La frase la repitió muchas veces en sus oraciones: “Señor, trata con mi vida. Yo el barro, tú el alfarero”. En el silencio de la noche esa expresión sonaba preciosa, poética, íntima. Y al día siguiente la rutina: el trabajo, las ocupaciones en la iglesia, la preparación de mensajes, leer la Biblia y tantas cosas mas...

“Es un buen líder. Me enseñó las primeras lecciones de discipulado cristiano”. Pero este, que era uno de los tantos comentarios que hicieron sobre su desempeño ministerial, tuvo su confrontación cuando Raúl comenzó a tener problemas...

En el trabajo, desánimo ante las críticas y burlas de los demás; al interior del hogar, un desgano por llegar a casa; en lo personal, la sensación de que estaban muchas cosas que cambiar, de que hacía falta algo más... y en la iglesia, una merma considerable de las invitaciones a predicar.

Pronto era de otra persona de quien decían: “Es un buen líder...”. Y en Raúl, la preocupación porque ya no era el centro de las miradas y de los comentarios elogiosos. “¿Por qué a mí, Señor?, “¿Por qué a mí...?”. ¡Dios estaba tratando con su orgullo, pero él no quería admitirlo!.

Es en síntesis el contrasentido que en ocasiones identifica a los cristianos: de un lado, pedirle a Dios que transforme nuestras vidas; pero de otra parte, la renuncia a permitir que el Señor obre, puliendo aquí y allá, hasta que haga de nosotros una persona conforme su voluntad.

Hay por lo menos cuatro áreas en las que Dios trata con nuestras vidas. Biblia en mano, le invito para que examinemos esos “puntos clave”.

1. Dios trata con nuestro carácter
Cuando le decimos “Dios, trata conmigo”, olvidamos que hay cosas de nuestra personalidad que El debe pulir. Y lo hace. A su manera, en su tiempo y con el método que Él dispone. ¿Recuerda a Moisés?. Al comienzo quiso defender al pueblo hebreo a su manera, en Egipto (Lea Éxodo 2:11-14). Dice la Escritura que, al descubrirse que había asesinado a un egipcio en su afán libertario y justiciero “Entonces Moisés tuvo miedo, y dijo: Ciertamente esto ha sido descubierto. Oyendo Faraón acerca de este hecho, procuró matar a Moisés; pero Moisés huyó de delante de Faraón, y habitó en la tierra de Madián” (versículos 14b. Y 15).

Transcurrieron cuarenta años en el desierto para que Dios ajustara el carácter de Moisés, antes de enviarlo a cumplir una misión sumamente delicada. El trato del Todopoderoso fue el que permitió que “...aquél varón, Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había en la tierra”(Números 12.3).

2. Dios trata con nuestra fe

En ocasiones somos excelentes expositores de la fe pero únicamente en teoría. Hablamos de fe todo el tiempo, pero al momento de ponerla en práctica, fallamos. El choque ineludible entre lo que decimos y lo que hacemos. Y en esa área, Dios trata con nosotros.

La Biblia registra un buen número de casos donde la fe se pone a prueba. Todo parece fallar a nuestro alrededor. Resta únicamente confiar... Y cuando lo hacemos, Dios responde. Si su fe está a prueba, sólo hay un camino: confiar que Dios responderá, por difícil que parezca la situación.

3. Dios trata con nuestra mundanalidad

La imagen más gráfica del cristiano que juega a la santidad y se involucra con el mundo, la ofrece el rey David. Se dejó tentar mirando, en lo oculto, el cuerpo de Betsabé, esposa de Urías. La codició, se llegó a ella, destruyó un matrimonio, propició un asesinato y el hijo que concibió en aquella ocasión, murió. El monarca cayó en pecado porque estaba en el lugar equivocado, el día menos indicado, a la hora menos apropiada. Y cayó, pero también pagó las consecuencias (Lea 1 Samuel 11, 12).-

En el mensaje a la iglesia de Laodicea,. El Señor Jesús fue claro: “Yo conozco tus obras, que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.” (Apocalipsis 3:15, 16).

4. Dios trata con nuestra religiosidad

Cuenta la historia que una humilde lavandera de Guadalajara de Buga, en Colombia, halló la imagen cuando bajaba por el río. Emocionada llevó el cristo a su casa. Allí lo guardó en una caja de madera hasta que le fue imposible, porque dice la leyenda que creía con el paso de las horas. Hoy se erige en esa ciudad uno de los santuarios idolátricos más grande de Latinoamérica que visitan anualmente diez millones de feligreses. Lo que llama poderosamente la atención es que, en su adoración, muchos visitantes se desplazan de rodillas por más de una cuadra hasta llegar donde se encuentra la imagen.

¿Sorprendente? Si, sorprendente, como también sorprende el ritualismo en que caen los cristianos con demasiada frecuencia. Oran por un lapso de tiempo preconcebido, más por ritual que por un íntimo anhelo de pasar un buen rato con el Señor; leen un número determinado de capítulos de la Biblia cada día, porque están “encasillados” en que así debe ser; las jornadas de ayuno pierden el significado de otros tiempos ya que repiten y repiten frases sin ponerle sentido. Y lo más grave: desestiman a otros creyentes porque no actúan igual. En otras palabras, es una forma moderna de caer en el ritualismo, sólo que ahora es un ritualismo “evangélico”...

En momento así, Dios se toma el trabajo de “sacudirnos” y despojarnos de nuestro sumario de tradiciones. Bien dijo el Señor Jesucristo hablando con escribas y fariseos: “Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres...les decía también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición”

(Marcos 7:8,9).

Para terminar
La próxima vez que en sus oraciones diga: “Dios, trata con mi vida”, prepárese ¡Dios hará de usted un creyente renovado!...

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