escuchar. Fue como volver a enredarse con Esteban otra vez.

(En los días subsiguientes Saulo volvería a oír aquello una y otra vez, de boca de ricos, de pobres, de personas educadas, de analfabetos. Personas que simplemente no tenían la habilidad de hablar en público, se paraban delante de él y declaraban, con la intrepidez de un arcángel, ¡que Jesús era Señor! Esas eran palabras aterradoras para Saulo. Las llamas de odio en su pecho se volvían aún más quemantes.)

Una y otra vez el tribunal habría de oír esos testimonios directos, tan conmovedores. Es muy posible que, aún en esa negra hora de derrota, algunos se convirtieran a Cristo por el denuedo y el testimonio de los iletrados discípulos del Señor.

El discípulo termina su testimonio. Con prontitud Saulo recuenta los votos de los ancianos, y se anuncia el veredicto. El acusado es hallado culpable. La sentencia: “Flagelación: treinta y nueve azotes. Después, encarcelación.”

¿Qué eran los ‘treinta y nueve azotes?’ Constituían un castigo poco menor que el apedreamiento. En efecto, algunas veces los “cuarenta azotes menos uno” resultaban fatales. Era un tipo de flagelación empleado solamente entre la comunidad religiosa judía. Su propósito era hacer retornar a un hebreo extraviado al punto de vista ortodoxo del Judaísmo, esto es, de vuelta a las enseñanzas de Moisés y a las tradiciones de los ancianos. Constituía un severo castigo administrado para traer al acusado al arrepentimiento. Muy probablemente había sido inventado como una muestra de misericordia de última hora, a ser usado con respecto a un hombre en vez de apedrearlo a muerte.

Ser sentenciado a esa flagelación era la cosa más avergonzante que pudiera sucederle a un judío. Traía vergüenza no sólo sobre él, sino sobre su familia entera. En aquellos días un hombre aparentemente habría hecho cualquier cosa para escapar a la agonía física y la humillación social de esos latigazos. Sin embargo, eso estaba a punto de cambiar... ¡y muy repentinamente! Los seguidores de Jesucristo no mostraban ningún indicio de vergüenza. ¡Al contrario, estaban allí regocijándose! Aquello era muy enervante... y probablemente sin precedentes en toda la historia de la humanidad.

El discípulo escucha la sentencia. Su rostro resplandece, como resplandecía el de Esteban. Enseguida lo llevan y lo colocan de pies entre dos columnas de mármol. Le extienden aparte los brazos y le atan las manos a los dos pilares. A continuación le desnudan las espaldas. A un par de metros detrás de él alguien colocauna pequeña tarima. Otro hombre que estaba parado en otra parte del recinto, avanza ahora a grandes zancadas hacia la tarima. Es el ‘hazzan’. Al subir sobre la tarima, éste desenrolla un pesado látigo. Ese látigo tiene cuatro tiras de cuero; cada tira es de alrededor de un metro de largo. Dos de ellas son de piel de becerro y las otras dos, de piel de asno.

El hazzan, ya parado sobre la pequeña plataforma, se vuelve despacio hacia las espaldas desnudas del discípulo. Este no puede ver lo que pasa detrás de él, pero sabe qué es lo que está a punto de ocurrir. El hazzan levanta bien alto el látigo, se endereza y enseguida lo hace bajar con toda su fuerza.

El látigo no descarga sobre las espaldas del discípulo, sino sobre los hombros. Las tiras de cuero llegan más allá de los hombros, cayendo reciamente sobre su pecho y estómago. Al instante el latigazo causa verdugones y hematomas a lo largo del pecho, el estómago y el hombro. En forma rápida, de un tirón, el hazzan recoge el látigo. Al hacerlo, las tiras de cuero se deslizan con violencia sobre la piel magullada, raspándola.

Se hace una pausa. De nuevo el látigo asciende bien alto y de nuevo desciende directamente sobre los hombros del discípulo. Esta vez el cuero descarga sobre la piel tierna hinchada. Con cada latigazo la piel del discípulo se magulla más. Los verdugones empiezan a abrirse y finalmente quedan en carne viva. Luego de más latigazos aún, el cuero empieza a llegar hasta los huesos de la caja torácica. Cada latigazo viene a ser como el fuego de brasas encendida que caen sobre el pecho y los hombros.

El discípulo recibe trece de esos latigazos en el pecho, a través de los hombros. En este punto es probable que ya esté sufriendo un choque, casi delirante de dolor, y empiece a deshidratarse. Ahora el inquisidor comienza la segunda tanda de trece latigazos, dirigiéndolos a las espaldas. Trece latigazos de cuero caensobre el lado derecho de las espaldas del discípulo, y cada uno hace surcos más profundos que el anterior en la carne.

Es probable que ya para entonces el discípulo esté semiinconsciente y a punto de desmayarse. Ha perdido la ¿coordinación muscular. Incapaz de seguir parado, está como balanceándose colgado de las cuerdas que lo sujetan a los pilares de mármol. Pero quedan todavía trece latigazos más por caer. Estos producen sus marcas permanentes a través de su costado izquierdo.

Por último, concluye el tormento.

Este bravo creyente, probablemente inconsciente y próximo a morir, se desploma cuando le cortan las cuerdas. Acto seguido lo arrastran afuera. (Casi indudablemente, durante los días subsiguientes algunos morirían debido a esas flagelaciones.)

Saulo observaba. Nunca podría haber soñado siquiera que un día su propio cuerpo llevaría 195 cicatrices semejantes.

El discípulo ha logrado pasar la terrible prueba. No negó a su Señor, y tuvo el glorioso privilegio de poder participar de los padecimientos de su Señor. De la sinagoga fue llevado probablemente a una cárcel que esperaba por él. Sin duda alguna allí se desmayó de dolor. Cuando volvió en sí, su cuerpo estaba ardiendo y tenía una sed inextinguible. Moverse le era una agonía. Le esperaban semanas enteras de lento sanar y de intenso dolor. Por todo el pecho, el estómago, los hombros y las espaldas llevaría siempre los profundos surcos de sus cicatrices, a modo de trofeos de su amor por su Señor.

Aquella era una escena espantosa. El plan de Saulo requería el arresto y juicio de unas 20.000 personas —todos debían encarar una ordalía similar. No habría de haber distinción alguna de sexo. Las mujeres encaraban la posibilidad de esa misma agonía.

Finalmente empezó a oscurecer. Aquel largo día de injusticia, muerte y terror estaba llegando a su fin. Había sido el día más negro que Jerusalén había visto desde la crucifixión de Jesucristo ocho años atrás. El día siguiente prometía ser todavía más sangriento.

Cuando por fin llegó la noche, algo muy notable comenzó a suceder. No se sabe si fue espontáneo o si los apóstoles corrieron la voz; lo único que se sabe es que esa noche algo realmente asombroso tuvo lugar en Jerusalén.

¡La iglesia de Jerusalén empezó a desvanecerse!

En numerosos hogares, por toda la ciudad, muchos creyentes empezaron a recoger en forma muy callada algunas de sus escasas pertenencias y a despedirse unos de otros con un sentido y afectuoso adiós. Luego salían escurriéndose en la oscuridad. Antes que amaneciera, centenares, probablemente miles de creyentes se habían ido de la ciudad. Cuando llegó la mañana, los caminos que llevaban fuera de Jerusalén se veían moteados de peregrinos que se alejaban huyendo.

Con todo, en Jerusalén el nuevo día trajo más horror. Los que no habíanhuido de la ciudad, se vieron presos de una feroz persecución. Se violaron todos los acostumbrados procedimientos de arresto. A cualquier creyente que hallaban, hombre o mujer, lo arrastraban por las calles. A todos les resultó obvio que no era nada prudente quedarse en la ciudad. De modo que todos empezaron a irse.

En cuestión de días no quedaba ni un creyente en la ciudad. Todos habían huido. Jerusalén quedó literalmente desprovista de seguidores de Jesucristo, salvo los doce apóstoles y los que estaban presos.1

De la noche a la mañana, por así decir, la iglesia de Jerusalén había dejado de existir.

¡Imagínese! Al cabo de ocho años no había ni siquiera una iglesia sobre esta tierra. La única y sola iglesia, la iglesia de Jerusalén, se había acabado.

¿Significaba eso que el enemigo había ganado? ¿Había triunfado el Sanedrín sobre el cuerpo de Cristo? ¿Había triunfado la antigua obra de Dios sobre la nueva obra de Él? ¿Había detenido Saulo al Reino de Jesucristo?

Los guardianes del sistema religioso habían actuado con el fin de destruir la iglesia, de borrarla de la faz de la tierra; pero sin saberlo no habían acabado con la iglesia, sino que ¡la habían puesto en marcha!

1. Solamente los doce apóstoles optaron por quedarse en Jerusalén. Parece que se hallaban escondidos; obviamente las autoridades no sabían que ellos estaban todavía en la ciudad.

16

100 iglesias nuevas

H

abía tan sólo unos pocos caminos que llevaban fuera de Jerusalén hacia las 200 poblaciones, ciudades y aldeas de Judea.1

Durante aquella larga noche subsiguiente a la muerte de Esteban, esos caminos estuvieron continuamente moteados de seguidores de Cristo que huían de la capital.

Podemos imaginarnos cómo fue ese día. Un discípulo llegaba a una bifurcación del camino, se detenía un momento y consideraba cuál dirección seguiría. ¿Cómo tomaba su decisión? Tal vez un discípulo recordaba que tenía amigos y parientes en cierta ciudad. Otro discípulo tomaba una dirección distinta —sabiendo que determinada población ofrecía mejores oportunidades de conseguir trabajo. Otro más, que no tenía amigos ni parientes en Judea ni en Galilea, tenía que parar en la bifurcación del camino, inclinar la cabeza y tomar una decisión de acuerdo a la dirección que recibieran en su corazón de parte del Señor.

Al romper el alba el día siguiente al apedreamiento de Esteban, probablemente muchos de los discípulos habían llegado ya a algunas de esas distantes poblaciones. Algunos se quedaron en el primer pueblo a donde llegaron, para hacer su nuevo hogar allí. Otros sólo permanecieron brevemente y siguieron hacia poblaciones más lejanas aún. Hora tras hora día tras día la afluencia aumentó, hasta que Jerusalén quedó vacía de creyentes.

1. Las poblaciones son una estimación arqueológica e incluyen tanto la provincia de Judea como la de Galilea; esas dos regiones tienen una misma raza, lengua, religión y cultura en común... y a los ojos de los judíos se consideran como un mismo país, siendo los galileos los menos refinados de los dos.

En el camino, los discípulos empezaron a toparse unos con otros. Luego otros se encontraban en las plazas de mercado o en las calles de otras ciudades o poblaciones. Conforme a todas las normas, tales encuentros debieron haber sido muy tristes. Debieran haber habido palabras de consolación, relatos de ‘trato injusto’, de ‘sufrimiento trágico’, de ‘situación conmovedora’, de ‘hombres malvados’, etcétera.

Con toda razón, esos momentos de reencuentro debieran haber sido una repetición de los días que siguieron inmediatamente a la crucifixión del Señor; debieran verse discípulos dispersos y derrotados. Pero lo cierto es que ocurría lo contrario: las reuniones accidentales a lo largo de los caminos eran momentos de gozo. Estallidos de aclamación y de regocijo subían instantáneamente dondequiera que los creyentes se encontraban. Es que ellos no eran gente común. Eran un pueblo que no podía ser derrotado. No podían ser derrotados.

¿Cómo era posible eso? Para contestar esta pregunta tendríamos que experimentar la vida corporativa de la iglesia por ocho años. (El conocer la vida de iglesia nos equiparía muy bien para soportar virtualmente cualquier cosa que la vida pudiera jamás querer arrojarnos). Pero la vida de iglesia no era lo único que esos creyentes tenían a su favor. Tenían una abrumadora revelación de quién era Jesucristo. Conocían a Jesucristo. Lo conocían muy bien. Estaban saturados e impregnados de Él. El Cristo siempre triunfante estaba brotando constantemente en ellos. Las circunstancias no afectaban esa experiencia, sin tener en cuenta cuales fueran las mismas.

De modo que observemos a los discípulos que están allí, de pie, abrazándose unos a otros. Algo nuevo y maravilloso está naciendo. Créalo o no, está a punto de emprenderse la evangelización de Judea, en forma espontánea e inesperada, y sin que haya sido planeada en absoluto.

No podemos llegar a saber todos los detalles de lo que ocurrió durante esos dramáticos días, pero sí se puede completar la mayor parte de la historia. Sigamos, pues, a algunos discípulos imaginarios.

En medio de la noche un discípulo decide huir de la ira de Saulo. Se escurre fuera de los muros de la ciudad. Luego durante su segundo día afuera, se encuentra con otro hermano que también viene huyendo de Jerusalén. Se abrazan, gritan, se regocijan y alaban al Señor. Después intercambian relatos, recordando que se habían conocido antes en algún lugar de Jerusalén. Descubren que tienen relaciones mutuas en el Señor, y se regocijan durante un rato más. Los dos van en la misma dirección general. Al ir así, caminando juntos y hablando del Señor, recordándose uno al otro quiénes son realmente en Cristo, manantiales de gozo siguen brotando dentro de ellos. Son hombres llenos de entusiasmo. Al poco rato llegan a ver a una pequeña población en lontananza y deciden parar allí por un día o dos, y después piensan seguir camino hacia su destino.

Al entrar en el pueblo los dos sienten un impulso espontáneo. Desean decirle a la gente de esa población qué está pasando en esta tierra. Al caminar ya dentro del pueblo, comienzan a parar a algunos para decirles lo que ha estado ocurriendo allá en Jerusalén. Poco a poco siguen caminando hacia el centro de esa población, a la plaza de mercado. Primero dan una vuelta, yendo de persona a persona, contando las nuevas de lo que les ha pasado en esos días recientes. En breve amplían su relato a lo que ha sucedido en los últimos ocho años fantásticos. Aquellos que los escuchan, recuerdan que unos diez años antes habían visto y escuchado a Jesús cuando pasó por esa población misma. Al rato, los dos hombres ya no están hablándoles a dos o tres personas, sino a un buen grupo.

Esa es una experiencia nueva para los dos discípulos. Hasta entonces habían sido siempre los Apóstoles quienes habían realizado obras osadas y resueltas. Pero uno de ellos, regocijado con esa experiencia enteramente nueva, levanta el volumen de su voz para que todos lo puedan oír mejor. Bien pronto hay más volumen y más oídos que escuchan. De pronto este creyente anuncia —para su propia sorpresa— que esa tarde volvería a la plaza de mercado para explicar más ampliamente todo lo que el Señor ha estado haciendo. “Pasen la voz —se oye a sí mismo diciéndole al público—. ¡Traigan a sus vecinos!

En la tarde de ese día se reúne una muchedumbre bien grande en la plaza de mercado. Algunos de los oyentes incluso son conversos. Otros, simplemente desean oír más. Casi todos los presentes muestran algún tipo de interés.

Los dos discípulos hacen un cambio en sus planes. Deciden extender su estadía en esa población.

Fue así, de una manera tan sencilla como comenzó la proclamación del evangelio en Judea. El evangelio no quedó establecido en forma permanente en Judea por el Señor, quien había visitado esas mismas ciudades y aldeas hacía una década, ni por los doce Apóstoles que tenía reputación de proclamar el evangelio. No; el evangelio fue establecido en Judea por creyentes corrientes, inexpertos e incultos, que vinieron a las poblaciones, se pararon en las plazas de mercado y proclamaron el evangelio de Jesucristo. Eran gente sencilla y corriente, trabajadores comunes y artesanos. Eran los ‘rostros en la multitud’ que se congregaban en el pórtico de Salomón y celebraban reuniones en las casas de Jerusalén. Esos hombres no habían recibido nunca ningún entrenamiento como preparación para evangelizar a Judea. Además, nunca habían hecho nada por Cristo antes de ahora. Pero había un fuegoen su pecho. El evangelio brotaba de su corazóncon pasión.

Esta escena se repetía al mismo tiempo en otras poblaciones de toda la región.

Judea fue sacudida en sus cimientos.

¿Cómo nació la iglesia en Judea? Tal vez fue así.

Otros discípulos que también venían huyendo de Jerusalén, oían las conversaciones locales al pasar por el pueblo. Así que, para cerciorarse, se encaminaban directamente a la plaza del mercado para oír cómo sus hermanos presentaban el evangelio.

No resulta difícil imaginar que mientras esos discípulos estaban allí, parados, proclamando el evangelio a la multitud, de pronto eran interrumpidos por algunas exclamaciones de ‘Aleluya’ o de ‘Amén’ que provenía de algún lugar calle abajo, al venir otros discípulos corriendo a la plaza. En ese momento algo estaba naciendo. Por esa clase de coincidencias, los discípulos se estaban ‘descubriendo’ unos a otros y de esos encuentros casuales suyos nacía la primera reunión de la iglesia en esa nueva población o ciudad.

Fue este simple proceso no planificado —proclamar el evangelio en la plaza de mercado ganar algunos oyentes para Cristo, establecer un lugar de reunión para otros creyentes que venían a la población— que Dios usó vez tras vez como un instrumento suyo para iniciar la iglesia en un lugar. ¡la iglesia de Jerusalén estaba siendo trasplantada por toda Judea!

De modo que, en unos días la iglesia estaba congregándose en esa población... reuniéndose en casas. Pasados unos días más, o tal vez semanas, algunos de los peregrinos probablemente seguían adelante a la ciudad siguiente. Otros decidían quedarse. Formarían parte de esa incipiente iglesia. Aquellos que seguían adelante, se habían contagiado ya con la fiebre de divulgar el evangelio de Jesucristo.

Para entonces prácticamente todos los que huían de Jerusalén se habían contagiado con esa enfermedad. Todos ellos proclamaban a Cristo en todas las plazas del camino.

Hablaban de Cristo; conversaban de Cristo; se congregaban; enseñaban a los nuevos conversos. Todo lo que los Apóstoles habían hecho delante de ellos durante ocho años, ahora empezaron a realizarlo y a experimentarlo —en Judea. La iglesia nacía de la noche a la mañana en aldea tras aldea población tras población y ciudad tras ciudad.

Sí, la iglesia había quedado suprimida en una ciudad —pero ¡estaba naciendo en docenas de otras!

Y eso no era todo. Como veremos, no sólo estaba naciendo la iglesia en ciudades y poblaciones por toda Judea, sino que también estaban naciendo hombres —gigantes— en un abrir y cerrar de ojos.

¡Conozcamos a uno de esos hombres!

El año que corre es el 38 A.D.

17

El segundo Esteban

S

u nombre es Felipe. En la iglesia de Jerusalén Felipe compartió la misma experiencia espiritual que Esteban.

Esteban había señalado el inicio de toda una nueva generación de creyentes; pero él estaba muerto. La ‘nueva generación’ había sido suprimida antes de nacer. ¿Pero... lo fue realmente? ¡De pronto, aquí estaba Felipe! ¡Y muy lleno de vida!

Felipe tiene un puesto único en la historia de la iglesia. Ningún otro hombre puede reclamarlo para sí, puesto que Felipe introdujo un nuevo día.

Felipe acababa de perder a un bienamado hermano en Cristo. Sin duda alguna la muerte de Esteban, otro de los siete, lo dejó pasmado. Al caer la tarde del día que Esteban murió; seguramente llegó a oídos de Felipe la noticia de que también otros santos amados estaban siendo arrastrados por las calles para ser encarcelados. Cuando llegó la noche, vio cómo la iglesia de Jerusalén comenzaba a dispersarse. Y. probablemente antes del amanecer, él también dejó todo, lo poco que tenía, en esta tierra y a todos los que conocía, y Partió a través de Judea.

Pero Felipe ni siquiera pensaba en su pérdida. Cristo era su todo. Era casi como si la persecución no hubiese acontecido nunca. Así, Felipe salió caminando por las puertas de Jerusalén, no con una actitud de ‘estamos derrotados’, o de ‘¡ay de mí!’, sino más bien pensando cosas como “¿De veras ustedes creen que pueden detenernos? Pues ¡abran los ojos y miren!” O quizás era: “¡Atrás! ¡Atrás! Desde hace años hay un fuego en mi corazón. Al fin voy a tener oportunidad de proclamar las maravillas de conocer a Cristo.”

Cuando salió de Jerusalén, Felipe se dirigió hacia el norte. La primera ciudad mayor a que llegó fue Samaria. El Señor Jesucristo había estado allí unos once años antes y El se quedó por varios días en ese lugar. Hasta donde se sabe, aquél fue el único contacto que esa ciudad había tenido jamás con el evangelio. Felipe entró en Samaria disparando con todos los cañones, proclamando la redención de Cristo. Multitudes de personas empezaron a salir para escucharlo.

¿Qué era lo que hacía salir a toda esa gente?

Felipe predicaba el Evangelio del Reino —que quebrantaba el alma, hacía romper con las costumbres, causaba divisiones en la sociedad, desafiaba a los gobiernos, era proscrito, ilegal, hacía estremecerse la tierra, conmoverse los cielos y dejaba perplejo a cualquiera.

El Evangelio del Reino es un evangelio tan poderoso, que hará enfurecerse por igual al sistema mundial, al sistema religioso, a los convencionalismos y a la complacencia de cualquier época, nación, tiempo o lugar. El Evangelio del Reino habrá de sacudir todavía los cimientos mismos de las naciones. ¡Sí; incluso en estos nuestros propios días! Sí; hasta en naciones que garantizan la libertad religiosa. El Evangelio del Reino suena a traición en los oídos de los inconversos. (No lo es, pero ciertamente suena a eso).

Pero el Evangelio del Reino no puede ser predicado mientras no haya hombres como Felipe, que sean idóneos para predicar este evangelio. Felipe fue instruido a los pies de los apóstoles; vivió durante ocho años la genuina experiencia de vida de iglesia, viviendo casi constantemente en la consciente presencia de Cristo; y, en conclusión, había obedecido el Evangelio del Reino antes de predicarlo. (Como usted ve, tal vez tengamos que esperar un poco antes de poder escuchar este mensaje. Se requiere cierta clase de hombres, que puedan proclamar este evangelio. De otro modo simplemente no es del todo el Evangelio del Reino).

El mensaje de Felipe y el poder que actuaba en él, sacudieron a Samaria. Veintenas de personas empezaron a responder a su mensaje: no llegaban a conocer nada más que a Cristo. Entonces Felipe los bautizaba —confirmación de su renuncia al mundo. En el fervor y la libertad y el regocijo de esa hora, en tanto que centenares de convertidos se regocijaban en su salvación, mientras el ambiente se hallaba impregnado del poder de Dios, Felipe incluso hizo la prueba de sanar enfermos. (¡A veces los hombres llegan a hacer cosas desatinadas como ésa en una hora que arde en el Espíritu!).

No se sabe exactamente cómo empezó Felipe. Todo lo que sabemos es que, en algún momento durante la gloria de aquella hora ¡Felipe se atrevió! Puso a prueba su fe para sanar a alguien o para echar fuera un demonio —algo que él no había hecho nunca antes en su largo vida de creyente. ¡Y Dios honró a su siervo! Con eso las compuertas del cielo se abrieron de par en par. Ocurrieron más sanidades, y más demonios fueron echados fuera.

En todo aquel lugar había gran gozo.

Samaria empezó a presenciar algo muy parecido a los días de Pentecostés —pero en mayor grado. Samaria tenía ahora el mismo privilegio que Jerusalén tuvo una vez cuando fue testigo de cómo Esteban surgió de entre las filas de los creyentes inflamado con el evangelio. ¡Sí! ¡Había sucedido nuevamente! Pero esta vez no era Pentecostés. Esta vez no eran los apóstoles. Esta vez no era siquiera Esteban. ¡Esta vez era Felipe! Un hombre que nunca antes en su vida había proclamado el evangelio, lo estaba haciendo ahora. Ciertamente tampoco había sanado nunca a nadie. ¡Sin embargo, allí estaba! Se encontraba proclamando el evangelio con un poder asombroso y con la plena unción de Dios. Así que, estimado lector, ese largo período de espera, es ‘no hacer nada’, paga. Aquí está un segundo hombre que iguala en poder a los apóstoles, tanto al predicar, como al hacer señales. Ocho años en la iglesia habían sido más que productivos.

¡Samaria estaba siendo sacudida!

Esa nueva generación de creyentes habría de surgir todavía. ¡Después de todo, no había quedado suprimida, Oye, enemigo: toma nota. Sí, mundo: cuídate. Aún hay esperanzas de que una nueva generación de creyentes, que puedan igualar e incluso superar a los apóstoles, habrá de ocupar todavía el escenario de este drama. Y si el resto de esta nueva generación resulta ser del todo como Esteban y Felipe, la tierra está expuesta a un convite... y el infierno a una amenaza.

En breve los apóstoles, que se habían quedado en Jerusalén, se enteraron de los tremendos acontecimientos de Samaria. (Aun cuando los apóstoles estaban escondidos, obviamente les llegaban mensajes). Muchas noticias maravillosas debían estar llegando de otras partes de Judea, pero el reporte de Samaria captó realmente la atención de los apóstoles. Aquello requería una consideración especial. Podrían surgir algunos problemas realmente serios de todo eso.

¡Después de todo, los samaritanos no eran siquiera judíos!

Se decidió que Pedro y Juan descenderían allá para echar un vistazo de primera mano. Cuando llegaron a Samaria, vieron que las cosas eran como las habían oído: ¡los samaritanos eran creyentes! Entonces los dos apóstoles hicieron algo muy significativo. Les impusieron las manos a aquellas personas medio judías y medio gentiles. Al hacerlo, añadieron la bendición del Espíritu Santo y la bendición de sus propias manos a esa menospreciada raza. Les dieron la bienvenida a la iglesia.

(Parece que se llamaba con frecuencia a los apóstoles a las ciudades y poblaciones de toda Judea, a fin de que añadieran su bendición apostólica a las iglesias recién fundadas. Pero evidentemente esa bendición no era una necesidad absoluta. Tal vez sí la consideraban una necesidad en aquellos días, en el año 38 A.D.. Si realmente era así, todo ese concepto quedó inflado hasta las nubes en el año 43 A.D., en una ciudad bien distante hacia el norte).

De los esfuerzos combinados de Felipe, Pedro y Juan nació la iglesia de Samaria.

Los apóstoles permanecieron unos días en Samaria y se unieron a Felipe para proclamar el Evangelio del Reino. A la verdad, aquello debió ser un triple convite. Sin embargo, pronto emprendieron el viaje de regreso a Jerusalén. Dicho sea de paso, ese breve viaje a Samaria marcó la primera vez que los apóstoles hicieron algo que indicaba que un día pondrían en práctica la así llamada ‘gran comisión’.

Hasta entonces ellos habían pasado ocho años en una ciudad. Pero al partir del regreso, parecían haberse contagiado con el espíritu del momento. Los dos apóstoles paraban en toda población y aldea de Samaria a que llegaban y, siguiendo el ejemplo de Felipe, proclamaban el evangelio. Después de casi una década, finalmente los apóstoles fueron a otro lugar aparte de Jerusalén. (¿Hasta lo último de la tierra, tal vez? ¡No! ¡A menos de cincuenta kilómetros!)

Echemos un rápido vistazo a Judea y podremos darnos cuenta de que esta misma clase de acontecimientos estaba teniendo lugar por dondequiera.

Los creyentes viajaban hacia un lado y otro por los caminos de Judea, y paraban en cualquier lugar que siquiera pareciera un poblado y proclamaban las glorias de Jesucristo. En cada población estaba surgiendo una iglesia. Las mismas estaban formadas, en parte, de creyentes que habían venido de Jerusalén y, en parte, nuevos conversos. De pronto todos aquellos discípulos que habían huido, se tornaron en ardientes testigos del evangelio. Lo que se suponía que hubiese sido una hora de derrota, se había convertido en un torrente de gozo, de victoria... y de avance.

(Téngase presente que todas y cada una de esas iglesias estaban, en parte, integradas por creyentes que tenían una previa experiencia de vida de iglesia. Así mismo, los doce apóstoles estaban empezando a visitar las iglesias por toda Judea. Detalle importante: allí no hubo ninguna aparición súbita y espontánea de iglesias.)

Después de cierto tiempo, Felipe también se fue de Samaria. Cuánto tiempo estuvo allí levantando la iglesia, simplemente no se sabe. Pero sabemos esto: un ángel le dijo que fuera hacia el sur otra vez. Él obedeció esa orden, llegando bien al sur hacia Gaza, una franja de lugar desértico que se encuentra más abajo de Jerusalén. Allí se encontró con un cortesano real etíope y lo condujo a Cristo. Después de ese encuentro, Felipe se encaminó hacia el oeste en dirección del mar Mediterráneo.

La primera población que se encontró fue la ciudad costera de Azoto. Una vez más se desató el poder del evangelio. Cuántos creyeron en Cristo, y si Felipe se quedó en esa ciudad por una semana o un año, no se sabe.

Al irse de Azoto, este joven creyente se dirigió nuevamente hacia el norte, siguiendo las playas del mar Mediterráneo. Cuando llegaba a una población, paraba allí y predicaba el evangelio. Continuó haciendo así, en una población tras otra, hasta que finalmente llegó a Cesarea. Esto pudo haberle llevado tan sólo unos meses; pero es más probable que le haya tomado un largo tiempo. ¡Tal vez varios años! Probablemente su estancia en cada población dependía de sí cuando llegaba había ya una iglesia allí o no y de cuántos creyentes procedentes de Jerusalén se encontraban allí. Es muy probable que a Felipe le haya tomado un tiempo considerablemente largo llegar a Cesarea, la capital romana de Judea.

Fue en Cesara donde Felipe se detuvo.

Ahora volvamos atrás por un momento. Hemos señalado anteriormente que Felipe era ‘único en la historia’. ¿De qué manera era único? Felipe no sólo señaló el comienzo de ese segundo grupo de hombres; no solamente proclamó el evangelio en distintas ciudades por toda Judea, sino que él fue el primer creyente en la historia de la iglesia que recibió un don.

En la iglesia de Jerusalén había habido tan sólo dos grupos de personas; los apóstoles y los creyentes. Nunca hubo allí ningún otro grupo. Luego, ocho años después de Pentecostés, ocurrió algo nuevo. ¡Ocurrió a Felipe! (Con todo, recuérdese que esto tomó ocho años... y que ese primer don se produjo en la incomparable iglesia de Jerusalén, con doce apóstoles presentes, no menos.) Por selección divina del Espíritu Santo, Felipe introdujo algo nuevo en la historia de la iglesia. Ya no había sólo apóstoles; fue añadido un segundo don; ahora había un creyente en la tierra que funcionaba como algo llamado ‘un evangelista’. Este era un término totalmente nuevo, y un tipo de hombre enteramente nuevo para desempeñar ese ministerio.

Un evangelista no es un apóstol. Antes de Felipe, nunca se había visto nada semejante. La historia de la iglesia tenía casi nueve años ya cuando la vida de iglesia produjo ese primer creyente ‘dotado’... y su don era ¡evangelismo! En Felipe Dios dio algo nuevo a la iglesia. Pero Dios no dio su don a la iglesia, ni a Felipe, hasta que él hubo pasado por largos años de increíble preparación. (Los hombres dotados de dones no deben surgir de ninguna otra manera.)

De repente la iglesia tuvo una nueva dimensión. Hasta allí, el levantar una iglesia había sido algo realizado sólo por apóstoles Ellos habían comenzado la iglesia. Ellos la levantaron. Ahora apareció Felipe. Nótese que no se incorporó como una organización no comercial libre de impuestos, ni compró una carpa de circo para iniciar así un ministerio independiente. Eso habría de esperar unos 1.800 años más. No; Felipe ayudó a los apóstoles. Trabajó con ellos para levantar una iglesia localizable, a la que se pudiera concurrir. Una en cada población.

Felipe no empezó a llevar a cabo un ministerio independiente. Él había pasado ocho años a los pies de esos mismos hombres a quienes ahora ayudaba; y pasó ese mismo número de años en la vida de iglesia como un simple hermano. Nótese que Felipe dio su vida a la iglesia; fue un instrumento en las manos de la iglesia para edificarla, para hacerla gloriosa. No que la iglesia fuera un utensilio en las manos de Felipe, que él usara para el avance de su propio ministerio. Todo era para la iglesia.

Ese era el modo de obrar demostrado por un evangelista del primer siglo.

¿Qué es, pues, un evangelista? En realidad no lo sabemos. ¡Sabremos qué es realmente un evangelista, cuando la verdadera vida de iglesia haya producido otra vez uno en esta tierra!

Todo eso fue una larga y gloriosa epopeya para Felipe. Nada de las intenciones de Saulo con respecto a destruir la iglesia se había realizado. El único éxito que Saulo había tenido realmente, fue introducir otro Esteban. De hecho, pronto habría aun más ‘Estébanes’ y ‘Felipes’ apareciendo por todas partes.

Esa era la forma en que las cosas habrían de marchar durante los cuatro años siguientes. Adondequiera que los discípulos iban, allí proclamaban a Cristo. Si decidían quedarse para vivir en una población, inmediatamente empezaban a congregarse en las casas como iglesia.

Durante los cuatro años siguientes, los doce apóstoles se mantuvieron al tanto de todas aquellas iglesias jóvenes; visitaban a algunas y fortalecían a otras. ¡Finalmente, los apóstoles estaban empezando a viajar! Con todo, sus actividades se hallaban todavía confinadas a la diminuta región de Judea.

La proclamación de Jesucristo se intensificaba a diario. En la mayor parte de las aproximadamente 200 aldeas, poblaciones y ciudades que había en el territorio de Judea, la iglesia quedó implantada durante esos cuatro o cinco años subsiguientes a la muerte de Esteban. Ese sigue siendo todavía un récord mundial de expansión de la iglesia. ¡Judea fue completamente evangelizada! ¡Y se cree que durante todos aquellos años los apóstoles habían estado perdiendo el tiempo! No; es el creyente del siglo veinte, con su mentalidad de ‘la hora está avanzada, necesitamos un programa de urgencia, Dios está apurado para hacer una obra rápida esta vez’, el que está perdiendo el tiempo.

Ahora usted puede ver lo que ocho años de firme, maduro y apropiado fundamento recibido en Jerusalén hicieron posible. Sí; al principio parecía realmente como que nada estaba ocurriendo. ¡Todos los apóstoles (los doce) permanecían en un mismo lugar; había una sola iglesia en toda la tierra... así fue durante ocho años! Incluso parecía que los apóstoles estaban desobedeciendo al Señor. (Afortunadamente, no tuvieron por allí a nadie de este siglo veinte que pudiera insinuar esto.) De repente, al cabo de casi una década, las compuertas reventaron. En los cuatro años que siguieron, se establecieron probablemente más de un centenar de iglesias en toda Judea. Además, también surgieron varios creyentes llenos del poder de Dios.

Trátese de superar esos resultados con métodos de nuestro siglo veinte.

Veremos que, en los años subsiguientes de la historia de la iglesia primitiva, una gran parte del reino de Dios descansaría sobre los hombros de ese segundo grupo de creyentes: de esa nueva generación. Pero recuérdese que todo eso requirió 1) tiempo, 2) apóstoles, 3) vida de iglesia, y 4) vivir en las profundidades mismas de la experiencia de Jesucristo.

Y si usted cree que ocho años parecen ser un tiempo terriblemente largo, considere a los 120. Para los 3.000 habían sido ocho años de estar sentados. ¡Para los 120 habían sido cerca de doce años: ocho en Jerusalén, más los casi cuatro años anteriores que habían pasado siguiendo al Señor!

Y todo eso valió la pena. ¡Fue realmente glorioso! En casi toda ciudad y población de Judea ardía ahora un resplandeciente testimonio a Cristo.

¡Vayamos a visitar algunas de esas iglesias de Judea y veamos cómo lucen!

18

Vida de iglesia al estilo de Judea

V

ida de iglesia en Judea. ¿ Y cómo era esa vida? La respuesta es sencilla: era exactamente igual a la vida de iglesia en Jerusalén.

En Judea hasta el comienzo fue similar a como había sido el comienzo en Jerusalén. Por ejemplo, cuando los discípulos se esparcieron por Judea, no tenían ni trabajo, ni hogar, ni dinero. No tenían nada, y se encontraban en un lugar extraño. Pero unos 3.000 de ellos estaban familiarizados con eso. Habían estado ya sin trabajo, sin hogar y sin ninguna clase de recursos —poco después de Pentecostés. Además, sabían lo que tenían que hacer en semejante situación. Resolverían ese problema ahora, en el año 38 A.D., de la misma manera que lo habían hecho antes, en el año 30 A.D.

En Judea la vida de iglesia nació de la misma manera que había nacido Jerusalén.

Conforme los creyentes empezaron a encontrarse unos a otros en las pequeñas poblaciones de toda Judea, sin lugar a duda se reunían, juntaban el dinero y los alimentos que tenían consigo, alquilaban una casa y se aglomeraban en ella. Muy probablemente otros creyentes que iban de camino hacia otras poblaciones, también usaban la casa como parada intermedia para pasar la noche. Todo era como Jerusalén otra vez.

De inmediato los creyentes que se quedaban en una ciudad o población, empezaban a buscar algún medio de ganarse la vida. La casa en que vivían, pasaba a ser automáticamente el lugar en que se congregaba la iglesia. No les resultaba difícil acostumbrarse a nada de eso; habían vivido de esa manera en Jerusalén durante cerca de una década.

¿Y qué decir del evangelismo? Bueno, esto era diferente.

En lo que respecta al evangelismo, Judea era muy distinta de Jerusalén. Recuérdese que en Jerusalén los apóstoles tenían la exclusiva en ese proyecto. Pero aquí, en Judea, no eran los doce apóstoles, sino centenares de santos comunes los que proclamaban el evangelio. Siempre que esos desarraigados creyentes se encontraban unos a otros, juntaban su dinero, alquilaban una casa y se aglomeraban en ella, también estremecían la ciudad con el evangelio de la salvación. Los vecinos de la localidad recibían su salvación en la propia plaza del mercado, y venían muchos residentes curiosos a las reuniones. Eran tiempos tremendos.

Hoy día se habla mucho del poder de Pentecostés y, cuando se cuenta la historia, invariablemente se les atribuyen grandes obras y un increíble poder a los 3.000, diciendo: “Estremecían a Jerusalén y a todo el mundo.” Pero, en realidad, eran solamente los doce los que merecían esos laureles. (Ellos sí sacudieron a Jerusalén hasta los cimientos). Aquellos que dicen que la totalidad de los 3.000 recibieron poder el día de Pentecostés, están exactamente ocho años errados en sus cálculos. Fue en Judea donde centenares de ellos empezaron a dar testimonio. Repárese en esto: pasó casi una decada después del día de Pentecostés, antes de que aquellos que fueron salvos ese día comenzaron a ejercer el poder de Pentecostés. Y se supone que ésta sea la manera en que esto deba ser.

Recuérdese que esas fueron las personas que estuvieron presentes enaquel verdadero Pentecostés. Ellos son el ejemplo que debemos observar para llegar a saber qué es lo que Pentecostés hace realmente a los creyentes.

Había otra diferencia más en lo que respecta al evangelismo en Judea. Recuérdese que en Jerusalén el Señor usó milagros, así como otros acontecimientos increíbles para traer a tanta gente a la salvación. Pero esas cosas no eran tan evidentes en Judea. En Judea hubo tan sólo una tremenda profusión de poderoso testimonio y toda una plétora de vida de iglesia.

Cada vez que Dios realiza una nueva obra, Él introduce algo fresco en ella. Judea era la obra nueva de Dios, y lo nuevo que introdujo en ella fue el enorme número de creyentes que salieron a dar testimonio de Cristo.

¿Por qué no sucedió esto mismo anteriormente en Jerusalén? ¿Por qué no estuvieron evangelizando allí también centenares de creyentes afuera, en las plazas? Porque cuando Dios afrontó la crisis del nacimiento de la iglesia, Él sólo pudo hallar a doce hombres preparados, confiables, quebrantados e idóneos para llevar adelante la obra de levantar la iglesia. Fueron esos hombres y ésos sólo, los que Él usó. Ocho años después, cuando Dios encaró la crisis de la dispersión, el número de vasos idóneos que Él halló disponibles, ¡había aumentado bastante! De manera que los invistió de poder de lo alto.

Así que el estilo de vida de las iglesias de Judea era como había sido el de la iglesia de Jerusalén, pero la manera en que evangelizaban era algo diferente.

¿Y qué decir de las reuniones?

Las reuniones de las iglesias de Judea eran casi exactamente iguales a las de la iglesia de Jerusalén.

No se me malentienda. Esas reuniones deben haber sido gloriosas: probablemente la mitad de la sala estaba llena de santos procedentes de Jerusalén, que se regocijaban por lo que Dios estaba haciendo al llamar a tantas almas nuevas a su reino; y la otra mitad se hallaba repleta de nuevos conversos que,con los ojos muy abiertos, ser regocijaban en su salvación.

No obstante, las reuniones eran un duplicado de las de Jerusalén.

¿Por qué?

Porque los creyentes trasplantados eran todos de Jerusalén. Porque todos ellos eran judíos. Porque no tenían otro concepto de la vida de la iglesia ni ninguna otra forma de celebrar sus reuniones, sino la que habían experimentado en Jerusalén. Con todo, aquello era una señal de peligro. De un serio peligro.

El primer método que Dios usó para extender la iglesia, fue el de trasplantarla. Ese fue un método ideado por Dios y ordenado por Dios; con todo, el mismo demostró tener una debilidad: la identidad. Existe un peligro latente cuando todas las iglesias tienen semejante uniformidad total. Por esta razón y de modo simultáneo, Dios estaba trazando planes para realizar otra magna obra, una nueva obra en otra nación, entre paganos, muy lejos de Judea. En ese nuevo lugar, Dios habría de introducir una infinita diversidad en su iglesia.

Pero antes de dejar esas reuniones que celebraban en casas en Judea, démosles una mirada un poco más atenta. Después de todo, dichas reuniones eran realmente muy interesantes. ¿Por qué? Porque no tenían dirigentes. Nadie estaba a cargo de ellas. Esas reuniones celebradas en casas no eran dirigidas por hombres.

Pero ¿no había allí profetas y maestros que hablasen, que

enseñasen? Absolutamente no. Dios ni siquiera había dado todavía profetas ni maestros a la iglesia. Tales cosas no existían aún en esta tierra.

No se debe comenzar nunca una iglesia teniendo ya un gran número de profetas y maestros. ¡Eso lo arruinaría todo! la experiencia más saludable que una iglesia nueva puede tener, es que nazca teniendo al menos algunas reuniones celebradas sin ninguna dirección. La iglesia, cualquier iglesia, tiene derecho a tener una tal experiencia gozosa, peligrosa y espeluznante. Semejantes reuniones establecen un sólido fundamento en la iglesia y proporcionan un adecuado equilibrio para el día que Dios levante en ella profetas y maestros. Cuando llegue ese día, la iglesia no dependerá de tales hombres, ni las reuniones estarán centradas alrededor de ellos. Serán solamente un ingrediente más, añadido, no la piedra angular que mantiene unida a la reunión.1

Entonces ¿no había allí ancianos? No; Dios no había inventado aún a los ancianos tampoco.

1. Con todo, no se haga la idea de que es fácil lograr reuniones sin dirección celebradas en casas. Prácticamente es imposible tenerlas; pero pueden ocurrir cuando la iglesia ha sido fundada apropiadamente.

¿Y qué diremos de los apóstoles? los apóstoles se hallaban todavía escondidos en Jerusalén. Cuando salían de la ciudad para ir a otras partes de Judea, sus visitas eran sólo intermitentes y breves.

Pero, ¿quién estaba a cargo de las reuniones?

Nadie.

Y ¿no había desorden en ellas?

No.

Entonces ¿era ésa ‘la iglesia espontánea’ de que se habla hoy en día?

No. No existe cosa tal como una iglesia espontánea —al menos ninguna que sobreviva nunca.

Pero, sin profetas, ni maestros, ni ancianos, ni apóstoles, ¿qué impedía que se desintegraran? ¿Qué era lo que las mantenía a flote y en marcha? Después de todo, aquellos creyentes todavía experimentaban al menos cierto grado de persecución de parte del sistema religioso. Vivían bajo presión. Si no tenían dirigentes, ¿de dónde recibían su dirección y estabilidad? ¿Cuál era en realidad su secreto?

Su secreto era que ya habían experimentado ocho largos años de vida de iglesia antes de esparcirse por Judea.

Si una nueva iglesia tienevarios miembros que poseen esta clase de genuina experiencia de iglesia, entonces podemos estar seguros de que habrá cierto grado de verdadera profundidad, quebrantamiento, indulgencia, paciencia, amor y unidad entre esos creyentes. Un cuerpo de creyentes que ha experimentado previamente la vida de iglesia, puede sobrevivir, prosperar y avanzar durante un tiempo bastante largo, sin ninguna ayuda en absoluto. Una iglesia así no necesita ni oficios, ni dones, ni dirigentes. Pueden ser —deben ser— simples creyentes comunes que hayan tenido un largo período de experiencia de iglesia. El fundamento que ha sido colocado en ellos, se mantendría firme sin que haya ninguna clase de estructura.

Toda iglesia necesita pasar un tiempo en que no tenga dirigentes. Esa es siempre una de sus épocas más bellas. Durante esa época, el hecho de formar un cuerpo, la unidad y el amor son una fragancia para Dios y para los hombres. De hecho, éste es el período de tiempo —mientras la iglesia está carente de dones y de dirigentes que Dios usa para empezar a levantar creyentes dotados. Pero la iglesia debe tener un sólido fundamento a fin de que pueda sobrevivir ese tiempo.

Veamos un último detalle respecto de las reuniones que se celebraban en Judea.

Eran una pura expresión del corazón hebreo. Esto es muy importante. Esas reuniones eran reuniones hebreas; eran adecuadas para los hebreos.

¿Qué quiere decir esto? ¿Es importante esto?

Digamos que en aquellos días usted era un judío inconverso. Un día se decidió a asistir a una reunión de eso que llamaban la iglesia, que había llegado recientemente a su ciudad. ¿Qué impresión le habría causado una de aquellas reuniones? Ciertamente usted contemplaría algo muy distinto de todo lo que pudiese haber visto jamás antes en toda su vida. Y sin embargo, al propio tiempo se habría sentido como en su casa. No habría visto nada que pudiera parecer extranjero. Usted habría visto un grupo de gozosos hebreos que seguían siendohebreos, que estaban expresando a Cristo en su propia forma nativa, natural.

La iglesiacuadra bien con su medio ambiente. La iglesia armoniza con la gente y con la nación en que se desarrolla.

Ahora bien, nótese este hecho: esta hermosa realidad, a saber, la iglesia que armonizaba con la nación en que se hallaba, no habría acontecido si los doce apóstoles hubiesen sido extranjeros. (Dios no siempre usa la línea de Jerusalén. Como se verá más adelante, Dios no usa este método cuando los apóstoles no son naturales del país en que están.)

Así, pues, aquí tenemos una importante lección: los apóstoles no deben permanecer mucho tiempo en un lugar (a la manera de Jerusalén), si son extranjeros en ese lugar. Si lo hacen, el resultado será desastroso, especialmente si la iglesia que están levantando se empeña más adelante en trasplantarse en otras ciudades y naciones.

Podemos ilustrar esto.

Digamos que los doce apóstoles hubiesen sido todos oriundos del Japón. Digamos que un día todos ellos se mudaron a Londres, Inglaterra, donde levantaron un gran testimonio de la iglesia. Imaginémonos que esos londinenses recibieron instrucción a los pies de los doce apóstoles durante ocho años. Entonces un cierto día, todos los de la iglesia de Londres se levantaron, se fueron de Londres y se dispersaron por todas partes en las Islas Británicas. Imaginémonos a la iglesia de Londres trasplantada en Sussex, en Gales, en Escocia y quizás hasta en Irlanda. Ahora, ¿qué le parecería a un escocés o a un galés esa iglesia trasplantada?

¿Luciría realmente inglesa la iglesia? ¿Sería adecuada para Inglaterra? Podrían los ingleses identificarse fácilmente con ella? ¿O luciría japonesa?

El hecho es que esas reuniones no parecerían ni inglesas ni japonesas. Ni los ingleses ni los japoneses se sentirían a gusto en esa expresión de la iglesia. A los creyentes que originalmente eran de la iglesia de Londres, que a diario se habían sentado a los pies de los doce apóstoles (japoneses), pudiera haberles gustado. Puede que nunca hubiesen siquiera notado que poco a poco se estaban volviendo unos ingleses muy peculiares, debido a la influencia japonesa bajo la cual estaban. Pero podemos estar completamente seguros de esto: si esa iglesia hubiese sido trasplantada por todo el resto de la Gran Bretaña, muy ciertamente habría lucido extraña a toda la demás gente. ¿A qué se parecerían entonces las reuniones inglesas con influencia japonesa?

Extrañas. Eso es todo. ¡Simplemente extrañas!

¿Por qué? Porque aquellos sería demasiada mixtura de lo que es japonés y lo que es inglés y, especialmente, de lo que no es ninguno de los dos. Los apóstoles japoneses no podrían ser enteramente japoneses; y los jóvenes creyentes ingleses no serían de verdad ingleses, debido a su inevitable imitación de la manera de ser de los apóstoles. De hecho, esa iglesia de Londres no encajaría en ningún lugar. No se puede prevenir una singularidad tal si los apóstoles son extranjeros en el país en que están laborando, y permanecen con la iglesia original por un largo periodo de tiempo.

Además, si aquella iglesia de Londres fuese trasplantada al Continente, parecería aún más extraña allí. Por lo menos en Gran Bretaña habría tenido algunos rasgos británicos identificables. Pero, por ejemplo en Italia, la iglesia trasplantada habría parecido increíblemente extraña a los italianos locales.

Regresemos por un momento y consideremos la iglesia de Jerusalén. ¿Cuál era su composición? Los creyentes que constituían la iglesia de Jerusalén tenían tres procedencias: l) eran judíos que habían sido salvos en Jerusalén, pero que habían venido de otras partes del Imperio Romano; 2) eran judíos vecinos de Jerusalén; miles de los cuales habían sido salvos durante esos ocho años y 3) judíos que habían venido de Judea a Jerusalén, para formar parte de la única iglesia del mundo. ¡Perfecto! Exactamente lo que Dios quería.

Y ¿qué decir de los apóstoles? ¿De dónde eran? Todos ellos, sin excepción, habían nacido y se habían criado a no más de 130 kilómetros de Jerusalén. Eran todos naturales de esa región.

Aquí está el asunto.

Dios dio la línea de Jerusalén como un método muy especializado de levantar la iglesia. Así, podemos ver que en la línea de Jerusalén Dios comenzó con una sola iglesia: la de Jerusalén. Esa fue literalmente la única iglesia en la tierra durante ocho años. Así es como debe ser, porque Dios nunca se da prisa cuando establece una obra incipiente. El fundamento no se coloca apresuradamente.

Dios dio la línea de Jerusalén sólo para los comienzos. Se la dio a apóstoles naturales de la región. Dios dio la línea de Jerusalén para trasplantar la iglesia... pero para trasplantarla tan sólo en la región de su nacimiento.

Todo comienzo toma tiempo, mucho tiempo, en un mismo lugar. Y en la línea de Jerusalén, los apóstoles constituyen un factor muy dominante; por lo tanto, ellos deben ser del área local, o el resultado será una iglesia extraña, no adecuada para la nación en que está.

La línea de Jerusalén fue una obra especial de Dios; Él la usó para una obra incipiente, para apóstoles naturales del país, y para una obra de trasplante.

En resumen, vemos que las iglesias trasplantadas en Judea desde Jerusalén, eran adecuadas para Judea. La iglesia original había sido levantada por doce judíos locales; esa iglesia formaba parte de la nación en que fue trasplantada. Pero si los doce apóstoles hubiesen venido, digamos, de la India para levantar la iglesia de Jerusalén, y si al cabo de ocho años esa misma iglesia hubiese sido trasplantada en toda Judea, las nuevas iglesias no habrían sido adecuadas para Judea.

¿Por qué traemos a colación esto?

¡Porque toda la historia de los métodos usados por los misioneros es una violación de los principios básicos que Dios usó para levantar la iglesia! Este es sólo un ejemplo de ese hecho.

En la iglesia de Jerusalén vemos el primer método que Dios proporcionó para levantar su iglesia; en Judea, vemos el segundo método que Él usó.

Hasta allí, pues, Dios había dado dos métodos básicos para levantar su iglesia. Ambos métodos formaban parte de lo que llamamos la línea de Jerusalén.

LA LINEA DE JERUSALEN —la primera gran obra de Dios—es algo parecido a esto:

El primer método para levantar la iglesia: Jerusalén. 

   A. Jerusalén fue una iglesia de origen.

         

B. Había doce apóstoles presentes. Había necesidad de           apóstoles, debido a que la iglesia de Jerusalén era una         obra incipiente.

        C. Y porque era un comienzo, requirió tiempo.

D. Debido a que más tarde esa iglesia sería trasplantada a                                       otras ciudades, los apóstoles eran locales.

El segundo método que Dios proporcionó para levantar la                

iglesia: Judea.

Ahora la iglesia de Jerusalén fue trasplantada en                         Judea, el país de su nacimiento.

B. Los creyentes comunes, no los apóstoles; fueron la     clave para levantar esas iglesias. No se necesitaron        apóstoles, debido al sólido fundamento que había en la            vida de los creyentes... un fundamento que habían        recibido en Jerusalén.

El método de ‘trasplante’ que se usó para levantar la       iglesia, estuvo limitado casi únicamente a la cultura de los 

        creyentes involucrados en la obra.

Esto en cuanto al estilo de vida, el evangelismo y las     reuniones de las iglesias de Judea. Ahora, sigamos adelante puesto que hay algunas cosas más que las iglesias de Judea tienen que enseñarnos.

Número uno. En Judea se mantuvo la unidad de la iglesia. No había habido nunca más de una sola iglesia en la ciudad de Jerusalén. ¡Pero ésa era Jerusalén! ¡Ahora, la iglesia había llegado a Judea! ¿Qué harían esos creyentes una vez que quedaran libres de los apóstoles? Allí estaba la dorada oportunidad de hacer las cosas como ellos quisiesen.

Allí se presentaba ahora la oportunidad de saldar resentimientos, de afilar hachas teológicas, de trazar líneas doctrinales y, más que nada, de buscar intereses especiales. (‘¡Nunca hemos dado suficiente tiempo para ganar los leprosos para Cristo!’) ¡Qué gran oportunidad era para lanzar un montón de ‘organizaciones interdenominacionales’! Y sobre todo, allí estaba la gran oportunidad de iniciar una docena de distintas iglesias en cada ciudad.

¿Lo hicieron?

¡No; no lo hicieron!

En toda ciudad y población de Judea seguía habiendo unidad --visiblemente representada. Seguía habiendo una sola iglesia en cada localidad.

¿Se debía esto a que absolutamente todos se adherían a un criterio doctrinal omnímodo y riguroso? ¿Creían todos exactamente la misma cosa? ¿Era eso el secreto de la unidad de la iglesia primitiva? Imposible. Si hubiese habido una demanda de unidad total de creyentes, habría habido a lo menos una docena de iglesias por ciudad. La demanda de que todos crean exactamente de la misma manera, es lo que causa la desunión.

No; no era ningún acuerdo doctrinal impuesto lo que producía esa unidad. Ni mucho menos.

¿Era quizás una perfecta organización lo que los mantenía unidos, una gran superestructura, con sede ecuménica en Jerusalén? No. No era ninguna estructura organizacional monolítica lo que era su secreto.

Había unidad en las iglesias de Judea, en parte porque nadie se había puesto nunca a inventar aseveraciones doctrinales. Y la iglesia primitiva nunca se organizó. ¡Ni localmente, ni a lo largo y ancho del Imperio Romano! la principal razón de esa unidad de los creyentes era que estaban prendados del Señor Jesucristo. Era abrumadora la diaria experiencia de su encuentro con Jesucristo. Él solo los poseía. Él era su unidad.

Nunca se llegará a conocer la unidad de ningún otro modo.

Miremos a los creyentes conforme se esparcían por Judea.

Mostraban una total carencia de imaginación de estilo siglo veinte. No había ninguna diversidad. No aparecía ‘una iglesia en cada esquina’. No surgían ministerios independientes. No se formaban organizaciones especializadas para grupos específicos de personas. No se fundaron seminarios para adiestrar y preparar la riqueza del talento joven y fresco. No había más que la iglesia, la iglesia total y nada más que la iglesia. ¡Qué falto de imaginación puede uno llegar a ser!

Había una verdadera práctica y visible unidad en la iglesia primitiva.

Número dos. La dispersión de los seguidores de Cristo por toda Judea puso de relieve su movilidad y renuncia.

Recuérdese que la iglesia de Jerusalén había nacido en la movilidad —miles de personas dejaron su hogar que se encontraba en otras partes del Imperio, a fin de radicarse deliberadamente en un lugar nuevo para ellas. Eso significó un salto de fe a lo desconocido y una confianza ciega en la futura perspectiva del reino de Dios. De ese salto procedió una renuncia total: una deliberada pérdida de absolutamente todo. Esa era la disposición normal en Jerusalén.

El estandarte de la renunciación, enarbolado primeramente en Jerusalén, fue llevado ahora a nuevas alturas en Judea.

En una noche, por así decirlo, aquellos mismos creyentes de Jerusalén lo dejaron todo otra vez y se desparramaron por Judea. Salieron de Jerusalén y se internaron en Judea sin nada, exactamente igual que habían entrado una vez en Jerusalén sin nada. No tenían sino las manos peladas para poder ganarse la vida, y con eso sólo reedificaron su vida y levantaron una iglesia en cada ciudad de esa nación. ¡Qué gente! ¡Qué tiempo aquéllos!

¡Y hacían todo eso, no con resquemor, sino en medio de un gran gozo!

¡Ojalá que Dios vuelva a tener un pueblo como ése sobre esta tierra!

Número tres. Judea destacó dos o tres señales de peligro. Ya hemos indicado la primera señal de peligro, la identidad de todas las iglesias. Afortunadamente, esa concordancia no era deliberada. En nuestros días, hay hombres que de propósito inician movimientos que, al extenderse, están encaminados a ser idénticos. Desde luego, semejante práctica es abominación para Dios.

Dios nunca tuvo el propósito de que todas las iglesias que hubiese en la tierra fueran tan iguales, y sin embargo, en esos días. ¡Todas eran idénticas! Pero Dios pondría remedio a esa situación iniciando una nueva obra, la cual produciría un segundo linaje de iglesias. Sin excepción alguna, cada una de esas iglesias sería distinta de las otras —así, radicalmente. Esa nueva línea de iglesias serviría de equilibrio a lo que había sucedido en Judea.

(Vendría el día, más adelante en aquel siglo, cuando todas esas iglesias, las de la línea de Jerusalén y las de la línea de Antioquía, honrarían unas a las otras. Todas se aferrarían a la santidad de la unidad del cuerpo en cada ciudad y población.)

Notamos una segunda señal de peligro en Judea.

Si usted hubiera estado allí, habría podido identificar fácilmente el problema: los judíos de aquellos días simplemente no pensaban en términos de salvación para nadie más que para judíos. Nadie más era siquiera bienvenido, a menos, desde luego, que se hubiese convertido enteramente al judaísmo.

El evangelismo en Judea había sido pasmoso, pero había sido también exclusivo en lo racial. ¡Considérese esto! Había entre 100 y 200 poblaciones en Judea, Galilea y las áreas judías circunvecinas. ¿Qué tiempo tomó la evangelización de las mismas? ¿Cuánto tiempo les llevó a aproximadamente 20.000 creyentes levantar la iglesia, digamos en 150 poblaciones?

¡Cuatro años!

Excelente para unos creyentes que no fueron a ninguna parte durante sus primeros ocho años de vida de iglesia.

Pero si usted hubiese preguntado a alguno de esos creyentes cuánta evangelización más era necesario hacer, su respuesta podría haber sido una sorpresa para usted: “Bueno, hay una iglesia en prácticamente cada ciudad y población de Judea, Galilea y Samaria. Hay creyentes y una iglesia en Damasco y en otras partes de Siria. Bueno, eso cubre como los cuatro quintos de los judíos de Palestina, así que nuestro trabajo está casi terminado. Por supuesto, hay muchísimos judíos más en Roma, Italia, como también en Alejandría, Egipto y en algunas otras grandes ciudades de por allí. Me hago idea de que algún día Los apóstoles vayan a esas ciudades y le hablen al resto de nuestro pueblo acerca de Cristo. Pero en conjunto, yo diría que la mayor parte de la tarea ya está hecha.”

Absolutamente nadie pensaba en llevar el evangelio a ninguno que no fuera judío. La idea de ir a los que no eran judíos, o sea, la idea de evangelizar el mundo, era justamente tan remota como la de llevar el evangelio a los gatos y periquitos sería en nuestros días. Simplemente no había entrado nunca en la mente de aquellos creyentes, que se suponía que alguien además de los judíos había de escuchar el evangelio.

Literalmente, los judíos no comprendían que el propósito de Dios era la salvación para toda la humanidad. Pero eso era realmente lo que Él quería; y estaba muy determinado a traspasar los confines del judaísmo.

Había una tercera señal de peligro. Las iglesias de Judea estaban empezando a retornar a las tradiciones de la fe judía. Numerosos discípulos practicaban todavía algunas de las antiguas costumbres religiosas judías —costumbres que debían haber sido abandonadas.

Por ejemplo, una vez que los creyentes se radicaban en una población de Judea, enseguida se unían a la sinagoga local. Es muy probable que la asistencia en esas sinagogas realmente aumentara con la afluencia de los creyentes a Judea. No sólo eso, sine que en realidad los seguidores de Cristo aceptaban trabajo en esas sinagogas. Hacían de conserje, por ejemplo, y practicaban la costumbre de dejar que las personas pudientes se sentaran cerca del frente y de decirles a los pobres que se sentaran en el suelo.

No es de extrañar que Dios estuviese activo.

Dios quería que su iglesia quedara libre de todas aquellas prácticas religiosas y, de un modo específico, del legalismo judío. Pero en una tierra que rezumaba costumbres religiosas, cuya atmósfera misma estaba perfumada de rituales y donde el judaísmo literalmente fluía en las venas de los hombres, Dios posiblemente no podía obtener ese rompimiento total.

Con todo, había una forma y había un lugar; y Dios estaba haciendo sus planes.

Echemos un último vistazo a Judea. La dispersión comenzó en el año 38 A.D.. Para el año 41 A.D. la mayor parte de los 20.000 creyentes se había radicado en algún lugar. Pero ¿hasta dónde habían llegado ya el evangelio y la iglesia unos once años después de Pentecostés? ¡No muy lejos!

La iglesia se había extendido por toda Judea, Galilea y Samaria a ciudades tales como Azoto, Jope, Lida y Cesarea. Eso era un perímetro como de 100 kilómetros. De hecho un reducido número de discípulos había tocado algunas otras naciones de más allá de esa distancia. Habían alcanzado la nación de Siria, estableciendo allí la iglesia en Damasco. Eso cubría una distancia de unos 220 kilómetros.

Un puñado de discípulos había llegado aún más allá de ese límite de 220 kilómetros. Habían pasado hasta la isla de Chipre, distante unos 400 kilómetros hacia el norte. Recuérdese que casi todo eso tuvo lugar entre los años 38 y 41 A.D..

El punto más distante a que habían llegado, era una ciudad de Siria llamada Antioquía, unos 500 kilómetros al norte de Jerusalén. Antioquía era la ciudad más distante que la dispersión había tocado, y probablemente no más de una docena de creyentes llegó tan lejos.

Recapitulemos. Durante esos primeros ocho años de historia de la iglesia hubo una iglesia en esta tierra y sólo doce apóstoles, todo ello en una ciudad. ¡En los cuatro años siguientes nacieron más de 150 nuevas iglesias! De modo que el inventario cambió a unas 150 nuevas iglesias, doce apóstoles, un evangelista, y un gran número de otros creyentes, que de repente habían tomado sobre sí nuevas y pesadas responsabilidades.

Según todas las presentes normas del cristianismo (con su mentalidad de ‘programas urgentes’ y de ‘el tiempo es corto’), aquellos creyentes eran unos verdaderos rezagados —¡¿sólo 220 kilómetros?! Excepto para ese pequeño y activo puñado de creyentes que alcanzó a Antioquía, la propagación del evangelio y la extensión de la iglesia prácticamente había terminado. Con todo, admitámoslo: fue un logro increíble. No ha sido superado nunca en toda la historia moderna. El creyente de estos tiempos modernos tiene mucho que aprender y nada que enseñar, comparado con el ejemplo de ellos.

La iglesia —Las iglesias— lucían gloriosas. Había algunas señales de peligro. No obstante, el Señor quería subir más alto. ¡Y qué subida estaba a punto de realizar!

¿De qué manera?

Para contestar esta pregunta, tenemos que volver a los días inmediatamente subsiguientes a la muerte de Esteban, y ver qué era lo que estaba ocurriendo entonces en Jerusalén. Partiendo de allí podremos reconstruir el principio de la segunda gran obra de Dios en la tierra.

19

Renace la iglesia de

Jerusalén

S

aulo estaba furioso. En una noche, por así decirlo, toda la ciudad se había vaciado de creyentes. ¡Aquello era incomprensible! ¿Cómo habían podido cerca de 20.000 personas simplemente levantarse y desaparecer? La gente normal no abandonaba así como así y sin previo aviso, su casa, sus posesiones y su trabajo.

Pero ésas no eran personas corrientes. No tenían apego alguno a nada material. Sí, en efecto, se habían ido en un abrir y cerrar de ojos.

Al principio Saulo y todo el Sanedrín supusieron, probablemente, que esa súbita desaparición de los creyentes significaba el fin de ‘el Camino’. No pudieron conjeturar la durabilidad y elasticidad de esa gente. Pero luego las esperanzas de Saulo se hicieron pedazos al oír que aquellos antiguos vecinos de Jerusalén afluían a Damasco, Siria, en cantidades récord. Es probable que Saulo tuviese la impresión, basado en los primeros informes, de que Damasco pudiera acabar hospedando un trasplante de toda la iglesia de Jerusalén. No estaba claro con respecto a exactamente qué estaba pasando en Damasco; sólo estaba seguro de una cosa: quería ir a Damasco para eliminar toda posibilidad de que la iglesia llegara a tener una posición establecida allí. (Parece que Saulo realmente no estaba enterado de los desconcertantes acontecimientos que tenían lugar allá afuera, en las poblaciones pequeñas de Judea.)

Saulo fue al Sanedrín.

Su tarea en Jerusalén estaba cumplida. Ahora quería obtener permiso legal para ir a Damasco y aplastar allí a esos herejes, aun antes que comenzaran a extenderse. Era evidente que Saulo estaba decidido a dedicar toda su vida a destruir la iglesia.

Se le otorgó el permiso.

Pero lo que Saulo consiguió en realidad, fue una especie de licencia de caza para poder agarrar a cualesquiera creyentes judíos, dondequiera que fuera dentro de la jurisdicción religiosa del Sanedrín. Con esos documentos legales ya en las manos, Saulo reunió a sus mejores asociados y partió para Damasco. Es probable que fuera a caballo e incluso puede haber tenido consigo una pequeña milicia. Una cosa es cierta, con cada resuello respiraba venganza contra la iglesia.

En este punto, sólo unos días después de la muerte de Esteban, la perspectiva del futuro de la iglesia era grave. Mientras Saulo estuviese por ahí, había muy pocas esperanzas de que los creyentes pudieran sobrevivir. Para los santos que habían huido a Damasco el horizonte lucía realmente negro.

Lo extraño es que Saulo nunca llegó a Damasco. O si llegó, nunca hizo nada. Fue como si hubiese desaparecido de la tierra. El Sanedrín nunca recibió siquiera un reporte de él.

De algún modo el judaísmo perdió su principal perseguidor. La fuerza impulsora de detrás de ese holocausto se había desvanecido. Al parecer el Sanedrín no le dio mucha importancia al asunto. Se había logrado su objetivo principal. La iglesia había quedado eliminada en Jerusalén. Eso era lo principal.

En un año o dos toda la idea de destruir la iglesia había perdido su ímpetu. La iglesia ya no era una mayor amenaza a la existencia del Sanedrín. Este podía aprender a vivir con creyentes dispersos acá y allá.

Definidamente la persecución se fue extinguiendo después de la misteriosa desaparición de Saulo, pero no cesó completamente. ¿Cuánto duró exactamente la persecución? Tal parece que la iglesia vivió bajo un hostigamiento intermitente y más bien moderado como por otros tres años.

¿Cuánto estuvo Jerusalén sin una expresión de la iglesia? Parece que alrededor del tercer o cuarto años subsiguientes a la muerte de Esteban, algunos santos empezaron a fluir poco a poco de regreso a la Ciudad Santa. Probablemente hasta empezaron a tener algunas tranquilas reuniones en las casas. Todos se mostraban cautos, pero parecía que la iglesia podía efectuar una pequeña rehabilitación ante un Sanedrín desinteresado y seguro.

No se sabe quiénes regresaron, cuántos regresaron, cuándo regresaron o siquiera por qué regresaron, pero sí sabemos que poco a poco la iglesia de Jerusalén estaba volviendo a la existencia... aun cuando tenía que hacerlo en forma clandestina.

Sabemos el nombre de un solo creyente que regresó a Jerusalén. Bernabé regresó.

Era alrededor del año 41 A.D. La iglesia de Jerusalén se estaba poniendo de pie nuevamente. Pero de pronto llegó a oídos de Bernabé una noticia muy mala.

20

El converso más

inverosímil

S

e corrió la voz por la ciudad: “Saulo ha vuelto a Jerusalén.”

El hombre que tres años atrás había tratado de destruir la iglesia había regresado a Jerusalén. ¿Había vuelto para asediarla nuevamente? ¡Nadie lo sabía! La última vez que habían visto a Saulo había sido cuando él partió para ir a Damasco en el año 38 A.D.. Nadie sabía con certeza exactamente qué le había acontecido después de eso, ni cuál era su actitud hacia la iglesia, ahora, en el año 41 A.D..

Se había corrido el rumor de que Saulo se había convertido a Cristo. Pero eso era solo un rumor. El hecho era que nadie sabía nada con seguridad. ¿Era él todavía Saulo el perseguidor, o Saulo, un coheredero con Cristo?

(Según nuestro cálculo, Saulo tendría entonces como treinta y dos años.)

Uno de los creyentes que oyó la noticia del retorno de Saulo, fue José Bernabé. Algo en lo más íntimo de él creyó el rumor acerca de la conversión de Saulo. Asimismo Bernabé oyó que Saulo había venido a Jerusalén con la esperanza de ver a Pedro. Entonces Bernabé salió a fin de localizar a Saulo. Cuando finalmente esos dos hombres se encontraron frente a frente por primera vez, dicho acontecimiento marcó el primer encuentro entre dos hombres que un día habrían de alterar completamente el curso de la historia de la humanidad.

Saulo y Bernabé hablaron extendidamente. Bernabé escuchaba. Saulo le contó sus experiencias de los últimos años. Aquello era claro y transparente. No podía haber error: Saulo era un creyente. Tenia la vida de Cristo. ¡Asombroso!

Aclarada esa situación, Bernabé acompañó a Saulo a la casa donde moraba Pedro... probablemente su escondite. Allí, en ese cuarto, Simón Pedro (y Santiago) conocieron al tal Saulo de Tarso. Ellos también fueron obsequiados con el relato de la espectacular conversión de Saulo. Bernabé les contó cómo en Damasco Saulo había proclamado a Cristo a los judíos enseguida después de su conversión.

Pedro escuchó; después invitó a Saulo a quedarse con él todo el tiempo que permaneciera en Jerusalén. Los dos conversaron durante largo rato, un rato larguísimo. De hecho, Saulo se quedó a vivir con Pedro por dos semanas. Debe de haber sido toda una experiencia para los dos.

Ese día probablemente no se le ocurrió a Saulo en ningún momento que en breve él mismo necesitaría un escondite. Saulo no llegó a asistir nunca a una reunión de la iglesia ni a conocer a ningún otro de los apóstoles allí.

¿Qué sucedió?

Visitar a Pedro era sólo una de dos cosas que Saulo quería hacer durante su estancia en Jerusalén. Él tenía una vieja deuda que pagar mientras estuviera en la ciudad. Había en Jerusalén algunos judíos de habla griega a los que él deseaba hablarles.

Saulo se dio una vuelta por la Sinagoga de los Libertos.

Las paredes mismas de aquel edificio deben de haber clamado a Saulo al recordar él la escena que había tenido lugar allí. Él sabía qué tenía que hacer. Rápidamente desafió a los presentes a un debate, ¡en el mismísimo sitio en que una vez él había encarado a Esteban! (Es casi seguro que Bernabé estaba allí para ver todo eso.) ¡Saulo contra los judíos locales, acerca de la persona de Jesucristo! Sin duda alguna Bernabé quedó abrumado con lo que vio. ¡Nunca olvidaría ese día!

Aquello era una espectacular vuelta en redondo: allí, Saulo recreaba una escena casi idéntica a la que había tenido lugar en ese mismo sitio unos tres años atrás. ¿Recuerda usted? Esteban había tenido debates con esos mismos hombres. ¡Y los había vencido totalmente, incluso a Saulo! ¡Y Saulo lo recordaba! También recordaba que en aquellos mismos días mataron a Esteban.

Saulo se puso de pie. Nunca había llegado a conocer a Esteban ni como creyente, ni como amigo. Pero esta vez procuró, de alguna manera pobre, pagar una deuda a un hombre a quien deseaba haber conocido y haber escuchado. Saulo se soltó con todo lo que tenía. Bajo la unción de Dios, debe de haber dejado escaldados a sus oponentes. Ellos deben haberse quedado estupefactos. En vez de oponerse a los puntos de vista de Esteban, Saulo los proclamaba. ¿Declaró con denuedo que Jesucristo era verdaderamente el Mesías de Israel! Sus antiguos colegas no estaban preparados para eso, ni tenían intención de aceptarlo.

Las palabras de Saulo estuvieron muy cerca de producir los mismos resultados que las de Esteban produjeron. Los judíos se enfurecieron. ¡Pensar que Saulo fuese un convertido a ‘el Camino’! Enseguida después de ese debate tramaron, una vez más, una conspiración homicida —¡pero esta vez contra Saulo!

Afortunadamente, el resultado de ese complot sería distinto del de aquel que habían fraguado contra Esteban.

Algunos discípulos locales recibieron aviso del asesinato pendiente. (Ese fue el motivo de por qué Saulo nunca llegó a ir a ninguna reunión de la iglesia. Probablemente tuvo que pasar en el escondite de Pedro el resto de las dos semanas que estuvo en Jerusalén.) De inmediato los discípulos hicieron planes para sacar a Saulo de contrabando fuera de Jerusalén. ¡Pero, qué cambio! El hombre que había perseguido a la iglesia, estaba siendo perseguido ahora a causa de ella. Aquellos a quienes una vez él procuró destruir, estaban salvándolo de la destrucción.

Por último, los discípulos se las ingeniaron para sacar a Saulo a hurtadillas de la ciudad y llevarlo enseguida a lo largo de la costa hasta la ciudad marítima de Cesarea. (Saulo no podría haberse imaginado nunca, que un día él habría de pasar dos años en prisión en esa misma ciudad que ahora le proporcionaba escape.) Y allí, en los muelles, se despidieron de él y lo enviaron en un barco hacia el norte, a Tarso, Cilicia.

Saulo embarcó en un viaje de 480 kilómetros, de regreso a su ciudad natal.

Había sido una breve estadía en Jerusalén. Saulo había permanecido con Pedro exactamente quince días. No había visto a los otros apóstoles, y ni la iglesia ni casi ninguno de los creyentes habían siquiera visto su rostro. No obstante, todos oyeron la nueva: Saulo, el perseguidor, había recibido al Señor. Todos se regocijaban por la increíble noticia.

Saulo tendría alrededor de veintinueve años cuando se convirtió, en el año 38 A.D.. Después, desapareció por unos tres años, reapareciendo por dos semanas en el año 41 A.D.. Y ahora desaparecía una vez más. No volveremos a tener noticias de él por tres años más.

Fue por este tiempo (año 41 A.D.) que, finalmente, toda persecución amainó en Jerusalén y en Judea.

Por fin la paz empezó a establecerse en Judea. Las iglesias de Judea, Samaria y Galilea hallaron reposo de tanta aflicción. Parece que hasta en Jerusalén la iglesia conoció un respiro del peligro. De modo que, con el reposo del temor del hombre y con un piadoso temor del Señor, y por el consuelo que el Señor mismo les había dado, las iglesias crecían y se multiplicaban.

Han pasado unos once años desde Pentecostés. El emperador Gayo Calígula acaba de morir (37‑41). Claudio ha tomado su lugar. Y Dios está poniendo el fundamento de su segunda gran obra, una obra que iguala incluso a Pentecostés en importancia.

Veamos los primeros pequeños comienzos de esa obra.

21

¡ Miren quién vino a

almorzar!

P

edro empacó unas pocas cosas, se despidió de su esposa y se deslizó fuera de Jerusalén sin ser visto. Una vez más, Pedro salía de viaje en una de esas ‘visitas apostólicas’ a una nueva iglesia. Esta vez se dirigía a la iglesia de Lida, situada a unos 38 kilómetros al oeste de Jerusalén. Pedro no sabía —en realidad nadie lo sabía— que para cuando él regresara, la historia de la iglesia habría comenzado a entrar en uno de sus más importantes virajes, pasarían muchos años aún, antes de que se llegara a comprender el trascendental significado de ese corto viaje.

Poco después de llegar Pedro a Lida, vinieron dos creyentes desde la ciudad marítima de Jope. Venían a traerle una noticia muy triste. Parece que acababa de morir una de las hermanas más bienamadas de la iglesia de Jope. Se llamaba Tabita, o traducido, Dorcas. Debido a que las iglesias de toda Judea eran todavía muy jóvenes, de rareza ocurría la muerte de un creyente. No eran muchas las iglesias que habían pasado por esa experiencia.

Habiéndole explicado a Pedro la razón de su venida, los dos hombres le pidieron que fuera con ellos a Jope. Pedro convino en acompañarlos. Qué tenían ellos en mente o qué tenía él en mente, no se sabe. Los tres hombres partieron juntos para hacer el viaje de unos 17 kilómetros hasta el mar Mediterráneo.

Cuando llegaron a Jope, Pedro fue directamente a la habitación en que tenían el cuerpo de Dorcas. Al entrar, les pidió a todos que salieran del cuarto. Entonces se arrodilló junto a la muerta y oró; después se volvió al cadáver y le dijo:

—¡Tabita, levántate!

¡Y ella se levantó!

Desde luego, cuando la noticia de esto se propagó, causó no poca conmoción en la ciudad. Después de todo, una difunta había sido resucitada. Como resultado, muchos creyeron en el Señor, y Pedro decidió quedarse en Jope por un tiempo.1

Más lejos hacia el norte, en la ciudad de Cesarea, otra cosa nueva estaba aconteciendo. Allí, un hombre llamado Cornelio, que no era judío, capitán de una compañía del ejército romano llamada la ‘Italiana’, estaba en su casa orando. Era un hombre muy piadoso y temeroso de Dios. Mientras él estaba diciendo sus oraciones de las tres de la tarde, sucedió algo extraordinario: un ángel se le apareció en una visión. Entonces el ángel le dijo a Cornelio que enviara tres hombres a Jope para que buscaran a un hombre llamado Pedro y que lo trajeran consigo a Cesarea.

Mientras tanto Pedro, estando todavía en la ciudad de Jope, también tuvo, por su parte, una experiencia muy extraordinaria. Cerca del mediodía subió a la azotea de la casa en que se hospedaba (una azotea de tipo de jardín), con la intención de orar. Encontrándose él allá arriba, recibió una visión muy clara y muy pasmosa de parte del Señor. La esencia de esa singular visión era esto: ¡hasta los que no eran judíos podían recibir al Señor Jesús como su Salvador!

Ahora bien, ésa era una idea muy, pero muy revolucionaria.

La visión terminó. Pedro permaneció allí sentado un rato, ponderando el pleno significado de lo que le había sido mostrado. Entonces el Espíritu del Señor le dijo: “Allí abajo hay tres hombres que te buscan. Ve con ellos.”

1. Como un dato histórico, ésa fue la primera vez que un apóstol resucitó a un muerto. Nótese que habían pasado por lo menos once años desde Pentecostés, años de maduración y de experiencia en Pedro y en la iglesia... Sí, Pedro había pasado una década siendo apóstol antes de resucitar muertos. La historia muestra que pasaron cuando menos diez años antes de que Dios tuviese un hombre que pudiese resucitar muertos. (De modo que no debemos ser demasiado prontos en pedir alguna señal estremecedora a un apóstol, si acaso nos encontramos uno por allí... lo que es improbable. Ni siquiera Pedro pudo estar a la altura de todas ‘las normas’... con todo y ser un apóstol.)

Enseguida Pedro bajó por la escalera y, efectivamente, había tres hombres parados frente al portón de entrada de la casa. Pedro los invitó a entrar y les rogó que se quedaran a cenar y a pasar la noche allí. ¡Aquellos tres hombres eran gentiles de Cesarea! Querían que Pedro fuera con ellos allá. De hecho, habían venido realmente por él. De modo que al día siguiente los cuatro partieron rumbo a Cesarea, junto con algunos creyentes judíos. Pedro hacía su segunda visita no programada en ese viaje.

¿Adónde iban? A la casa de un hombre llamado Cornelio.

Cuando Pedro llegó a casa de Cornelio, los dos contaron uno al otro su propia y asombrosa historia de lo que les había acontecido. Cornelio explicó entonces, que había estado tan seguro de que Pedro vendría, que hasta había calculado cuándo llegaría y había invitado a sus amigos para que lo conociesen. Enseguida Cornelio llevó a Pedro a otra sala donde, para gran asombro suyo, Pedro se encontró ¡frente a frente con la habitación llena de gentiles! Todos ellos estaban sentados allí esperando ansiosamente oír hablar acerca del Señor Jesucristo.

Al pasar la vista por toda la habitación, finalmente Pedro empezó a comprender qué estaba pasando. Dios estaba abriendo el evangelio para los que no eran judíos también, exactamente como Él se lo había revelado en la visión. ¡Ahora los menospreciados gentiles iban a tener la oportunidad de conocer a Cristo!

¡Aquello era histórico!

Pedro permaneció allí parado delante de ellos y admitió que era ilícito para él estar allí, en la misma habitación con ellos y, además, que ésa era la primera vez en su vida que se encontraba con un grupo de gentiles. Sin embargo, impertérrito, Pedro empezó a hablarles.

Pero antes de concluir su mensaje, sucedió algo asombroso: el Espíritu Santo cayó sobre sus oyentes incircuncisos. ¡Fue un retorno de Pentecostés! La única diferencia era que esta vez era un grupo de gentiles. Todos ellos recibieron el Espíritu Santo, hablaron en lenguas y exaltaron al Dios verdadero y viviente.

Eran las tres de la tarde. Corría el año 41 A.D..

Aquél fue un día muy significativo. Por primera vez en la historia de la iglesia se tomó a unos gentiles y se los bautizó en el nombre de Jesucristo. ¡Pedro, bautizando a gentiles! ¡Bueno, eso sí que era algo!

Cuando llegaron noticias de esto a Jerusalén, causaron tremenda conmoción allí. Por cierto que cuando Pedro regresó, tuvo dificultades. Incluso con algunos de los apóstoles. ¿Cuál era el problema? Estaban turbados a causa de que Pedro había comido con los gentiles (Así pues, vernos que la iglesia de Jerusalén tenía considerables problemas con el prejuicio intolerante y el legalismo escritural.)

Pedro comprendió muy bien la confusión de ellos. Ni siquiera le pasó por la mente que su desconcierto fuera inusitado. A continuación aclaró todo el maravilloso acontecimiento. Ellos de inmediato mostraron un cambio de actitud, y alabaron a Dios por lo que había sucedido en Cesarea.

Sin embargo, de cierta manera parece que todos pasaron por alto el asunto principal: ¿debían ser circuncidados esos nuevos creyentes antes de seguir andando con Cristo               —haciéndolos así judíos? En ese momento nadie soñó que se pudiera hacer siquiera una pregunta tan osada. En años venideros la cuestión de la circuncisión llegaría a ser uno de los más grandes problemas de la iglesia, pero no ahora. (Así pues, ¿qué le pasó a Cornelio? ¿Se circuncidaron él y aquellos otros gentiles? Bueno, estimado lector, por increíble que parezca, los gentiles que componían ese primer grupo fueron casi de seguro circuncidados y hechos prosélitos judíos. De otra manera no se les habría permitido formar parte de la iglesia de Cesarea.)

José Bernabé tiene que haber sido uno de los hermanos que oyeron a Pedro contar la increíble historia de la conversión de los gentiles. Al escucharlo, algo en lo más recóndito de su interior debe de haberse conmovido. Bernabé debe de haberse turbado de algún modo que nunca nos fue dicho, por la actitud de los creyentes de su día —la actitud de que los gentiles tenían que hacerse judíos primero para llegar a ser seguidores de Cristo.

El Señor debe de haberse turbado también. El evangelio que se predicaba tanto en Jerusalén como en toda Judea, era un evangelio muy intolerante y privativo. Las iglesias simplemente no tenían el conocimiento del alcance de las riquezas de la gracia de Dios hacia todo aquel que creía. Pero, una década después de Pentecostés, el Señor empezó a dar pasos para cambiar esas limitaciones de su evangelio.

Por supuesto, lo que Dios había realizado en Jerusalén y en Judea era verdaderamente grande; ¡era su obra más grande en toda la historia hebrea! Pero no era la conclusión de lo que Él había planeado. Había demasiadas restricciones que aún detenían la libertad de su evangelio. El Señor estaba a punto de dar un gran salto en cuanto a purificar aun más su obra. ¿Qué estaba Dios a punto de hacer? Dios usó la conversión de Cornelio —ese segundo Pentecostés— para empezar su nueva obra.

¿Dónde?

¡Dios acababa de moverse! De ahora en adelante la principal obra del Señor tendría lugar a 480 kilómetros al norte de Jerusalén. Estaba a punto de empezar a escribirse un capítulo totalmente nuevo de la historia de la iglesia. La primera conversión de gentiles en Cesarea había sido sólo un pequeño primer paso de algo macho más trascendental. Era una hendedura en la puerta. El pilar entero de la puerta estaba a punto de caer.

Podríamos decir que la mitad de Pentecostés tuvo lugar en Jerusalén en mayo del año 30 A.D.. Aquella vez la mitad del cuerpo (los judíos) fue bautizada en Cristo. Como resultado de Pentecostés, los judíos de Jerusalén escucharon el evangelio y se estableció la iglesia en todas las poblaciones de Judea. Esto tomó algo más de una década. Después, en la casa de Cornelio se completó la otra mitad de Pentecostés y los gentiles fueron bautizados pasando a formar parte del cuerpo de Cristo. Por último, las puertas del evangelio reventaron, abriéndose de par en par hacia el exterior, desde Judea.

El evangelio estaba ya a punto de romper los límites de una raza y una nación. Asimismo, estaba a punto de quedar completamente libre del sistema religioso. Por ese segundo Pentecostés, (en realidad, el cumplimiento de Pentecostés), el Señor abría de par en par las puertas para que todas las naciones escucharan el evangelio y experimentaran la iglesia.

Hemos visto aquí el génesis de una importante vuelta en la historia de la humanidad. Hagamos ahora un largo viaje para subir a la ciudad de Antioquía: Dios está a punto de realizar algo asombroso en esa lejana ciudad.

22

Gentiles sin número

A

llí estaba; se extendía ante ellos en lontananza. Era la tercera ciudad más grande del mundo.

El número de habitantes: unos 500.000. Ubicación: lejos de Jerusalén y de Judea. Características: ¡griega!

Al cruzar la altiplanicie siria, los exilados de Jerusalén podían ver a distancia el río Orontes, que fluía atravesando Antioquía, y luego descendía serpenteando hacia el oeste, a través de unos veinticinco kilómetros de región montañosa, rumbo al mar Mediterráneo.

Bordeando la ciudad por el sur se elevaba el monte Silpius. Al pie del mismo, los discípulos podían ver claramente la enorme escultura de una cabeza humana sin rostro, hecha en la roca. De acuerdo al mito pagano, ése era Charón, el que transportaba las almas de los muertos al averno. Unos ocho kilómetros al sur de Antioquía estaba el Soto de Dafné, donde, a la sombra de una inmensa estatua de Apolo, se disfrazaba de ritual religioso a la inmoralidad. En aquella misma zona había un bosque que se había convertido en un santuario de criminales, deudores y esclavos escapados.

Al acercarse más a la ciudad, el pequeño grupo de discípulos pasó enseguida de la meseta a una llanura estrecha y fértil. Era evidente que Antioquía constituía un bello ejemplo de planificación urbana. Construida enteramente según la tradición de la civilización grecorromana, era una ciudad ‘moderna’ en aquellos días. Era una de las ciudades más bellas del Imperio. Hasta se la llamaba “Antioquía, la bella” y “La Reina del Oriente”.

Los discípulos entraron en la ciudad por una ancha calzada bordada de columnas. Pasaron frente al Legado Inspirado, y delante de templos paganos y del espectacular Hipódromo, versión antigua de una moderna pista de carreras.

Por supuesto, apartados del hermoso centro de la ciudad y ocultos del mismo, como en todas esas ciudades de aquellos días, había kilómetros de atestados callejones.

Ahora, había un detalle diferente respecto de esta ciudad. En todas las demás ciudades a que habían huido los creyentes de Jerusalén, había áreas concentradas de población y cultura judías. Pero Antioquía estaba más lejos de Jerusalén qué cualquier otro lugar a donde los creyentes perseguidos se habían dispersado. Estaba aislada. Era la única ciudad grande en esa área. Sí, había judíos allí. Si, había una sinagoga allí, la segunda sinagoga más bella de la tierra. Y sí, esos creyentes entrarían en la sinagoga y proclamarían el evangelio. No obstante, Antioquía era de todo en todo gentil. Su lenguaje, su cultura y todas sus costumbres distaban un mundo de la vida de Judea.

Bien que Antioquía pudiera haberse puesto en guardia a la vista de esos recién llegados. Algo de veras revolucionario llegaba a la ciudad al entrar en tropel por sus puertas esa pequeña cuadrilla de hombres. Ni el tamaño de la ciudad, ni lo alejada que estaba de Judea habrían de detener a esos santos. Aun cuando eran judíos, ninguno de ellos era procedente de Jerusalén, esto es, no originalmente. Algunos venían de Cirene, ciudad del Africa del norte, y de la cercana isla de Chipre. Su lengua nativa era el griego, no el hebreo.

Sin duda alguna, todos ellos habían estado en Jerusalén observando la fiesta de Pentecostés, aquel trascendental día del mes de mayo del año 30 A.D., y se habían convertido oyendo el evangelio de Pedro. Ahora, más de una década después, estaban de vuelta en su propio mundo de habla griega. Se sentían perfectamente en su elemento en Antioquía.

¿Cuántos hombres había en ese grupo de creyentes que venían huyendo? Probablemente no más de ocho a doce.

Pero ése no era un grupo de hombres tímidos; sus corazones ardían por Jesucristo. Y no tenían escrúpulos raciales. Hicieron algo que nunca nadie había hecho antes en toda la larga historia hebrea. Una vez que abrieron fuego con el evangelio, lo proclamaban indiscriminadamente, tanto a los griegos locales, como a los judíos. Pasaron completamente por alto la costumbre de hablarles tan sólo a los judíos en la sinagoga local. Además, los griegos que los oían, respondían... con un desbordante entusiasmo. En ninguna otra parte había habido nunca una respuesta más inmediata y sincera al mensaje de Jesucristo.

Rápidamente el número de creyentes en Antioquía se hinchó. Los creyentes de Jerusalén quedaron rodeados (y casi envueltos) por una gran hueste de nuevos ‘creyentes paganos’. Se rascaban la cabeza al contemplar su situación. Encaraban un problema muy singular. Allí estaban todos esos creyentes recién convertidos, que no tenían una herencia religiosa judía. Palabras tales como ‘Abraham’, ‘la simiente escogida’, ‘la línea davídica’, ‘la promesa del pacto’, ‘circuncisión', ‘purificación’ y ‘sábado’ eran conceptos totalmente desconocidos para ellos.

No; esos nuevos creyentes gentiles no encajaban en el patrón de ningún creyente anterior. Ignoraban del todo la vida y la historia de los hebreos; no tenían herencia religiosa; se habían criado completamente fuera de la influencia de un sólido sistema religioso. No tenían ningún código moral. Tampoco conocían ninguna estricta disciplina social y moral. Y aventajaban el número de creyentes judíos en una enorme proporción.

Aparentemente los creyentes judíos aventajados en número, tampoco podían suscitar mucho interés en los tópicos de la tradición hebrea. De lo que a los griegos les gustaba oír hablar, era del conocimiento y la experiencia de Jesucristo. Y aquellos hermanos judíos, como no eran muy versados en materia teológica, cometieron un error fatal: les dieron solamente a Cristo a los gentiles... sin todos los demás ‘accesorios’.

Pero en los días subsiguientes, el número de creyentes creció aún más. Con cada día que pasaba, esa multitud de creyentes lucía cada vez menos judía y cada vez más como algo nunca antes visto por nadie. Por último, según parece, aquellos creyentes judíos se dieron por vencidos completamente. Cosas tales como la circuncisión, la purificación, etcétera, se tiraron todas ellas por la ventana.

Esos fueron acontecimientos significativos, demasiado insólitos como para que fueran pasados por alto incluso en la lejana Jerusalén. La noticia de que tantos paganos estaban siguiendo a Cristo había de llegar a oídos de los apóstoles.

Los creyentes de Jerusalén estaban apenas empezando a acostumbrarse a la idea de tener creyentes gentiles en la iglesia de Cesarea, en Judea. Y ahora, de repente, de un lugar remoto venía un informe de que una hueste de gentiles había creído en Cristo en una ciudad distante. De hecho, si el reporte era digno de ser creído, había tan sólo un puñado de creyentes judíos en todo ese grupo de Antioquía. (Y ese grupo había demostrado los límites de su buen juicio testificando a los gentiles.)

Seguramente nadie en la iglesia de Jerusalén reconoció la importancia de ese informe. Para un creyente que vivía en Judea, la noticia de que los gentiles venían a Cristo era solamente un maravilloso acontecimiento más en una larga lista de cosas asombrosas que Dios había estado realizando. Sin embargo, para los creyentes de Judea era indiscutible que la principal bendición de Dios aún era para los judíos ‑‑ciertamente no para un puñado de conversos griegos en una distante ciudad gentil.

Ellos no sabían que Dios estaba cambiando el destino de su más plena bendición. La corriente principal de la obra de Dios había pasado para Antioquía. ¡Y nadie lo había notado siquiera! Pasarían años, tal vez décadas, antes de que ese hecho llegara a ser evidente para todos.

Desde luego, los santos de Jerusalén sí comprendieron que ese nuevo acontecimiento que tenía lugar en Antioquía era maravilloso. La noticia era un poco extraña, pero la recibieron con gran gozo. Comprendieron que valía la pena ir a ver un acontecimiento tan extraño, aun cuando hubiese tenido lugar lejos en el norte, en Antioquía.

Hacía falta que alguien viajase hasta Antioquía, verificara allí la situación, regresara a Jerusalén e informara a los apóstoles lo que había visto. Antioquía no parecía lo suficientemente importante como para que requiriese la visita de un apóstol. Después de todo, los apóstoles estaban ocupados; tenían muchísimo que hacer en Judea. Con todo, quienquiera que fuese escogido para ir, tenía que ser un creyente firme y debía saber hablar en griego. Se le dio ese encargo a un hermano de veras confiable, conocido como ‘Hijo de consolación'. Bernabé recibió el encargo. Aquella larga jornada era suya. Después de trece años de estar sentado, finalmente iba a formar parte de la acción.

Aquella fue una decisión simple: no era necesario enviar un apóstol. Bernabé podría ver qué estaba sucediendo en esa ‘desertora’ obra del Señor. Los apóstoles no se daban cuenta entonces de que estaban subestimando en gran manera lo que estaba pasando en Antioquía. Pero aquello era un ‘error’ divino.

Dios había decidido, en la sencilla selección de Bernabé, darle una de las funciones clave en determinar el destino de la humanidad para todo el tiempo por venir.

Todo lo relativo a la decisión de los apóstoles fue singular. Entre otras cosas, Bernabé iba a ser enviado solo. Por lo general, siempre que se hacia algo como esto, se enviaba a dos hombres. Además, no se enviaba a Bernabé a Antioquía en calidad de apóstol. Él no era apóstol; iría simplemente como un hermano. (De acuerdo a los términos usados en la iglesia primitiva, Bernabé era un ‘obrero’.) Su comisión consistía tan sólo en visitar una ciudad en que había algunos nuevos creyentes. Luego, él habría de reportar sus hallazgos. Ahora bien, cuánto tiempo debía quedarse, qué se suponía que debía hacer, cuándo había de regresar a Jerusalén, de qué manera había de hacer llegar el informe a los apóstoles... parece que todo eso había quedado en el aire.

Bernabé aceptó su sencilla comisión, se despidió afectuosamente de todos y salió cautelosamente de la ciudad... solo.

Pasaría un largo tiempo antes de que Bernabé volviese a Jerusalén para dar ese informe a los apóstoles                        —probablemente más largo de lo que cualquiera esperaba que fuese. Y pasaría todavía mucho más tiempo, antes de que cualquiera llegase a comprender el pleno significado de lo que el Señor estaba haciendo realmente en Antioquía.

(Vendría incluso el día en que surgirían cuestiones cataclísmicas entre las iglesias jóvenes. Bernabé se encontraría en el mismísimo centro de esa controversia. En aquel día él habría de estar en el lado opuesto de la cerca, respecto de los apóstoles mismos que ahora lo enviaban a Antioquía. ¡Además de eso, sería Bernabé, no los doce, quien estaría de pie en la mayor luz del Señor!)

Ese día Bernabé salió caminado de Jerusalén como un simple hermano —un creyente que había permanecido en la iglesia recibiendo las enseñanzas de los apóstoles durante unos trece años. Un día habrá de regresar a Jerusalén. Pero cuando vuelva, no lo hará como un simple hermano. No; ese día Bernabé volverá en calidad de apóstol por derecho propio.

Han pasado trece años desde Pentecostés. La mayoría de las iglesias de Judea tienen cinco o seis años. Hay aproximadamente 150 iglesias, casi todas dentro de un área de unos 200 kilómetros. Por fin, ahora está a punto de nacer una iglesia gentil.

Claudio es el emperador en Roma. Agripa I es el gobernador de Judea. El futuro destino del hombre del mundo occidental está en las manos de Bernabé.

Es plena primavera. Corre el año 43 A.D..

23

Comienza la segunda

obra de Dios

G

ozosos, le contaron a Bernabé toda la historia. ¡Gentiles! Docenas de ellos. Todos creyentes. ¡Griegos! Y amaban al Señor.

—Hermano Bernabé, tienes que verlos. Y las reuniones también. Nada es igual a como era allá en Judea. Aquí en Antioquía todo es diferente.

Como cualquier otro judío se habría sentido, Bernabé debe de haberse sentido desconcertado; nunca había estado en la misma habitación con una muchedumbre de gentiles. Pero si Pedro había podido hacerlo, por cierto que él también podía hacerlo.

Su asistencia a esa reunión significaba macho más que una mera disposición de romper con la tradición de segregación: Bernabé tenía una carga en su corazón. Antioquía era la respuesta a esa carga. Su actitud mostraba a las claras que sentía de parte del Señor, que la iglesia debía tener una expresión que fuera un claro rompimiento con todas las tradiciones del pasado.

Cuando Bernabé llegara al lugar de reunión de la iglesia, habría de tener la oportunidad de hacer realidad ese sentir; pero nada en todo su pasado lo había preparado para lo que estaba a punto de contemplar. Bernabé se daba cuenta de que probablemente quedaría turbado al ver por primera vez la versión gentil del Reino de Dios.

Entonces, de pronto, ya estaba allí.

Bernabé entró en aquel aposento repleto de gentiles. ¡Eran tan alborotadores y ruidosos! La ‘reverencia’ no formaba parte de su experiencia. Disfrutaban de una completa libertad de expresión. Cuando comían (ningún judío podría jamás pasar por alto esto), lo hacían sin lavarse las manos. Y no había oraciones judías. Nada. Solamente comer y regocijarse en el Señor.

Sus vestidos no eran como la ropa que usaban los judíos. Ni tampoco parecían tan limpios. Evidentemente la purificación era otra cosa ausente de la herencia y de la conducta de ellos. El largo de sus cabellos era, según las normas de los judíos, una abominación. Y, para remate, ahí estaba esa persistente y roedora noción. ¡Ni uno solo de todos los que estaban reunidos en ese salón, había sido jamás circuncidado! Y eso, para cualquier judío, era muy difícil de aceptar.

De repente Bernabé se encontró en un mundo muy distinto, ¡y él lo sabía!

Tal vez, considerándolo bien, esta gente no debía ser alentada a seguir en el Señor. Si seguían así, ¡qué cosas no podrían suceder! No tenían una herencia hebrea que los guiara. No tenían una sólida fibra moral. En una palabra, estaban ‘por la libre’. Si Bernabé los alentaba a seguir con el Señor de esa manera libre, algo terriblemente distinto de la iglesia judía habría de resultar. ¿A qué se parecería luego? No había ninguna garantía de qué era lo que podía suceder, si se dejaba que comenzara una iglesia gentil. Esa idea era tanto alarmante como emocionante.

Pero allí estaba en cada rostro. Al mirar Bernabé alrededor en ese salón, no cabía duda alguna. Podía verlo en sus sonrisas, podía oírlo en sus voces. Jesucristo era su Salvador. Conocían al Señor Jesús. ¡Eran redimidos!

Llegó el momento de que Bernabé empezara a hablar. ¿Qué haría él ahora? La decisión que había de tomar en ese momento, no tenía precedente en toda la historia de la fe judía. ¿Se permitiría que algo que no fuera hebreo viviese? ¿Alentaría él a esa gente a seguir adelante? ¿Cancelaría todo ese asunto? ¿Haría algunas correcciones aquí y allí? O al menos, ¿los sacaría y haría que fueran circuncidados? ¿Qué harás, pues, tú, Bernabé, hijo de exhortación, tú que has sido llamado “varón bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe”? ¿Qué harás?

Bernabé se puso de pie. Casi podían escucharse sus pensamientos: “Bueno, el Señor comenzó esto, no yo. Si Él lo comenzó, Él sabrá terminarlo.” Entonces abrió la boca...

“Y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor.” Y después que aquellos gentiles oyeron eso, muchos más de ellos creyeron. Y se regocijaron aún más todos ellos.

Aquel día, en esa reunión, nació la iglesia de Antioquía.

24

Se solicita un colaborador

P

ara Bernabé, los días subsiguientes fueron indudablemente días de desasosiego. Ahora encaraba una difícil alternativa; no, mucho más que difícil. Sin saberlo él, la historia de la humanidad giraría sobre su decisión.

Si Bernabé decidía quedarse en Antioquía, necesitaría ayuda. Pero tal vez simplemente debía de regresar a Jerusalén. ¿Qué tenía que ver él con el asunto de levantar una iglesia? Después de todo, en realidad nadie lo había enviado a Antioquía para hacer eso. Había venido simplemente para observar y probablemente para informar desde allí a los apóstoles. Pero habían sucedido muchas cosas, más de lo que él jamás pudiera haber creído. Ahora se encontraba en una disyuntiva.

Bernabé consideró las opciones que tenía.

Podía enviar un informe allá a Jerusalén y pedir que uno o dos de los apóstoles viniesen a Antioquía a fin de unirse a él; o podía regresar a Jerusalén, entregar su informe, pedir a algunos apóstoles que fueran a Antioquía a fin de unirse a él; o podía regresar a Jerusalén, entregar su informe, pedir a algunos apóstoles que fueran a Antioquía y quedarse él en casa; o... podía olvidarse de Jerusalén, quedarse en Antioquía y ¡atreverse a levantar la primera iglesia gentil!

Bernabé tenía que considerar varias cosas relativas a todas esas posibilidades. En primer lugar, el griego no era la lengua materna de ninguno de los apóstoles. (Pero sí era la lengua nativa de Bernabé.) Por otro lado, Bernabé no era el único creyente de Jerusalén que sabía hablar en griego. (Sin embargo, era él el que había sido enviado a Antioquía.) Probablemente debía regresar a Jerusalén. Pero, por otra parte, el viaje de regreso a Jerusalén era realmente un viaje muy largo. (Unos 480 kilómetros, o sea, una jornada de veinte a treinta días.)

Con todo, Bernabé sabía que ninguna de esas cosas afectaba en lo íntimo el asunto.

El hecho era que él experimentaba una profunda e inexplicable carga. Aquella carga tenía que ver tanto con Jerusalén como con los gentiles. Para Bernabé, algo no estaba del todo bien en cuanto a las viejas influencias judías que los creyentes de Judea estaban pasando a su nueva fe. Es probable que en aquellos primeros días después de Pentecostés, no existiera ese traspaso; pero, con el tiempo, por el hecho de vivir en medio de toda esa su pasada herencia religiosa, aquellos creyentes de Jerusalén se deslizaron inconscientemente de regreso a ella. Después de todo, los creyentes de Judea estaban rodeados del templo, de rituales, formas, tradiciones y enseñanzas, y de la invisible presión del orgullo nacional. Al parecer, los creyentes de Judea no llegarían a comprender nunca plenamente, que en Cristo habían quedado libres de toda sistematización religiosa.

Entonces Bernabé tomó una decisión.

Al tomarla, hizo algo totalmente contrario al orden debido. ¡Decidió no regresar a Jerusalén! No parecía tener mucha prisa por enviar ese informe allá a los apóstoles. Y, sin consultar a nadie, Bernabé tomó en sus propias manos la entera situación de Antioquía. (Eso puede haber parecido una franca rebelión, pero recuérdese: los apóstoles lo habían enviado allí. Bernabé tenía la experiencia de trece años de vida de iglesia, y la razón de por qué lo habían enviado a él, era porque confiaban en su buen juicio. En cuanto alguien tenga la idoneidad que tenía Bernabé, puede sentirse libre para hacer lo que él hizo. Sobre todo eso, e incluso esto era más importante, Bernabé tenía el claro sentido del Señor para hacer lo que él hizo.)

En este punto de su dilema, Bernabé se acordó de Saulo. Recordó su visita de quince días a Jerusalén. Recordó que Saulo, aun cuando estaba empapado de las antiguas tradiciones, proclamó un evangelio totalmente libre de influencias judías. Recordó el día que Saulo fue a la Sinagoga de los Libertos.

Bernabé necesitaba ayuda inmediata. Pero no iría a Judea para obtenerla.

Entonces Bernabé decidió hacer un rápido viaje de unos 125 kilómetros a Tarso de Cilicia, para ver si podía hallar a Saulo. (Recordemos que Saulo había regresado a Tarso tres años atrás, huyendo de la conjura que se había organizado contra su vida en Jerusalén.) La ciudad de Tarso se hallaba relativamente cerca de Antioquía. Quizás Saulo aún estuviese allí. Y tal vez, sólo tal vez, él estaría de acuerdo en venir a Antioquía con Bernabé. De modo que partiendo hacia el noroeste en dirección de Tarso, Bernabé salió en busca de un hombre del mismo parecer que él, para trabajar con él en la obra que tenía por delante.

Con aquella simple decisión comenzó uno de los más grandes virajes de la historia.

25

Dos fabricantes de

tiendas

B

ernabé entró por las puertas de la ciudad natal de Saulo caminando a grandes zancadas. Sin embargo, parece que no le resultó muy fácil encontrar a Saulo. Este estaba todavía muy en los ‘años improductivos’, la ‘etapa oculta’ de su vida. El hallarlo se convirtió en una expedición de caza.

Lo que Bernabé tenía ante la vista al ‘peinar’ a Tarso en busca de Saulo, era una de las ciudades clave de la planicie ricamente fértil de Cilicia. La ciudad estaba ubicada en el rincón suroriental de la región llamada Asia Menor. El mar Mediterráneo se extendía a unos quince kilómetros al sur, pero en realidad la ciudad contaba con un puerto interior... ¡artificial!

A unos treinta kilómetros al norte de la ciudad estaban los desfiladeros y acantilados del monte Tauro. Esas montañas formaban un arco hacia el poniente, describiendo como un semicírculo alrededor de la ciudad, llegando casi hasta el mar. En invierno, las cumbres de esas montañas constituían un verdadero espectáculo cuando estaban coronadas de nieve. Durante el deshielo de la primavera y el verano, el río Cidna descendía pasando impetuosamente a través de las gargantas de la montaña. El río atravesaba la ciudad en una corriente angosta y rápida, y desembocaba en el puerto artificial, haciendo así navegable el puerto durante los meses cálidos del año.

La plaza de mercado que Bernabé atravesó caminando, estaba dominada por hileras de templos paganos. La ciudad de Tarso era una amalgama de ateos, griegos, asirios, persas, macedonios y naturales de Cilicia. De lo que vio, Bernabé entendió que Saulo conocía a los gentiles. Igual que él, Saulo se había criado en una ciudad totalmente alejada de la dominante cultura y sociedad judaica. Habiéndose criado en esa ciudad, Saulo tenía que ser bilingüe... o sea, que hablaba en hebreo en su casa y en griego en la calle y en los mercados.

Fue allí, en la plaza de mercado, donde indudablemente Bernabé observó cómo los maestros fabricantes de tiendas ejercían su oficio. Bernabé, que también era fabricante de tiendas, pudo observar cómo aquellos artesanos tejían una tela fuerte, hecha del pelo largo de las grandes cabras negras que pacían en las laderas del monte Tauro. Ese material para hacer tiendas se llamaba ‘cilicio’ y lo usaban tanto las caravanas y los nómadas, como los soldados en toda el Asia Menor.

Quizás fue allí, entre los fabricantes de tiendas de Tarso, donde al fin Bernabé pudo obtener información acerca de Saulo.

De una cosa estamos seguros, y es que, por último, Bernabé localizó a Saulo.

Entonces los dos hombres se sentaron y conversaron. Saulo escuchó atentamente cuando Bernabé le contó las espectaculares y desconcertantes noticias de lo que había sucedido en Cesarea y en Antioquía. Después de relatarle toda la historia, Bernabé dejó caer la bomba:

—Saulo, ¿estarías dispuesto a venir conmigo a Antioquía?

Parece que Saulo no vaciló en convenir. Él sabía que había sido llamado a proclamar el evangelio a los gentiles. El Señor lo llamó para eso el día mismo que se convirtió.

Aquello marcó el inicio de una relación entre dos hombres, que duraría siete largos años: relación que estaría pletórica de sufrimiento y de gloria, pero que sería una de las más señaladas de toda la historia.

¿Qué era exactamente lo que Saulo había estado haciendo en Tarso durante esos últimos tres años? Recordemos que Saulo había pasado los primeros tres años subsiguientes a su conversión allá afuera, en el desierto de Arabia, solo, aprendiendo a conocer al Señor —sin hacer nada. Bueno, parece que había estado haciendo lo mismo durante esos segundos tres años, en Tarso. Saulo había pasado seis años aprendiendo a conocer a su Señor.1

Saulo puso fin a todos sus negocios en Tarso y se preparó para irse a Antioquía. Nunca más volvería Tarso a ser ‘hogar’ de Saulo. Así, los dos hombres emprendieron juntos el viaje de cinco días, de regreso a Antioquía.

Saulo llegó a la iglesia de Antioquía justo a tiempo ‘para estar allí desde el comienzo’. La iglesia de Antioquía era conocida por su gran denuedo en proclamar el evangelio, y parece que Saulo fue puesto a trabajar haciendo precisamente eso desde el comienzo mismo.

Es muy posible que incluso sepamos dónde vivió Saulo durante los cuatro años que él estuvo en Antioquía. Muy probablemente vivió con la familia de Simeón Niger, o sea, éste, su esposa y sus dos hijos Rufo y Alejandro. Parece que la esposa de Niger se encargaba de velar por las necesidades de este soltero de treinta y cinco años.

Dios había preparado soberanamente a estos dos hombres: a Saulo y a Bernabé. Su preparación tuvo un significado casi sin paralelo en la historia de la iglesia.

Entonces, ¿qué clase de hombres eran estos dos? ¿Y por qué circunstancias habían pasado? ¿Cómo los había preparado Dios para la obra que ahora ponía delante de ellos? Observe atentamente la respuesta. Se pueden ver los principios según los cuales Dios actúa cuando prepara hombres para su obra. (A propósito, su obra es la iglesia.) Veamos qué es lo que Dios pone en un hombre que Él quiere hacer ministro del evangelio. Ahora mismo Bernabé es un simple ‘obrero’ en Antioquía. Pero un día llegará a ser apóstol. Así que su vida merece realmente que la observemos. Veamos cuán estricta es esa preparación.

1. Prácticamente no son más que conjeturas todo lo que se dice respecto a que él ministró en Tarso. Bernabé tuvo que buscar mucho para encontrar a Saulo en Tarso. Él no había emprendido el ministerio público.

Observemos a Bernabé.

Bernabé tiene ahora (por la edad que ya le hemos atribuido) unos cuarenta y tres años. José Bernabé es oriundo de Chipre. Él nació y se crió en esa isla. (La isla de Chipre se encuentra a unos 240 kilómetros al oeste de Antioquía, en el mar Mediterráneo.) Él era judío, pero, al igual que Saulo, su lengua materna era el griego. Bernabé era de la antigua tribu israelita de Leví, la tribu de la cual venían los sacerdotes del templo; pero Bernabé no tenía ascendencia sacerdotal. Con todo, la enseñanza religiosa que había recibido en su juventud, en virtud del hecho de que él era levita, había sido mucho más estricta que la educación de la mayor parte de los muchachos judíos —por si acaso fuera escogido alguna vez para servir en el templo. Bernabé conocía muy bien su religión judía. Conocía las tradiciones y la teología del judaísmo. Había estudiado a Moisés y a los profetas. (En otras palabras, ¡conocía los rollos!) Además, Bernabé se había criado en una familia pudiente. Sin embargo, después de hacerse creyentes, se hizo pobre. Aprendió la renuncia.

En el año 30 A.D., Bernabé decidió partir de la isla de Chipre para visitar Jerusalén y tomar parte en la fiesta anual de Pentecostés. Él fue tan sólo uno de los miles de visitantes que llegaron a la Ciudad Santa aquel año. Igual que muchos otros judíos, fue testigo de los acontecimientos de ese día, y sin duda alguna escuchó el discurso de Pedro. Se convirtió de corazón a Cristo y se entregó enteramente al Señor.

Esa fue la preparación que Dios puso en la vida de Bernabé hasta su conversión. ¿Y qué fue lo que Dios plantó en la vida de Bernabé después de su conversión. ¿Qué es lo que Dios realmente planta en la vida de un hombre a fin de prepararlo para levantar la iglesia?

En primer lugar, adviértase que Bernabé experimentó a diario la vida de iglesia. Por ocho años no fue más que un simple creyente en la iglesia de Jerusalén... y eso fue todo. Cada día se reunía con los demás creyentes cuando se congregaban en alguna casa. Cantaba, oraba, alababa al Señor y confraternizaba con los demás creyentes. Su experiencia era exactamente análoga a la de Esteban y la de Felipe.1

Bernabé, al igual que Esteban y Felipe, pertenecía a ese ya mencionado segundo grupo levantado después de los apóstoles. Él era uno de esa nueva generación, de esos siervos del Señor que nunca lo habían conocido según la carne... pero que, no obstante, lo conocían muy bien.

En segundo lugar, Bernabé había estado en la iglesia de Jerusalén ‘desde el principio’. Esto es significativo. Aun cuando él no hizo absolutamente nada durante aquel ‘comienzo', no obstante tuvo un asiento de primera fila con respecto a lo que los apóstoles hicieron al principio. Tuvo el privilegio de ver exactamente cómo los apóstoles hacían las cosas, desde el primer día mismo. Bernabé vio, en la práctica, de qué modo los creyentes se las arreglan con los ‘comienzos’ en la obra del Señor.

Bernabé tuvo el privilegio de observar cómo los apóstoles ponían el fundamento de la primera iglesia que hubiese existido jamás en la tierra. Trece años después esa experiencia tuvo un valor inapreciable para él. (Cómo ir a Antioquía y comenzar la iglesia sin nada, no era un completo misterio para Bernabé.) Como usted sabe, ¡los doce también habían aprendido cómo comenzar una obra! Habían estado con el Señor ‘desde el comienzo’. Bernabé fue el tercer movimiento de ese drama... con Saulo, un cuarto movimiento, que estaba allí atento observando cada paso que Bernabé daba para iniciar la iglesia de Antioquía.

1. En realidad Bernabé acumuló trece años de experiencia en la iglesia antes de ir a Antioquía. (Esteban y Felipe tenían sólo ocho antes de empezar a servir al Señor en un ministerio.) Al comienzo de la persecución de Jerusalén, Bernabé fue a Judea. Al amainar la persecución, volvió a Jerusalén. De allí fue luego a Antioquía. Eso cubre un período de trece años.

En tercer lugar, Bernabé se sentaba a los pies de los apóstoles mientras ellos enseñaban a diario en el pórtico de Salomón. Esto es algo distinto de experimentar la iglesia. Se puede experimentar la vida de iglesia sin sentarse nunca a los pies de apóstoles. Lo que los apóstoles hacían al enseñar en el templo, era distinto de la experiencia de vivir en la iglesia. Bernabé escuchó todo lo que ellos dijeron en el curso de ocho años. Desde luego, los apóstoles tenían increíblemente mucho que decir. Aprendió lo que ellos habían aprendido mientras estuvieron con Jesús. Pero, además, Bernabé no estuvo simplemente sentado escuchando. Experimentó las cosas que ellos enseñaban.

Bernabé experimentó. Observó. Escuchó. Aprendió. Si miramos atentamente, notaremos que la relación que Bernabé tuvo con los doce apóstoles a lo largo de ocho años, fue en gran manera como la relación que ellos tuvieron con el Señor durante cuatro años. Desde el principió los apóstoles observaron y escucharon, pero no hicieron mucho.

Así mismo fue con Bernabé. Durante toda una década Bernabé no obró milagros, no predicó mensajes, ni fue hasta lo último de la tierra. Ni siquiera salió fuera de los límites de la ciudad de Jerusalén.

Además, Bernabé se dedicó totalmente a la iglesia y al Señor. ¡Podemos estar bien seguros de esto! En una ocasión vendió todas sus posesiones y todo lo demás que tenía valor, y dio todo el dinero a los apóstoles. Ahora bien, si eso es todo y nada más, ¡tuya es emocionante! ¡Es algo denodado! ¡Eso cambiará la vida de uno... dejándolo sin probabilidad de volver atrás!

Pero el hecho más importante es éste: Bernabé experimentaba a Cristo diariamente, en lo profundo de su espíritu. Cada día se reunía con los demás santos en alguna casa y confraternizaba con ellos. ¡Tenía que conocer a Cristo! Asimismo, tenía que conocer la iglesia.

Vemos qué había plantado Dios en la vida de Bernabé. Era un hombre lleno de experiencia sobre quien Dios había puesto la mano a fin de que levantase la primera iglesia gentil. Este hombre, que tenía esa extraordinaria experiencia, levantó una de las cuatro grandes iglesias del primer siglo. Esta es la experiencia por la que Dios aún desea hacer pasar a los hombres. Esta clase de experiencia, y ésta sola, es el fundamento apropiado sobre el cual se han de edificar los ministerios. No hay cosa tal como un programa ‘relámpago’, cuando es de veras Dios quien está preparando a un hombre.

Una última cosa. Si Bernabé tenía unos treinta años cuando se convirtió, tendría alrededor de cuarenta y tres cuando comenzó su ministerio. No era un hombre tan joven que digamos. Pero téngase presente esto: durante el primer siglo, la edad bastante típica para que un hombre comenzara un ministerio, era después de los treinta y cinco años, y aun de los cuarenta.

De modo que este es Bernabé. Este es el hombre a quien el Señor escogió y preparó para que viniera a Antioquía. Dios escogió a doce apóstoles para que levantaran la primera iglesia en la tierra. Le cupo a Bernabé levantar él solo la primera iglesia gentil. Durante los cuatro años siguientes trabajaría diligentemente para edificar esa iglesia en Antioquía. Y del mismo modo, realizaría una labor extraordinaria en ella.

Mientras tanto, Saulo empezaría a adquirir el tipo de experiencia que Bernabé había adquirido años atrás. En primer lugar, tendría el privilegio de estar en Antioquía ‘desde el comienzo’, exactamente como Bernabé estuvo en Jerusalén ‘desde el principio’. Saulo estaría sentado a los pies de Bernabé; y durante los cuatro años siguientes adquiriría su primera dosis verdadera de la poderosa experiencia diaria de vida de iglesia.

Saulo observaría, ayudaría, aprendería; pero Bernabé sería el que llevaría la dirección.

La obra que Saulo hizo para Cristo en Antioquía, la realizó toda bajo la dirección de Bernabé. Durante los cuatro años siguientes él aprendería mucho de ese hermano. Sería un discípulo. Saulo empezó a aprender de Bernabé lo que éste había aprendido en trece años de vida de iglesia; aprendía las cosas que Bernabé había aprendido estando sentado a los pies de los apóstoles durante ocho años.

Esa era la forma en que Dios preparaba a los hombres en el primer siglo... así ha de ser nuevamente.

El Señor se está moviendo hacia adelante y hacia arriba. Es alrededor del año 43 A.D..

Algunos visitantes procedentes de Jerusalén están a punto de llegar.

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Hambruna, muerte y triunfo

S

u nombre es Agabo. Es un profeta y la primera persona que haya visitado jamás la iglesia de Antioquía desde la iglesia de Jerusalén. Ha venido aquí con un propósito muy especial: tiene un mensaje que comunicar, que ya ha comunicado a los creyentes de Judea. Es una palabra de parte del Señor, y es lo suficientemente importante como para haberlo hecho viajar 480 kilómetros con el fin de que Antioquía también escuche ese mensaje.

Y ¿quién es Agabo? Nos lo hemos encontrado antes, justamente después del día de Pentecostés. En aquel tiempo, a la edad de veinticinco años, no parecía muy prometedor. Hoy él es un hermano muy respetado. Desde luego, ahora tiene casi cuarenta años. (¡Sí que toma un poco de tiempo!)

El Espíritu Santo ha hecho de Agabo un profeta. Y ¿qué es un profeta? Ante todo, olvídese del concepto que en este siglo veinte se tiene al respecto. Un profeta no es un hombre que anda por ahí prediciendo acontecimientos futuros todo el tiempo. Es que simplemente no hay tantos sucesos futuros que valgan la pena de predecir. Un profeta es alguien que revela a Cristo. Un profeta es alguien que habla por Dios, y en lugar de Dios. Sí; es verdad que este profeta en particular predice sucesos futuros... ocasionalmente. Pero las predicciones resultan raras con cualquier profeta, de cualquier tiempo. Mayormente, un profeta habla por Dios; y mayormente, cuando Dios habla, Él declara a Cristo.1

1. ¡Un profeta! Cosas nuevas estaban aconteciendo otra vez en Jerusalén. La última vez que miramos, la iglesia de Jerusalén podía afirmar que tenia doce apóstoles y un evangelista. Ahora aquí está algo llamado un ‘profeta’. Como la iglesia de Jerusalén ha madurado, se ha manifestado un don más entre los hombres que primeramente fueron salvos el día de Pentecostés. Y adviértase ¡esto ha tomado casi catorce años! El hecho de que Dios estaba tomándose un largo tiempo para producir lo que quería, es muy importante. Resulta importante para nosotros, creyentes del siglo veinte. Hace mucho tiempo que la vida de iglesia se desvaneció de la faz de la tierra. En nuestros días Dios desea vivamente restablecer esa vida —lo que quiere decir que Él tiene que hacer una obra de restauración. ¿Tomará el Señor menos tiempo para restaurar, que el que tomó en los días del génesis de la iglesia? Dios tomó un tiempo considerable en el comienzo, y podemos estar seguros de que Él habrá de tomar cuando menos otro tanto de tiempo nuevamente. ¿Se da usted cuenta de que eso podría significar esperar catorce años sólo para tener un profeta —recuérdelo, tan sólo un profeta— que fuera producto de una verdadera experiencia de vida de iglesia?

Sucedió que cuando Agabo llegó a Antioquía, hizo lo que no era frecuente hacer. El Señor le había mostrado algunos acontecimientos muy desconcertantes que habían de venir. Así, le había dicho que una gran hambre estaba a punto de extenderse por toda la tierra habitada y que las iglesias debían prepararse para poder afrontar la misma. Los efectos de esa gran hambruna habrían de ser particularmente desastrosos en Jerusalén. (De hecho, parece que el hambre ya estaba afectando a Jerusalén. Al parecer, Agabo había venido a Antioquía simplemente para comunicarle a la iglesia que la hambruna se estaba extendiendo.)

¿Por qué esa gran hambre habría de afectar tan reciamente a Jerusalén en particular? Entre otras cosas, la iglesia de allí nunca fue rica, ni siquiera en años normales. Jerusalén era una ciudad poco común. Era más una atracción turística internacional que una metrópoli normal. El número de sus habitantes era inestable; conseguir un empleo fijo resultaba siempre difícil; los trabajos eran de temporada; los salarios bajos; había escasez de viviendas y eran costosas, lo cual empeoraba durante las celebraciones religiosas.

Se podría decir que Jerusalén era una versión antigua de un centro de convenciones o de una ciudad anfitriona de una Feria Mundial. Tres veces cada año, cuando los visitantes afluían desde todo el Imperio Romano. Jerusalén quedaba repleta hasta sus muros. Su población aumentaba al séxtuplo casi de la noche a la mañana. Por supuesto, muchos de esos visitantes eran cristianos judíos. Naturalmente, la iglesia de Jerusalén les proporcionaba alojamiento a esos hermanos y hermanas mientras se encontraban en la ciudad. Todo excedente financiero que la iglesia de Jerusalén pudiera haber llegado a tener alguna vez, probablemente quedaba arrasado durante esas festividades.

Otro factor económico local era las tierras agrícolas de los alrededores de la ciudad. No eran particularmente fértiles, como eran las de los alrededores de Antioquía. En un buen año, las cosechas locales de Jerusalén resultaban adecuadas para las necesidades de su propia población, quedando sólo un pequeño excedente exportable. De hecho, Jerusalén no podría soportar nunca una larga sequía. Antioquía, por otro lado, podría subsistir del gran excedente almacenado, procedente de los años buenos.

Eso quería decir, que ya para entonces en Jerusalén escaseaban los cereales, en tanto que todavía había bastante grano en el campo en todo alrededor de Antioquía, como para que los creyentes de allí salieran y compraran para sus propias necesidades futuras, y lo suficiente para satisfacer las necesidades presentes y futuras de los creyentes de Jerusalén también.

Sí la predicción de Agabo era correcta, entonces todos los de Judea estaban expuestos a un largo período de sufrimiento. La iglesia de Antioquía podría no sólo prepararse para esa sequía, sino que podría también ayudar a la iglesia de Jerusalén. Si la predicción era cierta, sin duda alguna la iglesia de Antioquía haría gustosamente eso mismo.

¡Si la predicción era cierta! Pero ¿lo era? ¿O Agabo estaba diciendo tan sólo algún disparate insensato? ¿Se podía confiar en Agabo?

En este nuestro siglo, las predicciones de acontecimientos futuros están a unos diez centavos la canasta. Hay nuevas casi cada semana. De hecho muy pocas, casi ninguna, resultan ser correctas. De modo que la pregunta es: ¿cómo pudo un hombre como Bernabé escuchar, y mucho menos creer, lo que Agabo estaba prediciendo? La respuesta es importante. A diferencia de cualquiera de tantos oráculos modernos nuestros, Agabo había sido ya probado y aprobado por Dios y por la iglesia como un siervo fidedigno y confiable.

¿Probado, cómo? Por pasar catorce años viviendo en el fuego de la vida de iglesia. ¡Eso, estimado lector, es mucha prueba! Agabo era conocido como un hombre fiel: presentaba cuidadosamente a Cristo siempre que se levantaba para hablar; revelaba a Cristo a la iglesia; hablaba por Dios. De cuando en cuándo, a medida que los años transcurrían, incluso hizo algunas predicciones... ¡que siempre se cumplieron!

Después de un tiempo, la iglesia se dio cuenta de que podía confiar en la precisión de Agabo. Pero nadie se haga la idea de que eso hacía de Agabo algo superior en la iglesia. Él era solamente otro hermano más, un creyente que había convivido en muy estrecha relación con los otros santos por muchos años. Su personalidad, sus defectos y sus fallos, su firmeza y su carácter, eran todos bien conocidos. No; la iglesia no se humilló servilmente a la vista de ‘Agabo el Profeta’ cuando éste entró en la sala. Agabo no era un ‘supercreyente’. (En los primeros siglos no existió esa clase de actitud hacia los siervos del Señor.)

La vida de iglesia, mantiene totalmente descartada la veneración de los héroes. ¡No son los gigantes espirituales los que constituyen la iglesia, sino los sobrevivientes! Agabo era solamente otro miembro más del cuerpo en Jerusalén. Como había sido con relación a Esteban, y a todos los creyentes de la iglesia, el pueblo del Señor tenía confianza en Agabo, a pesar del hecho de que él había estado completamente expuesto a lo largo de los años. ¡Esa es la gloria de la vida de iglesia!

Además, Bernabé conocía muy bien a Agabo. Después de todo, había convivido con él en Jerusalén, cuando menos por ocho años, cuando los dos eran jóvenes conversos. Habían pasado por el fuego juntos. ¡Bernabé conocía a Agabo!

Entonces, no es de sorprender que Bernabé y la iglesia de Antioquía aceptaran al pie de la letra la palabra de Agabo. Ahora Jerusalén iba a necesitar ayuda, y aun cuando los creyentes gentiles no habían visto nunca a sus hermanos judíos, con todo, los amaban naturalmente y deseaban ayudarlos. De modo que se subieron las mangas y todos empezaron a prepararse para enfrentar una hambruna mundial que duraría cuatro años. Una tarea bastante grande para una iglesia que tenía menos de dos años.

Téngase presente que esto no es meramente un cuento. Esto ocurrió realmente. Una iglesia entera se unió y se aprestó para una hambruna. No era un gran número de individuos que se preparaban para una catástrofe. Era la iglesia incorporada que obraba como una. Los creyentes del primer siglo tenían una sola actividad en la vida: ¡la iglesia! En aquellos días era desconocido eso de vivir el noventa por ciento de la vida privada solos y el diez restante ‘en la iglesia’. Todo lo que se vivía, esas aproximadamente dieciocho horas diarias de vida consciente, constituían vida de iglesia.

La iglesia de Antioquía pasaría unida esa hambruna            —¡todos juntos! Para ellos, los problemas, las alegrías, la hambruna, la familia, la iglesia y hasta la vida, eran todos uno y lo mismo.

¿Puede usted imaginarse que algo como esto tenga lugar hoy? Imagínese a un pastor que llega frente al púlpito en la mañana del Domingo de Resurrección, junto con el secretario de la iglesia, el ministro de educación cristiana, el director del coro y el conserje, todos junto a él, y anuncia que ha llegado el momento de que la congregación mancomune sus recursos e ingresos y se prepare para una depresión que está al venir. ¿Puede imaginarse la reacción? ¡Sus palabras tendrían toda la probabilidad de un ‘iglú’ en el ecuador!

O imagínese que un genuino profeta (?) de este siglo veinte predijera hoy un inminente desastre económico delante de un grupo de cristianos. Imagínese igualmente que todos los presentes supiesen que esa predicción habría de resultar correcta. Usted puede estar seguro de que el resultado sería un ¡sálvese quien pueda!... Cada cual correría a su casa para almacenar sus propias reservas de alimentos. Y los creyentes de mente comercial telefonearían a su corredor de bolsa para que les calculara cómo podrían realizar una operación exitosa en el mercado de valores, a causa del aviso interno recibido de Dios. Esto es exactamente lo que harían hoy los hombres en una situación similar a la de Antioquía. ¡Que el Señor nos guarde!

Cómo quiera que sea, ¿de qué modo se preparó Antioquía para esa hambruna? ¿Y cómo enviaron ayuda a Jerusalén? No sabemos en forma exacta qué métodos usaron. Pero de seguro que nadie pensó más en su propia supervivencia personal, que en la supervivencia colectiva. Puede ser que simplemente todos mancomunaron sus recursos, recolectaron una gran cantidad de dinero y lo enviaron a Jerusalén, en tanto que continuaron almacenando granos para sí mismos. Pero eso es improbable. ¿Qué bien podía hacer el dinero en Jerusalén, si no había cereales que comprar? Probablemente la iglesia de Antioquía hizo lo que era más práctico y más económico: compraron y almacenaron su grano en el curso de ese año de abundancia, de modo que pudieran distribuirlo durante la inminente hambruna.

Veremos cómo, casi ciertamente, se manejó eso.

Los creyentes de Antioquía eran bastante pobres, pero mancomunaron todo lo que tenían, y además todo lo que hacían, hasta que llegó a haber suficiente dinero ahorrado para enviar algunos de los hermanos río arriba por el Orontes, a fin de que comprasen grano. Hicieron eso repetidamente, almacenando el grano cada vez, hasta que hubo una provisión considerable. Entonces se hicieron arreglos para embarcar todo a Judea vía Jope, y de allí transportarlo a lomo de mula a Jerusalén.

La iglesia de Antioquía actuó en forma bien rápida, de modo especial considerando que era una iglesia tan joven. Una vez que el grano estuvo listo para el embarque, la iglesia escogió a dos hombres que lo llevaran a Jerusalén. Desde luego, uno de ellos fue Bernabé. El segundo hombre que escogieron fue Saulo.

¡De modo que Bernabé va a ir a Jerusalén! Bueno, eso podría ser interesante. ¡Oh, no! ¿Bernabé en Jerusalén? ¡Eso podría ser peligroso!

¡Finalmente Bernabé va a entregar a los apóstoles su informe acerca de Antioquía! Ese viaje podría resultar un desastre. Considérese brevemente la situación. Bernabé no ha visto a los apóstoles por bastante más de un año. Entre tanto asumió la responsabilidad de levantar por su cuenta la iglesia de Antioquía. Con toda probabilidad, eso no lo metería en un problema demasiado grande. Pero había algo que él había hecho, que posiblemente podría hacerlo sentirse hervido en aceite.

¿Y qué era lo que Bernabé había hecho? Se había declarado contra la circuncisión. ¡Esa era la cuestión!

Un día alguien debe de haberse presentado ante Bernabé en Antioquía para preguntarle:

—¿Les diremos a todos estos nuevos conversos que se circunciden?

¡Qué pregunta! Debemos reconocerle a Bernabé el mérito de haber tomado una de las decisiones más revolucionarias de toda la historia religiosa, cuando encaró esa pregunta honestamente y contestó:

—¡No!

Esa decisión suya hizo añicos un precedente. Los gentiles no necesitaban circuncidarse primero para hacerse cristianos. A los ojos de algunos ése era un acto de pura herejía —un virtual y verdadero rompimiento con la fe misma.

Ahora Bernabé iba a regresar a Jerusalén. Allí tendría que encarar las consecuencias de su decisión. Él sabía, tan ciertamente como que los judíos tienen leyes, que se le pediría que diera cuenta de sí mismo, para justificar su decisión sin precedentes. Podría suceder cualquier cosa. Bernabé no tenía ni idea de cómo habrían de resultar las cosas. Podrían elogiarlo censurarlo o reemplazarlo por lo que había hecho.

Si Bernabé llegara a verse en un aprieto y si los apóstoles recusaran su actuación, ¿los resistiría? La respuesta a esto es un rotundo “¡No!” Bernabé tendrá que ceder por completo. Les debe a esos doce hombres todo lo que es, todo lo que sabe, así como todo lo que cree. Un creyente humilde como Bernabé simplemente no se pone en contra de los doce. (Ni tampoco ningún otro creyente.) Sin duda alguna si los apóstoles le hubiesen dicho a Bernabé que volviera a Antioquía y empezara a circuncidar a los que se habían convertido, él habría accedido. Pero Bernabé sabía igualmente que se mantendría firme mientras pudiera, si llegara a ser objetado. Haría todo lo mejor que pudiera para volver la corriente contra el legalismo.

Por lo tanto, ese viaje prometía ser del todo un ajuste de cuentas de primera clase.

Lo que Bernabé no sabía era que Dios había decidido posponer el ajuste de cuentas y había preparado las circunstancias en Jerusalén en forma tal, que su misma llegada allí pasara casi desapercibida.

Y ¿qué estaba pasando en ese mismo entonces en Jerusalén? Para entender cabalmente la respuesta a esta pregunta, tendremos que echar un vistazo a la antigua historia de Judea.

Allá por el año 4 A.D., Judea era gobernada por su propio rey, un tal Herodes el Grande. Después de morir ese Herodes, el emperador romano Augusto decidió no dejar que Judea siguiera teniendo su propio rey. En cambio, decidió gobernar esa tierra por medio de procuradores romanos, una serie de los cuales gobernó entonces a Judea hasta el año 41 A.D.

En el año 41 A.D., el emperador Calígula decidió probar nuevamente los méritos de un rey para los judíos, de manera que designó a Herodes Agripa I (nieto de Herodes el Grande) como gobernante sobre toda la Palestina. Desde luego, todos los judíos religiosos quedaron muy complacidos con esa decisión. En primer lugar, un rey pudiera ser precisamente lo que necesitaban para detener el creciente retorno de discípulos a Jerusalén. Sí; los discípulos se estaban multiplicando en aquellos días (el año 44 A.D.) en la Ciudad Santa. Nuevamente estaban celebrando reuniones en las casas. Los judíos habían estado observando eso y se estaban inquietando otra vez.

La última vez que los judíos habían procurado destruir ‘el camino’, estaban bajo el gobierno de un procurador romano. Siempre que habían querido ejecutar a un hombre apedreándolo, tenían que juzgarlo primero en el tribunal, hallarlo culpable y entonces tenían que obtener el permiso romano para ajusticiarlo —permiso que en muy raras ocasiones recibían. Pero ahora, en la primavera del año 44 A.D., ya tenían su propio rey; y con un rey, podían retornar a las antiguas costumbres judías. El Talmud le concedía al rey de Judea la potestad de ejecutar un hombre a espada —sin juicio, sin expedienteo y sin siquiera piedras. Podía hacerlo en cualquier momento sin ningún otro prerrequisito que una palabra del rey mismo. Al fin tenían una forma rápida de detener la iglesia. Ahora sólo quedaba una pregunta por contestar: ¿cooperaría su rey, que vivía en Cesarea?

Los judíos fueron a ver a Herodes Agripa I para averiguar ese detalle. Le suplicaron que atacara el corazón mismo de esa nueva herejía. Herodes escuchó atentamente. Se le presentaba una buena oportunidad de ganarse el favor de los dirigentes judíos de su nuevo reino. Obviamente esa petición de ellos les era muy valiosa. Entonces él convino en ayudarlos, y de inmediato puso manos a la obra.

En un movimiento rápido, inesperado y desconcertante, Herodes ordenó el arresto del Apóstol Santiago (Jacobo, hermano de Juan), y acto seguido mandó ejecutarlo de inmediato, ¡sin ningún juicio! Su orden fue cumplida. Los judíos religiosos seguramente estaban extáticos. ¡Por fin uno de los apóstoles había sido agarrado y muerto! Para la iglesia, ése fue el día más triste y más negro desde la muerte de Esteban. Por su parte, a Herodes ni se le ocurrió que le habría de ser tan fácil ganarse tanto el favor del Sanedrín. Si el haber dado muerte a Santiago les había agradado ¡qué haría el matar a Pedro! Herodes había estado ya planeando visitar Jerusalén durante la celebración de la Pascua; de modo que, ¿por qué no hacer de ello un gran suceso?

Herodes ordenó el arresto de Pedro. Después determinó que el Apóstol fuese ejecutado durante la Pascua —como un gran acto final de ese fin de semana. Conforme a lo que Herodes había dispuesto, Pedro sería ejecutado exactamente catorce años después del día que murió el Señor Jesús.

La iglesia había pasado por la persecución de los años 38 al 40 A.D. sin perder ni un solo Apóstol. Pero ahora, en la persecución del año 44 A.D., ya había perdido uno y estaba a punto de perder otro de ellos. Parecía como que la iglesia iba a ser sumergida en otro baño de sangre.

Entonces la iglesia empezó a orar intensamente. Por toda la ciudad, en todas las casas en que moraban, los santos comenzaron a orar por la liberación de Pedro. Dios escuchó sus oraciones y envió un ángel para que abriera las puertas de la cárcel. Pedro escapó caminando, pero con un escaso margen de tiempo. Se evadió de la cárcel la madrugada misma del día en que iba a ser ejecutado, según la disposición del rey.

Herodes se puso furioso. Ordenó que los guardias que habían estado custodiando a Pedro fuesen muertos. Todavía estaba hecho una furia cuando salió de Jerusalén a fin de regresar a Cesarea, para asistir a unos juegos y festividades romanos que había planeado que se celebrasen allí.

Dios también estaba airado. Estaba muy airado con Herodes, quien habría encontrado difícil creer que antes de una semana él también estaría muerto.2

Sucedió de esta manera.

El día señalado para la inauguración de los juegos romanos en Cesarea, llegó una delegación de hombres de las ciudades de Tiro y de Sidón, con el propósito de tratar de ver a Herodes. Su misión era urgente. Tiro y Sidón habían enviado esa delegación a Herodes porque se estaban quedando escasos de alimentos. Necesitaban cereales y los necesitaban con urgencia. Pero sucede que Herodes tenía prejuicios contra esa región del país, y ellos lo sabían. Estaban desesperados por lograr tener una cita para verlo y hacer las paces. Sobornaron a uno de los camareros del rey, que se llamaba Blasto, para obtener la necesaria audiencia.

Herodes convino en verlos. Preparó un discurso para ellos, que pronunciaría al aire libre, temprano en la mañana el segundo día de los juegos romanos. Sin duda alguna, el rey Herodes se vistió con sus ropas reales hechas de bramante de plata, salió a la luz de la mañana, se sentó en su trono y empezó a hablar. Al subir el sol, sus rayos cayeron directamente en los vestidos del rey. Su arenga fue impresionante. Y su apariencia también. ¡En la luz de la mañana sus vestiduras parecían estar en llamas! El auditorio empezó a gritar: “Un dios ha hablado.”

2. Cuando el emperador Calígula oyó la noticia de la muerte de Agripa, miró alrededor en busca de otro rey idóneo, y al no hallar a ninguno sino el hijo de Herodes, de diecisiete años, decidió volver a usar procuradores romanos para gobernar a Palestina.

¡Herodes no refutó una palabra de ese elogio! Para todo judío, aquello era un evidente acto de blasfemia. Sin embargo, él simplemente permaneció allí sentado, como si dijera: “¡Así que, al fin ustedes se han dado cuenta!

Cuando Dios vio esa nueva rivalidad, decidió que correspondía un juicio. Envió un ángel para que visitara al nuevo ‘dios’. De inmediato Herodes se vio herido de una horrible y extraña enfermedad intestinal. Parece que el rey no podo reunir suficiente divinidad para curarse, y después de cinco días de agonía lo sacaron y lo enterraron. ¡Murió (no muy divinamente que digamos) comido de gusanos!

Los judíos perdieron en él su segundo aliado más grande en sus esfuerzos por destruir la iglesia. Fue en algún momento durante todos esos espeluznantes acontecimientos, que Bernabé y Saulo llegaron a Jerusalén. Allí, por supuesto, nadie pudo prestarles mucha atención en medio de esa situación de tanta tensión e incertidumbre. Desde luego que la iglesia estaba muy agradecida por el grano, y ciertamente estaban contentos por ver a Bernabé y a Saulo. Hasta parece que la iglesia de Jerusalén reconoció públicamente que Antioquía tenía una iglesia real y genuina.3

Todos se regocijaron por los acontecimientos que tenían lugar en Antioquía, pero las cosas estaban demasiado caóticas como para que a alguien se le ocurriera formularle a Bernabé la gran pregunta... acerca de la circuncisión. Por medios realmente inusitados, Dios se había encargado de que aquel inevitable ajuste de cuentas fuera pospuesto. ¡Pero habría de venir!

3. Nótese que Jerusalén reconoció a la iglesia de Antioquía, no como una secta local, sino como una iglesia genuina, no obstante el hecho de que la misma no seguía la línea ortodoxa de las iglesias de Judea. Recordemos que dondequiera que había nacido una iglesia en Judea, siempre había ido un apóstol para dar su aprobación a la misma. Pero ningún apóstol había visitado nunca a Antioquía. A pesar de este hecho, la iglesia de Antioquía, levantada completamente fuera de la línea de la obra que Dios había realizado en Judea, fue reconocida como una iglesia hermana.

Ese viaje debe haber dejado bastante frustrado a Saulo. Era su segundo viaje a Jerusalén desde que se había hecho cristiano, y todavía no había podido conocer a ninguno de los apóstoles, a excepción de Pedro, ni había podido ir siquiera a una reunión de la iglesia. En esos días la iglesia no celebraba reuniones y los apóstoles seguían ocultos. Todo lo que los dos, Bernabé y Saulo, pudieron hacer, fue entregar su presente a los ancianos y regresar a Antioquía.

Antes de irnos de Jerusalén, debemos notar algunas cosas. Dios seguía obrando en la iglesia de Jerusalén. Ese era todavía el lugar que Dios usaba para iniciar cosas absolutamente nuevas. El día que la iglesia nació, comenzó con apóstoles. Después, la iglesia tuvo un evangelista; luego, profetas; y ahora, por último, tenía algo llamado ancianos.

Vemos que el Espíritu Santo levantó apóstoles en el año 30 A. D.; evangelistas, en el 38 A. D.; profetas, en el 43 A. D.; y ahora, alrededor del año 44 A. D., aún otra función más en la iglesia: ¡ancianos!

Pero, en fin de cuentas, ¿qué es un anciano?

¿Y por qué tanto tiempo en venir esta función? ¡Nada menos que catorce años!

En primer lugar, los ancianos son hombres designados por el Espíritu Santo. Repetimos, sólo el Espíritu Santo escoge a los ancianos. Son escogidos por Él para que supervisen los asuntos administrativos de la iglesia. Los ancianos no son apóstoles: no levantan iglesias. Tampoco son profetas: no hablan por Dios ni revelan a Cristo. Sí; un anciano puede ser ambas cosas: profeta y anciano, pero el hecho de ser anciano no lo hace automáticamente un ministrador. Si un anciano habla la Palabra de Dios a la iglesia, no lo hace como tal, sino como un simple creyente o como profeta.

Después, los ancianos no dirigen las reuniones. No salen de alguna pequeña antecámara justo antes de empezar la reunión, para bajar por los pasillos, sentarse en la primera fila (cada uno con un rollo debajo del brazo), susurrar algo uno al otro y luego, para comenzar la reunión, anunciar el primer himno.

Eso no es ser un anciano. ¡Eso es una abominación!

¡No! Los ancianos no tienen nada que ver con las reuniones de la iglesia.

Los ancianos no son apóstoles; por consiguiente no levantan iglesias, y no tienen tanta autoridad como un apóstol. Tampoco son profetas: en calidad de ancianos, no ministran en la iglesia. (Sí pueden hacerlo como simples creyentes, pero no por ser ancianos.) Prácticamente no tienen parte alguna en la dirección de las reuniones. Entonces, ¿qué son?

Son la autoridad administrativa de la iglesia cuando no hay ningún apóstol presente.4

El levantar iglesias es incumbencia de los apóstoles.

La administración de la iglesia les corresponde a los apóstoles... o a los ancianos, si no hay apóstoles presentes.

El ministerio es incumbencia de los profetas, de los maestros, de los apóstoles y del cuerpo mismo. (Sí, el cuerpo  —la iglesia— se ministra a sí mismo, exactamente como los apóstoles, los profetas y los maestros ministran a la iglesia.) Pero la función de los ancianos está confinada casi exclusivamente a los asuntos ajenos a las reuniones. Recordemos que la iglesia de Jerusalén tenía dos lugares de reunión: el pórtico de Salomón, donde los apóstoles estaban a cargo de las reuniones y las casas particulares, donde nadie estaba a cargo.

4 Una vez que el Señor dio ancianos a la iglesia de Jerusalén, en breve Él comenzaría a levantar ancianos en otras iglesias. Las iglesias que surgieron después de la de Jerusalén, no demoraron tanto en tener ancianos como la de Jerusalén. Pero recordemos siempre, que no importa con qué rapidez Dios dio ancianos a las iglesias subsecuentes, tomó quince años tener aquel primer grupo genuino. En una situaci6n de restauración, ese primer grupo de la genuina función también vendrá muy lentamente.

Además, ¿sabía usted que no todas las iglesias tenían ancianos? ¡Eso parece inconsecuente! Dios es así. Parecerá que Él establece un principio invariable, que se puede colocar dentro de un pequeño esquema pulcro y ceñido; entonces aparece Él y lo hace pedazos con una de esas gloriosas excepciones suyas. Él es un Dios evasivo. No podemos poner a nuestro Señor ni sus propósitos dentro de un sistema.

Para ilustrar esto: no se ha consignado que la iglesia de Antioquía haya tenido jamás ancianos. Por ejemplo, cuando se envió el grano desde Antioquía a Jerusalén, fue enviado de manera específica de la iglesia de Antioquía a los ancianos de la iglesia de Jerusalén. La iglesia de Jerusalén tenía ancianos. La de Antioquía, no.

Una última pregunta.

¿Por qué le tomó al Señor bastante más de una década dar a la iglesia sus primerísimos ancianos? La respuesta: los comienzos siempre toman más tiempo.

Este es un hecho que es necesario considerar con urgencia. Desafortunadamente, en nuestros días los cristianos que se han salido de las iglesias y se reúnen en casas particulares, casi invariablemente empezarán a elegir ‘ancianos’ después de estar reuniéndose por tan sólo unos meses. Simplemente, no es la gente la que escoge a los ancianos. El ‘presbiterado’, o sea, la condición o función de anciano no se restaura en tres meses. ¡Eso no sería restauración en absoluto! Un verdadero anciano, un creyente producido por los fuegos de la vida de iglesia, después de años y años de espera y de pruebas, simplemente no existe hoy en la tierra. A Dios le habrá de tomar otro tanto de tiempo restaurar la función de anciano hoy, como el que le llevó para empezar en el primer siglo.

El Señor sabía que aquel primer grupo de creyentes que habían de ser llamados ancianos, sería un prototipo para todas las iglesias por venir. De modo que se tomó su tiempo. Esos creyentes habían de ser ejemplos perfectos. Por lo tanto, el Espíritu Santo empleó largos años para poner experiencia, vida, madurez, sabiduría, paciencia y amor en ellos. Entonces el Espíritu Santo permitió que emergiera su función como ancianos.

Hay una segunda razón de por qué se requirió cierto tiempo para que empezaran a aparecer ancianos. El anciano debe ser del lugar. Un creyente no puede venir a ser anciano de una iglesia si es nuevo en esa ciudad, aun si es un hermano espiritual y dotado. Para llegar a ser anciano de una iglesia, el creyente debe ser desde mucho tiempo atrás miembro de la iglesia y residente de la población en que vive. No se puede importar ancianos ‘prefabricados’. Ignorar esto puede llegar a traer una gran tragedia al pueblo del Señor. Recuérdese que cuando nació la iglesia de Jerusalén, casi ninguno de ellos era residente local de esa ciudad. Todos aquellos judíos, que no eran de ese lugar, tuvieron que hacerse residentes locales viviendo allí por largo tiempo, antes de que pudieran ser idóneos para ejercer funciones tales como el de anciano.

Tal vez existe una tercera razón de por qué demoró tanto la aparición de los ancianos. La misma tiene que ver con los apóstoles. La iglesia de Jerusalén tuvo doce apóstoles. Y esto es un récord mundial. Doce apóstoles en una sola iglesia. Ninguna otra iglesia tuvo jamás tantos apóstoles. Pero no había ancianos, ni profetas, ni evangelistas. Estaba la iglesia, y los apóstoles, y nada más. Aquellos doce apóstoles dominaban más o menos toda la escena. Estaban a cargo tanto del ministerio como de la administración. Esa función era correcta; y era importante. ¿Por qué?

En primer lugar, durante aquellos primeros ocho años, los creyentes tuvieron que observar la manera en que los apóstoles llevaban a cabo la administración de la iglesia. Vieron en ellos un sincero quebrantamiento, ternura y paciencia con autoridad. Los doce apóstoles fueron el primer ejemplo en el mundo entero de lo que se suponía que el presbiterado había de ser.

Que el Señor nos libre de hombres que no han visto nunca un verdadero presbiterado vivido en humildad delante de sus propios ojos, antes de que ellos mismos vengan a ser ancianos. Si tales creyentes se pierden una lección tan preciosa, podemos estar seguros de que si llegan a ser ‘ancianos’, con el tiempo vendrán a ser tiranos, no ancianos. Tenemos que ver quebrantamiento y ternura y paciencia en ellos. Hemos de experimentarlo ministrado en nosotros, y entonces tendremos algún pequeño fundamento en nuestra propia vida, que el Espíritu Santo pueda usar cuando empiece a darnos alguna responsabilidad.

En segundo lugar, después de ocho años finalmente los apóstoles empezaron a pasar tiempo fuera de Jerusalén. Salían a visitar todas esas nuevas iglesias de Judea. Eso quería decir que, poco a poco, la administración de los asuntos locales tenía que ir siendo atendida por otros. Los apóstoles simplemente ya no se estaban por allí tanto como antes. De consiguiente, al revivir la iglesia de Jerusalén en el año 42 o 43 A.D., esa administración comenzó a desplazarse de las manos de los apóstoles, a las manos de otros creyentes. Fue a partir de esas circunstancias que el Espíritu Santo produjo la función de ancianos.

Fue así que alrededor del 43 al 44 A.D., los creyentes se dieron cuenta de algo nuevo en la tierra: el presbiterado.

Una vez que Dios dio ancianos a la iglesia, se hizo evidente para todos que Él quería que, con el tiempo, prácticamente todas las iglesias tuvieran tales hombres. También era evidente que sólo el Espíritu Santo los escogería y levantaría.

Tal vez usted es un cristiano (o cristiana) que se reúne en un ‘grupo casero’. ¿Dónde lo deja eso? ¿Qué oportunidad tiene de ver una verdadera restauración del presbiterado? ¡Ninguna! A menos que, para empezar, su grupo haya sido levantado por hombres de estatura apostólica. Sin este prerrequisito la pregunta es académica. En segundo lugar, debe contar con tener que afincarse y esperar una o dos décadas por esos primeros ancianos.

En tercer lugar, mientras usted espera, puede contar con tener que pasar por algunas experiencias espeluznantes que sacudirán, y zarandearán, y expondrán a todos. Si sobrevive a varias de esas experiencias, nadie tendrá que preguntar quiénes son los ancianos. Serán evidentes para todos. Pero desafortunadamente, de 5.000.000 de grupos caseros 4.999.999 no tienen el necesario comienzo (aunque casi todos creen que lo tienen), y casi ninguno sobrevive los primeros tres años... mucho menos una década.

Esto, por ahora, es suficiente en cuanto al presbiterado o función de anciano. Retornemos Bernabé y Saulo.

Cumplida su tarea, Bernabé y Saulo se prepararon para volver a Antioquía.

Parece que, justo antes de salir de regreso, Bernabé paró a fin de visitar a su hermana María. (El hogar de ella era uno de los lugares de reunión de la iglesia de Jerusalén.) Estando él allí, Juan Marcos, el hijo de María, expresó un vehemente deseo de ir con su tío a Antioquía; incluso quería quedarse allí a vivir. Bernabé aprobó la idea.

Más adelante oiremos más acerca de Juan Marcos. (Si él tenía unos diez años cuando Pentecostés tuvo lugar, ahora tendría alrededor de veinticinco.) Así que, el emprender su viaje de regreso, Bernabé y Saulo traen un hombre joven con ellos.

El trío llegó de vuelta a Antioquía en el año 45 A.D. e informó a la iglesia respecto de su viaje a Jerusalén.

El año 46 A.D. pasaría sin ningún acontecimiento realmente notable. Sin embargo, en el año 47 A.D. una sencilla reunión de oración en Antioquía habría de alterar el curso de la civilización de occidente.

Es tiempo ahora de que tornemos nuestra atención a la iglesia de Antioquía de un modo más completo, puesto que, a partir de este punto, la principal obra de Dios en la tierra habrá de tener lugar entre los gentiles.

27

Vida de iglesia gentil

V

ida de iglesia en Antioquía. ¿Y cómo era esa vida? Era libre, desenvuelta, gentil hasta los mismos tuétanos, y muy evangelística.

Pero sobre todo, era diferente. Hasta su comienzo mismo fue del todo diferente.

La iglesia de Antioquía corresponde a la línea de iglesias que salieron en Jerusalén. Se podría decir que probablemente fue la última iglesia que provino de la línea de Jerusalén.

Recuérdese que, procedentes de la de Jerusalén, que fue una iglesia de origen, salieron más de cien iglesias. Todas aquellas nuevas iglesias fueron establecidas trasplantando grupos enteros de cristianos, en conjunto, a una nueva ciudad o población. La iglesia de Antioquía también se fundó de esa manera. Pero en lo que a Antioquía se refiere, fue allí donde terminó la línea de Jerusalén.

Había varias razones por las que Antioquía era el punto de inflexión entre dos líneas de la obra de Dios. En primer lugar, el grupo de cristianos esparcidos que primeramente llegó a Antioquía, se encontró en territorio gentil. Antioquía no era de ningún modo una ciudad judía.

(Como veremos, en breve Dios habría de empezar a levantar una segunda línea de iglesias. Nos referiremos a esa nueva obra de Dios como la línea de Antioquía: todas esas nuevas iglesias tendrían su origen en la iglesia de Antioquía.)

En segundo lugar, a diferencia de cómo había sido en Judea, el grupo de creyentes que vino a Antioquía era muy pequeño. Demasiado pequeño. Y la respuesta de los gentiles al evangelio fue grande. ¡En extremo grande! los pobres creyentes judíos se vieron abrumados. Ese pequeño grupo de probablemente no más de diez o doce creyentes, a lo sumo, simplemente quedó sobrepujado por la multitud de nuevos creyentes gentiles.

Si el número total de conversos hubiese estado dividido más o menos igualmente, mitad judíos y mitad gentiles, la expresión de la iglesia de Antioquía pudiera haber llegado a ser tan sólo otra expresión judía más de la iglesia, aislada en una gran ciudad gentil. A todas luces, eso habría sido una tragedia.

Afortunadamente, Dios impidió que sucediera tal cosa. Desde el mismísimo comienzo simplemente había demasiados gentiles convertidos. La ‘forma’ de Judea nunca tuvo una oportunidad allí. Reuniones gentiles bulliciosas, ruidosas e irreverentes estaban a la orden del día. En Antioquía nunca se llegó a ver siquiera una reunión al estilo de Jerusalén y de Judea.

El hecho es que ese pequeño grupo de cristianos judíos que proclamó a Cristo en Antioquía, demostró tener una extraordinaria sabiduría. Si ellos quienes deben recibir el principal crédito por la primera iglesia diferente en la tierra. Durante aquellos primeros días de suma importancia, tuvieron el buen sentido de quedarse atrás y dejar que los gentiles mismos hallaran su propia forma natural de expresar a Cristo.

Volvamos ahora atrás para conocer a algunos de esos audaces creyentes que fundaron la iglesia de Antioquía. Sólo conocemos a tres de ellos por su nombre, pero eso es suficiente para que podamos tener alguna comprensión de lo que Dios estaba haciendo en Antioquía.

Primeramente conozcamos a Simón Niger, o Simón el Negro.

Simón era un negro que había venido originalmente de Cirene, Africa. Es casi seguro que fue el que llevó la cruz de Jesús el día de su crucifixión. Probablemente era un gentil que se había hecho prosélito judío y sin duda se convirtió a Cristo el día de Pentecostés. Ocho años después, al empezar la persecución de la iglesia, huyó de Jerusalén, y luego, por el año 43 A. D. Llegó a Antioquía. Está casado y tiene dos hijos: uno de ellos se llama Alejandro —probablemente porque nació en Alejandría, Egipto; el otro se llama Rufo, esto es, el Rojo.

A continuación, conozcamos a Manaén.

Manaén tiene una herencia semítica. Es de sangre real, está emparentado con Herodes y fue educado en Roma. Muy probablemente Manaén también estaba en Jerusalén en el año 30 A. D. y allí se convirtió el día de Pentecostés. Más adelante, como resultado de la persecución, formaba parte del pequeño grupo de creyentes que se trasladó a Antioquía.

Finalmente, conozcamos a Lucio.

Todo lo que sabemos de Lucio es que también vino de Cirene, noreste de Africa.

Cuando estos hombres entraron por primera vez en Antioquía, ya eran cristianos desde hacía trece años. Eran simplemente unos creyentes corrientes, sencillos, del promedio. No eran apóstoles, ni ancianos, ni profetas, ni maestros. Al igual que miles de sus compañeros, eran sólo creyentes que ardían por proclamar el evangelio.

Entonces, cuando estos tres hombres, junto con un puñado de creyentes más, comenzaron a predicar el evangelio en Antioquía, recibieron la respuesta más cálida que se le había dado nunca al evangelio. Desde luego, aquellos gentiles que se aglomeraron para escuchar el evangelio, nunca en la vida habían estado en una reunión religiosa. No había manera alguna en que pudiesen saber que se suponía que debían reunirse en la forma que lo hacían los creyentes de Judea. Simplemente se congregaron como el tipo de personas que eran: gentiles siendo gentiles. No podían haber tenido otro concepto. Simplemente escucharon. Algunos recibieron su salvación. ¡Luego se comportaron como gentiles salvos, en una reunión de gentiles! Los antioqueños ya tenían la reputación de ser personas bulliciosas y festivas, dotadas de un buen sentido de lo ridículo y una afición por lo satírico. Y con ese estilo nació la forma gentil de reunirse, conceptuada, creada y producida por gentiles: descarnada, ruidosa, impetuosa, irreverente, desenvuelta, informal y gozosa.

Pero lo más maravilloso de todo ello fue que Lucio, Manaén, Simón y los otros, tuvieron el buen sentido de quedarse atrás y dejar que esos cristianos gentiles hallaran su propia expresión natural de adorar y de reunirse.

Así cuando llegó Bernabé, el daño ya estaba hecho, la suerte ya estaba echada. Esos gentiles convertidos aún no tienen la más vaga idea de cómo los creyentes de Judea hacían las cosas. Algo nuevo había nacido. Y Bernabé se aseguró de que aquello se quedara de esa manera.

El hecho es que la iglesia de Antioquía no era como la de Jerusalén ni como las otras iglesias de Judea trasplantadas desde allí. En efecto, según pasaban los años se hizo evidente que Dios había subido un paso al llegar a Antioquía. Cambió de rumbo y comenzó una obra superior a la que había hecho antes.

Hay otros aspectos únicos más en cuanto a la vida de iglesia en Antioquía.

Por ejemplo, su estilo de vida.

Fue probablemente la primera iglesia que no practicó la vida en común. (Pero tampoco siguieron viviendo de la manera que habían vivido antes de que la iglesia viniese a la ciudad.)

Veamos esto más de cerca.

Parece que la iglesia de Antioquía no vivía en común, sino más bien en grupos —grupos esparcidos por aquí y por allí por toda la ciudad.

¿Grupos?

En Antioquía no había razón para que la iglesia viviera en común; al fin y al cabo, todos los que eran salvos vivían ya en Antioquía. ¡Sólo unos diez no eran de allí! Con todo, los santos de Antioquía abandonaron ‘el estilo de vida griego’. Parece que todos querían mudarse cerca unos de otros. Parece también que a menudo se reunían para comer juntos. (Puede que hasta hayan vivido en común, o por lo menos hayan comido en común, durante el tiempo de la hambruna.)

Ese deseo de ellos de dejar su hogar tan sólo para mudarse junto a otros santos, no nos impresionará como algo extraño si experimentamos alguna vez la verdadera vida de iglesia. Es natural que los cristianos deseen estar rodeados de otros creyentes. Nos necesitamos unos a otros.

Pero también había una razón práctica para vivir en grupos. Antioquía era una ciudad muy grande, demasiado extensa como para que cada cual tuviera que ir, caminando, a algún lugar central de reunión cada vez que la iglesia tuviese una reunión. Recuérdese que en aquellos tiempos no había autobuses ni automóviles. Por lo mismo, los creyentes se mudaban unos cerca de otros, para estar muy próximos a un lugar de reunión. Con buen tiempo o con mal tiempo, todo lo que tenían que hacer era ir a la casa de ‘al lado’ para estar en una habitación llena de otros creyentes.

Como resultado, poco a poco diversos lugares tales como la calle Sínegon (en una área llamada el distrito Epifanía, cerca del Panteón y de la cabeza sin rostro de Charón), se fueron llenando de cristianos.

De cuando en cuando la iglesia se congregaba ‘todos en un lugar’, pero no tenemos idea de con qué frecuencia lo hacía. Las pequeñas reuniones caseras y las grandes asambleas de ‘todos en un lugar’, eran muy distintas unas de otras, pero tenían una cosa en común: ambas era gloriosas para estar en ellas.

Otro rasgo era su unidad.

Quizás el rasgo más característico de la iglesia de Antioquía era su casi incomprensible unidad. No hay constancia de que en la iglesia de Antioquía se hubiese conocido jamás la discordia interna. Un verdadero y profundo amor de unos por otros (y por los santos de Judea que nunca habían conocido) fluía allí.

Además, no se recuerda ninguna seria persecución externa de la iglesia durante aquellos tiempos de la iglesia primitiva. Las autoridades civiles de Antioquía nunca hostigaron realmente a los creyentes. Al contrario, parece que desde el principio el pueblo le dio buena acogida al evangelio. ¡Asombroso, cuando nos damos cuenta de que de hecho aquellos creyentes proclamaban el evangelio del Reino!

Esto nos trae a la siguiente característica de esa iglesia: probablemente la de Antioquía fue la iglesia más evangelística de todo el primer siglo. Proclamar el evangelio en Antioquía era tan fácil como beber agua, y aquellos creyentes judíos (Bernabé, Saulo, lucio, Manaén, Simón y otros) sacaron el mayor partido de semejante situación.

La iglesia de Antioquía nació en una explosión de evangelismo, una característica que nunca llegó a dejar decaer. Desde el primer día el evangelismo fue el distintivo de la iglesia de Antioquía. Parece que cada día se proclamaba el evangelio en alguna parte de la ciudad.

La constante práctica del evangelismo fue, probablemente lo que facilitó tanto que los griegos encontraran y mantuvieran su propia forma singular de celebrar las reuniones. Siempre había demasiados gentiles nuevos que venían por primera vez a las reuniones, como para que se pudiera establecer alguna tradición o ritual.

Había otras singularidades más en la iglesia de Antioquía.

No había milagros ni señales novedosas allí, como los había en Jerusalén. La iglesia de Antioquía creció mayormente de una sola manera: mediante la persistente proclamación del evangelio. Asimismo, la iglesia de Antioquía no tenía ancianos.

Por cierto que esto era algo singular. Posiblemente fue la única iglesia que, al parecer, nunca llegó a tener supervisores administrativos.

¿Por qué? Hay algunas razones muy probables. Antes de poder tener ancianos, se ha de tener más o menos una serie de crisis en la iglesia —de modo que los ancianos queden claramente evidenciados. (Se requiere la cruz para que se revele el verdadero presbiterio en la iglesia. Es necesario que haya presión, para que se descubra un verdadero amor por la iglesia. Es necesario que haya una crisis para que se revele quién no se deja dominar por el pánico al estar bajo el fuego.) Hasta donde se sabe, la iglesia de Antioquía nunca tuvo ninguna división interna ni ninguna persecución externa.

Quizás se puede hallar otra explicación de esa unidad en la vida diaria de Simón, Lucio, Manaén y el resto de aquel pequeño grupo original. Ellos no asumieron cargos, ni se estimaron superiores unos a otros entre sí. No impusieron ninguna estructura sobre los gentiles convertidos. No asumieron puestos, sino que más bien descendieron a donde estaban los demás. Dieron un alto valor a la unidad y a la voluntad del Señor, más bien que la de ellos mismos. Eso sentó la pauta para la actitud de todos los demás, de unos hacia otros. Hasta donde los gentiles sabían, ser un cristiano creyente era como ser Simón, Lucio y Manaén.

No se malentienda esto; sí había asuntos administrativos en la iglesia, montones de ellos. Pero la unidad del cuerpo era tan intacta, que tal parece que la administración era atendida por todos. Lo que quedaba por hacer, probablemente se lo dejaban a alguno del grupo original. Se supone que si se presentaba algo que desafiaba toda solución, lo descargaban en las manos de Bernabé. Pero las responsabilidades, y el hecho de quién era el que debía encargarse de ellas, eran muy elásticos e indefinidos. Parece que al principio la iglesia funcionaba tomando cada semana tal como venía, arreglándoselas basados en la unidad, el amor y el consenso. Toda iglesia nueva habrá de atravesar por una etapa como ésa antes de que llegue a tener ancianos, pero la de Antioquía sencillamente ¡nunca salió de esa etapa!

Con el tiempo la iglesia de Antioquía emergió como una combinación única de moralidad judía, sin el legalismo judío, y la libre e incontenible naturaleza del griego, sin la típica inmoralidad griega.

En la marcha, la iglesia de Antioquía acabó teniendo algunos hombres bastante destacados.

La iglesia de Antioquía comenzó sin ancianos, y al parecer nunca llegó a tener ninguno. Igualmente, comenzó sin profetas ni maestros, pero más tarde sí surgieron algunos de éstos. ¿Quiénes eran? Podemos atinar. Después de unos catorce o quince años de vida de iglesia, el Señor levantó a Manaén, Lucio y Simón para que fueran profetas y maestros. (Bernabé ya era reconocido como profeta cuando llegó a Antioquía. De hecho, Bernabé era considerado extralocal.) Hubo otros creyentes además de Manaén, Lucio y Simón, que llegaron a ser profetas y maestros, pero no sabemos sus nombres.

De modo que la iglesia de Antioquía resultó empobrecida en ancianos, pero enriquecida en profetas y maestros. Para el cuarto año de existencia de la iglesia, aparentemente ya había allí media docena o más de tales hombres.

Es fácil de imaginar, pues, cómo lucía la iglesia cuando ya tenía unos cuatro años de edad.

Había centenares de creyentes.1

Aquellos creyentes vivían en grupos y se reunían en casas particulares por toda la ciudad. Sus reuniones eran netamente gentiles. Aquellos hombres proclamaban el evangelio a lo largo y ancho de la ciudad. Los profetas y los maestros circulaban entre toda la población, proclamando el evangelio al aire libre, ministrando en los hogares, edificando la iglesia y fortaleciendo a los nuevos conversos.

1. Más tarde se llegó a estimar que, andando el tiempo, la iglesia de Antioquía creció hasta el punto de que alrededor del veinte por ciento de los habitantes de la ciudad eran seguidores de Cristo. Si eso era así, entonces hacia el final del primer siglo había unas 100.000 personas en la iglesia de Antioquía, siendo  quizás la mayor iglesia individual de toda la historia.

Podemos decir una última cosa acerca de la iglesia de Antioquía. Tenía constantemente delante de los ojos el testimonio de la oración. Había creyentes en esa iglesia que vivían delante del Señor. Esos creyentes daban testimonio constantemente de que su ministerio era primeramente a Cristo y después a la iglesia. Tómese nota; el fundamento de la iglesia de Antioquía descansaba, no en el fundamento menos profundo del evangelismo, sino en el fundamento sumamente poderoso de una profunda experiencia espiritual.

El Señor tomó nota de este hecho. Un día Él optó por venir a cinco creyentes que se habían reunido y estaban juntos orando, para hablarles de una manera muy especial. Lo que les dijo fue tan significativo, que debemos clasificar esa reunión de oración como uno de los acontecimientos más importantes de toda la historia de la iglesia.

Fue en esa reunión donde el Señor escribió una nueva página en el apostolado. Fue en esa reunión que el destino de la civilización occidental quedó completamente alterado.

Vayamos a unirnos a esa reunión de oración.

28

Apóstoles números

catorce y quince

C

orre el año 47A. D. El invierno está por terminar. Este es uno de los grandes momentos de toda la historia de la humanidad.

Cinco creyentes de Antioquía han decidido pasar el día juntos en oración. Pero ésta no habrá de ser una típica reunión de oración. No habrá súplicas, ni ruegos, ni intercesión. Este es un día extraordinario y un tipo muy especial de oración. ¡Cinco hombres estarán ministrando al Señor!

Desde que aquellos primeros gentiles se convirtieron allá, en Cesarea, el Señor ha venido empujando suavemente la historia del hombre hacia una nueva dirección. Hoy, en esta inolvidable reunión de oración, Dios habrá de completar esa modificación de dirección. Por supuesto, los cinco creyentes que se han reunido, no saben nada de esto. Sin embargo, todas las futuras generaciones tendrán que volver a Antioquía, a esta habitación, a estos cinco creyentes y a esta reunión de oración, para descubrir qué fue lo que causó el mayor viraje en la historia de la civilización occidental.

Lucio, Manaén, Simón, Saulo y Bernabé eran los hombres que estaban presentes en esa reunión.

Pero ¿qué fue lo que pasó?

Dios irrumpió en la historia.

En algún momento de esa reunión de oración, probablemente hacia el anochecer, sucedió algo sumamente asombroso: el Espíritu Santo le habló personalmente a cada uno de esos creyentes que se hallaban presentes.

Ahora bien, ¿es posible eso?

Sí; ciertamente lo es.

¿Pueden cinco hombres distintos oír individualmente la voz del Señor... sin influencia humana alguna? ¿Pueden todos ellos recibir exactamente la misma palabra?

Eso no tiene nada de particular: todo lo que se necesita es tener la experiencia que esos cinco hombres habían tenido en sus encuentros con el Señor.

Si usted no comprende el pleno significado de esta afirmación, considere la vida de esos hombres. Ninguno de ellos es un hombre joven. Tampoco son creyentes recién convertidos e impresionables, ni son títeres manipulados por alguien de más edad que ellos, quien les dice que han oído hablar al Señor.

Entonces ¿qué clase de creyentes son éstos que oyen la voz del Señor? Bueno, por un lado, no son superespeciales. Y no son Apóstoles; pero tampoco son unos neófitos. Son cristianos típicos, pero ya maduros —cinco creyentes locales, que son profetas y maestros en la iglesia de Antioquía. Todos son muy responsables. Ninguno de ellos está por encima de los demás en cuanto a estatura espiritual; son iguales. Son honrados, sinceros, maduros, experimentados, no cristianos desatinados... y todos ellos oyeron la voz del Espíritu Santo.

Echemos una mirada más atenta a estos hombres, debido a que su testimonio: “Oímos al Espíritu Santo hablar”, ha alterado la vida de casi todos los hombres que han vivido sobre esta tierra desde aquel siglo. Veamos si podemos confiar en ellos.

Saulo es el más joven de ellos; ¡tiene alrededor de treinta y nueve años! Él es el que menos tiempo lleva de cristiano: unos diez años. Lleva cuatro años en la vida de iglesia.

Bernabé tiene cuarenta y siete años. Es creyente desde hace diecisiete. Hace cuatro años, después de trece de ser cristiano, Bernabé pasó a ser un obrero en el reino del Señor.

Simón, Manaén y Lucio son cristianos desde hace mucho más de una década y han experimentado la vida de iglesia a lo largo de unos diecisiete años. Hace aproximadamente un año Simón, Manáen y Lucio fueron levantados en calidad de profetas y maestros locales en Antioquía.

Es un grupo bastante formidable.

Eran estos hombres los que reclamaban haber oído. A hombres como éstos el Espíritu Santo se atrevió a confiar su palabra. A estos hombres dio Dios una revelación superior de Sí mismo, de sus caminos y de su obra. Por qué Dios escogió a estos hombres en particular, no lo sabemos. Todo lo que sabemos es que Él los tuvo por confiables.

¿Cómo les habló el Espíritu Santo a esos creyentes colectivamente? Considere usted su propia experiencia. En algún momento de su vida habrá oído con certeza que el Señor le hablaba, ¿no es así? Usted sabía que era el Señor. Quizás usted tenía un problema personal. Entonces el Señor le habló en forma clara.

Lo que aconteció allí en Antioquía fue similar a esa experiencia suya, aun cuando con una buena diferencia. En este caso el Espíritu Santo les habló en forma separada a cinco creyentes; ¡pero fue la misma palabra! Sin embargo, no les habló respecto de ningún problema personal. El Espíritu Santo les habló acerca de asuntos celestiales, es decir, acerca de la obra de Dios. Les habló respecto de su Hijo y de su iglesia, y acerca de llevarlos a todo el mundo.

Semejante comunicación colectiva de Dios sólo ocurre en la iglesia, e incluso allí, en raras ocasiones. Y tan sólo a creyentes hondamente enraizados en encuentros espirituales.

¡En realidad se escribió historia espiritual cuando esa palabra fue dada! Considérese nada más la nueva cosa que ocurrió como resultado de aquella expresión.

La primera fue ésta: ¡el Espíritu Santo habló!

Y dio una orden. Fue un tipo de orden que, hasta entonces, solamente el Padre y el Hijo habían dado jamás. Ese día Dios introdujo un nuevo modo de comisionar apóstoles, una manera nunca antes usada por el Dios uno y trino.

El Padre comisionó una vez a un apóstol. Luego, el Hijo comisionó una vez a doce Apóstoles, pero nunca antes el Espíritu Santo había enviado a ningún apóstol.

La segunda nota histórica es lo que el Espíritu Santo dijo.

El Espíritu Santo les dijo a cinco creyentes, que apartasen a dos de los allí presentes.

¿La tarea? Llevar el evangelio a todo el mundo gentil. Esto es, llevar una experiencia hebrea a todo un planeta no hebreo.

Eso nos trae a la tercera cosa que hizo historia. ¡Con esa sencilla orden, allí, en ese aposento, Dios convertía en Apóstoles a dos creyentes! Ahora bien, eso es asombroso. ¿Que por qué? Bueno, porque hasta entonces sólo había habido doce creyentes de esa categoría en todo el mundo. Las palabras del Espíritu Santo mostraban claramente que Dios se proponía tener más de tan sólo doce Apóstoles. Probablemente nunca nadie había soñado siquiera con nada semejante.

Y estos dos hombres recibieron su propia y única misión... completamente diferente de la comisión que los doce recibieron. Recuérdese que fue Jesús quien dio la primera comisión a esos doce hombres. En realidad, el Señor les dijo: “Ustedes doce me serán testigos hasta lo último de la tierra.” Y los doce asumieron siempre que esa predicción (porque fue una predicción, y no una orden) quería decir que ellos mismos llevarían el evangelio por toda la tierra a todos los judíos.

Esta segunda comisión, dada hay en Antioquía, no fue dada por Jesús, sino por el Espíritu Santo, y era una aclaración de aquella primera comisión. Hoy Dios estaba diciendo: “lleven el evangelio a todo el mundo.” ¡Punto!1

El Señor estaba destrabando completamente el evangelio de la religión judía. Ahora el evangelio era para todos; para todo el mundo. Ahora se podía llevar el evangelio hasta lugares en que no vivían judíos. ¡El Señor emprendía formalmente la evangelización del mundo! ¡Dios abría toda ciudad de la tierra para la iglesia! Al fin habría oportunidad de escuchar el evangelio del reino en todas partes.

Verdaderamente éste era un día histórico.

Y eso no era todo. Como resultado de este día, el Señor daría en un próximo futuro una nueva forma de levantar iglesias; y Él la daría, no en Jerusalén ni tampoco en Judea, sino en lugares tan distantes como Galacia y Europa suroriental.

Mirando hacia atrás, pasados unos años después de esa reunión de oración, fue que muchos vinieron a comprender qué obra tan espectacular había hecho Dios ese día. Algunos años atrás Él había enviado doce hombres a los judíos. Pero ahora, en un acto sin precedentes, el Espíritu comisionó a los Apóstoles números catorce y quince para que llevaran el evangelio y la iglesia a todo el mundo gentil.

¿Quince apóstoles? Sí, quince.

1. Muchos entienden que la Gran Comisión fue dada a todos los creyentes. No es así. Fue dada exclusivamente a doce hombres. La mayor parte de los cristianos cree que la Gran comisión es un mandamiento: “Id por todo el mundo.” Incorrecto, Jesús estaba tan sólo dándoles a conocer el hecho futuro de que algún día ellos irían. “Ustedes van a ir”, es lo que Él realmente dijo. ¡Lo siento!

Ahora volvamos atrás y consideremos la vida de esos primeros quince Apóstoles. Veamos todo el proceso que Dios usó para hacerlos Apóstoles. Fue un proceso importante, digno de consideración. ¿Por qué? Porque necesitarnos tener apóstoles otra vez. ¡Desesperadamente! Tenemos ganadores de almas. Tenemos congregaciones. Tenemos bancos de iglesia. Tenemos campanarios. Tenemos organizaciones. ¡Pero no tenemos apóstoles!

Se ganan almas perdidas con bastante facilidad: eso no requiere ni profundidad espiritual, ni consagración, ni poder. Se inician organizaciones religiosas con bastante facilidad: cada día surge una nueva. Eso sólo requiere habilidad organizacional, poder promocional y una visión, con un versículo bíblico para justificarla.

¿Y qué decir de levantar iglesias?

Eso no tiene nada de particular. Muchos lo hacen todos los días. (Al menos creen que lo hacen.)

Hoy todo lo que se necesita para “levantar una iglesia” es un edificio, una torre o aguja, ventanas con vitrales, bancos y un grupo de personas que convengan en presentarse allí cada domingo a las once de la mañana. Oh sí; y una lata de pintura... ¡para pintar la palabra ‘iglesia’ en el frente del edificio!

Esa puede ser una iglesia, de acuerdo a como el hombre moderno la entiende. Pero no es la iglesia que se experimentaba al principio. ¿Por qué hoy en día no hay sobre la tierra nada como la iglesia primitiva? La razón es sencilla: se requiere cierto tipo de creyentes para producir eso. Por tanto, necesitamos ver cómo Dios levantó a esos primeros quince Apóstoles.

Había varias características comunes en la vida de cada uno de esos quince hombres. Por ejemplo, en un momento u otro, todos ellos fueron llamados. ¿Llamados? Sí. Ellos oyeron un llamado de parte de Dios antes de ser enviados. Esto fue cierto hasta en la vida del primerísimo Apóstol, el Señor Jesucristo.

Jesucristo fue llamado por su Padre antes de la fundación del mundo; llamado para ser el primer Apóstol, para edificar la iglesia. (La iglesia, la desposada, fue literalmente tomada de su costado, justo como Eva fue tomada del costado de Adán.) Jesucristo fue el Autor de la iglesia; Él edificó la iglesia.

¿Qué diremos del segundo grupo de Apóstoles, de los doce? ¿Fueron también llamados?

Junto a las azules aguas del mar de Galilea, los doce fueron llamados por el Señor Jesucristo para ser Apóstoles.

Dios Padre llamó a Jesucristo para ser Apóstol. Dios Hijo llamó a los doce para ser Apóstoles.

¿Y qué en cuanto a Bernabé?

No sabemos nada en cuanto a su llamado; solamente se sabe, por el testimonio del Espíritu Santo, que él había sido llamado. Pero cuándo o dónde, no lo sabemos. Nunca se hace mención de esto en ningún escrito antiguo. Es probable que fuera llamado en Jerusalén, durante el tiempo en que se percató de que Dios quería una más elevada expresión de la iglesia que la de Jerusalén. Incluso pudiera ser que Bernabé no reconociese su llamado como tal. No al principio. Comprender estas cosas claramente a veces requiere el transcurso de años y una mirada retrospectiva.

¿Y Saulo?

Saulo se convirtió a Cristo en su viaje a Damasco. ¡El también fue llamado —ese mismísimo día!

De modo que, en el apostolado, primero está el llamado. Hoy día hay muchos, muchísimos que han sido llamados. Si; hay miles de creyentes que Dios ha llamado a su servicio en su reino. Pero en nuestra época se confunde totalmente el llamado con la comisión. Dios nunca envía a nadie que ha sido llamado, hasta que no haya sobrevivido (sí, ha sobrevivido) el segundo paso: la etapa de preparación.

Ser llamado no es autorización para servir.

Resulta fácil distinguir a uno que ha sido llamado pero no enviado. Parece que siempre está recibiendo algún tipo de llamado. Es llamado en calidad de pastor de una iglesia a otra. O es llamado para estar en la junta directiva de alguna organización religiosa. Después es llamado a una obra en el ambiente de un colegio universitario. Luego es llamado a trabajar con los hombres de negocios. Más tarde es llamado a emprender su propia organización religiosa.

Esa persona siempre es llamada. Siempre se está moviendo. Siempre está cambiando de lugar, viendo una visión más amplia, abrazando (o iniciando) un nuevo movimiento. Y, si se la observa atentamente se verá que cosas tales como el clima, el dinero, el prestigio y los problemas parecen ejercer influencia en cuanto a oír el nuevo llamado.

¿Y uno que ha sido enviado? Él tal ha sido comisionado para edificar la iglesia (no la ‘universal’ tampoco). Y ésa es su solo y única tarea. Aunque venga todo un alfabeto de obstáculos, desde avalanchas hasta zulúes, nada lo habrá de detener, porque para él la iglesia será toda su vida. ¿Por qué? Porque ha visto la iglesia, ha estado en ella y tienen una comisión: una comisión que es muy real y muy abrumadora como para ser distraído nunca por cosas más pequeñas.

El enviado (resultado de una experiencia de vida de iglesia) vive sólo para la iglesia. Es ciego para todo lo demás.

Usted puede opinar por sí mismo respecto de cuántos de los siervos del Señor han sido enviados.

Pasemos ahora a la preparación para el apostolado, y consideremos primeramente al primer Apóstol. ¿Se ha dado usted cuenta de que Jesucristo pasó por un período de preparación para llegar a ser Apóstol?

En los días de Jesucristo, cuando un levita descendiente de Aarón deseaba servir al Señor, tenía que recibir primero un entrenamiento en el sacerdocio. Cuando el joven levita llegaba a los veintiún años de edad, de hecho dejaba su hogar, se trasladaba a Jerusalén y comenzaba su preparación, a fin de que un día pudiera servir en el templo. Recibía preparación durante nueve años —desde los veintiún años de edad hasta los treinta.

A la edad de veintiún años, el Señor Jesucristo era carpintero en Nazaret. Nueve años más tarde, cuando esos levitas de su misma edad terminaron su preparación, entraron en el ministerio sacerdotal.

¡Y así mismo hizo Jesucristo!

Pero ¿quién tendría mejor preparación, el nuevo sacerdote de treinta años de edad en Jerusalén o este carpintero de treinta años en Nazaret?

¡Lo sabemos!

Bueno, ¿cuál fue exactamente la preparación que Dios le dio al Señor Jesucristo? La respuesta es importante. Después de todo Él es nuestro modelo de lo que un siervo de Dios ha de ser. Además, sin duda alguna Él tuvo la preparación más completa por la que Dios haya hecho pasar nunca a nadie.

Consideremos la preparación de Jesucristo.

Entre otras cosas, su preparación fue secreta; su vida fue improductiva. Jesucristo desperdició la mejor década de su vida: desde los veinte hasta los treinta. (Él debió haber estado allá afuera ganando almas; todos saben eso.)

¿Qué aprendió Él durante esos años encubiertos? Quizás usted nunca ha pensado en esto, pero Jesucristo aprendió a ser humano. Él no había sido nunca un ser humano antes, Él sólo había sido Dios. Pero ahora, por experiencia propia, directa y práctica, entró realmente en la esfera de la humanidad, y allí aprendió a ser humano.

Y eso no es todo.

Bajo su Padre aprendió la humildad; aprendió la sumisión; y por esa sumisión, alcanzó autoridad. Aprendió el sufrimiento, la paciencia, el servicio. Aprendió a vivir perfecta y constantemente en la presencia de su Padre.

Tenía comunión con el Padre. Esa comunión entre Ellos dos fue, de hecho, la simiente inicial de la vida de iglesia.

La preparación del Señor entrañó mucho más que esto, más de lo que usted y yo sabremos jamás, pero esto es suficiente para darnos una impresión.

Ahora, una cosa resulta evidente, y es que Dios consideró que esa simple preparación de su Hijo, un carpintero, apartado en una pequeña población rural, ¡fue una preparación mucho mejor para el apostolado, que la que se recibía en el seminario del templo de Jerusalén!

¿Y qué diremos de la preparación de los doce?

Enseguida después que los doce fueron llamados en Galilea, empezaron a vivir con Jesucristo. Y luego siguieron viviendo con Él por más de tres años. Esa fue la parte más importante de su preparación: estar con Él.

La siguiente orden del día fue la demanda del Señor respecto a la pérdida de todo. Entonces los doce dejaron la influencia de todos los demás reinos y quedaron sólo bajo la influencia de su reino.

¡Y algo más!

Durante esos tres años y más, los doce vivieron en la constante presencia del Señor. Durante aquellos años sagrados, doce hombres aprendieron de Dios. ¡Observaron la Vida divina! Comieron con ella, durmieron con ella, le hablaron, la contemplaron, estuvieron en contacto con ella     —en toda situación probable, bajo toda circunstancia posible. Tocaban la vida misma de Dios. Constantemente. Su presencia estaba siempre allí.

¿Después?

Aprendieron la manera de pensar de Él; aprendieron la relación que tenía con el Padre. Tuvieron asientos de primera fila para ver cómo Jesucristo vivía la vida cristiana. ¡Observaron el secreto de la Vida victoriosa!

Pero había más.

Quedaron expuestos. ¡Oh! ¡Sí que quedaron expuestos! A lo largo de tres años y más, sus debilidades, sus motivos ocultos, la corrupción de su corazón, sus ambiciones mundanas, su total carencia de percepción espiritual, la frivolidad de su vida, su total rechazo de sufrir realmente, todo ello quedó expuesto a la luz. En todos nosotros hay semejante corrupción. La diferencia entre los doce y nosotros está en que ellos fueron atrapados.

¡Quedaron expuestos!

Tenían contiendas entre sí, sus sentimientos quedaban heridos, ponían mala cara, discutían, se ofendían, murmuraban unos de otros. Sin embargo, con el tiempo aquella exposición cobró su tributo: perdieron su falsa apariencia.

Requirió años quedar realmente expuestos. Siempre es así. Pero finalmente ellos también bajaron hasta ser humanos. Ellos, al igual que su Señor, aprendieron a ser verdaderamente humanos.

Por último, renunciaron a todo pensamiento de superioridad o de ‘especialidad’, y aprendieron a aceptarse a sí mismos y uno al otro como una irremediable confusión. Fue a partir de esa exposición, de ese conocimiento de que eran un completo fracaso, que empezó a desarrollarse en la tierra la primera experiencia del hombre en lo que a la vida de iglesia se refiere.

Doce hombres formados juntos. Doce hombres que siempre estuvieron con Cristo. Doce hombres que vivieron directamente bajo el liderato del Señor. Recorriendo los polvorientos y solitarios caminos de Galilea, Cristo y los doce, juntos. Apiñados en una habitación; sentados por la noche alrededor de un fuego junto al mar; navegando a bordo de una barca; acostados bajo las estrellas del cielo de Judea —siempre juntos.  Todas esas condiciones pusieron de manifiesto una singular relación entre los doce; y entre los doce y Cristo.

El estilo de vida que se desarrolló entre esos doce hombres y Cristo fue, de hecho, la primera verdadera experiencia de vida de iglesia que los hombres tuvieran jamás. En efecto, la iglesia de Jerusalén fue modelada según la relación que tuvieron los doce al vivir con Cristo.

Pero prosigamos, pues hay todavía más.

Nótese esto. Los tres años y más que esos doce hombres pasaron con Jesucristo, fueron años improductivos. ¡No hicieron prácticamente nada! Pero Jesús nunca se esperó que hicieran nada. Simplemente no podemos encontrar allí un servicio cristiano de tiempo completo. No se puede justificar ningún servicio cristiano sobre la base de la vida de ellos. En efecto, de alrededor de mil doscientos días que los doce pasaron con Cristo, sólo estuvieron dedicados al ‘servicio’ durante unos catorce días.

¡Trate de refutar esto!

Hubo un ingrediente más en la preparación de los doce Apóstoles. Fue algo muy importante, y sin embargo es un elemento que ha sido grandemente descuidado.

Los doce llegaron a ver cómo funcionaba el Cuerpo, exactamente del modo que debía funcionar. Vieron todos los oficios que Dios había planeado tener en la iglesia. Y vieron todos los dones expresados exactamente como debían ser.

¿Cómo fue eso?

Un día la iglesia tendría profetas. Mientras los doce vivieron con Cristo, vieron qué era un profeta. También vieron qué era un evangelista. ¡Veían al más grande de todos los evangelistas! Fueron preparados para que reconocieran el verdadero don de la enseñanza el día que ese don apareciera en otros hombres. ¿De qué modo? Oían cómo enseñaba el verdadero Maestro.

También vieron cómo servía un diácono, puesto que Jesucristo los servía. Aprendieron cómo había que manejar la administración en la iglesia, porque vieron cómo Él administraba. Supieron cómo reconocer el verdadero don de la benevolencia, porque vez tras vez vieron cómo Él daba. También vivieron con el primer anciano que la iglesia tuviera nunca. Luego comprendieron qué era el presbiterado. Supieron con qué pureza se debía manejar el don del discernimiento. ¿Cómo lo supieron? Porque lo habían observado a Él, y su método, en la función del discernimiento.

En el transcurso de más de tres años, los doce lo vieron todo: cada función, cada oficio, cada don que la futura iglesia habría de conocer. ¡El Señor mostró primero cada uno de ellos! ¡Y los doce los vieron! Ellos vieron. Un día esas funciones habrían de vivir en ellos y, en días aún más lejanos del futuro, también en otros creyentes. Y los doce sabrían decir si un don en un hombre era realmente el Señor, o tan sólo casi el Señor. Tal vez la lección más importante que aprendieron fue ver cómo el que está encargado se relaciona con los que están a su cargo. En presencia del Señor, allí mismo delante de Él, esos doce hombres cometieron un tremendo número de errores (bastantes errores como para haber sido reprendidos cien veces); acumularon un increíble número de pecados (suficientes como para haber sido excomulgados de la iglesia una docena de veces) y quebrantaron cien principios espirituales (suficientes como para descalificarlos a todos a ser jamás siervos de Dios); no obstante, ellos vieron cómo Él los trataba, a pesar de su horrible récord. Eso los transformó. Los doce recordarían siempre el amor y la aceptación con que Él los trataba; eso afectó profundamente la forma en que ellos luego trataron a otros en la iglesia. Y todos los que formaban la iglesia, quedaron profundamente afectados por el tierno trato de los Apóstoles. Y eso, a su vez, afectó la forma en que todos los demás se trataban unos a otros.

¡Tremendo, no es verdad?

Así fue como el proceder divino quedó introducido en esta tierra. Fue introducido por Jesucristo en su trato de los doce. Un hombre expresó la conducta divina viviéndolo delante de otros hombres... mediante la vida divina.

Por último, llegó el día en que el Señor tomó su propia naturaleza, su carácter, su disposición, sus dones, su proceder, su forma de vida superior, y los plantó en los doce. Todo lo que Él era, vino a vivir en ellos. Los doce, a su vez, viviendo por la misma Vida Superior que habían recibido, ejercieron oportunamente esos dones delante de la iglesia de Jerusalén. La iglesia, a su vez, llegó ver el auténtico uso de cada don divino. Así, la iglesia vio cómo operaban los dones. Los creyentes percibieron la modestia, la humildad, la intimidad, la ternura, la compasión y la paciencia.

¡Vieron cómo la vida divina se expresaba en los hombres!

Luego les tocó nuevamente a los doce observar.

Alabado sea Dios, los doce vivieron lo suficiente como para ver aparecer esos mismos dones en la iglesia. Los doce llegaron a ver cómo el Señor manifestaba su propia vida y sus dones en hombres jóvenes. Reconocieron de inmediato que lo que veían... ¡era el Señor mismo!

Hubo un elemento final en la preparación de los doce: experimentaron la cruz. De pronto recibieron el pleno impacto de la cruz y quedaron totalmente quebrantados bajo su intenso efecto. Aprendieron la humillación. Conocieron la amargura y el gozo del arrepentimiento y del perdón.

Luego, más allá de la cruz, experimentaron la resurrección. Y un breve tiempo después, fueron revestidos de poder.

Todo eso sucedió entre los años 27 y 30 A. D.

Así fue como los doce fueron preparados para el apostolado.

Resulta interesante notar que la preparación de Bernabé fue muy similar a la de los doce.

Como ya hemos señalado, Bernabé estuvo en Jerusalén desde el mismísimo comienzo de la iglesia, así como los doce siguieron al Señor desde el comienzo mismo de su ministerio. Así también, igual que el Señor y los doce, Bernabé pasó por un largo período de años improductivos. No sirvió al Señor durante los primeros ocho años de su vida cristiana. (¿O fueron trece?) Y él también tuvo su día de exposición, de humillación y de prueba. Aprendió la sumisión a la autoridad. Renunció a todo. De hecho, dejó tres veces su hogar para seguir el avance progresivo del Señor: primero en el año 30 A. D., luego en el año 38, y de nuevo en el año 47. Aprendió que ir en pos del Señor era una dedicación de toda la vida a no tener nada y a ir dondequiera.

Bernabé permaneció sentado, por así decirlo, alrededor de una década, nada más que observando a los doce, de la misma manera que ellos habían observado al Señor. Bernabé observó cómo se desempeñaban aquellos doce hombres en la función de evangelistas, profetas y maestros. Vio cuán pulcramente administraban los detalles cotidianos de la iglesia. Observó la ilimitada paciencia que demostraban tener con el cuerpo y con sus miembros. Experimentó su paciencia, porque la ejercían con él. Más tarde, cuando llegó a Antioquía y todo el peso de la responsabilidad cayó sobre sus hombros, recordó con qué paciencia ellos lo habían tratado a él durante sus años de entendimiento embotado.

Bernabé aprendió bien la lección de la sumisión: una sumisión que es gozosa, bajo una autoridad quebrantada de corazón.

En una palabra, 1) Bernabé aprendió de los doce Apóstoles todo lo que ellos aprendieron de Cristo, y 2) bebió intensamente de las fuentes de la iglesia.

¿Y qué diremos de la preparación de Saulo?

Saulo era cristiano desde hacía más de diez años cuando el Espíritu Santo lo hizo Apóstol. Había pasado por dos importantes etapas de su vida cristiana antes del día que el Espíritu Santo lo hiciera Apóstol.

La primera etapa fue el tiempo que pasó solo allá en Arabia y luego en Tarso. Aquellos fueron los años improductivos, tiempo pasado nada más que para conocer al Señor, vivir delante de Él, recibir una profunda revelación de su naturaleza y aprender sus caminos. Esa primera etapa cubrió seis años.

En segundo lugar, Saulo pasó cuatro años en la iglesia de Antioquía. ¡Estuvo en Antioquía desde el comienzo! Vio exactamente cómo empezó Bernabé, cómo levantó la iglesia. Luego Saulo se puso a aprender de Bernabé todo lo que Bernabé había aprendido de los doce.

Dicho sea de peso, Saulo aprendió la vida de iglesia en una de las iglesias más dinámicas de la historia.

Finalmente, ahora Saulo va a salir en calidad de Apóstol. Con todo, todavía es un aprendiz. Nótese el orden en que el Espíritu Santo envía a esos dos hombres: “Bernabé y Saulo.”

Bueno, hemos visto el llamado de los apóstoles; hemos visto también la preparación de los apóstoles. Veamos ahora la parte que más se pasa por alto: la COMISIÓN.

Hoy todo nuestro planeta está hecho un desastre, debido a que los creyentes están confusos en lo que a su llamado y su comisión respecta. En este mismo momento hay cientos de miles de creyentes que han sido llamados, que están en toda la tierra haciendo todo tipo de cosas —cosas quiméricas, cosas necesitadas, cosas que les gusto hacer— y de veras las están haciendo “para el Señor”. Pero ninguno de esos hombres ha sido enviado. No hay ninguno haciendo la cosa que Dios quiere que hagan.

Es muy importante entender la comisión de Dios. ¿Por qué? ¡Porque el ser enviado en debida forma ya no se ve más!

Véase una comisión del primer siglo. De nuevo debemos mirar primero a Jesucristo, porque Él fue el primer ‘enviado’.2

Conocemos el lugar exacto en que Jesucristo recibió su comisión. Es localizable. El Señor fue enviado por su Padre junto al río Jordán, el día que Él se encontró con Juan el Bautista.

2. En el original griego, como quizá usted lo sabe, ‘enviado’ es apóstoles.

Y ¿cuál fue su comisión?

¿Qué fue Jesucristo enviado a hacer? (Ciertamente no a fundar una organización interdenominacional, no lucrativa y libre de impuestos.) El Señor vino a esta tierra para hacer muchas cosas: por ejemplo, vino para salvarnos de nuestros pecados. Pero Él fue comisionado de modo muy específico para hacer una cosa; edificar la iglesia.

En esa comisión Dios sentó la pauta del verdadero apostolado para todas las edades venideras. Los apóstoles son enviados para una cosa y para una cosa solamente: para fundar, levantar y edificar la iglesia. No tienen otra tarea.

Jesucristo no hizo nada hasta que fue comisionado. Repito: Él empezó a servir a Dios después que fue enviado o comisionado. Antes de eso no hizo absolutamente nada. Hasta que no fue comisionado, el Señor estuvo preparándose. Su vida estuvo totalmente apartada hasta ese día. ¡Quiera Dios que los hombres aprendan la lección que Él nos dio!

Esa fue la primera ‘comisión’. Dios Padre envió a su Hijo.

Veamos ahora la segunda comisión.

La segunda comisión fue el envío de los doce. Tuvo lugar en el monte de los Olivos. Allí, Jesucristo comisionó a doce hombres. Luego, apenas un momento después de enviarlos, Él concluyó su vida en la tierra como individuo. Delante de los propios ojos de sus discípulos, Jesús ascendió al cielo.

(A propósito, una de las características de todo apóstol es esta: con el tiempo, el apóstol dejará siempre la obra que levanta. Jesucristo fue el primer Apóstol que hizo esto. Incluso Él dijo: “Es necesario que yo me vaya.” Era importante que hasta sus seguidores quedaran solos, sin la presencia corporal de Él, para que pudiesen llegar a depender absolutamente del Espíritu Santo. Un verdadero apóstol siempre dejará las iglesias que levanta. Las dejará al Espíritu Santo.)

Los Apóstoles aceptaron su comisión, pero durante los nueve días siguientes oraron y ayunaron, junto con otros ciento ocho creyentes. ¡Luego, el décimo día se integraron al negocio de edificar! Desde ese día en adelante, la iglesia fue su sola obsesión.

Esa fue la segunda comisión. Dios Hijo envió a los doce.

¿Podría haber alguna vez una tercera comisión? ¿Podría haber un tercer equipo de Apóstoles? No parecía probable. Después de todo, Jesucristo ya no estaba más en la tierra. ¿Quién, pues, los prepararía? ¿Quién los comisionaría? En realidad, nadie esperaba que volviese a haber ningún otro apóstol más. No después de la Ascensión.

Ahora se puede entender cuán importante fue esa reunión de oración de cinco hombres. Ocurrió realmente. No junto a la orilla del río Jordán, cuando el Padre habló desde el cielo (en el año 27 A. D.); no en el monte de los Olivos, cuando Jesús comisionó a doce hombres a ir (en el año 30 A. D.). No; esto es en Antioquía. Es una reunión de oración. Es el año 47 A. D. Se añaden dos nuevos apóstoles a la obra de edificar iglesias. Y esta vez, la tercera vez, es la iglesia la que ha hecho la preparación y Dios Espíritu Santo es el que realiza la comisión.

Esto es revolucionario.

Desde este día en adelante, para siempre, la preparación de apóstoles corresponderá a la iglesia, y el Espíritu Santo realizará la comisión de esos apóstoles.

Hay una última cosa en cuanto a este día, que resulta muy interesante: ¡el número de apóstoles comisionados a evangelizar el mundo entero no judío!

Cuando Dios miró desde el cielo a Palestina, que tenía una población como de uno a dos millones de habitantes, decidió comisionar a doce hombres. Doce hombres para que evangelizaran a Palestina. Doce hombres para que plantaran una iglesia en casi toda ciudad o población de ese país. Diecisiete años más tarde, cuando Dios miró al resto de la civilización occidental, el mundo conocido de entonces,3 ¡comisionó a sólo dos hombres! ¡Dos hombres para alcanzar a unos doscientos cincuenta millones de personas que vivían en miles de ciudades!

Por cierto que nuestro Dios no piensa ni obra como piensan y obran los hombres hoy en día. Él comisionó a dos hombres para que llevaran a cabo la tarea de evangelizar el mundo. A dos hombres para que levantaran testimonio de su Reino en cada ciudad.

—¿Podrán hacerlo?

—No.

Pero realizarán un comienzo maravillosamente bueno. Y ellos no condescenderán nunca, ni una vez, a emplear los métodos que nosotros usamos ahora en el siglo veinte.

(Que conste, que estos dos novísimos apóstoles no pudieron haber sido comisionados en un momento peor que ése. Con frecuencia Dios usa tiempos malos y escoge lugares deficientes para hacer su obra. Por ejemplo, en el año 30 A.D. Dios dispuso que la iglesia naciera en la ciudad que más aborrecía a Jesucristo. Circunstancias éstas muy inadecuadas para comenzar. Ahora el Señor comisiona a Bernabé y a Saulo durante los sombríos días de una hambruna internacional.)

Volvamos ahora de ver cómo Dios preparó a esos sus primeros quince Apóstoles, y retornemos a esa reunión de oración celebrada en Antioquía.

3. Se estima que el número de habitantes que el Imperio Romano tenia en aquel entonces era de unos 250.000.000.

Después que el Espíritu Santo habló, los cinco hombres, sin duda alguna muy emocionados, congregaron a la iglesia entera y le contaron todo lo que había sucedido. La iglesia, emocionada igual que ellos, estuvo totalmente de acuerdo con la palabra que ellos habían recibido. Entonces los cinco continuaron su ayuno, y luego Manaén, Lucio y Simón, en presencia de toda la iglesia, les impusieron las manos a los dos que saldrían.4

Los días inmediatamente subsiguientes deben de haber sido días muy activos, conforme los dos planeaban su viaje. ¿Adónde irían? ¿Cómo empezarían?

Veamos.

4. Es difícil interpretar el texto original. Puede ser que la iglesia entera impusiera las manos sobre Bernabé y Saulo.

El volumen II de Historia de la iglesia primitiva

continua con la línea de Antioquía, y se titula

De visita a Galacia.

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Por GENE EWARDS

Traducido por: Esteban A. Marosi

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