“Entonces Herodes, llamando en secreto a los sabios, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella; y enviándolos a Belén, dijo: «Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore» Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.

Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.”

(Mateo 2:7-11).

En la navidad del año 1998 escuché en la radio una prédica con respecto a los presentes que trajeron los visitantes de oriente a Jesús recién nacido. En la situación de reflexionar sobre nuestro caminar en la vida de la fe. Y hoy la hago escrita con una ampliación de nuestro obrar en la vida de la fe.
No eran pues simples regalos como vemos, pues en toda la Biblia el Señor nos habla de estos tres elementos muy frecuentemente y de un significado espiritual para nuestra vida en la gracia.

Los sabios de oriente no eran simples habitantes de estos pueblos sino unos estudiosos de los astros, eran astrónomos que venían de tierras lejanas a adorar al Rey de Reyes que había nacido en Belén.

Cuando nosotros llegamos al camino de Jesús, cuando le decimos “aquí estoy, perdóname, te recibo en mi corazón” es cuando el Señor nos trae de tierras lejanas y nos limpia y purifica de todas nuestras impurezas con agua limpia y nos da un corazón nuevo (Ezequiel 36:24 y ss) para adorarle, para vivir en su presencia no sólo un momento sino toda la eternidad.

Estos sabios representan nuestro largo vagar por el desierto buscando quién nos conforte, nos cobije, nos pastoree, nos redima, nos perdone, nos limpie, nos proteja, nos sane, nos salve. Y es así que llegamos a Jesús y nos postramos delante de él para venerarle como nuestro único Dios.

Y al llenarnos de su Espíritu nos llena del gozo que solo los hijos de Dios conocen el gozo que hace superar cualquier adversidad, el gozo que nos fortalece.

Los sabios llevan a Jesús tres presentes y los sacan de sus tesoros no de cualquier lugar, no los tenía nadie mas que ellos como tesoros celosamente guardados y son los siguientes:

EL ORO

Este metal es el más precioso del mundo, el más caro y el más codiciado. El Señor en la Biblia nos habla mucho sobre él.

En Génesis 13:2 y Génesis 24:35 señalaba riqueza desde esos tiempos –y aún hoy lo es-. Se usaba para fabricar utensilios para uso real (por los reyes), para un exclusivo como en el Tabernáculo (Éxodo desde capítulo 25), pero muchas veces también se le dio un uso profano como en Éxodo 32, cuando los israelitas después de ver cómo Dios los salvó de las manos de los egipcios fabricaron un becerro de oro para adorarlo.

También se usaba para señalar autoridad como en Génesis 41:42 y en Lucas 15:22. En el Salmo 21:3 el Señor pone en nuestra cabeza una corona de oro pues nos ve también en fe como reyes pues reinaremos conjuntamente con Él. Nos manda obedecer sus mandamientos más que oro muy puro (Salmo 119:127), es decir, que Dios quiere que nuestra obediencia a sus mandamientos sea considerada más que oro muy puro.

Dios es el dueño del oro y de la plata (Hageo 2:8), es decir que solo Él puede otorgar estos bienes, SOLO ÉL LOS DA, y por algo nos dice en Éxodo 31:13 que Él es Jehová, EL UNICO, que nos santifica. Y como el oro solo puede ser purificado por el fuego, es el fuego del Espíritu Santo (Mateo 23:17) que habita en nosotros (1ª Corintios 6:19) el que quemará y al fin purificará estas ofrendas vivas, santas y agradables a Dios (Romanos 12:1). Y al purificarnos el fuego y la sangre de Cristo nos limpian de toda inmundicia, de todo pecado, de toda maldición, de toda debilidad que pueda haber en nosotros. Jesús nos da esa riqueza, ese oro espiritual acrisolado al fuego, esa santidad y pureza, esos vestidos blancos que necesitamos con las cuales viste nuestra vergüenza y nuestra desnudez (Apocalipsis 3:18).

EL ORO EN NUESTRA VIDA REPRESENTA LA PUREZA Y LA SANTIDAD QUE DEBEMOS GUARDAR CELOSAMENTE COMO TESOROS PARA AGRADAR A DIOS COMO EL LO MANIFIESTA EN SU PALABRA.

Pero aún nos recomienda que nuestro vestido no sea lleno de lujos (1ª Pedro 3:3) sino que nuestra preciosidad sea “en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un alma dulce y serena: esto es precioso ante Dios”. Que nuestra belleza ante El no sea de joyas ni vestidos caros sino que nuestra belleza sea la interior, la que está en el corazón.

EL INCIENSO

Usado también en perfumería, es una resina, una goma aromática obtenida del árbol de la boswelia, que crece en el sur de la península arábiga y en Somalia. Se obtiene haciendo una incisión en el tronco, del que fluye un líquido lechoso que se solidifica al contacto con el aire. El incienso puro es costoso.

Dios mandó a Moisés en Éxodo 30 a construir dentro del Tabernáculo el altar de incienso. “Y lo pondrás delante del velo que está junto al arca del testimonio, delante del propiciatorio que está sobre el testimonio, DONDE ME ENCONTRARÉ CONTIGO. Y Aarón quemará incienso aromático sobre él; cada mañana.” (Ex. 30:6-7). Solo los sacerdotes podían ofrecerlo a Dios; el fuego se tomaba del altar del holocausto y se ponía en el altar del incienso; después el incienso, que estaba en un vaso de oro, se derramaba sobre el fuego. (Lucas 1:8-10).

Nosotros, somos sacerdotes de un nuevo pacto, el nuevo pacto de Jesucristo, somos sacerdocio real (1ª Pedro 2:9) y también oficiamos en el templo de Dios (1ª Pedro 2:5) al servirle, y así como el incienso se quemaba junto al arca del testimonio de la presencia de Dios, así suben nuestras oraciones a la presencia misma del Dios vivo: “Jehová, a ti he clamado; apresúrate a mí; escucha mi voz cuando te invocare. Suba mi oración delante de ti como el incienso…” (Salmos 141:1-2). “Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos.” (Apocalipsis 8:4).

DIOS QUIERE QUE NUESTRO ANDAR SEA SIEMPRE EN SU PRESENCIA, QUE TENGAMOS ESA COMUNION PERMANENTE CON ÉL: “…Y LA COMUNION CON EL ESPIRITU SANTO ESTE CON TODOS USTEDES” (2ª Corintios 13:14) Y ESA COMUNION CON EL ESPIRITU SANTO ES LA QUE MATARA LAS OBRAS DE NUESTRA CARNE (Romanos 8:13).

LA MIRRA

El árbol de la mirra tiene un tronco largo y el producto se obtiene al golpearlo para que expulse un fluido amarillo que se recoge en lágrimas. Desde Arabia y Somalia, la mirra se exportaba para su uso en perfumería y para embalsamar a los muertos.

“Toma tú aromas escogidos: de mirra pura, quinientos siclos… Prepararás con ello el óleo para la unción sagrada, perfume aromático como lo prepara el perfumista. Este será el óleo para la unción sagrada.” (Éxodo 30:23, 25)

La mirra era uno de los ingredientes del aceite de la unción y esto es el perfume de Dios en nosotros, el grato olor de Cristo:

“Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan…” (2ª Corintios 2:15-16).

“Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros; Mirra, áloe, y casia exhalan todos tus vestidos…” (Salmo 45:8-9)

Nosotros somos la novia de Cristo, aquella que se unirá en matrimonio eterno con el Cordero de Dios el día de las bodas del Cordero. Y esta novia está ataviada con un vestido blanco, con vestiduras blancas que además exhalan un olor grato, como sahumada de mirra.

Las vestiduras blancas en la iglesia son las buenas obras de los justos que están delante de Dios, al obedecer sus mandamientos, nuestras obras, nuestra justicia es la justicia de Dios.

Jesús nos dijo “buscad primero el reino y su justicia…”, es decir, que obremos conforme a su voluntad para ser atrayentes a Él, para que El se fije en nosotros:

“¿Quién es ésta que sube del desierto como columna de humo, sahumada de mirra y de incienso y de todo polvo aromático?” (Cantares 3:6.)

De esta manera Dios nos muestra que la obediencia a su palabra en una ofrenda muy importante en su presencia. La vida de obediencia producirá una vida de bendición como lo observamos en Deuteronomio capítulo 38; teniendo en cuenta que hoy, en esta dispensación de la Gracia, todo es por misericordia y que ninguna obra buena nuestra moverá la mano de Dios a nuestro favor, sino que cada bendición que tengamos será por misericordia, porque a Él le place hacerlo, porque es una etapa de Gracia la que nos ha tocado vivir.

MEDIANTE LA COMUNIÓN CON EL ESPÍRITU SANTO (2ª Corintios 13:14) LOGRAREMOS MATAR LAS OBRAS DE NUESTRA CARNE (Romanos 8:13) DE MODO QUE JESÚS IRÁ CRECIENDO EN NOSOTROS Y NOSOTROS IREMOS DECRECIENDO HASTA LOGRAR LA ESTATURA DE LA PLENITUD DE CRISTO.

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